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  Guías culturales

RELATOS


Por Rosa María Alemán Díaz
rosaela__@hotmail.com


LA GALLINA Y EL CHACAL

En lo alto del corral, una gallina, su canto proclama. – No esperará que le aplaudamos cuando acabes con esos bramidos, su excelencia. ¿Quién crees qué eres? ¡Baja ahora mismo!-. La increpó el gallo.

Pero, lejos de amilanarse, ella, su voz agudiza, hasta que vio agazapado tras un mato a un chacal, que a escucharla no venía. Asustada corrió a casa del amo pensando que la acogería, aunque, para su sorpresa, con la escoba la despedía.

Deprisa, la gallina, alcanzó los establos, auque, con sus abucheos, a por viento la convidaron los demás animales. Sin otra salida, y, de vuelta al corral, en el momento de alcanzar la puerta, entre sus dientes, la encajó el chacal, que complaciente se alejó del lugar.

LA RANA Y LA MARIQUITA

Despuntando estaba el sol cuando una rana saltó fuera del agua, a por víveres para la semana. Una mariquita, que la observaba, se ofrece acompañarla. Ante tal descaro, y sin mediar palabra, aligeró sus saltos la rana, alejándose de quien ocioso revolotea donde nadie le llama.

ESOS ANIMALITOS

Apenas le faltaban unos pasos a un viejo ciervo, que llegaba desfallecido, para alcanzar la orilla del río cuando se desplomó. Observándole desde lo alto se encontraba un buitre, una zorra tras un matorral y un coyote más allá, aunque pronto se sumaron otros comensales más.

-¡Benditos dioses!, no han sido en vano mis plegarias. Días son los que ando tras él, y cómo buena presa bajo mis garras ha venido a caer, así que, por favor, -con un tono bastante severo- retiraros de la plaza, la feria se da por finalizada-. Entusiasta se mostraba el buitre, no en vano había tomado primero la palabra.

-¡Ja! A estas alturas y con esas necedades, aquí no hay ruegos que suenen, ni a callar se adhieren los truenos. Esto ha caído en territorio de nadie y al reparto nos debemos-. A duras penas propuso el coyote, ante tan suculento manjar.

-No hay plegarias ni razones que consuelen la pena de una madre. Entre todos debéis alzarlo hasta mi morada. Son muchos los días que mis cachorros no se llevan nada a sus bocas, y por si fuera poco, el frío anda cerca y no tengo nada en la despensa. ¡Pobre de mí! ¿Qué será de nosotros?-. Desconsolada, se prodigaba la zorra con labia y lamentos.

-Bueno, bueno, no es para ponerse así mujer, algo se podrá hacer por los más necesitados, después de todo,… se le ve bastante hermoso-. Volvió a plantear el buitre, viendo que la cosa se complicaba, pues cada vez eran más los ojos que se añadían al banquete, y ante tal necesidad optó por congratularse con la zorra.

-Será mejor que lleguemos a un acuerdo a través de un consenso o buscar otra forma de aclarar esto, pues de todos es conocido y sabido que las lenguas no engendran, que se requiere de otras respuestas-. No conforme el coyote, y ante la posibilidad de que el buitre y la zorra se liasen, pidió, entre los asistentes, otra opinión. En esto, se acerca un halcón que desde que divisó al buitre le seguía, con la seguridad que algo él alcanzaría.

-No sé, no sé, que pensará el resto de vuestras alegorías…, pero, si a la existencia nos remitimos, desligándonos de sentimentalismos, imaginaciones u otras mercaderías, la realidad es que todos tenemos derecho, puesto que está en juego nuestras vidas, no es el alimento, por estos lugares, lo mejor que se prodiga-. Mientras que hablaba, el halcón miraba cómo los animales se iban acercando al lugar donde había caído el ciervo, que, ya, en pie, se adentraba en el río. Atónitos quedaron cuando vieron que su reñida comida, con la corriente, desaparecía.

EL GAVILÁN Y EL MERCADER

De un puesto del mercado, un gavilán, una pieza de carne sustrae y tras pasarla a su compinche, antes de que el puestero la echara en falta, en la voz de alarma se evade.

-¡¡Al ladrón, al ladrón…!!- Grita, mientras que un atolondrado burro el hocico contrae, ya que a la llamada del gavilán, de diferentes especies, derechos hacía él, más de cien animales le caen, y sin más diligencia, a patadas y picotazos lo deshacen.

Ante tal hazaña y como muestra de gallardía, ofrecérselo al gavilán querían, pero del ladrón ya nada se sabía. Dándose cuenta el mercader de tal pendenciaría, con estas palabras les despedía.

-De qué os sirvió dar fe a las palabras de un desconocido, si al silencio de otro matasteis con tanto ahínco.

ENTRE COLEGAS

A las puertas de una iglesia pasaba sus días un chucho pedigüeño, alabando a los dadivosos y maldiciendo al hambriento. Y, en uno de esos momentos de los que jamás se echan en falta, por la escalera del templo resbala, donde sus huesos en la cuneta recalan

- Tu cuerpo vino a dar con lo único que sabes tratar-. Le vocifera, de lejos, otro colega sin poderlo remediar.

EL MONO Y LA ARDILLA

Casado estaba un mono con una ardilla y cuando, de trabajar, regresaba a casa la husmeaba, para ver en que gastaba el tiempo su amada. Al no encontrar nada que la acusara se dedicó a dejar mondaduras de fruto, allí donde le cuadraba, pero ella cuando limpiaba en el mismo lugar las dejaba. Hasta que un día él le dijo mientras almorzaban.

-Durante mi ausencia, ¿pasas muchas horas fuera de la casa?... No me gustaría que… la descuidaras…

-Sabes que sólo por las compras, sufre mi ausencia nuestra morada-. Melosa le contesta, con rubores en la cara. –Ahora, si pretendes sanar alguna falta, no siembres allí donde la cosecha defrauda-. Terminó de decir la esposa, soltando los cubiertos y abandonando la estancia.

EL CABALLO Y EL POTRO

Estaba un caballo bebiendo agua en el abrevadero cuando, a pedir consejo, un potro de mula se le acerca.
-¿Qué he de hacer para conseguir tal brío y estilizada belleza?-. Le pregunta con cierta torpeza y algo de recelo
-Diligente podrás ser si atención debida prestas, aunque no esperes más de lo que te confiere la naturaleza-. Le contesta el caballo con gran presteza.

EL OSO

Creciéndose un oso ante tan insultante belleza que en el bar entraba comenzó a dar bramidos con toda clase prosa poética que al sentido le asaltaban. Más no contento porque la hembra ni caso le prestaba espectó al barman solicitando la música que en el local faltaba. En vista del poco o nada de éxito que lograba, a ver como la joven después de tomarse un café se alejaba, dejando atrás su osadía, resoplando y alzando la copa de entre sus labios se le escapaba:

- “No hay nada como el buen vino, cualquiera que sea su edad una sonrisa te deja escapar”.

EL HOMBRE Y EL TORO

Enzarzados estaba un hombre con un toro, el cual estaba dando como conocimiento la escasez de bravura que fomentaban los animales con cuernos, queriéndole demostrar la valentía de los que carentes de ellos se defendían con uñas y dientes. A lo cual el toro le contesta:
- Nunca habéis pasado de meras fieras, no hay más que veros para saber que sin razón despellejáis muy bien como dijerais y con ella sólo requerís de la lengua.

EL CABALLO Y LA MOSCA

De camino a casa de su hermana, una mosca se acomoda, esta vez, al lomo de un caballo, que nada más sentirla, contrariado le dice:
-¿De qué te sirve ir provista de alas si te vas aprovechando del paso de los qué por tu lado se van cruzando?
A lo que ella, sin reparo, le contesta.
-De bien poco valdría mi existencia si no me aprovechase de lo que me brinda la naturaleza.

EL GAMO Y LAS HIENAS

Al Abrigo de una cueva, mientras llovía, un gamo se guarecía, sin percatarse que toda una familia de hienas allí residía.
-Pasad, pasad, y colocaos al calor de la lumbre que… el frío arrecia-. Con cara de alma cándida se apresuró a decir una de ellas.
Descolocado, el gamo hasta el calor llega, y convidado por los anfitriones a su mesa se acerca. Aunque, una vez recuperado, con un disimulado interés y cautela les propone ver los bienes que apilados tienen en una pared.
– Queridos sois… de la suerte, hay que ver cuantos tesoros… tenéis. ¿Por qué no me enseñáis cuantas cosas bellas poseéis?
Distraídas y sin prisas, con suculentas anécdotas y gazapos muéstrales ellas sus reliquias. Y en el momento que orgullosas y enredadas buscan a quien atribuirle una de sus gestas aprovecha el gamo para poner fin a la fiesta.

LA GACELA

La estrofilla de una balada, en casa, cantaba que cantaba una joven gacela. Sucedió que un día, a los pies de su puerta, el amor tronó, pero ella no lo escuchó.

EL ELEFANTE

Un joven elefante sin vocación de discípulo se presentó ante su padre con el firme propósito de abandonar el hogar e ir en busca de fortuna. Mas su padre sin querer matar su devoción, ni hacer ninguna ecuación, se acercó a una estantería y tras coger un pequeño libro de fabulillas, de él le leía:
-Un hombre, albergando la esperanza de alcanzar la paz, se alejó de la vida urbana entregando su cuerpo a un solitario manglar, pero por ciertas privaciones y añoranzas, que al cuento no le van, en su retorno esta estrofilla se le escuchaba cantar:

Cualquier lugar es bueno
Para cultivar cuanto se pude soñar.

LA VACA Y EL TORO

Entrando en casa, de vuelta del mercado, una vaca, con un humor de puro animal, encontró que su marido, el toro, había llegado antes de lo habitual y como uso y costumbre, volcado panza arriba cual vegetal.
-Hay que ver como anda el patio, pues no creerás que una ramplona con carita de alma cándida intenta retenerme para que comprara no sé que barbaridad. ¡Uf, vaya una costumbre de tratarnos a todos por igual! ¡Eh! ¿Tú qué?, a patas sueltas, como cañas en un pastizal. Por lo que veo ni por llegar antes o después, te despojas de esos anillos y cadenas que te esclavizan a lo que la tele te de, y a la casa ¡qué le den!, ¿no?
- Tú… como siempre… con esas brechas majaderas en la cabeza que no te dejan descansar bien. Anda mujer ven a ver la película de humor que están poniendo, a ver si te calmas un poco. Es buenísima… y con unos actores. ¡Vamos!, de primera.
-¿Actores de primera? ¡Con esas a mí… vas listo! ¿…Y, cómo clasificarías nuestra tragicomedia? Hay que ver con que cosas entretienen hoy a la categoría. Si no hay más que mirarnos para saber que todos somos actores por excelencia, de teatro en casa… y, por supuesto,…de cine fuera de ella.

LA GAVIOTA Y EL PAJARILLO

Entre unas zarzas, que al filo de un peñasco colgaban, merodeaba un pajarillo, que con temor y dulzor se regocijaba mirando las jugosas frutas silvestres que allí se criaban.
- No hay razón para mirada tan prieta, que con la agilidad que promulgas no te será difícil acceder a ellas-. Se apresuró a decirle una gaviota, saliendo de la gruta donde expectante estaba, viendo peligrar la presa.
- Lejos de amilanarse o darse por aludido, apurando el vuelo, por donde había venido, se pierde el pajarillo.


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