LA VIEJA HISTORIA
DE DANIEL
|
¿Qué le sucedía? ¿Acaso
era la mañana frondosa que con su luz amordazaba
las sábanas? ¿Por qué no quería
despertar? ¿Acaso quería seguir soñando
esa fábula repetida en la boca de otro? Daniel degustaba
el aire ambiguo de su cama mientras miraba el techo de su
habitación. El techo un poco rajado y con unas cuantas
telarañas guardaban la soledad en sus fibras, secretas
inmutables como la pintura blanca de las paredes que brillaban
los ojos legañosos de Daniel, Daniel, Daniel.....!Daniel
levántate!, gritaba su madre desde el comedor...
¡Ya voy! Gritaba mientras estiraba sus piernas y su
cuello, pues, oficialmente era sábado... Sí,
sábado, ¿sábado? ¡Sábado!
¡No! Es sábado se decía Daniel.
Sería perfecto no recordarlo, no recordar que era
sábado, por que igual sus ojos eran los mismos ocasos
caídos en el vacío. Era sábado y el
día en que tenía que ver su rostro en el rostro
de esa mujer que no podía resistir. Era una muchacha
única e imposible que quería olvidar como
el otoño a sus hojas marrones para que sea menos
dolorosa la herida en el corazón. ¡Qué
difícil! Estoy intoxicado por este sueño imposible
y humano, entre las sábanas blancas que me ahorcan
con su limpieza y su olor a mañana turbulentamente
quieta sin que yo pudiera besar su imagen siquiera su nombre
que guardo en mis ojos, se decía.
¿Qué pasaba con Daniel? ¿Estaba aburrido
de ser Daniel? ¿Cansado de las sábanas? La
mujer... Que hacía vibrar sus pupilas hasta el infinito
o sus fronteras. La muchacha rodeada de niebla, colgada
de sus propios labios irrepetibles. Olvidarla sería
lo mejor, pero no podía. Mejor sería esperar...
Se paró de su cama y se dirigió con pasos
leves al baño. Mojó su cara repetidas veces,
para quitarse el bostezo de su sueño mientras se
miraba al espejo como si fuera el único reflejado
en el vidrio. Primero ese ojo derecho que temía mirar
o el izquierdo que no resistía. “Juliana, ese es
tu nombre, el nombre en medio del desierto, sobre un papel
gastado, pero que es imposible sobre mis manos torturadas
y arcanas. Era yo, y dentro de mis ojos una mentira.”
Sonó el teléfono…
– ¡Daniel! ¡Es para ti!
– ¡ya voy!
Daniel se secó la cara y corrió hasta el
teléfono.
– sí ¿quién es?
– ¡hola Daniel soy yo Marcos!
– ¡Marcos! ¿cómo estas?
– Bien aquí en lo de siempre.
– Cómo, como un Don Juan.
– ¡Noooooo! Eso ya pasó…
– ¿Y a qué se debe tu llamado?
– Para hacerte recordar lo de hoy en la noche.
– ¿Hoy en la noche?
– ¡Ya ves! Ya te olvidaste. ¡la fiesta pues
amigo! ¡no te olvides, no vayas a faltar!
– ¡Aya…! ¡claro que voy a ir!
– Bueno no faltes… ¿entonces hasta la noche?
– Hasta la noche…
Daniel colgó el teléfono y recordó
la fiesta en casa de Marcos, por poco y se le pasaba. “Juliana
tal vez vaya… esa va a ser mi oportunidad, sí, esa
va ser… Pero qué le voy a decir… Ya sé le
voy a escribir un poema… ¿O mejor se lo digo de frente?
¡No! Ni pensarlo… Le voy a escribir un poema… ¿dónde
estarán mis lentes? Y el papel… Juliana ¿eres
una prueba acaso?... Ojalá que vaya… La voy a esperar.
La noche de los sábados eran como las llantas de
los autos por la avenida, mientras todo el largo campo de
lamas jóvenes se movían libres por las voces
rojas y las luces, con sus orejas sucias por el ruido de
los clubes nocturnos y el dos por uno y las lindas criaturas
coloridas en la calle como un arco iris nocturno de belleza.
¡Qué lástima!
Daniel estaba nervioso mientras caminaba en silencio con
la cabeza en el piso. Se acercaba el momento mientras apretaba
el poema que había escrito en su bolsillo.
Al llegar a la fiesta de Marcos, se sentía decaído,
extrañamente serio, mientras todos los jóvenes
bailaban al ritmo de una música camaleónica,
con su hombros tensos en una silla alejado del resto, callado
y sordo ante el ruido, callado y ciego ante las luces psicodélicas
y los pasos que trapeaban el suelo su cara y el suelo, su
cara y el suelo, Daniel se frotaba las manos como esperando
sacar un genio maravilloso el único deseo de aquel
entonces: el amor de Juliana.
– ¿Qué pasa Daniel?
– ¿Eh? ¡nada!...
– Pareces preocupado… ya vendrá de veras Juliana
no va faltar.
– ¡Ja! Esa chica ¿no?...
Disforzado era el tiempo en que Daniel miraba la puerta
de entrada abrirse y develar las formas que dibujaría
a Juliana.
– Eres un soñador ¿sabes? Esa chica cambia
de enamorado como de ropa, además es la más
popular de todas las chicas que conozco.
– ¿De veras?– dijo con ironía Daniel.
– Te gusta mucho ¿verdad?
Daniel no contestó a la pregunta, empezó
a mirar la pared y a sonreír un momento.
– Bueno, igual, tal vez te de una oportunidad. Lástima
que ya no seas el primero.
Daniel posó su mirada sobre Marcos y se echó
a reír fugazmente, mientras comenzaba otra canción
y Marcos sacó a bailar a una hermosa jovencita.
Un leve sonido en la puerta lo hizo alzar la mirada. La
puerta se abría y las formas de una muchacha aparecían
entre todos como la luz incandescente que cegaba con su
hermosura, mientras todas las caras se mostraban atónitas
a la magnanimidad de esta. Era Juliana que venía
sola y más radiante que nunca. Daniel encendió
sus ojos que no se despegaban de aquella muchacha. Esa muchacha
de unos ojos marrones y puro, con un cuerpo todavía
frágil que delineaba la angelical forma de su rostro
y de sus labios que corrían su belleza como una roja
eternidad por los lentes empañados de Daniel, que
la miraba sin perderla de vista, como queriendo armarse
de valor para decirle lo que él quería ya
desde hace mucho.
– No te conviene Juliana vas a sufrir– le dijo Marcos.
– ¿Juliana?
– Sí la que desde hace más de una hora no
dejas de mirar… vamos Daniel, si quieres terminar de una
vez con tus dudas, ve hacia ella y termina con esto de una
vez.
Daniel volvió a sonreír fugazmente. Tenía
razón Marcos, esa nochera de sábado debía
ser la noche, la verdadera noche, su noche.
Cuando Daniel vio que Marcos se había retirado un
momento a recibir más invitados, aprovechó
el momento y con sus piernas que temblaban y con sus manos
crispadas y con sus lentes empañados que hacían
huir sus ojos, se acercó hasta donde estaba Juliana.
– ¿Bailas?
– Sí…
Daniel y Juliana comenzaron a bailar una pieza y luego
otra como si todo fuera un sueño, luego otra canción
y otra; más tarde la conversación, parecía
que todo marchaba bien. Daniel estaba contento y abrumado
por la hermosura de Juliana, mientras que Juliana parecía
congeniar con Daniel. Toda la noche, sólo bailaron
y conversaron entre risas y movimiento. Daniel se acordó
del poema. Era el momento, Daniel estaba a punto de sacar
el poema de su bolsillo cuando de pronto Marcos se acercó.
– Juliana afuera te buscan.
– ¿quién?
– Dice que es tu enamorado.
– ¿enamorado?– murmuró Daniel atónito
y desencantado.
Juliana se disculpó con Daniel, tomó sus
cosas y se despidió de todos.
Eso era todo. La noche de sábado había terminado
para Daniel. Sus ojos volvieron a ser los mismos, mientras
acomodaba sus lentes en la cómoda y se cobijaba entre
las sábanas blancas otra vez viviendo la verdad de
esa telaraña en el techo de su habitación,
el amor por Juliana que se diluía en un par de lágrimas
fugaces.
|