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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Marse Serrano García
marse20012001@hotmail.com


LA MECEDORA

Era un 24 de Junio, si, lo recuerdo perfectamente, como las hojas dormían la siesta en el calendario, mientras en la paleta se derretían los colores confundiéndose con el aguarrás; me molestaba aquella luz intensa que atravesaba los viejos visillos de los ventanales, sabia que debía cambiarlos por unos “varilux”, pero..., nunca tenia tiempo, a pesar de que aquel piso tipo minimalista apenas tenía dedicación alguna, todo espacio, apenas abrigado con muebles, paredes bañadas con diversos cuadros; entre ellos había uno enorme, representaba las vistas que tenía desde aquéllos ventanales, en el horizonte praderas que me ayudaban a recuperar el aliento, y bajo mis ventanales una calle algo estrecha, pero, desde mi ático se podía divisar todo aquello que soñaba, la libertad de la naturaleza...

Yo me encontraba pintando uno de mis cuadros y mientras mi mirada se confundía entre las pinceladas, un extraño sonido llamaba mi atención, alguien tras la puerta me reclamaba, salí curiosa pues no esperaba a nadie:

1 ¡Hola!, ¡Buenas tardes! –dijo la voz de una joven tras la puerta-
2 Buenas tardes –respondí con cierto aire curioso-
3 ¿Es usted la señorita Marina?
4 Siii..., -dije mientras la miraba adivinando un cierto aire burgués en su aspecto-
5 Yo me llamo Cira, y, el motivo de mi visita es el siguiente, resulta que he estado comprando en la tienda de fotos de abajo, y curioseando he descubierto el retrato de la dueña del establecimiento en el escaparate, y no pudiéndolo evitar, le pregunté quién había sido el autor, y...bueno, me ha dado esta dirección.
6 Bien, pues usted dirá.
7 No, por favor, puedes tutearme, juraría que somos de la misma edad.
8 De acuerdo, pero ¡pasa y cuéntame!- dije mientras cerraba la puerta y nos dirigíamos a mi estudio-
9 Verás, resulta que en mi familia siempre ha sido tradición pintar un retrato a sus miembros, generación tras generación, y estos retratos han sido recopilados en la sala del piano en mi casa, hasta ahora hemos dispuesto de un pintor oficial por decirlo de alguna manera, hasta que el pobre hace poco enfermó de parkinson, la enfermedad le hizo abandonar la profesión justo antes de llevar a cabo el último retrato que falta en la sala, el cual cerraría la primera generación de mi familia, es decir, el retrato de mi abuela Claudia.
10 Y, como imagino, es el que supongo quieres que pinte.
11 Efectivamente, pero sólo hay una cosa que te pido, y es que por favor me acompañes a mi casa y veas el estilo que guardan el resto de los cuadros de la sala, quiero que guarde la misma armonía.
12 Pero..., por favor, escúchame, yo no soy el pintor que tuvisteis, tengo mi propio estilo, no puedo copiar.
13 ¡No, no es copiar lo que te pido!, es tan solo orientarte en el estilo clásico de la sala y de los cuadros, sólo eso, te pagaré bien.

Lo pensé tras un momento de pausa, comprendí que era un
encargo muy especial, y además era bien pagado, ¡que demonios, pues claro que si!, entonces le respondí:

-¿Cuándo vamos?

La respuesta no se hizo esperar, emprendimos la marcha.
Aquello no era una casa, era un palacio, me recordaba ligeramente a la casa de Scarlet O’Hara, es más, casi podía verla bajando por aquellas escaleras mientras Garble la esperaba apoyado en el pasamanos, aquella casa era una herencia de la familia del marido de Cira, tuvo la gran suerte de ser el único que se quedase en esta ciudad, sus demás hermanos marcharon al extranjero.
Comenzamos viendo la parte de arriba. Mientras ascendíamos por la escalera, podía ir contemplando todos y cada uno de los cuadros, todos pertenecientes a la época dorada del Renacimiento, un Giorgione, un Fra Filippo, un Tiziano, un Rafael, un Veronese, un Greco, un Velázquez...; entre otros negocios su marido se dedicaba a invertir en arte, su mayor afición; iba mostrándome las habitaciones cuando pude comprobar que se dejaba una, debió notarme cierto aire de duda ya que volvimos hacia ella.

13 Aquí está mi abuela Claudia, -mientras abría la puerta- la dama del retrato esta enferma y apenas puede andar, se pasa los días sentada en su vieja mecedora.

Se encontraba en una habitación prácticamente vacía, siniestra, sin vida, y ella descansando su vida en su mecedora, sobre sus piernas reposaba un viejo libro abierto con una fotografía y una rosa en medio, en el centro, en ese momento, lo único que pude divisar, fue a una jovencita encerrada en aquel rostro surcado de arrugas, sus ojos imploraban cariño, su lagrima lloraba ayuda.

14 Jamás dice palabra, es extraño, es la primera vez que la veo derramar una lágrima, siempre esta tan inerte..., yo he intentado alguna vez sacarla, pero Adriano, mi marido piensa que no se daría cuenta y que aquí está más a gusto.
15 Pero..., ¡es tu abuela! –le medio sollocé-
16 Bueno..., si, claro, pero es que.., apenas..., el caso es que nunca disponemos de tiempo, Adriano tiene muchos negocios y esta casa es tan grande...
17 ¿No tenéis personal de servicio?-pregunte algo extrañada-
18 Si, claro, pero necesitan dirección y control y bueno, pues, en fin, ¿Por qué no continuamos con el resto de la casa?-respondió bastante nerviosa-

Casi pude adivinar un ápice de sudor sobre su rostro sonrojado,
Bajamos las escaleras y entonces fue cuando abrió dos grandes puertas correderas, las cuales guardaban la gran sala del piano, era impresionante, ambientado al más puro estilo renacentista, donde se podían apreciar una magnifica selección de tapices, entre los que se podía distinguir presidiendo la parte frontal de la sala “Vertumno y Pomona”, del S.XVI, mientras a mi espalda me encontraba con “Saúl entregando el arpa a David”, también del XVI, abrigando la sala, en los laterales “Apolo y Dafne” del XVI a mi izquierda, y a mi derecha del XVII, en las esquinas se podía apreciar un archivador del XIX de madera de nogal, y toda la sala envuelta bajo techumbre de madera de roble repujada; en la parte central de la sala, un clavecín del XVI;¡ cuan afortunadas las manos que pudiesen tocarlo y oídos escucharlo!, los cinco sentidos serian poco para poder apreciarlo, pero allí estaba él, contemplando la sala, sereno antes las miradas de los comensales que le abordaban en las paredes, miradas que perseguían, podía sentir incluso sus respiraciones, el calor de sus manos, no rozaban la perfección, eran perfectos, todo el árbol genealógico de la familia. Antes incluso de que pudiese comenzar a explicarme nada, según la organización de los retratos se podía ver claramente distribuidas, a la izquierda una generación y la otra mitad a la derecha otra generación, intuía que era la de Cira, ya que ella figuraba en la parte frontal del lado derecho, la ultima del árbol genealógico de su familia, y a su lado en la izquierda su marido, lógicamente también el ultimo del árbol genealógico de su familia, estaban todos agrupados en parejas.

19 Es impresionante, -dije asombrada-
20 Bien, comenzaré con las presentaciones, acompáñame, comenzamos por la familia de mi marido.

Y como el guía que va mostrando los respectivos cuadros de un museo, así fue como Cira iba enseñando cuadro a cuadro la historia de la familia:

21 Te comentaré, aquí tenemos hasta cinco generaciones de mi marido, esta pareja que ves aquí son sus tatarabuelos, los señores Brentano, uno de los “peces gordos” de la Roma de aquellos tiempos, dicen que pertenecía a la MAFIA, era de educación muy estricta, pensaba que con tener un hijo bastaba, ya que así le daría una buena educación y le controlaría mejor, parece mentira que sus genes hayan perturbado generación tras generación.

Capté que se refería a su marido.

22 Y como ya te he dicho, tuvieron un hijo – señalando otro retrato- Paolo Brentano, vivo retrato de su padre, esposo con Kore, una griega; a la muerte de los Brentano, a su hijo y único heredero pasó el oficio y la mansión.

Me pareció por un instante estar viajando en el tiempo a través de aquella sala, con aquellos cuadros, miramos hacia la otra gran pared de la sala, pero era curioso, se denotaba un gran vacío, no se veía al igual que al otro lado todo un árbol genealógico, no, tan sólo había dos retratos medio perdidos entre tapices, el de Cira estaba al lado del de su esposo, en la parte frontal, y a la derecha como ella bien decía....

24 ...y, a la derecha, mis padres...

Y ahí terminó el repertorio, un gran vacío encontraba en sus palabras, y señalando a la derecha de sus padres...

25 Y aquí irá el de mi abuela.

Me extrañó aquella expresión, “mi abuela, no mis abuelos”, también recordé aquellas palabras que me dijo en mi ático, “el último cuadro de la sala”, ¿no tenía mas familia?, ¿Por qué tanta diferencia de una pared a otra?, ¿acaso no querían mezclar familias?, ¿y su abuelo?, se entiende que yo no era un detective ni una vecina cotilla, sino la pintora que le iba a hacer un retrato, el último retrato, con lo cual, enmudecí mis pensamientos y la acompañé en su silencio.

26 Bien, no te quiero entretener más, imagino que tendrás mucho trabajo, -dijo queriendo dar por terminada la charla-.
27 Si claro, será mejor que me marche.
28 Entonces espero tu llamada.
29 De acuerdo, te avisaré para que lo vayas viendo como va.
30 ¡No!, no es preciso, segura estoy de que quedará perfecto, llámame cuando esté terminado y te pasas por aquí, le pondremos un marco y lo colgaremos en su sitio.
31 Como quieras, así lo haré.

Parecía que su único interés era rellenar aquel hueco con su abuela y que fuese del mismo estilo que el resto de la sala, no le importaba el parecido, solo la estética de la decoración.
Marché pues a casa envuelta en los siglos pasados, tanto me sumergí en el tiempo, que cuando me encontraba en la gran urbe parecía como si hubiese dormido cinco siglos y despertase, esa era la sensación que tenía, un despertar.
Llegué a mi ático de la vía Angélica desde donde podía divisar el Vaticano, abrí los ventanales, me puse un zumo de naranja y...a trabajar, ciertamente al principio todo iba muy rápido, lo medio aboceté en el lienzo, rectifiqué todo lo erróneo, y cuando la comenzaba a ver empecé a “manchar”; yo siempre he tenido una filosofía a la hora de pintar un retrato, primero me tiene que mirar, si unos ojos no me miran, si no me dicen algo, no puedo continuar con el resto, pues este era ese caso curioso, no me miraba, pasaban los días en el calendario y no lo terminaba, era horrible, una terrible sensación de derrota inundaba mi cuerpo, me dolía la cabeza, necesitaba evadirme de allí, de aquel maldito retrato que no me miraba, que no me decía nada, me metí en el baño, me sumergí bajo la ducha, notaba como mi cuerpo cansado se deslizaba por los azulejos de la pared terminando sentada en la bañera, cuando me sentía mas que relajada, me incorporé, mi cuerpo se tambaleaba, introduje como pude mis torpes piernas en unos viejos vaqueros, camiseta blanca a tirantes, y, me lancé a la calle.
Salí a la vía Cole di Rienzo, una gran avenida, anduve y anduve, sin saber por que me introduje por la vía Cicerone, vía por la que jamás había pasado; en una esquina descubrí una fachada preciosa que me llamo la atención, era una vieja costumbre mía, calle por la que fuera, no había arquitectura urbana curiosa que pasase de largo a través de mis ojos, esta era una de ellas, al mas puro estilo mudéjar, en la puerta se podía leer un letrerito que decía: “hora de visita 9:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00”, ¡se podía visitar!.
Empuje un poco la puerta que estaba entreabierta, un aroma antiguo inundaba mis sentidos, el ambiente estaba ligeramente húmedo, había un señor a la izquierda de la puerta postrado en una mesa sobre la que podía ver unos cuantos catálogos, en frente de mi, una gran sala de exposiciones, a la izquierda, una antigua escalera de la cual emanaba una dulce melodía de piano, mi curiosidad me hizo preguntar:

32 Buenos días, -saludé al conserje-
33 Buenos días señorita aquí tiene usted un catálogo, que disfrute con la visita.
34 Muchas gracias..., ¿puedo hacerle una pregunta?
35 Las que usted deseé.
36 Vera, veo unas escaleras, ¿acaso continúa arriba la exposición?
37 Continúa la visita de la casa, es casa museo, perteneció a los Cicerone.
38 ¿Cicerone?, -aquel nombre lógicamente me llamó la atención-
39 Si, veo que usted es muy joven y no conoce la historia.
40 Pues..., no –queriendo indagar-
41 Pues verá, como le decía, perteneció a los Cicerone, creo que a pesar de la gran oposición que ejerció la gran dama en cederla como museo, la presión de su nieta y su marido fue suficiente para conseguirlo.
42 ¡Vaya, parece una historia interesante!
43 Ya lo creo, yo lo se porque la gente, mi querida señorita habla mucho, unos bien, otros mal, pero hablan, y todo se acaba sabiendo, pero..., ¡por favor, suba! y contemple las maravillas que sus paredes guardan en silencio durante años.
44 Por supuesto que lo haré, muchísimas gracias por la información, echare un vistazo antes a la exposición.
45 Como usted quiera.

No le quise hablar del encargo porque podía existir la posibilidad de que comentase a la familia que estuve indagando en su pasado, y la verdad, viendo la manera en que Cira ocultaba las cosas no era cuestión, al fin y al cabo era mi clienta, y debía guardar una cierta discreción...

Me introduje en la sala de exposiciones. Eran..., cuadros, ciertamente era muy difícil , me refiero a que me era muy difícil adaptar mis ojos a aquel tipo de arte; he podido entender en la vida el arte clásico, vanguardista, nuevo Art., impresionismo, realismo, cubismo..., pero esta vez, eso de llevar en la mente imágenes del siglo XI al XIX y en un abrir y cerrar de ojos sumergirme en el XXI, sentía que me ahogaba, aquello no era pintura, era una colección de objetos encontrados en la urbe pública; yo entiendo el arte moderno, cuando es arte, pero, aquello, por Dios santo que no lo era; entonces hubo un instante en el que no veía, sólo escuchaba aquella melodía, me decía...¡acompáñame!, no me hablaba y sin embargo la escuchaba, y tras ella como un perro faldero me abalancé.
Salí de la sala, comencé a subir por los escalones, sentí como crujían, ascendía despacio aunque la curiosidad me empujaba, llegué a una especie de vestíbulo, y cuando giré una esquina escondida en el silencio de la casa donde tan solo se escuchaba la melodía del piano y el crujir del suelo, me sorprendió un señor sentado en una esquina fumándose un puro, pero...,¡que demonios!, ¡santo Dios!, era, ¡un muñeco...!, mi corazón palpitaba fuertemente, me daba la sensación de que si no me sujetaba con la mano el pecho el corazón se me saldría, entonces, en ese momento, una dulce voz que venia de la otra sala me estaba llamando la atención.

46 ¡Joven!, ¡oiga joven!

Sorprendida giré y pude ver a una anciana intentando levantarse de un sillón, pero, ¡como!, ¡era Claudia, la abuela de Cira!, ¡no podía ser!

47 ¿Quiere dejar de mirarme como una tonta y ayudarme a levantarme?, este viejo sillón siempre me pareció incomodo, ¡maldito trasto!, -dijo para si-
48 Lo siento, -dije mientras la ayudaba a levantarse-

Y una vez se incorporó me miró a los ojos profundamente, aquellos ojos que me gritaban ayuda en aquella mansión ahora me susurraban comprensión.

49 Pero, ¿Cómo esta usted aquí?, ¿con quien ha venido?, ¿Qué hace aquí sentada?, ¿Por qué...? –y cortándome la conversación...-
50 ¡Quiere dejar de hacer preguntas!, usted me cae bien, no haga que saque mi mal genio, usted no sabe quien soy yo, solo sabe la historia que le contó mi nieta, pues sepa usted señorita que esta casa es mía, muy mía, vengo muchas tardes a visitarla, mi marido me recoge en la mansión y me trae muchas tardes.- Dios mío, aquella ancianita vivía de sus recuerdos con su difunto marido-, pero, el pobre se marcha enseguida, tiene mucho trabajo, ¿es militar sabe?
51 Y, ¿usted no vive con su marido?, -dije intentando ver hasta donde llegaba su imaginación, para que quitarle aquella ilusión fantasiosa si era feliz imaginándoselo así-
52 No, mi marido viaja mucho y creyó que era mejor que viviese con mi hija para no estar tan sola.
53 Y, ¿Por qué motivo donaron esta casa al Ayuntamiento?, -ahí ya, pregunté con propiedad, quería saber-
54 Ése fue Adriano, el marido de Cira, mi nieta, yo vivía aquí tranquilamente con mis recuerdos, con mi vida, vivíamos aquí, mi marido, mi hija y yo, éramos realmente felices, aquí pasábamos mucho tiempo, -dijo señalando el salón-, parece que lo estoy viendo, mi marido sentado en su sillón, contándonos como había visto compañeros suyos caer en la guerra, mientras el sudor le inundaba la frente y en los ojos le invadían las lágrimas, yo le escuchaba y, eso le consolaba, si, le escuchaba en mi mecedora.
55 ¿Se refiere en la que estaba sentada cuando la conocí en la mansión?
56 Si, la misma, con aquel viejo libro, me lo regaló Paolo, mi marido, antes de partir para la guerra, en la estación, junto a una rosa, me hizo guardarla entre las páginas del libro, mas o menos sobre la mitad, fue entonces cuando me prometió que regresaría antes de que llegase a esa página...pienso que en la vida jamás se ha podido leer nadie un libro tan aprisa como quise leer yo aquél, ¡ignorancia la mía!, pensar que por leer mas rápido la guerra terminaría antes y me devolverían a mi marido sano y salvo...

Tras un largo silencio pude divisar como tras su mejilla caía sigilosa una lágrima, en ese momento lo comprendí todo. Paolo nunca regresó y continuaba siempre el libro abierto por aquella dichosa página, con aquella rosa, esperando aquel maldito día que jamás llegó, noté como su frágil cuerpo se balanceaba, entonces la sujete con firmeza.

57 Gracias joven, pero, ¿Qué hacemos aquí?, venga a mi dormitorio, le enseñaré unas fotos.

Entramos en su dormitorio, me hizo sentarme en la cama, bastante alta, con dosel, sacó de una cómoda que tenía al lado de la cama un viejo álbum de fotos, lo cogió, y se sentó torpemente a mi lado con un ligero gesto de cansancio, comentó:

58 Esta era yo de jovencita, en la casa de mis padres en Milán, nací en el seno de una familia acomodada, estas son de una sala de baile de aquellas de verano, era de aquellos bailes en los que las señoritas se colocaban a un lado y los caballeros en frente, algunas tenían suerte, otras se quedaban mascando chicle y suspirando porque ningún joven galán las comprometía.
59 ¿A usted la comprometieron?
60 Bueno, se puede decir que yo no hacia mucho caso a aquel ritual, yo me levantaba descarada aun viendo como me perseguían las miradas de mis compañeras, pero yo no iba a donde estaban los muchachos, no, yo iba adonde estaban las bebidas, a probar la limonada, fue entonces cuando pude ver como la sombra de la gorra de un soldado inundaba el baño de luz de una lámpara de feria, entonces sentí su aliento sobre mi rostro, pensé que era el clásico guaperas gracioso y continué con mi limonada, - ¿me dejas probarla?-, me dijo, ¡pero que descarado!
61 ¿Le dejó?

Y, con una medio sonrisa pícara me respondió...

62 Por supuesto que sí, ¿pero por quién me toma?, -se hizo una leve pausa y continuó-, bien, pues desde aquella noche, buena moza, no nos separamos, él era de aquí, de Roma, estaba haciendo la mili allí, al terminarla me dijo que se quedaba de militar, a los dos años nos casamos en contra de mi familia y de la suya.
63 ¿Qué ocurrió?, -pregunté impaciente como quien espera el desenlace de una buena película-
64 Mi familia hubiese querido que me hubiese casado con Giuseppe di Falegnani
65 ¿Quién era ese?
66 Gran hombre del mundo de las finanzas con 20 años más que yo, Paolo fue el gran disgusto para mi familia, me decían que se iría a la guerra y lo perdería, pero le quería y no hice caso.
67 ¿Y a el que inconveniente le ponían?
68 Que yo era una caprichosa de familia rica y que cuando me casase con él le abandonaría y me iría con uno mas rico que me pudiese dar una vida acomodada...
69 Y sin embargo, a pesar de todo se casaron...
70 A los dos años jovencita, tuvimos a Adriana, fue entonces cuando me encontraba en el hospital y pasó Paolo por la puerta con un precioso ramo de flores, yo estaba con Adriana en los brazos, se acerco, me besó y me enseñó una fotografía, era de una casa, era..., de esta casa, se pasó varios años soñando en silencio la sorpresa, sabía que a mí me encantaba Roma, y con todos sus ahorros más otros préstamos, hizo levantar la casita de sus sueños en Roma, y nos trasladamos.
Aquí se crió Adriana, pronto, de muy jovencita contrajo matrimonio con un joven pobre desgraciado, sólo quería sacarle el dinero que teníamos, metido en deudas hasta las cejas, su trabajo consistía en jugar y apostar, y por supuesto perder, nunca sabré lo que Adriana vio en aquel ser; vivieron aquí con nosotros, ya que el, no tenía más que la casa de sus padres iluminada con los pocos candiles que su hijo no se había jugado. Tuvieron una preciosa niña, Cira, que sufría las consecuencias de las disputas de sus padres: - ¡que te has apostado esta vez!, ¡vas a arruinar a esta familia!, -estas palabras se oían noche tras noche según me contaba Cira en sus confidencias.
Sí, se que pude evitar ese matrimonio, o al menos hacer ver a Adriana la realidad de aquel hombre, pero como yo pasé algo parecido estando enamorada..., pensé entonces, “cambiará, trabajará, y sacará adelante la familia sin tener que recurrir a ser mantenido por sus suegros”, pero..., ¡que equivocada estaba!; como iba diciendo antes..., -hizo una pequeña pausa-, pero, ¿Qué demonios iba diciendo antes?
71 Hablaba de cuando vivían aquí todos juntos
72 ¡Oh si!, pero un día marcharon a Venecia donde un amigo de mi yerno le consiguió un trabajo de transportista, se fueron dejándome a mi querida Cira conmigo; bastante tenían ya con alimentar dos bocas, pero..., un terrible accidente de tren acabó con sus vidas, descarriló, dejando en el mundo a mi adorable Cira, -sus lágrimas formaban una cortina que impedía ver la tristeza de sus pupilas, en ese momento le cogí de la mano, y tras un leve descanso prosiguió...
73 Vivíamos los tres felices hasta que un mal día Paolo recibió un telegrama, la guerra le esperaba, aquella noticia no la tomó como la primera vez que se marchó como el marido que se va al trabajo cualquier jornada matutina, esta vez era diferente, veía en sus ojos algo que no me gustaba, le pedí, le supliqué, lloré, que por favor no fuese y no nos dejara solas, pero fue inútil, era militar y tenia que ir; de forma extraña me puso al corriente de todo lo relacionado con la economía de la casa, cuentas, facturas, y un largo etc., yo le decía: -¡pero si vas a regresar enseguida!-, pero seguía y seguía sin hacerme el mas mínimo caso, hasta que llegó el día de la estación, dándome aquel libro, dijo que me lo terminaría antes de que nos viésemos, le dio el ultimo abrazo a Cira, se guardó una vieja fotografía que me hizo la noche que nos conocimos, mientras su tren partía, los cristales de aquella ventanilla fueron testigos de nuestro ultimo adiós, -hizo una breve pausa y continuó-, entonces mi finalidad es la siguiente: Paolo al mostrarme aquella foto me susurró: -“estas tan bonita que cuando regrese la haré pintar y colocar sobre el escritorio de nuestro dormitorio”-, me lo susurro de tal manera que me sonó a proposición.
74 ¿Qué fotografía era aquella?

Se levantó, fue al escritorio, abrió el primer cajón de la derecha y..., allí estaba aquella foto, se volvió a sentar a mi lado y me la mostró.

75 Aquí tiene joven, no quiero que mi nieta sepa nada de esto, será confidencial entre usted y yo.
76 Bueno, si claro, pero..., cuando venga su nieta a esta casa y lo vea...
77 ¿Cuándo venga mi que...?, ¿A dónde?, jamás vino, jamás se preocupó de mi estado, desde que nos fuimos esta casa para ella dejo de existir.
78 ¿Por qué?, ¿Por qué ser marcharon?
79 Como le he dicho, Paolo se fue a la guerra, eso lo derrumbó todo, a los pocos días recibí un telegrama de las Fuerzas Armadas, me daban su condolencia y me decían que en próximos días recibiría un paquete con sus objetos personales, seria enterrado como héroe de guerra, pero no me lo devolvieron, dijeron que pertenecía al Ejército, ¡mi marido era mío! ¡que demoños del Ejército!, pero nada pude hacer, ni tan siquiera fui, no podía ir y volverme sin él, “los muy”...,
A los pocos días recibí un paquete, unos cuantos objetos personales y, mi foto, esta foto, -casi podía ver como sus lágrimas formaban lagunas entre las arrugas de su cara, se podía divisar amor, odio, rabia, impotencia..., -como comentaba, nos quedamos solo Cira y yo; saqué fuerzas de donde no había, yo sola, la eduqué, la llevé a buenos colegios, la vestí con los mejores atuendos, la codee con lo mejor de la sociedad, pero eligió un camino equivocado, conoció a Adriano Brentano, hijo menor de los Brentano, era idéntico a su abuelo Gino, estaba “forrado”, heredó la mansión que usted conoce, también heredó un gran genio, rectitud, carácter, era todo un dictador, como su abuelo, engañaba a las pobres gentes, les sonsacaba dinero, traficaba con arte, joyas, armas, y quien sabe si también con droga, no me gustaba nada para Cira, pero se enamoró perdidamente de el, le llenaba con todo tipo de lujos.
Contrajeron pronto matrimonio, aquel maldito y desgraciado día empezó todo. Tras la boda, Cira totalmente convencida me dijo: -abuela, mañana recoge todo lo que tengas que nos mudamos a la mansión de Adriano-, era imposible, debería de estar soñando, aquellas palabras se clavaron en mi alma como puñales afilados, al principio pensé que ellos se iban a vivir allí y simplemente me estaba invitando a ir con ellos, fue entonces cuando dije: -no Cira, esta es mi casa y yo me quedo aquí-, pero ella prosiguió: -me temo abuela que eso no será posible, Adriano ha donado esta casa al Ayuntamiento-, no salía de mi asombro: -¿con que derecho?, yo no he firmado nada-, y me contestó: - no ha sido necesario abuela, con mi firma bastaba, Adriano tiene muy buenos contactos en el Ayuntamiento-, y medio sin aliento le pregunté: - ¿pero a cambio de que?-, y, teniendo respuesta para todo me respondió: -abuela, a cambio de quitarnos todos los impuestos de lujo que pagaríamos con la mansión-; me tragué toda la rabia, con los puños apretados, solo podía pensar, “Señor, por que nos has abandonado”.

Hablaba como si estuviese en aquella situación, e incluso yo, sentí impotencia y rabia.

80 Entonces, ¿tuvo que marcharse? –le dije con resignación-
81 No pude hacer otra cosa mi niña, era la palabra y la avaricia contra la mía, pero no consiguieron hacerme perder de vista mi casa, cuando he podido he venido sin que ellos supiesen nada
82 Pensé que usted estaba enferma, encerrada en aquella habitación
83 Y así es como a ellos les gusta verme, sin dar problemas, tenga en cuenta, que según mi hija, Adriano es un hombre muy ocupado y no se le pueden dar problemas y menos si es una viejecita enferma como yo.
84 ¿Qué le paso?- dije con tristeza-
85 Todo, los años, los sufrimientos, los cambios, las piernas me fallaban, la habitación que me adjudicaron era muy húmeda, pero no me hacían caso, decían que era la edad y tuve que aguantar.
86 Y decidió pasar su vida en aquella mecedora
87 ¡En mi mecedora!, a ritmo de aquella mecedora, escuché cientos de historias que me narraba Paolo, al menos eso me pude llevar a pesar de que mi maldito yerno decía que tan solo era un viejo trasto...
88 ¡Debía ser un ser despreciable ese Adriano!
89 ¿Debía?, -dijo frunciendo el ceño-, no mi niña, lo es; pero, volviendo al retrato, le suplico que no lo demore demasiado.
90 No se preocupe, ¿quiere que la acompañe a su casa?

En ese preciso momento fue como si el pasado la hubiese atrapado, dejó la mirada fija en el espejo de la cómoda que teníamos enfrente y dijo medio perturbada:

91 ¿Acompañarme?, no mi niña, si ya viene mi marido, lo estoy esperando, -tocándose con la mano derecha el moño-, y aun estoy sin arreglar, pero que descuidada soy...

¡Vaya!, parecía regresar al pasado, ¿Por qué no?, ¿Por qué arrebatarle la felicidad de aquel momento?, era la única que le quedaba, su único aliento, pero, entonces, ¿Cómo vino hasta su casa? Insistí una vez más.

92 ¿Seguro que no quiere que la acompañé?
93 ¡Por dios, joven! Si mi Paolo viene y no me ve, se enfadará, ¿Qué más da?, esperaré y nos iremos los dos a dar un paseo por la Plaza de España.

Era curioso, hablaba como si fuese su novio el que fuese a recogerla, lo mejor era marcharse, imagino que tal como fue hasta allí regresaría, y ya era hora de que yo regresase a mi trabajo

94 La dejo entonces, pronto traeré su retrato y lo colgaremos, no tardaré, se lo prometo.
95 Gracias querida, usted es la única persona que hace que me sienta feliz, que Dios se lo pague, y por el precio no se preocupe, sea lo que sea, se lo pagaré bien el día que lo traiga.
96 ¡No, por favor!, para mi será un honor pintarla a usted, pintar aquel recuerdo, ya forma parte de mi, aquella historia, aquella vida, he recorrido con usted su vida, he sufrido con usted y disfrutado, me ha metido en su vida, por eso no quiero oír una palabra mas de dinero.
97 ¿Imagino que el encargo de mi nieta si que se lo cobrara?
98 ¡Por supuesto!, eso es muy diferente.
99 Además, -dijo con un gesto pícaro y casi en un susurro-, paga él.
100 ¡Con más motivo!, -dije sonriendo-

Le di un beso en la frente y me marché.
Salí de aquella casa como quien sale de un sueño, de un sueño llevándome un recuerdo bastante grato, la fotografía, y mi pregunta constante era ¿Cómo se puede privar a una pobre anciana enferma visitar su casa?, vivir sus recuerdos..., ahora sus recuerdos estaban en mi mano y en mi paleta de pintura. Rápidamente me fui a casa, tenia mucho trabajo por hacer, entre otros, el encargo de Cira, aquellos dichosos ojos que me colmaban el alma de angustia porque..., no me miraban, llegué, guardé la fotografía entre las paginas del libro que tenia sobre la mesita de noche, me dije que antes de que llegase a aquella página lo habría pintado, e inmediatamente me puse con aquél dichoso cuadro de Cira, me centré en aquellos ojos, creo recordar que aquel día apenas si comí un sándwich, las gotas de sudor recorrían mi frente, el sol que pasaba a través de las persianas rotas se clavaba en mi espalda, me quemaba, pero..., no podía dejarlo; pasaban las horas, y entonces, cuando el último rayo de solo se escondía tras el horizonte, cuando se escuchaba el sonido de fondo de las gentes inundando la Vía Angélica, entonces, fue entonces y no antes, no se como ocurrió, ignoro si fue obra del espíritu santo, pero el caso es que ahí estaban, clavándose en mis pupilas, persiguiéndome adonde fuese, controlando mis actos, entrecortando mi respiración, ahí estaban aquellos ojos, sí, estaban ahí, y me miraban, a mi y a todo el que se pusiese a mi alrededor, el resto no me importaba, ellos estaban ahí, y con eso me bastaba.
Aquella noche conseguí leer de aquel libro que dormía sobre la mesita, no solo hasta donde estaba la fotografía, meta para terminar el retrato de Claudia, sino que me lo termine y creo que fue la noche que mas profundamente he dormido.

A la mañana siguiente cuando desperté, el aire que entraba por la ventana susurraba a mi oído la llegada de un nuevo día, me levanté de un brinco, parecía que había estado invernando una semana, me di una buena ducha, me enfundé los vaqueros, cogí el cuadro y a la Vía dei Daini emprendí el camino; estaba medio adormecida, y era como si flotase en el tiempo, el cuadro no lo llevaba yo, lo llevaba algún miembro que curiosamente formaba parte de mi cuerpo, balanceándose al compás de mi movimiento, y cuando lo miraba de reojo continuaba mirándome, llegando a convertirse en algo molesto; conforme me acercaba a la casa, aquella mirada iba siendo mas fría, mas triste, si la casa hubiese estado mas lejos habría jurado que aquel retrato había envejecido...

Afortunadamente el final de mi camino llegó, y allí estaba aquella casa, toda abrigada por aquel paisaje verde que la envolvía, la inundaba hasta meterse indiscretamente en las ventanas como queriendo invadir su interior.

101 ¡Vaya, que sorpresa!, -dijo Cira con una mirada un tanto ausente y una sonrisa pobre.
102 Bueno, yo solo espero que te guste.

Ni yo misma me daba cuenta de lo que estaba diciendo, solo veía aquellos ojos de tristeza.
Accedimos a la sala del piano, me extrañó que no le echase un vistazo antes, quizás su deseo era verlo directamente colgado, tanta prisa tenia..., era extraño, al final lo pude ver colgado, se quedó en silencio contemplando el retrato como si alguien le hubiese murmurado... ¡quédate en mente ese cuadro, rasgo a rasgo!, y parece que así fue.

103 ¡Vaya!, ¡realmente lo encuentro fascinante!, lo has conseguido, esa mirada...
104 ¿Qué le ocurre a la mirada?, -dije asustada-
105 Te habrá costado conseguirla, es difícil y extraña.
106 No lo sabes bien, - mi corazón dejo de palpitar tan aceleradamente, aquellas palabras me sonaron a música, entonces sin resistir mi curiosidad...-
107 Por cierto, me gustaría visitar a tu abuela para saludarla.
108 ¿Mi abuela?, -escapándosele una lágrima- mi abuela está muy enferma, pero..., ¡venga conmigo!, puede que una visita la anime un poco.

Parecía que la voz de la conciencia ya estaba llamando a su puerta; subimos las escaleras, de nuevo volvía a sentir las miradas penetrantes de aquellos cuadros, la primera vez que vine simplemente sentí que me miraban, pero ahora me sentenciaban, era como si murmurasen entre ellos, subimos arriba y me abrió lentamente la puerta de la habitación de Claudia, y... allí se encontraba ella, recostada amarrada a la almohada como el náufrago que se amarra a la tabla, con los ojos cerrados, y allí justo detrás de la cama haciéndole compañía, su vieja mecedora con el mismo libro abierto por la misma página de siempre, con el mismo pétalo de rosa, pero había un detalle, aquella vieja foto que dormía sobre el libro ya no estaba, antes de irme, me arrimé a Claudia, le estreché ligeramente la mano, y, una vez bien pagado mi trabajo di una ultima mirada a aquella casa, extraña mansión y, marché a casa lo mas rápidamente que pude.
En mi mente solo había una pena, el cuadro de Claudia estaba sin terminar, y ella se estaba..., ¿muriendo?; al llegar a casa sin ni tan siquiera quitarme los vaqueros, cogí las pinturas y... a pintar a Claudia, era increíble apreciar como se deslizaban tan fácilmente los pigmentos sobre aquel lienzo, la pintura se secaba en cuestión de segundos, era increíble, el aguarrás del tarro parecía no terminarse nunca a pesar de estar en las últimas, la misma paleta parecía entremezclar los colores, dándome siempre el tono adecuado;¡ Dios mío, yo no estaba pintando un rostro humano!, estaba creando un ser humano, él solo parecía no ocultarse nunca dándome toda la luz natural que necesitaba, y entonces, a diferencia del retrato anterior, esta me miraba desde el principio, y parecía decirme... ¡vamos, joven, vamos a mi casa!, los ojos se me quedaron exaltados, el pincel que llevaba en la mano derecha cayó al suelo, la paleta en la mano izquierda prácticamente casi pintaba un mural en mi pantalón vaquero, lo dejé todo, me miré al espejo para quitarme restos de manchas de pintura; generalmente al pintar un cuadro es conveniente dejarlo unas horas hasta que la pintura se fija y se seca; pero... este no, este pareciera estar seco no sólo de varios días, sino, yo diría años, no lo pensé, me apresuré con él a aquél museo.

109 ¡Buenas tardes señorita!, -me saludo el ordenanza-
110 ¡Buenas tardes!, no se si se acordara de mi, estuve aquí hace unos días visitando esta casa.
111 ¡Si, claro que me acuerdo!, veo que vuelve de nuevo.
112 Si, pero esta vez quisiera hacer un obsequio al museo, -dije mostrando el retrato-
113 Pero, si es, no es posible, ¿Cómo ha...?, ¡está fenomenal!, yo no se que..., bueno..., pues....
114 Vera la foto la conseguí en el Archivo Municipal de la ciudad, y bueno..., si pudiese hablar con el director, quisiera y seria para mi un honor que formase parte de la casa.
115 ¡Por supuesto, sígame!

Me llevó hacia un despacho bastante grande, y allí estaba el, tras su gran mesa.

116 Buenas tardes, ¿se puede?, -dije tímidamente asomando medio cuerpo tras la puerta-.
117 ¡pase, pase!

El resto de mi cuerpo me siguió, se levantó, nos estrechamos la mano, me invito a sentarme y entonces fue cuando comencé a contarle toda la historia del Archivo Municipal; mi intención era evitar que Cira se enterase del encargo de su abuela, acto seguido mostré mi cuadro, fue una gran satisfacción para mi el ver dibujado en su rostro esa admiración por mi obra, y entonces me dijo:

118 Bien, ponga usted el precio.
119 ¡No, por favor!, me conformo con ver colgado mi cuadro en una de las salas de la casa, en el dormitorio, sobre el escritorio.
120 Pero..., ¿Por qué ahí?
121 No se, cuando lo pude ver, sentí alguna sensación especial por esa sala.
122 Como quiera, entonces no se preocupe que subirá el ordenanza y se lo colgará.
123 Preferiría hacerlo yo personalmente, al mismo tiempo haría una nueva visita a la casa, -omitía a la anciana para evitar posibles preguntas que delataban su encargo-.
124 Usted manda, seguramente encontrará clavos puestos de los cuadros que se llevaron, y si no hay, llame al ordenanza y le colocará los que hagan falta sin problemas.
125 ¡Muchas gracias!
126 ¡No por dios!, gracias a usted, es un regalo que el museo lo agradecerá mucho.

Nos levantamos, me volvió a estrechar la mano, cogí el cuadro, y me dirigí al ordenanza para indicarle que subía a llevarlo, me hizo un ademán con la cabeza pues atendía a unos señores en ese momento, entonces me dirigí hacia las escaleras, y al llegar al pasillo... noté su presencia, sabía que estaba allí, recorrí el pasillo con gran impaciencia hasta llegar a la sala del piano y..., allí estaba, sentada en... ¿su mecedora?

127 ¡Vaya, joven, ya era hora!, llevo mucho tiempo esperándola.
128 ¡Pero, Claudia!, ¿Qué hace usted aquí?, ¿si estaba esta mañana enferma en la cama?
129 ¡Oh si!, pero... ya estoy mucho mejor, -dijo mientras se levantaba torpemente-.
130 Espere que la ayude, pero... ¿esta mecedora no estaba esta mañana en su dormitorio?
131 Si, y la hice traer a esta casa, esta es mi mecedora y tiene que estar en mi casa.
132 Pero... ¡usted vive con su hija!
133 Si joven, pero esta es mi casa, y deje de discutir con esta pobre vieja y enséñeme ese cuadro de una vez, verá, me queda poco tiempo, muy poco tiempo de estar aquí, y no me quiero ir hasta no verlo colgado.

Comprendí la situación, comenzaba a delirar, no la hice esperar mas, hice un gesto con el brazo para que se sujetase en mi, fuimos al dormitorio, la ayudé a sentarse en una antigua silla de roble, frente al escritorio mientras veía como colgaba el cuadro, en ese momento contemplé a Claudia y pude ver como se escapaba de sus ojos cansados una lágrima y una pequeña sonrisa, ahí lo pude ver todo, los recuerdos, la nostalgia, volví mi vista al cuadro y allí descansaba sobre aquella pared la imagen de aquella joven que su novio bien le prometió que vería, en ese momento me llamó la atención un leve suspiro tras de mi, junto con el sonido de un viejo reloj antiguo que daba las seis de la tarde, en ese momento me volví hacia Claudia, entonces, no podía ser, en lugar de la ancianita que veía antes, la que estaba sentada era... ¡la joven del retrato!, al lado de un apuesto joven, ¡su novio...!, el corazón se me escapaba, ¡Dios mío!, ¿mi imaginación me engañaba?, oculté mis ojos tras las palmas de mis manos aterrorizada, temblándome las manos intenté retirarlas con mucho cuidado y..., ¡allí no había nadie!, ¿Qué pasó con Claudia?, ¿Qué pasó con la joven y su novio?, marché rápidamente hacia el pasillo mirando a todos lados, fuí hasta el salón, donde continuaba impasible aquella vieja mecedora con un libro abierto y un pétalo de rosa entre sus páginas, y yo no salía de mi asombro, la joven pudo ser producto de mi imaginación, pero ¿y Claudia?, ella no, ¡por Dios que no!, bajé apresuradamente las escaleras hasta donde se encontraba el bedel, y le pregunté:

134 Perdone..., ¿ha visto salir a una señora mayor?
135 ¿Mayor?
136 Si, bueno..., una ancianita.
137 Esta tarde es usted la única persona que ha venido a visitar la casa museo señorita.
138 Pero, tiene que haberla visto, vera, me refiero, -dudaba si decirlo o no pero la situación ya lo imploraba-, hablo de Claudia, la dueña de esta casa, la abuela de la señora Brentano.
139 ¿Su abuela?, imposible, desde que se trasladaron a la mansión de su yerno aquí no ha venido jamás.

Y yo sin poderlo evitar...

140 Pero si yo misma he estado hablando con ella el otro día, me dijo que solía venir a visitar su casa.
141 Esa señora según dicen jamás ha salido de su habitación, además esta enferma, no se pude mover, y creo que no suelta palabra.

Sin poderlo evitar me despedí rápidamente y marché hacia la mansión de Cira.

142 ¡Buenos días!, -saludé mientras contemplaba a Cira notas de profunda tristeza y lágrimas en la cara, iba toda de negro-.
143 Buenos días, lamento me encuentres en tal estado para recibirte- contesto disculpándose-.
144 ¿Qué ha ocurrido?, ¿algo malo?
145 ¿Malo?, si llamas malo a que mi abuela... ha muerto, pues si.
146 ¡No es posible, no puede ser!
147 ¿No?, ven conmigo, -dijo cociéndome del brazo y llevándome hasta la habitación de Claudia... y, allí yacía, impasible, relajada, en un estado de quietud increíble, pero..., ¿cómo sucedió tan rápido?, ¿realmente estuve con ella?, me mostró con la cara cubierta de lagrimas el parte de defunción, murió de muerte natural a las seis de la tarde, curioso, justo la hora en la que yo escuché las campanadas del reloj de su dormitorio, ¿podía estar una misma persona al mismo tiempo en dos sitios a la vez?, ¿fue solo imaginación mía?, no, según comprobé, había un pequeño detalle, faltaba... la mecedora.

148 ¿Dónde esta la mecedora?, -pregunté apresuradamente a Cira-.

149 ¿La mecedora?, - contestó extrañada-, ¿Qué mecedora?, -volvió a contestar algo aturdida- ¡oh si, su mecedora!-, reaccionó – pues..., es cierto, no está, ayer si que estaba, ¿Quién se la habrá llevado?

¡Dios santo!, no fue una alucinación, realmente pasó, no se que ley extraña de la naturaleza llevó aquel hecho insólito a cabo, pero el caso es que lo hizo, estuvo, no pude contener la verdad dado el estado de tristeza de Cira.

150 Yo he estado con tu abuela esta misma tarde.

En ese momento sus ojos quedaron petrificados, como los de un pobre animalillo que se encuentra indefenso.

151 ¿Qué has dicho?, -dijo temblándole la voz-.
152 Hace unos días fui a visitar vuestra casa museo, y allí estaba ella, me contó toda su vida.

En ese momento me cogió del brazo y salimos de la casa, ambas calladas todo el camino, así nos mantuvimos hasta que llegamos al museo, iba tan aturdida que ni tan siquiera vio al ordenanza, yo le hice un ligero ademán con la mano y seguimos hacia arriba, de su rostro comenzaron a brotar lágrimas, lágrimas guardadas de toda una vida, en aquel rostro, no había pena, no, aquello no era pena de haber perdido a un ser querido, sin arrepentimiento, rabia, impotencia, desidia, su cuerpo casi desvanecía, la llevé hasta el dormitorio, la vi tan arrepentida, tan desmoralizada, tan derrotada, que le dije la verdad la cual ya no podría hacer ningún daño, le enseñe aquel retrato y le di aquella foto que su abuela guardó en la misma cómoda, se quedo atónita, poco después pasamos a la sala del piano, quise mostrarle la mecedora y hacerla ver y comprender que de alguna manera, de alguna forma terrenal o no, ella, Claudia estuvo allí, y allí continuaba aún el famoso libro, pero curiosamente cerrado con la rosa sobre él; le dije que pusiese sobre el libro aquella foto, bajo la rosa, sin preguntarse nada y entre sollozos, puso la foto y, en ese mismo momento sin ejercer fuerza alguna sobre ella, la mecedora comenzó a balancearse...

153 Pero..., es curioso, el libro siempre había permanecido abierto por la misma página..., -se preguntó confundida-.
154 Recuerda lo que te conté, tu abuelo antes de irse a la guerra le prometió que volvería y tendría aquel retrato antes de terminar el libro, pues bien, el retrato ya esta pintado.
155 Pero, ¡el no ha vuelto!
156 De alguna manera ella es la que ha vuelto con él, ahora están juntos, yo misma los ví juntos marcharse, con lo cual aquél libro no tenía sentido que continuáse abierto.

En ese momento, se me quedó mirando comprendiendo lo ocurrido.

157 Hubiese querido despedirme de ella de otra manera.
158 Lo has hecho, le has devuelto la foto y ella te lo ha agradecido, estuvo aquí por última vez, donde ella quiso estar se despidió de sus recuerdos, de su vida, y ahora, descansa en paz.
159 Cuando añoramos mucho algún sitio, ¿es posible hacer lo mismo?
160 Yo no soy quien para responder esa pregunta, es posible que todo consista en el poder de la mente, del corazón..., no se, es como preguntarse que hay después de la muerte.
161 Bueno, pero tu la viste, tu hablaste con ella, te contó toda su vida mientras los demás e incluso tu la veíamos impasible en su mecedora y agonizando en la cama.
162 Si, lo sé.

En ese preciso momento la mecedora se balanceaba mas de la cuenta, fue entonces cuando de ella, salió una suave ráfaga de aire que iluminó el rostro de Cira, pude apreciar al gesto tan increíble que tenía en aquel momento, era como si el espíritu de su abuela le hubiese dado aquél último abrazo deseado, bueno, que digo..., era realmente un acercamiento y una despedida entre dos seres que, aún viviendo bajo el mismo techo se encontraban a años luz la una de la otra; me dio un abrazo, las gracias y ambas nos quedamos mirando aquella mecedora que, poco a poco se iba deteniendo hasta quedarse por completo inmóvil.

En esta vida a veces suceden cosas que la ciencia no puede explicar, no es cuestión de creer o no, solo es cuestión de fe y de la fuerza de los sentimientos, si no se siente, si no se desea de verdad no se puede ver...

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