- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus

Agenda: destacados

Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009


Publicar en Liceus
Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

 Ir al artículo...

 

  Guías culturales

RELATOS


Por Mario Cantero
mario.cantero@gmail.com


WALLACE PORTILLO

Parte 1

Wallace Portillo perdió el cabello al cumplir los veintycuatro. Habría puesto cara desairado si hubieran preguntado por qué, habría contesado serio, quizás simplemente se habría quedado callado esperando que pasara el tiempo, pero ya nadie preguntaba, ya no hablaba con nadie, no al menos en mucho tiempo. A Portillo le gustan los bollos fríos, recordar cuando mandaba cartas, levantarse solo, el café solo, el café negro con muchos terrones de azúcar, tres terrones, incluso cuatro algunas veces. En segundo curso Betty Lewallen había escrito en su mesa “a Wallace Portillo le encantan los terrones”. Betty era maravillosa, iba a su casa a veces y pintaban en la cocina, llevaba camisas de manga corta con flores muy pequeñas de distintos colores, lazos muy anchos y ropa interior azul los Lunes. Portillo pensó que la querría -no como su padre molía a palos a su madre-, la querría de verdad, como en las radionovelas, como en los anuncios de tomates, como si fuera Betty Boop. Betty tuvo que dejar el colegio en tercer curso, y ya no hubo más bragas azules, ni camisas, ni “a Wallace le encantan los terrones”, se fue a vivir al Norte, cerca de los lagos. Después de eso Portillo estuvo muy solo. Se estuvieron mandando cartas un tiempo; él hablaba del colegio, de los sapos, de un gato acorralado, de chocolate, y ella de peces, una barca, tostadas con ciruelas y la profesora Morrisey. Cuatro años después, 4 de Abril de 1945, primera página del periódico de Sister Bay, Wisconsin: “En la madrugada de ayer, en el cruce de caminos entre la carretera de Sister Bay y la carretera nacional, Leonard Lewallen colisionó su automóvil con un árbol al perder el control del vehículo. Fuentes cercanas aseguran que Leonard estuvo bebiendo bourbon en el “Golden Peacock” -un bar de la zona- antes de subir al coche, donde le aguardaba su hija Elisabeth Lewallen, de doce años de edad. Algunos testigos afirman haber visto cómo se tambaleaba al salir del local, y que tuvo una pequeña disputa con uno de los waiters. Elisabeth –Betty-, murió dos horas después de ser internada en el hospital por un traumatismo cráneo-encefálico, producido al impactar su cuerpo contra el asfalto. Leonard Harris abandonó el hospital pocas horas más tarde, todavía en estado de embriaguez con una fractura en el antebrazo”. Portillo no se entristeció cuando su madre se lo dijo –Wallace, Betty… murió…-, parecía que no importaba que muriera la gente que estaba lejos. Sólo terminó de entender lo triste que era todo aquello cuando se dio cuenta de que no llegaban más cartas, entonces lloraba cuando abría al buzón, aspiraba las lágrimas por la nariz sollozando suave, y su padre lo llamaba estúpido cuando entraba por la puerta, y le pegaba durante unos minutos en el hall.

Cuando Wallace hacía aquello, sus manos se movían deprisa, no eran frías y precisas, simplemente se movían solas dentro de algún sentido artístico que sólo él parecía comprender. Normalmente caminaba por la casa y se chocaba con los muebles, o se tropezaba con cambios de nivel casi invisibles, tenía las manos llenas de marcas, y se pintaba los dedos sin querer cuando intentaba escribir, pero cuando hacía todo aquello, se convertía en un músico, en un pianista, los gestos no estaban fuera de sí, todo era muy rápido, incluso si algunos movimientos podrían haber sido innecesarios, él sentía placer por ellos. Cuando empezaba, se acercaba despacio a los animales, llevaba en los bolsillos dos ramas pequeñas de olivo, ellos no le oían llegar, era sigiloso y dulce cuando andaba. Los animales estaban dormidos casi siempre, respiraciones largas, pequeños vientres que ascienden y descienden sin oírle. No entendió demasiado bien por qué seguía haciendo lo de los animales. Es cierto que así es como empezó todo, poco después de lo de Betty; cuando ya no llegaban cartas y su madre se fue de casa sin llevárselo, ni si quiera le aviso la noche antes, simplemente dejó de estar, dejaron de oírse sus pies saliendo de la cocina o entrando desde el jardín, todo volvió a ser como después de las cartas. Tres semanas después de que se fuera su madre comenzó la primavera. La luz inundaba el asfalto y algunas flores que crecían en los desechos, los coches brillaban cuando pasaban frente a la casa, cambió el color de la ropa y del cielo, pequeños insectos de colores comenzaban a vivir en el camión abandonado del solar frente al colegio – Betty se está perdiendo todo esto -, lo pensaba cada vez que recogía las cartas que llegaban al buzón de su casa, - con Betty todo esto sería distinto -. Él lo sabía y no paraba de pensar en ello, mientras que la gente, los niños, los insectos del camión, las botellas de su padre, vivían indiferentes a todo eso, indiferentes a la primavera. El 12 de Abril tuvo clase de ciencias a última hora – Wallace Portillo nunca atiende en clase -, - la profesora Hicks es una zorra y una bruja -, los niños no entendían muy bien, pero estaban seguros de que era cierto, seguro que era una bruja, y seguro que también era una zorra. La clase fue pésima, las uñas de Hicks arañaron la pizarra – ¡ qué zorra ¡ -, le olía mucho la piel, y tenía las uñas negras y podridas, su marido era imbécil y tenían una hija maravillosa. Todos miraban por la ventana cuando venía al colegio, y no se atrevían a decirle nada, sólo se miraban los pies y sonreían como bobos. “La bruja” le hizo limpiar la pizarra y sacar una rana de un tarro, que terminó por caer sobre su camisa y manchar a todos los de su banco, - esa zorra…- , todo era odioso. Hacía mucho calor y cuando Wallace se fijaba mucho conseguía ver los insectos en el camión, y pasaban furgonetas pequeñas con propaganda pintada:“¡Cerveza Maullhammer, la cerveza de los hombres!”, “¡Lechería Phillips. La leche más fresca!” –todo era rebueno y maravilloso-. Salió de clase con la cabeza hinchada, sudor en la punta de la nariz, una versión sucia y occidental de los niños de Yukio Mishima. En el fondo no era más que eso, todo era como esos niños… Comenzó a descender la calle, mirando las banderas en las casas y los números inmensos, niños jugando en la puerta, una ardilla corriendo desesperada, los insectos del camión, el sudor en la nariz, el “señor” cartero fumando en la esquina con la calle de la carnicería, una botella de cerveza vacía, ropa interior de gigante colgada cerca de una ventana. Cuando llegase a casa no iba a tener cartas, ya nadie le escribía, su madre nunca escribió –descubrió después que ella era una “zorra” como la señora Hicks-, la gente de la clase era estúpida, al menos así lo pensaba él. Los insectos del camión era bellos, pero no estarían allí para siempre. Cuando llegó al cruce con su calle, encontró un perro pequeño en el suelo, con el vientre hinchado y la boca ensangrentada, jadeando rápido, mirando a muchos sitios al mismo tiempo –las furgonetas de propaganda… esas zorras…-. El perro no oyó llegar el vehículo, y el vehículo decidió no apartarse.

 

Parte 2

Wallace entró en la casa de los Pyrik, dio un golpe suave con la mano en el buzón haciendo girar la bandera, mientras luz metálica de Luna reflejaba sobre las piedras y mantenía lento el pulso de Portillo, sesenta latidos por segundo, un corazón fuerte y grande. Él estaba vestido de negro, el jersey oscuro que utilizaba su padre en la fábrica, botas de una tienda del centro al lado de una pescadería, las manos descubiertas. Giró alrededor de la casa, llegar hasta la puerta trasera donde espera a las tres de la mañana un triciclo aburrido, que parecía querer volar siete horas antes con Holden pedaleando, y su padre –Holden, entra en casa, va a llover. Holden, entra en casa ya casi está la cena. Holden, entra en casa, llegó el abuelo-. Wallace Portillo sabe que la puerta trasera estará abierta, entonces, se acerca despacio, sesenta pulsaciones, apoya su mano en el cristal y desliza despacio la puerta hasta entrar justo, de frente, con los anchos hombros de Adán silencioso, de hombre perfecto antes de comer la dichosa manzana, antes que dios dijera que había una de esas en el paraíso –vaya paraíso pensó él…-, y la serpiente –esa zorra-, y el bien y el mal y esas porquerías.

Portillo ya está dentro de la casa, sabe que en la cocina no espera nadie, sólo patatas, un bote de mermelada abierto, el perro “McCartney”, negro y dormido, soñando con filetes y naranjas y pelotas y más perros. Primero hay que estirar las manos, sin hacer demasiado ruido, sonidos lentos que se amontonan, luego Wallace rodea al perro con ellas y utiliza el cloroformo, después aprieta, despacio, no quiere romper ningún hueso del cuello, sólo quiere silencio. Cuando McCartney deja de respirar, abre un poco su boca e introduce un pedazo de rama de ciruelo, con dos flores pequeñas en la punta; cariñoso; dulce; “a Wallace portillo le encantan los terrones”. En esos momentos se suele acordar de Betty, y la imagina subida a un naranjo, lamiéndose los dedos después de mojarlos en nata, cómo sería ella ahora, recuerda su mano jugando con la ropa en cada instante, y piensa en cómo habría sido todo, y él la habría visto desnuda muchos años después, y habría temblado ante aquello, pero no temblaría ante McCartney muerto, ojalá… Mientras, la noche vuelve a ser noche, oscura, la mermelada huele por toda la habitación. A Portillo no le crujen las rodillas. Poco a poco todo se acelera, ochenta pulsaciones, comienza a subir las escaleras y encuentra colgada una foto de la madre de Holden, un cuadro con flores, ya está en el piso de arriba y las cuatro puertas le están saludando. Ahora imagina lo que encontrará en el interior, cien pulsaciones, el ambiente está impregnado de fresas. En la puerta del fondo está el baño donde Holden olvidó a McCartney el verano pasado. Su madre escogió las cortinas, y tienen pompas pintadas y rayas de tres colores diferentes. Wallace abré la primera puerta de la derecha, silencioso, le sorprenden aviones de juguete, un indio pintado sobre una mesa, una revólver para niños. Holden se quedó dormido hace seis horas, con los brazos abrazando la almohada, la persiana entreabierta, pensando en el partido de béisbol de la tarde, y que Wolf era un idiota por haberle insultado. Desde la cama se acerca una sombra, y se siente retumbar un corazón loco y sangriento, mientras que la cara de Portillo permanece impasible sosteniendo su naturaleza desbocada, toma el cloroformo de nuevo, y lo utiliza en Holden, dulce, suave, el corazón reventando, y toma al niño por el cuello y levanta un poco su pecho, y rodea el cuello con las manos sobreponiendo los dedos en la traquea, y comienta a empujar con los pulgares sobre el bulto pequeño, es entonces cuando cruje… y suena como cuando pequeño tomaba galletas sin mojarlas en leche. Holden ya está muerto y el corazón de Wallace se relaja. Deja el cuerpo recostado sobre la cama mientras el cuello, limpio, cambia ligeramente de color y comienza a combarse. Sonido en pasillo… Pasos en el pasillo… el Señor Pyrik avanza hacia la habitación del hijo –tuvo un mal sueño, su mujer murió hace mucho ya, pero parece tan poco…-, abre despacio la puerta para no despertar al niño, y mira al indio pintado, los aviones de juguete, el revólover de niños, y a Wallace sentado a los pies de la cama, tranquilo –sesenta pulsaciones-, y se da cuenta del cuello hinchado de Holden. Sus pupilas se agigantan permaneciendo inmóvil esperando verle respirar, pero Holden ya no respira. Olvidando a Portillo se acerca al niño, y lo sacude dulce y nadie se mueve y quiere gritar como un loco y rajar sus venas e insuflarle su sangre y abrazar a su mujer y matarse duro, pero no puede hacer nada de eso. Portillo espera qué el se avalance para matarlo, así al menos forcejearían un poco… pero el Señor Pyrik se sienta a su lado, su alma vacía ya no tiene lágrimas que arrojar al vacío, se mira los pies esperando algo que hacer, algo que decir. Pasan cinco minutos, se oyeron ambulancias a muchos kilómetros y el sonido del tren, mientras la Luna plata intenta penetrar entre las cortinas. Wallace Portillo espera a que él haga el primer movimiento antes de matarlo, cuando eso ocurriera, su corazón volvería a la locura selvática, y volvería a sentir algo lleno en algún sitio, pero Pyrik no se mueve, no le mira, no alza sus brazos odiándolo. Uno de los aviones se desliza hasta caer al suelo, entonces Pyrik mira tranquilo a Portillo, lento, y Portillo no entiende, y su corazón se acelera y de repente tiene miedo. ¿Cuál es su nombre? – dice Pyrik-. Portillo no entiende, ahora está asustado, le tiemblan las manos, ¿por qué no grita aquel hombre?, ¿por qué no quiere matarlo?, Portillo no entiende… contesta… -Wallace… Wallace Portillo-. Pyrik lo mirá suplicando –máteme-. A portillo le tiemblan las manos y las piernas, sus dientes intentan quebrarse entre ellos… -Máteme Señor Portillo-. Pyrik se está quebrando, todo aquello está durando demasiado, todo aquello pasa demasiado lento mientras Portillo comienza a llorar sin comprender qué ocurre… -¡Máteme! ¡Máteme!-… Wallace está muerto de miedo como no lo estuvo ninguna de las otras veces.




 


Volver al Relatos Cortos...


        
Universidad de Alcalá Confía learning confianza online