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  Guías culturales

TROYA


Roberto Cejas
robertocejas@iespana.es

Timeo danaos et dona ferentes –temo a los griegos aun cuando me traen regalos. Son las palabras que Virgilio pone en boca del sacerdote troyano Laocoonte en el momento en que los griegos dejan su famoso caballo a las puertas de Troya. Los troyanos ignoraron su consejo de no aceptar tan inusitado presente y vieron inocencia en el gesto de sus enemigos.

Una vez convencidos de que habían muerto Aquiles y Áyax, los guerreros de élite griegos, percibieron cierta derrota y pleitesía por parte de los enemigos. Con este gesto, creían, desistían de la toma de Troya.

Pero los griegos permanecían ocultos en una isla cercana, mientras un grupo de guerreros, liderados por Odiseo – creador del ardid y rey de Ítaca-, se cobijaban en el vientre del caballo. Para alejar todo tipo de suspicacias justificadas, Helena emuló las voces de las mujeres de los griegos. Aunque los guerreros se sobrecogieron, resistieron la tentación de reunirse con sus supuestas esposas y consiguieron su objetivo. El final de la histora ya la conocemos: cascos destrozados, espadas que chirrían, sangre, incendios… los griegos arrasan Troya contundentemente.

Esta artimaña se narra en la Odisea de Homero, poeta del siglo VIII a.c. y mentor de toda la literatura occidental posterior. Pero aunque lo que se narra es mezcla de tradición y creación literaria, no son pocas las personas que han querido ver huellas históricas entre los versos.

Homero describía Troya como un poderoso emplazamiento del final de la Edad de Bronce. Próspeara, ventosa y sagrada . Para los griegos no había duda sobre la veracidad de su existencia. El historiador Tucídides, cuyos textos son datados sobre el año 400 a.c., relata la guerra con rigor histórico. Sólo se entreven sus dudas en lo que se refiere a la magnitud de la batalla. Sin embargo, su testimonio debe ser relativizado y contextualizado, puesto que escribió 850 años después de los acontecimientos. Lo mismo

ocurre con Homero, cuyos versos vieron la luz 400 años después. Heródoto, por su parte, aventuró una fecha para la guerra: 1250 a.C.

En todo caso, fue tanta la veracidad que surgía de la pluma de Homero, que investigadores y arqueólogos tomaron al pie de la letra sus observaciones y descripciones. Schliemann fue el protagonista de esta historia arqueológica. Creció junto a las historias y aventuras homéricas que su padre le explicaba cuando no tenía más de siete años. Y con él creció también la obsesión que le acompañaría el resto de su vida: encontrar el emplazamiento histórico de Troya.

Nacido en una familia humilde, con el tiempo pudo ir amasando fortuna en el negocio internacional, hecho que le llevó a retirarse y dedicarse al sueño de su vida. Aprendió multitud de idiomas –entre ellos el griego para poder leer a Homero en su idioma original- y, después de algún intento fallido en su búsqueda por tierras de Constantinopla, se propuso excavar Hissarlik, colina turca que conecta el mar negro con el Egeo. Por aquel entonces corría el año 1870.

Dejándose llevar por su avidez histriónica, Schliemann excavó el terreno azarosamente junto a su séquito de 120 hombres y, puesto que no poseía una formación específica que le orientara en el procedimiento y la técnica arqueológica, destrozó parte de los estratos y testimonios materiales. Tampoco se sabe con seguridad la procedencia exacta de determinados objetos, ya que no utilizaba ningún procedimiento de clasificación y documentación.

En su aciaga búsqueda hayó en lo que él llamó palacio de Príamo, en 1873, un tesoro de más de diez mil objetos: collares, diademas, puntas de lanza, copas, etc, situado en el segundo nivel, esto es, Troya II. Se cuenta que le brindó una diadema a su mujer, Sophie, y en una cortina de lágrimas le dijo: “Cariño, luces la corona de Helena de Troya”. No hay que olvidar que excavaba con Homero debajo del brazo y se guiaba por los derroteros que le susurraba la Ilíada y la Odisea.

No es seguro que las piezas fueran encontradas en el mismo nivel, ni tampoco si realmente halló de un solo golpe de pala el conjunto de objetos o fue fruto de una acumulación constante y secreta.

Pero se equivocó. Dörpfel, en 1893, demostró que la Troya de Homero era la situada en el sexto estrato, por lo que el supuesto tesoro de Schliemann era mil años más antiguo. Efectivamente, según los historiadores es la Troya VI la que reúne los requisitos para la candidatura a la Troya homérica, porque, entre otras cosas, se buscaba una ciudadela que hubiera sido devastada inesperadamente y, además, concordaba con los adjetivos utilizados por Homero en su poema. Esta Troya, puesto que se han contabilizado nueve, ha sido datada como perteneciente a los años 1300-1250 aprox. El hecho de que se hable de nueve Troyas, expresadas mediante números romanos, corresponde a que fue reconstruida en diferentes etapas, originando de esta forma capas superpuestas de ciudadelas.

¿Pero qué fue del tesoro de Príamo? Cuando la segunda guerra mundial veía su fin, en 1945, eran pocas las piezas que quedaban del tesoro, y ninguna de ellas pertenecían a las exhumadas por Schliemann en sus excavaciones. Se perdieron en el entramado geográfico y después de varios años fueron muchos los rumores que circularon sobre su verdadero paradero. En 1993 se confirmó su localización: en Rusia, en el museo Pushkin de Moscú, donde había sido llevado desde Alemania. De esta forma, pasó cerca de medio siglo hasta que el público pudo ver de nuevo su aparición en escena.

¿Pero fue realmente Schliemann el descubridor de Troya? Schliemann era ególatra y no vacilaba en utilizar argucias para conseguir lo que se proponía. Mentiras, sobornos y excentricidades configuran la imagen de su leyenda negra. Pero aparte de su novelada vida, que él mismo se encargó de forjar con sus interminables biografías, contribuyó de forma decisiva en el avance arqueológico del descubrimiento de Troya. Pero justamente porque reunía dos requisitos: fortuna para llevar a cabo el proyecto y, no menos importante, el convencimiento de la veracidad histórica de Troya.

Sin embargo, debemos ser justos y no dejar en las sombras a Frank Calvert. Convencido de que la legendaria ciudad descansaba en la colina de Hissarlik, inició el proyecto de excavación con fondos del museo británico. Localizó restos importantes del templo de Atenea y vestigios de Troya VI, pero los fondos y los recursos que disponía no eran suficientes para avanzar el proyecto. Más tarde una figura desconocida y aficionada a la arqueología, Schliemann, se encomendó la tarea de dejar su huella para la posteridad. Aún así, no hay que olvidar quién formó el primer cúmulo de arena extraída de Troya.

El final de Troya es otro de los grandes enigmas de la historia. Si hacemos caso a la mitología, fue el griego Paris el que obtuvo los favores de Helena, mujer del rey espartano Menelao. Ésta le acompañó a Troya, provocando la ira de los griegos, quienes inciaron una larga guerra contra ellos para salvar, entre otras cosas, la dignidad del rey de Esparta.

Sin embargo, las investigaciones señalan que pudo haber una guerra directamente relacionada con la envidiable localización de Troya, que poseía salida inmediata al mar, permitiendo un fructífero comercio marítimo. En todo caso, no se debate si fue una guerra la que acabó con la ciudad, sino la magnitud de ésta, como el mito nos la muestra.

También hay indicios de que pudo haber sido un seísmo el que pudo acabar con la vida de esta legendaria ciudad y posteriormente fuese reconstruida.

Sin lugar a dudas, es uno de los emplazamientos que más magia y controversia ha generado a su alrededor y, puesto que es muy difícil separar la mitología de la historia, seguirá provocando encendidos debates.

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