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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Óscar Garisa
oscargm3@hotmail.com

MEDINACELI

Sólo una vez hablé con el viejo. No digo hablamos. Digo hablé. Le pregunté: ¿El agua de esta fuente es potable? Asintió con la cabeza, muy despacio pero con seguridad. ¿Es buena? Volvió a asentir. No seguí preguntando. El viejo no me quitaba la vista de encima, me miraba con curiosidad, como se miraría a un mono. Él con sus zapatillas de suela de cáñamo, con una especie de palito en la boca. Las piernas cruzadas. Y una gorra azul, con la visera amarilla, como de propaganda de algún fertilizante. De hecho, se veían algunas letras impresas, pero mi miopía me impide precisar más. Era uno de esos abueletes que parecen eternos. Daba la impresión de que siempre había sido viejo y de que siempre lo iba a ser.

Miraba los camiones y los coches que circulaban por la A-2. Parecía preguntarse, extrañado, a dónde diantres se dirigirían aquellas gentes con tanta prisa, pudiendo quedarse tan quietos, tan serenos, como él, observando. Observando sí, a secas. Nada en concreto. En todo caso, el transcurrir del tiempo y los días.

Me daban ganas de pedirle que me contara la historia de su vida. Que me regalara un poquito, nada más que un poquito, con eso me conformaba, de su sabiduría acumulada gota a gota, con el paso sigiloso de los años. Pero nunca le dije nada. Un día, paré a beber agua, y ya no estaba el abuelete. Pregunté a unas señoras que otras veces me había cruzado paseando por el arcén (siempre en dirección a Madrid, otro dato curioso, ¿cuándo harían el viaje de regreso a Medinaceli, o al lugar de donde vinieran?) Nunca llegué a subir al casco histórico, al pueblo que se vislumbra en el alto.

El único murmullo que se oía era el de los pájaros o el rumor del tráfico, al fondo. Dicho rumor de fondo, sólo se rompía, en ocasiones, con el paso de algún tren de viajeros o algún larguísimo tren de mercancías, cargados casi siempre de coches nuevos.
Un día me extrañó no ver al viejo.

Pregunté a unas señoras que paseaban por el arcén y a las que no era la primera que veía. No supieron de qué les hablaba. Les insistí, y les dije si no sabían de qué abuelete les hablaba, uno que siempre estaba sentado en uno de los bancos de piedra. La respuesta menos escueta, fue un encogimiento de hombros. El resto, silencio. Siguieron con su camino, y yo con mi extrañeza.

Rellené el botellín de agua, para el resto del viaje. Al bajar los tres escalones que dan acceso al pequeño altillo donde está ubicada la fuente, el ligero viento que soplaba, arrastró hasta mis pies una gorra idéntica (o al menos similar) a la que portaba el misterioso anciano. Miré alrededor, y no ví a nadie.

-¡Oiga!- grité, más por entonar los pulmones y ventilarme que otra cosa, pues resultaba absurdo que nadie me pudiera escuchar, pues nadie había en mucha distancia a la redonda. Ni siquiera puedo decir que me contestó el eco. Ni el eco respondió.
Pero me sentó bien gritar con tanta fuerza, así que repetí: -¡Oiga! ¿Oiga?.

Incluso añadí, con más volumen, si cabe: - ¿Es de alguien esta gorra?- Y de nuevo el silencio por toda respuesta.
"La gorra tiene un nuevo dueño" dije, esta vez ya para mi. Me la probé, y se adaptaba a la perfección a mi cabeza, y decidí, en ese momento, que me iba a acompañar casi siempre, salvo que en las próximas semanas, al parar en Medinaceli, volviese a ver al extraño anciano. Si le veía, le preguntaría, y se la devolvería. Estaba casi convencido de que era suya. Pero no volví a verle.

********** ********** ********** ********* **********

Hace ya veinte años que vivo en Medinaceli. Cuando me jubilé decidí marcharme de Zaragoza, a vivir a un sitio tranquilo. Recordé que, de joven, cuando viajaba semanalmente a Madrid, me había gustado Medinaceli. Me compré una casa vieja, la reformé lo suficiente para que me resultara confortable y acogedora, y ahora me dedico a vivir serena y placidamente. Por las mañanas leo la prensa y voy al café, y por la tarde paseo despacio hasta la vieja fuente, me siento en uno de los bancos de piedra de la antigua área de descanso, y me dedico a contemplar la vida, simple y llanamente la vida.

La gente de la ciudad pasa rápido, sin fijarse siquiera en que estoy allí, observándoles. Arrancan sus coches de hidrógeno y a correr, vuelta a la vorágine absurda y la prisa de los días. Persiguiendo el absurdo. Pero hoy ha parado un chico joven. Un joven curioso que me ha recordado a mí cuando tenía su edad.

EX AEQUO

Me presenté a todos los concursos literarios. A todos sí. Incluso a certámenes de Alemania o Noruega. Y eso que no sé alemán ni noruego.
No gané ninguno.

Ni siquiera una mísera mención, el consuelo de un accésit, la ilusión de ser finalista, el espejismo de ser seleccionado, la publicación de una página. Nada. Ni una triste página me publicaron. Siquiera en internet. Tuve ocasión de publicar algún relato en alguna revista digital, pero previo pago. Previo pago por mi parte se entiende. Y eso sí que no. Antes inédito que engañado. Ante todo dignidad, amigo.

Tras muchos intentos infructuosos encontré las bases de algunos concursos curiosos que me abrían una nueva vía para explorar el éxito: me presenté al Concurso Cruel de Relato "El Bueno, el feo y el malo" donde premiaban a los relatos realmente buenos pero también a los realmente feos y malos. Nada.

Y otro donde pedían que los escritores enviasen los versos de los que más avergonzados se sentían: Premio de Poesía mala. Nada.
Me he presentado a todas las ediciones de ambos que se han celebrado hasta la fecha y no hay manera de arrancar una simple constatación de que han leído uno de mis relatos.

He llegado a la conclusión de que algunos de mis cuentos no es que sean buenos o malos. Ni tan siquiera muy buenos o muy malos. Son invisibles. Sencillamente invisibles. Por eso, amigo y paciente lector, no se extrañe usted si entre las siguientes páginas encuentra usted algunas en blanco. No es un problema de edición, es una simple cuestión de invisibilidad: son aquellos relatos que envié a multitud de concursos, pero que tenían esa curiosa peculiaridad: pasar inadvertidos.

El otro día me encontré con un viejo conocido que arrasa en los concursos, y ya ha perdido la cuenta de los que ha ganado. Para picarme, me espetó: - Creo que soy el escritor aragonés con más premios literarios-. A lo que yo contesté: - Yo no creo, tengo la certeza, de que soy el que menos- aunque, omití, añadir que exequo junto a una legión de escritores inéditos.

MUSITA MI MUSA

A la luz de una vela pueden ocurrir cosas realmente interesantes. Además, está sobradamente demostrado que sólo de ese modo, con la iluminación natural que proporciona la combustión de la cera, las musas están dispuestas a acudir hasta tu mesa de trabajo. Se pirran por su olor. Y te recompensan musitándote al oído extrañas historias que ellas aseguran son ciertas. Pero no siempre se entienden sus palabras. Eso depende del talento del escritor que las ha invocado. En mi caso, hago el amor con ellas, y de esa unión nacen pequeños cuentitos tan insustanciales como "El hombre sin cabeza", y tonterías por el estilo. Si por el contrario, yo fuese un genio, mis amigas parirían auténticas obras maestras. Y es que todo depende, en último término y aunque las musas supongan siempre una cierta ayuda, de la creatividad del autor. De todos modos, siempre es un enorme placer el encuentro con ellas, esa sensualidad del espíritu, esa sublimación de la realidad. Jamás escribiré una gran obra, lo sé, pero he tocado con mis dedos la fuente de la literatura, el manantial del que manan todas las grandes ideas. Y eso es algo que no todo el mundo logra.

- Musítame, musa, una historia sin igual.
- Musítame, musa, una historia sin igual.

Las musas son muy traidoras. Pero no por maldad, simplemente son juguetonas aunque a ti te hagan la puñeta de forma inmisericorde. Y es que, a menudo hacen partícipe de esas ideas suyas, locas, caprichosas y a veces ocurrentes, no sólo a mi, sino también a terceras personas. Sólo así puedo explicarme que en ocasiones lea en libros de otros autores palabras que me confiaron en el más estricto de los secretos. Son, pues, muy poco de fiar, pues pregonan esas supuestas confidencias a los cuatro vientos, o a mejor decir, a los cuatro escritorzuelos que más en gracia les caen en un determinado momento, provocando la lógica ira y razonables celos en mi persona. Vaya, por decirlo pronto y claro, que las musas son un poquito golfas. Ya lo creo que sí, unas auténticas furcias es lo que son.

YO NO SOY MAX BROD

A mi abuela también le gustaba escribir. En sus años mozos, como solía decir ella.

Una tarde de aburrimiento, como otra cualquiera, decidimos intercambiar algunos relatos. El pudor nos había impedido dejar que nadie leyera nuestros escritos. Incluso a nosotros mismos nos incomodaba repasar nuestros propios relatos. Pero aquella tarde, con tal de matar el sopor vespertino de la sobremesa, decidimos romper, siquiera por una vez con aquella estricta norma autoimpuesta.

Mi abuela sacudió el polvo de décadas de los cuadernos que guardaba en un par de antiguas cajas y me tendió uno de ellos. Yo hice lo propio con varias cuartillas de mi carpeta azul.

Procuré dejarle cuentos que no tuvieran un lenguaje excesivamente procaz, a fin de evitarle el riesgo de soponcio, pues temía que mi abuela, como buen vejestorio, se escandalizara. Aun así dio varios respingos al posar la vista en palabras abruptas para su alma sensible y burguesa, como "polla" o "cómeme la susodicha". Me arrepentí de no haber aumentado mi autocensura en mayor grado.

Ella, por su parte, para hacerse la moderna, creo que seleccionó el cuaderno de sus escritos más transgresores, pero la palabra más fuerte que leí fue: papanatas.

El choque generacional o como puñetas le llamen los sociólogos -los cuales viven de ponerle nombres tan rimbombantes como inútiles a cualquier cosa, y de hacer burdas generalizaciones (es decir, manipular la realidad) impunemente-, el choque generacional, decía, era más que evidente.

Mi abuela que a pesar de ser muy tradicional, o quizá por ello, era muy sabia, se atragantó con varios vocablos más, como si le produjeran urticaria, o una extraña alergia ¿volitiva?, pero al acabar con el último de los folios, sonrió afablemente y sentenció: no está mal, para ser de mi nieto no está mal. Está pero que requetebién.

Los relatos de mi abuela destilaban una fuerza narrativa insólita, la tensión no decaía del principio al fin, eran de esos relatos-parapente, como yo les llamo, que son aquellos que uno no deja de leer cuando quiere, sino que, como los parapentes convencionales, te levantan del suelo y te hacen volar y volar y no sabes muy bien cuando te van a volver a posar sobre el suelo. Con los relatos de mi abuela ocurría exactamente lo mismo. Con el matiz de que sabías cuando ibas a volver a aterrizar, a echar pie a tierra: cuando lo hubieras terminado.

Aquel mismo día mi abuela, que no había leído nunca a Kafka, me pidió, como si yo fuese Max Brod redivivo, que cuando ella muriese quemase todos aquellos escritos inéditos.

Pero cuando mi abuela falleció no hice lo que ella me pidió. Seleccioné los que más me gustaban y los adapté un poco a mi estilo. Pequeños retoques, que quizá lo único que hicieron fue empeorar el resultado final. Los registré en la propiedad intelectual, a mi nombre, por supuesto. Tengo el volumen de relatos que he reunido pulcramente preparado para enviar a diferentes editoriales. Pero hay algo que me impide hacerlo y olvidar este asunto de una maldita vez. Cada vez que me dispongo a realizar el envío tengo la sensación de que desde algún lugar mi abuela, Kafka y su albacea me observan y no aprueban lo que pretendo hacer. En el fondo creo que a mi abuela no le disgustaría ver su obra publicada, siquiera póstumamente. Aunque quizá prefiriera que lo fuera con su nombre.

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