EL ESCRIBIDOR Y SU NOVIA PAJERA |
Sabes que te pareces al dulce sol al amanecer? Sabes que tus ojos brillan como esas dos estrellas que se ven allá, lejos en la oscuridad de esta noche de amor? Toca mi mano, quiero sentir la tuya, tus rubios cabellos caen sobre la blanca almohada, tu cuerpo claro sobre las sábanas, tu respiración anhelante se oye cercana, y yo ya siento tus labios sobre los míos. Bella, eres bella, bella como una estrella, tontas rimas, vida mía; te amo así, hermosa sobre el blanco solemne del lecho de amor, tus rubios cabellos cayendo sobre los hombros, y tus ojos... No me mires así, ¿no ves que intento escribir?
Te pareces a una diosa de las que habitan el ancho Urano. Te pareces, a lo que fue algún día esta rosa que en mi mano yace marchita. Toda tú en armonía, tus ojos mirándome impasibles, ansiosos tus senos bajo las sábanas. Te amo. Suena tan simple: te amo. Huachafadas así oímos todos los días, Julieta, sólo basta un paseíto por la Costa Verde o por el Parque de la Exposición para saberlo. Pero tú no te llamas Julieta, y nosotros también tenemos un grato recuerdo del Parque de la Exposición. Parece tan simple: te amo...
En este momento quisiera dejar de escribir, y acudir a ese universo que tan bien conozco, y que nunca me cansaré de explorar. Te veo, hace un calor terrible, Julieta -antijulieta, quizá-, te veo y te sigo viendo, no me canso, podría hacerte el amor por el resto de mi vida y jamás me cansaría de amarte / como te amo, de besarte / como no te beso. Cosas así pasan por mi cabeza, siempre, ahora, y por la forma en que me miras pareciera que sabes lo que pienso y escribo (al final es lo mismo: Estoy escribiendo todo lo que pienso, sin excepción, te has dado cuenta?).
Tus piernas se mueven por debajo de las sábanas, las imagino: rosadas, atléticas, perfectas. Ahora me sonríes, como cuando llegas a tu clímax cuando hacemos el amor. Parece que te fueras de ti, que tu ser volara en otra dirección, en otra dimensión... Te ves tan hermosa... y vuelve la huachafada, parece tan simple... Te a...
EL DOCTOR ANTROPÓFAGO Y LA NINFÓMANA |
Llega la señorita Salcedo, temerosa, por el pasillo que da al consultorio. Llega a la puerta, se para y da una tímida mirada.
-Adelante -le dice el doctor Buñuel.
La señorita Salcedo entra temerosa, insegura, y se sienta en la silla que el doctor Buñuel le ha señalado. El doctor se dispone a hablarle, pero recibe una llamada telefónica, y mientras conversa acerca de una tal señora de Olórtegui -"¿Muy mal? Dígale que tome un Paracetamol y que venga inmediatamente a mi consultorio. Adviértale que puede tener graves complicaciones si no sigue mis indicaciones..."-, la señorita Salcedo se entretiene en observar una maqueta del sistema circulatorio que se halla en la pared, al lado de un Corazón de Jesús.
-¿En qué puedo ayudarla, señorita? -la señorita Salcedo es sacada de su trance por la voz ronca y el rostro serio del doctor Buñuel. Desconcertada, busca qué decir y siente un inexplicable arrepentimiento de su visita.
-No puedo dormir, doctor, las noches son terribles.
-Es decir, tiene un problema de insomnio.
-¡No! esto no es insomnio, doctor, hay algo más, yo lo siento, siento como hormigas, como cucarachas que me suben, que me quieren comer. No tome esto literalmente, en realidad no siento nada de eso, solo que quiero que se imagine más o menos mi angustia, es tan desesperante como si te subieran hormigas, miles, millones, y te quieran comer, o asquerosas cucarachas, ayúdeme, doctor.
-Señorita, no debe hablarme con metáforas o frases capciosas o simbólicas. Y yo no soy sicólogo; le voy mandar donde el doctor Reynoso, es un excelente psicólogo y sé que la va a ayudar.
-No, no, doctor. Mi problema no está acá -dice, cogiéndose la cabeza con ambas manos-, en la mente, sino en mi cuerpo, no sé qué tengo, parece que me faltara algo, no lo sé, como si mi cuerpo pidiera algo que no sé qué es.
El doctor Buñuel baja la cabeza y estudia la historia clínica de la señorita Salcedo, que se halla sobre su escritorio. Se mantiene así unos minutos, con el ceño fruncido, extrañado, y la señorita Salcedo lo mira con preocupación e impaciencia. Luego coge otros papeles que se hallaban a un lado; son varias hojas que sin lugar a dudas no forman parte de una historia clínica y que en realidad forman un cuadernillo. El doctor Buñuel levanta la mirada y se dirige a la señorita Salcedo con la misma seriedad:
-Señorita Salcedo, lo que usted está pasando es un caso de lo que los médicos llamamos vulgarmente arrechismus cronicus. La verdad, no se sienta avergonzada por lo que suceda y confíe en que la cura que le daremos será eficaz, no necesitará de otra y, sobre todo, se realizará en completa reserva. Está de más aclararle que todas estas cosas se realizarán bajo un compromiso estrictamente profesional.
-Si es tan terrible, no me lo diga, por favor, porque soy capaz de negarme aunque tenga que morir. Ordene el tratamiento, si se realizará una sola vez como usted dice, y si es posible que me lo realicen ahora mismo. Solamente dígame: ¿me va a doler?
-No lo creo, señorita. Le rogaría que se quite la ropa.
La señorita Salcedo lo miró extrañada, pero luego tuvo ganas de reírse de su propia sorpresa. "Claro que tiene que revisarme. Tendrán que realizarme varios exámenes antes de llevar a cabo el tratamiento", piensa, sin importarle que el doctor Buñuel no sea ginecólogo.
-¿Toda? -pregunta la señorita Salcedo, sólo para comprobar algo que era obvio.
-Sí.
Cuando se hubo hallado totalmente desnuda subió, a pedido del doctor Buñuel, a la camilla. Quiso echarse pero el doctor le dijo que tan sólo se sentara.
-Por favor, cierre los ojos -le pide el doctor. Ella tiene miedo: seguramente vendría una prueba tan dolorosa que era mejor que no la viera.
La señorita Salcedo cierra los ojos, y luego de sentirse observada, siente como el doctor Buñuel separa sus piernas suavemente. Ella quiere protestar, propinarle una patada, algún golpe, como sea, pero su cuerpo se paralizó de manera tal que ni siquiera puede abrir los ojos.
De repente siente las manos del doctor en aquel lugar donde sólo habían llegado los privilegiados que a duras penas conseguían ser sus novios. Y ahora este doctor insignificante... Qué se habrá creído. Pero no, esto no se quedará así, ella lo denunciará, sí que lo hará.
Cuando se hallaba pensando en la denuncia, siente como en una pesadilla los labios del doctor, y luego su lengua acariciando su clítoris. Es ahora cuando consigue abrir los ojos, asustada. Pero ya no puede hacer nada, el doctor está allí, y la señorita Salcedo siente poco a poco su cuerpo desvanecerse.
El doctor Buñuel sube lentamente acariciando con sus labios, primero el vientre y luego los senos de la señorita Salcedo. Mueve su lengua como una serpiente en los pezones erectos de ella, luego la abraza, la besa en los labios. Ella le responde el beso, se unen en una abrazo apasionado, le besa el cuello y el doctor Buñuel comienza a penetrarla, primero lentamente y después brutalmente, como un salvaje, ella clava sus uñas en la espalda de él... y el doctor Buñuel se alimenta de ella, es un caníbal, y ella se deja poseer... curar... devorar...
-Oficialmente la doy de alta, señorita Salcedo.
-Muchas gracias, doctor, no sabe cuán agradecida estoy. ¿Cuánto le debo?
EL DIARIO DE UN MAL POETA RECIÉN ABANDONADO |
Te busco entre la niebla a orillas de la playa, te busco así, hermosa, sobre las olas del mar. Te busco en los rescoldos de aquel amor ya muerto, en el aroma que dejaste en mi habitación. Te busco, te busco, te busco y no te encuentro, te busco, vida mía, en mi imaginación.
Te busco / pero no estás, te fuiste / allá, muy lejos / quizá. Y yo me quedaré llorando, porque no tengo vergüenza de llorar. Soy un hombre que llora por una mujer, ¿hay algo de malo en eso? A nadie he hecho el amor desde que te fuiste, y la gente habla, dice cosas feas, pero a mí no me importa, hoy te escribo con sinceridad, ya no, como antes, esas cosas recargadas de afectación, tan sonoras, tan lindas, tan poco sinceras, ya no, mi tristeza es tanta que no puedo darme ese lujo, tan sólo puedo llorar, decir lo que me dice el corazón lacónico, sin importarme si lo que escribo es grato o desagradable, yo sólo quiero escribir para ver si así es más llevadera mi pena o si quizá algún día tú leas esto.
Sabes que me masturbo cada noche pensando que son tus manos las que me acarician y dan placer? Sabes que no soporto no sentir tu boca cálida en nuestros rituales de felación? Sabes cuánto sufro la ausencia del clítoris más perfecto que pueda tener una mujer?
Pero no sólo es el sentimiento lascivo el que me atormenta. Dime tú: quién me va a amar como tú lo hiciste? Quién va a mostrarme una sonrisa perfecta cuando mi alma se encuentre apesadumbrada por la nostalgia y el sufrimiento? Quién va a mirarme con ese par de ojazos pardos, rebosantes de ternura, logrando desconcentrarme del proyecto más ambicioso?
Nadie, porque te fuiste, mi amada, te fuiste y me dejaste solito, muy triste, como ese pajarito que aún espera solo en su nido a su amada...
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