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RELATOS


Por Rafael Guerrero Ríos
rafaelguerrerorios@msn.com

 

LA ALDEA

Esta es la descripción de la vida cotidiana en la aldea leonesa de origen astur que llamaban el “CASTRO DE EO”; año 1135.

El poblado, situado entre el mar Cantábrico y los montes de sierra Bolina, se yergue sobre una loma empedrada de guijarros con sus laderas recortadas en cuatro paredes verticales; descollando el pueblo sobre la cima como si se tratara de una muralla negra sobre un mojón cuadrado de tierra.

Esto lo hace prácticamente inexpugnable, y obliga a aquellos que desean pasar a su interior a enfilar por el lado occidental, que es ahí donde se halla la entrada custodiada por vigías sobre matacanes. Algunos de estos atalayeros otean el horizonte marítimo con la vista precisa y atenta del gavilán, mientras otros escudriñan al otro lado, entre la densa vegetación, la presencia de un movimiento enemigo o alguna vibración extraña entre la floresta del bosque cercano.

Fosos de cinco o seis metros de anchura circuyen la loma por si la vigilancia no surtiera su efecto, y así las puertas de la aldea se unen con el exterior a través de una gruesa plancha de madera, a modo de puente levadizo de quita y pon, para que en casos de peligro cortara el acceso del saqueador, personaje muy común por estas fechas y estas tierras linderas.

La muralla que rodea el “CASTRO DE EO” se halla fortificada con gruesos troncos sin pulimento alguno, clavados abruptamente unos tras otros de manera harto rudimentaria y untados en brea y sebo por fuera para imposibilitar la escalada a través de ellos. Tras el parapeto defensivo un rudimentario adarve de madera se ciñe a la muralla, como si fuera un andamio, a una altura maniobrable para poder ejercer la defensa por encima y desde dentro hacia los que desde afuera incordiaran con su ataque. Este pasadizo de travesaños ofrece su vereda en muchos tramos de manera incómoda, y se ha de ser experto en la práctica de caminar sobre algunos de sus peldaños, pues allí éstos se convierten en pequeñas trancas escasamente salientes de un agujero; casi como desgastadas cuñas espaciadas las unas de las otras mucho más de lo deseado, y tan mal alineadas que algunas quedan demasiado arriba y otras demasiado abajo.

Los habilidosos campesinos que saben maniobrarse en la guerra equilibrándose incómodamente sobre la andadura del amurallado se denominan "Muralleros"; ellos se encargan de la lucha desde esta posición, usando como armas aceite hirviendo, piedras, flechas o lanzas; batallando con la fiereza propia de la gente acostumbrada a resistir hasta la muerte; proclamando con su valentía el orgullo de raza - o soberbia - de unos hombres educados desde la niñez para este único fin.

Los muralleros se apiñan entre ellos formando un pequeño y exclusivo grupo con su propia barriada; relacionándose escasamente con los otros integrantes de la aldea y menospreciando a sus vecinos como si de una clase inferior se tratara.

El saber murallero se transmite a través de las generaciones, de padres a hijos, con el orgullo del gremio que ostenta la digna ejecución de una técnica especializada, autóctona, antigua, secreta, y efectiva para la defensa de sus vecinos.

Es menester que para ofrecer el mejor servicio a la comunidad los gruesos maderos más intransitables y conflictivamente entramados deban conservarse en esta extraña construcción. Por supuesto que nadie puede intentar aprender, ni tan siquiera subirse al adarve, si no lleva sangre murallera o beneplácito de los integrantes.

Los más mordaces aldeanos discrepan de la secta murallera, y en su crítica explican que sólo intuyen una pícara socaliña para mantener beneficios; al ser parroquianos útiles y de primera de cara a los señores feudales - diviseros de la noble familia Castro que recaudan los diezmos por aquella zona - a los que rinden pleitesía y pagan las gabelas.

La gente se pregunta que dificultad habría en mejorar aquellos tramos incómodos, y hasta grotescos de lo difícil que es poder utilizarlos; porque no hay duda de que es mucha la pericia que se ha de ejercer, inclusive en tiempo de paz, para sostenerse sobre los casi inexistentes apoyos del adarve.

Real como la verdad misma es también su privilegiada posición social frente a mesnaderos y señores; ya que esta defensa estratega del poblado convierte a los muralleros en punto a tener en cuenta dentro de la aldea, pues ayudan cuantiosamente a su defensa y no es conveniente tenerlos a la contra, al ser duchos en la guerra y peligrosos en la rebelión. Por todo esto ellos tienen mayor peso en las decisiones del poblado, rebajas en los impuestos, y mejores condiciones de reparto a la hora de administrar las cosechas.

Una vez concluidas las explicaciones sobre el gremio campesino y guerrero volvemos a la descripción de la citania.

Allí podemos ver cómo las viviendas se distribuyen anárquicamente a lo largo de multitud de callejuelas estrechas y sinuosas. Los caserones, que imponen su color granítico a ambos lados de la escasa calzada, son de piedra y adobe y con techumbre de ramajes, rectangulares o circulares y sin ventanas, con una exigua puerta del tamaño justo para permitir la entrada a personas y animales, que conviven juntos y al abrigo de los intensos y lluviosos inviernos del clima marítimo del Cantábrico.

En el interior de las casas el mampuesto de arenisca y argamasa recubre las paredes con ese típico olor a humedad impregnado a la masilla que inunda el habitáculo y a sus habitantes; auténtica señal de identidad de los autóctonos de la aldea que no son otra cosa que los verdaderos descendientes de las tribus astures que levantaron la cultura de los castros hace ya cientos de años. En el suelo de barro algún tablón ayuda a andar entre el fango de cuando llueve, que es casi siempre en esta comarca donde la nube es reina de un cielo encapotado y llorón. En la estancia principal la hoguera da calor al hogar y a las pieles que se extienden cuando hay que dormir. Un perol con comida cuelga sobre la lumbre desde una viga de madera desbastada que cruza y sujeta el techo.

Afuera las pallozas se dispersan por la villa de manera harto irregular, conformando entre ellas angostas callejuelas que trazan su serpenteo a lo largo de todo el pueblo; componiendo las vías un complicado laberinto para el extranjero que llegara por primera vez a estas tierras extrañas.

Las personas y animales - vacas, ovejas, caballos, gallinas - se entremezclan en la vía junto a las basuras y cueros a medio curtir; junto a los aperos de labranza embadurnados de tierra mojada por el duro trabajo; también las monturas, carromatos viejos, artes de pesca y cabos; ratas correteando sin miedo aquí y allá; un cadáver de alimaña despellejado que pronto servirá de alimento al más necesitado; un enfermo viejo que se muere; otro ciego y borracho se sienta recitando letanías mendicantes acompañadas con el toque de la campanilla. Las rubicundas mozas van y vienen a lavar desviando su mirada las más curiosas hacia los arrogantes muchachos que pavonean su pícara chispa de juventud con sus guiños y tientos de galanteo. El viejo semblante serio del anciano que calla y trabaja perdida ya la sonrisa, al ser sabedor, como es, de la rutinaria desgracia que ha transformado su vida de servidumbre, año tras año, día tras día, en un calvario de penosos trabajos injustos. Hombre en el ocaso de su vida amargado por la vileza de los poderosos señores del feudo.

Los hombres de más recia madurez - generación dominante - regatean, discuten, hablan, ríen o beben, parcos y a su manera, como son las costumbres de esta raza de gente seca y de pocas palabras.

En la plaza central se erige la taberna, tan sólo es un merendero al aire libre constituido por bancos de piedra y una techumbre de sombrajos. Este es el lugar de reunión para las gentes de la aldea; aquí se celebran misas, juicios, y cobro de gabelas cuando arriban las partidas mesnaderas del señor feudal.

A lo largo de la villa el olor marinero y la humedad impregnan el aire. En las afueras de la muralla corren las aguas del Eo, entrante frío del Cantábrico. En sus orillas de líquido negro fondean unos cuantos botes amarrados a un pequeño muelle y alguna barca de mayor cubierta que enarbola en sus mástiles velas latinas.

La rutina diaria es simple. Despertando con el nebuloso y tenue sol de la madrugada, hombres, mujeres y niños hacen sus necesidades, se atusan el pelo y estiran las ropas arrugadas por la dormida. Un poco de pan y tocino y a marchar a los cultivos, y según sea la época cargados de simiente o armados de leva o campelo o mayal, o arrastrando los carros para cargar la cosecha y almacenarla en los hórreos del pueblo.

Otros cargados con hacha y cuerda buscan leña en el bosque. Algunos siegan los pastos deslizando la guadaña. Las mujeres muralleras ordeñan las vacas o las cabras que los mesnaderos requisaron en la meseta a los infieles. Dos gruesos caballos de tiro, percherones franceses de largas crines, se aplican en sus labores azotados monótonamente con una varilla por un muchacho sólo y aburrido.

Los pescadores, o van en busca de mejillones por los acantilados, o si la marea no está gruesa cogen los botes y por la ría o aventurándose en la mar abierta buscan la sardina o el jurel, o el aladroque si es tiempo de él para anchoarlo en salmuera.

La pesca es tradicional y productiva en esta zona y avitualla abundantemente de salazones.

Los marineros salen al atardecer ataviados con gruesas gorras de lana, cuando el crepúsculo ya sólo es una despedida. Al llegar a la buena zona, que es aquella que coincide con el lugar de crianza del pescado y tiene a los bancales de sardinas arremolinados, allí los marineros ceban las aguas con raba y encienden las antorchas que llenan de luz la oscuridad y engaña a la sardina, que al creer que ha llegado el día sube acudiendo a la flama. Las aguas vibran por el aleteo de los flancos plateados, se tiende el cerco de las redes de herradura y cerrándola los sardineros han obtenido cosecha con la semilla astuta de su ingenio.

Todos los frutos de estas labores: leche, carne, harina, grano y pescado, son de reparto comunal e igualitario. Cualquier treta o engaño en la administración por parte de algún osado ha de pagarse con la muerte. Está prohibido ejercer el pecado de robo o avaricia para obtener beneficios a escondidas. Todo aquel que robe leche, o rebane parte de la lengua o rabo u orejas a los cerdos en vida, o recoja boñiga que no le pertenece, o desvíe grano directamente a su alacena sin pasar por el reparto, es ley que su cabeza sirva de adorno a la pica o cuelgue su cuello ahorcado en la cruz. Todo bien comunal ha de atender a una equitativa y miserable división.

Algunos muralleros influyentes se encargan de la administración del alimento, y en varias ocasiones se ha llegado a la violencia el día del reparto por lo desigual e injusto de las partes entre vecinos del gremio y los vecinos corrientes. Así, los que no pertenecen a la cofradía exigen igualdad, y los otros recalcan que igualdad hay pero atendiendo a los servicios que se ofrecen. La polémica tiene rápida solución cuando los hidalgos guerreros apoyan las decisiones muralleras si es preciso a golpe de espada.

De carácter más privado se reviste la artesanía, que abarca el trabajo del cuero, el cuajo de las leches, o los empleos costureros propios de mujeres. Algún que otro aldeano combina sus funciones labriegas con la carpintería, sacando un sobresueldo con el arreglo de muebles y desperfectos en las casas. Un cirujano barbero se pasa todas las primaveras con su estrafalario carromato curando malos humores y vendiendo medicinas bendecidas por Jesús y la virgen María. Un enjuto comerciante le acompaña, trocando con los aldeanos curiosos enseres traídos desde Oriente por buenos cueros y carne de pelo, de calidad por estos sitios.

Estos buscavidas sólo pueden acceder a la aldea terminadas las rigurosas nevadas del invierno, ya que estas bloquean los accesos al tupido bosque por donde transcurre el único camino que lleva hasta el "CASTRO DE EO". La aldea se encuentra en un paraje agreste rodeada de bosques por la vertiente contraria a la ría que imposibilitan el acceso invernal a un transeúnte cargado con demasiado equipaje. La inmensidad de la espesura empequeñece el corazón de cualquier viajante solitario que ose atravesar un lugar tan lleno de magia y misterio.

Entre la fronda altas hayas de corteza blanca protegen con su elevado piso a nogales, castaños y santos robles centenarios arrugados en cientos de pliegues misteriosos que son refugio de gnomos, roedores e insectos laboriosos. Las ramas se enmarañan asociándose el roble a la zarza y a la mata. La agobiante liana de la hiedra angosta las veredas. La floresta se vuelve en el interior umbría, de turba negra, mágicamente húmeda, envuelta en neblinas perennes. Praderas de sedientos helechos bordean vivos manantiales de pequeño tamaño, cantando sus aguas música del norte, agradeciendo la corriente la solidaridad de la diosa nube que nunca falta por estas latitudes. Sarpullidos de setas y hongos se extienden por todos lados; bajo las raíces; escondiéndose donde menos se las espera.

El jabalí husmea rezongando y arrastra su hocico buscando alguna raíz o un gusanillo apetitoso. Un único rayo de sol solitario, casi material al contraste con la oscuridad del húmedo interior, atraviesa la vegetación para toparse con el lejano sonido vagabundo de una flauta o una gaita, que viene de... la aldea o no se sabe dónde.

El oso pardo se rasca la giba contra un árbol y así marca su terreno. Allí en lo alto ha visto un panal saturado de miel y no lo puede alcanzar. Lo mira con sus pequeños ojos y se aleja intuyendo que tal vez sea el hogar de una hermosa ninfa de los bosques y no sería prudente molestarla.

El búho duerme y calla con el pico corvo hundido entre sus plumas; es de día; ya llegará la noche para entonar el tenebroso canto y rapiñar ratones.

Los nenúfares, morada de ranas y pequeñas hadas, preciosa hoja y flor acuática de las pequeñas lagunas del interior; el silencio y la carpa, con su dorado buceo, son sus vecinos en esta profunda y enigmática soledad natural del bosque ausente de seres humanos y sobrante de paz y belleza.

Y sobre todo agua; agua que llueve y se penetra en el suelo; agua afluente que recorre el cauce; gota sabia que desliza su líquido sobre la verde hoja del acebo y el parásito muérdago; húmeda agua; energía de la vida; líquido rey que vive en el reino de la lluvia, de los ríos, de los celtas, del norte.

Los lobos aúllan. Suaves cantos de búho se transportan por el espacio. Ha llegado la noche. El bosque se engrandece, se hace impenetrable y se convierte en negro, oscuro, plagado de sutiles movimientos que aterrorizan al hombre. Tú, hombre, que vives adorándolo, imaginándolo plagado de dioses y demonios. Bosque viejo y sagrado para las gentes del lugar.

Aunque los aldeanos son católicos y todos los domingos y fiestas de guardar se venera a la Virgen María de Amboto y a nuestro Señor Jesucristo de los Musgos, también existen multitud de leyendas y creencias ancestrales enmascaradas bajo el cristianismo que son reminiscencias de un pasado relativamente cercano todavía. Se dota de alma a los animales, árboles, fuentes, piedras, lluvias, tormentas, rayos, truenos, mares y ríos; toda materia orgánica o inorgánica consta de un espíritu al que adorar, dominar, aplacar, alabar y temer.

Se cuenta que en el bosque vive la Anjama, diosa de la abundancia, escondida entre las raíces de un viejo roble enmarañado entre muérdago y tejo. La fábula dice que en la cueva subterránea donde ella habita pueden encontrarse ingentes cantidades de riquezas si alguien se aventura a internarse en lo más profundo del bosque en las noches finales del verano.

Esta milenaria historia Astur se reviste con un halo de maldad en estos tiempos decididamente cristianos. La Anjama es un súcubo de las hordas demoníacas, y aquel que tenga trato, que no puede ser otro que el carnal, es acusado de brujería y sufrirá los calores de la hoguera. La Biblia se impone a la fuerza desde el clero y la nobleza.

El conflicto está servido. El campesinado asturiano, fiel creyente de la Santa Veracruz y el misterio Trinitario, fetichea y acude a dioses paganos por antigua tradición y sin poder evitarlo. Las aisladas pallozas que se dispersan por el bosque en grupos de dos o tres son núcleos de aldeanos cargados de sospecha, por darse en estos fueros abundantes prácticas anteriores al cristianismo.

El desarraigo cultural y religioso y la influencia católica y romana convierten a esta raza en un pueblo confundido y avergonzado de sus raíces, pero muy reticente todavía a abandonar sus tradiciones.

El “CASTRO DE EO” es una villa de doscientas almas sumida en la pérdida de identidad y en la miseria social y económica.

Por unas o por otras y al acabar el verano la población celebra una homilía en la plaza y después sale en procesión acompañada de cruces, estandartes y pendones. Se recorre el bosque hasta la imagen protectora de la Virgen de Amboto, señora de la luz y del poder justo y providente, que se encuentra protegida en una caja guardada entre las raíces de un roble.

Tras los rezos latinos de rigor empieza la fiesta.

Las danzas al son de los tambores, flautas y gaitas se extienden a lo largo de la noche regadas en buen licor de manzana y endulzadas con pastelillos de miel.

Ya tarde, cuando el padre se marcha a dormir la mona, algún litro de buen vino sabroso se reparte entre los de confianza. A la luz de la luna llena y las antorchas las mujeres y los hombres se bañan desnudos, como manda la tradición prohibida, jugando escandalosamente como si el mundo terminara mañana. Los gritos del lenguaje autóctono resuenan libres de germanismos y latinajos.

Al son del tambor, que redobla fiero componiendo ágiles músicas con la flauta rápida de silbos y la gaita melancólica, alguien saca un pan de centeno y seta de boñiga de vaca.

Al final, en recovecos apartados e inaccesibles del bosque, a primera hora del amanecer, cuando los más puritanos duermen, alucinados ancianos y viejas invocan remotos dioses druídicos, y aquella noche termina siendo celta de pura cepa.

RECUERDOS

¿Cómo pudimos llegar a esto?

¿Cuándo se realizó la génesis de esta horrible pesadilla?

No tenemos respuestas a nuestra triste y angustiada realidad. Tan desagradable como una blasfemia. Tan grotesca y autodestructiva como para devorarse a si misma hasta la anulación de toda vida.

Sólo nos quedan los recuerdos. Recuerdos que desgranamos uno a uno buscando el porqué continuamente. Sólo los lejanos pensamientos pasados que intentan fomentar algún atisbo de lógica en esta situación de incongruencias tan nefastas. Sólo los ensueños deprimidos y melancólicos que nos embargan de nostalgia. Como si miráramos un álbum familiar en la más escondida alacena de nuestra saqueada memoria.

Todo empezó con el atentado de las torres gemelas. Asistimos horrorizados al espectáculo televisivo que nos ofrecieron. En pleno corazón del capitalismo occidental la gente podía morir igual que en el tercer mundo. Personas que eran como tú o como yo.

Más tarde, en la vieja tierra Palestina, las cotas de odio y violencia alcanzaron un límite insostenible. Los nacionalistas de ambos bandos lucharon invocando un enconado sentimiento radical por su tierra y su religión. Fue la guerra de las fronteras, la de los países oprimidos.

Batalla tras batalla pasaron los años….

Por aquel entonces, tú y yo disfrutábamos de nuestro amor rodeados de amigos y familiares. Nos casamos una tarde de invierno fría y soleada y pocos meses después te quedaste embarazada. Éramos felices.

En el transcurso de tu embarazo la crisis internacional fue agravándose. Los países occidentales conminaban a Irán a paralizar sus sospechosas actividades nucleares. Por el lado contrario, Irán proclamaba su derecho al desarrollo atómico con fines pacíficos. Norteamérica amenazaba con represalias militares sobre suelo Persa si los poderosos mulás no deponían su actitud. Los iraníes alimentaban el conflicto en oriente próximo armando a las milicias terroristas. Occidente utilizaba a Israel para frenar el ansia musulmán de expansión y revancha.

Los países aliados invadieron Afganistán e Irak. El espionaje Sirio pagó las revueltas Chechenias y el mantenimiento militar de la red de AlQaida.

Se cometieron los macroatentados de Madrid y Londres.

Venezuela y Bolivia firmaron pactos de alianza militar y económica con el denominado eje del mal (Corea, Irán y Siria).

A principios de 2012 se constituyó la A.I.P.L. (Asociación Internacional de Países en Libertad) liderada por Hugo Chávez y Mahmud Ahmadineyad, presidentes de Venezuela e Irán respectivamente.

Pasaron a formar parte de la A.I.P.L. los países siguientes: Venezuela, Bolivia, Cuba, Irán, Rusia, Siria, Corea del Norte, China, Filipinas, Brasil, Indonesia, India, Pakistán.

La idea era el intercambio militar, logístico y económico entre los países.

El mundo occidental vio esta unión como una amenaza.

Los países de la OTAN protestaron enérgicamente ante la O.N.U. por las maniobras militares, denominadas A.T.I. (Asistencia Técnica Internacional), que realizaron los ejércitos iraníes, venezolano y coreano.

En la A.T.I. se realizaron varias pruebas nucleares.

Rusia vetó la resolución contra la A.I.P.L en un claro acto de enfrentamiento a EEUU.

Renació el nombre de Guerra fría en los foros de discusión política internacional. Cuando ya todos los burócratas la imaginaban reducida a una miserable esquina de algún archivo viejo y polvoriento, de pronto, como un fantasma que aparece y va tomando consistencia corpórea para golpearnos con su puño, allí mostraba de nuevo su burlona filosofía de dos bandos opuestos, deshaciendo las inútiles escaramuzas que quisieron relegarla a la historia pasada.

La tensión entre países fue creciendo. La ira ciega afloraba a la superficie de las emociones más primarias, brotaba como un manantial de sentimientos tan negros como el petróleo.

El día 12 Noviembre Estados Unidos dio un ultimátum a Irán para que parara las pruebas nucleares pertenecientes a la A.T.I.

En la noche del 24 Diciembre del año 2012 el presidente de los Estados Unidos, Barack Husein Obama, dio su visto bueno para realizar un ataque selectivo sobre Irán junto a los aliados Europeos.

Todos lo empezamos a intuir aquella noche. Nuestro inconsciente daba la voz de alarma. El inseguro temblor de un mundo que agonizaba de miedo, una sociedad derrumbada, se asomó – aquella noche de celebraciones – en la pantalla del televisor.

El programa navideño se interrumpió para ceder su espacio a una noticia de última hora. Los cazas aliados sobrevolaban Teherán entre una lluvia de fuego que la artillería antiaérea Iraní empleaba contra el ataque extranjero.

Todo adquiría tintes surrealistas. La navidad se abarrotaba de incongruencia. El mundo estaba desquiciándose a una velocidad exorbitante.

Nos miramos a los ojos. La locura llegaba a unos límites aterradores. Lo pudimos comprobar en nuestra casa, entre nuestros amigos y familiares, viendo como animaban a los aviones con gritos de júbilo en cada explosión, divirtiéndose con la furia de los antiaéreos Iraníes, ridiculizando el poder de aquel armamento anticuado frente a la sofisticada maquinaria militar de Estados Unidos.

Al día siguiente los periódicos proclamaban el triunfo total de las fuerzas aliadas. Tan sólo quedaban algunos focos de resistencia en ciertos enclaves montañosos que pronto habrían de sucumbir ante el imparable ejército que esos precisos instantes cruzaba las fronteras Iraníes desde los 4 puntos cardinales.

Rusia emitió un enérgico mensaje de protesta ante las naciones unidas. 2 Horas mas tarde los tanques soviéticos invadían Finlandia y Ucrania y se disparaban misiles sobre las bases de la OTAN en Hungría y Polonia.

China tomó Taiwán por la fuerza en menos de un día, y los coreanos invadieron las partes fronterizas más conflictivas de su vecino del sur.

En cuestión de días la guerra fue extendiéndose como un reguero de gasolina incendiada por toda Europa, Asia África y América.

La tercera guerra mundial irrumpió en el escenario de nuestras vidas. La ilación de tantos problemas terminó por paralizarlo todo.

Aun así, la vida cotidiana luchaba por subsistir entre los disparos de bala que en la lejanía empezamos a escuchar. Cada vez con más frecuencia sonaban las sirenas anunciando bombardeos que nunca llegaban a producirse.

Pero fue una guerra corta.

Al final, en un amanecer, ejecutamos a la razón como a un vulgar prisionero.

Dormíamos cuando sopló el viento. Nos despertamos inmediatamente.

El reflejo de la luz fantasmal extendiéndose por el firmamento como un amanecer extraterrestre. El hongo nuclear bello y grandioso sobre nuestras cabezas. El inmenso sonido ronco de la detonación que contemplábamos nos hizo comprender.

Las bombas nucleares empezaron a caer por todos lados.

Corrimos sin decir una palabra, sin mirar hacia atrás, sin expresar un mínimo gesto. La onda expansiva azotó las aceras, como si la mano de un gigante descargará un enorme puñetazo sobre el asfalto.

¿Por qué tú y yo seguimos corriendo hasta llegar a las profundidades del metro?

¿Por qué escapamos por sus pasillos bajando hasta las vías, para escondernos en un miserable agujero?

Nunca lo sabremos. No existen explicaciones que razonen el instinto. Es una conducta animal y nada más. Era la lógica natural de la supervivencia.

Pasamos las horas en silencio. Oíamos el sonido ronco y lejano de las continuas detonaciones que torpedeaban la comarca, la ciudad, quizás el mundo entero. Sin duda contemplábamos el fin del mundo.

Las bombas cesaron en un atardecer, que quizás fue una madrugada, o una noche tal vez. El viento empezó a ulular a lo largo de los pasillos y corredores metropolitanos. No había señales de vida por ningún lado.

Pasó todo un día. Empezamos a sentir una extraña debilidad acompañada de fiebre y sudoraciones. No nos sentíamos bien y nuestros labios se agrietaban. Teníamos que salir de allí y buscar alimentos, medicinas y ayuda.

Caminamos a lo largo de la vía. El aire hedía a gasolina quemada por todos lados. A través de los respiraderos de las bóvedas, sobre nuestras cabezas unos metros, podíamos intuir grandes resplandores en el exterior.

Llegamos a una estación. Estábamos cansados y nos sentamos en los asientos del andén. Esperamos como unos tranquilos transeúntes que aguardaban la llegada de su vagón.

La noche, o lo que parecía ser un oscuro atardecer, iba apoderándose del día. Las tinieblas entraron sigilosamente desde los pasillos.

A lo lejos oímos el traqueteo de un tren en funcionamiento. No había duda. Un metro se acercaba hacia la estación.

El tren llegó, pero no paró. Paso casi como una exhalación. A una velocidad enorme.

Aquel tren no tenía conductor. Iba desbocado. Amontonados en el interior de los vagones observamos huesos. Hueso humanos. Montañas de huesos. Huesos partidos y enteros. Osamentas unidas a otras en irreconocibles puzzles. Cráneos grandes, pequeños, de mujer, costillas, fémures, omoplatos, falanges, vértebras; Cientos de esqueletos amontonándose hasta el techo; Construyendo montañas de putrefacción.

El tren no tardó en desaparecer alejándose por la vía.

El estupor nos hizo huir por los pasillos, buscando la salida a aquel infierno de podredumbre.

Las tinieblas ya habían invadido totalmente los pasillos. Entonces supe que tenía miedo.

¿Qué horrores podríamos encontrar antes de salir de allí?

Al doblar una de las esquinas, al otro lado del largo corredor, pudimos ver una pequeña fogata rodeada por varias personas. Dirigimos nuestros pasos hacia ellos. A medida que nos acercábamos pude ver que comían. Tú corriste hacia ellos y los abrazaste.

Al acercarme vi a mi Madre. También estaba Juan, mi vecino. Mi madre me miró a los ojos y me dijo “come”.

Sobre la fría losa del suelo, su mirada perdida y muerta. Yo conocí una vez a este hombre que ellos devoraban. Lo veía en la panadería al comprar el pan. Son sólo recuerdos.

Este era un nuevo mundo. Por fin había llegado el nuevo orden de las cosas.

Recuerdos, siempre recuerdos. Recuerdos de amor, recuerdos de trabajo, recuerdos de problemas. ¿Quién pudiera volver a sufrir de aquella misma manera? ¿Dónde podría encontrar todas aquellas infelicidades, tan cotidianas que eran como ahora imposibles y deseadas?

La lógica derrumbada hizo guiar mis manos hacia el alimento.

ACCIDENTE EN LA BIBLIOTECA PERDIDA

Todos los días, a las diez de la noche, Juan olvidaba su trabajo de contable y se dedicaba a escribir cuentos.

Las palabras brotaban desde un lugar lejano y mágico, transitando hasta el folio en un viaje imposible de explicar, pero real como la negra tinta que caligrafiaba sobre el papel.

Aquel día la historia trataba sobre un joven oficinista llamado Pedro Pérez.

La fértil imaginación de Juan escribió que el protagonista había decidido cambiar su formal vida de administrativo por otra mucho más bohemia y aventurera como poeta vagabundo.

Desde aquel día y escandalizando a todo el barrio que le había visto crecer y hacerse un hombre, Pedro Pérez se dedicó a escribir estrofas y venderlas por la calle al mejor postor, o a recitarlas a cualquiera que quisiera escuchar.

Juan no tenía talento. Su narrativa era mediocre. Aun así, suplía todas las limitaciones con esfuerzo y entusiasmo. Pedro era un genio incomprendido que ocupaba una buhardilla destartalada del centro de Madrid.

Aquella noche Juan escribió moldeando la personalidad del personaje fatal y trágico que ensoñaba. Pedro Pérez vivía sus días entonando lamentos rimados y pasaba las noches en estrafalarias aventuras quijotescas.

Un techo y cuatro paredes, una bombilla luciérnaga, una mesa un escritor y un poeta, y la buhardilla estaba en ruinas.

Ya eran las tres de la madrugada. El camión de la basura paró debajo, en la calle.

A lo lejos pudo oírse el sonido de una ambulancia surcando la autovía a toda velocidad.

Sonidos lejanos y cercanos. Sonidos conocidos o desconocidos. Sonidos de rutina o de muerte. Dos conceptos inamovibles que nos envuelven en un complejo tapiz de vivencias con diferentes texturas.

Mañana volvería a despertarse, con sueño como siempre. Volvería a despertarse molesto ante la evidencia de que no existía otro remedio a su forma de vida. Volvería a comprobar que los cuentos de la realidad no se habían escrito en hojas de papel, sino en el profundo surco que el tiempo rasga en el pozo de nuestra alma. Y la amargura va haciendo sedimento y convirtiendo el corazón en piedra poco a poco, como una deyección geológica formada de rutina y de muerte.

Juan miraba la bombilla, incandescente, viva. Aquella luz era un pedazo de la mañana fuera de lugar; Un trozo de día perdido en mitad de la noche.

Repartidas por la mesa estaban las cuartillas, trozos de ilusión desordenada.

Apagó la luz y se acostó en la cama.

Cuando alguien divaga entre las sabanas es muy difícil dormir. Y es normal divagar si te acuestas tarde, en la madrugada, con la mente saturada de palabras y fantasías y de historias incompletas.

La noche siempre ha sido una traidora vestida de negro, otra cara más siniestra del significado de las cosas.

Hace mucho tiempo el ser humano temía a la noche, y era natural, porque la noche era peligrosa. En la oscuridad aparecían cazadores hambrientos y carnívoros que aniquilaban. Hace mucho tiempo el ser humano vivía cada atardecer con el miedo de sobrevivir una noche mas al ataque de los depredadores, y este miedo era real y aterrador.

Juan siempre ha seguido la inercia de lo que es razonable hacer. Desde muy niño su planteamiento era simplemente hacer lo que los demás le habían dicho que se debía hacer. Estudiar. Ayudar a su familia. Trabajar en el campo….

La primera vez que hizo algo fuera de lo común fue cuando decidió emigrar desde su pueblo a la ciudad. Emigrar a la ciudad para trabajar de oficinista. Como tantos otros.

Y lo hizo.

Aquí estaba ahora. No había sido suficiente. Habían pasado los años. Las ilusiones se habían convertido en un conjunto extenso de rutinas bien acopladas. Rutinas perfectamente engranadas una tras otra. Rutinas funcionales, ideales para la productividad de un país.

Juan estaba aquí. Imposible el vacío. Un hueco lleno de él mismo.

El reloj del Salón marcó las cinco de la madrugada.

Cerró los ojos. Necesitaba dormir. Mañana debía volver a trabajar como siempre. Allí en la oficina. Los vacíos no dan de comer tostadas y filetes. Los huecos llenos de uno mismo se llaman personas, y arrastran sus cobardías para hacer un mundo mejor.

En la noche hay que dormir. Y dormir es como volar por el espacio durante horas para luego despertar y no recordar casi nada. ¿Existe algo mas gratificante y reparador que dormir y hacer lo que te de la gana para luego justificarlo diciendo que “es solo un sueño”?

Verdaderamente soñar es libertad. Dormir es conectarse con el universo. Dormir es flotar y liberarte de tu propia máscara.

Todos los seres humanos dormimos por lo menos una tercera parte de nuestras vidas. Todos huimos ocho horas a un lugar que apenas percibimos. Casi todos a la vez, en las horas nocturnas, cuando cae la noche, todos huimos a un mundo donde nos relajamos de manera inconsciente.

Porque necesitamos descansar, y lo sabemos, allí vamos, y allí aplicamos la palabra sueño sin complejos. Soñar, perderse en el vacío, no ser tú, no ser nadie definido.

Sin darnos cuenta, un silencioso baile de palabras, de predicados vagos imposibles de clasificar, de proposiciones indomables por la razón, de semánticas ambiguas que se agazapan tras las palabras; soñar , estar dormido, tener un sueño, vivir una pesadilla, estar despierto, estar a punto de despertarse, estar medio dormido, profundamente dormido, muy despierto….La incertidumbre se apodera de cualquier concepto razonable.

Y dormir es un aspecto muy importante, aunque uno puede soñar despierto, porque el sueño se escapa de la cama para esconderse tras un anhelo, y no deja de ser tan importante, mas aun, doblemente importante, porque su existencia bebe de dos fuentes inagotables de la vida como son la inconsciencia y el movimiento.

Nuestro amigo Juan duerme, sus ojos cerrados.

Llegó la mañana de otro día nuevo, como siempre demasiado temprano.

El metro estaba lleno cuando paró en el andén. Entró y se sentó. Tenía sueño, mucho sueño. Trató de aprovechar el desplazamiento para descansar. Todavía le quedaban 12 estaciones hasta su trabajo.

- ¿Querría comprarme una poesía?

Alzó la vista. Por un momento creyó estar mirándose en un espejo grotesco. Era Pedro Pérez.

- Una limosna por mis poesías……

El vagabundo se desplazó por el pasillo. No había duda. Era Pedro Pérez.

Es decir, cuando quería decir esto, se refería a que era él mismo; el vivo retrato de Juan vendiendo poesías. Un Juan sucio y desaliñado, pero Juan.

Las vías del metro chirriaron. Las luces parpadearon en la oscuridad y se hizo la luz de un nuevo andén. Sol.

Juan bajó la vista apesadumbrado. La ficción se materializaba. El vagabundo se dio media vuelta y miró a Juan antes de bajarse. Sonreía.

Juan se bajó dos o tres estaciones después. Llamó a la oficina y dijo encontrase indispuesto. Después se fue a su casa de vuelta. Entonces él empezó a intuirlo.

Una vez leyó que en algún lugar del universo existía una inmensa biblioteca donde se encontraban todos los libros que se podían imaginar.

Allí, en las infinitas galerías en que se dividía la biblioteca, a través de los pasillos que se prolongaban rectos hasta perderse por el horizonte, con libros ordenados según todos los criterios de ordenación existentes, sobre las inmensas estanterías hechas del material con que se hacen los cielos, entre el espacio negro y estrellado se podían encontrar todos los libros.

Libros que existían y libros ni tan siquiera concebidos. Libros escritos en todas las lenguas habladas, y en todas aquellas que se dejaron de hablar mucho antes de que naciera el primer hombre.

Libros de todos los temas, de ciencias milenarias, de materias olvidadas.

En aquella biblioteca estaba toda la sabiduría, y los dioses acostumbraban visitarla para poder aprender entre las duras tapas de libros eternos como el nacimiento del universo.

Y en estos tomos de la magnífica biblioteca está escrito el principio y el final de todo. Se descubre la cara del dios supremo. Se hallan las palabras primordiales que este pronunció para crear el universo

Es la biblioteca perdida. Allí se encuentran nuestras vidas escritas.

Y del verbo nacieron sus destinos. A lo mejor fue el azar, o quizás un accidente, es posible que se tratara de una treta irónica de algún diablo burlón.

Pero Juan estaba seguro. No necesitaba creer en ello. Como si fuera un manantial, el instinto brotaba la verdad a borbotones.

Pedro Pérez había saltado desde el otro lado del espejo.

Sus caminos habían chocado, confrontado. El misterio había cruzado oscuros umbrales, desde donde se agazapan los enigmas, para brincar hasta las aceras. Pedro Pérez quería ser Juan, venía a reclamar un tributo por las fechorías existenciales de su creador.

Juan buscó al farsante y lo encontró en la puerta del Sol. Rondarían las nueve la noche. La luz de las farolas se reflejaba entre la niebla. Hacía frío.

El poeta entró en un bar y se bebió una copa. Juan lo observó mientras apretaba el mango del cuchillo con fuerza en su bolsillo.

Plaza de España, San Bernardo, siguió hacia Glorieta de Bilbao. De allí hacia Bravo Murillo, y aquel mendigo debía morir.

Juan empezó a almacenar sombríos augurios en su cabeza.

El poeta paró frente al portal. Las llaves tintinearon entre sus manos. La puerta se abrió y pasó.

Juan se acercó hasta donde Pedro Pérez había entrado.

Sí. Era su propia casa. Entonces tuvo miedo.

El ascensor se paró en seco frente a su casa. La puerta estaba entornada. Dentro reinaba la oscuridad. Él había pasado al interior y no se había molestado en volver a cerrar. Le esperaba.

Juan pasó y cerró la puerta sigilosamente. Nadie escaparía de allí. Se detuvo y escuchó conteniendo la respiración. Pasaron los minutos. Cada segundo retumbaba en su corazón con fuerza. Nada se oía. El sudor empezó a deslizarse por su frente. Sacó las manos de los bolsillos de la gabardina. El filo del puñal acariciaba su muslo. Un leve murmullo se oyó en el cuarto de baño, al final del pasillo. Juan se abalanzó con furia hacia el interior. Las nubes se asomaban a través del ventanuco. Notó algo a sus espaldas y se giró. Allí estaba, contempló de nuevo aquella sonrisa y observó los ojos del vagabundo. Se abalanzó sobre el. Una puñalada, dos puñaladas, tres puñaladas.

El cuchillo se había doblado. Juan estaba destrozando el espejo.

Allí estaba Pedro Pérez, al otro lado del espejo roto, riendo a carcajadas, frente a él, como si fuera una imagen grotesca de su propia persona, un reflejo mentiroso y maligno.

Al día siguiente se levantó temprano y salió a la calle. Las nubes grises y pesadas lloraban una suave melodía de lluvia sobre las aceras. Se metió en un bar y pidió una copa. Debía cambiar sus tristes poesías por alguna moneda caritativa.

LAS RATAS

Yo conduzco y tú duermes a mi lado. El coche se desplaza por la carretera en esta noche cerrada y lluviosa. Y como siempre, ahí esta, el silencio, sólo roto por el repiqueteo de la lluvia sobre el parabrisas. Vamos a casa y no hay nada más. Llegaremos y volveremos a sentir esa densa nube de impotencia y desidia acumulada entre los muebles de nuestro cuarto.

El agua cae con fuerza sobre los cristales. La luz del coche no consigue dar visibilidad a esta oscura nada en que se ha convertido el asfalto. Es una noche infernal, donde los faros siluetean formas fantasmagóricas entre la niebla y la humedad.

Tú callas y duermes, y yo no siento tu ausencia. Hace tiempo que agradezco el vacío de tu conversación insidiosa. Tantos años juntos, un camino recto desde la plenitud al deterioro, desde el amor hasta el rencor de nuestras miradas calladas y sórdidas.

Un rayo cae cercano, y dibuja por segundos la carretera trazada con tiralíneas hacia el horizonte. Oteo en la oscuridad. No consigo ver nada delante de mí. Quiero llegar a casa y por eso piso el acelerador. El cielo encapotado y llorón retumba como si fuera a derrumbarse sobre la tierra.

Tus ojos siguen cerrados. Por mí como si te mueres. Hay demasiada agua. Las ruedas derrapan. Ahora he visto la curva, es cerrada y peligrosa. Veo el muro demasiado cerca. Intento girar el volante, pero he perdido el control y voy directo….


…..
Un coche en la noche dando trompos que atraviesa el muro. Sólo un chirriar de ruedas y un golpe fuerte y sordo. Luego después vuelve a posarse el silencio y la lluvia.
...

Hemos tenido un accidente y me he desmayado. Ahora vuelvo a tomar conciencia pero no veo nada. Aun así, noto como la sangre culebrea por mi cara abundantemente. Intento moverme pero no puedo, estoy atrapado en el amasijo de hierros que es el coche ahora.

Noto la lluvia en la cara. Los cristales están rotos. Poco a poco consigo acostumbrarme a la oscuridad que me rodea. Hemos destrozado un muro de piedras viejas y graníticas, y ahora veo tumbas a nuestra alrededor. Es un cementerio.

Cae otro rayo y es cuando te veo. Tu cuerpo sigue en el asiento de al lado, pero está decapitado. Ha vuelto la oscuridad, pero he conseguido ver tu cabeza cortada entre mis muslos. Sigues con los ojos cerrados, como si todavía estuvieras dormida. Me reconforta pensar que has muerto antes que yo.

Es entonces cuando las oigo. Su sonido es imposible de confundir. Son ratas. Intuyo decenas de ellas muy cerca, entre las tumbas, asustadas al principio por el golpe, pero cada vez más atrevidas y curiosas. Las oigo desplazarse hacia el coche. Noto sus uñas arañando la chapa y escucho como van saltando a la tapicería de los asientos de atrás. Noto sus hocicos y su aliento muy cerca, olfateando mi cuello. Nos van a devorar.

La luz de un rayo me deja verlas. Están ahí, cientos de ellas, gordas y grises, mirándome con sus ojos inyectados de sangre. Luego te veo a ti. Has abierto tus ojos y me miras sonriendo.

 

 

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