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  Guías culturales

RELATOS


Por Marisol Llano Azcárate

 

DE LA MADRE EQUIVOCADA

A Casandra siempre le había sorprendido mucho aquella casualidad. Padecía la misma enfermedad hereditaria y muy poco frecuente que Irene, una de las mejores amigas de su madre, quizá su amiga más especial. Irene no se lo había dicho abiertamente, pero Casandra lo había deducido poco a poco al conocer qué medicamentos no podía tomar Irene y cuáles eran los síntomas de su dolencia, datos que contrastó y coincidían exactamente con las características de su propia enfermedad.

Tampoco era capaz de explicarse Casandra por qué, tratándose de una dolencia hereditaria, nadie de su familia la padecía: ni sus padres ni sus tíos ni sus hermanos ni sus primos…, no, solamente ella…, ella y la amiga de su madre.

Su mente, deseosa de hallar una respuesta a este interrogante, imaginó soluciones descabelladas: la abuela había tenido una aventura con el padre de Irene… Irene y la madre de Casandra habían sufrido un intercambio tras su nacimiento y cada una vivía con la familia de la otra…, o ella misma y la hija de Irene… Pero no, poco a poco supo que su madre había nacido en Venezuela cuando sus abuelos llevaban allí más de diez años…, mientras que la familia de Irene nunca estuvo en aquel país; las edades de Irene y de la madre de Casandra no coincidían, eso descartaba el intercambio, y lo mismo sucedía, de esto se había dado cuenta enseguida, con ella misma y la hija de Irene.

Luego pensó que quizá su abuelo y la madre de Irene habían mantenido una relación secreta, pero el año del nacimiento de la mejor amiga de su madre, el abuelo llevaba cuatro años sin moverse de Venezuela y en compañía de su mujer. Además, después de hacerle a su madre una serie de preguntas aparentemente inocentes y sin otro motivo declarado que una curiosidad algo extravagante, llegó a la conclusión de que el abuelo tampoco padecía aquella enfermedad.

Más tarde interrogó de nuevo discretamente a su madre acerca de algún posible parentesco, lejano ya, entre ambas familias, pero no, tampoco se daba esta circunstancia, y Casandra se halló tan perdida en sus investigaciones como al principio.
Durante un tiempo olvidó este asunto y se dedicó a su vida, se alejó de su casa, de su familia, de Irene, de todo lo conocido, e intentó buscar su propia identidad, un camino verdaderamente suyo, sin tener en cuenta su origen, su nacimiento ni su familia, que le causaban tantas cavilaciones.

Habían pasado ya muchos años cuando supo, durante una llamada telefónica a su madre, que Irene había fallecido. La madre le describió la enfermedad degenerativa de su amiga, imposible de curar en parte por la dolencia hereditaria que padecía, que le impedía tomar ciertos medicamentos, precisamente aquellos que la habrían curado con toda probabilidad, según decían los médicos…

Al principio se asustó. ¿Y si le ocurría a ella lo mismo que a Irene? Tampoco ella podría ingerir aquellas medicinas capaces de sanarla, por una parte, pero fatales por otra, para su mal genético. Durante aquellos años se había ido aficionando a la fitoterapia, el arte de curar con las plantas, y enseguida se dispuso a consultar sus libros en busca de remedios naturales para la enfermedad degenerativa que había llevado finalmente a Irene a una muerte temprana. Después de muchas horas de consulta y de búsqueda, halló algunas plantas capaces de atacar aquel mal y otras adecuadas para paliar sus síntomas, y esto la tranquilizó en parte. Al menos sabría, si a ella le afectase la misma dolencia que a Irene, cómo hacerle frente, cómo combatirla con todas aquellas armas naturales que estaban en los libros y en la sabiduría popular.
Fue una noche de tormenta, cuando el aparato eléctrico del cielo estaba en su punto más destructor y la casa en la que ella conversaba con su madre y sus tres hermanos se veía rodeada del resplandor discontinuo de relámpagos que iluminaban la negrura de la noche y se hundían en la tierra, y de truenos que perforaban los tímpanos de los asustados habitantes de la zona, cuando Casandra supo que unos años antes de que sus abuelos comprasen la vivienda en la que ella había nacido, allí había visto la luz Irene, la primera hija de un joven matrimonio cuyos restantes vástagos habrían de nacer en otro hogar. Las deudas de la familia que les había dejado aquella casona en herencia forzaron a los padres de Irene a venderla, casi en ruinas ya, y a trasladarse a una casucha más pequeña a las afueras de la aldea, la única que pudieron comprar una vez satisfechos los préstamos que sobre la tal vivienda había. Allí se instalaron los abuelos de Casandra con la madre de esta, un bebé en aquel tiempo, y sus otros retoños. Repararon la casa y se dedicaron a criar a sus hijos. El siguiente nacimiento que se produjo allí, más de treinta años después, fue el de Casandra.

¿Acaso aquella era una noche mágica en que todos los elementos de la naturaleza se habían desatado y conjurado?, ¿o era la gran cantidad de electricidad que reinaba en el ambiente lo que le impedía discurrir razonadamente? Casandra no sabía cómo encajar aquella información. Le parecía encontrarse ante un episodio de Pedro Páramo o de Cien años de soledad, que habían sido sus libros preferidos durante años. ¿Debía haber sido hija de Irene y no de su madre biológica? ¿Acaso eran Irene y ella las víctimas de una maldición que recaía sólo en las primogénitas nacidas en aquella casa? ¿Por qué sólo ellas padecían aquel mal que las acompañaba durante toda su vida? ¿Qué oscuro secreto se ocultaba entre las gruesas paredes de piedra de aquella casona? A sus casi cuarenta años, Casandra seguía sin hallar una explicación coherente, a pesar de haberla buscado insistentemente durante toda su vida.

LA TIMIDEZ DE LUCILA

A Lucila le preocupaba sobremanera el hecho de que, a sus cuarenta años, todavía sentía miedo cuando tenía que hablar en público, aunque sólo se tratase de hilvanar cuatro frases en una junta de la comunidad de vecinos.

Exactamente lo mismo le sucedía en las frecuentes reuniones que tenía en su trabajo de vendedora en una editorial. Y cuando debía visitar centros educativos y hablar con los docentes para recomendarles este o aquel libro y explicarles las ventajas de tal o cual material didáctico frente al editado por la competencia.

Su temor aumentaba cuando se veía obligada a intervenir ante todo un claustro de profesores para presentarles las novedades editoriales del comienzo de curso o de cada primavera.
No obstante su desmesurado e irracional miedo, era una buena profesional y lograba vencer su temor en cada ocasión, bien respirando profundamente para oxigenar abundantemente sus pulmones y liberar la tensión, bien trasladando su mente al momento en que terminaría cada horrible sesión ante el público.

Este último era un recurso que había desarrollado por su aversión a visitar al dentista y después lo había extrapolado a su trabajo. Sentía una sensación placentera cuando imaginaba que la visita al dentista o la reunión con posibles clientes había finalizado ya y podía volver a su casa, acariciar a su pomerano rojo O’Connell, escuchar un compact de Mike Olfield, de Angelo Branduardi o incluso una selección de María Callas, y prepararse una taza de té negro o un cacao caliente aromatizado con canela.
Lucila era una eficiente trabajadora y en el desempeño de su tarea como vendedora era capaz de doblegar su fobia social y cumplir los objetivos que su jefe le marcaba. Por ello, tenía una bien merecida fama de persona responsable y seria. Pero en el terreno privado, sus miedos eran capaces de derrotarla. Por eso nunca hablaba si podía evitarlo, jamás salía a bailar y rehuía los grupos numerosos.

Envidiaba a sus compañeras y a sus amigas cuando las oía hablar con fluidez y soltura, sin asomo de timidez o vergüenza, pero se veía incapaz de hacer ella lo mismo. A menudo se preguntaba cuál sería la causa de su terror a relacionarse con los demás, ella tenía facilidad para formular en su mente un sinfín de preguntas, largos discursos, enrevesadas historias reales o ficticias, extensas justificaciones o explicaciones…, pero le resultaba muy difícil articular palabra a poco que se hallase frente a otras personas, salvo en el caso de sus clientes. La obligación de realizar ventas era lo único que lograba vencer la timidez de Lucila.

Envidiaba a las personas que, sin aparentes conocimientos de gramática, de semántica ni de sintaxis, eran capaces de perorar con fluidez y despreocupación. Durante mucho tiempo, por su cabeza rondó la idea de acudir a un psicólogo o incluso a un psiquiatra… Quizá alguno de estos especialistas pudiese ofrecerle alguna ayuda…, mas finalmente llegó a la conclusión de que la clave que solucionaría sus problemas debía de estar en ella misma…, probablemente en sus recuerdos de la infancia, con toda seguridad olvidada en algún escondido rincón de su memoria.

Fue una tarde de finales de julio, calurosa a pesar de la panza de burro que ocultaba el cielo azul, mientras elaboraba la memoria de su trabajo de aquel curso que ya finalizaba, cuando Lucila se dio cuenta de repente, debido a un fogonazo de su cansado cerebro, de lo que le había sucedido. No se trataba de un hecho aislado, sino de una constante que se había repetido a lo largo de toda su niñez. Lo había olvidado, según creía, porque era muy doloroso vivir con todo aquello a cuestas y resultaba más fácil pensar que nunca había sucedido.
No obstante, reconocía que el hecho de recordarlo, de asumirlo como una parte de su vida, de la historia de su triste infancia, y aprender a vivir con todo aquello, podía ser un modo drástico aunque, con toda probabilidad eficaz, de lograr su curación.
Rememoró las tardes tristes de su niñez sin amigas, especialmente cuando su padre estaba en casa, porque no le permitía ir a jugar con otras niñas de su edad. Su infancia se había llenado de silencios, cuando el padre malhumorado llegaba a casa, se sentaba siempre en el mismo sitio y si ella, su madre o su abuela intentaban preguntarle o comentarle algo, él hacía un gesto acercando su mano derecha a la boca, juntando los dedos índice y pulgar como si sujetasen una llave imaginaria, girando la muñeca en un movimiento de darle una vuelta a la inexistente llave y decía:
—Cierre, no me diga nada.
Otras veces juntaba los dedos índice y pulgar y los movía horizontalmente, de izquierda a derecha de su boca, y decía:
—Cremallera, no quiero oír ni una palabra.
La madre y la abuela callaban hasta que él se marchaba y entonces aprovechaban para criticar su comportamiento, sus gestos y su falta de comunicación, pero nunca se habían atrevido a hacerle frente. Generalmente ellas hablaban entre sí, pero no le hacían demasiado caso a la pequeña Lucila, que parecía jugar, solitaria, en un rincón.
A su mente llegó otro recuerdo lleno de rechazo y frustración, este de sus años adolescentes, cuando su abuela ya había fallecido. A Lucila le gustaba cantar y bailar siempre que podía, fingiendo ser una cantante y bailarina famosa, la mayoría de las veces en solitario, puesto que su padre le prohibía ver a otras muchachas de su edad. Sus juegos llamaron la atención de su madre, que le dijo un día:
—Cantas fatal, no tienes nada de oído. Y bailas muy mal, sin ningún ritmo. No has salido a mí, sino a tu padre.
Pero no le había propuesto enseñarle algunos pasos de baile ni ayudarle a hacer sus primeros pinitos, ni a seguir el ritmo de la música… Y aquellas críticas maternas, pronunciadas sin ningún afán constructivo, se grabaron en el subconsciente de Lucila. Ella nunca iba a un baile ni a una discoteca. Hablarle de acudir a un karaoke a divertirse o a reírse un rato era como proponerle descender a los infiernos. Y si se hallaba en una fiesta con baile, se sentaba en una esquina y ninguna fuerza natural o sobrenatural era capaz de hacerle salir a la pista.
Tras casi una hora de recuerdos tristes, con los ojos anegados en lágrimas, Lucila se preguntó si la valentía de rescatar todos sus momentos desgraciados del olvido al que los había condenado su sentido común lograría, al fin, curarla de sus miedos.

RECUERDOS ROBADOS

No recordaba en qué cuerpo había vivido aquella misma historia, pero le resultaba muy conocida, bastante reciente… Había habitado muchos cuerpos y conservaba la memoria de todas sus vivencias. En casos como este, ante una situación similar a otra ya vivida, el recuerdo se disparaba como una corriente eléctrica y se hacía presente a la velocidad del rayo, así podía relacionar de inmediato esta situación con su experiencia anterior y sabía qué debía hacer. Su sistema de archivar la información era tan perfecto que cada una de sus neuronas equivalía a un potente ordenador que permaneciese en funcionamiento de modo permanente.

—No, no hables de lo que hay entre nosotros porque ya no hay nada, se acabó –le repetía una vez más Chloe a Germán, que había sido su amante durante varios meses.
—Pero, compréndelo, no ha sido mala intención ni falta de deseo, sino sencillamente que tenía demasiado trabajo, no teníamos un sitio para vernos, todo se juntó…
Ella lo miraba con severidad, con sus grandes ojos azules, y optó por no seguir repitiendo lo mismo una y otra vez.
—No se trata sólo de eso, además me has mentido un montón de veces, ¿cómo voy a confiar en ti ahora?
—¿Yo?, ¿en qué te he mentido? –preguntó él, mostrando su extrañeza y mirando fijamente a los ojos de Chloe como para que ella pudiese leer la sinceridad que había en él.
—Mira…, Germán, voy a ser muy clara. Yo sé que cuando te digo que he estado en una reunión, siempre me dices que me has llamado, porque sabes que tengo costumbre de apagar el móvil cuando me reúno, pero algunas veces mi móvil estaba operativo, porque esperaba una llamada del alto jefe y no hubo ninguna llamada tuya…
—Bueno, puede que algún día…, no sé…, sería un error…, ¿estás segura de ello? –Germán no esperaba esa respuesta y no acertó a defenderse, sino sólo a titubear; Chloe prosiguió:
—Y tú, un día me dijiste que estabas en una reunión, no sé si te acuerdas, habías quedado conmigo para vernos aquella mañana, pero no apareciste y te llamé no sé cuántas veces porque era un asunto de trabajo que no podía esperar, pero siempre respondía el contestador, así durante varias horas… Te creí momentáneamente cuando te excusaste diciéndome que había surgido un asunto urgente y que habías convocado una reunión para solucionarlo –Chloe hizo una brevísima pausa–, hasta que me di cuenta de que tú no apagas el móvil durante las reuniones, sino sólo cuando te acuestas con alguien, sí, sólo para eso. Pude comprobarlo al día siguiente, cuando nos encontramos en mi cuarto del hotel, ¿lo recuerdas? Creo que fue la última vez que hicimos el amor…
Germán intentaba articular una respuesta, pero Chloe le indicó que no esperaba oír ninguna y que iba a seguir hablando. Chloe no era una mujer fácil de silenciar si quería hacer uso de la palabra. Germán lo sabía muy bien. La había observado minuciosamente durante años de trabajo compartido en la misma empresa. Después se habían convertido en amantes. Pero quizá no había sido una gran idea, quizá Chloe necesitaba algo diferente, más intenso de lo que él estaba dispuesto a darle…
—En aquel momento no significó nada para mí verte apagar el móvil, pero semanas más tarde, mientras pensaba en otra cosa, de repente mi mente encontró la solución; al fin, había logrado darle significado a aquella escena y relacionarla con todo lo demás, el retraso de tantas horas de aquel día, tu falta de interés, tu frialdad desde entonces, todo encajó como un rompecabezas. ¿Comprendes?
—¿Debes de haber pensado mucho en mí? –aventuró Germán, envanecido de su poder como conquistador, como amante. Chloe lo miró y sonrió antes de responder. Era la sonrisa de una mujer madura, sabia, que esperaba esta pregunta y ya tenía preparada la respuesta adecuada.
—No, no te hagas muchas ilusiones, yo no he pensado demasiado en ti, sólo lo justo. ¿Recuerdas cuando estuviste enfermo? –él asintió ligeramente con la cabeza–. Fue durante aquellos días cuando me di cuenta de lo que había pasado, entonces decidí que todo había terminado y que iba a olvidarte, vamos, como si no hubiese existido ninguna relación entre nosotros; no obstante, te llamé unos días más por cortesía, porque te encontrabas mal y me pareció que era lo correcto, pero después de eso ya no más llamadas, no sé si te has dado cuenta, no quiero ser pesada ni agobiar o acosar a quien no le intereso, no estaría bien…
—Pero no es eso, de verdad –siguió insistiendo Germán, intentando excusarse–, ha sido la falta de tiempo, la gran cantidad de trabajo…
—Mira, no quiero explicaciones, yo también estoy muy ocupada, incluso trabajo más que tú, pero yo te he llamado en un ratito libre o al final de la jornada..., siempre se puede buscar un momento aunque sea sólo para saludar. Y no te estoy reprochando nada, esto es sólo un comentario, no se trata de un reproche ni tú tienes ninguna obligación conmigo…

Mientras escuchaba hablar a Chloe, Germán se preguntaba cómo podía ser posible que ella hubiese descubierto su romance con Adriana si él había sido, como siempre en sus lances amorosos, muy discreto. Lo que no conocía German era el funcionamiento de la memoria de Chloe. Y era porque en verdad era imposible para un simple mortal comprender una maquinaria tan compleja como aquella, capaz de almacenar recuerdos y experiencias de otras vidas, de otros cuerpos, de otras mentes, todo lo que la hacía tan sabia y tan imprevisible. Chloe había vivido una situación similar cuando habitaba el cuerpo de Alicia, una joven mulata de gran belleza que tenía un novio muy apuesto, Curro. Uno de los días que fue a almorzar a casa de Curro, invitada por él, Alicia se encontró la mesa todavía puesta, con restos de la cena de la noche anterior, dos cubiertos, dos copas de jerez, una de ellas manchada de carmín en el borde… Alicia las observó incrédula mientras Curro las guardaba en una vitrina y le explicaba que la noche anterior había preparado pollo al curry y había salido a buscar a alguien con quien compartirlo; en aquel momento Alicia no le dio gran importancia a lo que veía y oía, incapaz de pensar que él podía estar con otra mujer, pero cuando unos días más tarde se lo encontró en la calle abrazado a una señora rubia bastante mayor que ella, se dio cuenta de lo que verdaderamente sucedía y decidió que no volvería a ver a Curro. Esta fue la historia que Chloe recordó cuando, intentando concertar una cita con Germán, él le dijo:
—Pero quedamos después de las cuatro, quizá hacia las cinco…
—¿Por qué? –quiso saber ella, extrañada, pues unos días antes habían hablado de ir a almorzar juntos y después a un cuarto de hotel para hacer el amor–. ¿Tienes algún compromiso mañana al mediodía?
—Voy a comer con Adriana –dijo él por toda respuesta.
Germán volvió a prestar atención al discurso de Chloe, quizá se había perdido algo importante…
—…el cerebro es muy complejo en su funcionamiento, guarda información todo el tiempo mientras trabajamos, leemos, vemos la tele o nos relacionamos con los demás, pero no la organiza inmediatamente, sino que en sus momentos libres, mientras dormimos, mientras realizamos cualquier tarea mecánica que no requiera la intervención consciente del cerebro, él va procesando todos los datos recibidos y archivándolos, cada uno en su lugar: una palabra que alguien pronuncia, quién más dice esa palabra y por qué, alguien que apaga su móvil para hacer el amor, todo se archiva convenientemente… y eso provoca que todo adquiera sentido de repente, si el cerebro ha hecho bien su trabajo… No creas que es una afirmación disparatada, hay muchas películas y novelas que se basan en este modo que tiene el cerebro de procesar datos, sólo hay que fijarse bien… Y siempre funciona así, por eso me di cuenta de todo lo que había ocurrido, y puedo decirte en qué fecha empezaste a coquetear con ella, incluso cuándo hicisteis el amor por primera vez… ¿sabes?, porque, además, ella estuvo enferma de faringitis los mismos días que tú. ¡Qué casualidad! A eso es a lo que me refiero cuando te hablo del proceso que sigue la información en nuestro cerebro, se trata de recrear algo a partir de unos pocos datos, igual que Guillermo de Baskerville describe al caballo Brunello sin haberlo visto nunca .

Claro que, pensó Chloe aunque no lo dijo, poseer los recuerdos de otras personas podía facilitar mucho las cosas.


1. En El nombre de la rosa, de Umberto Eco.

 

LETO Y LA DISCORDIA

Una persona que lleva la cabeza cubierta con un pañuelo oscuro anudado bajo la barbilla se desliza furtivamente, siguiendo la pared, hacia la puerta de entrada de una gran casa, al amparo de las sombras de la noche. Abre la puerta con cuidado de no hacer ningún ruido, ningún chirrido, piensa que para eso ha tenido la precaución de acercarse dos noches antes a engrasar las bisagras.

Entra en la casa con cautela y se detiene apenas unos instantes, no se oye ningún sonido y la desconocida, se supone que es una mujer pues va vestida con una falda que le llega a los tobillos, atraviesa diagonalmente una sala, cuyo piso de madera rechina a veces bajo sus pasos, y comienza a subir una escalera. Parece conocer el camino a la perfección pues es capaz de realizar este trayecto prácticamente a oscuras, con la escasísima luz de la luna nueva que se filtra a través de un ventanuco existente en el descansillo, tan mortecina que apenas logra vencer las tinieblas en el exterior de la casa.

En lo alto de la escalera aguarda unos segundos para comprobar que nadie la ha oído y camina sigilosamente por el largo pasillo hasta llegar a la última puerta de la derecha, la abre muy lentamente y entra. Sólo tarda unos instantes en acostumbrarse a la oscuridad reinante en el cuarto y enseguida logra percibir las formas de los bultos que sus ojos van descubriendo.

A la izquierda, muy cerca de la puerta, destaca el tapizado casi blanco de un sillón con dos almohadones, y a continuación, un costurero y un perchero-sombrerero, ambos de madera clara. En la pared opuesta, a la derecha, hay una cama individual y, entre esta y la pared, una mesilla de noche.

Alguien duerme, con respiración sosegada, en la estrecha cama. La intrusa coge un almohadón y con él cubre el rostro de la persona dormida, que de pronto se despierta y se debate inútilmente, intentando liberarse del mortal ataque, pero está bien sujeta por su agresora. La víctima deja de agitarse y pasados unos minutos, su asesina levanta el almohadón, se inclina sobre ella para comprobar que no respira, arregla las ropas de la cama y cubre el cadáver hasta la barbilla.
La criminal desanda silenciosamente el camino hecho y sale de la casa con desenvoltura. Entonces logro verle el rostro: es Leto, nuestra vecina de la casa de enfrente, de cuando yo era una niña…, pero unos cuarenta años más joven de lo que yo la conocí, sin una arruga todavía ni una cana.

Me asustó tanto esta visión que me desperté… Afortunadamente ya no vivía en aquella horrible casa, sino en mi apartamento; ya no era una niña de ocho años sino una adulta de cuarenta, y Leto había muerto ya, ¡qué alivio!
Cuando era niña, yo había vivido en la misma casa donde, en mi sueño, se producía el asesinato. Había oído rumores, pero sin confirmar, acerca de la influencia que Leto ejercía sobre el marido de aquella mujer que una mañana amaneció sin vida y todos creyeron que se trataba de una muerte natural, repentina pero natural, debida a un fallo cardíaco o una dolencia similar. Todo el mundo conocía la amistad de Leto con el marido de la difunta; no obstante, si alguien imaginó lo que había sucedido verdaderamente, se lo guardó para sí.
¡Leto! ¡Cuánto la odié cuando era niña! Incluso cuando supe que había muerto me invadió una alegría infantil, como si hubiese sucedido cuando yo tenía ocho años. Le iba bien el nombre: Leto o Letona, la diosa de la guerra. La discordia era una de sus ayudantes. Esta Leto que yo había conocido era la personificación de la discordia. Yo había oído que, inducido por Leto, Alfonso, el marido de la víctima de mi sueño, siempre le había dado muy mala vida a su esposa, maltratándola e insultándola continuamente. Pero no había sido este un caso aislado. Para Leto no era suficiente una víctima y a lo largo de su vida, había ido coleccionando otras.

Cuando falleció Pepa, vecina de la casa contigua a la de Leto, una hija de Pepa le confió a mi madre que Luis, el padre, maltrataba a menudo a su esposa, insultándola con las mismas frases que Alfonso le decía a su mujer. También le contó que, aunque Luis y Leto siempre habían fingido ser enemigos, en realidad sucedía todo lo contrario y, a menudo, Luis asaltaba su propia despensa para llevarle presentes a Leto en sus visitas nocturnas a la casa de esta.

Entonces recordé el caso de mi padre, quien, mientras frecuentó la casa de Leto, se dedicó a increpar a mi madre con dicterios como bruja, zorra y otros de esta índole, inspirados sin duda por la musa que ya arrugada, envejecida y canosa, encontraba el modo de halagar los oídos de aquellos pocos hombres, bastante ingenuos por lo general, que todavía acudían a sus invitaciones a café o a una copa, como fue el caso de mi padre durante un tiempo. Podía ser casi su abuela, pero sin duda hallaba las palabras adecuadas para engatusarlo, a él como a otros, ponderando sus virtudes y diciéndole que su esposa no lo apreciaba tanto como él merecía. Nunca la oí, pero me atrevería a jurar que de este tipo debían ser sus artes de seducción. Sin duda, Leto sabía que hay pocas personas que se resistan a una lisonja.

No alcanzaba a imaginar por qué sentía la necesidad de atraer a los hombres a su lado de aquel modo tan dañino. ¿Acaso no podía vivir sin compañía masculina, aunque sólo pudiese disfrutarla unas horas diarias? ¿Tanto odiaba a las demás mujeres o creía que todas eran sus rivales? ¿Era sencillamente una manipuladora o más bien una loca? Había muchas preguntas que quedarían sin respuesta para siempre.

 

DOLENCIAS DE AMOR

Cuando Chloe decidió finalizar su relación con Germán, a causa de la fundada sospecha de que él mantenía un idilio con otra compañera de la misma empresa, ya sabía que durante unos días le costaría acostumbrarse a la nueva situación.
No obstante, Chloe era una mujer con muchos recursos en su mente plagada de recuerdos de otras personas, de otras vidas. El primer fin de semana después de comunicarle a Germán su decisión, Chloe se dedicó a recordar otras rupturas cuya memoria permanecía en su cerebro. Aquello iba a servirle de terapia.

Primeramente rememoró los años jóvenes de Ana, que había conocido a un muchacho muy atractivo en una verbena, se había sentido seducida por él, se había ilusionado, había hecho planes en los que él entraba, se lo había presentado a sus amistades y creía que se trataba, después de varios meses de noviazgo, de una relación seria. Fue entonces cuando él, una noche, mientras bailaban abrazados, le dijo:
—No vamos a poder vernos más…
Ana se quedó muy sorprendida, estupefacta, no comprendía estas palabras…
—¿Qué…? ¿Qué quieres decir con eso?
—La próxima semana llegarán mi mujer y mi hijo..., se vienen a vivir conmigo… Compréndelo. No podemos vernos más.
Ana no se marchó de su lado ni lo insultó ni se permitió el desahogo de un llanto reparador porque estaban rodeados de gente y no quería dar que hablar. Permaneció en silencio el resto de la noche, que no pasó de media hora más, fingió una repentina jaqueca y, sin ningún aspaviento, se despidió de él y de sus amistades, y se fue de allí.
Al día siguiente, habló, lloró y se desahogó con su amiga de toda la vida, Dafne, que, aunque insensible al amor, era capaz de comprender el dolor de los demás, de escuchar el relato de sus penas y quejas, de darles palabras de ánimo y de proponerles alguna solución.
A consecuencia de su nefasta experiencia, Ana permaneció durante más de siete años sin acercarse a ningún hombre, por temor de que le hiciesen daño de nuevo. Cada vez que alguien de sexo masculino, joven o anciano, intentaba entablar conversación con ella, se buscaba una excusa y desaparecía.

Chloe pasó de este recuerdo a la triste historia de Luna, obsesionada con el amor que sentía por un hombre más joven que ella, que a ratos la agasajaba y mimaba, y las más de las veces se marchaba con sus amigos o con nuevas conquistas femeninas, dejando a Luna olvidada y triste, lamentándose por el rechazo del amante al que no quería ni podía olvidar. Chloe recordaba esta experiencia vivida a través de las confidencias de Luna a su amiga Micaela, cuyo cerebro había habitado durante un tiempo. Chloe tenía presente en su recuerdo la insistencia de Luna en repetir sus desdichas amorosas una y otra vez a su amiga íntima, quizá más por necesidad de oírse a sí misma hablando del amante ausente y por recrearse en la autocompasión, que por intentar hallar un remedio o una solución para su problema. Micaela, con su profundo sentido común, solía aconsejarle con cierta brusquedad:
—¡Mándalo al cuerno de una vez! No sé cómo lo aguantas todavía…

Pero Luna obviaba esta recomendación y continuaba desgranando repetidamente el rosario de sus penas de amor. Micaela opinaba que era más fácil dejar a aquel hombre y sufrir una temporadita por ello que sobrellevar continuamente el olvido o el desdén del amante, y añadía, con cierta ironía, que se necesitaba ser muy constante en el sufrimiento para soportar una situación así. Nueve años había durado aquella relación llena de altibajos, que finalizó porque el amante halló otra mujer con la que inició un noviazgo estable y abandonó definitivamente a Luna. Pero ella sabía que nadie podría ya devolverle el tiempo perdido.

El recuerdo de Micaela transportó a Chloe quince años atrás, a la turbia mente de Carmen, que se emborrachaba cada vez que un hombre la dejaba, lo que sucedía con demasiada frecuencia. Carmen era una bonita joven rubia de buena familia, a quien le gustaba excesivamente hablar de sí misma. Chloe había llegado a ella en su huida precipitada de un cerebro en que no se hallaba a gusto, y pronto pudo darse cuenta de que tampoco había acertado esta vez. Permaneció, por tanto, muy escaso tiempo con esta egocéntrica y monótona mujer tan aficionada al alcohol y tan proclive a superar sus numerosos fracasos amorosos ahogándolos en litros y litros de ron con cola, whisky con agua y vodka con limón, las tres mezclas que le agradaban por igual y que incluso en ocasiones alternaba para variar, según ella misma confesaba arrastrando las sílabas, a lo largo de una sola noche.

Chloe se acordó entonces de una botella de vino blanco que había comprado para compartir con Germán en la siguiente vez que se encontrasen. Pero ya no habría un próximo encuentro. Se dirigió a la despensa y sacó la botella. Era un envase esbelto y transparente que encerraba un dulce malvasía de Lanzarote. Ya nunca lo compartiría con Germán. A su mente afloraron escenas de amor ya vividas, compartiendo una copa de vino y una caja de bombones, instantes que no iban a repetirse, lo había decidido así y no estaba dispuesta a cambiar de opinión. Colocó la botella sobre la encimera de granito verdegris de la cocina, buscó un sacacorchos en el cajón superior y se dispuso a descorchar el cristalino recipiente. Vertió el líquido fermentado en una fina copa de pie alto y bebió un sorbo, que paladeó con deleite y tragó con lentitud. Efectivamente, era un vino joven, afrutado, dulce y sensual, capaz de quitar cualquier pena de amor. Se propuso alargar todo lo posible la sensación de felicidad que había experimentado, y beber cada día sólo una copita de aquel elixir mágico, con el fin de dilatar la satisfacción del momento en que logró superar no sólo su ruptura con Germán, sino también todas las dolencias de amor que permanecían en su memoria pugnando por salir.


SOPA DE POLLO

Katerina está preparando comida de régimen para su perro Sacha. Casi siempre que este se pone enfermo, lo que sucede dos o tres veces al año, Katerina interrumpe la dieta habitual del perro, que combina raciones de alimento seco con otras de trozos de carne enlatados con verduras y salsa, y le da sopa de pollo con zanahorias y arroz hasta que observa mejoría en el animal.

Ha lavado la carne de pollo y las zanahorias, y los ha dejado cocer con agua y una cucharadita de sal durante casi dos horas. A continuación, ha separado una parte del caldo, en el que ha hervido el arroz durante unos cuarenta minutos, a fin de que el cereal se ablande y absorba mucha agua, para que Sacha pueda digerirlo con facilidad.

Ahora se dispone a mezclar todos los ingredientes, vierte el caldo restante en la olla del arroz, corta la zanahoria en dados, deshuesa cuidadosamente y desmenuza el pollo, y lo añade todo a la preparación caldosa. Huele tan deliciosamente que a Katerina incluso le apetecería probarlo. No lo hace, pero se le ocurre que, si se desgrasa bien el caldo y se sustituye el arroz por pasta, este puede constituir un buen primer plato, sabroso y nutritivo, para los almuerzos o las cenas de invierno, especialmente para sus niños, Pablo y Enrique, los hijos de Martín, su tercer marido.

Katerina lleva ya cinco años de feliz matrimonio con Martín. La vida en común ha resultado pacífica y agradable, pero Katerina algunas veces se ha sentido sobrepasada por la presencia constante de los dos hijos de él. Ella no había tenido hijos ni siquiera los había deseado nunca…, y de repente, tras su boda, se encontró con una familia completa…, aunque reconoce que quiere entrañablemente a los niños, que son adorables, tan correctos y educados, tan cariñosos…

Katerina ya había estado casada anteriormente. Su primer marido había fallecido en extrañas circunstancias, incluso había quien estaba dispuesto a afirmar que la misma Katerina se había confesado autora de su muerte a una persona cercana, muy secretamente. Sin embargo, no había indicios de que fuese así. Su segundo marido estaba vivo todavía, se habían separado y, pasados unos años, él había vuelto a casarse. Nada le había sucedido, por tanto, ni tampoco a otros hombres, compañeros sentimentales o amantes ocasionales de la escritora.
Katerina recuerda las enfermedades de los chiquillos, afortunadamente Martín es quien se levanta por las noches a atenderlos, pues ella no tiene costumbre…, el único día de su vida que no durmió bien fue la primera noche que Sacha pasó en casa y, preocupada por la agitada respiración del cachorrillo, Katerina se despertó aquella noche casi cada hora, para comprobar que se encontraba bien aquel peluche blanco que acaba de adquirir con la intención de que le hiciese compañía a lo largo de muchos años. A la mañana siguiente estaba absolutamente molida, agotada.

Cada vez que los niños han estado enfermos, Katerina se ha preocupado por prepararles infusiones y platos adecuados para la curación de su dolencia, siguiendo los sabios consejos de una amiga suya, Alba, que conoce los secretos curativos de las plantas y de los alimentos.
Mientras le sirve un plato de sopa de pollo templada a Sacha, una pregunta subversiva se abre paso en la mente de Katerina: ¿Quién le hará sopa de pollo a ella, si un día está enferma?, ¿y cuando sea vieja? En realidad, ella conoce bien la respuesta, pues ya se ha visto en una situación difícil cuando, como consecuencia de una caída en la calle, se fracturó la tibia y se vio obligada a guardar reposo durante un tiempo… Martín puso toda su buena voluntad, pero él no sabe cocinar y tuvo que arreglárselas como pudo para darles de comer a ella y a los niños. Pizzas, bocadillos, comida china…, así intentó pasar los largos días de la convalecencia de Katerina, quien sentía lástima de su marido, pues era consciente de su impotencia para resolver la situación.

Katerina ha comenzado, desde hace ya cierto tiempo, a enseñarles a los niños algunas recetas muy sencillas, pero con sus trece y nueve años, Enrique y Pablo todavía no pasan, por ahora, de hacerse un sándwich o de modelar unas arepas, una vez que ella ha preparado la masa.

La hermana de Martín, Marifé, que vive en la misma ciudad desde bastantes años antes de la llegada de este, no les ha ayudado en nada. Esto molesta bastante a Katerina, pues Martín ha sido siempre un apoyo para su hermana cada vez que esta lo ha necesitado. Sin embargo, ella no le ofreció a Martín su ayuda ni se llevó a sus sobrinos un solo día durante la etapa de inmovilidad de Katerina.

—¡Ni un recipiente de caldo me ha enviado! –le confesó, visiblemente dolida por la actitud de su cuñada, a una amiga íntima que acudió a visitarla y a interesarse por su fractura.
Katerina guarda en la nevera una olla con la sopa de pollo restante, que administrará en varias comidas a lo largo de los dos días siguientes. Probablemente cuando se termine la sopa, el perro se habrá recuperado y podrá volver a su dieta habitual.
Ahora la escritora debe organizar la merienda de los niños. Mientras la leche se calienta en un cazo en la cocina de gas, ella prepara las tazas con el cacao soluble y dispone en una bandeja una lata de galletas variadas, mermelada, mantequilla, miel, tostadas integrales…, y piensa en el ordenador encendido en su biblioteca, al que ella debe regresar para seguir escribiendo la novela comenzada dos meses atrás. Martín se ha visto obligado a acudir a casa de su hermana porque a esta se le ha inundado el salón y, alarmada, casi histérica, lo ha llamado para que vaya inmediatamente a solucionarle el problema.

En estas ocasiones, Katerina echa de menos un lugar donde pueda retirarse durante varias horas diarias, aislarse del mundo y de todo lo que la rodea, y concentrarse en su tarea de escribir, sin verse obligada a ocupar su mente con ningún otro asunto…, aunque a su cuñada se le caiga el techo encima y la deje atrapada por el moño…, o quizá por la lengua, piensa Katerina, ya que, a juzgar por lo que sabe que ha dicho de ella y cómo se ha intentado burlar de su aspecto y de su trabajo, la autora piensa que ese es el órgano que su cuñada debe de tener más desarrollado.

En cierto modo, Katerina comienza a pensar si no se acercará el momento de llevar a cabo la ilusión de su niñez, cuando soñaba con independizarse de su familia y tener una casa a su gusto para ella sola, amueblada según su propio criterio, sin que nadie introdujese en su espacio vital elementos intrusos, sin ninguna relación con ella misma. Aquel era el deseo que guardaba celosamente en secreto desde su infancia, antes del despertar de las hormonas y su natural tendencia a la servidumbre de la vida compartida. Quizá aquella guarida imaginada tantos años atrás sería el refugio ideal de la escritora para sus horas de trabajo y concentración.

Este puede ser un interesante argumento para un relato, piensa Katerina, con la intención de comenzar a escribir sus reflexiones tras la merienda.

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