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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS

Por Pedro L. Peña
pedro-pena@hotmail.com

¡VIAJEROS AL TREN!

Faltaban diez minutos para la partida del tren y ya llevaba rato acomodado en su asiento. Por el cuello desabrochado de su camisa asomaba una medalla de la Virgen del Rocío. Aflojó la presión del cordón trenzado y liberó su nuez. Hacía calor, la calefacción era excesiva, pero se consoló pensando que la puesta en marcha del convoy atenuaría esa sensación <A doscientos cincuenta kilómetros por hora> —pensó, visionando orgulloso la cifra—. Se levantó, dobló su americana del revés, la dejó sobre el asiento y se encaminó hacia el aseo, al final del vagón. Cuando la puerta automática que permitía la salida del vagón, se cerró, silabeó mentalmente la palabra <Re-tre-te>.
Sin detenerse a cerrar la puerta, frotó sus manos bajo el chorrito que salía del grifo, ahuecó las palmas y se refrescó la cara con el agua que contenían, repitiendo varias veces la operación: <De dónde provenía este agua que ni siquiera mojaba. Era como estar plastificado> —pensó mientras ponía sus ojos en la tapa del inodoro—. “No utilizar mientras el tren no esté en marcha”. Eso fue lo último que vio, antes de que su cara en el espejo se acercara a toda velocidad, y sus huesos parecieran licuarse, incapaces de sostenerlo. El brevísimo recorrido hasta el suelo, estuvo acompañado de espirales luminosas que ascendían o descendían, lentamente, como artificios pirotécnicos.
—Cuando le he visto en el suelo, vaya susto —dijo el interventor del tren.
—No sé. Me encontraba perfectamente y, de repente, sentí como una punzada en el cuello y… no recuerdo más.
—Bueno, quizá una lipotimia. Lo importante es que no ha pasado nada. Relájese, descanse y disfrute del viaje; yo tengo que volver a la faena.
—Sí, no se preocupe. Gracias. Ah, por cierto, ¿no ha visto usted una medalla?
Era de la Virgen del Rocío, y la tengo desde niño…
—No. Recogí algunas cosas que se le cayeron, y son las que le he entregado. No había nada más. De todas formas volveré a mirar.
—Se lo agradezco.
—Avise si vuelve a encontrarse mal. —dicho esto, el interventor se alejó por el pasillo.
El tren se puso en marcha.
Casi olvidado el incidente, se sentía bien y se dispuso a hojear el periódico, ayudado por la luz de una pequeña lámpara con tulipa verde, que iluminaba la mesa plegable entre dos asientos enfrentados. <Un tren ultramoderno y tan veloz, y este rincón acogedor; anacrónicamente acogedor> —pensó, mientras el convoy dentelleaba a intervalos largos, ganando velocidad.
—¿Es suya? —preguntó un pasajero, señalando la americana que reposaba en el asiento frente al suyo.
—Ah, sí. Perdone.
Retiró la prenda del asiento, y después de colocarla sobre sus piernas, continuó con el periódico. El pasajero, todavía de pie, preguntó:
—¿Si quiere, se la pongo ahí? —señalando el portaequipajes en la parte superior.
—Si hace usted el favor. Muchas gracias
—No hay de qué, caballero… Es un gusto este tren, ¿verdad? Antes de que te des cuenta, ya estás en casa —dijo interrumpiendo la lectura de su vecino de asiento—. Yo es la primera vez que viajo en alta velocidad, y la verdad, ya tenía ganas —prosiguió—He viajado mucho y recuerdo: los de vapor, los de gas oil, los primeros rápidos... Cuando era un crío, sólo con el anuncio del viaje en tren, ya bastaba para no pegar ojo la noche anterior.
—Qué curioso. —intervino con desgana, levantando la vista del periódico.
El pasajero se detuvo, mientras una procesión de viajeros cruzaba el pasillo, acarreando el equipaje, buscando su asiento, unos; cargando con vasos de plástico y bolsas de aperitivos, otros.
—¡Pero quieres darte prisa, imbécil! —exigía una madre a su hijo.
—Las patatas… se me han caído —sollozaba el retoño.
—A ver qué haces, que luego te llamo, y tu madre me dice que estás en la academia (…) ¿sí? ¡¡A las dos de la mañana!! —vociferaba un enésimo cornudo, con el teléfono móvil en la oreja.
Los últimos viajeros se acoplaban en sus asientos. El pasajero retomó la narración de sus experiencias ferroviarias:
—Viajar en tren era todo un mundo de posibles relaciones, de combinaciones infinitas. Un planeta que seguía su propia órbita, ajeno al universo exterior que lo rodeaba…
Su vecino de asiento, ya no leía el periódico. No podía. Definitivamente, había dado con un plasta.
El pasajero continuó:
—Me gustaban, hasta las películas que tenían que ver con los trenes. En cierta manera, ver una película es otra manera de viajar: el mundo que te rodea desaparece en la oscuridad de la sala, y vives el mundo de los personajes que habitan la pantalla…
—Ah, mira; no lo había pensado, pero tiene razón —dijo con decisión, pero sin entender gran cosa—.
—Los que no tenemos imaginación —prosiguió el pasajero—, somos incapaces de ver el mundo a través de nuestros propios ojos. Somos vicarios de las emociones y las acciones de otros, y, necesitamos esas acciones y emociones para existir…
—Es usted, todo un filósofo —le interrumpió—.
—No. Sólo soy una persona sin imaginación, que nunca ha podido crear nada por sí mismo.
—No diga usted eso. Me parece una persona inteligente, y todos tenemos nuestras cosas. Hay que vivir la vida en positivo, y esperar siempre la ayuda de El de arriba —
—definitivamente, había abandonado la lectura, y escuchaba con curiosidad y alguna compasión al pasajero—.
Éste recobró nuevas energías y prosiguió:
—¿Recuerda esa película, en la que dos desconocidos coincidían en un tren, y uno proponía al otro un intercambio de asesinatos?
—Me suena… Pero, ¿no me irá a proponer algo así? —le preguntó con cierta sorna—
—No, no se preocupe —dijo el pasajero—. Siempre he recordado una frase de esa película: “Un crimen perfecto, sin móviles”
Ahora, por primera vez, miró fijamente el rostro del pasajero. Advirtió una ligera sonrisa, un rictus irónico, en un semblante severo.
—Voy al bar ¿Me acompaña? —ofreció el pasajero— Me temo que, con la velocidad de estos trenes, no quede mucho tiempo para tomar café.
—No. Gracias. Prefiero quedarme —respondió su compañero de asiento, en tono apenas audible.
—Hombre, pues siento que no me acompañe para seguir hablando… Ah, lo olvidaba… —el pasajero colocó una carpeta sobre la mesa plegable, con la lengüeta abrochada, conteniendo algunos folios—. Tenga, quizá le sirva para distraerse.
—¿Y esto?
—No es bueno, y está sin terminar; ya le he dicho que carezco de imaginación, y paseo mi frustración por algunos de estos folios, pero pasará el rato —dicho esto, el pasajero desapareció por el pasillo del vagón—.
Después de contemplar la carpeta unos segundos, la abrió, tomó un folio entre sus manos y comenzó a leer:
«Fue durante un viaje en un expreso a Santander —Acaso, había algo más sugerente que los antiguos expresos nocturnos para la acción que iba a cometer—. Después de años pensando en ello, por fin, encontré la oportunidad:
Una joven que, apenas había abandonado la adolescencia, iba acompañada de su madre: señora vestida de blanco, con sus mismos rasgos, a quien los años y, seguramente, los sobaos pasiegos, le daban la apariencia de un iglú. Viajaban en mi mismo compartimiento, con asientos dobles para ocho personas. Yo comencé a mirar a la joven. Ella me miraba, esbozaba una sonrisa, apenas perceptible, y estiraba su cuello de garza. El iglú nos miraba a los dos, consciente del coqueteo que se traía su niña. Llevaba una gargantilla, que me hizo recordar a la mujer del protagonista de “Extraños en un tren”, que moría estrangulada por el trato, nunca cerrado, que había hecho su marido. Fui espoleado por este recuerdo.
Tuve que esperar varias horas. Pero cuando el expreso seccionaba la llanura, la dictadura de su fisiología le jugó una mala pasada. Lo hice en los lavabos. Y me gustó apretar su cuello, hasta notar cómo su tráquea se deformaba bajo la presión de mis dedos».
Después de leer este primer fragmento, pensó en el pasajero. Algo le inquietaba de él, pero este pensamiento no tardo en disolverse para dejar paso a la crítica literaria: no era un lector avezado, pero le pareció entretenido, quizá algo morboso y no exento de humor. Razones suficientes para seguir leyendo:
«Después del éxito de mi primera obra, y en mí, estos actos siempre tuvieron esa consideración —plagio sí, pero acto creativo, también—. Me propuse la confirmación de mi triunfo… Bueno, sería erróneo plantearlo así, porque no era yo quien proponía, sino la inspiración, o, sería exagerado mencionar la advocación. Quizás lo fuera, pero yo me sentía bajo el manto protector de los héroes que me iluminaban.
Así, cierto día de trayecto matutino, ya no recuerdo el destino, apareció un hombre mayor que avanzaba con dificultad por el pasillo. Se apoyaba en una muleta y me pareció, cuando pasó a mi lado, malhumorado y odioso. Su muleta, no por casualidad, tropezó con mi pie, y un seco:
—Lo siento —hizo brotar en mí, esa excitación que tanto me agradaba.
Mi falta de imaginación, me hizo recurrir a otra película alojada en mis recuerdos.
Otra vez mis ídolos me ilustraban. Puede que esto no sólo me ocurra a mí. Estoy convencido de que la gente besa y mata de manera distinta desde que existe el cine.
Siempre me cautivó ver a Fred Mc Murray, en el plan urdido por su amante, Bárbara Stanwick, arrojar al lisiado marido de ésta, desde el vagón de cola para cobrar el seguro. Yo no pude realizarlo igual, pues el vagón de cola era un vagón correo. Aunque no creo que a él le importara salir despedido por una puerta lateral».
Enmarcado en la ventanilla del tren, con el folio entre las manos, llegó al final de este fragmento, que si no había entendido mal, le pareció sacrílego. Casi molesto, siguió leyendo:
«No siempre todo funcionó tan bien. En cierta ocasión, me las había ingeniado para alejar a una pequeña de su madre que, distraída, charlaba con otra mujer a su lado, sobre la conveniencia de que los herederos reales se casaran con mujeres de su misma alcurnia. ¡Apasionante tema! Mientras yo trataba de estrangular a su hija. De repente, el agudo pitido del tren, sonó, y como en esa película francesa: en la que Jean Gabin era un maquinista, que sufría violentos ataques, durante los cuales trataba de estrangular a la mujer que tenía al lado, solté a la pequeña, que escapó de entre mis manos. Tuve que pasar el resto del viaje escondido».
Levanto la vista del folio que acababa de leer, y clavó sus ojos en el cartel bajo la ventanilla: “No molestar a los demás viajeros”. A continuación, cogió otro folio y reanudó la lectura:
«No tarde en volver a mis viajes, y a mi pasatiempo favorito… No debería llamar pasatiempo a algo tan importante... En otra oportunidad, camino de Barcelona, unos cuantos jóvenes, zafios y gritones, permanecían sentados cerca de mí. Atiborraban los ceniceros y su área de influencia de toda clase de desperdicios. Me miraban, se reían y no tardaron en levantarse con toda la escandalera que pudieron:
—¡¿Pero, dónde coño está el bar?! ¡Me lo voy a beber todo!
—¡Para que acabes echando la pota, como ayer!
—¡Lo de ayer era puto garrafón, tío!
Pensé en un trabajo colectivo, pero me asustaban los explosivos. Además, careces de la expresión de las víctimas… Pero he de confesar que, en aquella ocasión, me hubiera gustado. En realidad, yo también dejaba mis desperdicios al terminar el trayecto… Aunque, no siempre.
Hablaba de la expresión…Tardé bastante tiempo en conseguir algo parecido a la de Joseph Cotten. ¡Otra vez copiando! ¡Mi maldita falta de imaginación! De Joseph Cotten, decía, en aquella película en la que era un asesino de viudas, al que su sobrina favorita descubría, y él para que no le denunciase, trataba de arrojarla de un tren. »Finalmente, y después de un forcejeo, era él quien caía; siendo arrollado por otro tren en sentido contrario.
Pues bien, mi víctima… Quiero decir mi protagonista, acababa de subir al tren. Ambos estábamos en la plataforma de separación entre dos vagones, cuando me di cuenta de que se acercaba otro convoy en dirección contraria. La sorpresa le paralizó de tal modo, que fue muy fácil. El pobre, apenas, amortizó su billete. Recuerdo los titulares en los periódicos sensacionalistas de la época: “El cadáver desmembrado de un hombre aparece en una finca de reses bravas. Sólo un brazo llega a su destino”».
La megafonía del tren anunciaba una próxima parada. El tren necesitaba varios kilómetros para desacelerar, los cuales transcurrían progresivamente más lentos. El pasajero se situó a su espalda, sin que su vecino de asiento lo advirtiera. Le observó un instante e intervino:
—¿Qué le ha parecido?
—Ah, está usted ahí. No soy ningún entendido.
—Al menos, ¿se ha entretenido?
— Si quiere que le diga la verdad, y sin que se moleste. Me ha parecido inmoral. La vida humana es sagrada, y usted, convierte la muerte en un juego, en una serie de chanzas donde nada se respeta.
—Amigo mío, la vida es un juego. Ya se lo dije antes. La vida, como las películas, son un viaje en tren del que no conocemos el destino —contemporizó el pasajero—. Le damos demasiada importancia a la vida y matamos para comer, por amor, por ambición y hasta por diversión. Créame, lo único necesario para morir, es estar vivo. Soy una persona perversa, de acuerdo, pero no creo que los demás sean mejores.
—No me ha parecido, precisamente, falto de imaginación —dijo su vecino de asiento, recobrando el tono amable—.
—Le agradezco el cumplido. Pero, ¿no se da cuenta de que hasta para escribir unas pocas páginas he debido recurrir a la copia más vana, al insulso plagio de brillantes ideas que han tenido otros? —preguntó afligido el pasajero—.
—No sea usted tan duro consigo mismo. Es entretenido, y si el tema fuera otro, incluso, le diría que me habría gustado —dijo su vecino de asiento, animándole—.
—¿Cree que lo que ha leído, es producto de mi imaginación? —preguntó el pasajero, circunspecto—.
—Otra vez se ríe de mí. Ya sé que no soy tan listo como usted… Por cierto, ¿qué pasará después? ¿Matará a alguien más? —se interesó, compartiendo sarcasmo—
El tren se había detenido. Los demás viajeros, en tropel, se arracimaban ante la próxima apertura de las puertas. El pasajero, tras levantarse, permaneció de pié en el pasillo mientras se dirigía a su vecino de asiento:
—Hoy, podía haber sido el día más perfecto de mi vida. Crear algo importante, novedoso; algo que habría llenado el saco de mi orgullo, y hubiera sido la conclusión exquisita a años de desvelos y aprendizaje. Hoy, he podido ser uno de ellos, de los grandes, y usted, se habría elevado conmigo hasta la Historia.
—¿Yo? No creo que yo haga historia, nunca. Y aparecer en sus cuentos, en fin, que muero, seguro. ¿Dígame, cómo piensa terminarlo? —insistió su vecino de asiento—. El pasajero se llevó la mano al bolsillo y después se la extendió, diciéndole:
—Estos trenes son demasiado rápidos y es mi estación. No tengo tiempo para explicárselo.
Cogió la mano de su vecino de asiento y depositó en ella su medalla de la Virgen del Rocío, desaparecida. Éste apretó, asombrado, su medalla en la mano, y mientras trataba de poner orden en sus desbocados pensamientos, vio desaparecer el pasajero.

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