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RELATOS

Por Marino
igorig@telecable.es
TENER UN NOMBRE

Abril 7 - 2004

Sí, soy genial. ¿Pero de qué me ha servido? No basta con ser un genio - jo con la vieja -, se tienen que dar las circunstancias adecuadas para sacarle rendimiento a la genialidad -¡osti la vieja! Qué le estará haciendo a esa criatura...

Hablando de circunstancias, ¿quién puede escribir así? Con una muchachita llorando sin parar y una vieja histérica gritando a todo pulmón en el décimo piso viviendo uno en el noveno.

El caso es que mis cuentos siempre obtienen una opinión muy favorable entre los amigos. Ayer mismo, después de leer el último, José Manuel tuvo un gesto de clara complacencia al decirme: ¡Adónde irás tú por estas cosas!

¿Adónde voy a ir? A donde cada cual va a por las suyas: al subconsciente. Le preguntas y él, que es tuyo aunque muy suyo, lamentablemente, te contesta como le da la gana. A veces, su respuesta te hace sonreír y esponjarte orgulloso: ¡lo tengo! Otras, su silencio te mantiene a la expectativa, reduces el entrecejo hasta que la molestia del fruncimiento te devuelve a la vida consciente para exclamar: ¡maldita sea! ¡¿por qué no viene una idea?!

Claro que hoy, hoy y tantos días, con el llanto de la niña ¡y los gritos de la vieja del carajo! ¡¿Cómo voy a escribir?!

Aunque... puf... Qué más da. No consigo obtener la aceptación de ninguna editorial. Si el Quijote lo hubiera escrito yo, seguro que jamás habría sido publicado...
Coño, qué necia esta humanidad. Yo creo que, en ese tiempo que han dado en llamar Siglo de Oro, las obras eran el impulso que situaban al autor en su correspondiente peldaño. Más tarde, el criterio ha ido involucionando hasta el Siglo de Mierda actual, donde el nombre, significado por no importa qué, es el que determina el valor de las obras; lo cual permite la proliferación de insoportables gilipolleces... - ¡la madre que parió a la vieja!

Buffffff... Vamos a ver... El tipo es piloto, lo siento en la cabina y lo meto en una de autoescarnecimiento que vaya incrementando su angustia vital, y la del lector, claro, hasta hacer que se tire del avión. ¡Se mató! pensarán. Entonces el desenlace sorpresivo: salgo con que el aparato se encontraba parado en la pista del aeropuerto. Pero eso... ¿lo he inventado o lo he recordado? - ¡NO ME CALO MÁS A LA VIEJA!

Agosto 1 - 2004

Estoy hecho. Puedo elegir editorial, hoy han venido a verme los representantes de dos de ellas. El haber tirado a la vieja por la ventana le ha dado significado a mi nombre. No tendré problema para publicar. Incluso estos meses de... "retiro subvencionado" me vendrán muy bien para centrarme en mi gran obra. Mi ingenio literario será, por fin, al menos pecuniariamente, reconocido. Esto de "tener un nombre"...

LA VIEJA

Mendelssohn conducía su sueño. La reiterada, y poco ingeniosa, partitura del reloj interpretada en el silencio de la casa le devolvía a la vigilia. De esta forma se repetía la "cabezada" ritual de cada día después de comer.

El ejercicio con las articulaciones de los tobillos, a fin de activar la circulación en los pies, se trasmitió a lo largo de la horizontalidad de sus piernas hasta hacer que el fondo del sofá, ya de por sí a pocos centímetros del suelo debido a su prolongado uso, llegara casi a rozarlo, mientras, en sentido inverso, la manta que lo cubría acusaba la profunda inspiración que acompañaba la toma de conciencia.

Abrió los ojos a una penumbra que consintió el paso de su mirada hasta la primera opacidad que se interpuso.

La tenía frente a él, inmóvil, tal como la había dejado. Sin una voluntad con que atender unos deseos imposibles por inexistentes.

Qué vieja estaba, pensó mientras la contemplaba vislumbrando apenas, a la escasa claridad diurna del exterior que la silueteaba arrancando destellos dorados de sus anillos, su color marchito, sus arrugas. Su presencia, carente de emoción alguna, le confería un sentimiento de intimidad que lo invitaba a mostrarse y conducirse con total desinhibición. Hasta le pareció divertido expresar de viva voz sus pensamientos al amparo de la total impunidad que gozaba.

Sabes - habló -, eres una vieja decrépita y desvaída cuya visión resulta deprimente. Ya estoy harto de ti. Incluso cuando te mantengo ahí arrinconada, fuera de mi vista, me resulta ingrata tu presencia... Un día de estos te voy a hacer pedazos, te meteré en un par de bolsas de plástico y te tiraré a la basura... Conseguiré una de buen ver que me traiga algo de alegría, tengo con qué pagarla... Y a ti nadie te echará en falta - tomó una decisión repentina -. Sí, definitivamente: no voy a soportarte un minuto más.

Se incorporó hasta quedar sentado en la sufrida butaca para, a continuación, erguirse apoyando sus manos, primero en las rodillas, y después en los riñones a la vez que emitía un ronco quejido.

Fue hasta la cocina y regresó empuñando con decisión un cuchillo de trinchar. Se paró frente a ella, la agarró, para mantenerla firme, con su mano izquierda y levantó la derecha para descargar el golpe con fuerza, aunque sin saña. El arma se hundió hasta la empuñadura perdiéndose al otro lado del cuerpo traspasado. Tiró entonces la cuchillada hacia abajo tanto como su brazo se lo permitió sin tener que agacharse.

Extrajo el cuchillo de la incruenta herida, lo dejó sobre la repisa de la calefacción y se giró para tomar una silla.

Descolgaré la barra, pensó. Y le quitaré los anillos, pueden servir... La que compre será una cortina de colores vivos, alegres...

 

EL PERSONAJE

Está en mi cabeza, la novela que pienso escribir, pero, lo que es la memoria, a estas alturas, la tengo llena de agujeros. Será por eso, porque no me fío de ella, que en estos días estoy preparando el currículo, fotografía literaria incluida, de posibles personajes; no quiero correr el riesgo de afeitar un lampiño o colgar un crucifijo en el cuello de un ateo. Y, como mis personajes no son extraterrestres, no cierro los ojos o pierdo la mirada para verlos; todo lo contrario, los tengo bien abiertos y enfocados para verlos bien. Elijo entre aquellos que por alguna circunstancia: coincidimos en la cola del banco, en la parada de autobús, etc., tengo a mi disposición el tiempo necesario para darles un buen repaso. Éste, en cuanto le puse la vista encima al abrirle la puerta, me pareció un tipo singular

Hombre entre cincuenta y cinco y sesenta años. La fuerza de gravedad, excesiva para él, hizo alfabética su larga espina dorsal confiriéndole forma de ese, sin ninguna adiposidad que la desvirtúe. La línea de sus cervicales, como si no pudieran soportar el peso de la cabeza inclinada hacia delante, determina la intrincada topografía de su frente, obligada a encogerse, empujada hacia arriba por las cejas para permitir que sus ojos puedan mirar en horizontal. Conserva abundante pelo gris cuya longitud está determinada por el borde de las orejas: las toca sin sobrepasarlas. Su fisonomía pasaría desapercibida por común, de no ser por la permanente sonrisa, más enigmática que la de Mona Lisa, y más inquietante, quizá porque la línea de sus labios se estira buscando únicamente la oreja izquierda. Es albañil, esto podría adivinarse fácilmente con la simple observación de sus manos: parecen hechas de hormigón. Busca un poro en el desagüe del lavamanos como si buscara la beta de mineral en una explotación minera, sólo le falta la dinamita.

Se llama Manolo. Le he preguntado su nombre para ponerlo, junto con su profesión, bien grande en la pestaña de la carpeta en el archivo, no tanto porque me parezca un personaje interesante para una novela, sino para tenerlo bien presente y no permitir que vuelva a entrar en casa, a no ser que haya decidido derruirla.

EL PERSONAJE II

Se llama Kettenhund. Hijo de inmigrante teutón y criolla andina, dato este que nadie podría adivinar al verlo, pues es el vivo retrato de su madre.
Se crió correteando por el páramo entre vacunos y frailejones. Todo parecía indicar que sus horizontes no cambiarían a lo largo de su vida, sin embargo, un amigo del patrón lo tomó bajo su tutela y se lo llevó consigo, primero a la capital, donde permaneció interno en una escuela hasta su completa formación. Cumplida esta etapa, en la que quedaron claras su viva inteligencia y vigor físico, lo hizo instalar en la hacienda tomándolo a su servicio. Desde el principio gozó de plena confianza para moverse en la propiedad y desempeñar las tareas que él mismo se asignara.

A día de hoy, sin apenas fuerzas para moverse, pone en el paisaje una nota de inquebrantable nobleza dormitando arrullado por la nana del viento en el cafetal. Ya no puede ejercer la función que indica su nombre: fiel guardián. Dieciocho son muchos años para un perro, y más para un mucuchí.

UN CULO ARROPADO Y DOS AIREADOS

La mujer, absolutamente desquiciada, chilla y aspavienta apretando sus nalgas contra la barandilla, quebrando peligrosamente su cintura por encima del estrecho barandal que limita el largo de un balcón del quinto piso, sobre la populosa calle comercial. Delante de ella, dándole la espalda, quizá para defenderla, o defendiéndose a sí mismo, un hombre lucha a brazo partido contra otro; un enfurecido agresor que sólo cesa de lanzarle golpes a él e insultos a ella, cuando se ahoga al doblarse para embestir a su contendor tratando de agarrarlo por las piernas para lanzarlo por sobre la barandilla a la calle. Su intención se ve en cierta medida dificultada por su indumentaria; al contrario que la pareja, completamente desnudos ambos, él viste traje, y corbata que, de no ser por el colorido, costaría distinguir de los jirones de su camisa.

Si, bastaba contemplarlos unos segundos para comprender que la ira del hombre del terno, tenía como objetivo la mujer; su lucha contra el otro buscaba, sobre todo, quitárselo de en medio para desahogarse con ella.

El movimiento en la calle comenzaba a paralizarse a medida que los transeúntes, enganchados por el alboroto, se detenían para contemplar absortos, algunos posiblemente un tanto angustiados, la llamativa, y emocionante, escena del balcón.

Sólo uno de entre tantos viandantes parece mostrarse ajeno a la trifulca del quinto, centrado su mayor interés en recoger con su cámara lo que ocurre en la calle mientras se dice así mismo: El balcón es secundario. Todo saldrá bien. Está suficientemente ensayado. Recogeré el menor movimiento de la gente. Este episodio de "Reacción del ciudadano común ante diferentes situaciones de crisis" tiene que salir perfecto.

NO ME DEJÉ GOBERNAR

… Pues, ahora que lo pienso… asociación de suicidas arrepentidos, no me parece que haya. De gente con diferentes dolencias, minusvalías…, sí, pero de suicidas arrepentidos…, al menos a mí no me suena. Y no es que me importe, simple curiosidad. En definitiva yo no necesité el concurso de nadie para arrepentirme, fue nada más tomar el pastillero, me salto aquel e-mail cerebral: jaja… te vas creyendo que tú, pobre iluso, eres quien rompe el contrato, ¡yo soy quien te ha llevado a tomar esta decisión como la última de un camino que te condujo hasta aquí! ¡yo soy quien ha decidido el final de tu contrato! tú sólo has firmado el finiquito. En aquel momento lo entendí todo. Cierto que tomé la decisión de quitarme la vida conscientemente, pero, ¿en virtud de qué? de los mensajes que me enviaba el subconsciente. Curioso, nada más salir del hospital comenzaron a cambiar las cosas. Rescribí mi novela y ¡milagro! fue publicada, y aceptada con bastante éxito, va camino de convertirse en un best séller. Uno de los primeros lectores fue mi vecina. Lo que son las cosas, hasta ese momento yo tenía que hacer como que me sonaba la nariz para que no le llegara el aire de mis suspiros, ¿y saludarme? ¡phis! sólo cuando coincidíamos en el ascensor, ¡sin mirarme! Hasta que… va a hacer un año, con las persianas del cielo que hay en sus ojos abiertas para mí, me suelta: He leído tu novela. Me gustó. Tras mi: Gracias. Continúa: Quien es capaz de escribir así ha de tener muchas cosas adentro. Ambos nos las mostramos todas, nuestras cosas, las de dentro y las de fuera, ¡qué locura tan divina!. Créanme: la felicidad existe. Soy en este instante un hombre inmensamente feliz, por eso: ¡VETE A LA MIERDA, SUBCONSCIENTE! La decisión la tomo yo, ¡TE METES EL CONTRATO DE MI VIDA POR EL CULO! El finiquito no porque no te lo firmo. Mi firma la lleva la bala con que ahora mismo me reviento los sesos.

QUÉ GORDITA TAN LINDA

No sé si esta noche he tenido una pesadilla... me parece recordar que sí. Quizá se quedó en un conato, de lo contrario me acordaría. Hace tiempo que no tengo. Antes las tenía con frecuencia. Era terrible, un gran peligro se cernía sobre mí, no sabía lo que era, pero cada vez lo sentía más cercano y no podía moverme, ni gritar; quedaba completamente paralizado. A veces, durante la pesadilla, me daba cuenta de que estaba en ella, de que aquella angustiosa situación sólo era un mal sueño, quería despertar y no lo conseguía; cuando, por fin, lo hacía, mientras acompasaba la respiración, me decía que la siguiente vez no iba a tratar de escapar o despertar, sino que iba a luchar contra aquello, lo que fuera. Me parecía la única forma de ponerle fin a aquellos miedos. Y la siguiente vez recordaba mi propósito e intentaba ponerlo en práctica, en vano, seguía sin poder moverme. Bien es verdad que, sería para compensar, en otras ocasiones, los sueños...

Tuve todos estos pensamientos mientras, después de comer, tomaba posesión de la butaca y apuntaba el mando a distancia hacia el televisor. Ya habían pasado las noticias... Puf... ¡qué va! Repasé los treinta y dos canales echándole pestes a cada uno y cuando iba a apagar el aparatejo, llamó mi atención una muchacha de la telenovela que estaban pasando. Me recordó aquella linda gordita... Hace unos cuantos años.

Desde la puerta del negocio, protegido en la sombra, la vi caminando hacia donde yo me encontraba bajo el desconsiderado sol tropical. La vida, el brillo que había en sus ojos competía con la luminosidad del día y era perceptible aun en la distancia que nos separaba. Los negros caracolitos de sus cabellos descendían hermosos ondeando levemente hasta los hombros, enmarcando aquella carita de niña buena.

Se paró frente a mí - Buenos días, ¿es usted el gerente?
- Buenos días. ¿En qué puedo servirte?
- No quisiera importunarle. ¿Podría concederme unos minutos?
- Claro que sí. Pasa. Estaremos mejor con el aire acondicionado de la oficina.
Le ofrecí la silla frente a mí mientras yo tomaba posesión de la mía al otro lado del escritorio - Por favor, toma asiento y dime.
- ¿Me permite dejar la carpeta sobre la mesa?
- Te permito todo lo que signifique mayor comodidad para ti.
- Gracias - me sonrió ¡con todo! Me sonrieron sus labios, sus mejillas, sus ojos... - Verá, quería hablarle de algo que hasta ahora no había en la zona y que pienso es realmente necesario. Se trata...
La gordita hablaba y yo dejaba que el sentido de sus palabras buscara su propia meta mientras me entregaba al disfrute de su voz acariciándome los oídos, el cerebro, haciéndome cosquillas al descender por mi pecho... Tuve un ligero sobresalto cuando ella se inclinó un tanto hacia delante para inquirir: Me está usted escuchando, ¿verdad?
- ¿Ah? ¡Sí! Si. Claro. Por supuesto que te estoy escuchando.
- Ok. ¿Y qué le parece?
- Bien. Bien. Muy interesante - me apresuré - Más que interesante. Como tú bien has dicho: Necesario. Sí, creo que voy a tomar ese seguro.
- Entonces podemos, como usted desee, llenar ahora el contrato o se lo dejo y paso en otro momento a recogerlo.
- ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Has traído carro?
- No, me ha dado la colita un compañero.
- ¿Te están esperando entonces?
- No, no - miró su reloj -. Haré una o dos visitas más y después veré cómo bajo.
- Si me permites, yo tengo un plan mejor. Llenamos ahora los papeles y, si aún es temprano, insistes un poquito más para convencerme antes de firmar. Luego cierro y me brindas el placer de tu exquisita compañía aceptando mi invitación a comer - advertí una cierta amalgama de sorpresa y duda en su rostro -. Es un plan tan bueno como el del seguro que acabas de venderme. Así que no puedes negarte.
Llegado a este punto del recuerdo pensé: para estar sentado, mejor acostado

Acomodé el cojín contra el brazo del sillón y me tumbé reposando en él la cabeza. Realice unas profundas y pausadas respiraciones, cerré los ojos y, casi al instante, me encontraba con la gordita en el carro. Puse el motor en marcha, encendí el aire acondicionado y me volví hacia ella. ¿Sabes? Le dije. Interrogó con la mirada. Quisiera hacerte una confidencia. Se trata de algo tan secreto que sólo tu oído de este lado puede escucharlo. Permíteme acercarme para que no lo oiga el otro. Permiso. Aparte ligeramente su pelo. Acerqué mi boca a su orejita y ella, entre risas, logró ir hilvanando: ¡pe... pe... pero qué me dice.... sólo me... sólo me hace cosquillas...

Fue en ese instante cuando debí quedarme dormido, porque no recuerdo nada más.


EL TAMAÑO DEL GRANO DEPENDE DEL TAMIZ

No había muchos lugares de esparcimiento, ni las circunstancias eran propicias para buscarlo fuera del club, entidad privada de acceso restringido.
Durante las horas laborables y de escuela sólo algunas mujeres aprovechaban la piscina y el sol antes de ponerse a preparar el almuerzo. Después, ya liberadas de comensales y faenas domésticas, de nuevo acudían a las instalaciones para hacer vida social y que sus hijos, de regreso de los colegios, desahogaran sus ansias lúdicas sin ahogarlas a ellas.

Los muchachos resultaban ser una especie de marabunta que todo lo invadía, y algunas de las posiciones que tomaban, especialmente las canchas de tenis, no estaban dispuestos a entregarlas así como así a los adultos que iban llegando, rematada su jornada de trabajo, ya convenientemente equipados, con ganas de liarse a raquetazos.

Para evitar los constantes enfrentamientos se aprobó una norma que limitaba el uso de las canchas a los menores de dieciséis años. A partir de las seis de la tarde, únicamente podrían utilizar las que no estuvieran en uso - absolutamente impensable que hubiera alguna - y, en todo caso, deberían abandonarlas en el momento en que fueran solicitadas por los mayores. A pesar del cartel mostrando esta disposición, frecuentemente se daba la circunstancia de tener que arrastrar a los jovencitos fuera de las canchas, con el consiguiente resentimiento por su parte.

Durante varios años el tenis fue la afición con que llené mucho de mi tiempo de ocio. En verdad disfrutábamos de aquellos partidos. Yo lo hice hasta que una tendinitis me obligó a renunciar.

Después de unas semanas como mero espectador observé, con asombro, la imposibilidad de seguir usando el mismo agujero del cinturón. Increíble pero cierto: estaba echando barriga.

Comencé a hacer carrera. Cada día, al llegar del trabajo: pantalón corto, zapatillas de tenis y a correr.

El acceso al conjunto residencial se abría en el inicio de una calle inconclusa que prácticamente sólo usábamos los vecinos del conjunto y que, de momento, remataba en una rotonda a un kilómetro de distancia. En la acera de la izquierda se alineaban las fachadas posteriores de una serie de edificios que daban a la avenida principal, la derecha únicamente tenía el bordillo que marcaba el límite en el que debía mantenerse la montuna e impenetrable vegetación de un extenso terreno. Esa era la pista que yo utilizaba para mantenerme en forma.

Al cabo de unos días hubo uno en que mi paso se vio alterado con un salto repentino, respuesta automática a la explosión de un bombillo que pasó rozándome la cabeza, ¡puta que lo parió! Alcé la vista repasando todas las ventanas próximas a la vertical del punto en que me encontraba; por supuesto, no vi a nadie en ninguna de ellas, lo que sí observé fue que solamente una, en el quinto piso, estaba abierta, pero claro, aquello no era una prueba concluyente.

Seguí con mis carreras. Tres o cuatro días más tarde, exactamente el mismo episodio, y la misma ventana abierta.

Seguí con mis carreras. Tres o cuatro días más tarde, el estampido del disparo, si lo hubo, no lo oí. Lo que si llegó a mis oídos con claridad fue el impacto de la bala, primero en el suelo, muy cerca de mis pies, y después, el rebote contra el mástil de una farola. La misma ventana abierta. Y en aquel tiempo y lugar, cualquiera tenía un arma.

Seguí con mis carreras, pero cambié el recorrido.

Habrían pasado un par de años cuando al llegar del trabajo advertí las canchas de tenis vacías y los socios repartidos en extraños corrillos. Dejé el coche en el estacionamiento y, en esta ocasión, en vez de ir a cambiarme para salir a correr, entré en el club a indagar las causas del extraño ambiente. Qué ha ocurrido, pregunté. El muchacho de los Morandi, se ha tirado por la ventana y se ha matado. ¡Dios! ¿Cómo fue eso? Dicen que ya venía con problemas desde hace un tiempo, sus padres le habían prohibido que anduviera con ciertos amigos. Hoy, al parecer, el muchacho se encerró en su habitación y cuando, después de varias horas, su padre comenzó a dar patadas en la puerta con ánimo de tumbarla pues... se lanzó por la ventana. Es terrible, ¿desde qué piso fue?. Pero, ¿no sabes dónde viven? No, no. Aquí, en la avenida, en un quinto piso, la habitación del muchacho da a esta calle, exactamente en el sexto edificio contando a partir de aquí.

Recordé entonces la mirada que el muchacho me había lanzado al sacarlo de la cancha de tenis unos años atrás.

BUDA

El príncipe Siddhârta subió a su espléndida carroza dorada, tirada por cuatro hermosos caballos enjaezados de oro, dispuesto a hacer sus pinitos fuera del palacio. Pese a ceñirse estrictamente el cochero al itinerario fijado, no pudo evitar que el príncipe observara los devastadores efectos de la vejez, la enfermedad y la muerte

Definitivamente marcado por tan horribles visiones, ni siquiera la disposición de hermosas jóvenes adiestradas en todas las artes con que se puede aderezar el amor y especialmente hábiles en los juegos amatorios, conseguía - ¡hay que joderse! - sustraerle de su aflicción.

Obsesionado por tan siniestra perspectiva dijo adiós a sus seres queridos dejando atrás sin pena todo cuanto poseía.

Después de varios años caminados llegó, por fin, ante el árbol de la ciencia. Atardecía cuando acomodó una brazada de hierba al pie del mencionado y tomó asiento sobre ella en la postura del loto dispuesto a echarle cabeza, hasta donde hiciera falta, a asuntos muy peliagudos.

Y ahí el hombre aguantó impávido todas las marramuncias - ¡ya es decir! -que se le ocurrieron al Maligno hasta obtener la respuesta que buscaba: En el origen de la vejez, el dolor y la muerte está la ignorancia. Cuando el día despertó el hombre era ya un buda.

El que suscribe subió a su humilde bicicleta dispuesto, una vez más, a ejecutar su hora diaria de pedaleo. Y en el instante preciso en que permitía que la gravedad me llevara de la acera a la carretera, entró en mi campo visual la parte trasera del bluyín de mi vecina - con mi vecina adentro.

Según me contaron los que presenciaron la escena, fue tal el coñazo, que no dudaron que el camión me había matado. De eso yo no sé nada. Pasé directamente de la bicicleta a la cama del hospital.

Dos meses de enyesada inmovilidad, con las piernas colgadas y el tronco posado en una cama, también dan lo suyo para meditar.

Dándole un repaso a la reflexión de Buda: "Suprimida la ignorancia se suprime la impresión. Suprimida la impresión se suprime el conocimiento. Suprimido el conocimiento se suprimen el nombre y la forma. Suprimidos el nombre y la forma se suprimen los seis sentidos. Suprimidos los seis sentidos se suprime el contacto. Suprimido el contacto se suprime la sensación. Suprimida la sensación se suprime el deseo. Suprimido el deseo se suprime el afecto. Suprimido el afecto se suprime la existencia. Suprimida la existencia se suprime el nacimiento. Suprimido el nacimiento se suprimen la vejez y la muerte"; vi lo que estaba claro por demás: En el momento en que desapareciéramos los ignorantes, desaparecidos los apetitos de la carne, desaparecería la humanidad. Y aun considerando que todos fuéramos a parar al nirvana, sin nada que desear, ¿de qué íbamos a gozar?

Tal conclusión me hizo sentir un respingo a todo lo largo de la escayola. Pero me tranquilicé de inmediato, ¡anda que no está difícil eso de eliminar la ignorancia! Pura utopía. Y como, por muy sabiondo que seas, de la vejez, el padecimiento y la muerte no te vas a librar; la cuestión está en conseguir que, al final, el platillo de los placeres pese más que el de los sinsabores. Llegado a este punto cambié el rumbo de mis elucubraciones dedicándome por completo a buscar una estrategia que me permitiera hurgar en el interior del bluyín de mi vecina.

DISCURREN LOS MINUTOS

Discurren los minutos, más lentos cuando lo hacen para sumar horas. Los días no son rápidos mientras discurren, pero, cuando discurridos suman, han pasado al galope. Los meses no se muestran hasta que pasan, entonces se han ido volando. ¿Y los años? ¡Ay los años! Su velocidad no es mensurable. Me parece que fue ayer ¡y han pasado diez años!

Sí, así se muestra el tiempo para quienes habiendo recorrido un largo camino ya no les queda mucho por recorrer. Ni el paisaje tiene mucho que ofrecerles. Llenan entonces el tiempo... con lo que pueden. Sentados frente a frente con la mesa de por medio buscan la forma de prolongar la vigilia para obtener un mejor pago del sueño.

El viejo posa la copa sobre el mantel - ¿Te sirvo otra? - le pregunta a su mujer.
- No, yo no quiero más - rechaza la viejita.
- ¿A qué tienes miedo?
- No tengo miedo, pero no quiero más.
- ¿Temes pasarte?

La respuesta de ella se limita a un bufido resignado.

Él afirma con rotundidad - Pues yo sí me voy a servir otra.
- Haz lo que quieras. Cuando tengas de más, comenzarás a maldecir y a dar puñetazos sobre la mesa. Pero no pienso aguantarte. Me iré derecha a la cama.
- ¡Bah! - exclama desdeñoso - Si me paso es cosa mía - Se sirve con un gesto rápido que ralentiza al levantar su mano, prolongando el momento, hasta que repentinamente - ¡BLOOUM! - estampa con fuerza el dos de oros sobre la mesa - ¡SIETE Y MEDIA!

Su mujer vuelve a resoplar con resignación.

EN EL SILENCIO DE LA CAPILLA


Nunca he sido un gran conversador. Excepcionalmente, si llego a encontrarme con algún interlocutor sui géneris, puedo, entonces, incluso perder la noción del tiempo debatiendo. Pero, en todo caso, también en los diálogos considero multitud a más de dos, y las multitudes no son de mi agrado. Por eso, cuando me encuentro en un ambiente cerrado donde son más las personas que los metros cuadrados, si tengo oportunidad, escapo.

En la sala de espera del servicio de oncología no soportaba estar. Y no ya por el número de personas, sino porque entre ellas siempre se encontraba más de un lorito cuya ignorancia y desdén hacia la actitud recogida de otros enfermos y familiares me resultaban insufribles. Así que el tiempo entre la extracción de sangre y el momento de la consulta, y entre ésta y la aplicación del tratamiento, periodo este último no inferior a dos horas, sin fuerzas para pasear, me acercaba hasta la capilla del tanatorio, a menos de cien metros frente al hospital.

No me llevaba hasta allí una fe de la que carezco. Era el deseo de tenerme a mí mismo como única compañía.

La capilla era amplia, austera y escueta en su dotación de símbolos religiosos. Nunca coincidí con alguien en ella. El silencio era prácticamente total.
Me sentaba en el último banco, primero para mí, puesto que era el más próximo a la puerta. Entrelazaba mis dedos reposando las manos entre las piernas, cerraba los ojos y seguía la trayectoria del aire que respiraba, desde la nariz hasta el fondo de los pulmones, sentía como se hinchaba mi vientre empujado por el diafragma para, a continuación, seguir la expiración.

Abría los ojos, y me movía para mirar el reloj, cuando suponía transcurridas dos horas o algo menos. Hubo una excepción en esta conducta reiterada.
Percibí un ruido leve. Fue el característico de un dispositivo mecánico al iniciar la marcha seguido de un roce y una fricción entre elementos metálicos bien engrasados. Miré en derredor buscando la causa. Tardé unos segundos en encontrarla porque unos segundos demoró en descubrirse. Delante del altar, en el espacio que mediaba entre éste y la primera bancada, se estaba abriendo hacia el exterior una doble compuerta en el suelo. Observé como, abierta la compuerta, iba emergiendo, lentamente, un ataúd que fue elevándose hasta quedar inmóvil a un metro del piso. No sé el rato que permanecí abstraído en su contemplación. En un momento impreciso, la tapa del ataúd comenzó a abrirse y, en mi pecho, latiendo conmigo, se inició el redoble de un tambor que sonaba tal como si desde la lejanía se fuera acercando.

Quién sabe lo que hizo que me levantara y avanzara hacia el féretro cuando la tapa quedó inmovilizada en la posición de su máxima abertura. El tambor amenazaba con reventarme cuando incliné el tronco ligeramente hacia delante para mirar dentro de la caja mortuoria.
No perderé el tiempo tratando de buscar palabras, que sé no voy a encontrar, para describir el choque emocional que sufrí, simplemente diré que el deseo de estar a solas conmigo mismo no habría podido cumplirse en mayor medida.

ESTOS ESPEJOS

Puede que algunos no le encontraran explicación al fenómeno y se preguntaran si no llevaría cohetes camuflados en los zapatos de su personalidad, pero él no tenía dudas al respecto: no necesitaba de aditamentos o recursos raros para ascender hacia el triunfo.

Tenía todos los atributos necesarios para ser un ganador. Es más, pertenecía a la clase de mayor rango entre los ganadores. No a la de esos que han de joderse y machacarse lo indecible para hacer más o hacerlo mejor, o más rápido... que los demás y lograr de esta forma reconocimiento para sus méritos. No. A él le bastaban sus atributos - constantemente se lo decía su espejo, que incluso mostraba el aura de inteligencia que emanaba de su persona -. Así pues: mostraba sus atributos - convenientemente ataviados -, sin prejuicios y con total desinhibición. El pueblo lo aclamaba ¡Y EL PUEBLO NUNCA SE EQUIVOCA! - entre otras cosas, porque el pueblo no aclamaría a aquel que le dijera que él, el pueblo, era muy capaz de equivocarse - Y ahora lo habían declarado "Hombre del año" ¡Qué sabio es el pueblo!.

Pero ni los hombres del año pueden impedir que su humanidad responda como la de cualquier hijo de vecino a ciertas condicionantes. La jornada, prolongada hasta casi la aurora de un nuevo día, había resultado realmente agotadora. Cuando cerró la puerta de sus aposentos le quedaban las fuerzas justas para desnudarse, echarse un vistazo al pasar frente al espejo e ir a sentarse en el retrete. Sus tripas le exigían un desahogo inmediato. ¡Aaaaaaah! Cerró los ojos recreándose en la sensación, ¡qué alivio tan placentero! No opuso resistencia alguna al amoroso abrazo del sueño que lo invitaba a la gratificante experiencia de dormir defecando. Y se fue dejando ir... Se fueron sumiendo su cabeza, sus brazos, su tórax, su vientre... hasta la completa autoevacuación. Consumada ésta, una mano enguantada con látex, tiró de la cadena.

LOS SIENTO MUCHO, PERDÓNAME

El Sol hacía brillar la vida que se manifestaba con un abrazo capaz de llenar todos los sentidos.

Me tendí a su lado, sobre el lecho acogedor que ofrecía la joven hierba. Tomé levemente su talle para tenerla frente a mí. La miré en silencio mientras le ofrecía mis pensamientos sin palabras que los pervirtieran, sin palabras que adulteraran el rumor con que la vida les susurra a las almas. La sentí tan frágil y delicada...
La acaricié sin tocarla, temeroso de profanar su pureza. Las yemas de mis dedos recorrieron su blanca desnudez a esa sutil distancia en que es el aire el que transmite toda la intensidad de la caricia.

Cerré los ojos entonces tratando de hacer de éste un presente que lo fue hace mucho tiempo. Los sentidos percibían el mismo abrazo de la misma vida... pero ni ella ni yo éramos los mismos.

Noté las lágrimas deslizándose por mis mejillas. Una por cada pétalo que, en un gesto pueril, le fui arrancando a la margarita de aquel presente que lo fue: ¿me quiere? sí, no, sí, no...


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