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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS

Por Miguel López Merino
 
TU HISTORIA

Iba yo mirando, hacia un lado tu figura, impregnada en mi retina
Y hacia el otro un desierto de eterna figura.
Fueron mis ojos, hábiles como mariposas, los que se posaron sobre aquella figura
De cuestionada belleza, quizás cuestionada por mi, aunque bien querida por las hadas que la rodeaban, que con el polvo de su vuelo, la hacían tan bella como la vida misma.
Me permitiré malgastar unos segundos en describirla:

Sus ojos, esos ojos que nadie querría, aun que yo amaba.
De color ambarino, aunque iluminados por el sol, verdosos y como no, amados.
El pelo, o como diría un enamorado, los cabellos; aunque de todas formas amados
Jugueteaban con el sol, a hacer sombras en el suelo.
Su tez…enviada por la luna, que por las noches intentaba bajar a robarla, aunque siempre se encontraba con mis labios encima.

Me acerque, y con una rosa en la mano jure amarte.
Me miraste y nada mas verte, adivine mi locura en tu mirada
Y exclame: jamás podría comparar mis ojos con los tuyos
Y mucho menos pactar con el sol un juego de sombras.
O intentar dar celos a la luna con mi rostro, que era perfecto reflejo de amor.

Aun así, dije, déjame regalarte esa estrella, aquella que ves que nos observa.
Inocente exclamaste, no podrás, es imposible llegar hasta ellas.
Y te conteste: siempre que lo veas, y lo quieras, vete y cógelo, no pongas pegas antes de intentarlo.
Me acerque al lago, cogí el reflejo de la estrella lo envolví de besos y te dije:
Toma princesa, tu estrella.

Impactada dijiste: pero, pero, sino ay estrella, tienes las manos vacías.

- Crees en el amor princesa?
- Si, claro.
- y tu lo ves cuando lo sientes?

El silencio se apodero de tus labios y no reaccionaste.

- Porque no existe la estrella? Pregunte.

Y en un acto infantil, te acercaste, cogiste todos los besos, la estrella y diste tres pasos hacia atrás, quedándote ensimismada, como si quisieras robarle algo al cielo.

No te gusta el regalo princesa? La pregunte.

Si, sin duda es precioso; pero ya me regalaron un corazón una vez y acabe rompiéndolo.

Por eso no te regale el mío tan pronto.
Preferí regalarte una estrella y un centenar de besos.
Si tienes miedo en la oscuridad, coge la estrella, será tus ojos;
si tienes frío coge un par de besos y te serán la mejor estufa…

Como afectada, te sentaste en la orilla de aquel lago, de donde saque la estrella, y corriendo me fui a sentar contigo.
Esa noche jugamos a contar sonrisas y alegrías.
A robarnos besos y caricias.

Y acabamos, como suelen acabar todas mis historias de amor, fundidos en un manto de estrellas, que impacientes nos observaban a darnos nuestro “décimo-tercer” beso.
Y sonrientes al ver a la luna celosa de mis besos y a las estrellas fugaces pasar con sus deseos iluminando nuestro amor.

 

CUALQUIER VERANO

Aun me sigo preguntando porque no quisiste saber nada de mí durante ese verano. Tan solo una carta tuya en donde lo único que decías es que todo fue una falsa, que no me quería, que jamás me amaste y 33 mentiras más.
Pasé todo ese verano intentando buscarte, con una esperanza de que todo eso fuera un gran engaño. Llegó en invierno, y con el los recuerdos se aferraron aun mas a las capas de abrigo, a tu bufanda, a la mía…

Era uno de diciembre y seguía sin saber nada de ti, no contestabas a las llamadas, ni a los mensajes ni siquiera a las señales de humo que te mandé. No se como lo hice, pero te perdí, mejor dicho, te perdiste.
Fue cuestión de dos soplidos y desapareciste de mis ojos, te ausentaste en la soledad y me dejaste aquí, sin saber que hacer, contando los segundos por si el tiempo decidía devolverme mi corazón.
22 de diciembre, y llevaba contados 365 copos de nieve, y millones de recuerdos que me hablaban de ti, y no se porque se me ocurrió pasar por tu casa, delante de tu habitación, delante de mis recuerdos. Si soy sincero yo no quería ir, no fui; creo que fueron tus ojos quienes me guiaron y creo que fue tu sonrisa la que me obligo a llamar a esa puerta, que tanto estaba desgastada por mis nudillos al golpearla.
Salió tu madre, con tu pelo, tu misma sonrisa, y como acompañados por la tristeza rompimos a llorar, si para de hacerlo entramos y…si, todo olía a ti, todo se sentía a ti…

Pasamos la tarde sentados en tus sofás, uno delante del otro, en silencio; pero a la vez, diciéndolo todo.
Tu madre, como guiada por algo se levantó y subió por aquellas viejas escaleras de tu casa hasta tu cuarto, y ay pasaron cinco minutos y tu madre no bajaba con tu recuerdo, y como no, sabrás, que mi instinto cotilla me obligó a escalar hacia el.
Cuando entre por el marco de aquella puerta, tu mirada me obligo a retroceder otra vez al pasillo. Jamás podría haberme imaginado que estuvieras allí, cada vez que llamé a tu madre, y no fueron pocas, ella me decía que no estabas y que no me podía donde ibas.
Y ahora, ahora estabas allí, envuelto en tus sábanas con tu pelo, tu mirada…sobresaliendo por la almohada.
Tu madre, llorando salió a buscarme al pasillo y me invitó a entrar, me cogió del hombre como solía hacer y me sentó en una vieja silla que estaba aparcada al lado de tu cama.
Extrañada me senté, y ni te inmutaste, quizás por vergüenza o quizás por temor.
Tu madre se dispuso a hablar, pero parece que prefirió darme una carta, que por lo visto escribiste antes de desaparecer:

Si te escribo esto, para cuando lo leas yo estaré tumbado en la cama esperando a que pase el tiempo; y tú, estarás sentada en mi silla preguntándote porque lo hice, porque te odie aquella ve.
Princesa, jamás podría haber sentido tal mentira. Te amo; y desearía pasar mi último segundo de vida robándote miradas.
En todo este tiempo he añorado tus sonrisas, como me mirabas…te he añorado a ti.
Todas y cada una de mis noches sin ti las he pasado mirando por nuestra ventana, contando estrellas y dándolas excusas para no echarte de menos.
Que por sino te has dado cuenta al principio escribiste en mi mano “te quiero”, y conseguiste llenar todo mi cuerpo con ello.
Te amo! Y me pasaría minutos enteros repitiéndolo; pero princesa no tengo esos minutos que tanto deseo, ni si quiera tengo una sonrisa para darte.
Si te mande esa carta en el verano fue para que no estuvieras aquí, pero como no y coincidiendo con tu cabezonería, estarás.
Pequeña, poco a poco y por algo que no comprendo el cáncer me roba mi vida; segundo a segundo me va quitando oxígeno que respirar.
Me quita lo que más he amado, tú. Me voy mi niña, me voy y no, esta vez no podrás seguirme, a pesar de tu cabezonería no podrás encontrarme donde vaya.
No quiero que llores, te prohíbo que lo hagas, perderías tiempo al hacerlo y créeme que el tiempo es para aprovecharlo; y tu, pequeña cabezota, me has dado los segundos, meses y años mas felices de mi vida; no me arrepiento de ninguno, me voy llorando por un ojo, porque te pierdo, pero el otro sonríe por tenerte a mi lado.
Cariño, no me tendrás, pero yo te estaré cuidando desde donde este, te besaré todas las mañanas y te desearé buenas noches al soñar.
Pero no me olvides nunca; jamás olvides esto: Te amo.

Después de leer tu carta no fui capaz de reaccionar, y conseguí reír y llorar al mismo tiempo. No sabía que decir, que decirte; y mirando a tu madre, ella misma me dijo: no le queda mucho tiempo, pasa esta noche junto a el, será vuestra noche. Nosotros llevamos semanas despidiéndonos de el, es tu turno de hacerlo.
Y llorando se acercó a la puerta, la atravesó y desapareció en tu tristeza.
El silencio se apoderó de nuestro amor, de la sala, de mi temor; de repente te diste la vuelta, despacio, dulcemente, tal y como solías hacer; no se te ocurrió otra cosa que decir: lo siento, perdóname princesa.
Y abatido por tu mirada me lancé a abrazarte, y como volviste a sonreír, y es que te pasabas la vida entera sonriendo.
No sabíamos que decir mas que el silencio, y mientras el reloj malgastaba el tiempo, empapamos tus sábanas con millones de lágrimas, hasta que decidimos parar.
Intenté preguntarte porque lo hiciste, porque lo hiciste, porque te ibas, porque…
Pero a sabiendas que verías inútil contestarme, me callé y preferí regalarte una sonrisa.
Durante esa noche me contaste uno de tus cuentos, ese en el que estábamos los dos, sentados al borde del acantilado de nuestro amor, sintiéndonos observados por las 1300 estrellas que sentían celos de nuestros besos.
Me contaste ese cuento, tu cuento, y rendida por el sueño o quizás…por el cáncer, cerraste los ojos, para siempre, para siempre…


Yo, aún me quedé un par de estrellas fugaces más, pero rendido por ellas me dormí.
No se como, pero soñé sobre un fondo negro y tu, tu estabas al fondo, a lo lejos y poco a poco te ibas acercando; hasta que llegó un momento en que estabas aquí, al lado mío; y no se si soñaba o estaba despierto, pero me diste uno de tus besos en mi cabeza, como despidiéndote de mi; y sonreí.
A la mañana siguiente desperté, tumbado junto a ti, e intente darte los buenos días pero no me contestaste, me sobresalte, aunque pronto me di cuenta de que jamás me volverías a contestar.
Adiós!; te dije; aun sabiendo que nunca podrías decirme unos de tus te quieros; o un te amo.
Salí de la habitación, triste, cabizbajo, sin saber que hacer; con esa sensación amarga de no haberte despedido de mi; pero contento de haber pasado mi tiempo junto a ti.

Y así acaba esta historia, triste para algunos, final amargo para otro; pero al fin y al cabo otra historia más.
Acabé llorando por un ojo, te perdí.
Pero el otro sonreír, viví gracias a ti.

 

-Mi última palabra, Adiós.
-Las tuyas…1365 besos, que no son palabras, pero me dieron la vida.

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