Sólo una vez hablé con el viejo. No digo
hablamos. Digo hablé. Le pregunté: ¿El
agua de esta fuente es potable? Asintió con la cabeza,
muy despacio pero con seguridad. ¿Es buena? Volvió
a asentir. No seguí preguntando. El viejo no me quitaba
la vista de encima, me miraba con curiosidad, como se miraría
a un mono. Él con sus zapatillas de suela de cáñamo,
con una especie de palito en la boca. Las piernas cruzadas.
Y una gorra azul, con la visera amarilla, como de propaganda
de algún fertilizante. De hecho, se veían
algunas letras impresas, pero mi miopía me impide
precisar más. Era uno de esos abueletes que parecen
eternos. Daba la impresión de que siempre había
sido viejo y de que siempre lo iba a ser.
Miraba los camiones y los coches que circulaban por la
A-2. Parecía preguntarse, extrañado, a dónde
diantres se dirigirían aquellas gentes con tanta
prisa, pudiendo quedarse tan quietos, tan serenos, como
él, observando. Observando sí, a secas. Nada
en concreto. En todo caso, el transcurrir del tiempo y los
días.
Me daban ganas de pedirle que me contara la historia de
su vida. Que me regalara un poquito, nada más que
un poquito, con eso me conformaba, de su sabiduría
acumulada gota a gota, con el paso sigiloso de los años.
Pero nunca le dije nada. Un día, paré a beber
agua, y ya no estaba el abuelete. Pregunté a unas
señoras que otras veces me había cruzado paseando
por el arcén (siempre en dirección a Madrid,
otro dato curioso, ¿cuándo harían el
viaje de regreso a Medinaceli, o al lugar de donde vinieran?)
Nunca llegué a subir al casco histórico, al
pueblo que se vislumbra en el alto.
El único murmullo que se oía era el de los
pájaros o el rumor del tráfico, al fondo.
Dicho rumor de fondo, sólo se rompía, en ocasiones,
con el paso de algún tren de viajeros o algún
larguísimo tren de mercancías, cargados casi
siempre de coches nuevos.
Un día me extrañó no ver al viejo.
Pregunté a unas señoras que paseaban por
el arcén y a las que no era la primera que veía.
No supieron de qué les hablaba. Les insistí,
y les dije si no sabían de qué abuelete les
hablaba, uno que siempre estaba sentado en uno de los bancos
de piedra. La respuesta menos escueta, fue un encogimiento
de hombros. El resto, silencio. Siguieron con su camino,
y yo con mi extrañeza.
Rellené el botellín de agua, para el resto
del viaje. Al bajar los tres escalones que dan acceso al
pequeño altillo donde está ubicada la fuente,
el ligero viento que soplaba, arrastró hasta mis
pies una gorra idéntica (o al menos similar) a la
que portaba el misterioso anciano. Miré alrededor,
y no ví a nadie.
-¡Oiga!- grité, más por entonar los
pulmones y ventilarme que otra cosa, pues resultaba absurdo
que nadie me pudiera escuchar, pues nadie había en
mucha distancia a la redonda. Ni siquiera puedo decir que
me contestó el eco. Ni el eco respondió.
Pero me sentó bien gritar con tanta fuerza, así
que repetí: -¡Oiga! ¿Oiga?.
Incluso añadí, con más volumen, si
cabe: - ¿Es de alguien esta gorra?- Y de nuevo el
silencio por toda respuesta.
"La gorra tiene un nuevo dueño" dije, esta
vez ya para mi. Me la probé, y se adaptaba a la perfección
a mi cabeza, y decidí, en ese momento, que me iba
a acompañar casi siempre, salvo que en las próximas
semanas, al parar en Medinaceli, volviese a ver al extraño
anciano. Si le veía, le preguntaría, y se
la devolvería. Estaba casi convencido de que era
suya. Pero no volví a verle.
********** ********** ********** ********* **********
Hace ya veinte años que vivo en Medinaceli. Cuando
me jubilé decidí marcharme de Zaragoza, a
vivir a un sitio tranquilo. Recordé que, de joven,
cuando viajaba semanalmente a Madrid, me había gustado
Medinaceli. Me compré una casa vieja, la reformé
lo suficiente para que me resultara confortable y acogedora,
y ahora me dedico a vivir serena y placidamente. Por las
mañanas leo la prensa y voy al café, y por
la tarde paseo despacio hasta la vieja fuente, me siento
en uno de los bancos de piedra de la antigua área
de descanso, y me dedico a contemplar la vida, simple y
llanamente la vida.
La gente de la ciudad pasa rápido, sin fijarse siquiera
en que estoy allí, observándoles. Arrancan
sus coches de hidrógeno y a correr, vuelta a la vorágine
absurda y la prisa de los días. Persiguiendo el absurdo.
Pero hoy ha parado un chico joven. Un joven curioso que
me ha recordado a mí cuando tenía su edad.
Me presenté a todos los concursos literarios. A
todos sí. Incluso a certámenes de Alemania
o Noruega. Y eso que no sé alemán ni noruego.
No gané ninguno.
Ni siquiera una mísera mención, el consuelo
de un accésit, la ilusión de ser finalista,
el espejismo de ser seleccionado, la publicación
de una página. Nada. Ni una triste página
me publicaron. Siquiera en internet. Tuve ocasión
de publicar algún relato en alguna revista digital,
pero previo pago. Previo pago por mi parte se entiende.
Y eso sí que no. Antes inédito que engañado.
Ante todo dignidad, amigo.
Tras muchos intentos infructuosos encontré las bases
de algunos concursos curiosos que me abrían una nueva
vía para explorar el éxito: me presenté
al Concurso Cruel de Relato "El Bueno, el feo y el
malo" donde premiaban a los relatos realmente buenos
pero también a los realmente feos y malos. Nada.
Y otro donde pedían que los escritores enviasen
los versos de los que más avergonzados se sentían:
Premio de Poesía mala. Nada.
Me he presentado a todas las ediciones de ambos que se han
celebrado hasta la fecha y no hay manera de arrancar una
simple constatación de que han leído uno de
mis relatos.
He llegado a la conclusión de que algunos de mis
cuentos no es que sean buenos o malos. Ni tan siquiera muy
buenos o muy malos. Son invisibles. Sencillamente invisibles.
Por eso, amigo y paciente lector, no se extrañe usted
si entre las siguientes páginas encuentra usted algunas
en blanco. No es un problema de edición, es una simple
cuestión de invisibilidad: son aquellos relatos que
envié a multitud de concursos, pero que tenían
esa curiosa peculiaridad: pasar inadvertidos.
El otro día me encontré con un viejo conocido
que arrasa en los concursos, y ya ha perdido la cuenta de
los que ha ganado. Para picarme, me espetó: - Creo
que soy el escritor aragonés con más premios
literarios-. A lo que yo contesté: - Yo no creo,
tengo la certeza, de que soy el que menos- aunque, omití,
añadir que exequo junto a una legión de escritores
inéditos.
A la luz de una vela pueden ocurrir cosas realmente interesantes.
Además, está sobradamente demostrado que sólo
de ese modo, con la iluminación natural que proporciona
la combustión de la cera, las musas están
dispuestas a acudir hasta tu mesa de trabajo. Se pirran
por su olor. Y te recompensan musitándote al oído
extrañas historias que ellas aseguran son ciertas.
Pero no siempre se entienden sus palabras. Eso depende del
talento del escritor que las ha invocado. En mi caso, hago
el amor con ellas, y de esa unión nacen pequeños
cuentitos tan insustanciales como "El hombre sin cabeza",
y tonterías por el estilo. Si por el contrario, yo
fuese un genio, mis amigas parirían auténticas
obras maestras. Y es que todo depende, en último
término y aunque las musas supongan siempre una cierta
ayuda, de la creatividad del autor. De todos modos, siempre
es un enorme placer el encuentro con ellas, esa sensualidad
del espíritu, esa sublimación de la realidad.
Jamás escribiré una gran obra, lo sé,
pero he tocado con mis dedos la fuente de la literatura,
el manantial del que manan todas las grandes ideas. Y eso
es algo que no todo el mundo logra.
- Musítame, musa, una historia sin igual.
- Musítame, musa, una historia sin igual.
Las musas son muy traidoras. Pero no por maldad, simplemente
son juguetonas aunque a ti te hagan la puñeta de
forma inmisericorde. Y es que, a menudo hacen partícipe
de esas ideas suyas, locas, caprichosas y a veces ocurrentes,
no sólo a mi, sino también a terceras personas.
Sólo así puedo explicarme que en ocasiones
lea en libros de otros autores palabras que me confiaron
en el más estricto de los secretos. Son, pues, muy
poco de fiar, pues pregonan esas supuestas confidencias
a los cuatro vientos, o a mejor decir, a los cuatro escritorzuelos
que más en gracia les caen en un determinado momento,
provocando la lógica ira y razonables celos en mi
persona. Vaya, por decirlo pronto y claro, que las musas
son un poquito golfas. Ya lo creo que sí, unas auténticas
furcias es lo que son.
A mi abuela también le gustaba escribir. En sus
años mozos, como solía decir ella.
Una tarde de aburrimiento, como otra cualquiera, decidimos
intercambiar algunos relatos. El pudor nos había
impedido dejar que nadie leyera nuestros escritos. Incluso
a nosotros mismos nos incomodaba repasar nuestros propios
relatos. Pero aquella tarde, con tal de matar el sopor vespertino
de la sobremesa, decidimos romper, siquiera por una vez
con aquella estricta norma autoimpuesta.
Mi abuela sacudió el polvo de décadas de
los cuadernos que guardaba en un par de antiguas cajas y
me tendió uno de ellos. Yo hice lo propio con varias
cuartillas de mi carpeta azul.
Procuré dejarle cuentos que no tuvieran un lenguaje
excesivamente procaz, a fin de evitarle el riesgo de soponcio,
pues temía que mi abuela, como buen vejestorio, se
escandalizara. Aun así dio varios respingos al posar
la vista en palabras abruptas para su alma sensible y burguesa,
como "polla" o "cómeme la susodicha".
Me arrepentí de no haber aumentado mi autocensura
en mayor grado.
Ella, por su parte, para hacerse la moderna, creo que seleccionó
el cuaderno de sus escritos más transgresores, pero
la palabra más fuerte que leí fue: papanatas.
El choque generacional o como puñetas le llamen
los sociólogos -los cuales viven de ponerle nombres
tan rimbombantes como inútiles a cualquier cosa,
y de hacer burdas generalizaciones (es decir, manipular
la realidad) impunemente-, el choque generacional, decía,
era más que evidente.
Mi abuela que a pesar de ser muy tradicional, o quizá
por ello, era muy sabia, se atragantó con varios
vocablos más, como si le produjeran urticaria, o
una extraña alergia ¿volitiva?, pero al acabar
con el último de los folios, sonrió afablemente
y sentenció: no está mal, para ser de mi nieto
no está mal. Está pero que requetebién.
Los relatos de mi abuela destilaban una fuerza narrativa
insólita, la tensión no decaía del
principio al fin, eran de esos relatos-parapente, como yo
les llamo, que son aquellos que uno no deja de leer cuando
quiere, sino que, como los parapentes convencionales, te
levantan del suelo y te hacen volar y volar y no sabes muy
bien cuando te van a volver a posar sobre el suelo. Con
los relatos de mi abuela ocurría exactamente lo mismo.
Con el matiz de que sabías cuando ibas a volver a
aterrizar, a echar pie a tierra: cuando lo hubieras terminado.
Aquel mismo día mi abuela, que no había leído
nunca a Kafka, me pidió, como si yo fuese Max Brod
redivivo, que cuando ella muriese quemase todos aquellos
escritos inéditos.
Pero cuando mi abuela falleció no hice lo que ella
me pidió. Seleccioné los que más me
gustaban y los adapté un poco a mi estilo. Pequeños
retoques, que quizá lo único que hicieron
fue empeorar el resultado final. Los registré en
la propiedad intelectual, a mi nombre, por supuesto. Tengo
el volumen de relatos que he reunido pulcramente preparado
para enviar a diferentes editoriales. Pero hay algo que
me impide hacerlo y olvidar este asunto de una maldita vez.
Cada vez que me dispongo a realizar el envío tengo
la sensación de que desde algún lugar mi abuela,
Kafka y su albacea me observan y no aprueban lo que pretendo
hacer. En el fondo creo que a mi abuela no le disgustaría
ver su obra publicada, siquiera póstumamente. Aunque
quizá prefiriera que lo fuera con su nombre.
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