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  Guías culturales

RELATOS


Por Maximiliano Javier Cantarutti
maxjc1988@hotmail.com


CUANDO EL SOL BRILLA MÁS

Capítulo I

Allí estaba, sentado en el amplio patio de mi casa pensando. Pensando en la vida.Y bajo el sol de Septiembre a pleno sobre mi. Por lo general, los adolescentes casi siempre se preguntan para qué están en este mundo. Tenían muchas complicaciones en la cabeza, y solo veían al mundo de una manera negativamente absurda. Desde hacía un tiempo me había propuesto la tarea de ver al mundo con otros ojos. De identificar la vida, mi vida. De ver las cosas de otra manera. De encontrarle sentido a las cosas, que se encontraban en una laguna de confusión. ¿Porqué los adolescentes pensábamos que todo era malo? La vida no era un sistema como demostraban los libros, no era nacer, comer, dormir, reproducirse y morir. No era solo eso. La vida estaba llena de otras cosas, otros valores que llenaban y completaban al hombre. A la vida había que vivirla, no como una máquina, sino como un ser humano. Pero ahora éramos todos máquinas, carentes de valores y de capacidad de ver la realidad. La verdad, es que tenía muy poca fe en los hombres. ¿Hasta donde pretendían llegar? ¿A ser Dioses?

Yo tenía una personalidad sensible, y una ambición de saber porque todas las cosas me ocurrían a mí. Y aunque suene un tanto absurdo, tenía una maldita crónica de faringitis que me agarraba cada comienzo del Invierno y eso me hacía querer morir. Sufría mucho, no podía tragar, comer ni hablar. Y eso me ponía de muy mal humor, echándole la culpa a todo el que se me cruzara por enfrente. Solo quería morirme, porque el dolor era insoportable. También era muy indeciso, lo que llevaba a tener miles de problemas, en vez de solucionarlos. Tal vez era porque pensaba demasiado en las cosas y no me convencía por ninguna de las opciones. Pero estaba cansado de equivocarme, y existía en mi una guerra entre el corazón y la mente. Había que luchar mucho para no ser arrastrado por la corriente de la rebeldía y la libertad sin límites. La razón a veces le ganaba al sentimiento, y eso me tendía hacia esa corriente. Descubrí que no había que pensar con la mente, sino con el corazón. Pero jamás pude controlar mi mente. Siempre me ponía obstáculos en mis decisiones y me hacía dudar. Mis indecisiones no solo afectaban a las cosas que hacía, sino que también afectaba a mis sentimientos. Yo tenía una novia, que se llamaba Florencia. Hacia poco había terminado con ella por un problema de indecisión. Había pasado mas de dos años con ella y la ambición de conocer mas gente y lugares que me eran restringidos comenzaron a hacerme dudar de ella. No de su forma de ser, porque debo admitir que es una de las mejores personas que he conocido en mi vida, llena de valores y por demás linda, pero dudaba de nuestra relación. Yo quería conocer mas gente, en realidad mas mujeres, y de novio no podía. La verdad que no me llevó a cortar con ella por los típicos problemas de pareja ni discusiones ni porque ya no la amaba, sino lo que me llevo a tomar esa decisión era mis ganas de conocer al mundo. Por eso la extrañaba. Si, la extrañaba, y enese momento, sentado en el patio de mi casa, estaba un poco deprimido, extrañado, solo. Por lo general, cuando me sentía de esa manera, iba al patio de mi casa y me sentaba bajo las caricias del sol. Aunque me sentaba bajo él solo en Invierno. Durante las demás estaciones lo hacía debajo de un extraño y frondoso árbol. No sabíamos que especie era, pero nos proporcionaba una agradable sombra en los días de calor. Pero ahora solo pensaba en ella. Y en mi vida. Y justamente, estaba pensando en tomar una decisión. Y ahora, ¿a quien seguiría? ¿A mi corazón que quería volver con Flor? ¿O a mi mente que quería un poco de libertad y diversión? Si volvía con ella, con el tiempo volvería a sentir ese extraño deseo de estar con otras personas. Pero si no lo hacía, la seguiría extrañando hasta que no resista más. Es realmente extraño pensar cuánto a veces nos importa una persona. Nos importa tanto, que nos es imposible dejar de pensar en ella. Nos es imposible olvidarla de un día para el otro. Y tan solo entra en juego el deseo de estar con esa persona, de besarla, de decirle lo que se ocurriese, porque nuestra confianza hacia ella no tiene límites. Les contamos hasta las cosas más íntimas, sabiendo con total seguridad que es imposible que nos traicione. Pero cuando todo parece ir bien, llegan esos feos problemas, que nos hacen dudar y tomar decisiones estúpidas. Y luego nos arrepentimos y nos prometemos nunca mas volver a cometer los mismos errores. Sin embargo, tarde o temprano nos llega una situación similar, y decimos que tal vez si controlamos mas las cosas, las pensamos mas, no volveríamos a cometer el mismo error. Y caemos en nuestra propia trampa. Caemos nuevamente en el mismo error. Y llegan momentos que ya no hay marcha atrás, que hemos cavado tan profundamente y tan anchamente el pozo del error, que nos es imposible volver atrás y saltarlos. Porque los hemos cavado tantas veces que se ha hecho demasiado peligroso sortearlo. Y no nos queda otra que dejarlo atrás. E intentar olvidarlo y seguir con nuestro camino. Eso era lo que me pasaba. Y no era ella la del problema, sino yo. Yo había cortado con ella varias veces ya, y había vuelto siempre. Pero en ese momento, había cavado tan profundo, que ya no sabía si podría volver atrás. Mi vida había sido un camino sinuoso y a mí me parecía que era el más estrecho y maltrecho de todos. Y ahora esto. Así somos, pensé. Así somos los adolescentes, pero claro, ¿por qué bajar los brazos y echar todo por la borda solo porque los psicólogos nos condenaban diciendo que los adolescentes éramos así? Ellos nos masificaban, generalizaban, metían a todos en la misma bolsa. Y uno piensa, si los psicólogos dicen que todos somos así por naturaleza, seamos así. Y lo que hace uno lo hace el otro. Y de esta forma nos vamos transformando en una masa donde no se distingue uno del otro por su personalidad, sino que lo hacemos por su aspecto físico. Y pasamos a ser máquinas. Máquinas que fabrican máquinas. Porque las personas que son influidas por estas máquinas, se convertían en una de ellas. Se vivía solo el presente. El futuro no importa. Disfrutemos el presente. Ese era el lema de esa corriente. ¿Y después? ¿Qué pasara con ellos cuando sean personas maduras, ya grandes? Para esa pregunta, no había respuesta.

Pero yo había encontrado la forma de combatir esa “maquinización”, de combatir una poderosa corriente que todo lo arrastraba y lo llevaba a un futuro que no existía. La había encontrado y no era otra que fortalecer la propia personalidad, que no importase lo que nos demás digan, porque yo soy así. Y si me dejaban de lado porque no tenía ninguno de los malditos vicios que ellos tenían, seguía. Solo, pero seguía. Alguna vez encontraría a alguien que tenga la misma fuerza en su personalidad. Y efectivamente, un día la encontré.

Pero, ¿qué debía hacer? Ya le había preguntado a las personas de mas confianza, pero todas me respondían lo mismo: “Hacé lo que tu corazón te dicte”.Y como dije en un principio, existía una guerra entre el corazón y la mente. Y la mente no se iba a rendir tan fácilmente.

Esos eran los conflictos, o por lo menos una minoría de los conflictos que existían en la mente de un adolescente. El amor, la amistad, eran palabras que en sus mentes no existían el verdadero significado. Amor, que en latín significa “muerte a uno mismo”, no se usaba para lo que había sido inventada. Yo, por Florencia, había no solo muerto a mí mismo por ella, sino que había muerto o renunciado a todo y a todos los demás. Yo consideraba al amor en su estricto sentido y lo aplicaba en su estricta aplicación. Realmente la amaba, demasiado. Tanto como para no poder sacarme de mi mente su nombre o simplemente su cara, pero había cortado con ella sólo por conocer otra gente y otros lugares. Pero...¿era realmente eso lo que yo quería? ¿Quería conocer efectivamente otras personas? ¿Quería ir a otros lugares? Ya me había acostumbrado a la vida de novio que tenía y ahora la extrañaba.

Finalmente decidí llamarla. Quería pasar toda una tarde con ella para ver que era lo que yo sentía, para sacarme esa confusión de encima. La invitaría a salir. Muy probablemente a una plaza del centro de la ciudad. Claro, ese era un lugar agradable y muy tranquilo, además de ser el centro de concentración de novios. Allí, en la Plaza San Miguel, iban muchas parejas y solo Dios sabe porqué. Pero pensé que era el mejor lugar para llevarla, y ver. Verla, sentirla cerca de mí. Y experimentar si mi corazón saltaba de alegría o se apagaba. Me resultaba lamentable mi idea, pero no se me ocurría otra cosa. Por un segundo pensé que haciendo eso la estaría usando, pero luego justifiqué mi acción con mi corazón. Era una persona indecisa y mi corazón necesitaba algo para estimularse, para sentir el amor.

Así que, sentado allí, tomé la vaga decisión de levantarme. Me costaba porque estaba muy cómodo, como nunca. Después de haber obligado a mis piernas a levantarme, empecé a caminar hacia mi casa. No era una gran mansión, pero era bastante espaciosa. Tenía dos grandes dormitorios, uno con una cama matrimonial y el otro con dos camas individuales. Tenía una cocina – living – comedor. Y sobre ellas, un entrepiso donde yo dormía antes que mi hermana se fuera a vivir a una lejana ciudad con su esposo. Además, tenía un local donde trabajaba mi madre, de peluquera. Así que entré en la casa, me aseguré que no haya nadie escuchando ni cerca, y me dirigí al teléfono. Marqué su número y esperé mientras llamaba. Un tono...dos...tres...pero nadie atendía. Finalmente colgué el teléfono y me quedé pensando. ¿Había algo que me impedía llamarla? En su casa siempre había alguien, si no era de la familia, era una empleada que limpiaba. Pero extrañamente en ese momento, justo en un lapso de tiempo en el que yo decidí llamarla, no estaba. Concluí que era una mera coincidencia. Luego de un segundo e inevitable intento, desistí. La iba a llamar mas tarde, a la noche. Y le hubiera mandado un mensaje de texto, pero no tenía nada de crédito, estaba totalmente desconectado de ella. A veces me ponía a pensar como un aparato creado por el hombre nos condenara en ciertas ocasiones. Cómo nos atrapa y nos hace sentirnos totalmente dependientes de esa cosa. Tal era mi teléfono celular. No podía evitar mandar mensajes, ni responderlos. Y si no tenía crédito, hacía lo posible para conseguir una tarjeta y cargarla inmediatamente. Por mas que suene tonto, tenía esa horrible dependencia hacia él. Era nuestra forma de estar comunicados todo el tiempo.

Finalmente, luego de intentar llamarla, pensé en hacer algo para pasar el tiempo. Encendí la televisión pero por mas que recorría y recorría los canales haciendo “zapping”, no encontré nada interesante y terminé por apagarlo. Me decidí por ir un rato al cyber, además de tener que revisar mi correo electrónico, quería ver si había alguien conectado con quien platicar. Eran un Miércoles, alrededor de las seis de la tarde y dudaba muchísimo que haya alguien conectado. Por lo general se conectaban de noche y los fines de semana. Solo Dios sabía porqué era así. Pero de todas formas decidí ir igual, de alguna forma debía hacer pasar el tiempo más rápido, y yo, que era una persona súper ansiosa, no podía esperar en casa hasta las ocho o nueve de la noche para llamar. Había un cyber cerca de mi casa, así que le pedí permiso a mi padre e inmediatamente me dirigí allí. Tuve la suerte que había una máquina libre, me senté y abrí mi msn. No, efectivamente no había nadie conectado. Revisé mi correo, nada nuevo o interesante. No entendía porque todos tenían correo pero nadie lo usaba para lo que estaba hecho: Mandar mensajes. Solo había cadenas, cadenas de oración, graciosas, pornográficas, tontas. Pero jamás había un mensaje escrito por alguien para uno. Creía que eso se debía a que había aparecido el teléfono celular. Claro, primero las cartas manuales (personalmente, eran las que más me gustaban), luego los e-mail y por último los mensajes de texto de un teléfono móvil. ¿Y después? ¿Qué vendría después? ¿Telepatía? Aunque sonara gracioso, era posible. Era realmente impresionante como cambiaban las cosas con el tiempo, como cambiaban las costumbres. Pensar que no hacía mas de cuatro o cinco años recién se había empezado a usar el correo electrónico. Y ahora, el teléfono celular. El sistema de globalización se empezaba a fortalecer a un ritmo vertiginoso. Ahora todos estaban conectados todo el tiempo, pero...¿era realmente buenoeso? La dependencia de la comunicación hoy en día es terrible. Nadie puede vivir sin estar conectado todo el tiempo, porque se aísla. Era así, y no había remedio, había que acostumbrarse. Y por mas que yo me oponía al consumismo y al conformismo, esto realmente me superaba. La tecnología y el mundo avanzaban cada vez más rápido. Y había que evolucionar par acostumbrarse y readaptarse cada año. Porque si no te adaptabas, te extinguías y fracasabas.

Habían pasado solo quince minutos, cuando decidí desconectarme e irme. Pero en el momento en que iba a cerrar la ventana, alguien se conectó. Por fin, pensé, alguien con quien hablar. Para mi desilusión era un contacto que no conocía. A veces uno tiene contactos que no se sabe de donde salieron. Pero se los tiene. Sin embargo, como tenía ganas de hablar con alguien, hice doble clic y empecé la conversación.

-Hola, como estas? – era la clásica.

-Hola, re bien, y vos? – Me contestó.

Miré el nick, pero en ningún lado aparecía un posible nombre.

-De donde nos conocemos? – Le tenía que preguntar, porque la intriga me mataba.

-No tengo ni idea. Yo soy Natalia. Y vos?

-Ok, Yo soy Maxi. De donde sos, Nati? – había que empezar a ser amistoso.

-De Hurlingham, Buenos Aires. Y vos, Maxi? – ¿Hurlingham? Era lo último que necesitaba, una amiga a mil kilómetros de distancia.

-De Paraná, Entre Ríos. Estamos un poquito lejos, jaja! Y que edad tenés? – Comenté

-Soy un poquito chiquita, tengo 14. Y vos?

-Yo tengo 16. Pero no importa – ¿Y como me iba a importar? Eran solo 2 años.

Así estuvimos hablando y conociéndonos, y debo reconocer que era la persona más interesante que había conocido en mi vida. Y era demasiado parecida a mí, lo que me daba un poco de miedo. Le decían Nashi, lo que era una tremenda coincidencia, porque a mí me decían Mashi. Eso me parecía bastante raro, y también el hecho de que le gustara el grupo Evanescence. Y yo que pensaba que era la única persona a la que le gustaba ese grupo. Por lo menos no conocía a nadie. También le gustaba pensar acerca del mundo y de su vida, hacer poemas, querer a las personas por lo que son y no por lo que parece. Todo casi exactamente igual a mí. Pero me parecía que ella había nacido en un contexto erróneo. Es como que si no había nacido donde tendría que haber nacido. Pero por ahora la conocía muy superficialmente, y como su personalidad me había atrapado, la iba a atrapar.

 

Capítulo II

No podía esperar. Mi impaciencia me comía por dentro. Faltaban dos larguísimos días para que nos volvamos a conectar. Necesitaba hablar con ella, contarle de mi vida, conocerla mejor, ganar toda su confianza. Pensar que la confianza que una persona pueda tener en nosotros, se va forjando a medida que nos la vamos ganando. Es interesante pensar en eso, porque una persona confía en otra no solo porque le haya guardado algunos secretos, sino también porque le inspira esa confianza, porque ve en esa persona sinceridad, transparencia, personalidad. Hay gente que tiene una personalidad magnética, que con solo conocerla nos inspira todo lo que se puede de un amigo. Y que tiene reacciones que nos resultan atractivas, que van con nuestro gusto. No solo confiamos, sino que admiramos. Pero la confianza completa es muy difícil de alcanzar. Se necesita construir con el tiempo, con la amistad, como una escalera. Pero esa escalera es muy frágil, y al mínimo error, que en cualquier caso sería fallar a esa responsabilidad, perderíamos muchísimos peldaños. Y hasta el punto que tengamos que volver a empezar. Por eso nunca jugué ni jugaría con la confianza de alguien, porque sé que esa persona me admira, cree completamente en mi y me odiaría a mí mismo si le fallara.

Mientras pensaba en ella, estaba limpiando mi cuarto, mas específicamente mi mesita de luz, porque además de tener papeles, trabajos y tareas, tengo muchas cosas especiales y muchos recuerdos. Y una de las cosas mas preciadas por mí: materiales de electrónica. Amaba la electrónica, y estaba haciendo un curso en una Universidad cercana. Además de gustarme, me iba a servir para la facultad, porque mi futura carrera iba a ser la Bioingeniería. Y sabía que en la Bioingeniería, por lo menos en los últimos años, se utiliza mucho la electrónica. Hasta el momento creía que esa era realmente la carrera que me gustaba, porque las dos materias que más me gustaban estaban encerradas como principal en esa carrera. Además de la electrónica, me gustaba la Química. Y realmente disfrutaba cuando aprendía algo nuevo en Química. Aunque no tenía las notas mas altas en esta materia, me encantaba. La verdad es que hasta el momento no iba muy bien en la escuela en general, pero me había propuesto estudiar mas y levantar las notas. Pero, como dijo alguien alguna vez, del dicho al hecho hay un trecho. Y esa frase, en mi vida, era la central.

Sin embargo, ahora no dejaba de pensar en Nashi, hasta que me acordé de alguien. Florencia. Me había olvidado de llamarla y eso que la había visto en la escuela. ¿Y ahora? ¿Qué iba a hacer? Resolví una cosa: Nashi no era nada mío, y muy probablemente nunca lo sea, y hasta hace unos días la venía extrañando a Flor. Y la amaba. Así que iba a hacer lo que tendría que haber hecho hacía rato: llamarla. De todas formas, había algo que me resultaba raro. ¿Cómo había podido dudar de Flor? ¿Cómo había pensado en Nashi? Nunca en mi vida había tenido fe en las relaciones por Internet, de amistad, por supuesto. Así que imagínense, ¡ni se me cruzaba que haya amor en relaciones así! Por eso me extrañaba que haya pensado en eso. Conocía mucha gente que se había conocido por Internet, y la verdad que conocer a alguien por este medio me resultaba bastante tonto. Era demasiado difícil ser realmente sincero con alguien que estaba virtualmente en una pantalla. Era fácil mentir, inventar cosas y crear personalidades que a la otra persona le puede gustar. Y viceversa. ¿Qué garantía tenemos que la otra persona nos está diciendo la verdad? Y confiaríamos en ella solo porque no conoce a nadie que nos conozca y resultaría prácticamente imposible que nos falle con un secreto. Serían las mejores personas para confiar, pero nunca sabríamos cómo son en realidad. Sin embargo, existía una remota posibilidad: que la otra persona esté buscando exactamente lo mismo que nosotros.

Después de pensar en ello, caminé nuevamente hacia el teléfono. Marqué su número y esta vez si me atendió. Después de hablarle un rato, la invité a salir con el pretexto de que quería hablar con ella sobre algo. Pero mis verdaderas intenciones eran volver a estar con ella. Le daría probablemente alguna sorpresa. A mí me encantaban las sorpresas, me encantaba regalar cosas y ver a la gente feliz. Quería ver sonreír, reír y con el ánimo alto. No me gustaban las personas de mal humor ni las antipáticas. Después de todo, ¿A quien le gustaba?

Así que la cité para esa misma tarde a una plaza que se encontraba cerca del centro de la Ciudad. Aceptó y yo muy contento esperé la hora de salir. Como faltaban alrededor de dos horas, estaba un poco cansado, y era la hora de la siesta, decidí dormir un poco. Al cabo de un poco mas de una hora, me desperté y tomé un baño. Me preparé y salí a tomar el autobús. Me gustaba viajar en él porque en el trayecto, que era de mas o menos veinte minutos, pensaba. Y me gustaba pensar allí porque miraba por la ventanilla y dejaba distraerme por la vida. Cada persona tenía su vida, su trabajo, su familia. Cada persona tenía una vista diferente del mundo. Tenía amor por alguien, odio por alguien. Cada persona vivía su mundo, que era totalmente diferente al mío. Cada persona era, a mi parecer, otro mundo. Tal vez las cosas serían diferentes si no hubiera nacido varón. O si no hubiera nacido en una familia de clase media. O si nunca hubiera conocido a las personas que conozco. Pensar que nuestro pensamiento y personalidad están atados al destino. Y que somos así porque vivimos de esta forma. Pero, ¿Y si hubiéramos vivido de otra forma? Las cosas probablemente hubieran sido diferentes. Para mejor o para peor. Pero de todas formas mucho no me importaba el tema, solo pensaba eso porque a mí me parecía interesante. Había cosas mucho más importantes que pensar. Debía empezar a pensar, por ejemplo, un poco mas en mi. Tenía una cualidad: pensaba demasiado en los demás, que depende de donde se lo viera es algo bueno o malo. Muchas personas me habían dicho que me dejara de preocupar por todo lo que le pasa a los demás y piense un poco mas en mi. Pensar en que era lo que yo quería, porque muchas veces hacía las cosas porque los demás querían o porque sabía que era lo que agradaba a todos. Pero, aunque tenía una personalidad bastante formada, a veces la tapaba con cosas que hacía para ver a los demás contentos. En cierta forma, me perjudicaba y contradecía. Pero mi determinación a hacer esas cosas había terminado. Me había cansado que me tratasen de una forma desagradable cuando yo intentaba ser un poco amigables con mis compañeros de mi curso. Estaba realmente cansado, por lo tanto no iba a desperdiciar mi tiempo en tratar de ser bueno con ellos cuando ni siquiera apreciaban o les importaba. Les iba a hacer caso a esas personas. Las personas de confianza. Una de ellas era mi prima, Rocío. Además de ser mi prima, era mi mejor amiga, la adoraba y amaba muchísimo. Habíamos crecido prácticamente juntos, y juntos nos habíamos criado. Nos queríamos y protegíamos, y debo reconocer que es la persona en que más confío en este mundo. Hay muy pocas cosas que no le haya contado.Y casi nada que no le haya confiado. Ella era una persona llena de virtudes, pero poseía una en especial, que la hacía única: la virtud de escuchar. Y había que quererme bastante como para escucharme. No por lo que yo decía, sino por a cantidad de cosas que decía. Por eso la admiraba. Y no solo me escuchaba, sino también me daba sabios consejos, e ignoraba un viejo dicho que me enseño una vez un amigo, que decía “es riesgoso recibir consejos, pero más peligroso es darlos”. Junto a ella había pasado los momentos más triste, alegres importantes de mi vida. Y jamás me había fallado ni decepcionado. Si alguien me preguntase alguna vez cuál sería el sinónimo perfecto de la palabra “amigo”, con seguridad respondería “Rocío”. Que no parezca exagerado, porque es la verdad. Y en la vida hay muy pocas personas como ella, muy pocas personas que junten los valores y las virtudes necesarias para llamarse amigo. Ella era hija de mi tía, hermana de mi madre. Eran en total tres hermanas, una era mi madre; otra la de Rocío y dos primos más; y otra la de tres primos más. Rocío y yo habíamos pasado la mayor parte de nuestras vidas juntos. Por eso había aprendido muchísimas cosas de ella y ella muchísimas cosas de mí. Durante un tiempo había tenido la autoestima bastante baja, y ella me había ayudado a levantarla y me había hecho valorarme más. Yo trataba de ser lo más cariñoso, comprensivo, amistoso con ella para devolverle un poco todo lo que me había dado. En fin, era parte de mí, y la quería de una manera muy especial.

Luego me había puesto a pensar que todas esas personas que estaban allí afuera, debían tener sus propios problemas, debían sufrir con algo. Algunos tal vez se aferraran a Dios y a su religión; otros quizás no creían en nada, y eso es lo que les hacía sentir vacía sus vidas. Y ahí surgía el conflicto de “¿Para qué estamos en este mundo? No le encuentro sentido a todo esto...” y cuando surge un problema grande, se quejan de la vida, de los que los rodean. Claro, ¿cómo les van a encontrar sentido a la vida si no creen en nada? Ven hueca la vida, pero no se dan cuenta que el significado de la vida, que el agua que llena ese hueco, se encuentra en ellos mismos. La respuesta la tienen cada uno de ellos. Lo que sucede es que nadie jamás se había puesto a escucharse a sí mismo. Y no era la voz de uno, sino de Dios. Cada uno lo tenemos a Él en nuestro interior. ¿Y el sentido de la vida? Es muy fácil, para ser felices, solo debemos seguir el plan de Dios. Él nos dio a cada uno un plan para que lo sigamos. Y que si a ese plan lo desarrollamos tal como Él quiere, seríamos felices. Y ahí estaba el sentido de la vida: hacer lo que Dios quería, que siempre es contribuir a que el mundo esté cada vez mejor. Y así nos ganamos la vida eterna, que es la eterna felicidad. Pero por desgracia había muchas personas en el mundo que no creían en Él y por eso el mundo estaba como estaba. Nadie escuchaba en su interior, y hacía mal uso de lo que se llama “libertad”, ergo, nadie ayudaba a nada ni a nadie. Pero aunque yo solo era una persona, contribuiría al mundo. O por lo menos esa era mi intención.

Finalmente, el autobús llegó a destino y me bajé de el. Caminé algunas cuadras y entré en la plaza. Era una plaza realmente hermosa. Vista de arriba formaba una equis de caminos. Y en el centro había una fuente de agua muy hermosa. Alrededor de ella había cuatro bancos que miraban hacia ella. Y en uno de esos bancos, estaba sentada Florencia. La había reconocido desde lejos, y eso que ella estaba de espaldas. Miré mi reloj, me dí cuenta que había llegado quince minutos antes. Y ella ya estaba allí esperándome. Lo que era muy extraño ya que una de las costumbres de ella era ser impuntual. Al llegar a ella, la saludé y me senté a su lado. Le pregunté como estaba y me dijo que bien. Pero era un bien de esos que decimos por decir. La invité a que nos sentáramos en el césped y comencé a hablar con ella, no precisamente del tema que realmente quería hablar, pero era una forma de entrar en el ambiente. Fingí durante todo el tiempo diciéndole que quería hablar con ella solo para aclarar algunas cosas y poder separarnos definitivamente. Pero en un momento, luego de unas horas, le dije:

  • Flor, te quiero dar algo, y te pido por favor que lo aceptes
  • No, yo no quiero nada – me dijo muy triste ya.
  • Por favor – insistí.
  • No sé, bueno. – accedió finalmente.
  • Entonces necesito que cierres los ojos. Será solo un segundo, tengo que sacarlo.

Cerró los ojos e hice ruido con una bolsa fingiendo que sacaba algo de ella. En ese instante me acerqué a ella, haciendo ruido todavía, y la besé. Y ella me besó. Y nos estuvimos besando durante mucho tiempo. Luego se alejó unos centímetros de mí y me preguntó mirándome directamente a los ojos:

  • Maxi, ¿Me amás?

Y frente a esos hermosos ojos, llenos de lágrimas, con una dulce voz que me hacía temblar el corazón y la carita más hermosa que había visto en mi vida, le respondí, no con la boca ni con la mente, sino con mi corazón y con mi ser entero:

  • Te amo.

Y nos volvimos a besar. Y en ese momento sentí que su amor corría por sus labios, que eran tiernos, dulces y suaves, y llegaba hasta mi corazón y lo rebalsaba de alegría. Estaba feliz, y no pensé en nada más. Ni en las personas, ni en la vida, ni en el mundo. Porque en ese momento, no estaba en el mundo. Me sentía realmente bien, me sentía abrasado por el amor, besado por la ternura. Y ame vivir, di gracias por estar vivo. Di gracias porque ella existía. Di gracias porque el amor existía. Estaba completo, me sentía lleno de algo que tapaba todos mis malos momentos, todos lo huecos que había en mi vida. Mi mente se había borrado y en su lugar había amor, y finalmente, una vez mas, había triunfado el corazón.

 

Capítulo III

Ese día había amanecido espléndido. El sol estaba solo en el cielo y aunque estuviéramos atravesando el invierno, la temperatura era bastante agradable. No hacía ni frío ni calor. Era una temperatura justa. Habían pasado dos días desde que había vuelto con Flor y me sentía realmente bien. Me levanté, me levé la cara y limpié los dientes. Saludé a todos con un excelente humor.

Después del desayuno, que fue alrededor de las once de la mañana, y como era sábado, decidir empezar a ordenar un poco mi habitación. Estaba acomodando unos libros de novelas, cuando mi celular empezó a emitir música. Había llegado un mensaje. Me apresuré a leerlo no solo por mi interés en lo que decía, sino también porque no me gustaba que sonara tanto tiempo. Pero es extraño pesar que cuando uno consigue música para el celular y se emociona por tenerla, después, cuando llega algún mensaje y la música suena, la cortamos enseguida. Y nos damos cuenta que solo sonó un par de segundos cuando ésta dura minutos.

Tomé el celular y leí el mensaje:

“Hola. Soy Nashi. Te acordas de mí? Cómo estas? Hoy habíamos quedado en conectarnos, así que a las 6 de la tarde me conecto. Chi? Nos vemos!”

¡Cierto! Lo había olvidado. Aunque me había arreglado con Flor, estaba decidido a ir igual. Esa chica tenía una personalidad bastante interesante y tenía que conocerla. Por lo que sabía hasta ahora, le gustaban casi las mismas cosas que a mi y su personalidad era similar.

Terminé todo lo que estaba haciendo y decidí responderle el mensaje.

Hola Nashi. Por supuesto que me acuerdo de vos! Bueno, amor, esta tarde hablamos. Te dejo. Un beso.”

 Yo tenía un gravísimo problema con mi teléfono: gastaba demasiado dinero. El crédito no me duraba casi nada, pues vivía mandando mensajes y más mensajes a todo el mundo. Tenía largas conversaciones y con varias personas a la vez. El dinero me duraba muy poco mientras tenía el teléfono celular descargado. Nunca entendí porqué me tomé ese extraño vicio de depender tanto de un aparato. No quería depender de él, pero necesitaba, no por necesidad,estar comunicado todo el tiempo con mis amigos y amigas. Había creado un estúpido vicio del que no podía salir. No era capaz de no responder un mensaje. Hacia lo posible, y en algunos casos hasta lo imposible, pera conseguir dinero y cargar una tarjeta de celular. Pero por mas que intentaba e intentaba ignorar ese feo y pequeño aparato, no lo lograba. ¿Qué era lo que realmente creaba ese vicio? ¿Cómo una persona puede depender tanto de algo material y tan insignificante como lo era el teléfono celular? Cuando había cosas tan importantes por pensar, resolver, hacer, uno se metía en un mundo del que a veces es imposible salir. Podría decir que todo tiene que ver con la globalización. Gracias a ella, habían prácticamente desaparecido las distancias de comunicación. Era literalmente más fácil saber que alguien se había matado al otro lado del mundo antes que saber que nuestro vecino estaba muerto. Y encima la tecnología avanzaba vertiginosamente rápido. No había forma de adaptarse, pero había que adaptarse. Las cosas pasaban de moda de un mes a otro. Y lo extraño era que la gente seguía esa corriente. Estaban todos manipulados por las corrientes. Eran títeres del mercado. Me daba cuenta que si algo, por más estúpido que sea, estaba de moda, la gente lo consumía masivamente. Y si ese algo estúpido pasaba de moda y venía algo más estúpido aún que alcanzaba la moda, la gente lo volvía a consumir. Y yo, caí en una. Caí en una corriente, pero por mas que me lamentaba, sabía que en parte esa corriente era necesaria. Se puede decir que simplificaba un poco la vida y la organización. Pero no había porqué llegar al punto al que yo llegué. Era masivo y exagerado y eso, tarde o temprano, me traería problemas, los cuales tendría que añadir a mi colección.

A veces uno piensa que tener problemas ayuda mucho a superarse y a desarrollar una cierta forma de sabiduría. La verdad es que es así. Porque, como bien dijo alguien alguna vez, de los errores se aprende. Sin embargo, sabíamos que, como también alguien dijo alguna otra vez, “El hombre es el único animal que vuelve a cometer los mismos errores”. Y realmente este último estaba en lo cierto. Porque por mas que aprendamos de los errores, estúpidamente o no, los volvemos a cometer. Lo cierto es que una vez, había cometido un extraño error haciendo algo. Y me había puesto a pensar en hacer eso otra vez, pero tratando de no volver a cometer el error. Lo cual es significativo, pues si realizando una acción cometí un error, puedo intentar hacerlo de nuevo, con la experiencia que había tomado. Finalmente había desistido de esa idea pues el error había involucrado a prácticamente todo. Y cuando una infección toma la mayor parte del organismo, ya no hay vuelta que darle, estas muerto.

Yo pensaba que una vez cometido un grave error, ya había terminado todo. Nada podría volver a ser igual nunca más. Y en cierta forma era así, pues las heridas cierran con el tiempo, pero siempre queda la cicatriz. Siempre queda marcado, y ni el tiempo ni las palabras pueden sacar esa marca. ¿Cuánto tiempo se toma, alguien que fue traicionado y herido por alguien que amaba, para volver a tomarle la trabajada confianza y el añejo cariño que le pudo haber tenido? Tal vez el cariño, con el tiempo vuelva, pero la confianza, que es muy difícil trabajarla y formarla es muy difícil de recuperar. Pero como alguna vez dijo Tagore, si cierras la puerta a todos los errores, la verdad quedará afuera.

Ese mediodía almorzamos todos. La familia completa. Cosa que era rara porque mi hermano nunca estaba por el trabajo. Él era policía músico. Yo siempre le decía que si él era músico no era policía, pero él me retrucaba que tenía la misma autoridad que un policía. Con mi hermano muy raras veces nos peleábamos. Y casi todas las veces que lo hacíamos era por mi mal humor. Yo le contestaba mal, pero era porque vivía de mal humor. No me gustaba ayudar en nada y todo me parecía injusto y me preguntaba por qué a mí me mandaban a hacer los quehaceres de la casa y no a mi hermano mayor. Lo único que me complacía hacer era ordenar mi habitación. Y era porque ella era mi refugio. Me sentía seguro y en mi intimidad dentro de ella. Pero mi habitación no era grande. Tenía una ventana que daba al fondo de la casa y una ventana mas chica que daba a la cochera. Pero esa ventana era para ventilar. Tenía ventilador de techo, y uno más potente de piso. La verdad que en mi región el calor no era seco, sino húmedo. Eso complicaba las cosas porque los días en verano eran extremadamente pesados. No se podía hacer nada en absoluto. Ni siquiera era cómodo sentarse en el suelo. Y los inviernos últimamente dejaban mucho que desear. Hacia calor. En fin, mi habitación era el lugar, a mi manera, mas seguro e íntimo del mundo.

Esa tarde, luego de una pequeña siesta, me dirigí al cyber más cercano. Me conecté y esperé. Mientras tanto, decidí abrir mi correo. No había nada nuevo, solo propagandas y cadenas que no leía y las borraba directamente. Ni un mail escrito por alguien para mí. Nadie usaba ese medio. Decidí escuchar un poco de música pero antes que pueda hacer nada, se conectó.

Hablamos largo rato, conociéndonos y contándonos sobre nuestras vidas. Sentía que de alguna forma debía contarle todo. Me inspiraba mucha confianza y seguridad hablar con ella. Era una persona divertida. Trate de imaginarme cómo sería ella, pero como leyendo mi pensamiento, ella me dijo:

-Mashi, querés que encienda la cámara web?

-Sí, dale. – Era perfecto. Era lo que esperaba. Mas allá que siempre es importante la persona por dentro mas que su aspecto físico, quería saber cuán linda era.

-Bueno, pero solo un rato porque me da vergüenza...

-Trato hecho – convení – dale, te espero.

Pasó un rato que parecieron horas pero solo fueron dos o tres minutos. Y la imagen apareció clara en mi pantalla. Era hermosa. De cabello negro, ojos muy oscuros y penetrantes, una hermosa piel blanca, que parecía la jugosa carne de una manzana y una mirada que podía llegar mas adentro del corazón que ninguna palabra en el mundo. Era bellísima, y apenas unos segundos luego de aparecer la imagen, me sonrió. Y era la sonrisa, esa hermosa forma de expresar alegrías, emociones, sorpresas y encantos, la que realmente me había atrapado en ese momento. No sabía que escribirle, pero tenía que hacerlo, y fui muy sincero.

-Dios, sos hermosa. Y no te querías mostrar!

-De verdad crees que soy linda?

-Pero por supuesto! – ¿Cómo era capaz de preguntar semejante cosa? ¿Nadie se lo había dicho jamás?

-Gracias. Nadie me había dicho eso nunca.

Justo lo que pensé.

-Bueno, ahora tenes alguien que te lo dijo.

-¿Y vos? ¿No tenes cámara web?

-De hecho, sí. – No quería mentirle. En nada. En ese momento conecté la cámara y le dije que esperase. Al cabo de algunos minutos mas, la cámara se conectó.

Ella escribió primero:

-Hay, pero vos también sos re lindo!

-Lo decís porque yo te lo dije. Se sincera, por favor. – Ella mentía. Lo sabía.

-No, en serio. Además, ¿qué tiene que seas lindo?

-Bueno, gracias entonces. – Seguía sin creerle.

-Mashi, ¿No crees que hoy ha comenzado una grandísima amistad?

-Tal vez, ¿Porqué lo decís? – No lo entendía.

-No lo sé. Solo me parece.

O era otra coincidencia de la vida, o era suerte, pero yo estaba sintiendo lo mismo. Sentía ganas de conocerla mas y hacerme mas amigo de ella. De conocerla profundamente, de construir la confianza.

Seguimos hablando durante una hora y media mas o menos, y después volví a casa más pensativo que nunca. ¿Quién iba a pensar que iría a conocer a una persona así por el Internet? ¿Quién hubiera imaginado que estuviera sintiendo esas fervorosas ganas de conocerla mas cuando no tenía ni idea de cómo era realmente? Y el hecho de que sea a través del Internet me hacía dudar de que si se pudiese llegar a una verdadera confianza. Pensar que cualquiera de los dos podría estar mintiendo y ninguno se daría cuenta de que es engañado. Pues claro, ¡estábamos a más mil kilómetros de distancia!

Esa noche no dejé de pensar en ella. A mi parecer, el momento en que nos acostábamos era el mejor para pensar. Existía un extraño lapso indeterminado de tiempo desde que nos acostábamos hasta dormirnos completamente. Resultaba extraño que nunca nos acordemos el momento en que nos dormíamos. Era como si la realidad se empezaba a mezclar con el sueño y parecía que de un segundo a otro era día de nuevo. Esto se asemejaba bastante a los problemas. Eran reales, pero con el tiempo se iban tornando como un sueño, como algo irreal. Y ahí venía lo complicado. El problema era, en ciertos casos, muy extraños y parecían que no tenían solución.

Pero durante ese indeterminado tiempo pensé en ella y me la imaginé frente a mí. Traté de pensar en que le diría, pero no se me ocurrió nada. No quería obsesionarme con ella, además no la “amaba” con el verdadero sentido de la palabra, sino mas bien la apreciaba. El amor de mi corazón estaba prácticamente entero volcado en Florencia. Aunque mi mente estuviera en otras cosas y me reclamaba que dejara a Flor y disfrutara de la vida mas libremente, algo de sensibilidad le quedaba. Pensaba en Florencia también. Ella era una grandísima persona. Pero existía un problema. Era algo que generaba problemas entre nosotros: sus amistades. Tenía amigos varones. Y como sabían todos yo era demasiado celoso. Y como si fuera una gota que derrama el vaso, había dos de ellos que la querían. No la amaban, la querían. Y porque digo esto, porque ellos no la querían para tener una relación seria y madura, sino solo para pasar el tiempo. Uno de ellos, Facundo, era un espejo mío. Pero no un espejo que reflejaba igual, sino uno que reflejaba todo lo contrario a mí. Reunía casi todos los vicios y no le importaba traicionar amigos, ni le importaba que Florencia tuviera novio. Yo y él éramos perfectos enemigos. Francamente, lo odiaba. Y si eso implica desprecio, ignorancia, ira, entonces era así. Siempre me habían enseñado a no odiar nunca, pero hay veces en que no se puede evitar. Y sentía una profunda bronca en mi alma. Que, sinceramente, me hacía mal. Para mí, si ella tenía novio, no debía juntarse con esos amiguitos y gústele o no, dedicarme mas tiempo y respeto a mí. Sin embargo, parezca extraño o no, ella me decía que no “creía” que Facundo la acosaba. Aunque sea la cosa más evidente del mundo, ella no lo iba a reconocer. Le insistí mucho tiempo, diciéndole que no se junte mas con él porque me hería. Y era verdad. Pero llegó el día en que Facundo la encontró sola y le dijo que la quería. Ella, obviamente, se negó y en ese momento se le abrieron los ojos. Desde ahí no dejaba de pedirme perdón. Y decía que era una estúpida al no darse cuenta. Eso era tal vez porque los varones tenemos otra vista de otros varones y sabemos lo que piensan. Y sabemos cuando quieren algo. Pero ellas, “no se dan cuenta” o, (con esto no quisiera criticar a las mujeres, pero en el caso de Florencia fue así. Digo esto porque no me gusta generalizar.) no se “querían dar cuenta”.Es muy complicado ver la mente del otro sexo, pues la forma de ver las cosas son totalmente diferentes. No me opongo a la amistad entre el hombre y la mujer. Aunque se dice que es imposible porque siempre hay algún tipo de interés, yo creo que hay formas de que haya una verdadera y pura relación de amigos. A mi parecer, una amistad entre un varón y una mujer puede empezar con interés, pero talvez con el tiempo ese interés se vaya completamente y solo quede la amistad. El problema viene, por supuesto, cuando uno de los dos se pone de novio. Ahí cambian las cosas porque ya uno de los dos deja de lado al otro y entrega completamente su tiempo a la persona que ama. En realidad, la amistad entre el hombre y la mujer, es un tema profundo y muy debatido. Pero que se sepa que yo creo en la amistad en todas sus formas.

El tema era que me había pedido perdón y yo le había dicho que estaba bien, que no importaba y que me alegraba que se diera cuenta. Pero, como uno sabe siempre, las heridas quedan y se abren cuando hay problemas. Hay que reconocer que cuando perdonamos a una persona por algo grande, no siempre la perdonamos completamente. Siempre queda algo, una pequeña espina en la herida que sigue pinchando. Y por mas que digamos “te perdono”, en el fondo no es tan así. Siempre quedan rastros de rencor que desaparecen con el tiempo.Eso me pasó con ella, yo la perdoné, pero quedó un poco de bronca dentro de mi, no por precisamente ese hecho, sino por su “inocencia”.

El día amaneció un poco nublado, la noche anterior había hecho un poco de frío pero es cielo estaba totalmente despejado. Y en la noche, todo se tapó. Por lo general, los días de lluvia me parecían un poco melancólicos y aburridos. No se podía hacer nada y lo único que quedaba era ver televisión o escuchar música. O, como ese día preferí, ir al cyber. Pero primero mandé un mensaje de texto a Nashi invitándola a conectarse en una hora. Ella accedió. Y esa fue la gran suerte, pues no esperaba que estuviera todo el tiempo disponible para mí. Así que esa mañana, luego de desayunar, me dirigí al cyber y me conecté. Apenas entre, me di cuenta que ella ya estaba conectada.

-Hola, como estas? – comencé la conversación.

-Hola Mashi! Yo estoy media mal. La verdad es que hoy no me siento bien.

-Porque? Contame, por favor.

-Es que resulta que yo tengo una prima. Y hace unos años viene perdiendo los embarazos. Y ayer a la noche perdió otro. Y estamos todos tristes.

No sabía que decirle. En estos casos, es muy difícil tratar a personas en ese estado. Uno no sabe que decirle, o que es lo mejor para decir.

-Bueno, Nashi, sabés que me tenés a mí para lo que sea.

-Ojalá estuvieras acá para llorar en tu hombro..

Si, ojalá. Era lo que más deseaba en ese momento.

-Solo tenés que rezar, Nashi. Pedile a Dios que la ayude y que te ayude.

-Por favor, no me hables de Dios ni de la Iglesia. Ahora no, si?

-Sabes que creo que necesitas? Alguien en quien descargarte.

-Si, ya sé. Pero sabés que es lo que más necesito ahora?

-Decime.

-A vos.

-Nashi, me encantaría estar con vos ahora, pero lo único que puedo hacer es ayudarte con palabras.

-Yo necesito a alguien, Mashi. Alguien que me ame, alguien en quien confiar. Alguien que esté cuando lo necesito. Alguien a quien contarle todo lo que me pasa. Necesito alguien a quien amar.

-Nashi, y para que me tenés a mí? – La estaba queriendo mucho.

-Es verdad, pero no quiero entristecerte con mis historias.

-No lo vas a hacer. Para eso estoy yo, para escucharte.

-Gracias, Mashi. Te digo la verdad? Nunca conocí a una persona como vos. Todas mis amigas me han decepcionado, y lo único que buscan mis amigos es besarme y dejarme. No les importa mis sentimientos, no les importa lo que yo piense. Por eso jamás quisiera perderte, amor. Jamás.

-Lo sé, Nashi. Yo tampoco quisiera perderte. Ahora, contame. Contame lo que sea que quieras contarme.

Y así estuvimos hablando durante algunas horas. Y se me hacía muy tarde. Pero en dos horas la había conocido mucho mas que en días. Su vida no era lo que uno se espera de ella. Tenía un padre que nunca estaba en la casa y a veces le pegaba. Me contaba que la madre lloraba y se apoyaba en ella, pero Nashi también era muy débil y sensible. Había tratado de cortarse dos veces las venas de la mano, una vez su madre la vio momentos antes y le impidió que se lastimara. La otra vez, se cortó. Pero la descubrieron rápido y la llevaron al hospital. Ella me decía que su vida era un desastre, no tenía amigos ni amigas, todo estaba en su contra. No quería saber nada de Dios porque según ella Él nunca la había escuchado y su vida era lo peor. Y desconfiaba de la Iglesia porque estaba en manos de los hombre, por lo tanto era imperfecta. Yo traté como pude de hacerla olvidar esas cosas y que empezara a creer en Dios y en la Iglesia, pero por mas que trate, tuve que desistir porque nos habíamos empezado a pelear. Y me contó que no tenía a nadie, absolutamente nadie en quien confiar, y que daba gracias por haberme encontrado a mí, aunque estuviésemos muy lejos. Me dijo que nunca había amado a una persona tanto como a mí. Y me di cuenta que hay veces en que por mas que tengamos tantos problemas en nuestra vida, siempre hay alguien que tiene mas. Y cuando nos sentimos solos, siempre hay alguien que se siente mas solo que nosotros. Y entonces, ahí entramos para ayudar. Y cuando ayudamos, no nos volvemos a sentir ni solos ni con problemas. Sino que nos sentimos completos. Y nos damos cuenta que debemos agradecer a Dios por tener tan pocos problemas a comparación de otros. Me acordé de mi enfermedad crónica, la terrible faringitis. Me acordé que me quería morir cuando me agarraba porque el dolor era insoportable. Y a todo eso pensé en las personas que sufren de cáncer, que están todo el día sin poder moverse pues el dolor es insoportable. Y vi como luchaban esas personas por vivir, por sanarse, por dejar de sufrir. Y no buscaban la muerte, sino que luchaban por la vida. Y pensé, pensé en que nunca nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que vemos a los demás. ¿Porqué será que el ser humano es tan tonto de no darse cuenta de lo que tiene? Solo cuando lo pierde, lo reconoce. ¿Porqué debemos ver como los demás sufren para agradecer lo que tenemos? Y me di cuenta que yo era muy afortunado. Tenía una familia que nos llevábamos muy bien, tenía amigos, amigas. Y cuando la conocíaella y me contó todo, me di cuenta que yo tenía todo. Tal vez no tenía todo lo que quería, pero tenía que querer todo lo que tenía. Y no solo querer, ciñó dar. Dar tiempo, amistad, oídos. Para que otros que no están tan bien como nosotros, lleguen a estarlo. Y ahí está la clave de la felicidad. Ayudando. Ahí nos damos cuenta que somos felices y completos. Cuando vemos al otro sonreír y agradecernos. Cuando vemos al otro feliz. Cuando nos damos cuenta que hicimos bien. Cuando sabemos que no nos ganamos los amigos solo por conocerlos y charlarlos, sino que los ganamos cuando los ayudamos. Pues sabemos que ellos estarán dispuestos a ayudarnos a nosotros cuando los necesitemos. Y sabemos que tenemos a alguien que piensa en nosotros, que nos aprecia y necesita. Ahí, y solo ahí somos felices.

Conocer a Nashi fue lo mejor que me pudo pasar. Pero todo recién empezaba. Recién, por mas que me haya contado casi toda su vida, la estaba conociendo. Y me faltaba. Me faltaba aprender mucho de la vida todavía.

 

Capítulo IV

Era sábado de nuevo. Habían pasado algunos días desde que había hablado por última vez con Nashi. Y esa misma tarde invité a Florencia a salir al Centro de la Ciudad. Uno le llamaba centro no precisamente porque estaba en el centro de la ciudad, sino mas bien porque era el lugar donde se conglomeraban todos los comercios más importantes. Era un lugar de paseo y compras, habían plazas y asientos. Había muchos lugares para estar en pareja. Era el lugar apropiado para charlar, conocerse. Así que esa tarde tomé el autobús y en veinte minutos estuve con ella. Paseamos y luego de comprar alguna que otra cosa nos sentamos en una plaza a charlar.

-Maxi – Me comenzó diciendo - ¿Vos sos feliz conmigo?

-Si, mi amor. ¿Por qué lo preguntas?

-No sé, te siento distante... – Tal vez en cierto sentido tenía razón. Pero no lo iba a reconocer.

-No sé, mi cielo. Perdoname. Pero yo te amo y lo que siento por vos es totalmente verdadero. Por algo volví con vos.

-Bueno..es que tengo miedo.

-¿Miedo? ¿Miedo de que?

-De perderte. Todos los días que te veo intento hacer las cosas bien porque tengo ese miedo. Intento no equivocarme con nada y no hacerte enojar.

-Pero mi amor, no hagas eso. No ten gas miedo. Soy todo tuyo.

-Está bien, te creo.

-Flor...decime que me amas.

-Te amo.

En el corazón de ella había algo que no estaba bien. Seguía dudando de algo. Es increíble como dos personas que se aman están conectadas de una manera tan fuerte y real. Se sentía. Se sentía una sensación rara cuando algo le pasaba al otro. Si realmente dos personas se aman, no hay forma de esconder nada. No hay forma de evitar que el otro sepa nuestra pena. Y esa extraña pero inevitable conexión que existe, es propio del amor. Es el amor real, verdadero, original. Y ese es uno de los síntomas. Florencia una vez me había mandado una carta, en la cual decía algo sumamente profundo y describía perfectamente al amor. Decía:

Mi amor:

ansiedad de escucharte,

gratitud de tenerte,

necesidad de abrazarte,

alegría de verte,

fascinación al verte,

obsesión por besarte,

y además, comprenderte,

admirarte,

entregarme,

soñarte,

protegerte,,

extrañarte,

desconocerme,

todo esto...es amarte.”

 

Y todo era verdad. Eso era el amor. Pero también lo era la conexión, la fusión en uno, la muerte a todo lo demás, la total sinceridad, el profundo respeto y la confianza mutua. Pero hay una diferencia entre “enamorarse” y “amar”. Uno se siente enamorado cuando la otra persona le cayó bien, o cuando le gusta. Es la sensación de ver a una persona de nuestro agrado, es una sensación “externa”. Con el tiempo, cuando conocemos mas y confiamos, estamos dispuestos a entregarlo todo. Y ahí entra el amor. Ahí se produce la transformación. Esa sensación que era externa, pasa a ser interna, total. Pero no solo esa persona es nuestra novia, sino que debe ser nuestra mejor amiga. Una amiga en quien confiamos de mas. Pero a todo, nos surge una pregunta: ¿Qué pasa si hay problemas entre los dos? ¿A quien le pedimos el consejo? Una cosa es cierta: es peligroso recibir consejos de cualquiera. Entonces, ¿Quién es la persona adecuada? La persona perfecta es la que ya tiene experiencia. Es la que ya pasó por una situación similar y la enfrentó maduramente. No es bueno pedir consejos para problemas de noviazgo a alguien que nunca pasó por eso o que no tiene la madurez suficiente. El amor es algo serio, y como tal a los problemas que surgen hay que enfrentarlos seriamente. No existe el amor como un juego. El noviazgo es una preparación. Y tal vez, con la edad que tenía en ese momento, no era muy apropiado para mí. Yo pensaba que podía manejar una relación seria desde un principio hasta un final. Yo me había arreglado con Florencia a los 15 años de edad, pero pese a todo supimos manejar nuestra relación a la perfección. Supimos crecer y madurar juntos, aunque las condiciones de amistad nos impedían muchas cosas. Y así pasamos dos años y algunos meses más. Y en ese tiempo solo nos habíamos peleado 3 veces.

En mi corazón también había algo que no estaba bien. Me sentía mal por Florencia. Sentía como si la engañaba. Quería a Nashi, pero de ninguna forma se asemejaba a Florencia. Y sentía que hablando y pensando en Nashi, de una forma u otra engañaba a mi novia. No lo sabía que me pasaba, era como una molestia en el corazón. ¿Realmente estaba haciendo bien las cosas? Durante el resto del día esa pregunta me quedó dando vueltas en mi cabeza en busca de una respuesta.

Luego de haber hablado durante un lago tiempo, nos levantamos y fuimos a tomar un helado a un comercio de allí cerca. Como le correspondiera a un verdadero caballero y naturalmente pagué la cuenta. Generalmente ella se oponía a que yo le pagase todo, pero luego de insistirle un largo rato la convencí. No le gustaba que le compre nada, y a veces ese tema me fastidiaba, porque a veces deseaba hacerle un regalo dejando que ella lo elija, pero la verdad es que nunca quiso ni me dejó. Así que finalmente nos fuimos del centro, y la acompañé hasta su casa aunque me desviaba bastante de mi camino. Allí, antes de despedirme me miró a los ojos con una ternura de otro mundo, indescriptible. Y me dijo:

-Cada día que pasa, siento que te amo, que te amo mas que antes. Maxi, ¿Qué me estás haciendo?

Y mirándola del mismo modo, le contesté:

-Tan solo estoy amándote como nunca amé a nadie.

Y la besé.

Y volví a casa. Pensando. En ella, en mi. En los dos. Estaba muy enamorado de ella. Demasiado.

Al otro día me levanté muy animado y pensando en Florencia. Pero otra vez me había olvidado de algo. O mejor dicho, de alguien. Y me hizo acuerdo el teléfono celular. Sonó con música y en su pantalla anunciaba la llegada de una tal Nashi. Por un momento me sentí sin ganas de leerlo y sin ganas de hablar con ella. Pero de mi mente brotaron algunos recuerdos de las charlas con Nashi y me devolvieron las ganas. Tomé el celular y leí el mensaje:

Hola Mashi. Cómo estas? Yo muy enojada con vos, seguro que no me hablás porque volviste con tu novia, ya no me querés, verdad?

 

Por un momento me sorprendí. No podía creer cuánta razón tenía. Por un momento me puse a pensar, que cuando volvemos con una persona a la que amamos, nos olvidamos de las que conocimos. Y pensar que esas personas esperan mas de nosotros. Es como si las usamos hasta que volvemos con el amor de nuestras vidas. Me sentí mal por Nashi. Le envié un mensaje:

Hola! No, de donde sacaste eso? No es verdad, yo te re amo.

Me volví a sentir mal, le había mentido. Un confusión me invadió por un momento mi cabeza. ¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba jugando con las personas? Otra pregunta me hizo temblar mas: ¿Tengo una doble personalidad? Me dio miedo por un momento. Sacudí la cabeza y me olvidé de ello. Ahora Nashi, ¿que tenía que hacer? Recordé que una vez que chateamos por Internet, ella me dio su número de casa también. ¿Y si la llamaba?

Me dirigí rápidamente a mi habitación y revolví algunas hojas y lo encontré. Me acerqué al teléfono y lo sostuve pesadamente en mi mano. ¿Qué le diría? “Voy a improvisar”, me dije. Así que marqué su número y esperé pacientemente. Al cabo de algunos segundos una voz femenina pero mayor, me atendió.

  • Hola – Le dije decididamente - ¿Se encuentra Natalia?
  • Si, - me respondió - ¿De parte de quien?
  • De un amigo. – Dije simplemente.
  • Ya te paso, enseguida.

Pasaron algunos segundos más y....

  • ¿Hola?
  • ...
  • ¿Hola? ¿Quién es?
  • Ho...Hola... – No lo podía creer, tenía una voz hermosa. Casi tan hermosa como ella. Me había quedado impactado pero enseguida volví en mi – Hola, ¿Cómo estas? ¿Sabés quien habla?
  • No, ni idea.
  • A que no adivinás – Quise hacer la charla mas interactiva.
  • A ver... Ya sé, sos Mashi.
  • ¿¡Que!? ¿¡Cómo te diste cuenta!?
  • Ah, es que estamos muy conectados. – Rió con una risita muy dulce - No, bromeaba. Solo lo presentí.
  • Impresionante. Totalmente impresionante.
  • ¿Y que hacés vos llamándome?
  • Es que algo me decía que tenía que llamarte.

Y así estuvimos hablando durante una media hora, y después, con una leve sonrisa en la boca, me di cuenta que...la amaba.

 

Florencia

Esa mañana había dormido hasta tarde. Se levantó alrededor de las once de la mañana, desayunó muy tranquilamente. Estaba saboreando su delicioso café, cuando de repente, el teléfono empezó a sonar. Como estaba sola en la casa, se sobresaltó un poco, porque generalmente las mañanas eran muy tranquilas. Se levantó de mal gusto y se preguntó quien podría ser. Atendió el teléfono.

  • ¿Hola?
  • Hola, Flor, ¿Cómo estás?
  • ¿Maxi? Hola...
  • Flor, mirá, necesito urgentemente hablar unos temas con vos. ¿Te puedo invitar esta tarde a que vayamos al centro?

Lo pensó un poco, pero accedió.

  • Bueno, no hay problema.
  • Entonces nos encontramos en la Plaza San Miguel. ¿Te parece?
  • Bueno, nos vemos entonces.
  • Gracias, Flor. Nos vemos. Chau.
  • Chau.

Colgó el teléfono y se quedó pensando. Todo le resultaba muy extraño y confuso. Más confuso que antes. ¿La había llamado realmente Maxi o estaba soñando? Con Maxi había pasado una etapa muy importante en su vida, había descubierto al verdadero amor y siempre había sentido por él algo que nunca sintió por nadie. Maxi era realmente especial y lo amaba mas que a nada ni a nadie. Pero la última vez que se habían visto solos, él le dijo que no quería salir mas con ella porque necesitaba estar mas con amigos y además ya no la quería como antes. Ella se había puesto muy mal y le había pedido por favor que no la dejara. Pero él estaba decidido (O por lo menos eso parecía), terminaron un Sábado muy lluvioso. Un Sábado gris. No solo por el clima, sino que para su corazón, había sido también el día más gris de su vida. Y hasta ese día había llorado todas las noches, recordándolo.

Ella era una persona muy cariñosa, y muy linda. Ningún hombre que pasara a su lado no volvía la vista para mirarla. Además de su hermoso aspecto físico, tenía una muy fuerte y marcada personalidad. Había muchas cosas que la hacían realmente única, pero como todos, tenía algunos defectos. Y justamente esos defectos eran los que más afectaban a Maxi. Ella lo amaba muchísimo, y de hecho lo seguía amando, pero él había cortado muchas veces con ella y había vuelto. Y todas esas veces ella había sufrido demasiado. No entendía como su corazón seguía amándolo y seguía perdonándolo. Era débil emocionalmente, pero muy decidida.

Esa tarde se dirigió a lugar donde él la había citado y se sentó a esperar. Al cabo de algunos minutos él apareció y la saludó. La verdad era que no quería estar allí con él porque sabía que se iba a sentirse mal otra vez y que esa reunión era solamente para aclarar algunos puntos y terminar con todo de una buena vez. Pero algo en los ojos de él le dijo que las cosas iban a ser diferentes. Por un momento tuvo muchas nostalgias de cuando eran novios. Empezaron a hablar y ella escuchaba pacientemente y callada todo lo que él le decía. No eran cosas muy agradables, sobre todo cuando le recordaba porqué la había dejado. Al final él le dijo que quería que quedaran como amigos, pero ella se rehusó. No quería ser nada de él porque le traería recuerdos y le dolería. Finalmente él aceptó quedar así, pero antes de irse, le dijo que había traído algo para ella. Florencia se rehusó. No quería tener nada de él, pero al final terminó aceptando. Él le pidió que cerrara los ojos. Ella obedeció y escuchó como sacaba algo de una bolsa. Pero a los segundo, él no le dio nada, sino que en la oscuridad de sus ojos cerrados tuvo una sensación única a la que no pudo escapar ni aunque hubiese querido. Sus labios se habían humedecido, y sintió el calor de la respiración de Maxi. La estaba besando. De pronto sintió un calor por todo el cuerpo, seguido por un escalofrío. Su corazón despertó y empezó a latir con mas fuerza. Se dio cuenta que lo que estaba sintiendo en ese momento, era amor. Pero no solo su amor, sino el amor de los dos fusionado y convertido en uno.

De pronto abrió los ojos. Estaba en su cama y eran las diez de la mañana de un sábado. El recuerdo de su anterior encuentro con élen donde volvieron a ser felices, había sido tan vívido que casi se había transformado en realidad.

Sin embargo, luego de sentarse en la cama y desperezarse, pensó que tal vez no todo estaba tan bien como ella lo pensaba. A veces lo notaba un poco distante con pocas ganas de estar con ella. Le había preguntado si le ocurría algo. Pero como él siempre respondió que no y dijo que todo estaba mas bien que nunca, y que la amaba muchísimo. De todas formas seguía sintiendo esa distancia. Se preguntó que podría ser. ¿Alguna otra chica? No se imaginaba quien podría ser, ni quería desconfiar en él. Por eso olvidó el tema.

¿Qué estaría haciendo ahora? Pensó Florencia. Decidió ir a llamarlo. Se dirigió al teléfono y marcó su número. Espero un rato y al fin atendió Maxi.

 

  • ¡Hola amor! ¿Cómo estás?
  • Hola Flor, yo re bien. ¿Y vos?
  • Bien – otra vez notaba esa lejanía en su voz – Bueno, en realidad mas o menos.
  • Pero, ¿Porqué?
  • No sé, Maxi, te siento ajeno a mí. Por favor, quiero que me lo digas de nuevo: ¿me amas?
  • S...Sí, Flor. Te amo. En serio...no tenés por que dudar.
  • No lo sé, te noto inseguro.
  • No estoy inseguro...
  • Si lo estás. Porque no me hubieras dicho te amo si no te lo hubiera pedido. Porque cada vez que hablo con vos, estas como distraído. Porque cuando estamos juntos parece que pensás en otras cosas menos en mi. Porque no me decís nada cariñoso. Y por mil razones más.

Durante algunos segundo hubo un terrible silencio.

  • No me vas a decir nada?
  • No sé que decirte.
  • Eso es porque lo que digo es verdad.
  • No, no es así. Yo te amo. Y lo sabés, porque sino no hubiera vuelto con vos.

Terminaron de hablar y ella muy poco convencida de que todo estaba bien como él aseguraba, se dirigió a hacer algunos quehaceres de la casa, para matar el tiempo y olvidar algunas cosas. La verdad era que Maxi la había dejado tantas veces y había vuelto tantas veces que realmente le costaba creerle. Le costaba volver a sentir lo que sentía antes. A veces hay que pensar bien las cosas antes de tomar decisiones tan importantes como esas. Maxi nunca había estado seguro de dejarla , y luego se arrepentía y volvía con ella. Ya había perdido mucho la fe de que las cosas marcharían bien como antes. Que la relación fuera tan hermosa como lo era. Recordó que la última vez que él la había dejado, ella lo acompañó un gran trecho hasta su casa insistiéndole y pidiéndole que piense si lo que hacía era lo que realmente quería. Lo amaba tanto que al otro día que el la dejó, ella fue hasta su casa y habló con él. Pero le volvía a decir que ya no la amaba. Y ahora habían vuelto. ¿Realmente se puede dejar de amar de un día para el otro, y a la semana volver a sentir amor? O tal vez él la extrañaba porque estaba acostumbrado. No resultaría extraño, pues la relación había crecido tanto en dos años y medio que era difícil vivir una vida de soltero. Las cosas eran muy diferente. Era otro tipo de diversión. Otra forma de vivir. Eso la hacía dudar. Tal vez él no la amaba, solo era que se había acostumbrado tanto a vivir con ella que no le resultaba cómodo empezar una nueva vida. Pero no se podía tampoco jugar con el corazón. Los sentimientos de ella estaban en juego. El amor y el corazón de ella eran los que sufrían. Pero al fin se resignó y decidió seguir el juego de él. Si él le decía que la amaba, era porque realmente la amaba. Él nunca le había mentido con esas cosas. O por lo menos eso era lo que ella creía. Y en ese momento se dio cuenta que debía pensarlo.

 

Natalia

Natalia era una chica realmente adorable. Era muy simpática, muchos amigos la querían y apreciaban. Era morocha de ojos claros. Una tez blanca como la nube y suave como el terciopelo. Vivía junto a su familia en Hurlingham, Buenos Aires. Tenía 14 años y llevaba una vida, que desde afuera parecía muy normal. Pero las apariencias engañan.

Nashi (así le decían sus amigos) había conocido a Maxi en un chat y le había parecido una persona muy adorable, cariñosa y comprensiva. Por lo que Maxi le contaba, el ritmo de vida que había en la ciudad de cada uno era realmente diferentes. La ciudad donde Maxi vivía era muy tranquila y adorable. Las personas eran amables, y todos se trataban muy bien. Pero en su ciudad, las cosas eran muy diferentes. No existía el verdadero sentido de la amistad y el valor de la palabra amor se había perdido y distorsionado muchísimo. Eso influye mucho en la forma de ser de una persona. Por eso Nashi era muy diferente en la mente y en las costumbres que Maxi. En el poco tiempo que se habían conocido, él le había enseñado muchas cosas que encerraba los valores. Y realmente ella se había sentido muy complacida en tenerlo como amigo, pero deseaba en el fondo que las cosas llegaran mas lejos. Hablaba bastante seguido con él. Hasta que un día la confianza llegó hasta tal punto que decidió contarle la verdadera vida de ella. Le contó que las desgracias llegaban como gotas de lluvia a su familia. El padre de ella le pegaba cuando se enojaba, casi se habían separado varias veces ya. Eso le afectaba muchísimo, y para rebalsar el vaso, la madre le pedía consejos a ella. También estaba muy afligida porque su muy querida prima había perdido ya tres veces un hijo. Y en una fiesta encontró a su mejor amiga drogándose. Las cosas no podían haber salido peor, y había perdido la fe en todo. Hasta que había conocido a Maxi. Él le había dado una luz de esperanza y la escuchaba pacientemente cuando ella le contaba todo para después reconfortarla y consolarla. Le hablaba de Dios y de que la vida no era tan negra, que siempre había una luz para seguir. Ella le había contado además que se cortaba las venas y mas de una vez había pensado en suicidarse. Pero él le dijo que ese no era el medio para solucionar las cosas y se enojó con ella porque decía que siempre las personas buscaban la solución mas fácil. Y era verdad. Porque un día hablando con él se dio cuenta que habían otras soluciones y que si confiaba en Dios, las cosas siempre salían bien. Desde que lo conoció, las cosas habían cambiando muchísimo. Realmente lo amaba y por nada en el mundo quería perderlo. Le había hecho ver la hermosura de la vida y de cómo una sonrisa puede cambiarle el estado de ánimo a otra persona. Aprendió a vivir con ganas y a ver las cosas de otro punto de vista. A no pensar en lo malo únicamente y ver que siempre, en algún lado hay algo bueno que debemos mirar, aprender y agrandar. Una llamita que debemos alimentar. Siempre, y sin ninguna excepción hay esperanzas. Y aunque ella sabía muy bien que le había tocado en este mundo llevar una cruz muy pesada, seguiría adelante, y ayudaría a otros a cargar la cruz. Porque ella sabía que Dios le había quitado muchas cosas, pero además le había dado otras muy poderosas. Otros poderes que estaban al servicio del otro. Y no le importó como ella estuviera mientras viera a sus amigos y familia estar bien. Ayudó mucho a su amiga a salir de la droga, cuando el panorama que se mostraba era que eso era patéticamente imposible.

Sin embargo, a pesar que amaba a Maxi, había algo, algo que ella presentía que no andaba bien. Era como si la cosa no debía pasar a mayores, por mas que eso era lo que deseaba. Como si la misión de él ya había terminado en ella. Pero, ¿cómo le agradecería todo lo que él había hacho por ella? Se sentía medio confundida y con una depresión encima. Se maldijo a si misma y pensó que las cosas empezaban a salir mal otra vez. Empezó a dudar de todo lo que había logrado. Y el día anterior sus padres se habían peleado bastante y la madre le dijo que tal vez se separarían.Eso cayó como una bomba devastadora en ella. E hizo estragos en su mente. Destruyó todo lo hermoso que había logrado hacer. De pronto se dio cuenta que estaba sola, totalmente sola y que la persona que amaba estaba a mil kilómetros de distancia. No podías haber nada mas peor, pensó. Todas las desgracias estaban encima de ella. Se puso a llorar y dentro de ella empezó a surgir, lento pero inexorablemente, un dramático dolor. Una especie de opresión en e pecho, un nudo en el corazón y en el alma. El dolor le afectó la mente y recordó que el dolor físico apagaba el del alma. Corrió con lágrimas en las mejillas hasta el baño, cerró con llave, se sentó en un rincón y sacó un cuchillo que tenía escondido allí para un solo propósito: soportar. Tomó fuertemente entre sollozos el cuchillo y se lo acercó muy lentamente a la muñeca. Su respiración aumentó y comenzó a sudar. Antes que el cuchillo tocara con su filo la hermosa superficie de su piel, su teléfono celular comenzó a sonar. Era una llamada. Muy extrañada dejó el cuchillo sobre una mesita y se incorporó lentamente secándose las lágrimas. Tomó el celular y miró el número de la persona en la pantalla. No recordaba nadie con ese número. Atendió el teléfono y la voz la resaltó muchísimo. Era Maxi. Muy confundida preguntó que hacía él llamando.

  • Digamos que presentí que te debía llamar – Dijo él con una voz entre preocupado y divertido.
  • Presentiste bien, la verdad que te necesitaba – La voz le temblaba muchísimo por haber llorado, pero carraspeó y la corrigió. – Me siento muy mal, Maxi.
  • ¿Mal? ¿Qué te pasa? Contame, por favor.
  • Es que... vuelvo a sentirme muy sola. Mis padres se van a separar. La verdad es que ya no tengo fuerzas para nada. –

Tomó el cuchillo que había dejado sobre la mesa.

  • Maxi, no quiero lastimarte. No quiero que te preocupes por mí, yo voy a estar bien. Ya te he arruinado bastante tu vida. Lo siento. Pero lo voy a hacer.
  • ¿Hacer? ¿Qué vas a hacer? Por favor, no hagas nada estúpido. Te lo pido por favor.– Se notaba una creciente desesperación en su voz. – ¡¡Deja lo que tengas en la mano, calmate!!
  • ¡No! ¡No quiero! ¡Mi vida es una desgracia tras otra! ¡No hay nadie en quien confiar, me siento destruida y ya no lo soporto mas! ¡No lo soporto mas, ¿me entendés!? ¡A nadie le importo, nadie me ama, nadie me necesita! – Comenzó a llorar otra vez - ¡Nadie me despierta en la mañana con un beso, nadie me acaricia y me dice cosas lindas, nadie me abraza ni me da fuerzas! ¡Nadie! ¡Nadie me ama! – Gritó con todas sus fuerzas y acercó bruscamente el cuchillo a su brazo, lo apoyo con mucha fuerza y una gota de sangre empezó a brotar lentamente, y luego otra – Adiós, Maxi, siempre te amé, pero mi vida no sirve. ¡A mi nadie me ama y nunca nadie me va a amar jamás! – Y empezó a cortarse, pero se detuvo de repente, algo le había tocado muy fuertemente el corazón, sentía un ligero frío y no sentía la herido que se había hecho. - ¿Qué? Maxi, ¿Qué me dijiste?
  • Solamente dije tres palabras. Yo te amo. – Su voz sonaba muy calmada y tranquila. – Nashi, si vas a hacer eso, hacelo. Pero yo si te amo. Y no solo yo. Dios también te ama. Y sufre al verte así, tal como yo. A todos siempre la vida nos resulta pesada y quisiéramos siempre que sea fácil y sin problemas. Yo creía lo mismo, pero, ¿querés saber la verdad? Yo también tenía miles de problemas, me odiaba y odiaba a todo el mundo. Las cosas malas siempre me pasaban a mí. No lograba hacer nada con ganas y la vida me parecía una carga. Hasta que un día te conocí. Y me di cuenta que lo que yo sufro es apenas un grano de arena en el desierto de lo que sufren muchas otras personas. Y sentí vergüenza, vergüenza de mi mismo. De ser así, de pensar en esas tonterías cuando hay personas que resisten muchas cosas mil veces mas pesadas que las mías. Y te admiraba. ¿Por qué crees que siempre te incité a seguir, a pelear y a aguantar pese a todo? Porque sos un ejemplo para todos los demás. Pero principalmente sos un ejemplo para mi. Sos una persona muy fuerte. Y sufrir te hizo fuerte. No quiero que te hagas daño porque todo lo que pensaba de vos se evaporaría de un momento para el otro. Nashi, vos me salvaste la vida. Me hiciste ver la vida de otra forma. Me hiciste pensar en mi. ¿Era correcto lo que hacía? Por eso, Nashi, si querés hacer eso que estas por hacer, hacelo. Pero vas a destruir la esperanza de muchas personas que te necesitan. ¿No me dijiste que tu amiga solo confiaba en vos, y que gracias a eso ya estaba saliendo de la droga? ¿No me dijiste que tus padres se habían reconciliado porque hablaste del amor frente a ellos? ¿No me dijiste que tu prima estaba mucho mejor desde que hablaste con ella y le hiciste conocer a Dios? Si crees que matarte es la solución correcta, hacelo. Si crees que de esa forma vas a ser feliz, hacelo. Si crees que ese es el camino para ver a todos bien, hacelo. Pero si pensás en amor y en todo lo que diste y te queda para dar, no lo hagas, porque hay muchas personas que te necesitamos.

Natalia se quedó pensando. Y se dio cuenta que él tenía razón. Así que apenas terminó de hablar con él, se limpió la herida y se puso un apósito. Estaba decidida: seguiría adelante, porque sabía que ayudar la hacía feliz.

 

Capítulo V

Durante todo el tiempo que me llevó a conocer a Nashi me había dado cuenta de algo muy importante. Me había dado cuenta que yo tenía mucha suerte. Los problemas que tenía no se comparaban ni remotamente a los de Nashi. Ella era una persona que realmente sufría, que sus problemas eran muy serios y fuertes. Pero ella tuvo el valor y la fortaleza de seguir. Pero lo que yo realmente admiraba era su voluntad para ayudar. Por mas que había personas que no estaban tan mal como ella, siempre estaba dispuesta a ayudarlas. Era realmente admirable. Su personalidad era muy fuerte. No se merecía el modo de vida que le había tocado. A veces pensaba que ella había nacido en un lugar equivocado en el mundo. O tal vez Dios había querido que ella naciera allí, para así poder ayudar a las personas que necesitaban ayuda. Tal vez era el destino. Era a lo que ella estaba destinada a hacer. Ella sin darse cuenta me había ayudado muchísimo. Me había ayudado a darme cuenta de muchas realidades y de esa forma ver a la vida desde otro punto. Había notado que en realidad no me pasaban las peores cosas. Al contrario, eran muy leves y normales. Quise ayudarla, pero sin darme cuenta, fue ella la que me enseñó todo. Fue ella la que me encaminó y aclaró todo. Ella y su voluntad, su fuerza, su amor. Nunca terminé de agradecerle todo, y era difícil que algún día terminara de agradecerle. Me ayudó a ser una persona mas fuerte, a aclarar mis ideas. A amar. Pero en el verdadero sentido de lo que se llama amor. Ese amor que implica renunciar a todo, a dedicar tiempo, obras, ideas, cariño.

Pero lo que principalmente me había dado cuenta era que a Nashi la amaba de una forma diferente. De una forma extraña. La amaba pensando en ella como la que me había salvado parte de mi vida. La amaba como a la persona que me había enseñado una de las cosas, a mi juicio, mas importantes que hay que aprender: la fortaleza de la personalidad. Y que por nada, nunca jamás hay que perderla. Es verdad, yo la salvé cuando se estaba por quitar la vida, pero no fue esencialmente eso lo que la salvó, sino su misma fortaleza. Y lo que le dio eso, fueron unas simples palabras. Unas simples palabras que pueden cambiar al mundo, que pueden cambiar una personalidad, que pueden cambiar el humor, que pueden cambiar el color del día, el sabor de un beso, el brillo de una mirada, la dureza del corazón. Unas simples palabras, que llegan mas que el grito mas fuerte. Unas simples palabras que pueden salvar vidas. Unas simples palabras: Te amo. Y nada puede cambiar lo que eso significa. Por mas que se las deforme, por mas que se las utilice mal, por mas que muy pocas personas las usen correctamente, nada puede cambiar el lenguaje del corazón.

Nashi me había demostrado que ella tenía un destino, que realmente existía uno. Uno para cada uno. Y me había demostrado que mi destino no era amarla ni estar con ella. Me había demostrado que mi destino con ella ya había terminado. Y triste pero inevitablemente debía dejarla. Dejar que ella sigua con la misión que Dios le había encomendado, pero principalmente debía seguir con mi destino.

Muy mal me dí cuenta lo mucho que había tardado en saber cuales eran mis verdaderos sentimientos. Pero entendí por qué Dios había cruzado durante un tiempo el camino de Nashi y el mío. Nuestros caminos debían cruzarse. Eso nos sirvió mucho a los dos, nos sirvió para aclararnos la vida de cada uno, para darnos cuenta que era lo que debíamos hacer y cuál era nuestro destino. Conocerla hizo que me conociera a mi mismo. Hizo que entienda todo y descubra lo que era amar. Amar. Y yo amaba a alguien. Amaba tanto a esa persona que sentía que iba a explotar por dentro. Y pensé en Florencia. Me di cuenta, finalmente, que la amaba. Que tonto fui, pensé.

Nunca jamás volvería a cometer el mismo error. Después de la última vez que había hablado con Florencia, ella me había dicho que quería que terminemos porque sentía una perturbante sensación de que yo no la amaba. Y había pensado que tal vez era verdad. Pensé que lo nuestro de alguna manera no funcionaba y había decidido dejarla de nuevo.

Ahora me sentía estúpido. Uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde. Valoramos algo cuando ya no lo tenemos, y no nos damos cuenta de la importancia de lo que tenemos o de las personas que nos aman. Tal era el caso de Florencia. No la había valorado como ella se merecía. O como era correcto. Hasta que la perdí y me dí cuenta que ella era todo para mí. Que no había mujer más hermosa en el mundo. Que mi ser era solo para ella. Pero una vez mas, era demasiado tarde. Ya la había perdido.

Muy mal, pensé que tal vez, aunque ella me rechazara, debía hablar con ella. No creía para nada que me atendiera otra vez, porque lo había hecho tantas veces que ella creería que iba a ser todo igual otra vez. Pero, luego de pensar un rato, decidí llamarla.

El teléfono sonó un par de veces y finalmente ella atendió:

  • Hola? – Preguntó. Su voz sonaba tranquila y bella.
  • Hola, Flor. Habla Maxi.
  • Ah, hola. – Dijo ya mas desanimada.
  • Flor, sé que esto no está bien. Y sé que me vas a rechazar, pero tenía que intentarlo. Flor, quiero y necesito hablar con vos. Por favor, solo te pido que me des la oportunidad de hablarte.

Por un momento hubo un inquietante silencio en el teléfono. Parecían horas las que pasaban y mi corazón se aceleraba cada vez más.

  • Bueno – dijo finalmente -Está bien, pero hablamos un rato y después cada uno a su casa.
  • Gracias, muchas gracias.

No lo podía creer. Era una persona increíblemente buena y comprensiva. No podía creer que me había dado la oportunidad, cuando en su lugar yo habría dicho que no con seguridad. Quedamos en encontrarnos en una plaza esa misma tarde.

 

Capítulo VI

Llegué a la plaza media hora mas temprano. La ansiedad me comía por dentro. Sin embargo, luego de 40 minutos que parecieron 40 horas, la vi doblando la esquina y dirigiéndose a banco donde yo estaba sentado. Estaba increíblemente hermosa. Me saludó y se sentó a mi lado.

Hola.

  • Hola. Flor. ¿Cómo estás?
  • No muy bien.

Un silencio se apoderó del momento. Comencé yo.

  • Flor, solo quiero decirte....
  • ¿Qué?
  • ... – Me costaba empezar. – Yo...estoy muy arrepentido.
  • Maxi, eso ya me lo has dicho muchas veces y no sé que pensar.
  • Si, lo sé. Pero esta vez me dí cuenta de algo. Yo antes no tenía claro que era lo que sentía. No estaba seguro ni de mí mismo. Yo...yo no te supe valorar, Flor. Y tarde me doy cuenta de lo que sos y de que no te merezco. No merezco ni siquiera que estés hablando hoy acá conmigo. Antes estaba confundido, no sabía si realmente te amaba o si solo me gustaba...besarte. Pero no sentía el verdadero amor dentro de mí. Además estaba muy cansado por los problemas que solo me atacaban a mí. Pero gracias a alguien que conocí durante un tiempo, me di cuenta que soy muy afortunado. No solo porque te tenía a mi lado, sino también porque mi vida era muy hermosa y...y debía estar agradecido. Pero no te valoré. No te valoré hasta que te perdí. Ahora, aunque sé que ya no sirve de nada, sé que te amo con todo mi corazón y que daría lo que fuera para estar con vos. Pero también me di cuenta de una cosa más importante que lo que yo quiero: es lo que a vos te haga feliz. Sé que no te hice feliz y que sufriste por mi muchísimo. Que tu corazón fue destruido y reconstruido por mi muchas veces y...y que parecía que yo solo te usaba. Pero sé, y estoy sumamente seguro ahora,que te amo. Pero más que eso, deseo que seas feliz, con quien te haga feliz. Te amo. Y eso me lo enseñaste vos, pero nunca me dí cuenta. Perdoname por haber sido tan ciego. Perdoname por haberte hecho tan mal las veces que te dejé. Perdoname por ser como soy, me doy cuenta que sos mejor persona que yo. Por eso no te merezco. Sé que no me crees todo, pero solo te pido que me creas una cosa. Solo una: que te amo.

Me miró, con ojos brillantes, con el corazón blando, con cariño, con ternura, con amor. Me sonrió, agachó la cabeza por unos instantes y luego me dijo lo que nunca esperé que me dijera. Y supe que esa vez lo entendí. Me dijo: Maxi, Te amo. Suspiró profundamente, cerró sus ojos y me besó.

Dos días mas tarde, estábamos charlando muy tranquilamente. En un momento, le tomé las manos con mis manos, la miré y le pregunté: ¿Porqué me aceptaste, después de todo lo que yo te había hecho? Y me respondió: “Por dos cosas, mi amor. Primero y principal, porque te amo. Y segundo... – En ese momento agachó la cabeza, sonrió y dijo - ...Destino”

CUENTOS PRIMOS POR CONTAR

Una lágrima

...Y se tendió sobre aquel extraño árbol, de especie desconocida, a quien todos temían y respetaban. En su valentía, no ignoro el miedo que su sombra le infundía. Pero desenvainando la espada del sueño se recostó al viejo y cadavérico tronco, allí permaneció inmóvil, y no se volvió a mover...

Pero lo demás está por decirse. El miedo que soplaba aquella bochornosa sombra lo hizo despertar, sin poder moverse aún. Ni aunque quisiera hubiese podido alcanzar un poco de luz para regar su resquebrajado rostro. Poco a poco todos fueron perdiendo interés por la hazaña, y empezaron a alejarse y a continuar con sus vidas. Solo en aquel fruto surgido de la sombra, se apuñaló con hambre, con odio y con sed. Pequeñas líneas rojas de sangre comenzaron a brotar de su orgullo, y fueron regando el suelo seco de la humildad, haciendo crecer con debilidad (pero inexorablemente) la fortaleza, con desesperación, la esperanza. Su odio se derritió en miles de gotas que comenzaron a alimentar el corazón. Por allí, no moría, crecía a un ritmo vertiginoso, ensordecedor para el silencio, irresponsable para la perseverancia. Aún cubriendo el error con el velo de lo que quedaba de su orgullo, se retorció en una horrible sensación de cambio de alma, aún mas horrible que el paso de la vida a la muerte o en el nacimiento. Inseguro, el destino decidió ceder su lugar al presente y volviéndose como un torbellino de caprichosas letras, borró el pasado de su presencia. Renació en aquel un nuevo canto de terror, rajándose completamente (y al fin) su orgullo, derramando sangre sobre las raíces del madero, que alimentadas comenzaron a hacer crecer el tronco cada instante de tiempo, un poco más alto. Tan alto llego aquel tronco, que en un breve segundo, a causa de un soplido de verdad, se quebró. Y lo liberó al fin. Allí abajo observó como aquel madero presa de su orgullo intentaba, pese a la eterna caída, seguir creciendo. Cegado por el odio, regado por la desesperación, murió seco, con su tronco partido y su savia derramada formando lagos de incredulidad. Aquel miró todo con asombro. Y se humilló. Levantándose con un arremeto de alegría que sorpresivamente se escapo de su reformado corazón, salto de aquel lugar y vio que ahora era la sombra la que escapaba de el. Su hazaña nunca había sido la valentía ni el orgullo, sino su inesperado cambio. Al ver esto, el destino decidió cerrarse, y se entristeció al ver que su ausencia había ayudado a cambiar, no las hojas, sino el libro completo. El otro dio su primer paso, caminó y no miró a nadie a los ojos. Agachada su cabeza, seguía caminando…Y nunca se detuvo.

 

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