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De repente el viento sopla con más fuerza, parece
que intenta gritar lo que mi voz calla. Pero nadie escucha
al viento. La gente pasea por la avenida pensando en silencio
o charlando con quien tiene al lado, y sólo ve un
mar embravecido agitando las olas caprichosamente, como
un niño que juega indolente con el agua de un estanque.
La tormenta se acerca a la costa tan deprisa como se desata
en mi cabeza.
Llevaba tres semanas en el gabinete cuando me di cuenta
de que, una vez superado el período de adaptación
que conlleva todo cambio laboral, aquello no era lo mío.
Se suponía que tenía que sentirme poco menos
que eufórico por aquel ascenso después de
tanto tiempo luchando por él. Pero no, no sólo
no estaba eufórico sino que empezaba a estar francamente
incómodo con situaciones cotidianas en mi nuevo entorno
socio-laboral. De mis compañeros no entendía
sus conversaciones, aparentemente tan amenas, no me parecía
sincera su cordial camaradería ni sus buenas intenciones
de ayuda, como tampoco me creía su preocupación
por mi adaptación al recién estrenado medio
(como si yo fuera un animal arrancado salvajemente de su
hábitat para ser encerrado en un zoológico).
Creo que fui plenamente consciente de este malestar cuando
aquella chica, tan encantadora, a la que nada más
ver comparé con un híbrido de azafata de concurso
televisivo entradita en carnes y de ventrílocua que
ha asimilado la personalidad de uno de sus muñecos,
se me acercó para darme la bienvenida, diciéndome
que podía sentirme en familia, que todos eran personas
sencillas como ella (entonces simples, pensé), que
si me encontraba a gusto en el despacho, y un sinfín
de incursiones con poca táctica y ninguna sutileza
en mi persona. Tuve que hacer un esfuerzo titánico
para controlar mi pensamiento y que no aflorara en forma
verbalizada, y al final lo logré, pues sólo
emití una lacónica excusa de prisa y cansancio
(ya sabes, la tensión de los primeros días...).
Grandes y grises nubarrones esperan apacibles el dichoso
instante en el que el helado viento los acaricie, invitándoles
a esparcir su precioso tesoro cristalino por la costa espumosa.
La magnanimidad de la naturaleza todo lo vuelve insignificante,
hasta las más extraordinarias y sofisticadas obras
del hombre; en este atardecer contemplo la formación
de la tormenta y siento que mis preocupaciones son ridículas
ante tanta grandiosidad.
Poco a poco me fui creando un halo de indiferencia y de
incomprensión. Mis compañeros me veían
como alguien arrogante y autosuficiente, pero lo cierto
es que a mí no me molestaba esa imagen, más
bien me agradaba, me mantenía apartado de ellos y
de sus huecas existencias que se repetían infinitamente
sin asomo de evolución. Sentirme aislado nunca antes
me había gustado, la sociabilidad había sido
una de mis más notables características, al
menos eso había pensado siempre. Pero ahora todo
lo sentía distinto, todo me era ajeno, sólo
la inercia conducía mi vida días tras día,
cualquier resquicio de voluntad se había perdido
muy dentro de mí. Cualquier actividad cotidiana representaba
una carga que a duras penas lograba soportar. No, no entendía
la crisis que atravesaba, no podía descifrar las
causas, aparentemente no las había, tenía
todo lo que había deseado siempre: un trabajo que
me tendría que satisfacer plenamente, una pareja
de la que debería estar enamorado, una familia y
unos amigos que podrían colmar el resto de mis necesidades
afectivas, una salud extraordinaria... Pero algo fallaba,
y fallaba en mí.
La noche se desliza por el cielo repartiendo guiños
luminosos que quedan anclados en la inmensa bóveda
negra. La brisa del mar llega hasta mi cara para acariciarla,
refrescando mis ojos cansados que, agradecidos, devuelven
al océano dos lágrimas que resbalan por mis
mejillas para acabar precipitándose por el acantilado
que tengo al borde de mis pies. Y empieza a llover, primero
tímidamente, luego desinhibidamente, con fuerza,
empapando la tierra, calándome hasta el alma, pero
tampoco me importa, me gusta notar su poder, sentirme diminuto,
casi invisible.
Una mañana en que me desperté con una extraña
mueca de ironía imborrable en mi rostro, en cuanto
llegué, muy tarde, al gabinete, me dirigí
al despacho de la directora, y allí la encontré
enfrascada en su afición favorita durante la jornada
laboral, hablar por teléfono durante horas con su
trigésimo cuarto novio (se rumoreaba que los treinta
y tres anteriores no pudieron superar una extraña
neurosis que les hacía temblar espasmódicamente
en cuanto oían un teléfono sonar). Le pedí
amablemente que dejara de hablar (¡cuelga el teléfono
a ese pobre infeliz!) y a continuación le expuse
los motivos para renunciar a mi puesto. Me sentí
dichoso en ese momento. Muy dichoso.
Nunca estaba cuando necesitaba compartir momentos importantes,
por eso no me extrañó cuando llamé
para decirle que había dejado el trabajo y que tuviera
el teléfono desconectado. De todas formas su reacción
era previsible, me diría que me había vuelto
loco y que aquello no era muy inteligente, que había
que ser más frío y sensato, algo muy paradójico
en una persona inmadura y ególatra, que necesitaba
sentirse admirada en todo momento y cuyas traiciones se
leían en su expresión de culpabilidad cada
vez que me decía lo mucho que me quería, cada
día más... Mejor que no estuviera, me haría
sentir solo y perdería el instante de felicidad que
estaba viviendo.
Mi mirada se pierde en el horizonte, en realidad ya no
veo, no sólo porque la lluvia es intensa sino porque
mi pensamiento no está conmigo, vaga en el pasado,
me hace revivir mis últimos días, muchos días.
Empiezo a temblar, llevo mucho tiempo bajo el agua fría.
No me gusta el frío. Mi vida ha sido fría.
Basta dar un paso, apenas un paso, y todo dejará
de ser frío, mi cuerpo se fundirá con el mar
docenas de metros más abajo en un abrazo eterno y
hermoso. Apenas un paso. Sí, he de darlo.
Tampoco quería volverme a encontrar con mis fantasmas
del pasado, ya casi olvidado, con todos esos amigos que
siempre buscaban desesperadamente mi compañía
para risas y fiestas, para consuelos y ayudas, esos amigos
que no podían vivir sin mí cuando requerían
diversión o alguien que los escuchase atentamente
en los momentos bajos. Esos amigos que cuando me notaban
con la mirada perdida y el semblante triste no hacían
otra cosa que buscar una compañía más
agradable. No, ya no quería compartir mi momento
de dicha con mis amigos. Esta vez sería egoísta
con ellos.
Caminé por las calles aquella mañana. Caminé
mucho, sin dirección concreta, sólo caminaba.
No tenía trabajo, no tenía amigos, ya no quería
tener a mi pareja. Mi familia, mi familia sólo veía
en mí al ser caprichoso que mimó durante años,
y que un día ansiaba ser médico y al siguiente
tenía una vocación muy marcada de actor. Paseé
por plazas que eran parte de mi historia, me senté
en cafés habituales para mí, saludé
a muchas personas que habían crecido conmigo. No
me gustaba la monotonía, no la soportaba. Necesitaba
un cambio, un gran cambio, y ahora ya había empezado
a mover las fichas para materializarlo. Aquellas horas serían
las últimas de aquella vida, de mi vida. Y mis pasos
me llevaron hasta la costa al atardecer.
La tormenta cesa lentamente, las gotas se hacen ligeras
hasta desaparecer. Mis pies se hunden en el fango, pero
ya no siento frío, sólo una sensación
de quietud me invade, ya todo acaba, el frío, la
indiferencia, el egoísmo, las mentiras, todo va a
quedar atrás en unos momentos. Las nubes se abren.
Un cielo glorioso se extiende ante mí. He de partir.
Ya nada me espera, pero todo me aguarda. Ahora empezaré
a vivir de verdad. Sólo tengo que girarme y alejarme
de este lugar.
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