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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Paula Gallego
paulafdezgallego@hotmail.com

 
CANITA AL AIRE

No sé cómo pudo pasarme algo así, pero le juro a usted, amado lector, que esta historia es real. Mi nombre es Francisco Yuste, soy natural de Madrid, donde he vivido toda mi vida; trabajo en una oficina de un Banco desde hace 20 años y, con esfuerzo y tiempo suficiente, fui capaz de ahorrar un dinero para irme un fin de semana a Palma de Mallorca: las primeras vacaciones desde mi luna de miel en Fuengirola. Ni que decir tiene que dejé a mujer e hijos en casa y decidí, después de mucho pensar, echar una canita al aire con alguna moza alemana 30 años más joven que yo y que tanto gustan de tierras mallorquinas. Sin embargo, el viaje desembocó en un gravísimo incidente en el que me vi envuelto, aún no sé muy bien cómo ni por qué.

En el incesante hervidero de personas que pueblan el metro a las 8 de la mañana cualquier día de lunes a viernes me sentía como en casa. Con mi maleta Roncato imitación y mi mochila Añadidas me sentía el rey del mundo. Apretaba contra mi pecho los billetes de ida a mi fin de semana de sexo, cigarritos y cerveza y sonreía con la baba a flor de labio mientras musitaba canciones de Peret. La cara de imbécil que tenía armonizaba con la cara de sueño que la gente era incapaz de ocultar, entre bostezos y lágrimas en los ojos. Dentro del vagón de metro, dejé un instante apoyada la bolsa junto al asiento, como pude entre tanta axila sudorosa, y eché un vistazo al plano de metro pegado en la pared, para ver el trayecto más conveniente hasta el aeropuerto. Al girarme, comprobé cómo un indigente lleno de harapos paseaba una pandereta ante mí en busca de unas monedas que yo guardaba celosamente para mi primera birra. Gruñí un no por respuesta y con un gesto automático llevé la mano a la correa de mi maleta, para comprobar con horror que no estaba donde la había dejado.

No sé aún si el mendigo que me había pedido dinero tuvo algo que ver en el levantamiento de bolsa, pero, por supuesto, yo le hice responsable. Al observar mi cara de idiota, me apuntó con su dedo índice y sonrió, mientras chapurreaba algunas palabras en su idioma. Automáticamente, en un gesto de fascismo triunfal, agarré su dedo con mi manaza y se lo partí. Aulló de dolor mientras medio vagón se me quedaba mirando, y yo, sobreexcitado y chulesco, me dirigí a él increpándolo.

- Eso te pasa por ladrón-. Las demás personas del vagón se giraron automáticamente hacia él y comenzaron a darle empellones hasta que lo echaron al andén en la siguiente estación. ¡Qué bien sienta fundirse en la gran mayoría de compatriotas contra cualquier elemento foráneo, sobre todo si éste es pobre! Cuando la multitud exacerbada se hubo calmado, pude comprobar, ante mi asombro, cómo mi maleta se encontraba a dos asientos de mí, que nadie la había tocado y que seguía a los pies de una jovencita que dormía plácidamente, con un pie puesto encima de ella, a modo de perra guardiana. La recogí y, pasadas un par de estaciones, salí del metro y me sumergí en la histeria colectiva por llegar el primero a las escaleras mecánicas. Pero antes de llegar me salieron al encuentro dos individuos acompañados del mendigo al que le rompí el dedo.

¿De dónde habían salido? ¿Y cómo me habían encontrado entre tanta gente? Intenté huir, a modo de salmonete, pero la marea humana me empujaba hacia ellos cada vez más deprisa. El corazón me latía con fuerza. En estas circunstancias, cualquier persona cabal habría intentado colarse por las escaleras, soltar la maleta y correr, pero yo sólo pensaba en que de un momento a otro me iba a desmayar. Noté una presión en la nariz y cómo poco a poco un hilillo de sangre me caía hasta el labio. No se asuste, querido lector; esto me ocurría muy a menudo, sobre todo de chico, pero también en momentos en los que sufro una fuerte tensión, como a primeros de cada mes, cuando todos los pensionistas del barrio guardan cola kilométrica frente a mi ventanilla para retirar sus pensiones de mierda; recuerde que trabajo en un banco.

El caso es que la corriente me llevaba hacia los tres individuos, uno de ellos incluso sacó una navaja y comenzó a limpiarse las uñas con el filo de la hoja mientras me miraba incisivamente. Esto ya fue demasiado. Nublada la vista, a punto del desmayo, con la nariz sangrando como un surtidor, me abalancé contra el mendigo de la pandereta y reculé inmediatamente, chillando como un cerdo.

-¡Me han pegado! ¡Me han pegado! ¡Me quieren quitar la maleta!-. Otro grupo de samaritanos en pleno fervor anti-inmigrante salió en mi defensa y por poco tiran a los tres individuos escaleras abajo a empujones. Por suerte para ellos, eran lo suficientemente hábiles como para saltar los escalones de tres en tres y salir indemnes. «Fin del segundo asalto», pensé.

El resto de mi periplo suburbano transcurrió más o menos sin incidentes.

Ya en el aeropuerto facturé mi maleta y decidí esperar mientras mis ánimos se calmaban por los ataques sufridos. Mientras esperaba en la sala de embarque, contaba el número de chicas a las que se les veía el tanga cuando se agachaban a coger algo de sus bolsos. Así pude entretenerme durante las cuatro horas que tardamos en embarcar, tras haber aporreado durante dos horas más el mostrador de reclamaciones junto con otros compañeros en mi misma situación, entre ellos una rubia preciosa de aspecto teutón cuyos pechos desafiaban la ley de la gravedad del mismísimo Newton. Por desgracia, de tanto quejarme mis manos habían quedado amoratadas y mi garganta no podía emitir más que sonidos roncos e ininteligibles, de forma que, cuando me acerqué a ella pitillo en mano para pedirle fuego, me miró de arriba abajo con desprecio y se giró bruscamente.

El vuelo en avión fue un auténtico calvario. Entre todas las turistas veinteañeras que viajaban rezumando feromonas y estrógenos por todos sus poros, tuvo que tocarme a mi lado un anormal de aspecto moruno que se pasó entre ronquidos todo el maldito viaje, compitiendo con los míos. Además, al haberse sentado al lado del pasillo, me impedía dar paseos en busca de carnaza rubia. Me pasé todo el viaje maldiciéndolo e intentando guiñarle el ojo a alguna joven alemana o inglesa, pero sólo conseguí que un auxiliar de vuelo me sonriera descaradamente al servirme el café.

Cuando llegué al aeropuerto, recogí la maleta tan rápido como salió por la cinta de equipajes; es decir, tres horas después. A causa del retraso del vuelo y de las ganas que tenía de tomarme una cerveza bien fría, decidí no pasar por el hostal que había reservado e ir directamente a la zona donde están los bares para extranjeros. Deposité la maleta y el billete de vuelta en una taquilla de la consigna del aeropuerto y me dirigí con mis manos amoratadas y mi garganta ronca a coger un taxi: había ahorrado durante tres meses para no tener que desplazarme en transporte público. Al indicar la dirección al taxista, no fui capaz de hacerme entender: me tomó por un turista y estuvo durante dos horas dando vueltas por la ciudad antes de llevarme a la zona de bares. Una vez allí, me negué a pagarle y salí del taxi con afectación. El taxista se envalentonó ante mi cara de pobre, sacó una palanca de hierro de la guantera y me dio un golpe en la espalda. Todo se volvió negro.

Amanecí tumbado boca arriba. El sol estaba alto y me hacía daño en los ojos. Intenté incorporarme pero no lo conseguí, por un fuerte dolor occipital. Comprobé con horror que estaba tirado en medio de una playa, que algún hijo de puta se había llevado mi mochila, donde llevaba todo mi dinero y que me habían dejado en calzoncillos. Cuando desperté del todo sentí por todo mi cuerpo una sensación primero de hormigueo, luego de dolor intenso. No sé cuántas horas había estado inconsciente, pero había sido tiempo suficiente como para haberme quemado todo el cuerpo. Me levanté como un resorte y me zambullí en el agua, para ver si se me quitaba el ardor que sentía.

Sí que la había hecho buena el puto taxista. Mi espalda estaba intacta, blanca como antes, pero tenía un fuerte golpe en la cabeza y la parte de delante de mi cuerpo, excepto la que estaba tapada por los calzoncillos, estaba de un color rojo tirando ya a violeta. Comencé a sudar copiosamente dentro del agua. Me sentía fatal. Como pude, me arrastré fuera del agua como un alma en pena, con los brazos extendidos, balbuceando incoherencias por la fiebre. Los lugareños y turistas que paseaban por la playa a mediodía me miraban horrorizados; probablemente creían que era una especie de monstruo encarnado salido de las aguas. Les señalé con el dedo mientras imploraba su ayuda, pero todos me rechazaron: seguía con la garganta ronca y, además, ahora estaba completamente seca. Una niña comenzó a llorar y sus padres huyeron espantados, los turistas hacían corro a mi alrededor. Pronto comenzaron a oírse sirenas. Mi salvación, pensé.

Nunca hubiera imaginado que un policía pudiera ser tan incompetente. Entre estertores por hacerme entender, debieron de tomarme por algún turista borracho. Me tiraron al suelo sobre mi cuerpo quemado, me esposaron mis manos amoratadas a la espalda y me metieron dentro de un coche de policía. Ya en comisaría, me trajeron un vaso de agua, que bebí con presteza. Intentaba hablar pero seguía sin poder hacerme entender. Un policía me sentó y comenzó a tomarme declaración.

•  ¿Nombre?

•  Fahco Yuthe.

•  ¿¿Cómo dice??

•  ¡Fahco Yuthe!

•  ¿¡Fuck yourself!?

•  ¡Nonononono!

•  ¡¡Puto guiri de los cojones!!

•  ¡¡Uummmhuhhmhmh!!

Demasiado tarde. Mi dolor de cabeza se agravó con un grácil golpe de porra del policía. Entró de pronto el inspector, cuando el policía iba a asestarme el segundo golpe, y lo encontró porra en alto.

•  Martínez, ¿qué coño significa esto?

•  Inspector, este hombre se ha cagado en la Policía Nacional, en la Benemérita y en la madre que nos parió.

•  Déme, Martínez, déme la defensa.

La siguiente media hora de mi vida la recuerdo sólo a retazos, pero seguramente volví a desmayarme. Me desperté de nuevo tumbado y dolorido. En esta ocasión, no era el sol lo que me cegaba, sino un fluorescente blanco. Me incorporé y comprendí que me habían metido en la cárcel de la comisaría. No aguanté más y me puse a llorar. Entonces, de pronto, comenzó a sangrarme la nariz. Imploré a gritos un pañuelo y, comprobé entre sollozos que podía volver a hablar. Mis gemidos comenzaron a ser más y más audibles hasta que comencé gritar en un perfecto español que me dejaran salir de allí de una maldita vez.

El inspector volvió a acercarse, esta vez con un ánimo bien distinto. Le grité en su cara que era un incompetente y que pensaba hacerme oír en la prensa, la radio y la televisión para contar cómo una comisaría de policía podía tratar tan mal a un compatriota indefenso y confundirle además con un extranjero. El inspector, que confiaba en que nada de esto saliera a la luz, me suplicó que le perdonara, me dio un par de billetes de 100 de su propio bolsillo y su reloj y me prestó un traje de su vestuario personal, además de realizarme un pasaporte gratis, pues le hice saber que estaba sin documentación. Además, le comenté lo que me había pasado con el taxista, que me había dado una paliza de muerte, me había robado y me había dejado tirado en la playa, con el peligro de contraer un melanoma maligno. Me contestó que no se preocupara por el dinero, que completaba su exiguo sueldo de policía con una serie de trabajos privados, y que por la descripción que le di del taxista sabía quién era. Se trataba de un polaco que había ido a hacer fortuna y lo único que había hecho fue quitarle el puesto de trabajo a un manacorí.

Salí de la comisaría por la puerta grande: un traje casi a medida, 200 euros en el bolsillo y todo un día por disfrutar. Mi cara roja, quemada por el sol, me daba un atractivo aspecto extranjero, al menos a mis propios ojos. Me pasé todo el día mostrando en una cervecería mis dos billetazos y mi traje nuevo, pero las turistas sólo se reían de mí por mis manos aún amoratadas, mi cráneo deformado por los golpes y mi cara encarnada. Comencé a odiar a todo extranjero que me salía al paso y finalmente, deprimido, opté por comprarme 5 botellas de buen whisky e irme a la playa a bebérmelas. Cuando terminé la tercera comencé a sentirme mareado. Miré mi Rolex nuevo y comprobé con indignación que mi avión saldría de aquí a tres horas.

No recuerdo tampoco cómo llegué hasta el aeropuerto, seguramente por los golpes recibidos en la cabeza durante todo el fin de semana. Me di cuenta con espanto de que la llave de la consigna estaría en la ropa que me robaron y que mi maleta a lo mejor ya no se encontraba allí. Fui a la zona de consignas y tuve que sobornar al vigilante de turno con las dos botellas de whisky que me quedaban para que me dejara abrir mi taquilla. Comprobé con alivio que allí estaba mi maleta, junto con los billetes.

El trayecto de vuelta transcurrió sin más problemas, al menos para mí. Debido a las turbulencias del vuelo y a mi estado de embriaguez, vomité dos veces encima de una auxiliar de vuelo, otras tres encima del auxiliar a quien le había guiñado el ojo (lo tenía merecido) y una vez encima de cada una de las cinco personas que sucesivamente se iban sentando a mi lado en el avión.

Llegué a mi casa a punto del desmayo, me metí en la cama y estuve con fiebre toda la semana, sin poder ir a trabajar a meterme con las viejecitas que querían abrir una cuenta de ahorros. Una pena.

Éste fue, querido lector, mi apasionante viaje a Palma de Mallorca. Si acepta usted consejos, debo indicarle que, si alguna vez se le ocurre huir un fin de semana de su situación familiar, opte mejor por irse al bar a ver el partido de fútbol del domingo con los amigos, como todo hijo de vecino, y no pensar en echar una canita al aire en tierras ajenas.

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