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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS

Por Roberto Afonso Concepción

SÓLO UN PASO

De repente el viento sopla con más fuerza, parece que intenta gritar lo que mi voz calla. Pero nadie escucha al viento. La gente pasea por la avenida pensando en silencio o charlando con quien tiene al lado, y sólo ve un mar embravecido agitando las olas caprichosamente, como un niño que juega indolente con el agua de un estanque. La tormenta se acerca a la costa tan deprisa como se desata en mi cabeza.

Llevaba tres semanas en el gabinete cuando me di cuenta de que, una vez superado el período de adaptación que conlleva todo cambio laboral, aquello no era lo mío. Se suponía que tenía que sentirme poco menos que eufórico por aquel ascenso después de tanto tiempo luchando por él. Pero no, no sólo no estaba eufórico sino que empezaba a estar francamente incómodo con situaciones cotidianas en mi nuevo entorno socio-laboral. De mis compañeros no entendía sus conversaciones, aparentemente tan amenas, no me parecía sincera su cordial camaradería ni sus buenas intenciones de ayuda, como tampoco me creía su preocupación por mi adaptación al recién estrenado medio (como si yo fuera un animal arrancado salvajemente de su hábitat para ser encerrado en un zoológico).

Creo que fui plenamente consciente de este malestar cuando aquella chica, tan encantadora, a la que nada más ver comparé con un híbrido de azafata de concurso televisivo entradita en carnes y de ventrílocua que ha asimilado la personalidad de uno de sus muñecos, se me acercó para darme la bienvenida, diciéndome que podía sentirme en familia, que todos eran personas sencillas como ella (entonces simples, pensé), que si me encontraba a gusto en el despacho, y un sinfín de incursiones con poca táctica y ninguna sutileza en mi persona. Tuve que hacer un esfuerzo titánico para controlar mi pensamiento y que no aflorara en forma verbalizada, y al final lo logré, pues sólo emití una lacónica excusa de prisa y cansancio (ya sabes, la tensión de los primeros días...).
Grandes y grises nubarrones esperan apacibles el dichoso instante en el que el helado viento los acaricie, invitándoles a esparcir su precioso tesoro cristalino por la costa espumosa. La magnanimidad de la naturaleza todo lo vuelve insignificante, hasta las más extraordinarias y sofisticadas obras del hombre; en este atardecer contemplo la formación de la tormenta y siento que mis preocupaciones son ridículas ante tanta grandiosidad.

Poco a poco me fui creando un halo de indiferencia y de incomprensión. Mis compañeros me veían como alguien arrogante y autosuficiente, pero lo cierto es que a mí no me molestaba esa imagen, más bien me agradaba, me mantenía apartado de ellos y de sus huecas existencias que se repetían infinitamente sin asomo de evolución. Sentirme aislado nunca antes me había gustado, la sociabilidad había sido una de mis más notables características, al menos eso había pensado siempre. Pero ahora todo lo sentía distinto, todo me era ajeno, sólo la inercia conducía mi vida días tras día, cualquier resquicio de voluntad se había perdido muy dentro de mí. Cualquier actividad cotidiana representaba una carga que a duras penas lograba soportar. No, no entendía la crisis que atravesaba, no podía descifrar las causas, aparentemente no las había, tenía todo lo que había deseado siempre: un trabajo que me tendría que satisfacer plenamente, una pareja de la que debería estar enamorado, una familia y unos amigos que podrían colmar el resto de mis necesidades afectivas, una salud extraordinaria... Pero algo fallaba, y fallaba en mí.

La noche se desliza por el cielo repartiendo guiños luminosos que quedan anclados en la inmensa bóveda negra. La brisa del mar llega hasta mi cara para acariciarla, refrescando mis ojos cansados que, agradecidos, devuelven al océano dos lágrimas que resbalan por mis mejillas para acabar precipitándose por el acantilado que tengo al borde de mis pies. Y empieza a llover, primero tímidamente, luego desinhibidamente, con fuerza, empapando la tierra, calándome hasta el alma, pero tampoco me importa, me gusta notar su poder, sentirme diminuto, casi invisible.

Una mañana en que me desperté con una extraña mueca de ironía imborrable en mi rostro, en cuanto llegué, muy tarde, al gabinete, me dirigí al despacho de la directora, y allí la encontré enfrascada en su afición favorita durante la jornada laboral, hablar por teléfono durante horas con su trigésimo cuarto novio (se rumoreaba que los treinta y tres anteriores no pudieron superar una extraña neurosis que les hacía temblar espasmódicamente en cuanto oían un teléfono sonar). Le pedí amablemente que dejara de hablar (¡cuelga el teléfono a ese pobre infeliz!) y a continuación le expuse los motivos para renunciar a mi puesto. Me sentí dichoso en ese momento. Muy dichoso.

Nunca estaba cuando necesitaba compartir momentos importantes, por eso no me extrañó cuando llamé para decirle que había dejado el trabajo y que tuviera el teléfono desconectado. De todas formas su reacción era previsible, me diría que me había vuelto loco y que aquello no era muy inteligente, que había que ser más frío y sensato, algo muy paradójico en una persona inmadura y ególatra, que necesitaba sentirse admirada en todo momento y cuyas traiciones se leían en su expresión de culpabilidad cada vez que me decía lo mucho que me quería, cada día más... Mejor que no estuviera, me haría sentir solo y perdería el instante de felicidad que estaba viviendo.

Mi mirada se pierde en el horizonte, en realidad ya no veo, no sólo porque la lluvia es intensa sino porque mi pensamiento no está conmigo, vaga en el pasado, me hace revivir mis últimos días, muchos días. Empiezo a temblar, llevo mucho tiempo bajo el agua fría. No me gusta el frío. Mi vida ha sido fría. Basta dar un paso, apenas un paso, y todo dejará de ser frío, mi cuerpo se fundirá con el mar docenas de metros más abajo en un abrazo eterno y hermoso. Apenas un paso. Sí, he de darlo.

Tampoco quería volverme a encontrar con mis fantasmas del pasado, ya casi olvidado, con todos esos amigos que siempre buscaban desesperadamente mi compañía para risas y fiestas, para consuelos y ayudas, esos amigos que no podían vivir sin mí cuando requerían diversión o alguien que los escuchase atentamente en los momentos bajos. Esos amigos que cuando me notaban con la mirada perdida y el semblante triste no hacían otra cosa que buscar una compañía más agradable. No, ya no quería compartir mi momento de dicha con mis amigos. Esta vez sería egoísta con ellos.

Caminé por las calles aquella mañana. Caminé mucho, sin dirección concreta, sólo caminaba. No tenía trabajo, no tenía amigos, ya no quería tener a mi pareja. Mi familia, mi familia sólo veía en mí al ser caprichoso que mimó durante años, y que un día ansiaba ser médico y al siguiente tenía una vocación muy marcada de actor. Paseé por plazas que eran parte de mi historia, me senté en cafés habituales para mí, saludé a muchas personas que habían crecido conmigo. No me gustaba la monotonía, no la soportaba. Necesitaba un cambio, un gran cambio, y ahora ya había empezado a mover las fichas para materializarlo. Aquellas horas serían las últimas de aquella vida, de mi vida. Y mis pasos me llevaron hasta la costa al atardecer.

La tormenta cesa lentamente, las gotas se hacen ligeras hasta desaparecer. Mis pies se hunden en el fango, pero ya no siento frío, sólo una sensación de quietud me invade, ya todo acaba, el frío, la indiferencia, el egoísmo, las mentiras, todo va a quedar atrás en unos momentos. Las nubes se abren. Un cielo glorioso se extiende ante mí. He de partir. Ya nada me espera, pero todo me aguarda. Ahora empezaré a vivir de verdad. Sólo tengo que girarme y alejarme de este lugar.

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