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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

RELATOS


Moisés Sandoval Calderón
sandoval_calderon_moises@hotmail.com

CAUSAS Y AZARES

El muchacho levanta el brazo, jala el puño de su gastada camisa y ve su voluminoso reloj de astronauta. Las cuatro cincuenta. Llegará tarde a su cita en el cinema. Tendrán que esperar a la función siguiente. En fin, son tantas salas.

Se apresura. Cruza la calle hacia el lado de la sombra. A lo lejos, escucha ráfagas de metralleta. Hay que tener cierto don para aceptar estas cosas; el calor, el clima seco, el suelo ardiente, el sol violento, el azaroso canto de las balas. ¿Será el calor lo que nos hace tan irritables? Interesante teoría ¿Qué estaría pensando Nuño de Guzmán cuando se le ocurrió erigir una ciudad en este infierno? ¿Por qué no nací en una urbe hermosa y fresca, como tantas que hay en Europa, Paris, Suiza tal vez? Pero en las cumbres borrascosas de la sierra, en esos pueblos olvidados de la mano Dios, te matan por una mala mirada. Camina y, caminando sonríe, porque ya no piensa en eso. Piensa en el rostro de Matilde. Verla con un vestido floreado con esa cosa de encaje al cuello, la sonrisa a contraluz de las marquesinas en el atardecer del verano. Quedaron que a las cuatro cincuenta se verían en la puerta de entrada. No, no estará enojada. Y pensar que ya es su prometida.

El muchacho pasa por el mercado. Al caminar siente a otro detrás, se hace a un lado, lo deja pasar. Día flojo, poco movimiento, boticas, tiendas de bisutería. Pero esta zona nunca duerme. ¿Porque? Alguna razón debe haber. Mientras las amas de casa arropan sus sueños eróticos con pastillas soporíferas, los puesteros preparan las viandas, la carne, las entrañas de los animales, que servirán de desayunos y comidas para el resto del día. Alguien grita, ¡Abran paso, con permiso! Levanta la vista y de repente le recorre un desagradable escalofrío. Es un cargador de manchadas botas blancas que avanza a su encuentro, cubierto desde la cabeza con una capa de manta, bañado en sangre, una mano sostiene en la cadera todo el peso de un rasurado cerdo en canal, la carne floja se balancea. Se aparta de su camino y da una ojeada a su rostro sudoroso. Pobre gente. ¿Tendrán un lugar donde bañarse al salir del trabajo? Los imagina en el urbano, viscosos, impregnados de esa púrpura mezcolanza.

Ve los puestos de revistas, la larga hilera de paños multicolores. Al pasar por la cantina el viento le trae el olor a cerveza y a orín rancio, y la imagen de su padre se desliza –intrusa- en su cabeza. Piensa en él, pero no por mucho rato. Pobre viejo. Su inocente fanfarronería. Una lastima que haya muerto sin verlo recibido de ingeniero como tanto anhelaba.

Da vuelta en una esquina. Se detiene para dejar que pase la vertiginosa ambulancia. Ve como vira hacia la izquierda. Parece dirigirse a. Un mendigo lo distrae. Alarga su despostillado vaso petitorio. El muchacho hace como que busca en su bolsillo. No, no encuentra nada.

encuentra nada.

La señora García atravesó la calle. Sí, es ella. El mismo vestido de todos los días. Hay que ver la mirada que le echó al moreno greñudo de la esquina. Dejó al celoso marido en casa, ni dudarlo.

El muchacho se detiene bruscamente. Una mujer rubia viene a su encuentro, alta y bella. La recibe con los ojos viéndola acercarse entre los transeúntes. Luce un estrecho pantalón de mezclilla y una blusa azul que desborda sus senos. Cuando pasa a su lado, aspira profundo y percibe el suave aroma de su perfume. La sigue mirando todavía, aprieta la vista. Los redondeados glúteos le provocan una punzada.

Su sonrisa se desvanece, una pesada nube oculta el sol lentamente. Tarde tranquila de sábado. Poco tráfico. La mayoría de los negocios cerrados. Nada más falta que llueva.

Los coches ahora avanzan lentamente, y la gente baja de la banqueta, parece que se escurren rebasándolo por el arrollo de la calle. ¿Es posible que ese actor atraiga muchedumbres? Mira todas las cosas que aprende uno de la gente. Pero si solo es una tonta película. Se han dado casos. El otro día vio en la prensa esa nota que decía ¿Quién era el que hacia de hombre en la jaula de las locas? La original, la primera le gustó más, sin duda. La otra como que muy floja. ¿O sería que ya iba prejuzgando porque le encantó esa vieja versión francesa? Después de todo, hay mucho de verdad en eso de que en Europa es donde está la cultura. Ahora que lo piensa, fue Matilde la que le dijo que quería una luna de miel en Francia. ¿Dijo Francia o Europa? Muchacha, muchacha, muchacha. Será un bello viaje aunque no fuera precisamente con ese propósito. A fin de cuentas, para fines prácticos, vendrá siendo lo mismo.

El sol se liberó nuevamente. Los días nublados son deprimentes. Difícil soportar un día nublado y caluroso.

El teléfono celular zumba una vez en su cadera, luego el tono musical de la banda del Recodo. Manotea rápidamente y lo toma. Mon bébé, dice en la pantalla. Antes de contestar apura el paso, como si Matilde fuera a verlo.

-Estoy llegando –dijo-. Dos cuadras y allí estoy contigo.

-¿Quien habla? -pregunta una voz masculina.

-¿Qué? –el muchacho duda un instante, se detiene, mira a los lados.

-Bueno –dice de nuevo la voz-. Su nombre por favor. ¿Qué parentesco tiene con la señorita Matilde Arvi…? ¿Arviñaga?

Ese hombre parece esforzarse en entender el nombre de Matilde. ¿Lo está leyendo en algún documento? ¿Y que hace el celular de Matilde en manos de un extraño?

El muchacho sigue paralizado, sin saber si debe enojarse o preocuparse. Levanta la vista al frente y ve el tumulto en las afueras del cinema; la luz intermitente de las ambulancias y las patrullas. De inmediato corre hacia el cine.

Pero no será fácil traspasar ese tumulto. Cuando llega, empieza a manipular su teléfono buscando regresar la llamada interrumpida. Se detiene, observa al agente que permanece dentro del círculo delimitado por la cinta amarilla, todavía con el teléfono de Matilde en la mano. Está tratando de encontrar los números en la memoria del aparato.

Sus ojos, dos ventanas empañadas, se encuentran con los dos autos con los cristales reventados, marcados los costados por una larga ringlera de orificios de bala. Bajo la marquesina, presiente de quien es ese cuerpo cubierto con una gasa azul. Mira eso. Por un momento parece que sus piernas no podrán sostenerlo. Ideas de flores y ataúdes alrededor de él. Recuerda.

-Eres ingenioso –dice Matilde, y se ríe hacia todos lados-. Solamente a ti se te podría ocurrir eso.

-¿Qué, lo de casarnos?

-¿Y de que viviríamos tontito? Juntando nuestros sueldos no nos alcanza ni para irla pasando.

Rápido. Con gallardía, el muchacho toma su cintura.

-Es que no te he dado la sorpresa.

-¿Cuál sorpresa? –preguntó ella.

-Ya se aprobó lo de mi beca.

-¿Tu beca?

-Me voy a estudiar a Europa.

Ella se quedó muda.

-No me iría solo por supuesto.

Luego le entrega el anillo modesto, y las lagrimas arrasan el rostro de Matilde.

Ahora sabe que la recordará como las imágenes de esas viejas fotos amarillentas.

El oficial lo ve de reojo, se detiene, vuelve a guardar la cartera en la bolsa. Adivina algo en su rostro.

-¿Usted es pariente de la señorita, Arviñaga? – y señala al bulto que yace sobre la banqueta.

-Lo soy. Es decir, iba a ser… -intenta decir algo pero se detiene.

Y siente como si una mano fría apretara su corazón cuando comprende. Si hubiera actuado bien, como se espera de todo un caballero, ahora estaría muerto. Era él quien debió estar esperando en la puerta de entrada.

-A ese gandalla. A ese cabrón lo quiero muerto.

El Gordo habla con la voz marcial. Él sabe, él manda. Que sus huesos se pudran en el infierno.

El otro no se atreve a sostenerle la mirada, desvía la vista. Mira la botella de etiqueta negra sobre la mesa junto a una larga hilada de coca. La habitación del hotel con grandes sillones reclinables está fresca. La televisión encendida, y una morena semidesnuda y borracha duerme entre las sábanas de seda de la enorme cama.

-¿Y si no va solo, jefe?

-Aquí no existen los parientes. Allá ellos si se atreven a pasearse con un muerto.

>>Se cree muy listo el cabrón de mierda. Salirme a mí con que le bajaron la merca. Pendejo, ni siquiera guarda las apariencias. Carro nuevo, casa nueva, y al pobre gordo que se lo lleve la tiznada. Así que ya saben. Órale, a desquitar el sueldo.

Apenas le llegó el pitazo de que el fulano estaría en el cine para la función de las cinco, el carro con los cuatro sicarios armados rodó por las calles, sin placas, robado en la víspera.

-El muy estúpido. Mira que tener el descaro de pasearse por las calles, así, impunemente –les dijo el gordo antes de despedirlos.

A las cuatro y media llegaron a las afueras del cine y circunvalaron el área. Los nervios tensos, repletos de coca. A las cuatro cuarenta tomaron una curva y se enfilaron directo a la acera frente al cine donde se detuvieron, justo a veinte metros de la puerta de entrada. En ese momento, Matilde iba bajando del urbano en la esquina de la calle.

Matilde caminó por la banqueta buscando entre la gente que iba llegando. No, de seguro no ha llegado. Se paró en el umbral, miró su reloj de pulsera, cuatro cuarenta y cinco. Para que hablarle, faltaban cinco minutos para lo hora acordada. Entonces vio los dos carros último modelo que llegaron por su derecha. Tal parecía que se hubieran puesto de acuerdo para llegar al mismo tiempo a la puerta de entrada ¿Vendrían juntos? Frente a ella, en la acera de enfrente seguía parado el Jetta blanco de vidrios polarizados. Novios, de seguro, dándole al faje. En fin, cada quien.

-Me parece que vamos a esperar un buen –dijo uno de los dos sicarios que ocupaban el asiento trasero del Jetta blanco.

-Shht. Silencio –ordenó el que estaba junto al conductor del vehículo.

-¿Qué ocurre ahora? –insistió el otro.

-Ahí –señaló con el dedo a los dos autos que llegaban, negros, relucientes.

Los cuatro alertas, el conductor con las dos manos al volante, los otros tres una mano en la manija de la puerta y la otra en el arma.

-No te muevas –le dijo al conductor-, no apagues el carro y fíjate que no se vayan a poner los seguros.

-La manía de estos pendejos de que los bajen en la puerta les va a costar la vida –añadió uno de ellos, segundos antes de lanzarse a la calle, a vaciar las cargas de sus ametralladoras.

A Matilde, el corazón le dio un vuelco cuando se percató de que estaba en la misma línea de tiro. Vio a los tres individuos bajando al mismo tiempo del jetta blanco, sus armas ya escupiendo fuego. Y no tuvo tiempo de sentir miedo.

LA MUCHACHA

Esa mañana, en la casa grande reinaba el caos.

En su alcoba, el patrón amaneció muerto. El cadáver, medio envuelto por las sabanas y el rostro descubierto, parecía un marchito capullo de muerte.

-No incomode a la muchacha. Súbame usted un vaso de agua, y le pone una ramita de albahaca -fue lo ultimo que en la noche anterior le dijo a doña Carmen, el ama de llaves.

El patrón quería mucho a la muchacha, y le tenía muchas consideraciones. A veces la llamaba “hijita”.

Pero esa noche iba estremecido por la noticia de la muerte de su compadre. Su único deseo era retirarse a su lecho a dormir tranquilo; su ánimo, el de prepararse para la larga velada del día siguiente. Tenía que prevenir cualquier desarreglo. Y es que sacando cuentas, a sus sesenta y pico, de ese grupo de amigos de su juventud, él era el único que quedaba en la otra orilla. Viudo y con cuatro hijos dedicados a dilapidar su fortuna, veía la vida pasar como sentado en un rincón de osario.

Pero esa noche la muchacha se obstinó en cumplir con el encargo. Si siempre había sido ella quien atendía al patrón ¿Porque ahora iba a ser diferente? Conocía perfectamente su situación en esa casa y tenía que preservarla.

Unos hombres bajaron el cuerpo y lo tendieron en el recibidor, en un catre de campaña. Ahí mismo lo velaron.

La muchacha lloraba desconsolada. Y parecía que en cada lágrima vertía una parte de su vida. Impresionaba su pena. Tanto que los vecinos pensaron si no habría enloquecido.

Una anciana trataba de consolarla:

-No hay poder que cure las heridas de la pena, más que Dios. Bastante sufriste de niña con la pérdida de tus padres, hija mía, te comprendo. Derrama esas lágrimas por quien te sacó de la pobreza, te protegió y vio en ti a una hija.

Y la pobre muchacha seguía llorando a mares. 

La muchacha no era bella, pero tenía el aroma perfumado de la pubertad; los ojos grandes y el talle estrecho.

Esa mañana, silbando había abierto la puerta de la recamara principal. Y no le extrañó la quietud y el silencio que reinaba en el interior, pues el patrón solía madrugar a sus quehaceres. Pero en el umbral hizo una pausa, se inmovilizó con la mirada levantada; quizá su olfato detectó un tufillo extraño. El aire parecía enrarecido con algo que no alcanzaba a identificar. Pero estaba desvelada, era mejor no ponerse a cavilar.

Usualmente, ella aprovechaba esa hora de la mañana para regresar al lugar en que había compartido parte de la noche, con el propósito de remover los restos de la humedad de su cuerpo; los sudores saturados de su esencia que impregnaban las sabanas y las almohadas.

Todavía desorientada por la semipenumbra, ya se disponía a correr las cortinas y a abrir las ventanas de par en par con el propósito de iluminar el cuarto y, de airear los efluvios del sexo nocturno. Pero alcanzó a ver el bulto todavía arropado. Entonces, como niña viciosa, con el turbador encanto de quien recibe los primeros abrazos de los hombres, cerró la puerta, recorrió en la punta de los pies el espacio que la separaba de la orilla de la cama, y poco a poco jaló la sabana tomándola por el borde.

Lo vio echado allí, inerte; su rostro era el de un andrajo humano corrompido por los años. Y ese ojo entreabierto, esa piel terrosa le indicó que el bulto era una cosa muerta.

De repente, le invadió un miedo cerval. Tuvo conciencia clara del peligro a que se hallaba expuesta: a tener que volver a la ronda por las calles cenagosas, a los bailes de arrabal, a los tugurios miserables con sus pasillos de aserrín húmedo de cerveza derramada de donde la había rescatado el dueño de la casa grande.

Sonó el silbato del tren en la estación lejana, con su cargamento de putas rumbo a los cañaverales de la ciénaga; el silbido le llegó con un tono melancólico.

Y a la muchacha le dio por llorar.

UN BOMBÓN GAY

Al principio, parecía impaciente y nervioso. Sentado en el borde del pupitre, recorría con la mirada todos los rincones del salón de clase. Buscaba alguna cosa, aunque inútilmente. Luego se paró. Recorría el aula, tanteaba los respaldos, y cavilaba:

La tuve que haber dejado en alguna parte, pero no... Allí tiene que estar... Si aquí la dejé, estoy seguro. Alguno lo tiene que saber, la tiene que haber visto. No puede ocultarse, no puede esconderse... Alguien ha de haberla escondido. Pero no...

Media hora después, ya se hallaba francamente alarmado y molesto. Y nadie parecía prestar atención a su búsqueda. Y es que cuanto ruido, cuanta agitación. Desde que se había marchado el maestro del turno de cuatro a cinco, la media hora había transcurrido sin que compareciera el de cinco a seis. Estaba claro que no se presentaría ya. Por lo que quedaba relajo para rato. Eso sí, cada grupo concentrado en lo suyo. Los de su equipo, aquellos en quienes tenia puesto el corazón y que ahora lo ignoraban, estaban enfrascados en una ruidosa discusión sobre el próximo partido del América. Los otros, los casanovas, echaban a la suerte el rumbo que tomarían en la caza de la tarde; las cifras se estaban inclinando por las tres morenitas del quinto semestre. Y a todo éste barullo, las compañeras, como siempre, se mantenían al margen; todas aglutinadas en una sola cuadrilla, compacta y silenciosa, tal parecía que no estaban allí.

-Déjate ya de pendejadas cholo, tú has de haber escondido mi mochila –exclamó de repente.

-¿Nomás la mía te gustó, Pedrito? ¿Porque no le preguntas al costeño?

Había en las palabras del cholo un dejo de sarcasmo. Y no se movió cuando respondió a la bravata, solo se acomodó la cachucha, y siguió con la mirada fija en los tantos que uno de los casanovas apuntaba en la pizarra.

En ese momento, ninguno sospechaba el secreto que guardaba el Pedrito. Y sin embargo, el infeliz, como un caracol taciturno, inocentemente les había ido dejando un rastro. Esos zapatos a modo de sandalias de colores pastel; sus camisas, invariablemente con las mangas plisadas; el andar suyo, como reprimido, y la mirada contenida. Sobre todo esa mirada; nada que ver con la de resto de sus compañeros, escrutadora e implacable, capaz de desnudar a una muchacha al primer reojo.

Pero ya se sabía quien era el bandido que había dado en esconder la mochila, y de seguro también lo sabía el Pedrito, solo que su coraje no llegaba a tanto como para encararse directamente con el costeño, antes bien, con ese reclamo al enclenque cholo, le estaba mandando un comedido recado.

Fue inútil. Por fin se quedó sentado en el pupitre, quieto y callado.

Este Pedrito, mofletudo y simpático, con su inevitable piochita desdibujada, el bigotito de llovizna, y su mortificada mochila siempre terciada a la cadera, había rolado los dos primeros años de la facultad rondado por las aulas casi como uno más entre todos. Como lo quería Raquel. En las confidencias del receso, le aspiraba su aliento, y hasta a veces le remendaba los harapos.

Y todo había transcurrido así esos dos primeros años. Hasta que finalmente su recato fue vencido por ese descuido torpe: abandonar su mochila por un instante.

Sin otro remedio que encarar al grupo. Se levantó resuelto de su asiento, y se dirigió a la puerta del salón. Desde ahí, trató de llamar la atención del grupo haciendo grandes aspavientos.

-¡Compañeros! Por favor, no se trata de acusar a nadie en particular, compañeros. Mi mochila es una mochila negra. La han de haber visto. A quien sepa donde está, compañeros, le pido por favor, por favor que lo diga, compañeros.

Raquel quiso reaccionar, ir a su lado y apoyarlo. Pero no se movió de su asiento. ¡Por Dios! Que patético se veía el pobre. La voz le temblaba, y hasta parecía que ya se le asomaba una lágrima.

-... ¡Que baile!... ¡Mucha ropa!... ¡Vuelta! ¡Vuelta!...

Los gritos se sucedían sin identificarse la fuente. Sin duda animados porque el bullicio permitía el anonimato.

Al Pedrito la mirada se le contrajo. Atormentado por la chacota, no esperó la respuesta, dio la media vuelta y salió arrebatadamente.

Raquel sentía una opresión en el pecho. Si hubiera tenido más audacia. Pero la carrilla era tan fiera, los muchachos tan despiadados. Sólo cuando lo vio marcharse hacia la seguridad de los pasillos, saltó de su pupitre y, corrió a su alcance.

-Te la van a regresar la mochila. Ni modo que se la lleven a su casa –le dijo. Al tiempo que trataba de emparejarse a su paso atropellado.

-¿Yo que le hice para que se porte así conmigo? ¿Eso es lo que le duele?

-Me estas hablando en ingles ¿A quien o a que te refieres?

-¡Al costeño! ¡Al desgraciado del costeño! Yo, que no he hecho otra cosa que tratar de ignorarlo. De hacer como si no estuviera ahí...

-¿Y que te importa el pendejo del costeño? Él o cualquiera que te haya escondido la mochila, viene siendo lo mismo. El caso es que no es para tanto, hombre. Te la van a devolver. Ven, regresemos. Estoy segura que ya está en tu pupitre.

-Y tendría suerte si no apareciera ¿Sabes? Si hubiera desaparecido. Si se hubiera evaporado en la nada. Ojalá hubiera sido solo eso, la nada.

El Pedrito estaba de pie, apoyado en el barandal de la escalera. Mientras Raquel se instalaba a su lado, apoyaba la mano en su hombro. Eran tan semejantes. De todas la compañeras de clase no había una con quien congeniara tanto como con él, tan tímido, tan sensible e ingenuo. Y compartían la misma pasión por el cine y sus estrellas. Y que decir de aquellas historias de amor que se contaban, sobre todo las que concluían con algún desenlace trágico y romántico.

-No es para tanto. Nada más piénsalo ¿Qué ganarían con llevarse la mochila a su casa? ¿Es que guardabas algo valioso? –el tono de Raquel era severo.

-Ese costeño. Parece estar peleado con todo el mundo...

Cuando regresaron al salón, lo primero que vieron fue la mochila. Solo que en ese momento, el costeño la sostenía en sus manos, esculcaba en su interior y, frente a toda la clase, les iba mostrando el contenido. Describía articulo por articulo en tono de falsete; afectando sus modales con una exagerada y fingida afeminación.

-¡¿Y ahora que tenemos aquí?! Mira nada más... ¡Para acentuar esas facciones, para prender ese tono apagado de los labios! Este estupendo estuche de cosméticos.

El cholo se hallaba convertido en una especie de ayudante. Cada nuevo articulo descubierto, lo recibía en sus manos y lo iba mostrando en señal de triunfo.

La batahola era general. Las carcajadas eran al punto de las lágrimas.

Allí, en la puerta, los ojos sombríos delPedrito parecieron apagarse en medio de su descolorida cara. Y como movidas por un impulso solidario, las muchachas se levantaron todas y fueron a fortalecer a Raquel con su presencia.

El Pedrito no se movió. Pero ya no estaba ahí, se había retraído a su refugio secreto. Soñaba con un rió, la superficie encrespada, brillando bajo la luna llena.

Raquel comenzaba a salir lentamente seguida por sus compañeras. Cuando de reojo, alcanzó a ver que del interior de la mochila, el costeño sacaba una revista. Era una de esas publicaciones coloridas de las que se encuentran en cualquier puesto del mercado. Raquel se detuvo y esperó, los sentidos alertas.

-Mira nada más... Lo que tenemos aquí. Párense muchachas, de seguro querrán pedírsela después para ojearla con más calma. ¡Un bombón gay! Y así se llama la revista ¿Eh? Miren a este cuero de chamaco que viene en la portada.

El Pedrito se detuvo en la salida de la escuela. Mantuvo la espalda derecha. Su figura regordeta se erguía ahora con altivez. Sus ademanes, ahora más sueltos; su pelo teñido, con esos mechones plateados como las crestas de un rió bajo la luna llena, le daban un aire distinguido de señorita digna. No se hubiera detenido, pero le pareció que era Raquel la que venía cruzando la calle, directo a su encuentro. Era la hora de la entrada del turno siguiente. Ese turno que había cambiado porque ahora le parecía más cómodo estudiar por la mañana. Y es que estudiar en la tarde, tal parecía que se pasaba todo el día en la escuela. Además, así tenía todo el crepúsculo para él solo; para repasar sus apuntes, buscar algún dato en la biblioteca; para soñar con historias de amor con algún final trágico y romántico.

Sí, era Raquel, solo que de seguro no alcanzó a verlo, y menos porque se le veía la mirada mojada, como si de repente hubiera derramado una lagrima.

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