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Del 16 de abril al 28 de septiembre de 2008


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Paradigmas del realismo

Durante el 1870-1880 se produce en toda Europa un nuevo movimiento literario, el realismo. El antecedente de este estilo tiene sus fuentes en la tradición clásica... María Luisa Pérez Bernardo

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RELATOS


Por Marisol Llano Azcárate


EL MÉRITO OCULTO

Cuando Astarté y Anquises comenzaron su relación amorosa, la mayor parte de sus allegados y conocidos se quedaron muy sorprendidos, estupefactos, anonadados. Nunca podrían haberse imaginado pareja tan desigual. Eso era, al menos, lo que decían, lo que mostraban de puertas afuera. Lo que no expresaban ante los demás aunque sí sentían unos y otras era que había un buen grupo de hombres esperando tener una oportunidad con la hermosa Astarté, y a su vez, con la noticia de la separación de Anquises, unas cuantas señoras, bien solteras o bien divorciadas, se habían puesto a hacer cola para intentar conquistarlo, a pesar de que en público mantenían, todas al unísono, que era un hombre muy infantil y despistado, siempre en las nubes, un saltaperico… Pero las señoras que formaban cola reconocían en su fuero interno que Anquises era uno de los poquísimos hombres decentes que conocían y afortunadamente acababa de quedar libre. Por lo tanto, resultaba fácil imaginar los dicterios y adjetivos poco halagüeños que estas honorables damas le dedicaron a la atractiva Astarté.

Quedaban finalmente dos pequeños grupos cuyas intenciones permanecían ocultas al resto, el de las mujeres que esperaban una oportunidad con Astarté y el de los hombres que aguardaban, aunque remotamente (eran conscientes de ello), una oportunidad con Anquises, y fueron estos dos exiguos colectivos quienes, quizá más acostumbrados a enfrentarse a las convenciones sociales, comprendieron mejor el incipiente amor de Anquises y Astarté.

Fue verdaderamente un escándalo, al que también aportaron su granito de arena la ex-esposa de Anquises, que halló alguien externo a quien culpar del fracaso de su matrimonio, y los ex-maridos y ex-amantes de la bella Astarté, que formaban siempre un abigarrado y numeroso grupo dispuesto a atacar al nuevo amor de la hermosa eternamente deseada.

Los comentarios, chismorreos, dimes y diretes más variadosno se hicieron esperar:

—Pues no sé por qué está con él… –decía un hombre

—Por su dinero no será –comentaba otro–. Por lo que sé, su mujer, con la separación, lo ha dejado limpio…

Todos comprendían lo que eso significaba porque a más de uno de los presentes le había sucedido lo mismo…

—No comprendo qué puede ver en él –añadía el tercero–. ¡Si es como un niño! –Una sonrisa afloró a unos labios masculinos y el fantasma de la hilaridad flotó unos instantes sobre el grupo de hombres, cuando algunos recordaron el ambiguo chiste de aquella mujer que decía que su marido “la tenía como un niño de dos años”, aunque nadie se atrevió a contar el picante chascarrillo.

—¡Y tiene un coche que es una mierda! –exclamó el dueño de un flamante Rover nuevo de color gris metalizado, que se había comprado aquel vehículo con todas sus esperanzas puestas en que Astarté se fijase en su imponente máquina (el lujoso automóvil) y se dejase seducir.

Los comentarios de las mujeres que se consideraban a sí mismas desairadas no distaban mucho de los de sus compañeros varones:

—¡Vaya lagarta está hecha…! ¡Si ha tenido un montón de amantes! –exclamaba la primera, que ejercía de líder del grupo y solía llevar la voz cantante.

—¡No lo sabes tú bien! ¡Y dice una amiga mía que tiene un cinturón erótico! –todas las miradas del grupo se concentraron en la autora de esta afirmación.

—¡Cuenta, cuenta! –le apremiaron las demás.

—No sé mucho más –declaró, para desilusión del colectivo–, a mi amiga se lo contó su hermano, que fue amante de Astarté unos meses y dice que es una mujer muy fogosa, como un volcán…

—¿Una ninfómana? –quiso saber otra.

—No sé, dice mi amiga que su hermano estaba totalmente encoñado con ella y que se llevó un gran disgusto cuando ella lo dejó.

—¿Ella lo dejó? –preguntaron a coro tres señoras, envidiosas sin duda porque ellas nunca habían tenido oportunidad de dejar a nadie.

—¿Y qué tendrá ella que no tengamos nosotras? –inquirió la líder.

Y una vocecilla burlona, que nunca se supo de donde había salido, pero sin duda había leído a Alejandro Casona e incluso a Luis Coloma, exclamó con sorna:

—¡Como tener, tendrá lo mismo, pero puede que de otra manera…!

No obstante todos estos comentarios hechos a espaldas de los dos protagonistas de la historia, unos y otras les presentaban un semblante amable y risueño, entre otros motivos, obviando por supuesto la evidente hipocresía, porque temían el indomable carácter de Astarté más que a una vara verde, y por ello no se atrevían a hacer ninguna pregunta, ningún comentario que pudiese ofenderla. Se comprenderá este comportamiento al saber que Astarté había llegado a abofetear en público a alguien que había intentado gastarle una broma, había amenazado con golpear con el afilado tacón de su zapato a otro que había pretendido hacerse el gallito con ella, y lo menos que podía esperarse de aquella mujer era que intimidase a su interlocutor a golpe de una fría mirada, una ácida pregunta o una cruel exclamación.

A pesar de lo que queda dicho, la curiosidad de quienes veían la historia de amor era grande y más aún considerando que la relación entre Astarté y Anquises iba ya por su quinto año, algo inusual en aquella fémina considerada por todos una devoradora de hombres, de quien esperaban que en el plazo de un mes abandonase a Anquises como se tira un kleenex después de usarlo. ¡Un mes de plazo le habían dado a él! ¡Y la ex-esposa de Anquises había sido la primera en hacer esta previsión!

La curiosidad corroía a todos y ya se sabe que la curiosidad mata al gato. En una fiesta, a altas horas de la noche, cuando todo el mundo ya estaba alegre por haberse tomado alguna copa de más (salvo Anquises y Astarté, que no bebían, pero, como se paseaban de un lado a otro con sendas copas en la mano, nadie lo había notado), la líder del grupo de señoras se atrevió a acercarse a la bella y, tras una conversación de lo más insustancial, le preguntó a bocajarro:

—¿Y qué tal con Anquises? Se os ve muy bien. Todos nos preguntamos qué le has encontrado para seguir con él tanto tiempo…

Después aguardó, esperando un tortazo descomunal, si Astarté se había sentido ofendida por sus palabras…

Pero no fue así. La hermosa miró a su interlocutora con aire superior e intimidatorio, esbozó una sonrisa irónica y arqueó las cejas antes de contestar pausada y lacónicamente:

—Pues mira, ya que lo preguntas… Anquises tiene negro lo que tiene que tener negro… –y no dijo más.

Las señoras no fueron capaces de comprender el sentido de aquellas palabras, que poco a poco fueron divulgándose entre los asistentes a la fiesta. Sin embargo, algunos hombres sí las comprendieron.

Lo que nadie podía saber era que la madre de Anquises, una bellísima y exuberante mulata muy culta, había decidido llamar así a su hijo porque creía que el legendario Anquises troyano, el padre de Eneas, sin duda había debido poseer méritos muy notables para conquistar a la experta Venus, la siempre anhelada diosa del amor. Y creía ella haber observado en su hijo dotes similares, capaces de conquistar a cualquier deidad moderna por muy experimentada que fuese en lides amorosas.


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