LA FANTASÍA O LA MAÑANA DEL AMOR
|
INTRODUCCIÓN
Este hombre no podría poseer a una mujer aunque dispusiera de una ocasión única para hacerlo. No quería tampoco distanciarse de ella al modo apasionado para arder de ansias; eso ya lo había probado y no quería repetirlo nunca. Quería más que nada reconocerse uno más entre las vidas de los otros, no para olvidarse de sí mismo, sino para merecer la simple y misteriosa experiencia natural de un ser humano más en el mundo.
Ser uno más, como aquel hombre que acude a tirar la basura al contenedor de la esquina, tan afortunado de ocupar un espacio separado con respecto al cielo, que, gracias a este hombre y a su contorno delimitado en el aire, es cielo.
Ser uno más hendido en la carnosa opulencia de un cuerpo callado al calor de una habitación dorada a ninguna hora del día o de la noche. Ser uno más para no hacer nada, más que vivir, como la ropa tendida, a puro estallido de la luz radiante de cada sol celeste que se oculta allá en cada horizonte, en cada lejanía.
Ni digno ni indigno del amor, para poder decir “siempre seré digno del amor”. Para ser así un mentiroso que se oculta tras la mesa, niño otra vez, frente a unos padres inmortales, bajo la nube ascendente y vaporosa de un plato de sopa con aroma a hierbabuena.
Lanzando piedras; el océano, transparente, engullendo cada una; por debajo de las ondas del momento, formándole a este hombre la vida, otra más, tan formidable, que ni vale la pena detenerse a vivirla.
***
No será razonable decirlo, pero a cuantos creen que no sirven para nada, es preciso advertirles que con ayuda de la fantasía es posible demostrar que el mundo es un cuadro cuajado de alondras en vuelo; en dicho cuadro, la fantasía muestra ahora su poder real, su propia realidad: son las manos de esas personas derrotadas las que mantienen en vuelo a cada alondra. A este cuadro tan revelador podemos llamarlo “La mañana”, sin que sea necesario explicar todo su innegable poder simbólico.
Y es que estamos en la “mañana” del mundo; acabamos de abandonar la sombra en que, apartados de la embriaguez solar que prende la ilusión de los desafíos humanos, conservábamos nuestras tablas de resultados infalibles hasta que se ha demostrado que la perfección, a la larga, es un error necesario que forma – en el caso de las demostraciones científicas - una pequeña parte del misterio inabarcable que es la existencia.
Y en esta “mañana”, aspiramos a recibir la inspiración de otras vías de conocimiento, sorprendidos de que poco a poco nos vamos acercando a la posibilidad de hacer propuestas que hasta hoy pertenecías al mundo de la fantasía. Vamos a adentrarnos en ellas y vamos a hacer lo que hemos venido haciendo desde siempre: diseccionar, analizar y realizar nuevos experimentos con los elementos de la fantasía
En el caso de la pasión amorosa, ahora que la industria científica osa mostrar un fármaco capaz de provocar y mantener el sentimiento amoroso en las personas, me adhiero sin condiciones a la actitud cautelosa de este hombre que, como decía al principio de este escrito, no podría poseer a una mujer aunque dispusiera de una ocasión única para hacerlo.
Porque no puede haber una mañana para el mundo si antes no hubo una mañana para el amor. Y el amor no está formado aún en la mañana. Acaba de salir de la vejez, de la razón, para entrar en la infancia, en la fantasía; y como este es un fenómeno universal, (es decir, perceptible por todos), la fantasía, siendo asunto del universo, lo es de Dios más que nada para los creyentes. Y un fenómeno universal como es la fantasía y su testigo el amor, no puede suponer ocasión para justificar otra cosa que no sea considerar de forma responsable este momento que se nos presenta, antes que una oportunidad para reforzar en provecho personal procedimientos antiguos ya demostrados por la razón.
¿Cuál será esa forma de vivir?. ¿Cuál será esa forma de amar?. Dejemos que sea la fantasía quien nos guíe.
El PUNTO DE PARTIDA: LA MUJER COMO INSPIRADORA DEL AMOR APASIONADO EN EL HOMBRE
|
Un acontecimiento de la importancia señalada con el ejemplo de un tiempo nuevo entendido como una mañana universal para todos, es preciso mantenerlo con voluntad desde el principio sin que sea necesario dejar claro que nada en esta vida es gratuito, a no ser que se considere que el hecho de venir al mundo es ya de por sí el mayor de los regalos.
En verdad, lo es. Pero hay que mantenerlo y eso es lo que cuesta. Topamos así sin remedio con el misterio de esa especie de guardián de la supervivencia que es la conciencia, la conciencia de cada uno, que es como decir su modo de sobrevivir, un mecanismo de insondable complejidad que escapa incluso a nuestro control voluntario, una fuerza directa de la misma naturaleza, de la que, a pesar de los modos de vida distantes en apariencia con respecto a ella, nunca nos apartamos.
Pero ya hemos hablado en otras ocasiones de la conciencia, de su aparición, de su apasionante sentido filosófico, y es indudable que seguiremos hablando de ella a lo largo de nuestras próximas reflexiones.
Pero ahora volvamos a esta mañana universal de los tiempos, cuyo origen, cediendo en apariencia a un impulso lírico deliberado, hemos localizado en el amor, en ese poderoso instinto primitivo cuyas manifestaciones están presentes – yo diría que siempre - en el acontecer cotidiano y trascendental de nuestra existencia. El amor que merece un estudio más detallado, no sólo desde los métodos tradicionales de demostración, sino también desde nuestro propio esfuerzo personal, con la intención de encontrar nuevas interpretaciones a su misterioso sentido y de hacerlo reaparecer empapado de estímulo, sorpresa y esperanza, al borde de estos tiempos que enseñorean su tácita decepción fingiendo que no existe nada más en la vida que lo que ellos han vivido y que nada contrario a eso queda por vivir.
Vamos a criticarlos a ellos, vamos a hacerles ver que tiene escaso mérito señalar que es imposible darle la espalda al amor, y menos aún negar que no sea absurdo dar por sentado que el amor no va a evolucionar, como si fuera posible no hacerlo dependiendo, como depende, de la vida. Y sin querer ser más apasionado de la cuenta, conviene asegurar que nuestro empeño es demostrar a nuestro modo que el amor depende del cielo, así como procede de allí, del cielo, nuestro linaje. Pero de eso ya se verá más adelante.
Por ahora, aunque sea del todo necesario proceder en trabajos de la naturaleza del que inicio con el mayor rigor pedagógico, partiendo desde el despiece pormenorizado de los conceptos tradicionales filosóficos, (tales como el anterior que citábamos, conciencia u otros como sentimiento, emoción, espíritu, reflexión, razón, percepción, etc), nosotros, que otras veces hemos tratado de respetar esta regla, vamos a saltárnosla, no porque queramos ser rebeldes a la tradición, sino porque, dada la indiferencia absoluta que produjo nuestro trabajo anterior ante probadas autoridades consultadas, estamos convencidos de que su improbable repercusión pública será de nuevo nula.
Iniciaremos, pues, nuestro trabajo desde el objeto o sujeto que lo motiva, sin perder más tiempo en demostrar si somos o no capaces de presentar dicho trabajo con mayor rigor que el que obtengamos con nuestro personal empeño. Como punto de partida tomaremos como modelo la célebre introducción que hizo el maestro del 98 en su no menos admirado volumen de ensayos cuando señaló que el hombre concreto, el de carne y hueso es el objeto y sujeto supremo de toda filosofía. Pero además, lejos de querer suscitar interpretaciones erróneas ajenas a la incondicional admiración que por este maestro profesamos, y aclarando ante todo que no pretendemos hacer chiste de un asunto tan serio como el que vamos a tratar, vamos a presentar a la mujer, y más concretamente al deseo apasionado que la mujer enciende en el hombre, como sujeto principal de las páginas que siguen.
Por último y más que nada es urgente aclarar que de ningún modo perseguimos con este trabajo demostrar o dar por sentado que la mujer para el hombre sea ante todo el deseo apasionado que, de forma voluntaria o involuntaria, bien a través de la riqueza de su personalidad o de su mera contemplación, le suscita. Es inútil negar que, a pesar de nuestra mejor intención por mostrar un aspecto concreto de la vastísima e inabarcable naturaleza de la mujer, identificado en la admiración apasionada que produce la mera contemplación de su persona física y en el fecundo florecimiento posterior que supone un tipo de relación espiritual mantenida en la imaginación del sujeto apasionado, entre la imagen sublime de la mujer y los poderosos sentimientos de amor apasionado del hombre; es inútil negar, decíamos, que caemos en un reduccionismo de la mujer, que para muchos, - en especial mujeres – parecerá brutal e injusto.
Así y todo, debemos seguir adelante, fieles a la convicción profunda de que el análisis de nuestra pasión amorosa como hombres, cuando lo inspira la contemplación de la mujer, es una deuda impagable que nunca podremos saldar con ella; que sin ella, no podríamos, en efecto, proseguir este trabajo cuya finalidad persigue proporcionar a este deseo apasionado en el hombre algo más que deseo y algo más que un cuerpo para su total satisfacción. Es decir, hallar la manera de dar forma al deseo, a nuestro deseo de hombre que depende de la imagen de la mujer. Hacer que imagen, mujer, contemplación, deseo y pasión amorosa, sean una misma carne en un mismo deseo; interpretando el goce apasionado de la ausencia de la mujer amada, - esencia indiscutible de la poesía lírica -, como una propuesta que nos hace la vida para descubrir nuevas formas de vivir y, por tanto, de amar.
Es el célebre “ni contigo ni sin ti”, pero aplicado a la pasión amorosa en su forma sublime, es decir mantenido; y es también la búsqueda de propuestas prácticas destinadas a la mujer de hoy para dar la bienvenida a una especie de humanismo de la sensualidad que destape la inocencia de lo que podrían ser una serie de pautas urbanas para el instinto sexual entre ambos sexos en el futuro, sin caer en la irreverencia, la inmoralidad y en todas las faltas morales, e incluso religiosas, que le sean afines.
EN BUSCA DE UNA MORAL ORGÁNICA DEL DESEO SEXUAL SIMPLE EN EL VARÓN. EN BUSCA DE UN HUMANISMO DEL DESEO SEXUAL
|
Algunos hemos experimentado alguna vez en nuestra vida el fenómeno de la pasión amorosa en lo que en otras ocasiones hemos denominado su manifestación sublime.
No vamos a exponer aquí cómo surge, ni qué tiempo tarda en desarrollarse hasta adquirir su plenitud espiritual, porque no es necesario explicar que lo primero responde en gran parte a la ocasión o la suerte y lo segundo debe de estar muy determinado por los diferentes tipos de personalidades de cada individuo. Uno y otro aspecto deben ser tratados con atención para obtener datos objetivos al respecto, incluso la relación que guardan con otro aspecto tan relevante como es averiguar si hay algún momento concreto en nuestra vida en el que sea más probable enamorarse, y si influye ese tiempo, por ejemplo, con la sensibilidad o el grado de inteligencia de cada persona.
No es nuestro objeto dedicarnos a esta tarea de momento. Es importante aclarar cuanto antes que estamos del todo convencidos de serán pocos los hombres – por no decir ninguno – que carezcan de una idea o experiencia aproximada al fenómeno descrito de la pasión amorosa. Muy pocos, por lo tanto, que no tengan una interpretación personal acerca de sus propias experiencias en relación a esta afección orgánica del padecimiento amoroso. Por tal motivo, vamos a ser más concretos y concisos en la aproximación al asunto que vamos a tratar a continuación.
Sin perder más tiempo, partamos de los siguientes postulados:
- El objetivo principal de la naturaleza dotando al ser humano de instinto sexual es la conservación de la especie humana por medio de la reproducción.
- La manifestación física inmediata del instinto sexual en el hombre se llama deseo sexual.
- No puede darse un hombre sin deseo sexual, a no ser que carezca de aparato reproductor o de uno que no realiza bien sus funciones orgánicas naturales.
Dichos postulados nos va a permitir efectuar las siguientes preguntas:
- Si parece estar claro que la naturaleza ha dotado al hombre de unos órganos reproductores responsables del deseo sexual, con la finalidad de que la especie humana no desaparezca, ¿por qué hay hombres que prefieren diferir la copulación para dosificar el placer sexual? O mejor dicho ¿podría darse el caso de que no existieran tales hombres que prefirieran diferir la cópula? Si esto no fuera posible ¿podríamos afirmar que es la naturaleza, - más que nuestra voluntad consciente -, a través del instinto la que, por medio de nuestros organismos – aparato reproductor – prefiere diferir la cópula retrasando su objetivo principal de conservar la especie?
- En el caso de los adolescentes varones enamorados ¿a qué se debe el aborrecimiento de la masturbación mientras duran los efectos de la idealización de la muchacha a la que desean?
- En el caso de la pasión amorosa profunda, esto es, más idealizada o sublime, la tradición literaria recoge la totalidad de las representaciones del fenómeno de la pasión a través del lenguaje como vehículo de expresión. Es en la lírica amorosa donde, como testimonio único de las experiencias humanas con la pasión, aparecen las primeras manifestaciones de este fenómeno como algo más que un padecimiento. Como una forma de vida encaminada a la iluminación del espíritu y a la sabiduría. Por tanto, si es la naturaleza quien, por medio del instinto sexual, con la finalidad de conservar la especia humana, es responsable de emplear el lenguaje escrito para manifestar un tipo de pasión cuyo fin no es meramente procrear sino que, sin buscarlo, ilumina el espíritu y aporta sabiduría al intelecto, ¿qué actitud tomaremos nosotros, en conciencia, con respecto al deseo sexual simple – digamos que doméstico – que es vientre materno de donde sale al mundo la pasión amorosa elaborada o sublime?
- Por ultimo, sin pretender justificar cualquier actitud humana remitiéndola a su origen natural, ¿no es cierto, sin embargo, que en el caso que nos ocupa, en el deseo sexual simple, no está de más tratar de interpretar mejor el objetivo de nuestra naturaleza?
¿Por qué obran sobre ellos con tal rigor la religión y la moral y carece de lo que podríamos denominar su propia “moral orgánica”? ¿Por qué no reconocer que podría existir un humanismo del deseo sexual simple en la vida doméstica de a diario donde se encuentra replegado e inhibido?
LA FANTASÍA O LA MAÑANA DEL AMOR
|
Este trabajo no pretende realizar crítica alguna acerca de las representaciones de la pasión amorosa en la cultura. Estamos seguros de que no es posible aportar mayor riqueza al fenómeno de la pasión que la que recoge y aporta el pueblo o la sociedad a través de sus variadas manifestaciones en este sentido. Perseguimos tan sólo actuar de forma satisfactoria al estímulo del deseo sexual simple, partiendo de la experiencia personal de un varón occidental.
Las siguientes páginas, pues, abordarán esta tarea, en la confianza de conseguir al menos aprender de qué forma podemos materializar el deseo sexual a través del arte. Nos proponemos volcar nuestra admiración por la mujer de la manera más satisfactoria a nuestro deseo obteniendo resultados distintos a los habituales.
Es decir: que si el deseo sexual simple en el varón no halla la satisfacción que demanda debido a la influencia necesaria de condicionantes morales, éticos y religiosos que sostienen a la sociedad, no por ello se considerará indigno al deseo por desear – valga la redundancia - de forma simple; y esto a pesar de la citada influencia de los mencionados condicionantes.
Lo propio del deseo es desear y lo propio de la moral es moderar, de algún modo, la indiscriminada e infinita naturaleza del deseo; no erradicarlo, sino dirigirlo mejor. Y cuando esto último no se consiga, hay que seguir reinterpretando la voluntad de la naturaleza cuando dicha moderación de la moral no satisfaga o no dé respuesta satisfactoria a la demanda de un deseo sexual simple o elaborado que, por no obtener satisfacción adecuada, persiste en su demanda.
La pasión amorosa sublime es una vocación vital que hay que aprender interpretar como una propuesta de algo – una satisfacción – que aún está por encontrar. Lo mismo le ocurre al deseo sexual simple de donde aquélla procede: que se mantiene en demanda por algo más que no sea multiplicar las posibilidades de garantizar la reproducción de la especie, o por mera delectación; lo que no quiere decir que esta última finalidad no sea, como es, muy conveniente para la especie, claro está.
Dado que las manifestaciones del deseo sexual simple en el varón pueden ser numerosas y variadas, y topan, en consecuencia, con los límites morales citados que mantienen a la sociedad, el arte es el modo de satisfacción, - por decirlo de algún modo -, más afín a la naturaleza del deseo. Pintando o esculpiendo la imagen de la mujer deseada, nos acercamos lo máximo a su carne. La pornografía, en su caso, lo hace con respecto al deseo sexual simple. Pero desear así es un acto vulgar que dispone de un mercado ilimitado para comprar una satisfacción incomparable a la nobleza soñadora del deseo. Se amplían los límites de la moral y se restringen, así, los del deseo. Se cambian – valga la comparación – las casas de madera por la selva misma de donde procede la madera.
Se nos ocurre que el deseo sexual tiene mucho de lo que nuestro maestro definió como sentimiento de divinidad. En efecto, acerca de la mujer, (la admiración de cuya imagen la suscita un sentimiento cuyo origen está en el instinto sexual antes que en la conciencia, - sin que sea posible, claro está, objetivar dicho sentimiento sin dicha conciencia -), se da también una personalización del mundo.
Lo que en la mujer buscamos, la trasciende a ella misma; así que iniciamos con la mujer un trabajo portentoso: buscar lo que buscamos en ella - ya que no lo hallamos todo – en el universo todo. Vamos a universalizar el universo con los sentimientos suscitados, ya desde el deseo sexual simple, por la mujer. A esto llamamos pan-erotismo: a buscar y a encontrar lo que nos subyuga, apasiona y enciende de la mujer, en todo momento y en todo lugar, con independencia del fenómeno concreto de la pasión amorosa que es – cómo diríamos – un mono-erotismo.
Vamos, pues, de la mujer concreta que persigue la pasión amorosa sublime, a la mujer universal que encuentra sin esfuerzo el deseo sexual simple. Vamos del mono-erotismo al pan-erotismo. Vamos del deseo sublime personalizado al deseo natural personalizador.
Digamos que además de poder vivir apasionados, la naturaleza nos ofrece la alternativa de poder vivir apasionándonos. Lo queramos o no esto es ley natural.
Ya el maestro explicó cuán importante es aprender mejor que conocer; como si pensara que la pasión persigue el conocimiento, que es pasivo, y con ello abocaba en muerte, en olvido. Pero a nosotros nos toca pensar que la pasión es activa, esto es, contradictoria consigo misma; es decir, que lo que busca a través del ego es la libertad. De ahí su desesperación esencial, su especie de temor morboso que confunde libertad con temor a dejar de desear. De ahí su innegable aroma de alocada y mágica irresponsabilidad adolescente que se convierte en adusta y sensata responsabilidad madura. De ahí la perdida de “entusiasmo” del comienzo que lleva aparejada, y el final – usando el término del maestro - descreimiento de la vida.
Vamos, pues, a alegrarnos en el deseo sexual simple a través de la palabra escrita, persiguiendo materializar a través de la palabra la carne que se desea, porque es la carne la que da consistencia al cuerpo, a la forma del cuerpo, a la imagen de la forma del cuerpo, a la universalización de la imagen de la forma del cuerpo. Cantemos, pues, a la carne de la mujer, que es la mujer; carne trascendente que perdura en nuestro deseo; carne de que está revestida su inteligencia, su belleza, su elegancia, su fe… e incluso su ausencia. Cantemos a la mujer desde el momento en que se presente la alegría de su recuerdo o el estímulo de su contemplación, y comprobemos que la felicidad que proporciona reside en todo lo que nos rodea, estemos donde estemos y hagamos lo que hagamos.
LA BROMA DE BRONCO MUÑOZ A SUERO TODO
|
Fueron a tomar café Suero Todo y su jefe, Paco Pérez. Iba, como siempre, Suero Todo, níquel: levita beige, camisa verde pálido, corbata naranja y pantalón, marrón arcilla. Su jefe, Paco Pérez, destacaba, sin embargo, por una general e insípida uniformidad borrosa. Era un hombre serio que debía de calzar unos calzones blancos sobre un cuerpo vigoroso, pesado y sensatamente desatendido.
Pidió lo de siempre Suero Todo en el bar, tras echarle una ojeada con mueca “toreril” a su impecable fachada en el espejo. No entendía Fali, el camarero, lo que quería pedir Paco Pérez, así que tuvo que intervenir Suero para aclararle que lo que decía Pérez que quería tomar era una infusión de manzanilla. Esta intervención, por supuesto, estaba propiciada de antemano por Paco Pérez, nuevo rico, que hacía años se afanaba en parecer interesante hablando bajo o fingiendo que estaba distraído atendiendo asuntos en su mente de complejísima importancia.
Había un ambiente agradable en el bar: personas en la barra y las mesas del local, ocupadas. Sonaba la máquina de café con simpática familiaridad sobre las voces de la gente que registraban una expresión general campechana y distendida.
Entró allí entonces un cliente de Paco Pérez, y por ende de Suero, llamado Bronco Muñoz. Era, además Bronco, mejor cliente que muchos, no por sus modales, como se verá, pero sí por las suculentas ganancias que con sus compras proporcionaba a la empresa.
Iba Bronco con un pariente suyo apodado “el espabilao” y hasta por dos hombres más, tan fuertes como él, y tanto mal encarados.
Lo primero que hizo Bronco fue darle, a modo de saludo, unas palmaditas en la espalda a Suero.
- ¿Cómo te va, Suero?
Suero, experto en desenvolverse en lo social, le estrechó la mano a Bronco, acompañada de elegante reverencia con el cuerpo. Paco Pérez aguardaba vacilante el último momento para saludar con admirable solemnidad a Bronco.
- Hay que ver, Suero, que vas siempre de punta en blanco… – dijo Bronco
- Suero es la imagen pública de nuestra casa… agregó Paco Pérez, satisfecho de producir y mantener un respeto aparente en Bronco y sus muchachos.
Estuvo Bronco unos segundos mirando a un punto en el infinito, como en trance.
- Hay que renovarse, Suero. – dijo de repente, mostrando una sonrisa burlona.
- Eso dicen, hijo, eso dicen – contestó Suero sin mirar a Bronco, como si supiera que, si lo hacía, se iba a meter en un lío.
- De nada te servirán los paternalismos, Suero. – replicó Bronco, con inusitada seriedad, y añadió. – ¡Espabilao, quítate el suéter!.
- ¿El suéter, Bronco…?- dijo el Espabilao, sorprendido.
- ¡Que te lo quites, hostias!
- Está bien, Bronco. Lo que tú digas, Bronco.
Los hombres de Bronco formaron un corro en torno a Suero y Paco Pérez. La gente en el bar, enmudeció. Sin embargo, nadie se atrevía a decir ni mú; ni siquiera Fali, el camarero, que estaba pegado a la máquina de café, como petrificado.
- Dime cuánto es, Fali – dijo Suero, actuando como si no se diera cuenta de lo que ocurría.
Fali no se atrevía a abrir la boca, pero la aparente seguridad de Suero le hizo pensar que tal vez se trataba de una broma que le estaba gastando Bronco a él y a Paco Pérez, algo por otra parte nada irregular en los bares.
- ¿Lo cobro todo, Suero?
- Sí. Y un vasito de agua, por favor – dijo Suero, que ahora sí, se volvió a mirar a Bronco con una sonrisa dulce que trataba de mostrar algo de superioridad.
El Espabilao se había quitado el suéter blanco con rayas verdes, a lo Popeye, y se lo acercó a Bronco, que sin cogerlo, le dijo a Suero.
- ¡Póntelo, Suero!
Suero se echó a reír, pero con una evidente tensión nerviosa en el rostro. Paco Pérez, por su parte, optó por mantenerse una vez más en su papel de hombre sabio equilibrado:
- ¡Pero, ¡qué ocurrencia, señor Muñoz! ¡Ande! ¡Ande!... Vístase usted que me va a coger frío.
- Tampoco es pedir mucho, señor Pérez – contestó Bronco -. Es una bromilla de nada, hombre… Todo no va a ser trabajar. Hoy, por cierto, vamos a hacer un pedidito de sesenta mil euros; ahora que, si no hay humor…
Decir esto y desaparecer el fingido humanista millonario de Paco Pérez fue todo en uno, ya que por sacar un pedido, por menos dinero incluso del citado, se hubiera puesto en calzoncillos blancos para ir desde el bar hasta la oficina.
- Pero si eso es una chiquillada, hombre… - le dijo Paco Pérez a Suero dándole un codazo de complicidad - ¡Anda, Suero, hazlo!
- Pero, don Francisco…
- ¡Venga, coño! – dijo Paco Pérez en tono militar.- Y mirando alrededor, lanzaba guiños de burlona complicidad a los curiosos, que ya empezaban también a participar de la diversión.
¡Había que ver al pobre Suero, siempre tan pinturero y maqueado como un pincel, con la camiseta a rayas del gamberro...! Le estaba ceñida como a Kirk Douglas cuando hizo de marinero rebelde con el Capitán Nemo en el Nautilus. Estaba rojo el hombre, despojado de su camisa, corbata y chaqueta; parecía un pobretón arrecido con cara de asco por el olor sudor rancio que despedía la raída camiseta del Espabilao.
Pero aún quiso Bronco proseguir la broma. Ordenó a sus gorilas que llevaran a Suero a un descampado que allí cerca había, justo debajo de un puente. A Paco Pérez le dio un cheque con los sesenta mil y entre risas le animó a que se adelantara a la empresa, que tras la broma que pensaba gastarle a Suero, (que por cierto, según le aseguró a Paco Pérez, sería del todo inocua), allí se reunirían en seguida.
Paco Pérez se marchó, pues, con esa tranquilidad de conciencia que deja el dinero en la mayoría de las personas. Mientras, había que ver a Suero, con su camiseta de marinero ceñida, pasando por delante de los conocidos, tratando de dar una explicación desenfadada de lo que le estaba ocurriendo.
Llegó entonces al bar un individuo de porte distinguido, bien entrado en años, preguntando por Suero. Cuando Fali, el camarero, le contó al hombre distinguido la broma que le estaban haciendo a Suero, el hombre de porte distinguido se quedó mirando la escena a través del cristal del escaparate. No salía de su asombro y permanecía mirando con una expresión de progresiva lejanía, como si no quisiese ver lo que estaba viendo. Luego, sacó un teléfono móvil de su elegante abrigo azul y comenzó a hablar con su mujer:
- ¿Oye?... Sí, mira… pues nada, que he venido a ver a este tío y resulta que unos impresentables se lo han llevado a un descampado por la fuerza…Sí, sí… Además, Suero lleva una camiseta apretada que le da una aspecto de indeseable, a él, que es tan presumido y pulcro… ¡Oye, no… y es que al parecer, según me cuenta el camarero, Suero va de buena gana así, porque cree que le están gastando una broma. ¡Mira…no me extrañaría que le pegaran un tiro ahora…! Pero espérate, que ahora llega una “tipa” y… ¡se está quitando la ropa… y están obligando a Suero Todo a revolcarse con ella por el suelo…! ¡Mira, me voy mejor para casa…!
Y el tipo distinguido subió a su cochazo y sin volver la vista atrás se marchó de allí.
Este viento roto que se desgarra en las esquinas y hace nido en mi garganta, lo siento en mi cuerpo y en mi alma como una plaga bíblica. En mi garganta, digo, hace un nido de anginas y reúne una marea de oscuros presagios en mi mente. El sol, sin nubes, quisiera, Señor, que fuera pan caliente de tu cuerpo para aliviar este dolor agudo que despierta al unísono mi fiebre. Déjame, al menos, vagar al socaire de estos árboles tupidos, a ver si al paso me infundiera el cansancio un sueño reparador en mi camino.
Esto de llevar domesticado hasta el espanto, impide que al cruzarte conmigo tú me veas. A cada lado, nos esperan siniestros edificios con sus fauces abiertas, donde el sentido común acariciará tu cuerpo, como nadie, con sus expertas manos de consumo. Adiós.
Tampoco huyo a las iglesias: allí, hasta el cura, quiere ser “el Señor de los anillos”. También he resuelto hablar de algo con alguien, porque está mal empleado hoy aquel tesoro oriental de la elocuencia del silencio. Está, Señor, el boletín de suscripciones a las prácticas espirituales, agotado.
“¡Qué inventen ellos!” – vociferó el maestro. Pero no están los valores agotados, sino mal interpretados, como su distendido boletín de compromisos aparentes.
Pero a ti, mujer, te llevo a pasear bajo la luz se Sirio. Hacia el sur, sobrevolaremos los desiertos africanos, esta noche. Sólo tienes un deber conmigo: la aventura. Pero no compartiré contigo sino las ramas de un mismo árbol. Así daremos de comer a la tierra, a los macacos, a los aborígenes.., ¡incluso, nos pisotearán los furiosos elefantes!… Pero siempre juntos. Rodando por las dunas impecables oiremos los relatos fantásticos de atezados beduinos. Con un soplo familiar despertaremos al chacal, y, desde lo más alto del cielo despejado, nos tiraremos en picado con el valiente tagarote.
Un día, sin embargo, me apartaré de ti, para hacer lo que hacen los vientos bíblicos: incordiar la garganta de un muchacho para sembrarle un canto quejumbroso. No será patético, sin embargo. Pondré víboras sedientas en su laringe año tras año desde Levante. Removeré su pensamiento con brumosas letanías del Libro de Job. Pero sobre todo, le azotaré con un viento polvoriento levantado en los suburbios, entre basuras y ahogados llantos de injusticia, para que entienda que no hay más designio para él que la vulgaridad. Haga lo que haga, para él – para todo hombre – no hay mayor pavor que esa mordaza maloliente de crecientes barriadas donde se ahoga el espíritu creativo. Barriadas de ricos formadas por chalés de lujo, barriadas de pobre repletas de viviendas hormiguero, lo mismo da, si reina la vulgaridad, ese bostezo concluyente que hace de la muerte personal un derecho y un arma para luchar.
HISTORIA DE NAVETE Y ZORTON (pdf)
|
Descargar pdf
Descargar pdf
|