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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Raúl Pérez Carrillo
perezjuris@hotmail.com

 
LA CAMA PARA MÍ; EL SUELO PARA TI

Si damos una ojeada a los titulares de los periódicos en sus secciones de policía, podemos descubrir sin mayor esfuerzo que la violencia doméstica es de lo más frecuente y, si se puede, familiar.

Claro que los insultos, los golpes y la muerte difícilmente encuentran justificación. Por ello, el escándalo y la crítica se hacen unánimes al leer un encabezado como éste: EX CONVICTO ACUCHILLÓ Y MATO A LA ESPOSA. EL HIJO LO BALEÓ A SU VEZ.

Aquí la historia:

Leobardo Jiménez contaba ya con 65 años cuando abandonó el Penal de Puente Grande; una condena tras otra se le echaron encima. Los métodos científicos empleados para su readaptación y la sana convivencia con sus compañeros de tratamiento lo habían convertido en un tipo insoportable, sobre todo con la familia. De todo se enojaba. Por cualquier cosa gritaba con desesperación, pero quien de veras lo reventaba era doña Ramona Beltrán, su esposa. Para su desgracia desde que salió de la prisión, tenía que verla a diario, y lo peor del caso: dormir con ella.

En la noche temprana de un septiembre cualquiera, don Leobardo llegó a su casa. Para variar, no traía hambre ese día; doña Ramona tampoco se molestó en ofrecerle algo. Es más, ni siquiera le preguntó cómo le había ido. La descortesía de su compañera lo puso de nervios. Empezaron los gritos y los insultos. Manotazos, patadas y empujones eran ya el pan de cada día en la vida de los ancianos. El esposo dio por terminado el pleito de esa noche con una resolución terminante: doña Ramona debía dormir en el suelo.

Otra vez la historia milenaria de un hombre sometiendo a una mujer.

Doña Ramona no estuvo de acuerdo con el castigo que se le imponía: el piso estaba muy duro para sus 53 años de fatigas y sufrimientos. En minutos estaba acostada a un lado de don Leobardo, desafiando abiertamente su autoridad. Una vez más se representaba la escena, familiar desde el fin de la prehistoria: la mujer oponiéndose al dominio del macho.

La desobediencia femenina exasperó aún más al enfurecido esposo. Tan rápido como pudo, don Leobardo se levantó de la cama y fue hasta la cocina. Encontró ahí el cuchillo cebollero que nunca falta en estas tragedias.

Sin decir palabra alguna arremetió a golpes de tajo contra su cónyuge, hiriéndola en más de 30 ocasiones por todo el cuerpo, ese que muchos años antes le pareciera encantador; pero de eso ni quien se acordara, menos en esos momentos de furia y descontrol.

La pobre anciana partió de este mundo entre desgarradores lamentos y llamadas de auxilio.

A los gritos acudió Gonzalo, hijo de doña Ramona. Al ver el crimen de verdad espantoso cometido por su padrastro, se lanzó hacia el interior de la casa, para regresar empuñando una pistola .380 con la que disparó mortalmente contra don Leobardo.

De esa manera se cierra un capítulo familiar en forma triste: el esposo acuchilla a su compañera; un adolescente de 15 años acaba con su padrastro. Los tres son efímera historia en un rincón de la nota roja.

Pero el tiempo no se detiene. Con frecuencia, los sujetos parecen objetos del destino; las historias continúan. Hacia noviembre de 2002, Gonzalo vuelve a ser noticia; en la nota roja, por supuesto. Cuenta para entonces unos 22 años.

Luego de ser detenido por encabezar una banda de asalta-traileres, el joven aparece cabizbajo ante las pantallas de televisión. En la primera oportunidad comenta a los reporteros su tragedia, más dramática aún: Leobardo Jiménez no era su padrastro, sino su padre.

EL NOMBRE DE LOS PANES

Eran las tres de la tarde cuando Bulmaro Rentería se paró frente a la casa y tocó la puerta. Una vez dentro vio que los comensales se encontraban en los postres, y se dijo: “Es mejor llegar a tiempo que ser invitado”. No le importó que la ensalada, la sopa y el guisado se hubieran ya servido. El dueño del lugar le explicó que ese día los panes serían los reyes de la tarde. En ese mismo instante, un criado vestido de manta entró al comedor portando un enorme canasto de carrizo trenzado, rebosante de piezas recién horneadas, y lo colocó en el centro de la mesa.

Múltiples formas, tamaños y colores evidenciaban la maestría del panadero y la diligencia de sus ayudantes.

Como oteando el horizonte desde la cima de una montaña estaban las Conchas , las unas con sus tupidas franjas de pasta blanca, las otras amarillas y las más de chocolate; Conchas de masa esponjosa y dulce que nacieron del amor y de la inspiración; Conchas como Concepción Medina, tapatía del barrio del Santuario, culpable de que su pretendiente amasador se inspirara en ella al elaborar un pan tan delicioso. El cardenal Garibi Rivera, amigo de la familia Medina, fue de los primeros en saborear el invento y pedirle al galán de Conchita que siguiera elaborando esos bizcochos.

Proyectando ese aroma de mantequilla y huevo que los hace inconfundibles, en la ladera de la colina se asomaban los Croissants , hijos del chovinismo francés, que pretendió engullir a los turcos otomanos en un pan con la forma de la media luna. A pesar de que los defensores de la originalidad han intentado diferenciar el Croissant de los Cuernitos, alegando que el primero es más cerrado en sus puntas que los segundos, finalmente quedaron como sinónimos, a más que su traducción al español indica precisamente eso: cuernos.

En la cabecera de la mesa estaban las Cemitas , oscuras y polveadas de granillo; Cemitas con ce y nunca con ese , pues su nombre viene de acemite, designación primaria del salvado o afrecho; en un tiempo se llamaron Acemitas y también Acemitones, y fueron las delicias en el norte y el centro de México; llamarlas por su nombre y con su ortografía no lleva implícita ninguna muestra de cariño, como sucede con los diminutivos aplicados a la comida de nuestro país; la Cemitas no son un pan de segunda por aquello del granillo, ya que los ingredientes de su masa pueden ser más enriquecidos que las Conchas. Baste como ejemplo la Leyenda de las Platas, en Aguascalientes, cuyo relato nos habla de dos ancianas que se enriquecieron vendiendo Cemitas que “se deshacían en la boca como si fueran benditas”.

Por décadas considerados los reyes de los panes, en el extremo opuesto del canasto se enseñoreaban los Picones , con su masa de consistencia esponjosa, mas no suave; su fama de excelencia la deben sobre todo a la yema de huevo, el único ingrediente que le comunica su poca humedad al pan, pues un buen Picón no lleva agua ni leche y debe terminar en pico romo, de lo contrario no sería Picón; de esto supieron bien los curas de pueblo, aficionados a este pan con su infaltable taza de chocolate. Cuando alguien busca provocar los celos de su enamorado o enamorada, se dice que “le da picones”; expresión irónica que compara las desagradables pinchadas al amor propio con el rico sabor de estos panes.

Entre el mundo de delicias que llenaban sus ojos y su olfato, el convidado a la fuerza descubrió dos o tres panes que le resultaban familiares, aunque no deberían encontrarse allí, pues no eran dulces: se trataba de unas piezas en forma de rombo alargado con corteza crujiente: los Birotes , aquéllos que en su pueblo eran llamados “los panes de vapor”, por hacerse con el horno bien taponado de barro, así en la puerta como en la tronera, colocando previamente en el interior pequeños botes de hojalata llenos de agua a punto de hervir; por eso a los Birotes se les forma la rígida cáscara que es tan peculiar, haciéndolos tan propicios para la elaboración de tortas. Con los Birotes sucede casi lo mismo que con las Cemitas en cuanto a ortografía, pues al principio, siendo una perversión de Pirrot (el panadero francés que trajo ese pan a Jalisco) se escribían con ve labiodental y después, ya mexicanizado el término, quedo escrito con be labial.

Atraído por la apetitosa montaña que tenía al alcance de su mano, Bulmaro se preguntó cuál de todos ellos sería el que Jesús, conforme a la costumbre judía, partiera con sus manos para cenar con sus discípulos; ah sí, se trataba de un pan Ázimo o “torta chata”, sin levadura, tal y como lo consumían en la Pascua que recordaba el éxodo precipitado de la tierra de los faraones. Resultó difícil encontrar ahí uno de esos panes, hechos para recordar los apuros en la huida masiva de todo un pueblo…

Pero, como “el que hambre tiene en pan piensa”, Bulmaro no esperó más; aprovechando la saciedad y el descuido de los comensales, se dio a la tarea de incursionar en el canasto y empezó a saborear las piezas de su elección, empezando con una Concha de chocolate.

¿NO OYES MAULLAR LOS GATOS?

Un gato es personaje central en el relato de Juan García Ponce. Cualquier mañana aparece en la puerta del departamento de una joven pareja. En pocos días se adueña de los rincones hasta invadir con su osada indiferencia la empolvada intimidad de los amantes. En un descuido, es el testigo molesto de intentonas sexuales que nunca culminan, y ni quien pueda decirle nada, porque es el miembro de una especie animal que mantiene su relación con el hombre dentro de un borroso compromiso aún sin refrendar.

Una historia familiar apareció bajo el siguiente título: VICTIMÓ A SU ESPOSA Y LUE GO SE DIO UN TIRO EN LA CABEZA … Alma Rosa preparaba la cena; José de Jesús esperaba hambriento y fatigado en la sala; las hijas del matrimonio estaban a punto de dormir.

La noche era tranquila y placentera, por lo que el esposo aprovechó para revisar los estados de cuenta en lo que Alma Rosa lo llamaba a la cocina.

En el momento que más concentrado se hallaba, fue sacado de sus cálculos y reflexiones por el horrible maullido de una manada de gatos de azotea en pleno celo. Siempre había aborrecido a esos animalejos, a los que consideraba sucios y latosos. Ahora sentía que los odiaba todavía más: sus maullidos eran fuertes y parecían no terminar nunca.

Desesperado y molesto, subió a la recámara y bajó bien armado con su pistola .25; quería ahuyentar a los bichos: uno o dos disparos y ya está. Cuando se disponía a realizar su labor pacificadora, Alma Rosa se le atravesó con toda la intención de impedir lo que consideraba una exageración ante algo tan simple como un puño de gatos dominados por sus ansias reproductoras.

Él continuaba terco en su deseo de disparar contra los animales y ella estaba decidida a impedirlo. Intentó quitarle la pistola. Sin recordar ya el origen de este incidente, los esposos se vieron envueltos en una terrible disputa conyugal, comportándose como lo que a veces eran: un par de enemigos, luchando ahora por la posesión de un arma de fuego.

El momento fatal llegó cuando, en la rebatinga, el marido accionó el gatillo mandando el disparo a la cabeza de Alma Rosa, quien se desplomó en el acto quedando sin vida a los pies de su esposo. José de Jesús reaccionó al instante, regresando bruscamente a la realidad.

Alma Rosa estaba muerta y él era el culpable.

¿Qué hacer ahora? ¿Podría haber alguna justificación por esa muerte? ¿Cómo lo juzgarían sus hijas al saberse despojadas de su madre, muerta por su propio padre? ¿Qué sentido tenía la existencia para alguien que por un simple escándalo gatuno terminó asesinando a su mujer?

La decisión no esperó ni un minuto: llevó el arma hasta la sien y disparó. Como muchos otros suicidas, José de Jesús descubrió que las normas morales y las leyes que rigen el mundo ya no eran para él. Lo tenían sin cuidado. En el momento supremo de la decisión autonómica escapó, no por la puerta falsa que la escandalera moralizante cree encontrar siempre en estos casos.

No.

Se fue por la única puerta que estaba abierta para él.

 

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