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RELATOS


Por Mercedes Torija


EL TERCER SECRETO

Aún no puedo creer lo que me está ocurriendo. Me gustaría pensar, como hicieron los demás, que mi superioridad me ha llevado a esta situación; sin embargo, ahora me doy cuenta de que ha sido mi propia estupidez la que ha hecho que me encuentre aquí, solo, esperando no sé bien qué, sin más compañía que una niña que aún no ha cumplido los once años. Cuando me mira, tengo la impresión de que sus ojos me acusan. No la culpo. Yo estoy aquí por voluntad propia, mientras que ella ha sido encerrada aquí con el único propósito de servir a los ególatras intereses de una especie en extinción. Al principio, me pareció una gran idea burlar al destino, pero ahora sólo desearía que ambos desapareciéramos. Pero existe un problema; mejor dicho, dos. El primero, no tengo forma de autodestruirme y el segundo, no soy un asesino y jamás podría hacerle daño a esta pobre criatura indefensa cuyo único pecado ha sido llegar al mundo en el peor momento posible.
Comenzaré por el principio.
Aquella mañana me levanté un poco más temprano que de costumbre, debido a que todos los medios de comunicación habían anunciado que aquel día, doce de agosto de dos mil ocho, el Papa desvelaría un secreto que la Humanidad ha deseado conocer desde que supo de su existencia. Si sólo se hubiera tratado de una cuestión religiosa, yo, debido a mi agnosticismo, no le hubiera prestado la menor atención, pero el Santo Padre hizo hincapié en que lo que iba a decir no era sólo importante para la cristiandad, sino para todos los hombres, independientemente de su religión o creencia. Por ello, con mi café y mis magdalenas, me dispuse a escuchar la revelación del gran secreto, aunque reconozco que me preocupaba más evitar que los pedazos húmedos de la magdalena a medio comer cayeran en el café, algo repugnante para mí, que lo que el Papa nos pudiese contar.
Por fin la televisión conectó con la ciudad de El Vaticano. El sucesor de Pedro aún no había aparecido, por lo que nos ofrecieron panorámicas variadas de la muche-dumbre concentrada en la Plaza de San Pedro. Poco después, el Papa salió al balcón, provocando una ovación entre el gentío concentrado en la plaza. Alzó los brazos pidiendo silencio, carraspeó y se acercó al micrófono.
- Hermanos todos - comenzó - Gracias por acudir a mi llamada. Lo primero que quiero hacer es desmentir que esto sea una maniobra de la Iglesia para recuperar fieles. En absoluto. Si os he reunido aquí es para daros a conocer algo de lo que sólo hemos sido informados los sucesores de Pedro: el tercer secreto de Fátima; es decir, la fecha del fin del mundo.
Sonreí con escepticismo. Habían pasado casi dos meses desde la última vez que se nos había anunciado el Apocalipsis y me sorprendió que la Iglesia participara también en aquel juego, pues solían ser los jefes de las diferentes sectas quienes anunciaban una y otra vez el fin del mundo. Por el revuelo y las risas que se oyeron, supe que no era yo el único que dudaba de la veracidad de aquella afirmación. La Iglesia ha jugado demasiadas veces con eso de “arrepentios hermanos, que el fin está próximo” como para que ahora hiciéramos caso sin rechistar. El Papa esperó pacientemente a que se hiciera de nuevo el silencio antes de continuar hablando.
- Si os lo desvelo hoy no es por capricho - continuó - sino porque la Virgen, cuando le transmitió su mensaje a Sor Lucía de Jesús, dejó instrucciones precisas de cuándo debía darse a conocer su mensaje. Según la Virgen, quien fuera la cabeza de la Iglesia católica en este momento, debería revelarlo exactamente tres meses antes de que se produjera el acontecimiento. Por lo tanto, os lo repetiré tal y como se lo han ido transmitiendo mis antecesores en el cargo unos a otros: el fin del mundo tendrá lugar el trece de noviembre de dos mil ocho.
El Papa tuvo que hacer frente a una nueva ola de escepticismo y burla. Pidió calma para poder continuar.
- Para finalizar, os diré que ese día la Tierra no estallará en mil pedazos ni comenzará la tercera guerra mundial ni un cometa chocará contra nuestro planeta. Según reza el Tercer Secreto, ese día la Humanidad, simplemente, desaparecerá. Como hombre que soy, no sé qué pensar. Como cabeza de la Iglesia os aconsejo que os preparéis espiritualmente para lo que pueda acontecer, y así poder estar tranquilos y en paz cuando llegue el momento. También rogaría a los dirigentes de las naciones que tomen este aviso en serio, y preparen todo lo necesario para hacer frente a lo que está por llegar. No os puedo contar lo que ocurrirá exactamente porque no lo sé. Lo que sí os pido es que actuéis con calma, sin decisiones precipitadas, ya que, como sabéis, cuando dejemos esta vida, nos espera el juicio de Dios.
Dicho esto, el Papa desapareció del balcón. No pude reprimir una sonrisa burlona. Aquello me recordaba a un padre avisando a sus hijos de que, si no se portaban bien, vendría el hombre del saco. Me comí la última magdalena, me limpié las migajas de la corbata y me puse en movimiento para llegar al trabajo.
Sin embargo, el anuncio hecho por el Papa iba a tener más repercusión de la que yo había imaginado. En el fondo, el ser humano continúa sintiendo un terror atávico a la muerte, al más allá, a lo que le espera después; no en vano, todas las religiones tienen un Bien y un Mal, un Cielo y un Infierno, cada una en su estilo. Cuando se nos anuncia la muerte como próxima, aparece en nosotros la necesidad imperiosa de hacer balance y el temor a pensar en qué platillo caeremos. Por todo ello, la noticia comenzó a sembrar el temor en los corazones de los hombres; no sólo el miedo a la muerte de cada uno, sino también a la extinción total de la raza humana. Por más que no queramos reconocerlo, somos bastante más antropocéntricos que nuestros antepasados. Nos molesta la idea de que nuestra especie, en la cúspide de la pirámide, desaparezca. Lo que me resultó realmente difícil de comprender fue la reacción de los seguidores de otras confesiones religiosas; yo había supuesto que no creerían una palabra de lo que dijera el Papa; más aún, que lo utilizarían para criticar la decadencia de la religión cristiana. Pero, sorprendentemente, los líderes de las otras religiones confirmaron tal fecha como correcta, aunque nunca indicaron qué les había llevado a conocerla con tanta exactitud. Todo aquello provocó que nuestra vida se viese profundamente alterada y que, perplejos e indecisos, nos preguntáramos qué hacer. Supongo que estábamos esperando lo que siempre se espera que aparezca en los trances difíciles: un líder. Alguien que se haga cargo de la situación y nos muestre como resolverla. Curiosamente, ese líder apareció aquí, en España, una mañana en la que se invitó a los oyentes de una emisora a participar en una tertulia en torno al Tercer Secreto. Llamaron cientos de ellos, dando cada uno su opinión, a cuál más peregrina. Cuando faltaban pocos minutos para finalizar el programa intervino un oyente madrile-ño, a quien el locutor avisó de que tenía poco tiempo para hablar.
- Lo sé - repuso el hombre - Pero creo que deberían escucharme, porque he encontrado la solución a nuestro problema.
- Todos los anteriores que nos han llamado también - replicó secamente el locutor, un poco harto ya de oyentes iluminados.
- Sí - admitió el hombre - Pero convendrá usted conmigo en que ninguno ha dado una solución realista. Lo que yo propongo es muy sencillo y, lo más importante, es factible.
- Adelante, pues - le invitó el locutor.
- En primer lugar, creo que debo presentarme. Mi nombre es Sergio Fernández y llamo desde Madrid.
- Cuando quiera, Sergio - le invitó el locutor.
- Lo que yo propongo es una solución muy sencilla, que consta de tres puntos: en primer lugar, creo que deberíamos aceptar que, efectivamente, dentro de tres meses ya no estaremos aquí, por lo que deberíamos cambiar nuestro modo de vida. Amigos: nos quedan tres meses escasos de existencia, así que, en lugar de continuar con nuestra rutina habitual, hagamos lo que siempre hemos deseado hacer, cualquier cosa que se nos ocurra, siempre y cuando no dañemos a los demás, claro está. No es momento de madrugar ni de meterse en interminables atascos. Disfrutemos del tiempo que nos queda; de ese modo, abandonaremos la vida felices, habiendo realizado nuestros deseos, y sentiremos que nuestro tiempo en la tierra habrá merecido la pena.
- Un buen consejo – alabó el locutor.
- El segundo punto de mi disertación va dirigido a las naciones poderosas - prosiguió Sergio - Deben pensar una cosa: el mundo, tal y como lo conocemos ahora, sólo subsistirá durante tres meses, como ya sabemos. Pasado ese momento no existirá la economía de mercado, la libre competencia, el capitalismo, el socialismo, la inflación ni el paro; por todo ello, pienso que es el momento idóneo de donar esa inmensa cantidad de excedentes que guardan las naciones desarrolladas y dárselo a los más des-favorecidos. Así, se conseguirá un doble efecto: por una parte, hacer justicia con esa pobre gente, y por otra, las conciencias se verán reconfortadas. Será una obra de ca-ridad que, por seguro, será tenida en cuenta en el momento de presentarse ante Dios Nuestro Señor. Y, aunque sólo sea por un tiempo, esa gente podrá tener algo de lo que no ha gozado jamás: comida, bebida y medicinas abundantes. Yo creo que es una medida que nos favorecería a todos. Y lo último que quería decir, y con esto ya termino, es que, aunque la mayoría no sobrevivamos, sí podríamos evitar la extinción del Hombre. Por lo que dijo el Papa, podemos suponer que todo lo demás, la natura-leza, lo que nos rodea, continuará cómo ha sido hasta ahora. Yo parto de la base de que esa profecía fue formulada hace mucho tiempo, cuando el hombre había logrado poco más que asomarse al infinito mundo de posibilidades que la ciencia y la técnica le proporcionarían más tarde. Afortunadamente, hoy en día ya no es así. Mi propuesta consiste en diseñar un recinto donde un hombre y una mujer, previamente selecciona-dos, estén seguros hasta que llegue el fatídico día. Una vez haya pasado éste, ambos volverán al mundo y serán los padres de una nueva Humanidad.
La noticia de la intervención de Sergio Fernández corrió como la pólvora, primero por toda España para después extenderse a todos los confines del mundo. Los científicos la recibieron con entusiasmo y los estadistas decidieron que era políticamente correcta. Se organizaron convenciones científicas y políticas a las que Sergio Fernández asistió como invitado principal.
Desde un cierto punto de vista puede resultar cómico, pero a mí me pareció decep-cionante que a alguien que lo único que hizo fue hablar utilizando el sentido común se le considerara una mente sumamente brillante. Supongo que se debió a que, por aquel entonces, los medios de comunicación habían logrado, casi por completo, hacer olvidar al ser humano que puede y debe pensar por sí mismo y formarse sus propias opiniones sobre los hechos que acontecen en sus vidas, en lugar de corear lo que vocean otros. Parecía que, finalmente, los dirigentes mundiales habían logrado hacer de los ciudadanos lo que siempre habían deseado: borregos incapaces de pensar.
Un mes después de que Sergio Fernández hablara en la radio, los habitantes de los países del Tercer Mundo se vieron inundados de alimentos, medicinas, ayuda econó-mica y humanitaria como nunca hubieran podido imaginarse. Ellos, creo que por suer-te, no tenían la menor idea de la proximidad del fin del mundo ni conocían a Sergio Fernández; simplemente, creyeron que, por fin, los países con recursos y los ciudada-nos con sentimientos se habían conmovido verdaderamente de su situación. Las tele-visiones de todo el mundo difundían las imágenes de sonrientes niños esqueléticos que, por primera vez, saciaban su hambre y su sed. A la mayoría hubo que proporcionarles alimentos especiales, debido a la fuerte desnutrición que sufrían. Por primera vez, también, parecían felices.
Los científicos, por su parte, se pusieron a trabajar con la mayor celeridad posible. Habían comenzado la construcción de una cámara subterránea, totalmente acorazada para proteger a sus ocupantes de cualquier acontecimiento que tuviera lugar en el exterior. Su funcionamiento era bastante simple: a las 00:10:00 horas del trece de noviembre de dos mil ocho, es decir, diez minutos después de que hubiera terminado el día del juicio final, se abriría una compuerta que permitiría a las personas protegidas en el interior acceder a la superficie por un túnel preparado al efecto. Era sencillo, fácil de diseñar y de llevar a la práctica, por lo que la solución fue aceptada inmediatamente y, poco tiempo después, comenzó a construirse.
Entonces se planteó el mayor problema de todos: ¿Quiénes estarían en la cámara? ¿Quiénes cumplirían los requisitos para ser los nuevos Adán y Eva? El asunto era algo espinoso. Se decidió, en una muestra más del machismo que imperaba en nuestra sociedad que, al ser su misión primordial repoblar la tierra, la mujer que estuviera allí debería ser lo más joven posible. Se optó por una niña; de ese modo, el hombre que fuera su pareja tendría tiempo, mientras ella crecía, para construir un lugar apto para vivir y criar a sus hijos. El varón debería ser joven y fuerte. Ambos, bien parecidos, sin enfermedades ni taras físicas ni genéticas, inteligentes y con capacidad para solucionar los problemas que se les fueran presentando; con la información sobre todos los ciudadanos que podrían ser candidatos, los científicos hicieron una primera selección, resultado de la cual fueron pre-seleccionados cinco hombres y cinco niñas.
Yo fui uno de los cinco hombres.
En un primer momento no me hizo ninguna gracia. Dijeran lo que dijeran, reconstruir el mundo era una tarea que no me seducía en absoluto, por lo que me negué en redondo. Luego, tras conocerse mi negativa, comencé a recibir miles y miles de cartas rogándome que aceptara, diciéndome que sería recordado como un gran héroe, y que tendría en mis manos la oportunidad de construir un mundo mejor. Poco a poco mi vanidad superó mi reticencia. Quizá todo aquello era una segunda oportunidad, un nuevo comienzo a partir del cual nacería una nueva raza humana que viviría en ar-monía con la Naturaleza, sin esquilmar los recursos naturales ni destruir el planeta que nos da cobijo. Esta idea fue seduciéndome y, al poco, acepté. Me llevaron al Centro Superior de Investigaciones Científicas, donde me hicieron las últimas pruebas. Después de contrastarlas con los otros cuatro candidatos, yo resulté, entre casi tres mil millones, el único varón que reunía todos los requisitos exigidos. Una vez elegido, me presentaron a Claudia, una encantadora niña de once años, que sería mi futura compañera. Sus padres estaban muy orgullosos del destino de su hija. No pude evitar preguntarme si realmente lo hacían por su hija o por ellos mismos.
Era el tres de noviembre cuando los científicos nos llevaron a la cámara. Me mostra-ron los compartimentos donde estaba la comida, el agua, todo lo necesario para el cuidado de Claudia, las herramientas… etc. Me aseguraron que no habían olvidado nada. Como no sabían si cuando yo saliera a la superficie habría o no electricidad, me proporcionaron un generador y una dínamo; así como máscaras de gas, pastillas po-tabilizadoras de agua… todo lo necesario para cualquier situación adversa que se presentara. Me mostraron cómo sabría que tenía el camino libre hacia la superficie. Confieso que en esos momentos me sentía un auténtico héroe, un hombre especial, con una misión casi divina. Aquello era fabuloso. Podía ver la envidia reflejada en todos los rostros, tanto en los de quiénes me conocían como en los que no.
Nuestra entrada en la cámara fue retransmitida por todos los medios de comunica-ción y calificada como el acontecimiento más importante desde la aparición del Hom-bre sobre la faz de la tierra. Me condecoraron con todo lo que se les ocurrió, y me entregaron un pequeño cofre que contenía las condecoraciones para imponer a Claudia cuando ésta fuera mayor. Descendimos a la cámara y la cerraron. Ya sólo cabía esperar a las 00:10:00 del trece de noviembre, fecha de comienzo de nuestra gran misión. Esperaba con impaciencia la llegada de aquel momento. Satisfecho, me tiré en la cama y observé, sonriente, a Claudia durmiendo plácidamente.
Hoy es catorce de noviembre de dos mil ocho. Miro el reloj y lo acerco a mi oído pa-ra comprobar que funciona correctamente, ya que marca las 03:00:00 y aún no he escuchado el chasquido que me indica que podemos salir. Varias veces he intentado yo mismo abrir la compuerta que da a la superficie, pero no lo he conseguido. Agotado, me siento en la cama y enciendo un cigarrillo. No tengo modo de saber si la Humanidad ha desaparecido o si, por el contrario, la vida en la Tierra no ha experi-mentado el menor cambio y, simplemente, se han olvidado de nosotros, ahora que no nos necesitan. Estoy angustiado. Periódicamente golpeo las paredes y grito con todas mis fuerzas, esperando oír algo que nos dé alguna esperanza de salir de aquí. Miro a Claudia. Me aterra la idea de que tenga que crecer en este cubículo, pero me asusta aún más el hecho de tenerle que explicar el motivo por el que está aquí. ¿Cómo se le explica a una niña que fue encerrada de por vida con el consentimiento entusiasmado de sus padres, sólo por que formaba parte de un plan concebido, sin preguntarle a ella si quería formar parte de él o no? Cuando la miro, mis ojos se llenan de lágrimas. Mis manos, ensangrentadas de tanto golpear, a duras penas pueden ya cuidarla. Me pre-gunto que será de nosotros. Temo que pronto perderé la razón. La idea de estar ente-rrado vivo me está volviendo loco.
Aún no puedo creer lo que me está ocurriendo. Me gustaría pensar, como hicieron los demás, que mi superioridad me ha llevado a esta situación; sin embargo, ahora me doy cuenta de que ha sido mi propia estupidez la que me ha traído hasta aquí. Soy el único hombre sobre la faz de la tierra que conoce su destino. He descubierto, demasiado tarde, que ésta es la mayor tortura que puede sufrir un ser humano.
FIN

 

 

 

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