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Creo que es importante destacar,
desde un primer momento, que este breve artículo
no es resultado de una investigación llevada
a cabo por mí, sino que se trata de mi propia
opinión y reflexión sobre lo que ciertos
estudiosos de tolkieniana ya han dicho. Constituye
también una llamada de atención a aquellas
personas que, aun con buena intención y sin
más motivo que el de defender la literatura
que les gusta, es posible, sin embargo, que estén
contribuyendo a restarle, a los ojos de la crítica,
el valor que realmente tiene.
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Me
gustaría comenzar esta exposición, tal y como
ya dejo entrever en el título de la misma, con una
referencia a William Shakespeare (1564-1616), en particular
a su obra dramática Macbeth. Empezaremos diciendo
que se trata de una tragedia en cinco actos, en prosa y
verso, escrita entre 1605 y 1606. El drama narra una serie
de hechos que conducen a la muerte del usurpador y traidor
Macbeth. Éste planea asesinar al rey Duncan de Escocia,
instigado por su esposa Lady Macbeth, con el fin de obtener
para sí la corona. El regicidio tiene éxito,
y Macbeth es coronado, pero los hijos de Duncan huyen del
país, salvando así la vida. Mientras, tres
brujas pertenecientes al culto de la diosa Hécate,
que ya habían predicho que Macbeth llegaría
a tener en sus manos el dominio de Escocia, anuncian al
nuevo monarca que ningún hombre nacido de mujer podrá
darle muerte jamás, y que no será derrocado
hasta que el bosque de Birnam se alce contra su castillo
en Dunsinane. Sin embargo, Malcolm, uno de los dos hijos
de Duncan que huyeron, se une a Macduff, señor de
Fife, y van al encuentro del tirano. Llevan consigo un ejército
que consigue llegar a Dunsinane camuflándose con
ramas y hojas (vemos cómo el bosque de Birnam marcha,
de manera metafórica, por supuesto, contra Macbeth).
Más tarde, Macduff, que fue extraído del vientre
de su madre horas antes de que el parto hubiera de producirse,
le da muerte (se cumple así la primera de las profecías).
Extraigo ahora de la versión original, en inglés
del Renacimiento, los fragmentos en que tales profecías
son formuladas y cómo se solucionan, junto con la
traducción al español.
Actus Cuartus. Scena Prima.
Apparition - Be bloody, bold, & resolute: Laugh to
scorne the powre of man: For none of woman borne Shall harme
Macbeth.
Sé cruel, resuelto y audaz. Ríete del poder
del hombre: nadie nacido de mujer a Macbeth podrá
dañar.
[…]
Apparition - Be Lyon metled, proud, and take no care: Who
chafes, who frets, or where Conspirers are: Macbeth shall
neuer vanquish'd be, vntill Great Byrnam Wood, to high Dunsmane
Hill Shall come against him.
Ten brio de León, sé altivo y no atiendas
a quien incomoda, conspira o se inquieta: Macbeth no caerá
vencido hasta el día en que el Gran Bosque de Birnam
suba a Dunsinane.
Actus Quintus. Scena Cuarta.
Seyward - What wood is this before vs?
¿Qué bosque es el de ahí enfrente?
Menteth - The wood of Birnane
El de Birnam.
Malcome - Let euery Souldier hew him downe a Bough, And
bear't before him, thereby shall we shadow The numbers of
our Hoast, and make discouery Erre in report of vs.
Que cada soldado corte una rama y la lleve delante. Así
encubriremos nuestro número, y los que nos observen
errarán su cálculo.
Actus Quintus. Scena Quinta.
Messenger - Gracious my Lord, I should report that which
I say I saw, But know not how to doo't.
Augusto señor, debo informar de lo que he visto,
aunque no sé cómo hacerlo.
Macbeth - Well, say sir.
Bien, pues dilo ya.
Messenger - As I did stand my watch vpon the Hill I look'd
toward Byrnane, and anon me thought The Wood began to moue.
Estando de vigía en lo alto, he mirado hacia arriba
y me ha parecido que el bosque empezaba a moverse.
Actus Quintus. Scena Septima.
Macbeth - Thou loosest labour As easie may'st thou the
intrenchant Ayre With thy keene Sword impresse, as make
me bleed: Let fall thy blade on vulnerable Crests, I beare
a charmed Life, which must not yeeld To one of woman borne.
Tu esfuerzo es en vano. Antes que hacerme sangrar, tu afilado
aceropodrá dejar marca en el aire incorpóreo.
Caiga tu espada sobre débiles penachos. Vivo bajo
encantamiento y no he de rendirme ante nadie nacido de mujer.
Macduff - Dispaire thy Charme, And let the Angell whom
thou still hast seru'd Tell thee, Macduffe was from his
Mothers womb Vntimely ript.
Desconfía de encantamientos: que el espíritu
al que siempre has servido te diga que del vientre de su
madre Macduff fue sacado antes de tiempo.
Podemos ver claramente cómo las profecías
de las brujas reveladas a Macbeth sólo se cumplen
parcial o irónicamente. Incluso podríamos
llegar a afirmar que hay un engaño al lector o espectador
por parte del dramaturgo. No pretendo, en absoluto, descalificar
a Shakespeare, cuyo uso de la prosa y el verso es habilísimo,
y constituye uno de los grandes paradigmas de la literatura
universal. Pero sí quiero recordar lo que Tolkien
mencionó a Auden en una carta que data de junio de
1955: a Tolkien le disgustó, cordialmente, Shakespeare.
Es bien conocido que el autor de The Hobbit y de The Lord
of the Rings era un amante de los árboles, y de la
naturaleza, y, ¿por qué si en la obra del
importante autor renacentista hacen su aparición
fantasmas y sátiros no pueden marchar a la luchar
auténticos árboles? Pues bien, podemos decir
que Tolkien le "enmendó la plana" a Shakespeare
haciendo que los árboles, liderados por Treebeard,
marchasen a la guerra, a derrocar al usurpador Saruman,
sustantivo que en inglés antiguo significa "Crafty
Old Man", esto es, "viejo mentiroso", que
es precisamente lo que es Macbeth, un hombre mentiroso y
ladino que, por ambición, traiciona los ideales en
los que cree.
También me llama la atención el hecho de
que las brujas dijeran a Macbeth que no sería asesinado
por hombre nacido de mujer, pues sobre un personaje de The
Lord of the Rings recae una profecía muy similar:
el Señor de los Nazgûl. Pues bien, particularmente,
pienso que es posible que Tolkien se sintiera -cordialmente-
molesto por esa especie de subterfugio al que recurre Shakespeare,
diciendo que a Macduff lo sacaron del vientre materno antes
del tiempo natural, y que decidiera dejar esa deuda con
la literatura zanjada: al Señor de los Nazgûl,
al contrario que a Macduff, no lo mata un hombre, ni aun
habiendo sido éste dado a luz antes de tiempo, sino
que lo hace una mujer.
Pero
pasemos ahora a la controversia que se da actualmente: The
Lord of the Rings, ¿qué tipo de literatura
es? He mencionado la obra del importante dramaturgo británico,
y esa relación de Macbeth con la producción
literaria de Tolkien, para que nos planteemos la cuestión
desde el siguiente punto de vista: ¿por qué
los críticos consideran la obra de Tolkien literatura
de segunda categoría, literatura "fantástica",
mientras que Shakespeare, recurriendo a numerosos elementos
fantásticos, tales como las brujas de la diosa Hécate,
se erige en una de las figuras más importantes de
las Letras? Tras ver que los argumentos que se dan al respecto,
como simplicidad de la trama o sencillez argumental, no
resisten a un análisis serio, creo que, simple y
llanamente, se trata del gran número de lectores
con que el primero cuenta entre el público profano,
entre el "vulgo", como lo llaman algunos. Cierta
crítica "culta" no gusta de mezclarse con
gente que a su juicio vive en un "mundo de fantasía",
cuando en verdad son ellos los que parece que viven en otra
parte, cerrando los ojos a la realidad: que Tolkien triunfa
entre los niños, entre los jóvenes y entre
los adultos; y que The Lord of the Rings no es fantasía
infantiloide, como sí lo es Dragonlance, Forgotten
Realms o Dark Sun, sino que The Lord of the Rings es épica,
fundamentada en una sólida mitología creada
por el autor y que bebe de otras importantes tradiciones
mitológicas. Hay, además, una gran diferencia
entre fantasía y mitología: la primera es
mentira; la segunda es verdad: mitología es la consistencia
interna de la realidad. Para explicar esta idea, que no
será nueva para el conocedor de los Inklings, muestro
las palabras del propio Tolkien dirigidas a su gran amigo
C.S. Lewis (que pueden ser leídas en la biografía
escrita por Humphrey Carpenter):
-Pero los mitos son mentiras -dijo Lewis-, aunque esas
mentiras sean dichas a través de la plata.
-No -dijo Tolkien-. No lo son.
Y señalando las ramas de los grandes árboles
de Magdalen Grove dobladas por el viento, inició
una nueva argumentación.
-Llamas árbol a un árbol -dijo- sin detenerte
a pensar que no era un árbol hasta que alguien le
dio ese nombre. Llamas estrella a una estrella, y dices
que es sólo una bola de materia describiendo un curso
matemático. Pero eso es simplemente como la ves tú.
Al nombrar y describir las cosas, no estás más
que inventando tus propio términos. Y así
como el lenguaje es invención de objetos e ideas,
el mito es invención de la verdad.
Pero cabe ahora preguntarse la causa por la cual Tolkien
sí es mitología. Muchas páginas podrían
escribirse -que se han escrito- acerca de este tema, pero
yo me voy a limitar a reproducir la reseña del crítico
del Times Literary Supplement para The Return of the King:
Por fin reluce el gran edificio en todo su esplendor; con
columnas que se extienden más allá de la comprensión
del ojo humano, alzándose cúpula tras cúpula,
apuntando a estancias más espaciosas incluso, pero
aún no visitadas.
Y ahora cito algunas palabras del ya nombrado anteriormente
Clive Staple Lewis:
No contento con crear su propia historia, él crea,
con una profusión casi insolente, el mundo entero
en que se debe desarrollar, con su propia teología,
sus propios mitos, geografía, historia, paleografía,
lenguas y jerarquías de seres -un mundo lleno de
"incontables criaturas extrañas"-.
Bien, con todo esto no quiero decir que los escritos del
Prof. Tolkien superen en calidad a otras obras épicas
tales como La Ilíada, La Odisea, los Eddas, el Beowulf,
los cantares de gesta medievales, Paradise Lost o las obras
de William Morris, sino únicamente que es un autor
que merece ser estudiado dentro de ese género: el
épico. La obra de Tolkien supone un paso de gigante
en el recorrido del género épico en la historia
de la literatura. Es literatura fantástica, ciertamente,
pero estando realizado el modificador directo "fantástica"
por un sintagma adjetival y no nominal; esto es, es literatura
excelente, genial, etc.
Y,
desgraciadamente, vengo observando que son muchas las personas,
incluso lectoras asiduas de Tolkien, que comparan al mismo
con autores a los que convendría echar un vistazo
a la fábula de El sapo y el mochuelo, de Iriarte
o a La rana que quiso ser como el buey, de La Fontaine,
como por ejemplo Margaret Weis, Tracy Hickman o Guy G. Kay
(loable contribución la de este escritor a la hora
de recopilar los manuscritos de The Silmarillion junto con
Christopher Tolkien para su publicación, pero pésima
trilogía la de El tapiz de Fionavar, que contribuye
de nuevo a que Tolkien no sea tomado en serio). Igualmente
preocupante me parece el hecho de que en la mayoría
de las librerías Tolkien comparta estante con toda
esa clase de escritores de literatura fácil y rápida.
Por eso dije al principio que este artículo constituía
también una llamada de atención: los lectores
que reconocemos la calidad de la obra de Tolkien y pretendemos
darla a conocer no queremos que la sociedad consuma hasta
la saciedad merchandising relacionado con la reciente producción
cinematográfica (en la que el tratamiento de determinados
personajes, tales como Legolas, Treebeard o Gimli le habría
costado a Jackson un tirón de orejas por parte de
Tolkien), sino demostrar que el uso de la prosa que hace
el viejo profesor de Oxford es digno de elogio; las descripciones
que pueblan las páginas de sus libros, preciosas;
magnífico el aprovechamiento que hace de las características
de la Misión, el viaje heroico y el Objeto Numinoso,
tal y como dice Auden; o, simplemente, un personaje como
Gandalf, que hacen de The Lord of the Rings un diamante
en bruto dentro de ese abundante tesoro de riquezas que
es la literatura.
Por último, me gustaría concluir este texto
haciendo explícito mi más profundo y sincero
agradecimiento a las personas que luchan, especialmente
en el ámbito de la enseñanza, tanto secundaria
como universitaria, para que a las obras de J.R.R. Tolkien
se les atribuya el reconocimiento que se merecen. A todos
ellos, me gustaría dedicar estas palabras:
"Nunca abandonar. Nunca rendirse." (J. Taggart)
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