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LA VIEJA HISTORIA DE DANIEL


Por Paolo Astorga
das_adler@hotmail.com

 
LA VIEJA HISTORIA DE DANIEL

¿Qué le sucedía? ¿Acaso era la mañana frondosa que con su luz amordazaba las sábanas? ¿Por qué no quería despertar? ¿Acaso quería seguir soñando esa fábula repetida en la boca de otro? Daniel degustaba el aire ambiguo de su cama mientras miraba el techo de su habitación. El techo un poco rajado y con unas cuantas telarañas guardaban la soledad en sus fibras, secretas inmutables como la pintura blanca de las paredes que brillaban los ojos legañosos de Daniel, Daniel, Daniel.....!Daniel levántate!, gritaba su madre desde el comedor... ¡Ya voy! Gritaba mientras estiraba sus piernas y su cuello, pues, oficialmente era sábado... Sí, sábado, ¿sábado? ¡Sábado! ¡No! Es sábado se decía Daniel.

Sería perfecto no recordarlo, no recordar que era sábado, por que igual sus ojos eran los mismos ocasos caídos en el vacío. Era sábado y el día en que tenía que ver su rostro en el rostro de esa mujer que no podía resistir. Era una muchacha única e imposible que quería olvidar como el otoño a sus hojas marrones para que sea menos dolorosa la herida en el corazón. ¡Qué difícil! Estoy intoxicado por este sueño imposible y humano, entre las sábanas blancas que me ahorcan con su limpieza y su olor a mañana turbulentamente quieta sin que yo pudiera besar su imagen siquiera su nombre que guardo en mis ojos, se decía.

¿Qué pasaba con Daniel? ¿Estaba aburrido de ser Daniel? ¿Cansado de las sábanas? La mujer... Que hacía vibrar sus pupilas hasta el infinito o sus fronteras. La muchacha rodeada de niebla, colgada de sus propios labios irrepetibles. Olvidarla sería lo mejor, pero no podía. Mejor sería esperar...

Se paró de su cama y se dirigió con pasos leves al baño. Mojó su cara repetidas veces, para quitarse el bostezo de su sueño mientras se miraba al espejo como si fuera el único reflejado en el vidrio. Primero ese ojo derecho que temía mirar o el izquierdo que no resistía. “Juliana, ese es tu nombre, el nombre en medio del desierto, sobre un papel gastado, pero que es imposible sobre mis manos torturadas y arcanas. Era yo, y dentro de mis ojos una mentira.”

Sonó el teléfono…

– ¡Daniel! ¡Es para ti!

– ¡ya voy!

Daniel se secó la cara y corrió hasta el teléfono.

– sí ¿quién es?

– ¡hola Daniel soy yo Marcos!

– ¡Marcos! ¿cómo estas?

– Bien aquí en lo de siempre.

– Cómo, como un Don Juan.

– ¡Noooooo! Eso ya pasó…

– ¿Y a qué se debe tu llamado?

– Para hacerte recordar lo de hoy en la noche.

– ¿Hoy en la noche?

– ¡Ya ves! Ya te olvidaste. ¡la fiesta pues amigo! ¡no te olvides, no vayas a faltar!

– ¡Aya…! ¡claro que voy a ir!

– Bueno no faltes… ¿entonces hasta la noche?

– Hasta la noche…

Daniel colgó el teléfono y recordó la fiesta en casa de Marcos, por poco y se le pasaba. “Juliana tal vez vaya… esa va a ser mi oportunidad, sí, esa va ser… Pero qué le voy a decir… Ya sé le voy a escribir un poema… ¿O mejor se lo digo de frente? ¡No! Ni pensarlo… Le voy a escribir un poema… ¿dónde estarán mis lentes? Y el papel… Juliana ¿eres una prueba acaso?... Ojalá que vaya… La voy a esperar.

La noche de los sábados eran como las llantas de los autos por la avenida, mientras todo el largo campo de lamas jóvenes se movían libres por las voces rojas y las luces, con sus orejas sucias por el ruido de los clubes nocturnos y el dos por uno y las lindas criaturas coloridas en la calle como un arco iris nocturno de belleza. ¡Qué lástima!

Daniel estaba nervioso mientras caminaba en silencio con la cabeza en el piso. Se acercaba el momento mientras apretaba el poema que había escrito en su bolsillo.

Al llegar a la fiesta de Marcos, se sentía decaído, extrañamente serio, mientras todos los jóvenes bailaban al ritmo de una música camaleónica, con su hombros tensos en una silla alejado del resto, callado y sordo ante el ruido, callado y ciego ante las luces psicodélicas y los pasos que trapeaban el suelo su cara y el suelo, su cara y el suelo, Daniel se frotaba las manos como esperando sacar un genio maravilloso el único deseo de aquel entonces: el amor de Juliana.

– ¿Qué pasa Daniel?

– ¿Eh? ¡nada!...

– Pareces preocupado… ya vendrá de veras Juliana no va faltar.

– ¡Ja! Esa chica ¿no?...

Disforzado era el tiempo en que Daniel miraba la puerta de entrada abrirse y develar las formas que dibujaría a Juliana.

– Eres un soñador ¿sabes? Esa chica cambia de enamorado como de ropa, además es la más popular de todas las chicas que conozco.

– ¿De veras?– dijo con ironía Daniel.

– Te gusta mucho ¿verdad?

Daniel no contestó a la pregunta, empezó a mirar la pared y a sonreír un momento.

– Bueno, igual, tal vez te de una oportunidad. Lástima que ya no seas el primero.

Daniel posó su mirada sobre Marcos y se echó a reír fugazmente, mientras comenzaba otra canción y Marcos sacó a bailar a una hermosa jovencita.

Un leve sonido en la puerta lo hizo alzar la mirada. La puerta se abría y las formas de una muchacha aparecían entre todos como la luz incandescente que cegaba con su hermosura, mientras todas las caras se mostraban atónitas a la magnanimidad de esta. Era Juliana que venía sola y más radiante que nunca. Daniel encendió sus ojos que no se despegaban de aquella muchacha. Esa muchacha de unos ojos marrones y puro, con un cuerpo todavía frágil que delineaba la angelical forma de su rostro y de sus labios que corrían su belleza como una roja eternidad por los lentes empañados de Daniel, que la miraba sin perderla de vista, como queriendo armarse de valor para decirle lo que él quería ya desde hace mucho.

– No te conviene Juliana vas a sufrir– le dijo Marcos.

– ¿Juliana?

– Sí la que desde hace más de una hora no dejas de mirar… vamos Daniel, si quieres terminar de una vez con tus dudas, ve hacia ella y termina con esto de una vez.

Daniel volvió a sonreír fugazmente. Tenía razón Marcos, esa nochera de sábado debía ser la noche, la verdadera noche, su noche.

Cuando Daniel vio que Marcos se había retirado un momento a recibir más invitados, aprovechó el momento y con sus piernas que temblaban y con sus manos crispadas y con sus lentes empañados que hacían huir sus ojos, se acercó hasta donde estaba Juliana.

– ¿Bailas?

– Sí…

Daniel y Juliana comenzaron a bailar una pieza y luego otra como si todo fuera un sueño, luego otra canción y otra; más tarde la conversación, parecía que todo marchaba bien. Daniel estaba contento y abrumado por la hermosura de Juliana, mientras que Juliana parecía congeniar con Daniel. Toda la noche, sólo bailaron y conversaron entre risas y movimiento. Daniel se acordó del poema. Era el momento, Daniel estaba a punto de sacar el poema de su bolsillo cuando de pronto Marcos se acercó.

– Juliana afuera te buscan.

– ¿quién?

– Dice que es tu enamorado.

– ¿enamorado?– murmuró Daniel atónito y desencantado.

Juliana se disculpó con Daniel, tomó sus cosas y se despidió de todos.

Eso era todo. La noche de sábado había terminado para Daniel. Sus ojos volvieron a ser los mismos, mientras acomodaba sus lentes en la cómoda y se cobijaba entre las sábanas blancas otra vez viviendo la verdad de esa telaraña en el techo de su habitación, el amor por Juliana que se diluía en un par de lágrimas fugaces.

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