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RELATOS


Por Pedro L. Teruel
plteruel@wanadoo.es


EL SUBURBANO EN VERANO

Son las 7'15 de la mañana. A medida que me aproximo al Metro su entrada me parece más grande. Somos muchos los que nos adentramos en su boca que, finalmente, nos engulle.

Como todos los días en este verano tórrido y caluroso, según bajamos las escaleras y recorremos sus pasillos nos llega el sonido de la “Orquesta de las Chancletas”. Sus componentes no siempre son los mismos, aunque algunas veces coinciden. “clap-clap”; “tapa-clap”, “tapa-clap”. En algunos momentos un sonido distorsiona el compás: “clap-zap”, “clap-zap”. Es un chaval que se mueve al ritmo del Mp3 que va escuchando, arrastrando el pie derecho. Porque, si aún no habíais reparado en los “artistas” que nos “deleitan” con esta música yo os lo diré: se trata, ni más ni menos, de ciertas personas, el 90% mujeres, que se calzan con unas chancletas, bien de plástico o de cuero. Es una tira ancha o dos estrechas que abrazan el empeine y sin sujeción en la parte trasera o talón. En muchos casos, la percusión de la suela de su calzado con el pavimento del suburbano parece que les agrada, con lo cual se puede observar que muchas mocitas dejan el pie suelto para que el “clap-clap” suene más,

En el andén no hay muchas personas, aunque sí las suficientes para que, cuando llega el tren y se abren las puertas, nos abalancemos todos hacia dentro intentando conseguir uno de los escasos asientos que van vacíos. Se puede apreciar en el rostro de quien lo consigue una satisfacción inconmensurable. Unos sacan su libro o periódico y se ponen a leer (o hacen que leen); otros se ponen a charlar con el “partenaire” de al lado (muchas veces no le conocen previamente y así hacen amistad para otro día); más allá hay otro que dormita, y cuando su estado de somnolencia es total termina por recostarse en el compañero de asiento. Este, al principio, se desplaza para el otro lado, pero llega un momento en que tiene que toser (para ver si el durmiente se despierta) o se desplaza hacia delante, con lo cual, si quien se encuentra en los brazos de Morfeo no está ligeramente dormido, sufre un gran desplazamiento lateral que le hace despertar, lo que suele ir acompañado por una gran apertura de los ojos debido al susto que experimenta, haciéndole balbucir a veces una ininteligible excusa.

Seguimos cruzándonos las miradas subrepticiamente entre los viajeros más cercanos y observándonos de soslayo, en principio sin aparente curiosidad. Pero según transcurren los minutos, se produce un inusitado interés por alguno de nosotros.

En el asiento de enfrente se puede ver a un hombre ya entrado en años (digamos que ha pasado la cincuentena) que cual Saturno devorando a sus hijos mastica chicle sin parar. Su ritmo de trituración es de admirar: ¡casi dos dentelladas por segundo!. Seguro que está intentando dejar de fumar, aunque su actividad produce gran desasosiego en muchos de los que le observan.

Mas allá se encuentran dos señoras, cuya conversación banal (los trapitos que se han comprado en la playa y las críticas que hacen de los michelines de unas “presuntas” amigas) terminan siendo de conocimiento general, ya que dado el tono elevado de sus voces no es posible abstraerse de tan interesante intercambio de opiniones .

Unos chicos jóvenes, con el calor que hace, llevan embutida su cabeza en una gorra. Las gotas de sudor perlan su frente.

Este vagón no lleva aire acondicionado, y los sudores empiezan a hacer sus efectos. El sentido del olfato empieza a detectar esos aromas desagradables de quien, o bien no se ha duchado, o su poder sudoríparo es tal que el agua no ha logrado apagar su olor fétido, lo que unido a sospechosos ruidos quedos o sonoros producen gran hedor. Los abanicos empiezan a moverse cada vez con mayor intensidad, intentando mover el aire y conseguir un poco de frescor, cosa que apenas se consigue. Los rostros de quienes vamos en el vagón se arrebolan y nos recuerdan nuestra tierna infancia, cuando nuestras madres nos tiraban pellizcos en los carrillos para sacarnos “coloretes” y que esa palidez de nuestras mejillas se vieran atenuadas. Más allá, una señora trémula y abúlica comienza a marearse, nos dice que está embarazada de varios meses, y en la siguiente estación la bajan, la sientan en un banco y llaman al jefe de estación. Seguimos nuestra ruta por el interior de ese túnel oscuro, que parece interminable, viendo pasar las estaciones.

Hago trasbordo a otra línea. Esta sí lleva aire acondicionado, se nota que es una línea “noble”, transcurre por barrios del centro de la ciudad, no como de la que yo procedo que es del extrarradio. El problema consiguiente es que, dada la temperatura que traemos, al bajar tanto los grados se cogen muchos resfriados, lo que se aprecia por los estornudos que, acompasada o descompasadamente, manifiestan los usuarios.

Llegamos a una estación importante, con multitud de enlaces con otras líneas; el vagón se queda vacío en un 50%; el problema es que los que acceden al mismo supera el otro 50%, con lo que la estrechez de ubicación es tal que las protestas hacen su aparición: ¡señora no empuje Vd. tanto!; ¡qué quiere que le haga, si no está Vd. a gusto coja un taxi!; ¡por favor que me está pisando!; ¡oiga, que ese no es mi pie, será de quien está detrás de mí!; ¡debían prohibir entrar a los gordos!; ¡y a los hijos de put...!, contesta el interpelado……. Y otras lindezas de este estilo.

Por fin llego a mi estación de destino. Sugiero a los que se encuentran delante de mí, junto a la puerta, que voy a salir. No me hacen ni puñetero caso, por lo que haciendo de tripas corazón paso a la acción. Arremeto contra ellos con empujones y codazos incluidos, y logro abandonar el tren. Atrás se quedan algunos de estos sordos de conveniencia exponiendo sus nada agradables opiniones respecto de mi forma de proceder.

En el camino hacia el vomitorio a la superficie, oigo otra vez la “Orquesta de las Chancletas”. Supongo que serán otros intérpretes, pero con la misma canción: clap-clap”; “tapa-clap”, “tapa-clap”, y a veces: “clap-zap”, “clap-zap”.

En las escaleras de la salida un pobre rezonga su soledad, mientras apela a la caridad de los viandantes.

La oficina me espera y pienso en todo lo que tengo pendiente de hacer..........aunque ésta es otra historia.

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