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Después de la explosión, el
trizamiento de los vidrios derretido en la retina y en la
retención de la memoria: los muertos desmembrados,
los relojes parados en la vialidad, las señales de
tránsito perplejas e intermitentes, los sobrevivientes
son los únicos testigos que, al pasar, se salvaron
con los muertos como escudos vivientes y transeúntes.
La versión: un ataque terrorista. Más allá,
fuera del radio y de la radiosidad de la explosión,
un hombre va dejando bocanadas del cigarro como una nebulosa
sombra de su lenta huída. Se habla de investigar
a fondo en las mezquitas, en las azoteas y en los sótanos.
Nada parece tener orden, el caos ha resquebrajado las aceras,
las calles y las casas, y los que las caminan y habitan
maldicen con palabras las imágenes que la televisión
les proyecta: donde los cadáveres fueron seres humanos,
los brazos y las piernas desmembrados, los pechos y las
espaldas perforados, los rostros desfigurados y las cabezas
untadas en el suelo y en las paredes.
EL ESPEJO
Y LOS CUENTOS EN LA CIUDAD INUNDADA
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La trompeta y el saxofón que se arrastran con el
jazz hasta los pies improvisados y sincopados de Louis y
Charlie, están esperando que entren los chasquidos,
los relámpagos, los truenos y los rayos eléctricos
y metálicos del trombón, mientras que al fondo
del bar New Orleans, el piano, el contrabajo y la batería
escuchan el aullido de un clarinete que aúlla la
alerta de que la brisa marina que viene con el viento y
con el agua del golfo están entrando al lago y ha
roto el dique de contención.
Louis le dice a Charlie: serán los techos de las
casas donde se refugien la desgracia de la condición
humana, porque entre el piso y el techo es por donde la
vida hace más agua, haciendo que el espejo y los
cuerpos en la ciudad inundada vaya reflejando y musicalizando
un jazzeado lento y líquido o rápido y denso:
vamos a inundarnos hasta los huesos, viniéndonos
tardíamente después el rescate de la emergencia,
y de esto enmudeceremos por los cuerpos muertos.
En tanto, venga esa música.
Aparicio Juan Rulfo llega a una encrucijada
de caminos: Sayula, San Gabriel y Apulco, y en los tres
pueblos de Jalisco, lo están esperando. Con el llano
en llamas a cuestas y Pedro Páramo por encargo de
buscarlo, Aparicio Juan Rulfo, no haya si regresarse de
donde viene o seguirse por cualquiera de los tres caminos,
pues al fin y al cabo, nada pierde con intentarlo. El mismo
Aparicio Juan Rulfo se propuso en vida confundir el origen
de su nacimiento, habiendo dicho a quienes lo escucharon,
que él había nacido en Apulco, cercano a San
Gabriel, y, que su nacimiento fue registrado en Sayula.
Y estando así las cosas de ese tamaño como
las dejó Aparicio Juan Rulfo, ahora, regresa por
el llano en llamas buscando a Pedro Páramo.
Antes de andar el camino que ha escogido para llegar a
donde lo están esperando, Aparicio Juan Rulfo, se
echa un buche de agua a la garganta, prende un cigarro Delicados,
y se pone a fumar y a pensar como si estuviese hablándole,
en silencio, al viento: "Bueno, es la nostalgia propiamente
de la infancia, no es el territorio. Es el aire, el sol,
la atmósfera en que uno vivió durante la infancia,
durante la niñez. El territorio es en realidad muy
complejo, no se puede ubicar en realidad cómo es
exactamente. Más bien es un territorio inventado."
Y sentado Aparicio Juan Rulfo en una piedra caliza, traída
quién sabe y vaya usted a saber si de Luvina o si
de Comala, mira la encrucijada de caminos, se rasca la cabeza
y lanza un escupitajo que cae al suelo hecho flema de polvo,
parándose y fajándose la camisa con los pantalones
y acomodarse la cantimplora como si fuese un revólver
en el cuadril izquierdo, levantando y extendiendo el brazo
derecho al cielo y abrir la mano para sentir de qué
rumbo está viniendo y pasando el viento entre sus
dedos.
Al observar desde lo alto en que está parado Aparicio
Juan Rulfo, ve que los tres caminos que llevan a Sayula,
San Gabriel y Apulco van empinándose por un escondrijo
de matorrales y arbustos, que la aridez de la tierra arde
en los ojos nada más de mirarla, y que esa desolación
de los tres caminos, será como hervir el sudor en
su propio cuerpo, desgarrándose la piel con la ropa,
hasta ir quedando por cualquiera de los tres caminos, en
un murmullo de voz sofocada y deshilachada como un vivo
e irredento fantasma. Nada más de ver y pensar Aparicio
Juan Rulfo, se le viene del olvido el lejano recuerdo de
su padre muerto, cuando él tenía cuatro o
cinco años, y después fue a un orfanatorio,
donde sintió la muerte y la soledad como si él,
también, ya estuviese muerto.
Allí, en lo alto y en una tremolina de indecisión,
Aparicio Juan Rulfo, se acuerda, por encargo, de que tiene
que buscar a un tal Pedro Páramo, a quien ha de cobrarle,
en cuanto lo encuentre, la soledad, la muerte y el silencio
que él ha sufrido desde que la gente se lo empezó
a poner como un estigma, a fierro candente, sobre y bajo
la piel, entre la carne, el hueso y el tuétano.
Después de años y de lejanos recuerdos,
Aparicio Juan Rulfo, arrellanado en lo alto y en una tremolina
de indecisión, siente que, por fin, tendrá
que ir en busca de algo o de alguien que puede ser un túmulo
de piedras, más allá o más acá,
de la Media Luna que se está poniendo en el horizonte
y junto a un sol que irá arrastrando a Aparicio Juan
Rulfo por ese camino que lo llevará, no sabe si a
Sayula, a San Gabriel o a Apulco, porque cuando salió
de Luvina y quedarse un tiempo en Comala, le dijeron que
Pedro Páramo andaba huyendo como un ánima,
y que mejor ni lo buscara, porque en eso se le iba ir la
vida entera y la iba ir dejando como una reguero de piedras
o como harapos que ni siquiera servirían para hacerse
un remiendo de mortaja. Entonces, sopesando Aparicio Juan
Rulfo la tremolina de su indecisión, agarra y levanta
la piedra caliza y la avienta al vacío y al silencio
de la encrucijada de los tres caminos, escuchándose
el golpear y el despedazarse de la piedra con otras piedras.
Luego, un polvo fino y ardiente sale como bocanada del vacío,
del estruendo y del reposado silencio, sintiendo Aparicio
Juan Rulfo, que después de tantos años y de
tantos recuerdos, había renacido de entre los vivos
y con los muertos.
Y del fui a Tuxcacuesco al vine a Comala, Aparicio Juan
Rulfo, de entre los vivos y con los muertos, habiéndose
disipado el polvo fino y ardiente, baja por la pendiente
de los años y de los recuerdos, llevando en su descenso
el humo de los cigarros y los buches de agua en la cantimplora,
sintiendo que el sol lo va hirviendo en el jugo de sus malhumores
y el paliacate hecho un nudo de sudor amarrado a su cuello,
respirando y resoplando como un toro enyuntado en un terreno
surcado de arbustos, matorrales y un pedregal crepitando
en el comal ardiente que es la tierra que va pisando.
Sobre su cabeza, el sol; y en el horizonte, la Media Luna;
y en la tierra, ningún atajo para acortar el oneroso
y polvoriento camino, haciendo de tripas corazón
por el hambre y por los pálpitos, sintiendo que las
tripas y el corazón se le van a salir por la boca:
en todos estos años y en todos estos recuerdos, Aparicio
Juan Rulfo, no ha sentido más que el desprecio hacia
a las cosas que le hicieron tanto daño como la muerte
y la soledad, y todo lo bueno que ha encontrado en el mundo,
ha sido el silencio. Sí, ese silencio que todo lo
calla y que va resonando como un eco sordomudo que se va
metiendo en el viento desoído. Por eso, Aparicio
Juan Rulfo, no tiene prisa por ir gritando haber quién
lo escucha, sabiendo que todo es en vano en esta y en la
otra vida, si es que hay, acaso, otra vida. Y si ha de ser
así, quién sabe si alguien viva en la Media
Luna.
Reconviniendo en lo que le dijeron de Pedro Páramo,
eso más tarde que temprano lo sabrá a su tiempo,
porque aquí, por donde voy yo, Aparicio Juan Rulfo,
este es un espacio de nadie y este es un tiempo de nada,
solamente, este pedregal de cantos rodados que pudo haber
sido un río y ahora es un pedregal de piedras pelonas
ardiendo en el día y centelleando con lo que les
alcanza a llegar de luz de la Media Luna. Nada ganaré
con desesperarme ni dejarme arrastrar por el desaliento,
porque en este primer día, es y será, la primera
noche, y cuando entre a ella, el eco sordomudo en el viento
desoído se volverá el silencio de los murmullos.
Porque deveras que sí y como suena a contradicción,
el eco sordomudo, el viento desoído y los murmullos
son este silencio que me traigo por dentro desde que me
llamaron Aparicio Juan Rulfo. Y en los nombres y en el apellido
comulgo, calladamente, la penitencia de mi silencio.
Por eso, desde que me echaron andar a solas por el mundo
todos los nombres de los caminos de todos los nombres de
los pueblos y de todos los nombres de gente que he conocido,
la desolación no ha sido más que la soledad
y la vida no ha sido más que la muerte; por eso,
lo del silencio, aparejado a lo de mi nombre, Aparicio Juan
Rulfo. Y por donde voy es el llano en llamas.
Y antes de que la tarde se haga noche, y no se vea más
que el resplandor de la Media Luna…"Como quien dice,
toda la tierra que se puede abarcar con la mirada",
que me dijeron que es el terrenal de la Media Luna del tal
Pedro Páramo, tengo que calmarme y no dejar que el
desaliento me colme la respiración y me empiece a
ahogar las ganas de seguir adelante, porque si no cómo
le voy a cobrar caro a Pedro Páramo mi silencio.
Y andándome despernado como voy por este camino
del demonio, la noche viene de lleno a oscurecerme los ojos
y no hago más que tentalear al centro y a los lados
del camino, espinándome los brazos y las corvas con
esas espinas que entran y se quiebran quedándose
las punzantes puntitas con una comezón que va enrojeciendo
y acalenturando la piel. Ni modo, no hay más que
sentarse o acostarse a esperar que la noche pase a mejor
vida y renazca en el amanecer, y así, sacarse una
tras otra, la puntita de cada espina clavada y enterrada
con todo el ardor y el dolor que no son tan peor como el
ardor que traigo en la memoria y como el dolor que traigo
en el corazón. Pero antes de que amanezca, aquí
estoy, en medio de la noche, viendo por encima de los matorrales
y de los arbustos, el todavía lejano resplandor de
la Media Luna, escuchando también el cercano aullido
de coyotes que han de estar merodeando esas presas esperpénticas
que son las ánimas del llano en llamas, teniéndose
que ruñir las tripas con las raíces de los
arbustos y de los matorrales, porque no creo que por estos
terrenales se pueda agarrar y matar animales.
Y como pude haber andado antes por aquí, no hay
nada que pueda reconocer en la oscuridad, salvo ese olor
a miel derramada en la memoria olfativa que me viene de
la infancia del pueblo que soy y al que vengo, pero en esta
confusión del tiempo y en esta vaciedad del espacio
en que me encuentro, tal vez anduve y desanduve en círculos
que me han vuelto a traer aquí, viniéndoseme
como única certidumbre el olor a miel derramada del
pueblo que soy y al que vengo. Y de tanto darle vueltas
al asunto, el sol, ya despunta por entre un cerrerío
de montes y de nubes, restregándose con las manos
secas las duras lagañas de los ojos, no recordando
si permanecí despierto o dormido, porque cuando uno
es la vigilia de uno mismo, lo único que nos cuida
es la duermevela de la conciencia o de la inconciencia.
Es que mejor me voy poniendo, otra vez, en el camino que
voy siguiendo, quién sabe si a Pedro Páramo,
o, a mí mismo, porque Sayula, San Gabriel y Apulco
quién sabe si los pasé o ya no llegue a ninguno
de ellos, cuantimás lo lejos que han quedado Luvina
y Comala, guiándome por la Media Luna que, por cierto
y desde aquí, no es el resplandor lo que se divisa
sino una nube en forma de hongo que está saliendo
y elevándose por entre aquellos cerros.
En este andar sabiendo o adivinando el camino, uno intuye
que habrá de ser la suerte, y no la esperanza, la
que vaya poniendo los sobresaltos a los que los animales
de carga de los arrieros están acostumbrados que,
de tanto subir y de tanto bajar, las pisadas de sus cascos
van remarcando las huellas que, una y otra vez, el viento
va barriendo, quedándose los burros atrás
lentos y cabizbajos, las mulas matreras en medio y pedorreándose,
y los caballos adelante y comandando, en tanto, los arrieros,
se van o se vienen tragando el polvo con el viento todos
deshilachados y con los sombreros metidos hasta las orejas
que parecen llevar el rostro embozado de los muertos caminantes.
Por la mañana lunar que voy caminando tengo que
llegar al mediodía solar aguantándome el hambre
que me gruñe en las tripas, haciéndolas esperar
hasta que llegue a ponerme bajo la sombra haber de qué
árbol, porque aquí la única sombra
que hay es la sombra que uno trae por delante, atrás
y a los lados como arrastrándose o reptando. No habiendo
la sombra que nunca me voy a encontrar por este desombrado
camino y escombrado de arbustos y matorrales, tendré
que echarme bajo de ellos y sacar del morral algunos pedazos
de carne seca para mordisquearlos dura, molar e incisivamente
y sacarles el poco jugo y tragarme el bagazo seco con el
polvo y el agua para que me caigan a las gruñentes
tripas. Después, otro Delicados, que para fumar me
quedan los pulmones y lo que los cigarros me restan de vida.
Del lugar en que estuve parado y venirme por estos polvorientos
lugares allá sigue divisándose la Media Luna,
¿a la que voy llegando o a la que voy alejándome?,
pues quién sabe, porque ni mi sombra me está
siguiendo por estos breñales: una piedra bola de
tan grande, blanca y caliza me está tapando la vista,
que a la mejor me llevará tiempo rodearla de tan
grande e incrustada por el camino por el que voy hasta toparme
con ella y escalarla a ver cómo, porque habiéndome
andado escalando montañas, cerros, acantilados y
quién sabe cuántas más escaladeras
y subideras que me anduve cuando muchacho por la vida. Esa
piedra bola metida quién sabe cómo en ese
mundo de muro de piedra en esta tierra reseca me dejará
treparla como lagartija con la lengua de fuera. Imposible
pensar en pasarla por arriba, y qué tal si del otro
lado me hallo un socavón del tamaño de puritito
infierno esperándome para caer con mis huesos rodando.
No. Algo mejor que escalarla será esperarme a pensar
mejor como rodearla, porque no creo que a través
de ella se halle este único camino. Tendré
que buscar entre tanto pedregal, arbustos y matorrales otro
camino que me lleve rodeando esa desgraciada piedra bola,
aunque me acabe las suelas de los zapatos y las uñas
de las manos buscándolo.
De allá, de quién sabe dónde, viene
un despojo de polvo arremolinado porque lo estoy viendo
desde esta piedra bola encaramado, pues no me quedo otro
camino que subirla con las uñas y los dedos sangrados:
sentado aquí y viendo pa'todos lados la vista no
me alcanza para tanto monte y cerros a lo lejos, volviéndose
todo azul desde el cielo a la tierra y esas nubes aborregadas
llevándolas el viento quién sabe a que otros
cielos, porque este cielo de aquí está quedándose
en un azul desolado y quemado por el sol de tan ardiente
que me siento un lagartijón jalando y boqueando el
aire caliente que me está cocinando, sobre la piedra
bola, recostado. De este lado, si es que tiene lados esta
piedra bola, hay una caída como si la piedra se hubiese
chorreado en surcos de lodo fundido y haberse vuelto un
paisaje lunar en esta tierra hecha piedra, como si colas
de relámpagos, despojos de polvos arremolinados hayan
depositado remolinos de muertos en una fórmula secreta
de una remota soledad.
Y en esta fórmula secreta, la piedra bola de tan
grande, blanca y caliza, no es más que mi remota
soledad en la que estoy sentado, contemplando con el ardor
del sol en mis ojos la pasmada tierra que me rodea, olvidada
de Dios y de El Hombre, desatinada y alucinada en medio
de un espasmo seco donde, solamente, yo y mente existimos
con esta herencia de remota soledad que ocupa mi enclenque
cuerpo y que todavía sobra piedra alrededor de mi
perdición o de mi desatino, porque de Pedro Páramo,
tal vez él, sin verme y sin reconocerme, me ha dado
como herencia esta remota soledad de piedra, escurriéndome
con el sudor de mi desesperanza por estos surcos de lodo
fundido.
Y si es aquella la Media Luna de tan cerca, por qué
me ha entrado un sosiego de saber que no quiero llegar a
ella, qué escondrijos de motivos, qué tiliches
de arrinconados sentimientos, qué miedos de caminos
secos y polvorientos, qué entrañas de matorrales
y arbustos, qué memoria de tan muerta y qué
corazón de tan piedra me hacen quedarme, por siempre,
en esta soledad, donde una voz me está llamando de
tan lejos y aquí mismo, oyéndola y sintiéndola
cerca, acariciándome las orejas, besarme y refrescarme
los labios, soplarme su aliento de aire a través
de mi garganta y llegarme hasta mis pulmones. Soy yo, Aparicio
Juan Rulfo, Susana San Juan, la mujer de tus sueños.
EL FUEGO
O EL TESORO DE LA JUVENTUD
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De tal manera, el fuego o el tesoro de la juventud está
que arde y ardiendo en París-Europa, empezando el
fuego por unas chispas eléctricas que se desprendieron
de dos jóvenes africanos electrocutados. Es creíble
el fuego porque se ve desde cualquier lugar del mundo, inclusive
desde el lugar más marginal y jodido del mundo que
es París, tradicional y clásicamente llamada
La Ciudad Luz, ardiendo, ahora, en llamas automovilísticas
y callejeras. Que sea el automóvil y no el ser humano
el que arde, no deja de ser simbólica y materialmente
una protesta con una descarga de malestares política,
social, económica y culturalmente. ¿Hace bien
o hace mal el fuego o el tesoro de la juventud con lo que
está haciendo en París-Europa? Primero: ¿quién
ese fuego o tesoro de la juventud: los franceses originarios
del mayo de 1968 o los franceses desarraigados de África
de octubre del 2005? En cuanto se ubica e identifica ese
fuego o tesoro de la juventud, sorprende que sea esa juventud
de padres que emigraron a Francia porque creyeron en la
libertad, la igualdad y la fraternidad de la nación-estado
y capital de los derechos humanos en el mundo.
Del proceso integrador del republicanismo francés,
a la desintegración vía la marginación
y la explosión generada en los últimos y definitivos
30 años, pasando de la cultura universal francesa
a la multiculturalidad o diversidad de los diferentes o
de los otros, que sin voz ni liderazgo ha tomado el tesoro
y le ha prendido fuego con la juventud que se está
arriesgando a perder todo porque nunca ha tenido nada. Arda
lo que tenga que arder en París-Europa, la juventud,
no tiene más opción que el fuego y porque
el tesoro es una mierda, o porque ese tesoro se transformó
en el automóvil en llamas, reduciéndolo a
chatarra humeante.
Si no hay voz ni liderazgo en esa juventud que le ha prendido
fuego a la antorcha neomedieval postmoderna de las aldeas-los
barrios de desempleados o subempleados de un París
periférico, es porque el Arco del Triunfo se lo están
pasando por los testículos y a los Campos Elíseos
los están contaminando con el hollín de los
carros inmolados. Los días y las noches ardientes
en llamas son días y noches de racismo y discriminación
en llamas que pueden ser sofocadas con la represión
y la deportación de los des-arraigados de África,
porque el africano o el árabe son el musulmán
con el sinónimo calificativo de bandido, asesino
y terrorista después de lo sucedido en EEUU, España
e Inglaterra.
En alguna parte de Le nouvel áge des inégalités
en París-Europa de Jean-Paul Fitoussi y Pierre Rosanvallon,
está escrito a fuego en las calles: "La emergencia
de formas inéditas de desigualdad y la aparición
de un nuevo tipo de padecimiento social engendrado por los
desarrollos de la sociedad individualista, desempeñan
un papel fundamental." ¿En dónde, sino
en América, Europa o en el occidente de la cultura
universal en que nos encontramos todos, incluidos unos,
y, excluidos todos los demás? Del porvenir nadie
se acuerda más que del peorvenir, del cual Marx y
los buenos marxólogos nos hablaban del capitalismo,
el neocapitalismo salvaje y el neoliberalismo comercial
mercadológico que tan caros y empobrecedores han
costado en las ciudades periféricas con sus principales
ciudades capitales céntricas, alcanzándolas
el fuego que reclama como protesta una o varias acciones
políticas que no repriman y no deporten la acción
reveladora de un fuego que está iluminando las partes
oscuras de La Ciudad Luz de París-Europa. Sofocar
el fuego de la juventud con la represión y la deportación
de los sin voz ni liderazgo, no son ni serán las
dos mejores acciones políticas, porque el africano-el
árabe-el musulmán no son un apátrida
y ni un patricida y menos un matricida que quiera matar
a la madre-nación-estado donde los derechos humanos
deben ser una realidad de ser y de hacer no la retórica
de la fuerza conservadora, reaccionaria o rebeladora de
una juventud que solamente salió a las calles para
encenderle fuego a los automóviles del progreso industrial
y de la decadencia humana.
IMAGINAR LA
VIDA EN EL AGUA
|
Cuando niño, con el vulnerable tallo de la enredadera
en la columna vertebral, mirabas hacia el fondo de la noria
y el árbol de los capulines era la madurez de la
frutilla en la sombra de tu infancia. Los comías
agridulces, contemplándote el escozor agridulce en
la leche de tus dientes y la noria era el espejo en la sonrisa
de tus gestos. No imaginas aún tenerlo todo.
En Las Lajas, lloraste, derramándose las lágrimas
hacia abajo, donde el escurridizo arroyuelo, las recibía
y arrastraba más abajo, llevándolas hasta
un venero de ojos y un manantial de miradas: no imaginabas
que desde abajo brotaban y borbotaban las palabras.
En la niña de los ojos, el niño eras tú
cuando la buscabas y no sabías que con ella el mundo
era un iris de ires y de venires: en la tierna desnudez
de la infancia, el cuerpo, es la esencia existencial de
todos los aromas, oliendo con el gusto de las manzanas.
Cuando te dejaron caminar solo, Las Cuevas Lejas, estaban
lejos y caminaste, entraste y subiste a ellas, escuchando
y viendo cómo estalactitas y estalagmitas de agua
caían con sonidos de voces y de rupestres palabras.
Te dijeron: a que no te imaginas que aquí vivió
alguien de tu sangre. Y en el hollín petrificado,
en lo alto de la oquedad de Las Cuevas Lejas, oíste
al imaginar las sombras de polvo y agua, conversando. Tocaste
las paredes de Las Cuevas Lejas y te palpaste el corazón-palpitándote
y las manos-temblándote.
Después, llegaste con el vulnerable tallo de la
enredadera en la columna vertebral, a la cima de Las Piedras
Encimadas de la montaña de La Lechuguilla, palpando
la rugosidad pro y pre histórica de las piedras,
caminando por laberínticos jardines botánicos
a ras de piedra: todo es imaginación pétrea
acá arriba, te lo dijeron el viento, la neblina,
la nubes y el cielo. Los estanques contenidos en su calma
y en su sombra de agua, dejaron contemplarte y beberte la
sed con las manos lavándote la cara.
Y cuando empezaste a imaginar el agua, aún te faltaba
lo más pétreo y blando de lo que está
hecha la imaginación y el agua: el alfabeto escrito
sobre la blandura pétrea de la vida. Rebuscaste por
donde anduviste, pusiste todos los sentidos en atención
abierta para encontrar la blandura pétrea de la vida
cuando ya estabas en y para ella. Desde tus ancestros abuelos,
una voz plural, centrífuga y centrípeta, oquedada
en ecos te habló para guiarte con la acerva sabiduría
que tenías que andar y desandar hasta que el espacio
y el tiempo se te abrieran como una revelación de
palabras escritas: imaginar la vida en el agua.
Después de los años l922 cuando nace y de
1975 cuando muere Pasolini, la moderna y la vieja Italia,
dejan de ser el centro de atención y de polémica
en la vida de Pier Paolo, pues una Italia reaccionaria de
izquierda y fascista de derecha, habrán de simular
un crimen pasional de amantes homosexuales contra la integridad
humana, artística e intelectual de Pier Paolo Pasolini.
En la obra cinematográfica, novelística, poética,
ensayística, dramatúrgica, periodística,
dibujística y pictórica del hombre que asumió
la homosexualidad, no hubo una incoherencia praxística
ni una simplificación teoremática de lo que
el marxismo critico en PPP significó y practicó
abiertamente contra el Estado Italiano. El cuerpo del ciudadano
italiano fue golpeado, atropellado y asesinado como un perro
en la persona física, ética y moral de Pasolini,
destruyéndolo y reduciéndolo a cenizas en
el poema que él escribió en las cenizas de
Gramsci, donde el poeta orgánico de Pier Paolo es
más hermano de Antonio en las obligaciones y en la
responsabilidad de criticar ideológica y orgánicamente
la Italia contemporánea que vivieron y murieron en
la cárcel y en la calle de una romanización
papal y fellinesca.
Pasolini en el contexto italiano y Althusser en el contexto
francés, fue un crítico de los aparatos ideológicos
de Estado, tanto del comunismo como del capitalismo, de
la religión y del laicismo hipócritas, zanjando
a Italia en dos: la Italia rural y la Italia urbana, viendo
que el comunismo le era natural a los pobres del campo y
el capitalismo le era funcional a los ricos de la ciudad,
criticando cómo el neocapitalismo de su época
es el neoliberalismo de nuestra época, escribiendo
lo siguiente: Por lo tanto, no me interesa para nada un
mundo uniformado por el neocapitalismo, es decir, por un
internacionalismo engendrado, mediante la violencia, por
la necesidad de la producción y del consumo. Pasolini,
siendo el hombre que fue y el homosexual que se asumió,
era un campesino que forjó lo artesanal con lo intelectual,
aprendiendo sobre la marcha todos los oficios que lo habrían
de formar e inconformar con el contexto histórico,
político, económico, social, cultural y estético
de su tiempo, renovándose sobre la base de una distinción
social: I poveri sono reali, i ricchi irreali., transformándose
en un estética crítica de los muchachos de
la vida a la religión de mi tiempo y en un trashumanar
y organizar la vida en una constante contradicción
dialéctica de transgredir lo formal y lo realista
en un cuerpo lleno de pasión y de ideología.
El cuerpo pasoliniano lleno de pasión y de ideología
fue y es una estructura nerviosa y correosa, siempre latente
y palpitante, atlética, de huesos pronunciados y
carnes elásticas: todo un cuerpo pasional e ideológico
que se construyo a sí mismo, comparable al cuerpo
novelístico y samurai de Yukio Mishima, tocados y
sentidos por el homosexualismo, haciéndolo vivir
y gozar Pier Paolo con los muchachos de la vida, de los
cuales, uno de ellos, Pelosi, fue el último en estar
con él y a quien se le encontró culpable por
el crimen de Pier Paolo Pasolini, sentenciándolo
a años de cárcel y que recientemente al salir
de ella, Pino Pelosi, se ha vuelto en un testigo o que siempre
lo fue del crimen político de Pasolini por gente
del neofascismo, pues su última película:
Saló o los 120 días Sodoma, criticaba y sigue
criticando las conductas políticas y las prácticas
paramilitares contra el comunismo, la democracia y el socialismo,
a reserva de que esta obra cinematográfica, es el
uso estético crítico de la provocación
y del asco que es en sí mismo el fascismo. La vitalidad
de Pier Paolo Pasolini, aún después de muerto
el día domingo 2 de noviembre de l975, lo hace un
fiel difunto que le fue fiel a la vida con su vida: fue
un hombre y un homosexual de una sola condición humana,
escribiéndola en uno de sus tantos epílogos
testamentales: De nuestra vida soy insaciable, porque una
cosa única en el mundo nunca puede agotarse. El día
sábado 1 de noviembre de 1975, Pier Paolo Pasolini,
da una entrevista, la última, donde percibe y habla
del peligro, inminente, que se vive en Italia, y de cómo,
en lo inesperado de su persona, algunas otras personas planearon
su crimen violento: En toda mi vida jamás he ejercido
una acción violenta, ni física, ni moral.
No porque soy un fanático de la no-violencia. La
cual, si es una forma de autocostricción ideológica,
también es violencia. Nunca he ejercido en mi vida
violencia alguna, ni física ni moral, simplemente
he confiado en mi naturaleza, es decir en mi cultura...
Pier Paolo Pasolini: Bologna 1922-Roma
1975
EN UNA ATMÓSFERA BLANCA Y NEGRA INTENSÍSIMA |
En una atmósfera blanca y negra intensísima se da el rencuentro entre dos hombres. El primero es mayor que el segundo, viniendo de un pasado y que estuvo ausente durante 29 años y que siempre estuvo contándolos el segundo. En una franja que media la equidistancia en la costa de abajo y la sierra de arriba, el reencuentro de los hombres en una atmósfera blanca y negra intensísima, sucede precedido por una retahíla de desencuentros que los dos hombres no pudieron evitar. Se dijo: esos dos están condenados a recordarse en la vida y en la muerte, porque nunca de los nuncas van a volver a reencontrarse . Y fue así, con la vida del segundo y la muerte del primero, que los hombres se reencontraron en una atmósfera blanca y negra intensísima. El primer hombre con 91 años de edad y el segundo hombre con 49, teniendo éste 20 años cuando el primero murió y lo dejó en un orfandad de pensamientos, sentimientos y palabras que se refugiaron en los recuerdos, y que ahora, en una atmósfera blanca y negra intensísima, el hijo vivo y el padre muerto, se abrazan acariciándose y palpándose con las manos los rostros y reconocerse uno al otro, diciéndole el padre al hijo: ¡Perdóname!
¿Qué tengo que perdonarte, padre, si te nos habías muerto?
No, hijo, yo no quise que así fuera, pidiéndole a Dios que me permitiera estar más tiempo con tu madre, tus hermanos y contigo, y Dios no quiso escucharme y ayudarme, faltándole yo el respeto hablándome fuerte desde mi garganta enronquecida por el cáncer, Y ni así, hijo, pudo darme más tiempo: fue, entonces, que me sentí condenado no solamente a morir, sino a sufrir la enfermedad y la agonía, en carne propia, durante un año. Cuando morí sentí un alivio que luego el peso de la condena me hizo más pesada la muerte cuando alguien dijo que no volvería a ver a mi esposa y a mis hijos, y con el destierro de mi muerte vagaría errante por el recuerdo de ustedes y que ustedes, cada año, me mandarían oficiar una misa para atenuar mi condena, mi ausencia y mi muerte. Y ustedes, sin faltar a mi condena, a mi ausencia y a mi muerte, han logrado que Dios me haya liberado y que venga aquí contigo, a reencontrarnos, no viniendo conmigo tu madre porque se ha quedado regando el jardín de flores, que de tan grande, ya no cabe en el cielo y cuelga de él y es por donde yo he bajado.
Pero, padre, ¿por qué en una atmósfera blanca y negra intensísima, y no en el color de las flores de su esposa y de nuestra madre?
Hijo, porque es un sueño, y yo soñaba más allá de la muerte para venir a reencontrarte más acá de la vida, que es sueño en una atmósfera blanca y negra intensísima. Hijo, no llores, ven y abrázame, otra vez. A ver, ¿lloras por gusto y alegría por habernos reencontrado después tantos años?
Sí, papá, además, porque no quiero despertarme.
Y EN MEDIO DE LA TIERRA NATAL |
Y en medio de la tierra natal
estamos en el rústico y mullido recuerdo del paisaje que se avista desde las ventanas
de la infancia que se asoma vislumbrada
y cada aroma es aquel que en la adultez se percibe nasal y memorial
suavizando con el musgo del tacto la brusquedad inalámbrica de los dedos
escuchando de las flautas y de las cascadas de los pianos
el viento y el agua. |