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ORÁCULO DE DELFOS


Roberto Cejas
robertocejas@iespana.es

Nosce te ipsum. Conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses. Es la frase que está esculpida en el pórtico y da la bienvenida cuando se accede al templo de Apolo. Varias leyendas y acontecimientos históricos rodean a este emplazamiento, tan enigmático y que tanto peso ha tenido en las grandes decisiones de la antigua Hélade, a través de consejos ambiguos y profecías autocumplidas. Su consejo era de vital importancia en los avatares bélicos y en el futuro de Grecia.

Emplazado en la cordillera Parnaso, era considerado el centro del mundo. Así es como aparece en el primer mapa que se conoce, creado por Anaximandro sobre el año 600 a.C.

Aunque fue Gaia quien habitó el templo en tiempos micénicos, no fue hasta Apolo cuando obtuvo una relevancia inigualable, quien se apoderó del recinto después de haber dado muerte a la serpiente Pitón. De esta forma el dios del cielo Apolo sustituye a la diosa de la tierra Gaia. Es el dios de la música y de la belleza, de la poesía y de los augurios.

Sólo es factible contactar con él en determinados días y mediante un ritual. Pero esto se hace a través de un médium, la sacerdotisa Pitia. Es ella quien nos pone en contacto con el dios. Para ello debía realizarse un lavado ritual, se le ofrecían animales en sacrificio como ovejas o cabras y una cantidad fija de dinero, el pélanos. Entonces se sienta en el trípode de Apolo y, fuera de la vista de los interesados, contesta las preguntas que le van formulando. Pero todo ello entre convulsiones y movimientos frenéticos.

El oráculo era consultado por multitud de razones. Podía ser para averiguar cuándo sería el mejor momento para partir a determinadas tierras, qué hacer en determinada batalla o sobre alguna cuestión puramente personal, como cuando Querefonte preguntó si había alguien más sabio que Sócrates, siendo la respuesta negativa. Pero Apolo no se dejaba entender fácilmente. Sus dictámenes eran ambiguos y se prestaban a diferentes interpretaciones. Por ejemplo, el rey Creso de Lidia fue un día a consultar a la Pitia. Ésta le dijo: “Creso, si cruzas el río Halis, destruirás un imperio”. Y no se equivocó cuando se enfrentó al persa Ciro. Efectivamente destruyó un imperio, el suyo.

Así eran las sugerencias y las afirmaciones de Apolo, enigmáticas e imprecisas.

El dios no habla ni oculta, sino que indica , según Heráclito.

Cuando el persa Jerjes tenía pensado invadir Grecia, los griegos fueron en busca de las palabras de Apolo, y éste le profetizó lo siguiente: “Gran desastre el que se avecina, sólo os salvaréis si os resguardáis tras un muro de madera”. El sutil Temístocles lo interpretó como que el muro era el casco de sus naves. De esta forma desalojó Atenas y se resguardaron en lo barcos. Atenas, aunque vacía, fue arrasada contundentemente por los persas. Aún así, los griegos salieron victoriosos de la batalla de Salamina. Una vez más, la imaginación interpretativa ayudó a que todo saliera según los planes de Apolo.

Ahora hablemos de la pitonisa. Esta sacerdotisa entraba en trance en los momentos en que debía ofrecer un vaticinio, en un estado de ánimo propio de médiums. No se sabe por qué, aunque hay algunas explicaciones. Ya Plutarco o Estrabón decían que del suelo emanaban vapores que la hacían entrar en contacto con la divinidad mediante delirios.

Posteriores investigaciones pretenden confirmar este hecho. El geólogo Zellinga de Boer, de la universidad norteamericana de Wesleyan, realizó una conferencia en la que expuso que el monte Parnaso, emplazamiento del oráculo, está situado sobre una gran fractura geológica subterránea. Según él, debieron filtrarse gases hidrocarburos e hidrosulfuros, como metano o etano. Estos gases pudieron ser los culpables de los estados propios de la Pitia.

En todo caso, el debate sigue abierto y los empeños en elaborar diferentes teorías que nos expliquen aquellos hechos nos demuestra hasta qué punto fue importante este oráculo en el destino de Grecia.

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