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RELATOS


Por Robert Albert Larrainzar


VIDA PERDIDA

Gotas persistentes y funestas en una noche lóbrega y oscura. Sería un genial comienzo para una novela barata de pesadilla de pulp fiction. Pero para Bernie Lavarez aquello era relativo: le importaba un comino la repercusión mediática del inicio. Lo que le afectaba era que aquel comienzo narrativo implicaba actualmente a su vida. Parte de su destino discurría por aquella carretera rural casi sin asfaltar. Flanqueado por arboledas interminables y de copas altas y tupidas, cubriendo la distancia hasta su nuevo punto de destino en su todoterreno Jumper. Las luces de niebla hacían renacer la VIDA delante del morro de su vehículo. Bernie tenía sintonizada en la radio una emisora local que no hacía más que emitir música de los cincuenta. Antiguallas como la vida misma de esa región miserable y deprimida, donde la mera presencia de un forastero era considerada aún un peligro proveniente de otro mundo lejano. La Guerra de los Mundos. H.G. Wells, narrado bajo la voz persuasiva y convincente de Orson Wells. Demonio de sitio para ir a vender seguros de vida, de vivienda y de tierras a los lugareños. La vida se le iba de las manos. Le dominaba la rutina. La falta de miras mayores. Sólo su estúpida labia le libraba de tener que mendigar al ejército de salvación. Las millas pasaban bajo el chasis. Dios, aún le quedaban casi treinta más hasta Grand Pipeline. Menudo nombrecito para un poblacho de paletos dientes largos. Comedores de maíz a todas horas. Con sus cabellos rubios pajizos y su hablar desganado y por momentos ininteligible. Coño, su jefe le decía que nunca vendería gran cosa si se dejaba dominar por prejuicios. Pero jefe, con mi labia puedo venderle un seguro hasta a Satanás. El anticristo, joder... Para cuando aquellos pueblerinos estuviesen algo más espabilados, y supiesen qué diantres habían suscrito, la tierra ya ni existiría. Seguro que habría sido ya devastada por el meteorito de las narices que venían anunciando los del National Geographic. Y para entonces, él ya estaría...
... estaría en babia como ahora, dejándose sorprender por algo emergiendo del lado derecho de la carretera, algo que se dejó arrastrar bajo el parachoques del descomunal Jumper, de su chasis y del eje trasero hasta quedar paralizado e inerte detrás de ella. Bernie maldijo su suerte, echando espumarajos por la boca. Puta criatura de las narices. Por el tamaño del impacto y del rebote de las suspensiones aquello debía de tratarse de un coyote o algo similar que anduviese a cuatro patas. Frenó en seco dejando el Jumper paralizado en medio de la carretera, ligeramente escorado hacia el margen derecho. Las escobillas despejaban el parabrisas del intenso aguacero que estaba cayendo en ese instante. Bernie aporreó el volante fuera de sí. Tendría que salir a evaluar los daños y comprobar qué clase de bicho le había jodido la noche. Abrió la guantera para recoger la linterna halógena, echó para atrás el respaldo del asiento del acompañante para recoger el impermeable amarillo fosforescente y una vez puesto, salió del Jumper. Se dirigió hacia la parte delantera e iluminó con el haz de la linterna el parachoques. JÓDER. JÓDER. Puto coyote o mierda de animalejo que seas. Ahí te pudras de por vida... Tenía el lado derecho abollado por el impacto y parte del parachoques levantado. Ese era su sino. Su puta VIDA. Siempre llena de imprevistos y de consecuencias similares. Desde luego que al nacer, no fue bendecido convenientemente. El cura estaría saturado de alcohol de 36 grados o con una fiebre palúdica. Desvió la luz de su linterna y se encaminó hacia el cuerpo del animal... Estaba a diez metros escasos... Y desde los cinco metros pudo percatarse ya de que ese puto animal no era ningún puto animal. Era una persona. O mejor dicho, el cuerpo hecho guiñapos de una persona. Dios, el peso del Jumper lo había reventado por completo. Y aquello que segundo antes albergó Vida, era una muchacha joven y desnutrida. Bernie transformó su arrebato de ira en un descontrolado nerviosismo, propio de alguien que acababa de llevarse por delante a un transeúnte. Iluminó levemente los retazos de la figura femenina caída, y sin más se puso extremadamente enfermo. Sintió una arcada emocional que emergía de su estómago y le subía por el esófago hacia la boca. Iba a echarse a un lado para vomitar su exceso de ansiedad, cuando vio otra figura ubicada cerca del Jumper.
Nooo... Nooo...
Era un hombre alto, vestido de negro: pantalones de agua, chubasquero y sombrero de ala ancha. Tenía una edad indeterminada.
-Yo... Lo siento... Siento mucho lo que ha pasado... La chica ha salido corriendo desde la floresta a la carretera y no me ha dado tiempo de frenar con la debida antelación... Ya lo siento...- balbuceó Bernie, avanzando paso a paso hacia aquel hombre.
Sería su padre lo más probable. Díos, y pensar que él era un agente de seguros de vida.
El hombre permanecía entre las sombras. Quieto. Erguido. Con la mirada clavada en Bernie.
-Ya sé que no es el momento más propicio para comentarlo, pero tengo un seguro a todo riesgo... Dentro de lo que cabe, esperamos poder resarcirle la pérdida de su familiar.
El hombre le miró con mucha calma. Eso le extrañó mucho a Bernie. No era nada normal comportarse así si alguien te acababa de matar a tu hija...
-Vida por vida – dijo al fin aquel hombre.
Bernie se acercó un poco más. ¿Qué diablos había murmurado?
-Esto... ¿Le importar repetir lo que ha dicho? Entre la fuerza de la lluvia y que me ha cogido de improviso, no le he entendido bien.
Bernie se situó casi de frente. Desvió el haz de la linterna hacia el suelo en perpendicular para no cegarlo.
Aquel hombre estaba más pálido que la muerta. Y su cabeza.... Su cabeza giraba y giraba compulsivamente como si tuviera un ataque epiléptico. Una cabeza con mil facciones, mutando como la plastilina bajo el manejo de mil dedos.
-Vida por vida...
“ Bernie Lavarez te llamas... Ella se llamaba Amanda Itts... Tenía 19 años... Un cuerpo y una edad perfecta para albergarme. Su morada era mi morada. Su ser era mi esencia. Su vida era la mía. Y ahora que acabas de echarme de mi casa, te reclamo a ti, Bernie Lavarez, como lugar de reposo…
Bernie estaba paralizado. Los ojos negros del hombre eran dos enormes carbones encajados en las cuencas. Y su mente... Aquello le estaba usurpando la mente.
-Soy Malaquías. Y traigo conmigo a otros siete caídos. Todos juntos viviremos dentro de ti. Formando parte de tu propia vida.
“Pues Cristo nos odia, y nosotros aborrecemos a las criaturas de Cristo. Y la manera de encorajinar a Cristo, es tomar posesión de los cuerpos que Cristo ama. Y corromperlos hasta el fin de sus vidas. Vidas como la de Amanda. Vidas como la tuya propia.
“Y te enloqueceremos. Y te haremos enfermar. Y te haremos de escuchar nuestras propias voces. Y te dominaremos a nuestro antojo. Y lo bueno, es que ni tú, ni Cristo puede impedirlo. Pues si de un cuerpo se nos echa, a otro nos trasladamos.

El cuerpo de la muchacha.... Quedó abandonado en la carretera... Bernie Lavarez pensaba en ello de vez en cuando conforme conducía bajo la cacofonía de la lluvia. Cuando lo hacía, las voces le dominaban. Le hacían de seguir conduciendo.
Que no pensara más en Amanda.
Que siguiera adelante....
Que continuara con su propia VIDA.
“Tu vida es nuestra. Eres un campo fértil, y todo lo que coseches a partir de ahora, nos pertenece...”
“No pienses en morir... Pues ya estás muerto... En cuerpo, espíritu y alma.”

Bernie continuó conduciendo bajo la lluvia. Ajeno a este mundo. Perdido en las tinieblas...
FIN

UN VAMPIRO CONTEMPORÁNEO

Es de noche. Me encuentro con la mente embotada. Estamos a cinco de enero. Mientras la mayoría de la ciudadanía está en el centro de la ciudad asistiendo con los hijos al desfile de la cabalgata de reyes, yo estoy aquí sentado frente a la pantalla plana de mi ordenador, con una botella de cava al lado de mi silla giratoria. Ya me he bebido tres cuartas partes de su contenido. Estoy razonablemente ebrio. Y me enorgullezco de ello. Estoy solo. Nadie me acompaña en mi encierro virtual. El piso está frío y abandonado. No tengo la calefacción encendida. ¿Para qué la necesito, si mi organismo está igual de frío que la cámara del congelador del frigorífico? Continuó mirando a la pantalla del monitor. Estoy navegando por Internet. Buscando alguna amistad cercana en un portal de contactos en la cual estoy debidamente registrado como lord Fortuna. Da igual que sea de Pamplona. Mi alias tiene que ser anglosajón en homenaje a Bram Stoker, el autor de Drácula. Aunque bien visto, de haberme conocido hubiera tenido que cambiar el nombre del título de la novela. Arrimé la copa de cristal de bohemia a mis finos labios incoloros y sorbí un poco más de cava. Era delicioso. Me sentía ingrávido, liviano. Se me antojó levitar un rato por mi habitación en posición horizontal. Fue maravilloso. Hasta que un aviso del antivirus instalado en mi equipo me informó de un intruso que deseaba aprovecharse de la señal inalámbrica de mi línea adsl. Mediante el wifi de su más que probable ordenador portátil estaba intentando servirse de mi línea para navegar de manera gratuita, ralentizando a la vez las megas de mi propio ordenador en su conexión a la red de redes. Agucé mis sentidos de percepción extrasensorial. No tardé en averiguar vida en el piso superior al mío. Era gracioso. A su manera, el inquilino de ese piso estaba ejerciendo de vampiro, nutriéndose de mi línea de adsl para así poder cotillear por páginas infames de Internet. Decidí salirme del ordenador y apagué el router antes de abandonar mis gélidas dependencias, encaminándome por el tramo de escaleras a la planta superior. Me situé frente a la puerta del piso donde residía el tunante que se aprovechaba de mi conexión valorada en setenta euros mensuales. Pulsé el timbre, impaciente. Quien me abrió fue una hermosa estudiante universitaria de unos veintiún años. Melena rubia castaña recogida en una cola de caballo. Alta. Esbelta. Atlética. Una delicia para la vista. Pero mi visión estaba muy borrosa por los efluvios del alcohol ingerido durante toda la tarde. La miré con descaro. Lucía unos pantalones vaqueros negros ceñidos y un top que le dejaba los hombros al descubierto.
- Hola, vecino. ¿Qué se le ofrece? - se interesó la bella joven.
“Tu precioso cuello”, pensé por unas décimas de segundos.
- Me imagino que ahora tendrás problemas para navegar por Internet- dije con cierto sarcasmo en mi voz.
- No se a que se refiere- dijo la chica a la defensiva.
- No soy estúpido. Sé que tienes un portátil que estaba interfiriendo en mi línea adsl inalámbrica. Acabo de descubrir que te servías de ella para navegar por la red sin pagar un duro. Mi equipo se resentía por tu intromisión. Ahora he apagado el router. Echemos un vistazo a tu ordenador. A ver si ahora consigue conectarse.
Mis palabras fueron alzándose sobre la muchacha como una ola sobre la cabeza suicida de un surfista australiano. Estaba pletórico. Las burbujas del espléndido cava recién ingerido me cosquilleaban el estómago aparte de la entrepierna. Ya lo tenía todo claro. La excusa de la intrusión en mi línea adsl me iba a servir para alimentarme de manera sencilla con la deliciosa sangre de esa joven humana. Es más, antes de nutrirme de ella, tenía pensado formar un sólo cuerpo con el de la joven, en una unión carnal de lo más pecaminosa. El cava me había puesto sumamente cachondo.
Entré en el piso, cerrando la puerta con suavidad. Controlé mentalmente a la estudiante universitaria como el domador que controla los movimientos del león amaestrado bajo la tiranía de su látigo. Fuimos hacia su dormitorio. Y una vez allí, la hice mía con un ardor desmedido, haciéndola de alternar los gemidos con los aullidos de dolor. Tras media hora de intensa pasión, bebí de su sangre hasta dejarla reseca y quebradiza como una momia de mil años de antigüedad. Medio aletargado por los efectos de la bebida y de la fresca sangre recorriendo la ramificación de mis venas hasta incrementar los latidos de mi poderoso corazón inmortal, me incorporé y recogí la forma decaída de la joven, llevándomela conmigo hasta el sótano del inmueble. La caldera estaba encendida, y todo lo que tuve que hacer era depositar los restos de mi víctima en el interior del núcleo candente. Una vez concluida la operación, regresé a mi domicilio, donde aún me aguardaba una cuarta parte de cava por consumir y por reestablecer la conexión del router con el ordenador. Daba por seguro que nunca más iba a volver a tener problemas con interferencias ajenas. Solté una risa demencial. Era un regalo del cielo ser un No Muerto. Un Vampiro. Y brindé por ello con la última copa de cava.
Fin

SUPERANDO LÍMITES INSOSPECHADOS

A un tal Dimitri Venko, los científicos enajenados de un centro de investigación militar en Siberia occidental, enclavado a 157 Km. de las orillas sólidas del río Obi, le fue extirpada la glándula pineal en los inicios de la puericia, provocándole una precoz madurez corporal y un anticipado desarrollo intelectual. Era considerado un niño prodigio. Con tan sólo diez años había urdido la trama de dos novelas de ciencia ficción de indudable calidad literaria y científica, cuyos argumentos del todo creíbles por la enorme veracidad con que estaban expuestos, estaban basados en los poderes paranormales y extrasensoriales que, en cierta manera, él mismo poseía.
Sus logros... Su talento en sí era puramente artificial. No había sido dotado de forma natural. En él no había nada de místico o divino. En pocas palabras, no le DEBÍA a Dios que pudiera desplazar objetos a su entero antojo, ni que pudiese leer lo escrito y sostenido en un libro de ensayo sin antes haberlo abierto por una de sus primeras páginas. El ciudadano Venko, de origen ucraniano únicamente de parte materna, fue cumpliendo con un cierto orden preestablecido de entrada al brote de su propio nacimiento, cubriendo así las primeras etapas de la vida. Atrás quedó la pubertad y la adolescencia. Cuando cumplió los veinte años, el general Goris Vanessian, cirujano jefe de la base militar Uva Gris destacada en el corazón gélido de Siberia, decidió experimentar con una segunda intervención quirúrgica en el encéfalo del paciente Venko. Buscaba desarrollar y amplificar los parámetros lógicos y cognoscitivos de su intelecto, hasta sobresaturar su inmensa y casi endemoniada inteligencia hasta dejarla inactiva, o como mal menor, en estado latente.
En esta ocasión, Venko fue más difícil de convencer para pasar por la aséptica mesa de operaciones. Ya no se hallaba en las condiciones más apropiadas de asentir ante todo cuanto se le ordenase. Ni tenía los tres años naturales de la primera incisión en el córtex de su cerebro. El paciente era conocedor de su nada idílica situación de mero conejillo de indias. Era el primero de su súper especie en disfrutar de los conocimientos adelantados de la compleja mente humana; unas habilidades antinatura que, en la mayoría de los seres humanos coexistentes en el planeta, permanecen adormecidas.
Como queda anteriormente dicho, quienes poseían poderes extrasensoriales, o bien lo heredaban genéticamente, o lo hacían bajo un irracional matiz divino. Venko hacía alarde de sus pensamientos móviles o visuales sin mayor esfuerzo de concentración. Para él, era un símil audiovisual: cuando quería, apagaba la excitación del centro nervioso, y cuando lo requería, esta era encendida. Obviamente, en infinidad de "experimentaciones sensitivas", se le instaba con hieratismo a poner en práctica el uso de sus privilegiados poderes. Conforme Venko fue adquiriendo excesiva notoriedad, sus sentimientos de carácter indómito fueron chocando de frente con las órdenes del colectivo, impartidas desde un nivel superior jerárquico. Debido a su rebeldía ya incontenible, Venko permanecía recluido "sine die" en un centro de experimentación biológico neuronal e iba a permanecer privado de libertad absoluta de movimientos y pensamientos hasta que "alguien" decidiese que era... prescindible.
Venko vislumbró que su figura extraordinaria llevaba camino de estar de sobra en el organigrama básico de la base científica cuando empezó a notificar que iban llegando niños de dos y tres años arrebatados a sus madres, reclusas de un campo de deportados y destinadas a trabajos forzados de por vida. Por lo que supo averiguar tras el sondeo de diversas mentes implicadas en el proceso de selección, el índice de natalidad de la prisión se debía a simples violaciones selectivas. En la mayoría de los terribles casos, las madres elegidas para concebir en contra de su voluntad eran jóvenes preferiblemente sanas. El que dispusieran de un alto coeficiente intelectual era un añadido previsible. Una vez que daban a luz, y tras un corto período de atención maternal, quienes concibieron el experimento del "Alumbramiento del pensamiento tibio", consideraban el momento de desligar todo contacto físico y emocional de la criatura con su madre dispuestos a encumbrarlas para el beneficio propio de la única y gran Madre de todos los estados soviéticos.
Venko presagió con acierto que su fin existencial estaba próximo. A efectos de salud, estaba perfecto, sin la menor tara física o psicológica. A niveles operativos... estaba acercándose a la inactividad social.
El experimento insano insistía en profanar el campo intuitivo de la normalidad, traspasando el umbral que separaba y delimitaba el afán de notoriedad y soberbia de los hombres con respecto a los límites del territorio donde palpitaba el oscuro y arcano temperamento de un ser indudablemente TODOPODEROSO y ETERNO que los había creado a su imagen y semejanza. La recolección de infantes seguía su tétrico curso. Los promovedores del proyecto hecho realidad ponzoñosa adecentaron un ala del hospital militar, transformándolo en un jardín de infancia, con las dependencias del REPOSO reconvertidas en comedor, guardería y dormitorios de medidas estándares. Venko pudo observar con curiosidad que cada niño elegido para el incremento de sus capacidades psíquicas disponía de su correspondiente niñera, todas mujeres militares del ejército regular ruso.
Esto era lo peor de todo. El conocimiento intrínseco de los entresijos de la operación "Alumbramiento del pensamiento tibio" era muestra clara y diáfana de su inminente eliminación.
A Venko le estaba permitido libre acceso a todos los sectores de la base, excepción hecha de la zona hospitalaria donde hallábanse Cirugía y Neurología. Así pudo profundizar en los detalles principales con el médico y general Vanessian. Y cuando supo que éste planeaba practicarle un segundo retoque en la epífisis, Venko intuyó que ese trastornado y delirante manipulador de conciencias ajenas ansiaba propiciar su muerte, o como simple mal menor, trepanarle el cráneo por el frontal, haciendo del método de la lobotomía la cumbre de la estolidez. De este modo, Dimitri Venko pasaría a ser catalogado como el "Caso Venko".
El resumen de su inadmisible vida incluía tres ciclos clasificados correlativamente de la siguiente forma: una salida del útero materno (equivalente a la NORMALIDAD); la instrumentalización de su conducta, manipulando su glándula pineal y estimulando sus sentidos adormecidos (dándole cabida al disfrute de una amplia gama de DONES, jamás utilizados enteramente por un único ser humano, considerando esta fase la del APOGEO); y la DECADENCIA FINAL, donde, o bien rebosaría cretinismo por los cuatro costados, o bien le correspondería ataviarse la mortaja que envuelve a todo cadáver antes de su entierro.
Venko estaba resentido contra sus superiores. En un grado sumo les había servido de gran utilidad para llevar a cabo cada anotación y rectificación sobre la marcha del experimento. "Alumbramiento del pensamiento tibio" continuaba disfrutando del refrendo por parte del Kremlin, satisfecho de como este iba evolucionando. Las subvenciones destinadas al progreso del experimento secreto de la base militar "Uva Gris" llegaban con la misma facilidad que el agua a una bañera nada más girar la manivela del grifo. Venko había asumido la particularidad de sus dones innaturales. De niño, desplazar pupitres, sillas y objetos decorativos en la sala del ALUMBRAMIENTO era tratado desde la perspectiva de un mero juego infantil. La mayoría de los infantes rusos carecía de los adelantados divertimentos de sus réplicas occidentales, habida cuenta del nivel de pobreza del habitante medio. El presupuesto estaba estructurado para mantener las líneas defensivas de las repúblicas socialistas soviéticas a salvo de cualquier futura pretensión ofensiva del enemigo situado tan lejos y al mismo tiempo tan cerca de su frontera desde la venta de Alaska a los EE.UU. El ejército era el PUEBLO, y por el ejército el cinturón de cada cual era ajustado al máximo.
Venko desconocía el nivel de vida medio de sus camaradas. Toda su existencia había sido llevada entre las paredes, corredores y muros de la base militar, y dentro de la misma su libertad de movimientos se circunscribía a ciertas zonas, el área considerado amarillo. La otra zona, el área azul, que representaba las partes esenciales del desarrollo de la investigación, le estaba completamente vedado. Y eso en sus buenos tiempos. Ahora que estaba "maldito", residía en una parcela acotada dentro de la zona hospitalaria. Se llamaba la zona de Venko...
Venko relacionó su cautividad con el sentimiento inabarcable de la araña, que teje su filamentosa telaraña en un rincón del techo con la pared, y fuera de ubicación, desconocía todo cuanto acontecía en el resto de la habitación. Visto desde esa óptica, la educación recibida por parte de sus tutores y mentores le proporcionaba bancos de información sesgada que su mente engullía con voracidad de escualo, quedando almacenada en la memoria, presto a servirse de ella cuando fuese necesario. Habida cuenta que jamás iba a concedérsele visitar el mundo existente más allá de las paredes y pasillos de la zona Venko del centro hospitalario, sus conocimientos le fueron pareciendo cada vez más vacuos. Inservibles. Tanta información cultural, política e histórica, para nada. Tantos recursos matemáticos, físicos y químicos, destinados al olvido a medio y largo plazo. Sus vocaciones artísticas, referidas al mundo fascinante literario y de las artes plásticas, cada obra creada, destruida y quemada en el incinerador una vez supervisada por el equipo de evaluación destinado a controlar sus avances y desafueros extrasensoriales. Y así supieron al tiempo que su individualidad era ingobernable. Porque todo lo que urdía con su mente, constituía un acto homologado por él mismo, acto inquebrantable ante cualquier sugerencia externa. Venko iba dominando las distintas facetas de sus dones, y conforme se iba haciendo con ellas, las fue puliendo. Ya no desplazaba frutas y bolas de petanca encima del tablero de una mesa. Estaba capacitado para levitarlas en el aire, mesa incluida, y en un punto central de concentración máxima, conseguía transformar su aparente apatía en destrozos de mayor o menor envergadura, retorciendo las patas de la mesa, enroscándolas, hasta hacerla estrellarse contra las paredes diez, quince, veinte veces..., reduciéndola a la condición de objeto inutilizable. Pero este rasgo de violencia reprimida no quedaba aquí, reflejado en la destrucción de un vulgar mueble metálico. Venko conseguía hacer que sus deseos ardiesen de impaciencia... Un libro podía ser leído con las tapas cerradas, y también podía ser prendido con una chispa invisible, Lo intangible corría serios visos de comportarse de forma natural, ardiendo como si Venko mismo hubiera aplicado la boquilla de un soplete, consiguiendo que la obra enciclopédica carbonizara hasta las guardas, con las cenizas ennegrecidas y volátiles ajetreándose en el aire, antes de posarse en el enlosado cuarteado del suelo con la suave gracilidad de la pluma de un faisán. Estos alardes entusiasmaron por un tiempo al equipo encargado de su seguimiento. Tenía por aquél entonces once años. Era el primer balaustre, que sumado a decenas de balaustres posteriores, servirían para crear la barandilla de una extensa y enmarañada escalera que conduciría a cualquier destino, menos al OLIMPO. Con la conformación de la balaustrada, la desmedida euforia inicial fue dejando paso a la rutinaria indiferencia de quien contempla un milagro repetido hasta la saciedad. Con la nueva hornada de niños prodigio inmersa en la trama del descabellado experimento, las "habilidades" de Venko quedaron desapercibidas, y llegado el caso de sincerarse, estaban siendo - en teoría - superadas por los poderes de los chiquillos. Venko estaba decididamente predestinado al olvido. Sólo había que aguardar a que el general Vanessian tuviera decidido ya tachar su identidad del listado de las cobayas mentalistas humanas.
En principio se tomaron todas las medidas de seguridad necesarias para afrontar proceso tan arriesgado. Venko estaba DESFASADO, pero la energía acumulada en su materia gris servía para plantar cara a una brigada de asalto entera. Para evitar una pérdida innecesaria de unidades, decidieron que lo mejor era administrarle un fármaco tranquilizante de efectos inmediatos en la comida.
El intento cayó en saco roto. Venko les adivinó sus intenciones de pretender inmovilizarlo.
Acto seguido, cerraron y sellaron la puerta de su diminuta estancia acondicionada como comedor individualizado.
Venko quedó encerrado.
No le hizo falta mirar por la ventanilla para saber que un contingente extraordinariamente armado permanecía alerta al otro lado de la puerta de acero. Venko pudo VISUALIZARLO a través de ella. Rostros adustos y atentos a la orden de carga. Pronto iba a abrirse la puerta de cierre hidráulico.
Dimitri Venko tenía veinte años en esa fase de su vida postergada al manejo frío y calculador de los mentores científicos encargados de bregar satisfactoriamente con el experimento del "Alumbramiento del pensamiento tibio". El mismo había supuesto que su fin llegaría tarde o temprano. Por ello había preparado una táctica defensiva que iba a tornarse ofensiva, en busca del TODO o la NADA. La LIBERTAD SUPREMA, o la claudicación ante la guadaña de la MUERTE. Porque los que Vanessian y sus huestes no sabían, era que el paciente Venko, conocido como "MENTE PRIMERA", había decidido ocultarles un alto porcentaje de sus avances paranormales adquiridos en los últimos cinco años. Sus destrezas habían sido subestimadas por supuestos "deméritos" y un manifestado "nulo interés" por la siguiente fase del experimento del aludido Venko. Y el operativo de ataque había mordido con presteza el cebo del anzuelo tendido por el insustancial y gris joven.
La compuerta emitió el sonido de apertura, y nada más iniciarse el hueco que permitiría que una persona de medidas normales pudiera tener cabida a través de él, se introdujo el primero de los aniquiladores, portando un Kalashnikov bruñido, engrasado y recién cargado. Venko no le permitió ni realizar el amago de posicionarse para disparar con cierta comodidad y puntería. Con enorme facilidad se apoderó de su mente juvenil y le hizo morir de una embolia cerebral. El soldado cayó desplomado contra el suelo, yaciendo a pocos pasos de la entrada.
La puerta quedó entreabierta. Dos militares más curtidos sustituyeron al joven soldado muerto de manera fulminante en acto de servicio. Apuntaron a la figura del iluminado, y cuando estaban dispuestos a abrir fuego, hilillos de sangre encarnada fluyeron de sus oídos, los tímpanos reventados y el cerebro descompuesto. Cayeron con flaccidez sobre el cadáver de su compañero, las armas diseminadas a los pies de Venko. No hizo falta que descerebrara a más militares, pues Vanessian dio la orden de retirada, cerrando la puerta a cal y canto.
Venko no iba a concederles un segundo encierro involuntario, encargándose personalmente de controlar el proceso de cierre automatizado, sustituyendo éste por el proceso inverso de apertura.
Un hombre apostado en el pasillo pronunció una imprecación contra la madre biológica de MENTE PRIMERA, antes de que la formación retrocediese escarmentada, atrincherándose en uno de los recodos. Venko escuchó con plena satisfacción el estrépito de los pasos retumbando sobre el piso. No le hizo falta asomar la cabeza para asegurarse de su posición defensiva al fondo del corto pasillo. Venko no tenía escapatoria. El comedor comunicaba con las demás dependencias de la zona Venko mediante ese corredor. Al fondo, en una esquina cerrada, tenía al pelotón de fusilamiento. Al otro lado, una pequeña porción de suelo que remataba en la pared de cierre, donde había un cuarto trastero para los encargados de la limpieza. Venko sonrió, demostrando una confianza en sus posibilidades francamente asombrosa. Recogió una de las armas de los soldados fallecidos, y sosteniéndola a una altura media, la mantuvo en vilo, sin que sus manos la tocaran. Determinó la funcionalidad del arma, centrándola en el pasillo, a la altura que la sostendría un soldado. La hizo desplazarse hacia el recodo, y focalizando su punto de mira desafiante en el parapeto del séquito exterminador del general Vanessian, descargó su furia plausible, pillando de sorpresa a dos soldados, de los cuales uno resultó muerto y el otro seriamente herido. El imprevisto ataque del "soldado invisible" hizo que surgiesen unos segundos de indecisión, circunstancia que fue aprovechado por Venko en beneficio propio para dirigirse medio agachado hacia el diminuto cuarto de limpieza. El subfúsil le cubría las espaldas, empleando parte de la munición disponible, arremetiendo esta vez sin tanta precisión. Cuando Venko concentró su atención en otro punto de mayor interés para él, el arma cesó de disparar, impactando bruscamente contra el suelo.
Vanessian ordenó a sus hombres que devolvieran cumplida réplica, pero cuando empezaron a asomarse por el recodo, no encontraron a nadie. Venko no estaba agazapado en el pasillo. Ni escondido en el comedor. El General reparó en el cuarto donde se guardaban los útiles de limpieza, y aferrándose firmemente a los pomos, tiró de las puertas hacia afuera. Su mente se enturbió al apreciar cómo parte de la pierna de Venko terminaba de desmaterializarse, atravesando la pared, evadiéndose de su cerco.
Vanessian acababa de descubrir que MENTE PRIMERA estaba capacitado para atravesar la materia sólida... Los límites de su fascinante mente no tenían fin. El muy sagaz los había tenido engañados todo estos años como a pardillos. Vanessian, rojo de indignación, conminó a los hombres que retiraran a los muertos, y con cuatro soldados como guardia pretoriana y abrigados para poder soportar los cuarenta grados bajo cero del exterior, fue en pos de Venko. Atajaron por una salida de incendios, corriendo en paralelo por la parte trasera del ala lateral. A un minuto de distancia real, dieron con huellas moldeadas en la nieve. Las huellas se encaminaban a las afueras del sector azul. Vanessian iba a ordenar a sus cuatro subordinados que rastrearan los alrededores a fondo hasta dar con Venko. Entonces fue cuando su ser se vio invadido por un fuerte dolor a la altura del pecho, en su lado izquierdo. Fue un ramalazo sordo e intenso, que no tardó en colapsarle el corazón. A pesar del intenso frío, el rostro del General enrojeció terriblemente, y con las piernas aflojadas, cayó de rodillas sobre la nieve, para después desmoronarse, envuelto en espasmos musculares. Los soldados huyeron atemorizados, decididos a no prestarle ninguna clase de ayuda.
Desde la perspectiva del suelo nevoso, Vanessian observaba una claridad absolutamente cegadora. El cielo azulado se tornó incoloro, y sus labios agrietados por el frío y las condiciones más extremas, se humedecieron con la saliva grumosa.
"Vanessian."
"Vanessian."
Alguien susurraba su primer apellido.
Una figura hasta entonces inadvertida se le acercó a los pies, arrojándole una bola de nieve a la cara, recreándose en su infortunio.
"Vanessian."
Las pisadas furtivas del fugitivo habían dado la vuelta, regresando hasta la silueta del hombre tendido de espaldas sobre la nieve. El General no podía distinguir nada. Estaba ciego. Su corazón le dolía enormemente, sumiéndole en la amargura de saber que le quedaban escasos segundos de existencia terrenal.
"Vanessian." - le susurró la voz.
Y cuando terminó de pronunciar su nombre, Goris Vanessian se sintió fuera de su cuerpo, desposeído de él. Y una vez fuera, una heladora ráfaga de viento siberiano trasladó su alma hasta los confines de un destino incierto, vagando de norte a sur, de este a oeste...
Instantes después, el cuerpo echado recobró VIDA, y un nuevo y radiante Vanessian púsose de pie. Se miró complacido a la bata blanca que sobresalía en parte bajo su grueso abrigo. Quitó la nieve de sus flancos, y con paso decidido, se adueñó de la pistola que se le había escapado de la mano al padecer el amago de ataque de miocardio. A medio metro de él, se hallaba tendido de medio lado sobre un costado la figura de Venko. Dimitri Venko. MENTE PRIMERA. El General vació el cargador entero sobre el cuerpo sin vida, dando por cerrado el caso "Venko". Andando de forma pausada, abordó la entrada al ala lateral izquierdo del recinto hospitalario de la zona azul.
Venko había asumido una nueva personalidad.
Un nuevo esqueleto.
Una novedosa piel que le servía de envoltorio.
Una nueva condición humana.
Y no estaba dispuesto a que intentaran atentar de nuevo contra su vida.
Cuando hubo traspasado la puerta de acceso al interior del vestíbulo, saludó a uno de los soldados que había huido en desbandada al ver su desplome físico. No le hizo falta al Vanessian de nuevo cuño adivinar la sorpresa reflejada en el rostro del joven. El desconcierto residía en el interior de su mente. Y el extinto Dimitri Venko se encargó de subsanar el error... Mucho más tarde ya se ocuparía de los otros tres testigos presenciales de la supuesta muerte de Goris Vanessian...
Y si acaso existía JUSTICIA en el orbe, sus planes de devastar la base militar "Uva Gris", arruinando por consiguiente su blasfemante proyecto, saldrían adelante sin el menor de los impedimentos.
Ya que su mente era PRIVILEGIADA.
Mucho más de lo que algún ignorante había pensado en el pasado.

FIN

MI MERECIDO

No existo.
Resido en la OSCURIDAD.

Oigo las cadenas al tensarse y el chasquear de los látigos al inflingir su retorcido castigo de pesadilla.

Veo cuerpos descarnados, unidos unos a otros.
Lenguas enrevesadas.
Miembros descoyuntados.
Y oigo sus lamentos...
Los lamentos de sus almas sucias, míseras y pútridas.
Y huelo con nitidez su podredumbre, sus heces y sus sudores de azufre.

Sus ojos se agitan en las cuencas como albóndigas asándose en una freidora de la cocina de un bar de carretera, cuyo aceite no es cambiado en semanas.

 

- Oled esto... OLEDLO - dice una ALMA, acompañado de BLASFEMIAS ignominiosas. Alza su hocico y olisquea el azufre, las miasmas y la fetidez que emana de su propio cuerpo despellejado.

Una entidad calcinada desfila por el lugar, y todos se echan a reír.

Ja, ja, ja

Entonces me dirijo hacia una ALMA

(¿puede ser el de una chica?)

Le faltan los cabellos. Sus uñas fueron arrancadas por unas tenazas y le metieron una estaca por la boca, que le sale por la rabadilla.
La saludo.
Y me río.

Mi mano enfundada en un guante de púas busca una de sus orejas. Y se la arranco de un tirón brusco.
Y me río.
Y la chica LLORA.
Y yo me RÍO.
Más y más.

Entrego la oreja a una cosa peluda del tamaño de un perro fox-terrier, y se la ofrezco.
El bicho se lo devora.
Y me río de ello.

Y mientras todo esto sucede, alguien me coge la cabeza entre sus manos por detrás de mi, y me la ARRANCA de cuajo.
La deposita en el suelo, y abriéndose de piernas, se orina encima de ella.
Y se CAGA de risa.
Yo doy manotazos de ciego en busca de la cabeza, pero voy de un lado para otro, tropezando con cráneos y cajas torácicas que salen a mi paso.

Las risas caóticas se suceden con la desazón de los llantos de los arrepentidos.

Un niño LLORA.
Alguien ha debido de arrancarle de un mordisco un dedo de un pie.

Otra entidad en decadencia se conmociona de dolor.
Una ALMA del INFIERNO le ha debido de dar un buen zarpazo en el abdomen, profundizando con las garras hasta extraerle los intestinos.

- Parecen una ristra de salchichas moradas y viscosas - comenta alguien.

Me lo imaginé colocándoselos sobre los hombros como si fuera la corona de laurel del TRIUNFADOR.

Las risas seguían transmitiéndose de boca a boca en el infierno.
Y cuando iba a dar con el hallazgo de mi cabeza, dispuesto a atornillármela encima del tronco, un sonido se acentuó en mis cercanías.

Fue un zumbido espantoso. Insistente.

Grité fuera de mis cabales.

“¡AHHHH...!”

Me revolví en mi cuerpo, inerme hasta entonces, y con la sábana blanca cubriendo mi pálida desnudez salté de la mesa de porcelana del DEPÓSITO del TANATORIO, echando a correr mientras un hombre ataviado con una bata blanca - fantasmal -, sosteniendo una jeringa llena de fluido para embalsamar cadáveres quedó consternado por mi repentina recuperación.

Salí tal como estaba, en cueros, apretando el paso hasta abandonar la funeraria

como alma que persigue el diablo.

Alejándome de mi DESTINO,

tal como corresponde a un asesino a sueldo

aquejado de EPILEPSIA.
Fin.

MENTES HOMOGÉNEAS

Mentes homogéneas de Norteamérica

 

Una tarde noche indeterminada de un verano del año 2150.

 

Mineola - Estado de Nueva York -.

Tim Braxtor se quedó parado al instante, fijo, inmóvil y consolidado como un bloque de granito sin esculpir ante la brillante y perturbadora superficie de la luna rectangular del escaparate. Los destellos que difundían las luces de neón que anunciaban de manera pomposa el nombre del establecimiento comercial “Almacenes Valerio Dellatorre” hacían que su reflejo de cuerpo entero apareciese en la textura solidificada del cristal en una mezcolanza de variantes coloristas, formando multitud de parches geométricos como si estuviera en el interior demencial de una discoteca “underhell” que emitiese música psicodélica, cuya principal letra inducía a la juventud independizada de los lazos paternales al suicidio colectivo mediante la ingestión de una sobredosis de pastillas sintéticas “sluggish”1. Su rostro demacrado y amargado, apolillado por la sinrazón de la rutina diaria auspiciada por el Primer Hombre, tan pronto adoptaba la tonalidad rojiza como un inmenso tomate californiano, hinchado y crecido por la exposición a la lluvia radioactiva, como variaba de color conforme la piel arrugada y reseca de un camaleón, tornándose en una máscara verde luminosa perfilándole un parecido externo con el de un alienígena aturdido que proveniente del lejano planeta “XO 15” acabara de sufrir un serio percance con la estabilidad de la nave espacial utilitaria, viéndose forzado por las circunstancias a aterrizar en pleno sembrado decadente del Medio Oeste, debiéndose de dar a la fuga nada más posar la bota de compresión en tierra y ver como el en principio accesible terrícola que le recibía con todos los honores asignados al protocolo de la cortesía interplanetaria blandía nada más y nada menos que un destacable garrote de madera de roble de un metro de largo.
Un reguero incesante de personas indiferentes a cuanto les rodeaba surgía y desaparecía con suma rapidez por detrás de la figura inamovible de Braxtor. Este observaba su transitar reflejado vagamente y con indolencia sobre el vidrio de cinco centímetros de grosor del expositor como meros números digitales que debían cumplir con lo que el destino disfrazado de ecuación había determinado para ellos con meses y años de antelación. A esa hora en concreto, las ocho de la noche de un lunes tórrido y con los niveles de polución en su estado más soportable para la respiración, debían de pasar por ese punto en cuestión sincronizados por el software programado en la placa “One Mind”, que no era otra cosa que un inapreciable microchip implantado en el hemisferio dominante de sus cerebros en la primera semana del nacimiento. Desde ese momento de anquilosamiento intelectual, la devoción hacia el Primer Hombre sería íntegra y conjunta como un todo. Y ese todo equivaldría a una nación entera.
Aunque...
... existían los “Dañados”.
Los “Dañados” eran números deteriorados. Las órdenes almacenadas en la memoria de la placa “One Mind” no fluían con la limpidez y con la firmeza inflexible que sería deseable, fruto de lo cual se sucedía el desconcierto que conducía inexorablemente al caos y a la anarquía más absoluta. Y para remediar este desbarajuste que amenazaba con parasitar el cuerpo único, infectando las venas de la nación que conducían hasta el corazón de Nueva Washington, haciendo que degenerase en sus funciones, bombeando sangre carente de plasma, la ejecutiva del gabinete sobre el cual se sostenía la figura prominente e intocable del Primer Hombre configuró el cuerpo auxiliar de élite de los “Cumplidores”, integrado en su mayoría por las fuerzas de asalto que tomaron parte activa en el famoso derrocamiento del Presidente Wilson III, último sustentador del régimen democrático y sufragista que imperaba en los estados de la nación desde el final de la 3ª guerra civil, la Guerra de la Pureza. Los “Cumplidores” disponían del decreto judicial de patrullar de incógnito por las calles de las metrópolis, vigilando los movimientos de sus habitantes, quebrantando su derecho a la intimidad y del libre albedrío, asegurándose por medio del software en tiempo real de su escáner de bolsillo, en cuya pantalla quedaba registrado quién obedecía las directrices de su “One Mind” y de quién se trabucaba rigiéndose por otro mandato no registrado en el orden del día. Quienes incurriesen en dicha disidencia, los números “Dañados”, eran erradicados del Sistema Único de inmediato.
Tim Braxtor era un número de lo más saludable. Formaba parte inmutable de los números de la Vida. Su misión puntual consistía en permanecer quieto e impasible, mirando sin interés de hacerlo hacia los maniquís desnaturalizados dispuestos al otro lado del escaparate, sumiso como un cordero durante los siguientes cinco minutos. Transcurrido semejante lapso de tiempo habría cumplido sobradamente con las pautas y las normas del comportamiento “pasivo”, inherente al “planning” estructurado en los laboratorios cibernéticos de la Nación Única que contemplaba la evolución preestablecida de su destino, y por lo tanto, ya podría ir a donde quisiese o se le antojase siempre dentro de los límites permitidos por el “pensamiento único” del Primer Hombre.
Su semblante adquirió un llamativo matiz azulado. Más tarde - las luces del escaparate mutaban cada diez segundos - medio semblante era cobrizo y el otro medio se le tiñó de un lívido tono grisáceo.
Anclado sobre su peana como si fuera un maniquí más, continuó observando con desinterés el discurrir de las personas por ese tramo de la acera de grafito. De repente, como si fuera un extra más de esa película insípida y aburrida, o una crisálida a punto de despojarse de su capullo para encarnar las vivencias de una polilla gris, surgió la presencia de una señora de trazo grueso paseando a su animal de compañía, situándose detrás de él a unos dos metros de distancia. La mujer tendría unos sesenta años mal llevados, medía un metro sesenta y sobrepasaba con creces el peso límite de pesaje impuesto por la báscula parlanchina de farmacia. Su mascota era un perro insignificante, muy cercano al prototipo de la legendaria raza “chow-chow”: pequeñajo, de aspecto redondeado y con un babeo ciertamente desagradable. Sin duda era un “mutante cibernético”. Se asemejaba a un aborto de la naturaleza. Afortunadamente para los transeúntes más cercanos el chucho estaba bien sujeto por una correa de eslabones de hierro enganchada al collar “repele parásitos” que portaba alrededor del cuello.
El reloj digital del Manchester Bank marcaba las 08:20 P.M.
La señora estaba cumpliendo con la hora asignada al destino artificial y arbitrario del animal. Era obligación sine qua non que paseara al can a esa hora y más en concreto, debía de obligarle a realizar sus necesidades en la farola emplazada de soslayo frente al escaparate del expositor de los “Almacenes Valerio Dellatorre”.
El horripilante boceto inacabado de perro se encaminó con destemplanza y sin gracia hacia el pie de la farola. Disponía de sesenta y cuatro segundos de margen para cumplir con el horario preestablecido por la sección creadora de Vida Artificial de Ayuda y de Acompañamiento a la tercera edad.
- Venga, “Tiny”, que se nos está echando el tiempo encima - gorjeó la anciana.
Braxtor entornó mínimamente los párpados, observando al “chow-chow” apoyar una pata trasera sobre el frío acero de la base de la farola. La mujer estaba controlando el tiempo por medio de su cronómetro de bolsillo. Faltaban escasos segundos para el plazo de tiempo estipulado e insertado en los miles de transistores del microchip “One Mind” de “Tiny”, cuando el contratiempo reencarnado en el espectro sombrío de un minino renqueante de la pata trasera derecha y con el sarnoso pelaje del lomo arrancado casi a mordiscos de algún perro agresivo se magnificó en el meollo de la escena surgiendo de entre dos cubos de la basura. La mujer de edad avanzada no se percató de la inminente presencia del gato tiñoso, pero sí lo hizo su repelente “chow-chow”. El animalito se puso tenso, impregnado de una irritación instintiva enraizada de manera intrínseca en sus genes, echando a correr de forma endemoniada en pos del felino.
“¡guaaa! ¡guaa!”
Su dueña se dio cuenta tardíamente del incidente al tensarse la correa. La sorpresa la desbordó por completo y la sujeción de la cadena terminó por escurrirse de entre los dedos regordetes de la mano derecha.
- ¡Tiny! - barboteó la inmensa mujer, perpleja por ese imprevisto.
Miró a la hora parpadeante del cronómetro. Los dígitos señalaban que el tiempo otorgado para la micción del animal había finalizado ya desde hacía veinticinco segundos. Los ojos llorosos y frenéticos de la dama se entornaron, llevándose una de las manos a los labios apretados por la tensión.
- ¡Tiny! - profirió aterrada, mordiéndose las uñas y la piel de los nudillos.
“Tiny” proseguía obcecado en su correría desbocada, pegándose a los talones del felino hasta doblar la esquina que daba al interior de un callejón sin salida cercana a la gran avenida.
- Tinyyy...- musitó la mujer apoyándose contra la farola desesperada.
Un quejido lúgubre y pastoso surgió desde el callejón sombrío. Tres tajadas secas y profundas se fueron propagando por la atmósfera impregnada del polvillo flotante del plomo de la contaminación.
“zasss”
“zasss”
“zasss”
Braxtor las escuchó con nitidez y cuando comprendió el significado de las mismas escupió sobre el rostro protegido de uno de los maniquís. La flema viscosa se apelmazó en un solo grumo sobre el vidrio blindado, adquiriendo la forma de una célula muerta; segundos después tendría la forma de una ameba. El silencio que impregnaba a ese trecho de la gran avenida, con la muchedumbre caminando sin volver la vista atrás, sería violentado por los pitidos cortos y agudos de su reloj de pulsera, avisándole del cumplimiento del horario programado en su “One Mind”. Lo silenció al instante y se volvió de medio lado en dirección hacia la bocacalle que conducía hacia los entresijos del callejón sin salida posterior. De repente, y sin el menor aviso, surgió la silueta de un hombre atlético uniformado recortada a contraluz de la lumbre de una de las farolas que tachonaban el borde de la acera de la avenida, evadiéndose de la oscuridad del dintel del callejón. Fue doblando la esquina, con los pasos de sus botas reglamentarias de cuero negro resonando sobre el grafito del suelo de la acera.
“pas-pas-pas”
- “Tiny”...- sollozaba la dama sin querer afrontar la realidad de los hechos, renegando del futuro que iba a aguardarle a partir de esa misma noche.
El brigada de segundo grado del cuerpo de los “Cumplidores” se aproximó con aplomo a su lado, mostrando la dentadura blanca y reluciente como el marfil más puro, sin defectos en su esmalte, atendiendo a la sabiduría de la higiene dental.
Adelantó dos pasos más.
“pas-pas”
Emitió un sonido de reprobación con la punta de la lengua al restallarlo contra el interior de los incisivos, arrojando la cabeza inerte del “chow-chow” a un par de pasos de la mujer. Enseguida quedaría aderezado dentro de un charco de sangre avinagrada, mirando ciegamente al cuerpo desmoronado de su dueña.
- Señora... - se dirigió el brigada hacia la anciana.
- Tiny...- gimoteó ella con todo su dolor mirando a la cabeza decapitada del infortunado animal. La lengua del can colgaba desairada por entre los colmillos como un trapo de franela hinchado por la humedad.
Quien se ocupó de cercenar la vida de “Tiny” trató en mostrar su más sincera condolencia a la dama:
- Lo lamento profundamente, señora.
“No pude evitar hacerlo.
“Debía de cumplir con mi DEBER.
El “Cumplidor” se encogió de hombros, inmutable.
Era inútil explayarse. No merecía la pena justificarse. Ella ya lo sabía. El tiempo se había consumido. El destino de la precaria criatura era servir de alimento a los gusanos desde ese mismo instante. No había concesiones ni derechos a prórrogas añadidas. Y mucho menos tratándose de un miembro “Dañado” de la fauna cibernética. Por eso lo innecesario de que el brigada ocultase el cuchillo de supervivencia “Bleed to Death”2 que portaba en la mano derecha enfundada en un guante de látex. El filo laminado al carbono estaba manchado de rojo escarlata, de donde goteaban lágrimas de moribundo hacia el suelo...
- Fue doloroso, aunque no sufrió mucho. Cuando se quiso dar de cuenta, ya le había asestado las tres cuchilladas, separándole la cabeza del tronco...- comentó el brigada a Braxtor a las puertas de un club nocturno situado no muy lejos de los “Almacenes Valerio Dellatorre”.
Cuando llevaban unos minutos de charla insípida y monocorde se coló por entre los dos un niño de nueve años, perseguido por otros dos. El niño delantero llevaba una pistola de aceite, y al defenderse de sus compañeros de juego no le importaba ni lo más mínimo si erraba el blanco manchando a algunos de los viandantes.
El “Cumplidor” miró de soslayo al niño.
- Esa actitud... - susurró tan calladamente que Braxtor ni le escuchó.
Desenganchó el escáner del control del comportamiento de la cadera derecha. Centró su vista glacial en la pantalla, dirigiendo la mini-antena periscópica hacia los niños que estaban correteando en círculos alrededor de cada una de las farolas más cercanas. La pantalla táctil permaneció un par de segundos en blanco hasta que se disparó, mostrando una fotografía de primer plano del niño gamberro. Apretó un icono de salida de datos y estos quedaron reflejados de forma centrada al lado de la fotografía tridimensional.

SINCLAIR, DAVID DAVIS
Rd. 155, Big East
MINEOLA (Estado de Nueva York)
Número Id: 10005321 - Serie A33
ANOMALÍA DE LAS ÓRDENES DE CONDUCTA:
93/53/71AB/977 Subcódigo 4.56.4009
Estado actual: Prescindible.

Apagó la pantalla del escáner y lo volvió a enganchar en el soporte de velcro de la cadera.
Sus ojos taciturnos discreparon por una fracción de segundo con lo que acababa de leer.
Declinó reflejar sus sentimientos externos a Braxtor, ofreciéndole la espalda, y con voz monocorde antes de ir en pos del niño “Dañado”, terminó por sincerarse ante su interlocutor:
- Esto me mata. El sólo hecho de tener que hacérselo también a un niño...
“A un niño “Dañado”... Me estremece con un remordimiento inusual. Y lo malo de todo es saber que por mucho que lo intentes, acabará sufriendo.
“Y cuando ves que sufren, empiezas a dudar del Sistema Único. Y esto tienes que sacártelo de la cabeza, porque si no...
“Si no...
“Dios.
“Estás igual de acabado que “ellos”.
Fue avanzando con el rostro contrito.
Un paso.
Dos.
Los niños lo vieron llegar con la admiración que daría contemplar a cualquier jugador destacado de la liga profesional de “Push´em Out”. 3
El hombre uniformado se situó entre ellos, colocándose de cuchillas al lado del niño “Dañado”.
Ensanchó una sonrisa de campeón, granjeándose de entrada la confianza del pequeño.
- Tú debes de ser David Davis Sinclair.
- ¿Cómo es que me conoces?
- Sé muchas cosas acerca de ti, David. Quizás demasiadas...
Le revolvió el pelo encrespadamente castaño.
- David Davis. ¿Qué te parecería si te invitase a dar una vuelta en mi nave patrulla?
David exhaló un grito de felicidad.
- ¡Guaaa...! ¿Quieres decir que volaremos a mil pies de altura, observando la ciudad por el visor telemétrico de rayos infrarrojos?
- Exactamente correcto, David Davis. Ejercerás de copiloto de la nave. Y podrás pulsar los botones de ignición.
David no podía caber en sí de gozo. Circular por los aires contaminados en el interior de un “Glider Invisible Eagle” era el anhelo máximo de toda la chiquillería. De repente se sintió algo avergonzado por su egoísmo. Miró al hombre uniformado, con el desconsuelo de sus amiguitos por no sentirse mencionados en la gran aventura reflejado en sus rostros.
- ¿Y qué hay de Pat y Fence? También podrán venir con nosotros, ¿verdad?
El brigada meneó la cabeza.
- Sabes tan bien como yo que el vehículo es un dos plazas - Y para hacer concebir unas falsas esperanzas a los dos críos, añadió: - Si nos damos la suficiente prisa, puede que a tus dos compinches me los lleve de garbeo cuando regresemos.
La promesa contentó a David.
- Nos veremos luego, chicos... - se volvió para despedirse de Pat y Fence.
El “Cumplidor” de las normas de conducta de nivel Primario - animales de compañía y menores de edad - lo asió de la mano derecha, encaminándolo hacia el callejón de las últimas esperanzas.
- ¿Lo tienes ahí aparcado?
- Sí. Lo bueno de los “Gliders” es que los puedes estacionar en cualquier parte, por muy estrecho y angosto que sea para la circulación terrestre.
- ¡Caray!
Entraron por debajo del umbral de la callejuela, con la mano izquierda del brigada apoyada sobre la cabezuela de David y su torso inclinado mientras su mano derecha palpaba la empuñadura del cuchillo de supervivencia.
A la vez que lo acariciaba, la negrura del callejón los fue envolviendo, mitigando en parte lo inconcebible del Sistema Único. Por segunda vez en lo que llevaba de turno de noche, los goznes de su miembro superior derecho chirriaron con displicencia, tardando demasiado en la eliminación de la unidad “Dañada”, cuyos gritos agónicos de dolor se encargaron de quebrantar la imparcial quietud de la noche, saturada con una tonelada de densa tensión y que recubría a ese oscuro rincón del callejón con sus alas membranosas de murciélago.
Mientras depositaba el armazón sin vida del niño sobre un manto de fango mullido, pudo reparar en una disfunción cerebral.
Su mente armónica ya no era perfecta.
Ecuánime.
Subordinada a los intereses de la gran maquinaria norteamericana del Primer Hombre.
Entonces le llegó la voz de un niño gimoteando a sus espaldas.
- ¡Hala! Ha matado a David.
“Lo ha matado.
Por vez primera en su ordenada vida marcial, una lágrima ácida osciló desde la comisura de su cuenca derecha, marcando una línea húmeda sobre la mejilla como si fuera la veta de una losa de mármol.
- ¡Dios!
“¡DAVID!
“¡DAVIDDD...! - surgió una figura femenina en su área de acción. La figura se inclinó sobre el niño tendido boca arriba en un charco de sangre y fango hediondo.
La visión del brigada se tornaba cada vez más deficiente por la proliferación de las lágrimas.
- Lo siento, señora.
“Cumplía con mi deber.
“Su hijo era “imperfecto”. Cada vez cometería más infracciones al código de las Normas de Conducta Única.
- ¡Era tan sólo un niño, miserable hijo de puta!
“¡UN NIÑOOOO...! - chilló la madre entregada a los sollozos.
La escena era tan devastadora.
Tétrica.
Cada vez sentía la cabeza más pesada. Desconectada del mundo real. Ajeno a las leyes del espacio y del tiempo. La carga del blindaje del uniforme se le hacía cada vez más pesada. Al poco un nuevo curioso iba a añadirse al velatorio del niño “Dañado”.
Era Braxtor.
Su rostro reflejaba un rotundo desacuerdo sobre aquel desenlace, pero por temor a infringir una de las reglas de subsistencia de su “One Mind” se conformaría con tratar de hacer reaccionar al brigada, que parecía sumido en la indecisión:
- ¿Acaso piensa dejarlo allí? ¿Tendido entre la inmundicia? Al menos llame al camión de recogida de las mentes contradictorias.
La madre llorando.
- Uhhuu... Un niñooo... Era tan sólo un niñoo...
Sus amiguitos entristecidos por la pérdida.
- David. NO puedes ESTAR MUERTO.
“Nooo.
Braxtor asediándole a preguntas.
- ¿En qué piensa? Llame al cuerpo de recogida. Esto... Contemplar esta escena tan patética produce un malestar general. Nos puede afectar a todos. Nos puede confundir la mente, ponernos en peligro de pensar... en otras cosas.
El brigada extrajo de la funda de su cinto la pistola reglamentaria antidisturbios que detonaba bengalas explosivas.
- ¿No oye lo que le estoy diciendo?
“SAQUE A ESE PUTO CRÍO DE AQUÍ. ¡Sáquelo!
Abrió sus labios humedecidos por la saliva, haciendo encajar la punta del ancho cañón entre los dientes perfectos. Lo lamió con la punta de la lengua.
Una lágrima más recorrió el lado derecho de su rostro hasta desembocar en el promontorio de su mentón bien afeitado.
Cerró los ojos con fuerza.
- Un niñooo...
- ¿Qué va a hacer? ¿Se ha vuelto loco...?
Y antes de que Braxtor pudiera pronunciar otra palabra más, apretó el gatillo, transformando su Pensamiento Único en una tea ardiente, dejando para la posteridad los rescoldos perdurables de su divergencia reprimida en una parte no muy alejada de donde estaba implantado su “One Mind”.

1.- "Sluggish". Traducido literalmente al español sería. "Estado inactivo". Píldora inactiva, que como su propio nombre indica, induce a ese estado de aletargamiento. (N. del A.)
2.- "Bleed to death". Morir desangrado. (N. del A.)
3.- "Push´em Out". "Echadles a empujones". Un juego salvaje propio de la época en que discurre el relato. (N. del A.)

 

LUCAS EL TONTO

Todos me consideran tonto. Mis papás siempre dicen, "Este hijo nuestro, de listo no tiene un pelo". Yo no les odio. Por algo son mis papás.
Cuando iba al colegio, todos se reían de mí. Me tenían aparte como si oliera mal. Y siempre cantaban: "Lucas es tonto. Tonto de Lucas. No sabe escribir ni leer. Tonto de Lucas. ¿Para qué vienes al cole, si eres tan tonto?" Siempre lo mismo.
Era verdad. Yo nunca supe escribir como Dios manda. Ni recitar en voz alta.
Pero el dibujo sí que se me daba bien.
A veces, cuando un compañero de clase me llamaba tonto, yo por dentro, pero que muy dentro de mí, le odiaba. Si este compañero tenía un cachorrito que le habían regalado sus papás por su cumpleaños, y como yo le odiaba tanto, cogía un folio en blanco y con un rotulador de punta gorda dibujaba al cachorrito. Lo dibujaba muerto bajo las ruedas de un coche.
Al poco veía llorar a este compañero de clase. La profe lo tuvo que consolar. Acababa de enterarse que su perrito había muerto esa misma mañana. Qué pena. Y yo me dije, qué bien, lo había dibujado muerto, y ahora el animalito estaba muerto. Hay que ver que dibujo más lindo.
Tenía una prima unos cuantos años mayor que yo. Siempre que venía de visita, se burlaba de lo tonto que soy. Y mis tíos, sus papás, nunca le decían nada. Nada de "No le digas a Lucas lo tonto que es, Matilda. Pórtate bien con tu primo". Es más, hasta sonreían cuando ella me tomaba el pelo. Y mis papás, a los que nunca he odiado ni odiaré, porque son mis papás, se lo tomaban con gusto porque de por sí ya sabían que yo jamás iba a escribir un libro de lo tonto que soy. Pero aunque a mis papás no les molestaba que mi prima dejara ver lo tonto que soy, a mí si que me fastidiaba mucho. Y de tanto tomarla conmigo, la fui odiando. Y un fin de semana que ella y sus papás nos vinieron a visitar, cogí otro folio en blanco y con trazos muy gordos dibujé a mi prima en la cama de un hospital con cara de muerta. A los pocos días, mamá le dijo a papá que Matilda estaba ingresada en una clínica, que le habían detectado un cáncer incurable y que iba a morir pronto. Y aunque mis papás creían que yo no estaba escuchando lo que decían, me enteré de todo. De nuevo me dije, qué bien dibujas. Has dibujado a la prima con cara de muerta, y muerta va a estar. Y de veras que me puse muy feliz.
Yo era tonto, pero sabía dibujar.
Y cuando dibujaba a perritos y gente muerta, los perritos y la gente moría.
Hay que ver lo bueno que era dibujando.
Mi mamá me ve tonto. Cuando papá viaja por el trabajo que tiene, que debe ser muy importante para tener que viajar tanto, a veces venía un hombre más joven que papá, invitado por mamá, y se quedaba a cenar y a dormir. Este hombre me quería mucho. Siempre que me veía, me decía "Hombre, si viene el tonto del culo de la familia". Y me daba collejas. Y pescozones. Y patadas en el culo. "Porque por algo eres tonto del culo". Y mi mamá nunca le decía lo contrario. Porque yo era tonto para ella, claro. Pero yo me ponía triste. Porque ese hombre no era mi papá. Y como no era papá, empecé a odiarlo. Y de tanto odiarlo me puse un día a dibujar en la mesa de la cocina. Dibujé con ganas. No me fijé que el amigo de mamá estaba viéndome dibujar. "¿Qué dibujas, tonto del haba?", me preguntó. "A ti", le dije yo sin apartar mis ojos del folio que tenía ante mi nariz. "¿A mí? ¿Y de qué me estás dibujando?", preguntó con una sonrisa en su boca grande de payaso. "Te estoy dibujando sin ojos para que no me veas más y así al no verme no me puedas llamar tonto del culo". El amigo de mi mamá se quedó tonto tonto de verdad, sin decir palabra, y yo seguí con mi dibujo. El amigo de mamá trabajaba en una mina, y un día un compañero suyo hizo un trabajo muy malo y le dio al detonador de la dinamita sin darle tiempo a alejarse lo suficiente. El amigo de mamá estaba demasiado cerca de la explosión y perdió la vista. El amigo de mamá se quedó ciego para siempre y dejó de venir a cenar y a dormir en casa cuando papá estaba de viaje por el trabajo. Y yo me puse muy contento. Y me dije, hay que ver qué dibujo más bueno has hecho. Y desde entonces mi mamá no ha vuelto a invitar a otro amigo a cenar y a pasar la noche en casa cuando falta papá.
Y yo dejé de dibujar por el momento...
Hasta que alguien que no sea papá y mamá me moleste mucho por lo tonto que soy.

Fin

LA ELECCIÓN CORRECTA

Era un pequeño polígono industrial que llevaba cerrado desde hacía diez años. En un período de crisis económico a nivel nacional, la mayoría de las empresas decidieron cerrar, y las pocas que resultaban rentables, por el abandono y la lejanía del lugar, decidieron trasladarse a otros núcleos industriales de mayor relieve. Así que cuando el enigmático señor Torre me citó a la una de la madrugada en las inmediaciones de la entrada de una de las naves más pequeñas y peor conservadas del polígono, una extraña sensación de desconfianza me fue acompañando durante todo el trayecto en taxi hasta la llegada definitiva a aquel lugar alejado y abandonado. Nada más pagar al chófer de origen iraní y bajarme del vehículo, vi la alargada limusina del señor Torre. La iluminación del polígono era inexistente, con todas las feas farolas evidentemente apagadas por el nulo uso del conjunto de naves y fábricas allí aún cimentadas hasta la fecha futura de su derribo, y con la simpleza del halo de los focos del taxi y el propio de la luna llena pude apreciar el brillo de su carrocería negra. Todos los cristales de las ventanillas eran ahumados, donde quien estuviera dentro podría observarme sin pudor a la vez que impedía que yo hiciera lo propio llevado por la curiosidad.
La cita fue concertada hace dos días. Me encontraba casi sin blanca, con la cuenta del banco al descubierto y a punto de no poder pagar el alquiler del mes del piso miserable donde pasaba mi vida enganchado a un procesador de textos intentando crear la obra maestra de la novela negra que iba a hacerme rotundamente famoso y rico. De alguna manera, angustiado por no poder concentrarme siquiera en el prólogo del texto, me dio por navegar sin ton ni son por agencias de colocación en búsqueda de alguna oferta de trabajo que me pudiera sacar del apuro hasta fin de mes. Descubrí en el buscador un enlace un poco llamativo que ofrecía ganar mil dólares por una noche de trabajo. No ofrecía otra dirección de contacto que una dirección de correo electrónico a nombre de Laeleccióncorrecta@us.com. Al verme con el agua al cuello no dudé ni un segundo en mandar un emilio solicitando el puesto de trabajo. A la media hora el sonido característico de aviso de recibo de un mensaje en mi cuenta de correo me revelaba que acababa de recibir la pertinente respuesta. Dejé lo que estaba haciendo en el procesador de textos y pinché en el mensaje. Decía de manera breve lo siguiente:

De: Laeleccióncorrecta@us.com
Asunto: oferta aceptada
Texto: Estimado señor Leman, me es grato confirmarle como el aspirante más apropiado
para el tipo de trabajo que debe realizarse bajo la supervisión de mi empresa. Queda usted
citado esta madrugada a la una en el polígono Rojo 1, calle 101, nave A-15. Atentamente,
señor Munch, asistente del señor Torre, propietario de la empresa Laeleccióncorrecta.

Tras un breve impasse de espera, una de las ventanillas traseras de la limusina bajó hasta casi la mitad y un hombre de edad media, rostro anodino y con gafas de sol Ray-Ban me hizo la indicación de que me acercara mi cara a la suya.
- Me imagino que estamos tratando con el señor Leman - indagó con voz monocorde y sin mover en absoluto la cabeza tras la abertura de la mitad del cristal.
. Si. Soy Leman.
- Bien, señor Leman. Ya conoce usted las condiciones principales. Esto va a ser un contrato verbal. Usted procura trabajar por nosotros durante esta madrugada en curso, y al término de la misma recibirá un talón de mil dólares girado a su nombre.
- Perfecto. Me parece bien.
- ¿Sólo le parece? Me encargo de avisarle que esa es la oferta que tenemos para usted. No trate de intentar conseguir cualquier incremento en la misma. Si no está convencido del todo, le llamaríamos otro taxi y recurriríamos al siguiente candidato de la lista.
- No. Mil dólares me parece una cantidad excelente para una noche de trabajo.
- Entonces diríjase a la entrada de la nave. Toque tres veces con los nudillos y mi asistente se ocupará de atenderle y de indicarle la labor encomendada esta noche a la empresa que dirijo. Por cierto, soy el señor Torre.
- Encantado - dije con ganas de estrecharle la mano, pero el hombre de la limusina subió la ventanilla.
- No merece la pena, señor Leman. Le aseguro que nunca más volverá usted a verme.
Dio la orden al conductor del imponente vehículo para encender el motor y alejarse del polígono industrial, dejándome en solitario ante la nave A-15.
Me acerqué a la puerta de entrada y toqueteé suavemente con los nudillos. Pasaron unos segundos. Estuve a punto de insistir de nuevo cuando la puerta quedó entornada hacia adentro. Vi la iluminación llenando el hueco del quicio. Desde dentro me llegó otra voz igual de monótona que la del dueño de la empresa que había contratado mis servicios:
- Pase, señor Leman. Le explico lo que tiene que hacer y me marcho ya, que tengo otro asunto pendiente que atender en otra parte y me urge abandonar este lugar cuanto antes.
Introduje mi cuerpo por el hueco de la puerta. Si desde fuera, y aún a pesar de la oscuridad de la noche la nave parecía pequeña, el interior le confería un aspecto todavía más insignificante. Había una serie de focos dispuestos en cada esquina de la pared con el techo, iluminando el centro del local donde no había nada. Toda la nave estaba vacía. No había restos de maquinaria. Sólo el suelo homogéneo de cemento pulido. Calculé que allí no habría ni cien metros cuadrados. Ni se me ocurrió qué clase de empresa habría utilizado esa nave en el pasado. Salvo que hubiese sido un pequeño taller perteneciente a algún tipo de negocio familiar.
- Señor Leman, no se me distraiga por favor - me rogó el asistente personal del señor Torre.
- Nada. Es que sólo me preguntaba...
- No se le ha contratado para que formule usted preguntas - me cortó el hombre. - Soy Munch. No le digo mi nombre de pila porque no procede. Su labor es muy sencilla. Se le va a proveer de una simple linterna. La pila que lleva puesta está calculada para que le dure a usted una hora. ¿Ve usted esos cuatro focos? - preguntó señalando cada una de las cuatro esquinas. - Al no haber corriente general por razones obvias, están conectadas a un generador que tendrá un límite de dos horas de autonomía. Eso nos da tres horas de luz artificial sumada la hora de la linterna. Ahora es la una y cuarto. En cuanto yo salga de este local, quedará usted encerrado bajo llave. Cuando amanezca, sobre las siete de la mañana, volveré a por usted. Le entregaré el talón de mil dólares y cada uno se marchará por su lado. Eso es todo, señor Leman. Tenga usted la linterna. Le recomiendo que sepa utilizarla bien.
En todo este rato de su explicación plana, aquel hombre de estatura media, edad media, ataviado con un traje gris hecho a la medida y con la vista resguardada tras las lentes oscuras de sus gafas de sol de alto coste, no hice más que permanecer atento a la cantidad de luz existente en la nave. Y de fijarme en la linterna que sostenía entre las manos. Pensé para mí mismo, qué tontada es ésta. Me encierran unas cuantas horas de noche y cuando se haga de día soy mil dólares menos pobre.
Cuando el señor Munch me tendió la linterna, le sujeté por la manga de la chaqueta.
- Aquí no hay ningún tipo de gato encerrado - le dije, suspicaz.
- Usted permanece la noche en vilo, y recibe lo que se merece. Recuerde que tuvo la libre elección de rechazar en el último momento la firma verbal del contrato. No pensará romper lo acordado, ¿verdad? - me dijo siempre con el mismo tono de voz. Dios, parecía un robot diseñado a principios de los años setenta.
Me quedé con la linterna. Necesitaba los mil dólares. Ese dinero me iba a venir de perlas.
- Yo nunca falto a mi palabra - le contesté haciéndome el ofendido.
- Entonces nos veremos de nuevo dentro de unas pocas horas, señor Leman.
Fue lo último que me dijo antes de encaminarse hacia la puerta de la nave. Salió, cerró la puerta bajo llave y se fue de este lugar a dios sabe dónde.
Yo me quedé iluminado por los cuatro focos. Pulsé el interruptor de la linterna para ver si funcionaba y lo apagué al instante. Caminé por el recinto. Mis pasos resonaban con fuerza sobre el cemento.
- ¡Hola! - dije en voz alta, esta reverberó por las paredes formando un eco que me quitó las ganas de repetir dicha experiencia de nuevo.
No había ninguna silla, caja u otro tipo de objeto sobre el cual reposar mis posaderas. Decidí hacerlo en el centro de la nave sobre el frío suelo. Permanecería así mientras me durase la luz de los focos. Así tendría el cuerpo más descansado para cuando sólo me quedara la luz de la linterna. Entonces me arrimaría a una de las paredes y vigilaría la nave situado de pie hasta que la dichosa puerta volviera a abrirse de nuevo.
Por no tener, no tenía ni reloj de pulsera ni mucho menos teléfono móvil, así que no podría guiarme por las horas que restaban hasta la llegada del amanecer. El edificio tampoco disponía de ventanas y los dos lucernarios del techo estaban tapiados por dos láminas de uralita.
Cuando llevaba un rato sentado me empezó a molestar el dichoso trasero. El suelo estaba verdaderamente frío, así que no me quedó más remedio que quedarme de pie. La luz que irradiaban los focos era una luz directa que te cegaba, así que en vez de permanecer en el centro de la nave, fui alternando un recorrido por las esquinas.
El tiempo fue pasando de manera inexorable y a la vez lenta.
Llevaba dos horas encerrado en el lugar. Lo supe cuando un foco tras otro quedó apagado hasta sumirme en las tinieblas. Este momento me pilló situado en la pared del fondo. En un principio decidí no utilizar la linterna. Sería demasiado pronto. Lo ideal iba a ser encenderla a fogonazos cada equis tiempo. Más que nada para vencer mi inquietud hacia la oscuridad imperante en la nave.
Estaba recostado de pie sobre la pared, cuando percibí un sonido extraño. Procedía del centro de la nave. Parecía como si algo en concreto estuviera arrastrándose por el suelo. Cada vez el sonido era más audible. No se trataba de mi imaginación. Me puse muy nervioso y decidí encender la linterna, enfocándola hacia la zona de donde surgía el ruido.
El haz de la linterna iluminó algo parecido a una enorme babosa. Su blanda piel relucía con la intensidad de unos zapatos recién sacados el brillo por una gamuza y tenía un tamaño bastante considerable. Por lo menos media un metro de largo. Y reptaba hacia donde estaba yo... hasta que se detuvo. Enfocado por la luz, el ser repulsivo permanecía quieto. Pude ver un orificio con afilados dientes. Era su boca. Aparte disponía de dos protuberancias que pudieran pasar por unos ojos primitivos aún en fase de evolución. Parecía que la luz le molestaba sobremanera, y empezó a recular hacia la pared frontal de la estructura abandonada. Fui enfocando su retirada, cuando otro sonido similar surgió procedente del techo. Desvié la dirección del haz hacia el lugar de procedencia del segundo sonido. Era un segundo espécimen de menor tamaño que el primero. Estaba dirigiéndose hacia donde me encontraba yo con la boca abierta y medio jadeando por el esfuerzo de tener que desplazarse por el techo. Al ser enfocado pude apreciar como su silueta se contraía levemente y para evitar la luz de la linterna se dejó caer literalmente del techo para caer en un sonoro “plof” sobre el suelo de cemento a dos metros y medio escasos de donde estaba yo situado. Con horror la volví a iluminar, consiguiendo que retrocediera con suma lentitud hacia donde estaba su compañera. Las dos criaturas parecían estar disgustadas. Sus cuerpos se retorcían y se alzaban como si fuera elefantes marinos exhibiéndose con sus colmillos antes las hembras en pleno período de celo. Las bocas abiertas del todo. Se iban acercando la una a la otra hasta que finalmente llegaron a tocarse. Mis manos temblaban compulsivamente. Un sudor frío me recorría toda la espalda desde los omoplatos hasta la rabadilla. Miré hacia la puerta. Estaba sellada a cal y canto. Y encima se interponían las dos babosas gigantes en mi camino hacia ella. Entonces una de las dos empezó a emitir una especie de chillido estridente que me dejó más horrorizado todavía. El motivo de la demencial queja es que estaba siendo absorbida literalmente por la otra babosa que era de mayor tamaño que ella. Fusionándose un cuerpo con el otro. Y como resultado de esa fusión al cabo de los segundos surgió una única criatura de casi dos metros de longitud. Me desplacé por la pared del fondo tocando la misma con la mano que tenía libre. Un sonido surgido a mi lado me hizo detenerme de súbito. Dirigí el chorro de luz hacia allí y vi otro ejemplar a medio metro de mi pierna izquierda. Este medía sobre el metro de largo y sus ojos ciegos me miraban con deseos de poder sondear mi posición definitiva antes del inicio de lanzar su ataque. De nuevo la luz me salvó de su acoso, haciéndolo retrasarse unos metros hasta sumirse en las penumbras.
- Esto es una puta pesadilla - grité, desesperado.
Estuve manteniendo las dos criaturas a raya iluminándolas a rachas. Hasta que la linterna quedó apagada para siempre al gastarse las pilas. Una hora de duración tenían. Y me imagino que ese fue el tiempo exacto de duración de las mismas.
Sentí a las dos criaturas acercándose a rastras. Sus bocas chasqueaban como si tuvieran una lengua que se relamiera contra la fila de dientes. Tenían que ser las cuatro o las cuatro y media de la madrugada. Me quedaban casi tres horas hasta que viniera Munch a mi rescate. Siempre y cuando cumpliera su palabra...
Tuve que guiarme por el sonido que emitían las criaturas. Palpaba con las manos las paredes.
Estuve así un buen rato.
¿Cuánto sería?
¿Una hora tal vez?
Hasta que tropecé con una de ellas. La maldita se me había cruzado en el camino sin que yo me percatara de ello. Y caí encima de ella. Su asqueroso cuerpo era blando como la gelatina. Y al querer apoyarme sobre las manos para incorporarme de pie, descubrí que me sería imposible hacerlo, porque el cuerpo de la criatura comenzó a fusionarse con el mío. Esta vez fui yo quien empezó a chillar de dolor. Era inimaginable. Quise despegarme, pero con cada esfuerzo conseguía que mi unión con ella fuera cada vez más firme. Y mi cabeza me empezó a doler de manera terrible. Aquello que me absorbía quemaba mis sentidos. Grité pero ni siquiera me escuché a mí mismo...

*****

- Buenos días, señor - se escuchó una voz cansina por el altavoz del teléfono móvil.
- Dígame el resultado de la prueba de esta noche, señor Munch.
- Lamentablemente nuestro empleado no logró utilizar con sapiencia la hora que le duraba la linterna.
- Eso me entristece mucho, señor Munch.
- Si, señor.
- Ese detalle rompe el lema de la empresa.
- Estoy de acuerdo, señor.
- Tendremos que elevar el nivel de exigencia en la próxima selección de personal.
- Así lo creo yo también, señor.
- Adiós, señor Munch.
- Que pase usted buena mañana, señor.

Fin

KATIA

En uno de los meandros del río había una pequeña isla de arena blanquecina. El caudal solía ser muy escaso, por tanto se podía llegar hasta ella simplemente andando con el uso de unas botas de trekking. Dejó el coche aparcado y realizó el recorrido estimado en veinte minutos hasta llegar al lugar indicado. En la isleta no había nada. Era como una duna pero muy compacta, y como era una zona donde la erosión del viento no causaba grandes estragos y la propia corriente del río era muy suave, los contornos de la isla apenas variaba con el paso de los meses.
Ubicó su figura justo en el centro. Allí era donde se notaba la presencia. Era muy poderosa. Influía en su capacidad de concentración. Cerró con fuerza los párpados de los ojos y dejó caer sendos brazos al lado de los costados. Los relajó. No quería sentirlos.
Estaba allí.
Le estaba examinando.
Pasaron unos segundos hasta que supo que estaba en frente de él. Bastaba abrir los ojos y...
No. Entonces se marcharía.
Se reuniría con sus restos.
A saber cuándo murió.
Hace dos años. Tres.
La última chica secuestrada y nunca encontrada databa de hace tres años y medio.
Su aliento le fue palpando su rostro.
Se animó a contactar con su espíritu.
- Eres Jenas Kuntz, si no me equivoco - musitó en pleno trance.
Aquel aliento le cosquilleó la nariz como si fuera un chiquillo jugando con un adulto.
Al fin se asoció con su propio cuerpo y entró en su mente para corresponder a su pregunta.
"Sí, soy la persona que buscas."
Tragó saliva. La maldad era infinita. La enfermedad corroía las entrañas de aquella entidad aún no estando ya viva.
- Soy...
"Eres Ivana Stress..."
- Si...
"Si te hubiera conocido hace unos cuantos años, estarías ahora conmigo."
- De hecho ya estoy contigo.
"Sabes a lo que yo me refiero..."
- Me imagino.
"Eres una mujer preciosa... Como las otras... Preciosas mías..."
- Jenas, sabes que no dispongo de mucho tiempo. Se me van a agotar las fuerzas enseguida. Eres muy absorbente.
"Siempre lo he sido..."
- Si he seguido la estela de tu llamada es por Katia Burdinski. Te acuerdas de ella, ¿verdad?
Su cuerpo se tensó. Luchaba por no abrir los párpados. Algo, como una especie de escalofrío le recorrió toda la espalda hasta la rabadilla. Era una sensación desagradable y casi obscena. Como si aquello quisiera saborear la tersura de su piel.
- Jenas. ¿Qué hiciste con Katia? ¿Dónde la dejaste?
Sintió aquella gelidez deslizándose por el escote de su blusa, situándose entre el inicio de la separación de los pechos. Su cabeza estaba albergando los sentimientos perturbadores de la presencia. En pocos segundos vio los rostros de sus víctimas, uno detrás de otro. Doce chicas jóvenes y atractivas de edades comprendidas entre los quince y los veintiún años. Todas ellas asesinadas por Jenas.
Pero faltaba la cara de Katia.
- Jenas, ¿qué hiciste con Katia? ¿Por qué no me la muestras? - imploró angustiada.
No iba a poder mantener su conexión con Jenas por más tiempo. Estaba a punto de desmoronarse por el agotamiento mental y físico que ello suponía.
Entonces...
Sintió una segunda presencia. Más fuerte y más peligrosa...
"Soy Katia, Jenas."
La segunda fuerza se enmarañó con la primera y entre las dos fueron recorriendo toda la anatomía de la médium. La fueron palpando con lujuria. Ivanna quiso abrir los ojos para abandonar el trance, pero no pudo. Sus labios exhalaron un gemido...
La segunda presencia le habló con desdén:
"No me has visto con las demás, porque NUNCA fui una de ellas"
"Jenas es todo para mí. Cuando lo conocí, le fui convenciendo de lo que teníamos que hacer para sentirnos más fuertes y poderosos"
"Y eso lo conseguimos dominando a las chicas..."
"A nuestras preciosas..."
"Como ahora te tenemos dominada a ti..."
Ivana luchó para desembarazarse del abrazo pecaminoso de las dos presencias insanas.
Luchó con denuedo.
Pero en vano...

A los pocos días una dotación de la policía local del valle de Gerst en la Renania localizó el cuerpo sin vida de la médium Ivana Stress en la isleta del río, a dos kilómetros de donde había quedado aparcado su coche. Estaba con evidentes signos de haber sufrido una brutal agresión sexual. Ese mismo día, rastreando ambos márgenes del río dieron con los restos de dos cuerpos. Correspondían a Jenas Kuntz y Katia Burdinski. Los resultados del laboratorio forense confirmaron que ambos habían muerto hacía tres años por ingestión de un veneno para las cucarachas mezclado con algún tipo de bebida alcohólica.
Avanzada la investigación, se supo que Katia, a quien sus padres habían contratado los servicios de la médium para averiguar su paradero, supuestamente raptada por el asesino en serie Jenas Kuntz, había sido desde el principio la cómplice y a la vez amante posesiva del conocido por la prensa estatal germana como "El asesino de las chicas preciosas".
El caso quedó definitivamente archivado.

 

 

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