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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

RELATOS

Por Olga Carrera
Caminos2008@gmail.com


CONTRA VIENTO Y MAREA (MI LUCHA CON EL ALCOHOL)

- Me llamo Juan y soy un borracho!! - Admití, para mi propia sorpresa, delante de un grupo de hombres y mujeres que hasta hace una semana eran perfectos desconocidos. Había confesado en público un secreto doloroso que me rasgaba el alma. Había doblegado mi orgullo ante otros y, más importante aún, ante mí mismo.

- Comencé a beber cuando tenía trece años – continué con mi explicación- y he pasado treinta años de mi vida jactándome de mi tolerancia por el alcohol. Al principio fue una travesura. Cuando mi padre se reunía a jugar dominó con sus amigos, no faltaban tragos que acompañaran el juego. Los veía divertirse y reírse a carcajadas. No cabía duda que la bebida los ponía contentos. Terminada la partida de dominó se retiraban cantando y bromeando y dejaban sobre la mesa vasos y botellas con residuos de licor. Yo me remataba lo que ellos dejaban para satisfacer mi ingenua curiosidad.

La siguiente etapa fue la de sentirme más macho que mis compañeros y ufanarme de mis historias de bebedor. Con el tiempo ya no me conformé más con terminar bebidas comenzadas. Empecé a robar botellas completas de la despensa de mi padre, con la seguridad de que él ni siquiera iba a notar la diferencia.

Con el pasar de los años me di cuenta que la botella era mi mejor compañera. Me consolaba en mis desdichas y me hacía olvidar. Ya no era un bebedor social. Mi gusto por la bebida había pasado de hábito a obsesión. Recurrí a mi médico de familia para que me ayudara con el sentimiento de depresión que se manifestaba durante los períodos de sobriedad. Sus recomendaciones no me fueron útiles.

Mi trabajo como representante de ventas en una empresa internacional agravó la situación. Podía cargar comidas y bebidas a la cuenta de la compañía. La bebida no tenía limitaciones económicas. Sabía perfectamente que estaba bebiendo con exageración pero era más fácil culpar a mi mujer por su voz chillona, a mis hijos por sus peleas contínuas o a mi jefe por no saber reconocer mis talentos en el trabajo. Mi vida no tenía rumbo.

Perdí mi trabajo. Mi matrimonio estuvo al borde del fracaso. Mi mujer tuvo que salir a trabajar y yo me quedaba en casa con los niños. Nunca los atendí bien. Me mantenía borracho y desconectado de ellos y de sus necesidades. Mi mujer escondía las botellas. Nunca sospechó que yo tenía mi propia despensa. Mis amigos se habían encargado de reabastecerme de botellas en un gesto de solidaridad cuando me despidieron del trabajo.

Me sentía solo y despreciado, inclusive cuando estaba en compañía de amigos y familiares. Vivía ignorado. Todos se acostumbraron a mi modo de vida y así lo aceptaron. Las risotadas propias de mis borracheras contrastaban con la honda tristeza que me embargaba. La familia no parecía apreciar las cosas buenas que había hecho. Solamente veían mis defectos y mis debilidades.

Prometí mejorar. Una mañana, muy temprano, me bañé, me afeité y salí de nuevo a buscar trabajo. Ventas había sido mi fuerte. No tardé mucho en conseguir un concesionario de vehículos interesado en un vendedor. Creyeron en mí y me dieron empleo. Traté de mantenerme sobrio y de concentrarme en mis nuevas responsabilidades. El reto de un trabajo nuevo afinaba mis sentidos. Me mantuve sobrio durante una semana. De pronto, comencé a beber de nuevo. Esta vez con más fuerzas. Mi lucha se intensificaba por las noches, cuando nadie me veía. Amanecía deshidratado. Pero esa era una condición normal en mí. Trataba de limitar los tragos, pero no podía abstenerme de la bebida.

Descubrí a este grupo a través de un compañero de trabajo que observó mi increíble capacidad por ingerir alcohol….
Me llamo Juan y soy un borracho… con la esperanza de cambiar y de rehacer mi vida…

Escuché sus aplausos. Respiré profundamente y tomé asiento.

Éste fue el primer paso. Sé que sendero es largo y que serán muchas las tentaciones. Habrá caídas y me levantaré. Ya he pasado por lo más difícil que es admitir mi enfermedad. Viviré 24 horas sin beber. Luego otras 24. Este grupo no ofrece medicinas para mi mal. La curación está en mí. Mi fuerza de voluntad y mi compromiso conmigo mismo harán en mí el milagro. Estoy dispuesto a luchar contra viento y marea para lograr mi objetivo: LA ABSOLUTA SOBRIEDAD.
Miro al cielo y ruego a Dios que me ayude cada día.

DOS Y DOS SON CUATRO

Betsy tenía hambre. Había probado su último bocado la noche anterior, cuando su tía recalentó los pocos frijoles que quedaban en la cacerola. Su vida era triste y desesperanzada. Su vivienda constaba de unas cuantas latas endebles que servían de techo, sostenidas por enclenques paredes de cartón …una más de tantas otras casuchas que conformaban el cinturón de pobreza alrededor de la ciudad capital.
Desde lo alto del cerro se divisaban multitud de señoriales edificios que se erguían con majestuosidad en la inmensa ciudad. Los vestidos de Betsy se reducían a trapos sucios y por calzado cubría sus pies con barro reseco que se había ido acumulando sobre su piel. A su lado, no menos hambriento, su hermano Fabián dibujaba rayitas en la tierra con un palito de madera. A los dos años de edad, Fabián no conocía ropa.

- Fibromas! – leyó Mariela en voz alta- Varios fibromas. Uno de ellos bastante grande. Es lo que el doctor Gutiérrez me ha diagnosticado.
- ¿Piensas que es algo serio? – preguntó Juan con curiosidad.
- No sé mucho sobre fibromas. Sólo sé que esto es lo que me ha impedido quedar embarazada.
Cinco años de casados y no habían podido engendrar. Mariela y Juan finalmente decidieron hacerse exámenes médicos para averiguar el motivo de su infertilidad. No faltaron ilusiones y decepciones.

Betsy – dijo la tía solemnemente – hoy te vas con Fabián a una escuela especial.
Criar a cuatro hijos propios era suficiente reto para la tía. La carga de Betsy y Fabián agravaba la escasez que reinaba en su mísero hogar. Su hermana le había dejado a los niños para poder trabajar por las noches en un bar al norte de la ciudad. Regresaba de madrugada cansada y aterrada de todos los peligros que la acechaban. Ya hacía ocho meses que no venía. La tía no sabía si su hermana estaba viva o muerta. La trabajadora social que a veces visitaba la barriada parecía una mejor salida para sus crecientes problemas. La gente de Protección al Menor seguramente podrían ofrecerle a sus sobrinos comida y ropa. Disimulando su dolor, los puso en manos del Estado con la simple explicación de que su madre los había abandonado.

El albergue para menores funcionaba en una casa antigua, estilo colonial. No era un sitio lujoso. Betsy estaba maravillada por la amplitud del lugar y de principio no objetó que la hubiesen traído a la “escuela especial”. Fabián se aferraba a su hermana, y tensaba todos los músculos de su cuerpo, incluyendo los de su carita que parecían esbozar una sonrisa congelada.

A Betsy le tocó una habitación grande que compartía con otras ocho niñas. A Fabián lo llevaron al segundo piso de la casa con un sinnúmero de niños de diferentes edades.
Solamente a la hora de las comidas se veían los dos hermanos Los domingos visitaban el albergue parejas interesadas en adoptar y los niños eran traídos al gran salón del piso principal. A sus siete años de edad, Betsy tenía probabilidades remotas de ser escogida. Observaba con atención a las señoras y se preguntaba si alguna de ellas querría ser su mamá. Nunca formuló la pregunta.

Un domingo Betsy puso sus ojos en una señora de semblante amable. Esta señora, al igual que tantas otras, pasó de largo frente a ella, sin prestarle mucha atención. Pasaron las dos horas de la visita y Betsy no perdió detalle de cada gesto y cada movimiento de la señora. Apenas a unos minutos para terminar la visita, Betsy sacó del bolsillo de su pantalón un papelito arrugado que había llevado consigo desde que comenzó a escribir sus primeras frases. Había esperado el momento oportuno y sintió que éste había llegado. Se acercó a la señora y con una sonrisa pícara le entregó el papelito.

Mariela recibió el papelito y lo desdobló con intriga.
¿Quieres ser mi mamá? -Leyó Mariela con una mezcla de sorpresa y compasión.
Sonó la campana y los visitantes dejaron el salón.

Camino de regreso a su casa, Juan seguía tratando de averiguar qué había desconsolado tanto a su esposa y por qué no dejaba de sollozar.
- Habrá otros sitios que todavía no hemos visitado- le decía para animarla

- No quiero ir a ningún otro sitio – afirmó Mariela- El próximo domingo quiero regresar al mismo albergue- y procedió a contarle los detalles de su encuentro con la niña.

El domingo siguiente, Betsy no pudo disimular su júbilo cuando divisó a Mariela entre el grupo de visitantes. Esta vez la señora con semblante amable vino directamente hacia ella, le dio un beso en la frente y le devolvió el papelito, el cual colocó cuidadosamente en la palma de su manita al tiempo que la cerraba delicadamente con sus dos manos .

De allí en adelante Betsy Fabián, Mariela y Juan, comenzaron a verse con frecuencia. Las visitas domingueras pasaron a ser lo más importante de su semana. Se entretenían con juegos de mesa o salían al patio a jugar pelota. Dos niños y dos adultos, ahora formaban un cuarteto que se estrechaba cada vez más.

La adopción de Betsy y Fabián se dio casi como un desenlace natural. Después de varios meses de visitas en el albergue, les fue permitida la colocación familiar. El proceso legal vendría después.

La familia extendida recibió a los niños con los brazos abiertos. Habían visto a Mariela y a Juan pasar por los mejores años de su vida reproductiva sin poder engendrar y se alegraban de verlos tan ilusionados al lado de sus hijos. Al principio, algunos tuvieron sus reservas, pero con el correr del tiempo entendieron que el cariño que se estaba desarrollando entre ellos era profundo y genuino.

Desde el balcón del apartamento, donde Betsy ayudaba a su hermano con los deberes, se divisaban las luces provenientes de las casuchas del cerro. Sólo por un momento de distrajo con la idea de su vida pasada. Volvió su atención a la tarea de matemáticas: Dos y dos son cuatro. ¡Dos y dos son cuatro! -Dijo Fabián emocionado- Mira Betsy dos y dos son cuatro. Tú y yo somos dos… mami y papi son dos. Dos y dos… son cuatro.

Dos niños sin padres…Dos padres sin niños…Dos familias incompletas se habían unido para formar una grupo familiar sólido y dispuesto a vencer sus diferencias. Caminarían los caminos de la vida tomados de las manos y unidos en el amor.

VIVIR DEPRISA

Un lluvioso sábado de primavera, cuando contaba con seis años de edad, mi padre quiso enseñarme a hacer cometas caseras. Era la actividad perfecta para un día de lluvia. Los materiales estaban a la mano: Papel de regalo, que había sobrado de la última Navidad; caña delgada que había conseguido en las riberas del río y unas tiras de tela que anudadas, pasarían a ser la larga cola de la cometa.
- Compartiremos un rato juntos- dijo mi padre entusiasmado.
- Papá- Me quejé- En la tienda venden cometas hechas, de muchos colores bonitos. ¿Por qué tenemos que perder tiempo haciéndolas nosotros mismos?

Lejos de desanimarse ante mi innegable desinterés, mi padre fabricó dos cometas: Una para mí y una para él. Al día siguiente me invitó a una colina cercana y quiso enseñarme a volar cometas.
- Una vez que las pongamos a volar – dijo mi padre con ilusión – nos sentaremos juntos y las veremos revolotear entre las nubes.
Con la impaciencia propia del niño, corrí colina abajo, tan rápido como me permitieran mis piernas y alcé mi cometa sin dificultad. Desde allí divisé a mi padre, solo con su cometa, en la parte más alta de la colina.

Un soleado y hermoso día de verano, cuando yo tenía trece años, mi padre me invitó a pescar. Era un pasatiempo relajado que nos daría oportunidad para compartir. La quietud del río y el silencio de la naturaleza creaban un ambiente de paz, ideal para fomentar una amistad verdadera.

- Estoy aburrido- dije perturbando la quietud reinante- Los peces no están picando y ya quiero irme a la casa. Con la impaciencia propia del adolescente me levanté y dejé a mi padre solo con su caña de pescar.

Un fresco día de otoño, cuando tenía 21 años, me pidió mi padre que trabajáramos juntos en un proyecto de renovación en el sótano de la casa. Había madera que cortar, medidas que tomar y paredes que pintar.

- Este proyecto, nos dará la oportunidad de compartir- dijo mi padre, mientras separaba meticulosamente las maderas que había que serruchar y clasificaba las herramientas que íbamos a necesitar.
- Qué manera tan ineficiente de avanzar en un proyecto- pensé- Por qué hacer las cosas juntos?

- Midamos lo que haya que medir y serruchemos lo que haya que serruchar. Luego- sugerí- mientras tú pintas las paredes, yo pinto las puertas y las ventanas.

Mi anciano padre accedió a mi proposición. De una manera rápida y eficiente concluimos en proyecto en un par de días, él por su lado y yo por el mío.
Yo quería vivir la vida de prisa, quería experimentar muchas cosas en poco tiempo. Mi padre en cambio, parecía tener toda una vida por delante. Sus movimientos eran lentos y su temperamento era calmado. Con la impaciencia propia del joven adulto, rematé mi parte del proyecto y quedó mi padre solo terminando de pintar las paredes.

Un crudo y frío día de invierno, cuando yo tenía 45 años, fui a visitar a mi padre con mi familia. Fue un largo viaje que parecía no terminar. Las carreteras estaban resbaladizas y la visibilidad era pobre.

Allí en la sala de estar encontramos a mi padre, con la mirada fija en su caja de herramientas. Levantó un martillo, lo miró con detenimiento y lo devolvió a la caja, como no sabiendo para qué servía ni qué hacer con él. Lo saludamos con cariño pero parecía no reconocernos. Miraba fijamente a mi hija menor sin expresión alguna en su rostro. Una vez que se sintió cómodo con nosotros, nos hizo las mismas preguntas una y otra vez.

Mi padre sufre del mal de alzheimer y ya no puede valerse por sí mismo.

Hoy quisiera aprender a fabricar un cometa y que fueran sus manos diestras las que me mostraran como se arquean las varillas de caña y de que largo debe de ser la cola.
Hoy quisiera recostarme con él en la cima de la colina y ver como nuestras cometas retozan en el cielo azul.
Hoy quisiera ir al rió y sentarme con él a lanzar la carnada al agua y a aprender de él la paciencia del pescador.
Hoy lo miro, con sus ojos fijos en la nada, y me pregunto en que piensa.
Quise vivir precipitadamente sin caer en cuenta de que a veces hay que hacer un alto en la vida y difrutar intensamente los momentos más simples.

VOLVER A NACER… VOLVER A VIVIR

Yo, Isabel, te acepto a ti, Leonardo, como mi esposo
y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas,
en la salud y en la enfermedad,
y amarte y respetarte todos los días de mi vida.

Lágrimas de emoción corrían libremente por mis mejillas. Acababa de profesar mi promesa de amor, fidelidad y respeto al hombre que el destino había puesto en mi camino para ser mi marido…

Escuchaba ahora sus palabras prometiéndome a su vez fidelidad –sí, había escuchado bien- fidelidad en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad. Me distraje por un momento, pero alcancé a escuchar la última frase pronunciada por el padre Juan: …lo que Dios ha unido, nunca lo separe el hombre.

Conocí a Leonardo en el grupo juvenil de la parroquia. La atracción fue instantánea. Amor a primera vista, para ser precisos.
Por mi mente y por mi corazón pasaban ideas y pensamientos conflictivos. Estaba allí con el propósito de participar en una labor social. Nuestra ayuda era crucial para remediar tantas necesidades que agobiaban a otros jóvenes menos privilegiados..
Pero en realidad las actividades de la parroquia eran solamente una excusa para poder verlo a la salida del colegio. Sentía la atracción de un imán gigante.

La idea de casarnos fue básicamente la solución a una situación que nosotros mismos habíamos creado. Éramos muy jóvenes y nos habíamos dejado llevar por el ímpetu, no por la razón. La semilla de vida que había sido engendrada en mi vientre crecía rápidamente y había que hacer algo pronto para evitar el qué dirán. Fue una decisión rápida que nuestros padres aprobaron sin cuestionar.

Así comenzó uno de tantos matrimonios destinados de antemano a fracasar.

Poco después del nacimiento de María Elena, las cosas comenzaron a deteriorarse. Leonardo tenía poco interés en mí o en la niña. La bebita era mi problema, él se lavaba las manos como Pilatos. Él tenía muchos otros intereses fuera de lo que yo quería continuar llamando nuestro hogar. Me negaba a jugar el papel de esposa celosa, pero sabía que esa promesa de fidelidad había sido quebrantada desde hacía un buen tiempo. Ahora solamente pensaba en lo sola que me sentía y en lo difícil que era ser una madre soltera dentro del matrimonio. Nuestra vida era una batalla en campo abierto. Hubo algunos momentos de aparente paz y reconciliación, entre ellos el que determinó la llegada de nuestro segundo hijo: José Augusto.

Leonardo decidió separarse de nosotros. Un buen día preparó un par de maletas y se largó. No muy lejos, por cierto. Su hermana lo recibió en su casa facilitándole su cobarde decisión.

Nuestro matrimonio, sin lugar a dudas, estaba muy lejos de ser un matrimonio ejemplar. Comenzó por razones equivocadas y terminó sin consideraciones de ningún tipo. No hubo reflexiones, terapistas, consejos… Simplemente terminó. Ya era muy tarde para retroceder. Ahora tenía bajo mi responsabilidad a dos criaturitas que requerían lo mejor de mi persona. No importa cómo me sintiera por dentro, por afuera tenía que ser fuerte, protegerlos, educarlos y quererlos con todo mi corazón.

La historia de mi hermana fue muy diferente!. Parecía que todas las estrellas se había alineado para ampararla… o quién sabe si ella tenía conexiones directamente con el cielo. Todo lo que ella hacía le salía bien.

Se casó varios años después que yo con un hombre que solamente se encuentra en las novelas de amor: Apuesto, amable, profesional, responsable y enamorado de ella.

También ellos tuvieron dos niños: hermosos, inteligentes, cariñosos. En eso se parecían a los míos.

Un verano, las dos familias fuimos de campamento a las orillas de un hermoso lago, al norte de la ciudad. Sentadas en nuestras sillas de extensión, observábamos distraídamente cómo nuestros hijos unían sus esfuerzos para preparar una fogata. Era increíble lo rápido que habían crecido. Mi pequeña María Elena ya estaba entrando en la adolescencia. José Augusto había dado un gran estirón y parecía más grande y más maduro al lado de sus primitos.

Mi hermana comenzó a reflexionar sobre cómo la vida nos va llevando por rumbos inesperados. Tenemos cierto control sobre nuestras vidas – decía mientras se le perdía la mirada en el horizonte de ese lago inmenso- pero hay tantas cosas que uno no tiene idea de cómo se van a cruzar en nuestro camino.

Después de varios ejemplos sobre situaciones buenas y malas, sobre retos superados y obstáculos por superar, mi hermana afirmó con plena confianza en sus palabras:
- Si yo tuviera que volver a nacer, no quisiera cambiar nada sobre mi vida. Los retos me han ayudado a crecer y las experiencias buenas me han llenado de grandes satisfacciones. Si tuviera que vivir mi vida otra vez, me casaría de nuevo con Alberto y volvería a tener los mismos hijos..

Escuché a mi hermana con atención y reflexioné sobre mi propia existencia. Qué cambiaría yo si pudiera volver a nacer? La historia de mi vida pasó frente a mí con la claridad de una película. Había tomado tantas decisiones impulsivas que marcaron mi destino. Había cometido tantos errores que viraron el curso de mi vida por caminos difíciles. Tanta soledad y escasez económica. Tantos retos como madre, educando a mis hijos sola, sin una segunda opinión, sin un padre que velara también por ellos. Mientras estos pensamientos ocupaban mi mente, observé como mis queridos María Elena y José Augusto, cantaban victoria por haber logrado levantar la llama de su fogata. -Qué buenos hijos tengo!

Finalmente, con absoluta convicción, afirmé:
- Si yo tuviera que volver a nacer, tampoco cambiaría nada sobre mi vida. Cometería los mismos errores y me casaría con el mismo hombre.

Mi hermana me miró con sorpresa. Hablas en serio? – me dijo- Volverías a casarte con Leonardo?

- Hablo en serio!- le dije- Sí!. Definitivamente volvería a casarme otra vez con él, si esa es la única manera de garantizarme el volver a tener los mismos hijos que tanto amo.

Nota a los lectores. SE HACE CAMINO AL ANDAR es una sección interactiva especialmente preparada para la sección Familia Católica, de El Mundo Latino News.

 



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