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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Milagros Ortego Agustín
marimila17@hotmail.com


CERCA DE LA ESCALERA...

Cerca de la escalera que da al sótano tenia costumbre de poner un sillón de mimbre con orejones grandes a los lados, el mimbre pintado vistosamente en algunos de sus tramos se entrelazaba formando un dibujo casi perfecto de una mujer desnuda, el respaldo era tan amplio y confortable que invitaba a sentarse en esas tardes calurosas en las que la desidia se apoderaba de ella y solo sentía ganas de soñar. El lugar en el que colocaba el confortable sillón era el ideal para la hora de la siesta, entre la corriente que formaba la escalera y el balcón de la sala de enfrente con su persiana medio abierta, medio cerrada y la luz solo entrando a poquitos, lo justo para que no molestara ese sol inmenso que cruje el cielo de agosto.

Como casi todas las tardes que se quedaba sola, allí, en esa corriente se sentaba medio tumbada, medio no, para ver la televisión de la sala colocada casi enfrente. Tenía costumbre de verla mientras dormitaba con ese vestido de seda rosa que algún día le sirvió para ir a esa fiesta grata al recordar en la que le conoció.

Tenía la sensación de haberle visto antes de ese día, al entrar en la casa de José, el amigo que la había invitado a pasar la nochevieja de 1970, cuando aún contaba con 25 años esplendorosos, por eso desde el principio sus ojos no se podían apartar de el.

Sentía calor en casa de José, era inquietante, a los grados de la calefacción de la casa se sumaban el del champagne que había tomado desinhibiéndose así.

No paró de mirarle durante toda la fiesta, allí donde fuera sus ojos le seguían, él parecía no darse cuenta mientras jugueteaba con sus miradas hacía las demás mujeres, como no dando importancia a esos ojos color miel que le perseguían por toda la estancia, ligeramente, sin darle la menor importancia se ocupaba de estar siempre visible a ella, hablaba, bailaba y hasta susurraba cosas al oído de las otras mujeres siempre pendiente que ella viera el suave coqueteo que ofrecía a las demás.

Durante el tiempo que estuvieron coqueteando sin conocerse sus miradas solo se cruzaron dos veces; dos veces que el calculadamente dejó que se produjeran, la primera cuando fueron los dos por una copa, alargando sus manos a la vez hacia la bandeja que el camarero ofrecía, con un gesto suave de cabeza la mirada de él se posó en la suya, sus labios entreabiertos dejaban ver una sonrisa a medias, ella devolviéndole el gesto también esbozo una sonrisa grata y cada uno siguió su camino en direcciones opuestas en aquella habitación que en ese momento a ella le pareció enorme, volviéndose ligeramente para observarle por detrás mientras se alejaba al reclamo de una llamada de su amigo José. Entre el traje color azul intenso se le adivinaba la espalda ancha, bien formada, sus brazos ocultos por la chaqueta haciendo en ella unas arruguitas en el brazo ligeramente levantado en el que sujetaba la copa que acababa de coger de la bandeja en la que por unos instantes sus miradas se habían cruzado por primera vez; se lo imaginó sin ella calculando las interminables horas de gimnasio que debía haber pasado para conseguir unos músculos tan perfectamente redondeados y duros, se volvió un segundo como quien no quiere hacerlo y en este pequeño gesto reparó en sus manos, grandes, estrechas, con unos dedos largos y delgados que acababan en unas uñas perfectamente arregladas y brillantes. Entonces empezó a pensar sin lograr adivinar a que se podía dedicar una persona con un torso y brazos tan perfectamente esculpidos.

La segunda vez fue al ir hacía el baño, se cruzaron en la puerta y él esbozó un hola tímido volviendo a clavar sus ojos en los suyos, volviendo a sonreír, ella se puso tan nerviosa que casi tropieza con una pequeña butaca colocada por algún invitado entre la pared y la puerta del baño.

Pasaron las horas y el calor se iba haciendo insoportable, no había querido quitarse la minúscula chaquetilla que le cubría los descubiertos hombros y el pecho, el vestido que había elegido era a su parecer demasiado escotado para cualquier ocasión, pero no había podido resistir la tentación de probar y comprar en la tienda de moda de la época a la que había ido a buscar el vestido ideal para esa nochevieja; de seda vaporosa, en color rosa palo, un escote pronunciado en v acababa casi debajo del pecho en una cinta estrecha de color rosa fuerte, como los chicles de fresa ácida, se sujetaba a los hombros también por dos cintas iguales haciendo las veces de tirantes cruzándose en la espalda, de esa manera su pecho no caía, simplemente las cintas cruzadas fuertemente hacían las veces de sujetador. El calor apretaba en el salón de la casa de José y no tuvo más remedio que quitarse la chaquetilla para poder respirar tranquila y continuar hablando y riendo con todas las personas conocidas de la fiesta, de repente sintió en el cuello un aire agradable seguido de un suave susurro en su oído “deberían prohibir ponerse un vestido así a las mujeres tan guapas como tu, tengo mucha suerte de haber venido esta noche simplemente por poder admirarte”, se giró despacio para ver a la persona que le susurraba esas palabras erizándole el bello, allí estaba él con su traje color azul intenso y sus ojos clavados en los de ella, sonrieron e invitándola instantáneamente a bailar solo con un gesto comenzaron el romance que duro lo que duro una sola canción, sus cuerpos se entrelazaron al son de la música y así sin hablar giraron apretando sus cuerpos al compás de ………………… Ya no lo recordaba, no lograba recordar la canción que bailaron esa noche, solo recordaba el roce de sus labios en su cara, su respiración profunda mientras giraban suavemente por el parquet de aquel salón, su mano apretando fuerte su cintura atrayendo todo su cuerpo hacía si, los pechos de los dos juntos y el empalago del calor de aquel salón, acabó la canción y ella, apartándose bruscamente le miró con un aire de miedo que no debió tener, esbozo un gracias entrecortado y se fue. Salió de la casa de su amigo José respirando entrecortadamente y nunca más le volvió a ver.

Ahora 25 años después recuerda ese día todos los días, a la hora de la siesta, sentada en ese sillón de mimbre mientras dormita viendo la televisión y preguntándose día tras día que hubiera pasado si se hubiera quedado tan solo cinco minutos más después de esa canción.

 

VELETA

Para describirle solo tenía que pensar en las veletas, era la clase de persona que hoy dice una cosa y mañana otra, de esos que de vez en cuando se atreven con las palabras a pedir que les acompañen en sus sueños, esos sueños que luego nunca se atreven a realizar, sueñan despiertos imaginando cosas que les gustaría hacer y que jamás harán.

La pidió que le acompañara a un viaje maravilloso lleno de aventuras, explicándola porque debía acompañarle y cuando, solucionando con sus replicas todos y cada uno de los problemas que ella le exponía, no por no acompañarle si no porque aunque era una idea tentadoramente apetecible su economía no estaba para echar a volar ni tan siquiera la imaginación por lo menos en cuatro años. Aún así acaricio la idea un momento en su mente mientras el hablaba y hablaba sin parar de las ventajas que ella tendría en ese viaje, esbozó una sonrisa mirándole directamente mientras le decía que no podía permitírselo de momento, “no importa” replico el “simplemente trabaja los fines de semana, ahorras y nos vamos cuando tu digas, en septiembre, en octubre, cuando tu digas” calló de momento pensando que alo mejor encontraba una solución factible tal y como el la decía y prudentemente volvió a decirle “no es tan fácil, ya veremos dijo un ciego, ya veremos”.

Estaba empeñado en ser su amante, sobre todas las cosas quería ser la persona que en los momentos estresantes de su vida la descargara de responsabilidad por unas horas a la semana, se lo planteaba como una especie de terapia que ella necesitaba sin darse cuenta que el también, se ocupaba de que se sintiera bien con él, la sensación de cuidado hacia ella invadía la habitación a cada momento que pasaron juntos, repitiéndola una y otra vez lo bien que estaban así, desnudos frente a frente, hablando sin parar (más el que ella) sobre cosas que probablemente fuera medio cierto medio no, la hacía preguntas que incluían las respuestas, limitándola así solo a escuchar. Siempre que ella anteriormente, en otras circunstancias y menos íntimamente había hablado con el era así, en ese sentido no había cambiado nada de nada, cosa que le agradecía en silencio porque para ella ese era uno de sus enganches, alguien que la alababa por cosas pasadas mezclándolas con cosas presentes y proponiendo cosas para el futuro. Momentáneamente no estaba nada mal siempre que supiera que cuando se marchara todo lo hablado quedaría en la nada, por eso mientras hablaba sin parar incluía en la conversación gotitas de realidad que la dejaban claro que aquello acabaría cuando se fuera ese día y porque acabaría. Hablaba tan deprisa que no le daba tiempo a pensar, la embarullaba el pensamiento con cosas unas veces agradables y otras no, desmenuzando, mientras la pedía que le dijera que le quería otras historias en el mismo lugar con otras mujeres. Intercalaba palabras de seguridad en sí mismo con expresiones de desconsuelo y abandono haciéndola pensar que estaba enamorado de ella, lo supo claramente cuando la preguntó “¿tu llegarías a enamorarte de mi?” está vez si espero la respuesta “no sé” “¿Cómo que no sabes?, dime ¿tu llegarías a enamorarte de mi?”, “¿tu que crees?”Contestó ella tanteando la situación, a lo que el muy seguro contesto con un “si” rotundo y volvió a esperar la pregunta obvia que hubiera echo cualquiera en una situación así, la pregunta hubiera sido ¿y tu, te llegarías a enamorar de mí?, no le hacía falta preguntar eso, ella estaba casi segura que el ya estaba enamorado de ella desde mucho antes a ese día por eso cambio su pregunta por otra “ ¿ que pasaría si yo me enamorara de ti?” risa a medias de desconcierto y rápida respuesta sin pensar en el trasfondo de la pregunta “es que nadie puede enamorarse de mi ahora, vamos es mejor”.

El miedo que a ratitos dejaba ver sobre todo cuando se empezaba a notar que ella le gustaba realmente, hacia que dijera cosas contradichas con las que dijo unos días antes, mentira y verdad mezcladas solo por miedo, la repetía continuamente que era un depredador, eso, ¿Qué significaba?, ¿Miedo a que se enamorara de el?, ¿Miedo a el compromiso? o ¿Miedo a lo que supondría que los dos siguieran con esa historia?, eso nunca lo sabría.

A ella no le hubiera importado volver, pero hace tiempo que dejó el miedo atrás, miedo al de alado, miedo a hacer, a deshacer, a no intentar, miedo al que dirán, miedo a enamorarse, a convivir, a buscar, a no encontrar, a vivir, a no hacer lo correcto, a quedarse en un sitio o a irse de el, a ser feliz como, cuando y con quien la vida la guiara. El miedo es de lo único de lo que huía, no más miedo.
Las cosas siempre claras para saber a que atenerse, ningún miedo, las cosas siempre claras.

 

 

 

 


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