- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus

Agenda: destacados

Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009

Publicar en Liceus
Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

 Ir al artículo...

 

 


 

  Guías culturales

RELATOS

Por Mª de las Mercedes Sánchez Sánchez
 
CORRE, CORRE

En un país del Norte de Europa, llamado Eutalanda, los prohombres de la patria han elaborado una nueva ley, pionera en el Mundo. Se trata, según sus creadores, de una legislación que acabará con el dolor y el sufrimiento de millones de seres humanos.

La noticia satisface a unos, enoja a otros, y también hay personas a las que dicha ley les deja indiferentes. Pero a un grupo de viejos amigos, ya jubilados, les llega a incomodar.

Los incómodos veteranos tienen ocasión de hablar del tema. Algunos de ellos llegan a hacer chistes con el asunto: una ley así nunca se aplicará en un país tan civilizado como el nuestro, llega a asegurar tajantemente uno de ellos. Sin embargo, su mujer tiene sus dudas. Los maridos se muestran más bravucones, mientras ellas debaten entre sí, utilizando los más diversos argumentos.

Unos meses después, el tema está ya casí olvidado, hasta que leen en los periódicos cómo una monja católica ha dejado de sufrir gracias a un buen doctor, que no preguntándole por su opinión, la ha aliviado de sus sufrimientos mediante la nueva ley. Cuando los periodistas le dicen que por qué no había preguntado a la hermana su opinión, su respuesta no puede ser más fría y contundente: sus creencias religiosas no la hubieran dejado decidir con libertad. Naturalmente, el ángel de la muer…, mejor dicho, el ángel de la nueva ley, no fue detenido por la policía, ¡faltaría más! proclamaron los progres de Eutalanda.

En esos momentos, un escalofrío recorrió los cuerpos de nuestros veteranos amigos. Un miedo muy real se apoderaba de sus mentes y de sus corazones. Ahora se explicaban como durante los últimos meses, sus hijos se interesaban tanto por su salud, y cómo los médicos de los hospitales les preguntaban una y otra vez si deseaban ser ingresados a la menor dolencia que tenían.

A pesar de la avanzada edad de estos hombres y mujeres, no habían querido ir a residencias, ya que todavía se valían por sí mismos. Dado que a veces no podían hacer ciertas cosas, se ayudaban unos a otros, ya que vivían muy próximos en un barrio residencial de la capital de Eutalanda. Algunos ya no podían conducir, pero por fortuna otros sí, y además, éstos conservaban aún sus automóviles. Algo que sin duda beneficiaba al grupo cuando tenían que ir a alguna parte, o hacer algún recado. Pero ahora esa conservada facultad, tal vez, les podría salvar la vida.

Durante aquellos días de tribulación, el gobierno hizo una agresiva campaña a favor de la nueva ley, colocando garitas informativas por todas las calles de la nación, incluyendo naturalmente la de nuestros amigos. Además, en la televisión pública, proyectaban una y otra vez una película sobre el tema, protagonizada por un pescador, y que había sido rodada en el Sur de Europa, y que además, todo sea dicho, era un ladrillo, por muchos premios que le hubieran dado. Por desgracia, esta película ya estaba causando un efecto nefasto en el país donde se hizo: un médico había sido descubierto mientras practicaba una peculiar forma de caridad con sus pacientes.

El grupo de amigos respondieron de una manera sutil a semejante insinuación. Las tres parejas de pensionistas, compraron ropa deportiva, y todas las mañanas quedaban para ir a correr, haciendo pública ostentación de su pletórica salud, eso sí, procurando no lesionarse, ni siquiera resfriarse. La verdad es que no se estaban clasificando para ninguna Olimpiada o mundial de atletismo, pero al menos así demostraban que no eran como los viejos caballos que ya no sirven para nada, y a los que hay que quitarles su dolor de una manera radical.

Nuestros amigos contemplaban con estupor como la sociedad ya no se conformaba con tirar lejos las cosas molestas, la llamada asunción del retrete. Ahora había que eliminarlas del todo.

En Eutalanda, cientos de médicos deambulaban por las calles y regentaban los garitos publicitarios del gobierno. No tenían el menor empacho en ofrecer folletos de su macabra doctrina a todo aquel que tuviera más de 70 años, o incluso, a todo aquel que estuviera enfermo gravemente. Los disminuidos psíquicos eran sus favoritos, no tanto los físicos, porque estos últimos ponían muchas objeciones. Ambos grupos de población, mayores y enfermos, se sentían observados y acosados como hacía décadas no ocurría en Europa.

Un día, uno de estos maestros de la superchería institucional, visitó a un caballero viudo de edad avanzada que tenía una grave dolencia respiratoria, y que era vecino del grupo de amigos. El médico tuvo la genial idea de mostrarle una ampolla con el vene…, mejor dicho, el líquido liberador que usaban para acabar con el sufrimiento de la gente que ya molestaba a la sociedad. El viudo no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. En un momento de enfado, gritó desaforadamente a aquel profesional de la salud, increpándole, que eso mismo que le estaba ofreciendo, es lo que le hicieron a un tío abuelo suyo en Alemania antes de la guerra del 39. El delito de su tío abuelo es que era deficiente psíquico, siendo un estorbo para la sociedad. Aquel viudo se disponía a echar al engreído muchacho que allanaba su casa, con una doctrina que ni siquiera era nueva, cuando, de repente, sintió un súbito dolor en el pecho. Momentos después caía al suelo, ya casi sin vida. Lo peor fue que la visita ni siquiera trato de reanimarle. Las palabras de aquel anciano le habían incomodado mucho, y además, de esta forma el Estado se arroba un dinero.

Un domingo, al mediodía, mientras la panda de amigos se encontraba disfrutando de una barbacoa en el jardín de una de sus casas, un policía aparcó su motocicleta cerca de la valla que circundaba el perímetro del chalet adosado en el que estaban. El policía portaba tres sobres en una especie de mochila que llevaba en la espalda. Tras preguntar a nuestros amigos sus nombres, les dio las tres cartas a las tres parejas, reanudando a continuación su labor de reparto. Cuando el grupo de amigos leyeron en las misivas que estaban obligados a asistir a una charla informativa sobre la nueva ley, en el centro de salud respectivo, que incluía un chequeo médico, no les quedó ninguna duda de que su destino ya estaba escrito, y nunca mejor dicho.

Tras comprobar lo que estaba sucediendo en su país, y que nada podía protegerles de un casi seguro destino, el grupo de amigos huían apretados en un automóvil, a toda velocidad, rumbo a la frontera con Bélginasia, pero había un gran embotellamiento. No se explicaban cómo podía haber tantos automóviles en aquella autopista. Hasta que, mirando a los coches que les rodeaban, se dieron cuenta que todos eran pensionistas como ellos. Algo les había hecho huir instintivamente al país vecino.

Lo malo es que las autoridades habían cerrado la frontera. Con lo cual, el grupo de amigos salieron de la autopista, y con su coche se dedicaron a atravesar a la desesperada campos de cultivo llenos de tulipanes. Lo sintieron mucho por los agricultores, pero tenían miedo de ser capturados y ser enviados al centro de salud de su barrio. Lamentablemente un grupo de policías y médicos con bata les estaban pisando los talones, y justo cuando parecía que estaban a salvo, un grupo de soldados que estaban de maniobras les cortaron el paso no dejándoles avanzar. Cuando todo parecía perdido, y los doctores ya se encontraban con las jeringas en la mano, ambos, policías y médicos fueron desarmados de sus pistolas e inyecciones respectivamente, ya que esos soldados eran bélginasios y ese era territorio de Bélginasia. Las prisas de perseguidores y perseguidos hicieron que no se dieran cuenta. Mientras, los pensionistas fueron llevados a salvo a una ciudad cercana, de la mano del que había dado orden de protegerles, un veterano general, que como ellos, también se encontraba en la edad dorada.

 

Volver a Relatos breves ...

 

 



        
Universidad de Alcalá Confía learning confianza online