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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

RELATOS


Por Rosario Ruiz Ortiz
rosario.ruiz.ortiz@juntadeandalucia.es


GRANDEZA

1º premio de adultos, prosa, en el “II Concurso Literario” de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Estaca Sevilla
RGPI: 04/2004/1146

Nació cuando un año nuevo comenzaba. ¿Fue grande, pequeño?¿tranquilo, inquieto? No lo sé. Lo que sí sé es que a pesar de la fecha de su nacimiento, no hacía frío aquel día, ni los anteriores, ni los posteriores. El clima cálido de su país le dio la bienvenida, expresándole sus mejores deseos de felicidad. Desde lejanos lugares se decidió que su vida comenzaría en aquel escondido rincón de Venezuela. Y allí vino al mundo, ¿tercero, cuarto? de una “familia”... bueno, diré solo que vino al mundo. Toda la agitación interior que sintió por su próximo nacimiento, toda esa expectativa, esa alegría, se fue desvaneciendo con los días, con los meses, con los años.

¿Qué pasa? ¿Es que no lo entienden? Estoy aquí, ¡Ya estoy aquí¡. Pensé que os alegrábais. Os necesito. Tengo hambre, tengo sed. Me siento sucio. ¿Es que no hay nadie? ... ¡Oh, sí, gracias¡ ¡Qué felicidad¡ Ahora voy a dormir.

Pero la felicidad se demoraba en llegar. Y poco a poco prefirió dormir para olvidar que no comía cuando tenía hambre, que no bebía cuando la sed acuciaba y su deseo de comunicación se fue transformando en apatía.

¿Para qué saber? ¿Para qué aprender? Es como si nadie me reconociera. Es cierto que no estoy solo. Ya me doy cuenta de que a mi lado hay otros niños, ¿tres, cuatro?. ¿Qué hacemos en ese lugar donde no llega la luz?Bueno, creo que es mejor tirarme en la tierra, quizás comer un poco de ella. Eso tranquiliza mi estómago. No sé qué me pasa. No veo bien. Todo es un poco nebuloso. Claro que aquí no hay luz. Solo la que se cuela por las rendijas, por donde a veces también se cuelan una especie de mamas a donde mis hermanos se agarran con fuerza y succionan hasta quedar satisfechos. Yo también, a veces lo hago, cuando acierto a encontrarlas y entonces una calidez entra en mí a la vez que el alimento.

¿Cuántotiempo pasan así, atendidos desde fuera por vecinas caritativas que introducen biberones por las rendijas de la choza para que él y sus hermanos no mueran de hambre? Pudo ser meses o años.

Un día me sacaron de allí y me fui a vivir a otro lado. ¡Oh felicidad, sentir el viento en mi rostro y el sol en mi piel¡ Aprendí a reír, aunque nunca aprendí a llorar. Ella era buena, anciana, pero fuerte. Cuando trabajaba la tierra hacía conmigo algo muy divertido; me amarraba por la cintura y el otro extremo del mecate lo ataba a su propia cintura y yo la seguía al sentir los pequeños tirones de la cuerda. Caminaba detrás de ella, así practicaba con mis pies y ella no me perdía de vista ni me tenía que llevar de la mano. ¡Epoca maravillosa¡ Comía y me sentía feliz.

Tampoco puedo saber cuánto duró este periodo. Solo sé que la anciana falleció y otra vez vuelta al mismo lugar donde se iba quedando solo, ya que sus hermanos fueron desapareciendo. Uno murió de hambre y los otros dos fueron recogidos por familias.

¿Y yo por qué no? Soy guapo... Sé que no puedo hablar. Las pocas palabras que aprendí desaparecieron de mi memoria. Mi vista está cada vez peor. Me han puesto unas cosas raras con cristales, pero no sé qué hacer con ellas. Me las quito. Un día, no sé cuánto tiempo tengo, me trasladan a un hospital. No estoy bien. Aquellas buenas personas que me cuidaban deciden que el diagnóstico es: HAMBRE. Y eso no requiere un hospital. Solo cuidados amorosos. El papel dice que estoy en tercer grado de desnutrición. Pero regreso al mismo sitio. Ya no tengo muchas ganas de nada. En realidad no entiendo qué hago aquí. Mejor olvidar.

Un día, cuando tiene cinco años, lo vuelven a coger y lo llevan a una nueva choza y allí lo dejan con esta promesa: “Voy a Maracaibo; mañana lo recojo”.

No, no vino mañana, ni al otro; no volvió. Me dejó allí con una tía suya que tampoco me quería. Bueno, al menos cuando hacen arroz, parte del agua de cocerlo, lo echan en un biberón y me lo dan. Hum, está bueno. Pero yo necesitaría algo más. A veces me echan algo de comida, como si yo fuera un perro, pero los verdaderos perrosme la quitan. No tengo más remedio que seguir con la tierra. Allí no duermo en el suelo. Tengo mi propio chinchorro. Es muy pequeñito. Solo ocupa una pequeña esquina de la choza. Es divertido porque he aprendido que si empujo con un pie en la pared de adobe, el chinchorro se mueve, y yo me balanceo. Me gusta. La señora Flor, que así se llama mi nueva cuidadora, solo me aguanta. Espera cada día que regrese mi madre por mí. Soy una carga. Ella tiene un hijo mayor que a veces “se entretiene” conmigo y otras veces me deja sentado en medio de la carretera “a ver qué pasa”. Siempre está borracho. Esta es mi vida. No sé qué más me puede pasar. Todos los días son iguales

Diego se emocionó. Me contó la experiencia vivida aquella tarde, cuando al ir con el cura a visitar varias chozas de los montes, los muchachos que le acompañaban le hablaron de que verían al “monstruito”. El pensó: no quiero ver desgracias. Pero cuando llegó al lugar, se encontró con un pequeño niño rubio, sucio y desnudo que, sentado en la tierra, balanceaba su cuerpo sin cesar, mientras agitaba la cabeza de lado a lado y movía los brazos como aspas de molino. Emitía unos gritos agudos que entraban por el oído y se quedaban allí, martillando el cerebro. Diego alargó su mano para acariciarlo y el niño cogió uno de sus dedos apretándolo con fuerza. Fue como un mensaje directo al corazón. Diego supo en ese momento que no podría olvidarse de él.

Yo tampoco pude olvidar la fuerza de tu mano protectora. Por primera vez supe lo que era sentir una caricia. Fue un instante fugaz porque te fuiste y yo volví a mi soledad, mi tierra y mi chinchorro.

Hablamos. ¿Qué podíamos hacer por él?. Lo principal, llevarle al médico. Nos encargaríamos de eso. La señora Flor no tenía inconveniente. En realidad, se sentía liberada de tanta carga. Antes que nada, comprar ropa. El no tenía ninguna. Estar un poco preparados para recibirlo. ¿Qué le doy de comer? ¿Y si se pone peor? Habrá que ir con precaución. Juntos fuimos a recogerlo... Extraño; ante todo, extraño. Sus ojos ciegos, aunque bellos, no enfocan. Sus ademanes son tan desconcertantes que me da miedo acercarme a él. Con un poco de recelo lo hago y al pasarle la mano por el rostro, recibo un mordisco que me hace retroceder. La señora nos dice que lo va a bañar, y metiéndoselo como un fardo bajo el brazo, lo lleva más lejos, y con una manguera lo riega, lo que le provoca una explosión de alegría.

¡Qué sensación¡ Siento el agua correr por mi cuerpo. ¡Qué momento¡ No me mantengo muy bien sobres mis piernas, pues estoy muy débil, pero disfruto tanto... Aprovecho para abrir la boca y que el agua penetre también en mi interior. ¡Ah¡ fue inolvidable.

En casa, desconcierto total. Es difícil cogerlo porque se retuerce como si cualquier contacto fuera una agresión para él. No sabe comer en cuchara, aunque le tengo preparada una sustanciosa sopa. La ropa tampoco le agrada. Se pega, se retuerce las manos. La noche llega y un nuevo problema. Se tira de la cama dando alaridos. Toda la noche levantados intentando que se duerma.

¿Qué me han hecho? ¿Dónde estoy? Tengo miedo. Estoy asustado. No huele igual. ¿Y mi chinchorro? ¿Qué quiere esta gente? Noooo. Noooooo.

Varios días de lucha. No ve, no oye, no habla. Potenciaremos otros sentidos, como el tacto. Hemos comprado un corralito de bebés y lo tenemos dentro. Al menos, así no se hace daño. Cuando tiene sueño se tiende en el suelo. Cuando va a comer, lo ponemos de pie agarrado a los bordes, pero es otra batalla: tira la cuchara de un manotazo. Ya empieza a tolerar la ropa. Para el baño, a pesar de sus seis años, lo trato como a un bebé. Me lo inspira su menguado cuerpecito. Cuando sale del agua lo acuesto en una mesa, sobre una toalla, lo seco bien, le echo polvos...

¡Qué delicia¡ ¿Por qué me gustará tanto el agua? Tengo un vago recuerdo de haber estado un tiempo inmerso en ella. Es bueno sentirla en la piel. Creo que es el único momento del día en que me siento feliz. No sé quiénes son esta gente extraña para mí, pero cuando sus manos me introducen en el agua y después me secan, me visten... no sé, quizás no sea todo tan malo.

Ensayamos continuamente formas de conectar con Carlos, de llegar a su mente, de comunicarnos. Lo llamamos por su nombre, a veces suavemente, a veces, a gritos. Ninguna reacción. Nada que nos haga pensar que nos oye, ni que le interesamos. Un día, hago sonar una caja llena de cerillas en su oído. Al principio, nada. Pero una de las veces me parece que su mano, baja, inicia un tímido movimiento, apenas perceptible. Repito con esperanza, pero el milagro no se produce. Se lo comunico a Diego y volvemos a repetir. Nada. Otro día, de nuevo. Y esta vez, sí. Su mano empieza a subir intentando llegar al objeto. ¡Oye¡ ¡Estamos seguros de que oye¡

Qué extraño ruido ¿será para mí? No estaba muy seguro. Por eso no me importaba demasiado, pero tenía curiosidad. Casi lo agarro. Bueno, parece que hay cosas a mi alrededor. Tendré que tener cuidado, no sea que me hagan daño.

El médico no nos da un diagnóstico muy halagador. Piensa que tiene un soplo en el corazón y una lesión cerebral, y nos dice que no esperemos milagros, que no saldrá adelante. A pesar de eso seguimos intentando comunicar con él. Una limpieza de oído y la cura de una otitis, completa su curación auditiva. Su vientre contiene 60 especies distintas de lombrices. También la medicación y el tiempo consiguen acabar con ellas. Ya responde a sonidos dirigiendo su atención al lugar de donde provienen. Pero ningún sonido articulado sale de su boca. Solo gritos y gritos que se oyen desde varias calles antes de llegar a casa. Ya acepta dormir en la cama y que se le tape con las sábanas.

La verdad es que da gusto estar cubierto. Es como un abrazo. No es que me agraden los abrazos. Cuando alguien intenta dármelos me defiendo. Pero las sábanas transmiten como un calor que me conforta, y no hacen daño.

Diego acostumbra a arroparlo cuando lo acostamos, y siempre le dice: “tápate” mientras arregla la ropa de la cama a su alrededor. Un día ocurre algo maravilloso. Entre todas esas sábanas emerge una pequeña vocecita que repite tá-pa-te.

¡He hablado¡ ¿Qué es esto? ¿Qué he dicho? Se me ha escapado. Yo no quería, pero cuando oigo su cálida voz a mi lado, algo se mueve dentro de mí, ¡qué sentimientos más raros¡ Procuraré no volver a hablar. Quizás me haga daño.

Creímos que iba a ser el comienzo de un cambio crucial, pero no, no se volvió a repetir. Los días pasan dando pocas satisfacciones. Solo mucho trabajo, poco descanso y mucha frustración. ¿Por qué no puede ser como cualquier niño? ¿Por qué no tiene sentimientos? Parece más un animalito que un ser humano. No tiene reacciones de persona. Hasta un bebé sonríe a su madre por pequeño que sea. De él no tenemos nada. Ni da cariño ni lo recibe. Es amargante

¿Por qué se enfada tanto esta mujer. Debía estar contenta. No doy trabajo. Solo como y duermo. Son raros. Es cierto que me hacen sentir bien, pero ¿cómo se lo puedo decir? Sé que me están ayudando mucho. Me siento más fuerte. Ella me ha enseñado a andar con mucha paciencia. He aprendido a subir y bajar escalones. Ella se arrodilla delante de mí, y flexionándome la rodilla me hace bajar un escalón. Así, poquito a poco aprendo a hacer cosas nuevas, aunque a veces siento tanto terror que me tiro al suelo gritando. Me siento más seguro ahí, en la tierra. Creo que así no me haré daño. Pero no sé qué esperan de mí. Voy a probar a decir otra palabra que me gusta: LLAVES.

Le encantan las llaves. Se puede estar horas y horas jugando con un manojo de ellas. Quizás sean como un sonajero para él. Otra cosa que le gusta es saltar en la cama, pero no de pie, sino sentado con las piernas cruzadas. Tenemos que vigilarlo de cerca pues más de una vez ha aterrizado de cabeza en el suelo. La verdad es que aunque sigue siendo extraño, pero dentro de su mundo, está haciendo avances, así que hemos decidido no compararlo con ningún niño ni con ningún patrón establecido. El es único. Autista y único. Lo vamos a comparar con él mismo. Cuando llegó a casa pesaba 10`5 Kg. Ahora pesa 13 Kg. ¡Bravo¡ esto es un avance. Lo pongo de pie en el marco de una puerta y voy señalando su altura. También en esto va hacia arriba. Está claro que en estas pequeñas cosas debemos cifrar nuestra felicidad.

Un día Carlos está acostado por la tarde en su cama. Nosotros desde el salón, al lado, le hablamos. Una de las vecesle decimos, por decir algo: Carlos, ven y trae la sabanita. Cual no sería nuestra sorpresa cuando en el dintel de la puerta aparece Carlos arrastrando como puede su sábana.

¡Qué gritos¡ No sé qué les pasaba. ¿No me habían dicho que fuera y llevara la sábana? Pues allí estaba yo. No era para tanto. Pero es verdad que la satisfacción me llenó cuando me abrazaron. Ya he comprobado que no es tan malo, así que me dejo y me gusta. Después papá... ¿Diego?... ¡papá¡ me envolvió en la sábana y me acurrucó entre sus brazos. Desde este día lo repetimos muchas veces. Papá y mamá me llamaban y yo iba.

Se está volviendo un señorito remilgado con su ropa. No sé cómo lo hace pero entiende cuándo algo le sienta bien y cuándo no.

No me gusta nada salir a la calle con pantalón corto. Me recuerda cuando no tenía ropa. Me siento desnudo. En casa puede pasar, pero en la calle no lo consiento. He aprendido a decir “pantalón” y lo repito mientras me toco las piernas de la manera más lastimera posible. Entonces a mamá no le queda más remedio que volver a casa y ponerme un pantalón largo. Ahora sí. Ahora estoy guapo. Todos los días salimos a pasear o a visitar a alguien. Una vez me subieron a un sitio que ellos llaman columpio. No se porqué me hicieron eso. ¡Me querían matar¡ Pero yo grité y me tiré abajo. Espero que no lo repitan. Algo que sí me encanta es cuando mamá me lleva a la playa y nos bañamos en el mar. ¡Qué disfrute. Me encanta el agua. No importa que esté salada. Esa sensación es única. En casa juego en el lavabo todo lo que puedo. El agua es mi elemento.

Hacemos un viaje a Méjico invitados por la familia de uno de los curas de nuestra parroquia. Ellos, gente maravillosa, nos tienen concertada cita para que los mejores médicos vean a Carlos. El diagnóstico es el mismo: autismo. Yo cuento todo lo que hemos hecho en unos meses. Me dicen que fue muy bueno que al principio lo tratara como a un bebé, pues así pudo vivir esa etapa de forma satisfactoria y no como en sus primeros años. Nos dan pautas de comportamiento, pero nosotros creemos que lo bueno es el trato contínuo y aprender de lo que él nos vaya enseñando.

A pesar de los avances, Carlos tiene momentos de gran agresividad. Al principio iba contra él mismo, pero con el tiempo ha aprendido a pegar a los demás.

No sé por qué lo hago. Antes tenía un problema, y es que cuando empecé a darme cuenta de que mis padres existían, no tenía muy claro dónde terminaba yo y dónde empezaban ellos. Cuando necesitaba coger algo que se me había escapado, cogía el brazo de mi madre y lo alargaba para que cogiera el objeto. Quizás por eso les pego a ellos cuando me quiero pegar yo. No sé. Es confuso. A veces es porque quiero explicar algo y no me entienden. ¿Cómo les digo que me duele la barriga? Pues haciendo que sientan el daño que yo tengo. ¿No se hace así?

Los meses han pasado y comprendemos que lo que al principio fue deseos de ayudar a un desvalido, ahora se ha convertido en amor y nos planteamos la adopción. Si no es así, ¿qué hacemos? ¿devolverlo al mismo lugar? Noooo. Iniciamos el proceso de adopción que se demora casi un año, pero durante ese tiempo Carlos continúa en casa.

He aprendido muchas cosas en este tiempo. Algo que me gusta mucho es lo que mamá llama “hacer música”. Consiste en que yo me siento en sus rodillas y con sus palmas y las mías hacemos un sonido rítmico. También me gusta andar agarrado al lomo de “chispa” la perra. Ella me guía y yo me siento seguro.

Le gusta mucho pasear en coche. Cada día debemos darle un paseo y sus manos se agitan demostrando la felicidad que le produce.

Cuando conseguimos la adopción ya tenemos planes para volver a España por motivos familiares. El viaje de regreso es duro y largo y significa un nuevo cambio para él. Sabemos que va a ser difícil, pero aquí podemos encontrar ayuda sicológica y pedagógica que en Venezuela no teníamos.

Brrrrr, ¡qué sensación más horrible¡ Mi madre dice que “hace frío”. Se ve que ella también lo siente. Pero no lo soporto. Me ponen más ropas, pero ni por esas. Las orejas y la nariz las tengo heladas. Un día intentan abrigarme las manos, pero no, no me dejo. ¿Cómo voy a sentir lo que toco?

En España la familia lo acoge con dulzura y su círculo se va ampliando incluyendo ahora a abuelos, tíos y primos. Empieza a asistir a colegios y a sicólogos que le ayudan a conectar con el mundo. Durante años lo sentimos feliz con esta nueva experiencia y nos esforzamos porque su vida sea placentera dentro del pequeño mundo donde está encerrado.

De todas formas sigue siendo autista y sus comportamientos desconcertantes ponen nuestra paciencia a prueba más de una vez, como cuando lo llevamos a Madrid para visitar a un oftalmólogo, quien al final, no nos pudo dar ninguna solución. Era el mes de Enero y lógicamente iba muy abrigado. Lo malo fue al llegar a la casa donde pasaríamosla noche y Carlos se niega en redondo a quitarse el abrigo, el gorro y los guantes y se pasa la noche sentado en una silla. O cuando Diego falta por unos días de casa y Carlos no quiere irse a la cama a dormir y se queda horas y horas de pie en el pasillo. O un año entero que hubo que darle el almuerzo sentado los dos en el suelo. Estas cosas conforman su carácter autista, pero hay algo que supera con creces estas deficiencias: HA APRENDIDO A AMAR. Un solo gesto de amor suyo es superior a cualquier felicidad. El irradia el amor puro. No tiene doblez. Cuando nos abraza, incluso nos acuna entre sus brazos, es como sentir el amor de Dios directamente. No es definible con palabras. Conozco el amor de muchas personas pero la grandeza y pureza de una sola expresión de amor suya, abarca un universo entero.


UNA CHISPA EN MI VIDA

1º Premio de adultos, prosa en el III Concurso literario De la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Dias Estaca de Sevilla
RGPI: 04/2004/114

Un alboroto de niños me hizo asomarme a la ventana. Venían a nuestra casa, acalorados bajo el ardiente sol con algo muy pequeñito en sus manos. Abrí la cancela y entraron en tropel queriendo hablar todos a un mismo tiempo. Miré lo que traían y vi que era un perro muy pequeño. “Lo hemos encontrado encima de un hormiguero. Lo han dejado allí para que se lo coman las hormigas”. ¿Por qué?, pregunté aterrada. “Porque es hembra. Las hembras dan muchos problemas cuando son grandes. La traemos para que ustedes la cuiden”., y me pusieron en las manos ese pequeño cuerpecito en movimiento, y se marcharon, rebullendo como habían venido.

Mi primera intención fue soltarla. Para mí solo era un bicho que me estaba rascando las manos. Después entré con ella en casa y se la enseñé a mi marido, quien saltó de alegría. Le encantaban los perros. Había intentado tenerlos pero mi obstinada oposición había terminado con sus deseos. Yo, al igual que muchas otras personas, pensaba que un perro no tenía nada que ver conmigo. Era tanto el miedo hacia ellos que si veía uno a lo lejos, sin saber cuales eran sus intenciones, salía huyendo, temblando, con el pavor reflejado en mi rostro, antes de que el pobre animal me hubiese olido siquiera. Al ver la conexión rápida de mi esposo con el animalito, comprendí que tendría que hacer el esfuerzo de aceptarla, aunque una tremenda prevención luchaba en mi interior.

La perrilla era en efecto recién nacida. Su madre no había tenido tiempo de alimentarla ni de transmitirle todo su saber. Estaba completamente indefensa.Era tan pequeña, que ni siquiera un biberón entraba por su pequeña boca, así que compramos en la farmacia un cuentagotas y con él le suministrábamos la leche rebajada con agua.

Cuando hubo pasado unos días veíamos que se hacía más grande, subía de peso, pero era tan ciega como cuando nació. No abría los ojos. Alguien nos advirtió que hubiera sido su madre quien se habría encargado de limpiárselos continuamente con la lengua, así como el resto del cuerpo, y sobre los veinte díasde nacida ya los tendría abiertos. Nos tocó hacer las veces de madre-perra y con un algodón y agua hervida se los limpiábamos varias veces al día, hasta que terminó abriéndolos.

Lo más gracioso era verla caminar. Sus patitas aún no aguantaban el peso de su cuerpo y reptaba como un lagarto, apoyándose en su barriga y con las patas abiertas hacia los lados. Este primer cuidado de ella, me fue enseñando la ternura hacia un ser que dependía de mí para vivir, aunque no las teníatodas conmigo al pensar cómo sería nuestra relación cuando creciera. Seguramente ya no vería esa bolita informe y peludita, sino el temible perro al que tanto pavor tenía. Pero los días pasaban y cada vez había algo nuevo en ella; ese crecimiento, ese desarrollo de sus facultades, ese darse por enterada de que existíamos prestándonos su atención con la curiosidad propia de quien está empezando su vida

El cuentagotas se convirtió en biberón y después en plato, al que empujaba por todo el porche persiguiendo la leche con su pequeña lengua. Después vinieron los alimentos sólidos y su caminar alegre y juguetón, saltando con las dos patas de delante y luego con las dos de atrás. Su rabito era la misma expresión de la felicidad; se movía constantemente de un lado a otro.

A los cuatro meses, Chispa era una perra de mediana alzada, pizpireta y retozona, a la que le gustaba enroscarse en mi falda y dormir en ella. Su pelo era corto y de color blanco con grandes manchas canela repartidas por el cuerpo. ¿Su raza? No estaba muy definida. Seguramente era el resultado de un montón de cruces, y al verla todos decían: “Es callejera”.

Es sabido que desde su nacimiento hasta su destete, la madre transmite a los cachorros todo el conocimiento que necesita para vivir. En este caso particular el conocimiento le vino de nosotros, y claro ¿qué le podíamos transmitir? Nada. Solo irle enseñando comportamiento. Nuestra casa era de una sola planta, con un amplio porche techado y terreno alrededor. Estaba pareada con otra casa donde tenían un perro inmenso, negro, con mucho pelo. Se criaron conociéndose de cerca, aunque separados por la valla de alambre.

Chispa era tremendamente femenina. Tenía la delicadeza de la hembra. Siendo cachorro jugaba con todo lo que encontraba por el suelo. Lo llevaba de un lado a otro; me incitaba continuamentea jugar con ella, pero lo más particular era que cuando llegaba la noche, antes de entrar en la casa para dormir, ella iba reuniendo todos sus pequeños tesoros, estuvieran donde estuvieran, y los dejaba siempre en el mismo lugar, para volver a sus juegos al día siguiente. Me dejaba admirada tanto orden.

Dormía en el saloncito. Se subía a un sillón de mimbre con cojín de plástico y allí se hacía un ovillo y pasaba la noche entera sin molestar para nada. Pero justo a las siete de la mañana entraba en el dormitorio, metía el hocico por debajo de mis brazos hasta que me despertaba para que le abriera la puerta, y salía a cumplir con su cuerpo. Era la hora de levantarse, así que el resto del día era como un apéndice mío. Mi esposo iba a su trabajo y yo me quedaba en casa acompañada por su continua presenciaa mi lado. Esto me hacía pensar en el amor. ¿Cómo se puede ser tan incondicional? ¿De donde viene esa fidelidad absoluta, donde no existen los rencores? Pensaba en la importancia que tiene todo aquello que habita la tierra. Cómo un animal puede llenar mi vida y llegar a ocupar un espacio en mis sentimientos. Empecé a observarla y a admirar su forma de actuar y me di cuenta de la importancia de todo lo creado por Dios. De la interacción que existe entre todos los seres vivos. En la fortaleza que nos podemos transmitir unos a otros, solo amándonos.

Su necesidad de no perderme de vista llegaba hasta el punto de que cuando iba al baño para ducharme, ella salía por detrás de la casa y subía a una mesa vieja que había debajo de la ventana del aseo y allí se quedaba, escuchando todos mis movimientos.

Cuando tenía alrededor de siete meses, un magnífico acontecimiento cambió nuestra vida por completo: un precioso niño entró a formar parte de la familia. Era autista y ciego y su integración fue difícil en los primeros tiempos. Nuestro limitado conocimiento de estas enfermedades hacía que no supiésemos muy bien como actuar, pero para Chispa no fue ningún problema. Desde el principio entendió las deficiencias del niño. A ella no había que explicarle nada. Si estaba durmiendo en el suelo y su cuerpo interrumpía el paso, había que saltar por encima de ella, pues no se inmutaba, pero si era el niño el que iba a tropezar con ella, se levantaba rápida y en vez de alejarse, se colocaba al lado de Carlos haciendo que éste se agarrara a ella, y así lo iba conduciendo. Esto no se lo enseñó nadie. Su sensibilidad le hizo saber qué le hacía falta a ese nuevo miembro de la familia. Tampoco, en ningún momento sintió celos de la intrusión habida. Creo que ella entendía que su papel era de protección hacia él.

Normalmente Chispa no salía de la parcela vallada. Allí tenía suficiente espacio para corretear, así que siempre se quedaba dentro cuando salíamos. Nosotros vivíamos en Venezuela en zona petrolera y justo en el terreno aledaño había un balancín extractor de petróleo. En esos días habían excavado una gran zanja que estaba llena de petróleo. Mi esposo había salido a unos asuntos y al cabo de un rato oigo rascar la puerta, y un quejido lastimero. Abro y entra un perro completamente negro. Yo me asusto y quiero sacarlo de la casa, pero entonces me fijo en sus ojos y ellos me lo dicen todo. Sus inigualables y cariñosos ojos. Era Chispa. No sabemos cómo se había salido y unos desaprensivos la habían tirado a la zanja. Rápidamente localizo a mi marido y junto con un vecino la lavan hasta quitarle todo el petróleo del cuerpo: pero esa noche una fuerte fiebre acompañada de temblores se apodera de ella. Nos turnamos para cuidarla y ella se acostumbra de tal manera a este mimo especial, que aunque a los tres días sabemos que está mejor, cuando nos ve acercarnos a ella, se tiende como desmayada para que la sigamos cuidando como antes, con la preocupación en nuestro corazón por el triste estado en que se encontraba. Nos reímos de su picardía y la incitamos a llevar una vida normal.

Nuestro hijo requiere de una atención especializada y un sacerdote mejicano de la parroquia nos invita a ir a su país para que lo vean y lo diagnostiquen en un gran hospitalde la capital. Esto nos hace plantearnos estar un tiempo en Méjico y buscamos la casa de unos amigos para dejar a Chispa durante los dos meses que estaremos fuera. Esta separación me produce un tremendo malestar. Quisiera poder llevármela conmigo, pero eso no es posible. Se que la van a cuidar bien pero me siento incapaz de no sentirla a mi lado. Cuando me despido de ella le prometo que volveré, pero es muy difícil.

Una vez me hice una foto en un monumento donde una de las figuras era un perro. Me abracé a él y sonreí al fotógrafo, mientras comentaba que sería la única oportunidad que alguien tendría de verme tan cerca de este animal. ¿Cómo podía intuir que una dulce perrita iba a cambiar mi forma de pensar? Mis sentimientos se estaban expandiendo como el Universo y abarcaban a más seres de los que anteriormente yo habría considerados como dignos de ser amados. Así fui comprendiendo cómo el amor de Dios puede abarcar a todos los hombres por igual. Somos tan limitados en nuestros afectos... Ponemos tantas barreras a lo que no entendemos, que nos privamos a nosotros mismos de la oportunidad de descubrir todo lo bueno que puede haber a nuestro alrededor.

Regresamos de Méjico una noche, y muy temprano, al día siguiente, fui a recogerla. Me sentí muy feliz de volver a verla, pero la encontré desmejorada. Su cara no era la misma. Sus ojos reflejaban tristeza y en uno de ellos le habían hecho daño altirarle una piedra. Caminé hasta casa y cuando entró fue directamente a la habitación donde mi esposo aún dormía, subió a la cama, cosa que nunca había hecho, y lanzó un gemido tan lastimero que nos heló la sangre. ¡Cuánto dolor había en ella, por haberse sentido abandonada¡ Los primeros días seguía retraída, triste, y no sabíamos qué hacer para hacerle entender que no volveríamos a dejarla. Poco a poco la confianza fue ganando terreno, y volvió a sentirse feliz. Cuidaba de Carlos constantemente y volvía a ser mi sombra y la alegría de mi esposo cuando regresaba a casa.

Ya tenía poco más de un año y llegó la hora en que su cuerpo sufrió el desarrollo que la preparaba para la maternidad. Rápidamente lo supieron todos los perros del lugar y teníamos concentración de ellos en la puerta, e incluso dentro del jardín pues los más grandes saltaban la valla. Ella se sentía halagada pero no demostraba interés por ninguno. Queríamos que se uniera a un buen perro y pasamos a nuestro terreno al vecino que había crecido con ella. El se pasaba el día y la noche aullando, expresando su necesidad. Pero cuando estuvo en casa, Chispa lo despreció categóricamente. Huía de él y se refugiaba debajo del coche, justo en el centro, donde él no podía alcanzarla. Por más que la empujábamos hacia él, Chispa seguía en sus trece y nunca consintió en un acercamiento, así que devolvimos al pobre animal que estaba a punto de volverse loco.

Una mañana, al salir, vimos dentro del jardín un hermoso perro, con alguna mezcla de pastor alemán. En el transcurso del día fue imponiendo su presencia a los demás perros, que definitivamente abandonaron el cortejo. Chispa se sentía a gusto con él, y desde ese momento lo tomó por compañero. Pasaban el día juntos y retozando. Cuando yo llamaba a Chispa para ponerle la comida él venía también alegremente, así que terminé por poner doble ración, ya que el perro pasaba todo el día en casa. No sabíamos de quién era. Lo que sí me extrañaba era ver que cuando llamaba a Chispa , él se daba por aludido, como si hubiera pronunciado su nombre. Esto lo entendí cuando un día se presentó un señor bastante furioso y me explicó que no podía consentir que su perro se pasara todo el día cuidando mi casa en vez de la suya. El perro se llamaba Chiste. Sacó un palo y se lo quería llevar maltratándolo, pero Chiste le enseñó los dientes a su propio dueño, quien se enfureció más aún, y el perro solo consintió en subir a la camioneta cuando yo, acariciándole y hablándole, lo llevé hasta allí. Me imagino lo que pasaría cuando llegó a su casa. Se que fue atado durante todo el día, pero al llegar la noche, un perro amarrado no guarda nada, así que lo soltaron, e inmediatamente saltó la cerca y vino a casa. Tuve varios encuentros con el señor, hasta que aceptó que Chiste solo estaba cumpliendo con su naturaleza y que nosotros no pretendíamos quedárnoslo. En cuanto pasara la época de celo, él volvería a su casa.

Chispa quedó preñada y durante dos meses su cuerpo fue engordando y sus tetas haciéndose más patentes. No teníamos ningún conocimiento de qué hacer cuando llegara el momento del parto. Preguntábamos a todo el mundo y todos coincidían en decirnos que ella sabría qué hacer pero sobre todo, que en esos momentos no querían ni a sus dueños. Que eran momentos que ella pasaba sola y que se volvería agresiva. Que le fuéramos preparando un lugar con telas viejas donde ella fuera sintiendo que era el sitio idóneo para parir. Esto lo hicimos, dedicando un rincón de la casa para este menester y esperando con temor el día del parto. Pero lo que mi mente rechazaba era la idea de que Chispa no quisiera nada de mí en esos momentos y me mostrara incluso agresividad. Yo decía: “Mi Chispita no me puede hacer eso”. Pero comprendía que todos los animales deben seguir su instinto. ¿Pero qué instinto? Ella no había recibido información de su madre ¿cómo podía saber qué hacer? Pasaron los dos meses y una mañana, antes de la hora habitual, Chispa va al dormitorio y me despierta. Hubo algo en su actitud que me puso sobre aviso. No se quejaba pero yo sabía que quería una explicación. Subió a la cama y yo presentí que necesitaba ayuda. Se tendió y empecé a acariciarle la barriga extendiéndole la fricción hacia la salida. Inmediatamente, se puso de pie encima de la cama y expulsó una bolsa negra acompañada de sangre que inundó la colcha. Mi marido se despertó y anunció solemnemente: ”Está pariendo” . Ya lo se, dije mientras contemplaba extasiada aquella bolsita. ¿Qué hay que hacer ahora? Chispa tampoco lo sabía. Entonces mi esposo se hizo cargo de la situación y cogiendo el cuello de Chispa, le empujó el hocico hacia la bolsa negra. Ella comprendió y empezó a lamerla hasta que consiguió romperla y un diminuto perrito, negro como su padre, se estiró y empezó a buscar la mama de la madre. Ni Chispa ni yo salíamos de nuestro asombro. Con su lengua lo limpiaba de todas las impurezas y le daba de su primera leche. En esta operación echó casi media hora. Casi al momento volvió a sentir otro dolor rápido y una segunda bolsa volvió a caer en la colcha. Durante dos horas y media la misma operación se estuvo repitiendo, hasta que cinco hermosos perritos nacieron ante nuestros maravillados ojos. Chispa se sentía orgullosa. Cuando supo que había terminado, la condujimos al lugar preparado con toda su prole. La limpieza en el dormitorio fue exhaustiva, pero no nos molestaba el trabajo después de haber asistido y participado en un momento tan importante como el nacimiento de un nuevo ser: en este caso de cinco.

Chispa vivía su vida en el rincón asignado. Cinco bocas pegadas a ella le dejaban bastante cansada, pero era gracioso cuando mi esposo le decía: “Chispa, a dar de mamar a los perritos” y ella, entendiendo, se echaba de manera que todos los hijitos pudieran alcanzar sus mamas.

De la dependencia que Chispa tenía de nosotros, por su falta de instrucción, da cuenta que cuando algún perrito, arrastrándose se salía de la manta y daba en el frío suelo, chillaba llamando la atención, pero entonces Chispa, en vez de empujarlo con el hocico o cogerlo por el cuello, nos llamaba a nosotros, y nos tocaba ir a cualquier hora del día o de la noche a poner otra vez al cachorrito en lugar caliente.

A la semana mi esposo pensó que era mejor ponerles la manta y todo el cubil fuera de la casa, pues el olor empezaba a ser desagradable. Así que hizo la instalación detrás de la casa y empezó a trasladar a los perritos. Yo no estaba de acuerdo, y no quería participar así que me limité a mirar y a reír cuando él iba con dos perritos en las manos hacia afuera, y se cruzaba con Chispa que regresaba con uno en la boca y lo volvía a dejar en el mismo sitio. Después de veinte minutos en esta simpática situación, yendo y viniendo, el hombre se rindió ante el perro y los cachorros se criaron dentro de casa, hasta que ella decidió que ya era tiempo de enseñarles algo del mundo.

Pronto tuvimos cuatro familias a las que regalar los perritos cuando fueran destetados, pero mientras ese momento llegaba, Chispa les daba todo lo que ellos necesitaban. Chiste aparecía por casa todos los días a ver a sus pequeños y a la madre. Compartía con ellos momentos muy tiernos. Los olfateaba a cada uno y los conocía perfectamente. Mi esposo y yo éramos conscientes de ser testigos de una situación excepcional. Realmente eran una familia.

Pasó poco más de un mes y tuvimos que separarla del primero de sus perritos. Buscamos la ocasión y lo entregamos a sus dueños. Aun nos quedaban tres, pues nosotros nos quedaríamos con uno.

Un día saqué el coche del garaje y vi que Chispa venía corriendo detrás, pero no paré pensando que regresaría a casa. No estaba acostumbrada a ir por la calle. Cuando regresé, en la misma puerta, un chico se acercó a mí y tristemente me dijo: “Tu perra está muerta allí. La ha atropellado un coche”. El mundo se hundió bajo mis pies. No pude ir a verla. Mi esposo se encargó de llevarla al bosque y enterrarla. Esa tarde vino Chiste como todos los días y yo me agarré a su cuello llorando sin consuelo y diciéndole que ya no estaba. El la buscó por toda la casa, contó a sus perritos y vio que le faltabauno. Fue muy duro. A mi tristeza se unió la suya y mis lágrimas no pararon de fluir durante tres días. Aprendí acerca del dolor y la separación, pero sobre todo aprendí del amor que podemos dejar en otros seres. Al tiempo alguien me dijo: “Cuando ella murió te diste cuenta de que la querías, ¿verdad?” y yo contesté: “No. Lo supe cada día que estuve con ella porque vivir con ella fue aprender de cada gesto de amor suyo”.

Después de aquel día, Chiste no volvió más a casa. Lo echaba de menos terriblemente y a veces pasaba por la puerta de su casa en el coche, solo para verlo. A veces lo veía desde lejos y otras él se daba cuenta de mi presencia, saltaba la valla y metía medio cuerpo por la ventanilla del coche y me comía a lametazos. Eran momentos importantes para mí, que me devolvían el amor de Chispa y el que había llegado a sentir por él. Pero un día, la dueña de Chiste vino a casa y me espetó sin previa preparación: “Hoy, después de pasar usted por allí, Chiste se quedó tan atontado, que no supo evitar a un camión que venía y después de intentar salvarle la vida, ha muerto”. ¿Qué decir? Esa mujer se marchó y la herida que había en mí se agrandó más aún. El cuidado del hijo de ambos me hacía salir de mi tristeza y sobre todo el de mi propio hijo.

Han pasado 23 años desde aquellos acontecimientos. He tenido otros perros después, pero ninguno ha llegado a la maravilla de entendimiento de esta pareja y ahora, después de tanto tiempo y recordándolo todo con detalle, solo puedo exclamar lo que aquel día escribí entre lágrimas en mi diario:

A TI, CHISPA, NUNCA TE OLVIDARÉ.

LEER, SOÑAR

¡Rosa¡ ¡Rosa¡

No contesté. En realidad no había oído la llamada. Gabriel Araceli estaba a punto de morir. Empezaba el mes de mayo y unos terribles acontecimientos se cernían sobre el país. Gabriel solo era dos o tres años mayor que yo, pero le conocía bien. Desde su nacimiento en Cádiz, yo sabía de su vida de huérfano sin fortuna, empujado por el destino a contemplar y participar en hechos gloriosos. Y ahora iba a morir. Su mente se hundía en la nada...

Otra vez la llamada. ¿Qué pasa? ¿Qué sucede? Vuelta a la realidad. ¡Voy¡ Ya casi se está poniendo el sol encima de los tejados y en la pequeña azotea van cayendo las sombras que proyectan las azoteas vecinas. Refugio querido, donde el aislamiento llegaba a transformar el mundo. El suelo y un cojín brindaban un lugar seguro donde poder soñar y transportarme a lejanas épocas y lugares. Situaciones extrañas a mi vida sosegada de colegiala, exenta de preocupaciones que me impidieran salir de mi interior y viajar a otras vidas no conocidas,

Esta niña está caliente. Hija ¿dónde te duele? ¿La garganta? Estás tosiendo.

Realmente no me encuentro muy bien. Algo de debilidad, dolor de huesos. Días en cama. Cuidados amorosos de una madre que sube las escaleras hasta mi habitación compartida con mis hermanas, cuantas veces hace falta. Hermanos que llegan ruidosos del colegio y suben atropellados para ver a la enferma, pero eso sí, sin acercarse demasiado pues se pueden contagiar. Y Gabriel duerme su sueño inocente esperando el amanecer de un nuevo día.

La enfermedad va pasando y una larga convalecencia me ayudará a reponerme del todo. Puedo volver con mi amigo. Ya se está recuperando. Manos piadosas lo rescataron en medio de tantos cadáveres hacinados en fácil escarmiento. Él se recupera lentamente y yo también, muy lentamente. Mi gripe fue fuerte pero nada comparado con sus heridas. A veces la cabeza se me va y tengo que dejarlo por un tiempo. Creo que contribuye el hecho de no salir de la habitación. Las paredes me aplastan y hecho de menos la azotea.

Sueño con momentos pasados en compañía de Jo. ¡Se parece tanto a mí¡ ¿O yo a ella? Las dos somos vehementes, saltamos por nada. Las dos somos capaces de causar dolor a los que nos rodean y nos quieren. Pero también somos capaces de cualquier sacrificio. Ella cortó su hermosa cabellera para ayudar a pagar el viaje que debía hacer su madre. ¿Yo? No. No soy nada especial pero admiro a Jo. Por quien siento verdadera ternura es por Beth. ¡Es tan dulce¡ Yo la comparo con la hermana que me sigue en edad. También su carácter es tímido y sereno. Y el torbellino Amy tiene su perfecto referente en mi hermana pequeña. Con esta distribución de papeles, a mi hermano mayor le corresponde el papel de Meg.

Han pasado cuatro años. Yo sigo igual pero Gabriel es mayor ahora. Su vida se ha movido entre intrigas palaciegas y episodios heroicos de un país que se convulsiona queriendo arrojar fuera al invasor. El ha madurado. Yo sigo igual. Y por fin, la última batalla, en campos de Salamanca. Su heroísmo llega a límite. Después vendrá la felicidad tanto tiempo anhelada.

Cierro los ojos. ¿Cómo se puede vivir tanto en tan poco tiempo? Mi ánimo se encuentra en un estado exaltado. No me he movido del suelo de la azotea, donde por fin he podido volver. Analizo su vida y me doy cuenta de que con ella un trozo de historia ha entrado en mi corazón: Churruca, Gravina, Godoy, el Rey, Napoleón, no son personajes muertos de una novela inacabada. Los conozco. Se de su heroísmo y de sus bajezas, de la época que les tocó vivir.

De la misma manera que esas cuatro hermanas, tan parecidas a nosotros, me enseñaron acerca de la amistad y del amor en todas sus manifestaciones. Como Julio Verne me abrió los ojos a un mundo futuro. O me hizo conocer la tierra que habito sin moverme de mi querido rincón.

Mis primeras lecturas fueron los “cuentos de hadas”. Aprendí a leer con cuatro años y enseguida me enganchó. Mi propia timidez me hacía sentir en profundidad las historias narradas y, sobre todo, me transportaban a mundos que yo nunca osaría alcanzar. Mi madre me compraba esos cuentos que devoraba en poco tiempo. Pero recuerdo como algo fantástico una ocasión en que comentando con una vecina mi afición a la lectura, ésta le dijo a mi madre que ella tenía muchos cuentos de hadas, que podía ir por su casa. Fuimos un día, y mis ojos y mi corazón se hicieron enormes al contemplar un gran baúl. Lo abrí y estaba ¡repleto¡ de aquellos cuentos. Me hubiera gustado llevármelos todos de una vez a casa, incluido el baúl, pero no pudo ser. Cada vez me llevaba como unos veinte, y una vez terminados, los cambiaba por los veinte siguientes. De ahí pasé a historias más complejas. Conocí a Heidi en sus montañas, a Marcos en su largo viaje, y todas las demás historias que formaban parte del libro titulado “Corazón”. Muchos libros han pasado por mis manos desde entonces, pero sobre todo recuerdo con amor aquella época de mi niñez-adolescencia. Ellos fueron compañeros que nunca me dejaron. No fui una niña solitaria. Tenía cuatro hermanos más. Pero la intimidad de la lectura no se puede comparar con el bullicio de los juegos. Mi madre decía que cuando yo leía era como si entrara en “éxtasis”. Ningún ruido por fuerte que fuera me podía desconectar de aquel mundo. Cuando no se me escuchaba jugar o pelear con mis hermanos, ya se sabía donde buscarme: en la azotea.

Ahora, en la madurez de mi vida, por juegos del destino, paso a menudo por aquella casa de la que no queda nada más que una fachada semiderruida. Miro a través de las rendijas de la puerta de entrada y solo veo vegetación creciendo por doquier. No queda nada en su interior; las paredes han caído por falta de atención. No se si algún día alguien comprará aquel terreno y volverá a construir, pero de momento esa sola portada y el tejado que da a la calle, cubierto de aramagos, no ha perdido el sabor de mi hogar infantil. Su contemplación me trae recuerdos de vidas pasadas, de mis padres que ya no están conmigo, de tanta felicidad como viví en ella, y aunque ya no existirá, de aquella pequeña azotea que albergó mis sueños y mis intimidades de niñez y adolescencia.

UNA LÁGRIMA CONSTANTE

María miraba la amplia llanura que se extendía ante ella, como siempre, con esa lágrima constante en su ojo derecho. ¿Por qué siempre le lloraba ese ojo? Y mientras la lágrima pugnaba por salir, convertía en pequeños mosaicos el bello paisaje.

María callaba, como siempre. Solo miraba y nadie podía penetrar en sus pensamientos. Había llegado a edad muy avanzada y los que hacía poco que la conocíamos, casi creíamos que siempre había estado así. Vivía con su nieta y el marido de ésta en una casa lejos del pueblo. Este tipo de casa andaluza que forma parte de antiguos caseríos de los que la juventud ha huido para buscar mejores oportunidades en otros lugares. La casa blanca y destartalada buscaba esquivar los rayos del sol cubriendo sus tejados con la sombra de aquel gran árbol. A sus pies la nieta sentaba a María en su mecedora cuando hacía bueno y la vigilaba mientras hacía sus quehaceres fuera y dentro de la casa. La nieta y su esposo no habían tenido hijos que alegraran aquella casa aislada en la inmensa llanura. Solo los perros que desde tiempo inmemorial se reproducían al cobijo de la familia, ponían una nota diferente en la tranquilidad del espacio inmenso. El esposo cada día iba al pueblo a trabajar en la construcción, pero volvía a su vieja casa con la alegría de encontrar el frescor de las noches veraniegas a la luz de las estrellas, a la abuela con la mirada perdida, a la esposa charlatana para la que el día transcurría hablando solo con las gallinas. En invierno, una inmensa chimenea caldeaba toda la casa en cuyo interior no había puertas. Solo unas cortinas escondían el dormitorio conyugal y apartaban de la vista la cama de la abuela.

María aún caminaba. Antes de sentarla en la mecedora, la nieta la había aseado, había cortado aquella gran rebanada de la hogaza de pan y la había esponjado en aceite de oliva que nunca faltaba. Y para terminar, la leche de la vaca recién ordeñada. La nieta la cuidaba bien y en las palabras que le dirigía se notaba un inmenso cariño. Paseaban un poco alrededor de la casa, para que sus músculos no se entumecieran y después, a la vieja mecedora.

Yo había empezado mis clases en el pequeño pueblo a principios de curso. Era mi primer año como maestra titular, y viniendo de la gran ciudad, pronto aprendí que conduciendo el coche por aquel camino vecinal ahorraba mucho tiempo en llegar a mi destino. Desde el primer día me llamó la atención al regreso a mi casa, la vista de la anciana en su mecedora. La primera vez saludé con la mano, pero no obtuve respuesta. Otro día, una mujer más joven respondió a mi saludo con un alegre “buenas tardes” y en otra ocasión la misma mujer me invitó a entrar y a refrescarme. Nadie me esperaba en casa, así que poco a poco me acostumbré a parar, a saludar a María aunque nunca tuve una respuesta de su parte y a tener largas conversaciones con la nieta, lo cual era de gran alivio para ella y de gran aprendizaje para mí.

Y entre un día y otro, la vida de la anciana se fue desgranando ante mis ojos y en mi interior cambié como persona al saber de ella.

María fue una niña alegre desde que nació. Con pocos meses sus carcajadas se escuchaban desde lejos. Parecía que era feliz de haber venido al mundo. Su madre se volvía loca con ella. Con el transcurso de los años alegraba la vida de todo el que la conocía. En el pueblo donde vivían, el mismo donde yo era maestra ahora, María era un poco el centro de atención de todas sus compañeras de clase. Me la puedo imaginar porque la escuela pocos cambios había tenido desde entonces. Su estructura era básicamente la misma. Los pupitres, de buena madera, me dicen que existían ya cuando María estudiaba allí, así que solo tenía que cambiar las caritas que ahora tengo delante por las de otras niñas con otros babys y que ahora el centro es mixto y en aquella época se separaban a los niños de las niñas como si algún mal pudieran hacerse.

Esta separación no fue motivo para que María, con 12 años, se fijara en Juan. Se veían cuando a todo correr salían de sus respectivas clases camino de sus casas. Juan era callado, guapo, con un mechón de rubio cabello cayendo sobre su frente. Había más de una chica enamorada de él, pero Juan solo tenía ojos para María. Fue de estos amores que crecen con los años, que se hacen con la constancia de la espera. El noviazgo no se formalizó hasta que María cumplió los 16. Juan solo era unos meses mayor y tenía que labrarse un porvenir para poder formar una familia. Su gran pasión era la carpintería. Desde muy pequeño tallaba figuritas toscamente, pensando que algún día tendría un gran taller de ebanistería. A los 16 empezó a trabajar de aprendiz en la única carpintería del pueblo. Los tiempos han cambiado mucho y en la actualidad parece que con un curso se aprende todo el saber que en aquellos años solo se conseguían con mucha práctica. Así los años de novios se extendieron hasta nueve, cuando Juan consiguió ascender a oficial. Empezaron a preparar con ilusión la boda para culminar aquellos años de tiempo y amor compartido. Seguirían viviendo con la madre de María porque el sueldo de Juan no daba para ser independientes, pero tendrían su propia habitación.

Y fue en ese momento cuando la vida de María sufrió un triste vuelco. Notaba a su madre más nerviosa cada vez, pero no le decía el motivo de su ansiedad. Un día fue a la parroquia a recoger la partida de bautismo, imprescindible para el casorio en la iglesia. Y en ese momento pensó que el cura que la bautizó tuvo que sufrir un error al escribir su partida. En ella constaban unos padres extraños, desconocidos. Su madre le había dicho que su padre se llamaba Daniel y había muerto a poco de nacer ella. Pero en la partida ni su padre era su padre, ni su madre era su madre. No entendía qué estaba pasando. El cura le aseguró que todas las partidas estaban bien hechas porque él llevaba muchos años en la parroquia, la inscripción la había hecho él, y él nunca se equivocaba.

Completamente confusa fue a su casa y nada más ver a su madre, ésta se echó a llorar desconsoladamente:

“Ojalá nunca lo hubieras sabido. Te he querido como a mi propia hija. Te lo he dado todo y ahora me vas a ver como un monstruo”

Noooo. ¿Cómo podría ser? Tú eres mi madre. Pero ¿qué pasó? Explícame.

La madre se dejó caer en una silla y con los ojos encharcados, y entre jipío y jipío le contó la historia de su nacimiento. Yo era la mejor amiga de tus padres, y éstos habían decidido emigrar a América antes de saber que esperaban un nuevo hijo. La vida aquí les resultaba muy difícil. Ya tenían tres hijos y la sorpresa de este nuevo embarazo no pudieron sobrellevarla. Cuando pensaron en deshacerse del nuevo ser, tanto insistí en que esperaran a tenerlo y después me lo dieran, que yo lo criaría, que al final escucharon mis ruegos y marcharon sin ti. Nunca escribieron. No he vuelto a saber de ellos pero, ¡hija! Te he querido como si te hubiera llevado en mi seno”.

Después de esta confesión, María decidió cerrar página y seguir con los arreglos de la boda, pero algo había cambiado en su interior. La alegría desbordante que siempre la había caracterizado fue disminuyendo a pesar de los esfuerzos que hacía para que no ocurriera. Juan la comprendió, la mimó y la ayudó en los peores momentos de dolor y pena por haber sido abandonada.

Su primer año de casada fue maravilloso. El amor por su esposo era compartido por el que ahora sentía aumentado hacia su madre. Solo había una pequeña pena. No venía el ansiado hijo. Y nuevamente las dudas: ¿Habrá algún problema en mi familia? No puede ser. Si mi madre tuvo cuatro hijos.... Quieras que no, “su familia” pesaba en su ánimo. Tenía que contar con ella a pesar de no conocerla y de saber que no la habían querido.

Y en medio de esta historia pequeña, escondida en un pueblito, otra historia, grande, horrenda, la guerra, empezó en España. Y Juan fue llamado a filas y María esperó su regreso día a día, con la agonía de pensar qué pasaría si no volviera. Pero Juan volvió. Irreconocible, pero volvió. Y ella lo cuidó con mimo de madre, de esposa, hasta que de nuevo la luz volvió a brillar en los ojos de ambos. Y un día María anunció el gran acontecimiento: estaba embarazada. La alegría volvió plena a la cara de María mientras pensaba mirando la cara de su hija: Tu no vas a sufrir lo que yo, pensando en dos madres.Tú solo me tendrás a mí. No dejaré que nada malo ronde por tu vida. Te protegeré de todo lo malo como mi auténtica madre me ha protegido a mí. Y la amó con un amor desorbitado...

La miseria que dejó la guerra también tuvo reflejo en el pequeño pueblo. La carpintería cerró y Juan se encontró con una familia y sin dinero para atenderla. Buscó por muchos lugares un trabajo digno, cualquiera, pero nada consiguió y cuando llevaba dinero a casa era porque había pedido limosna, sin saberlo su esposa.

El norte, le dijeron. En el norte sí hay trabajo. ¿En el norte? ¿Dónde? Mi primo se ha ido a San Sebastián y quiere que me vaya con él, pero a mi me va bien aquí. ¿Por qué no te vas tú? Juan lo propuso a María. La madre había fallecido hacía unos meses, y aunque la niña era pequeña, decidieron hacer el viaje.... caminando. No había otra manera. Preguntaron a la Guardia Civil por donde se iba para el norte y emprendieron el camino. Un largo camino, que algunas almas caritativas se encargaban de suavizar a veces adelantándoles algunos kilómetros en su coche, o dándoles comida. De todas formas las largas jornadas y poca comida hicieron que María perdiera la leche con la que alimentaba a su hija y ésta empezó a desmejorar de tal manera que asustados fueron al hospital de una ciudad grande y allí atendieron a los tres, hasta que se recuperaron lo suficiente para proseguir el viaje. No en todas partes la gente se compadecían de ellos, sino que los miraban con desconfianza e incluso los echaban de su lado pensando que algo malo tramarían, pues si no.... ¿quién hace semejante viaje con una niña de meses?.

Muchas noches la hicieron debajo de un árbol del camino con el único techo del cielo estrellado. Triste viaje éste, aunque al cabo de los años María decía: Para mí no fue sino normal, querer llegar a San Sebastián, donde sí había trabajo.

Llegados a la ciudad y preguntando por aquí y por allá Juan consiguió trabajo y siguieron unos años de bonanza, de estabilidad y de crianza de la adorada hija. María embelleció más si cabía y su felicidad irradiaba a todos los que le rodeaban. No hubo más hijos, pero la alegría que les proporcionaba su hija hacía que todo lo malo hubiera huído de sus mentes.

Entonces, al cabo de diez años decidieron volver a su pueblo andaluz y allí se establecieron haciendo Juan realidad su sueño de tener un taller de ebanistería. Trabajaba constante y tenía éxito en su negocio, llegando a tener dos aprendices con él. La hija recibió una educación esmerada en buenos colegios pero un día entró en la casa con ese intruso al que presentó como su novio. María lo miró de reojo: no era suficientemente bueno para su hija. ¡Como no la haga feliz! Cientos de recomendaciones por las noches a una hija, que no quería escuchar ninguna. Trágate tu angustia y acepta. Juan no lo ve como ella. Los dos se han entendido perfectamente desde el principio. Bueno, seguirá viviendo en el mismo pueblo, no muy lejos. El es transportista y algunos recorridos son largos, así que esos días los pasará su hija con ella.

Un día Juan se queda sentado en la silla de enea de la carpintería, mirando al vacío. No ha dicho nada. Solo su cabeza va cayendo lentamente sobre su pecho. Un aprendiz se percata de lo que está sucediendo y lo sacude: ¡Maestro!, ¡Maestro!. Pero nada puede hacer volver al que ha volado definitivamente.

Soledad. Esta es la palabra que por primera vez en su vida se apodera de María. La hija la visita a menudo, incluso insiste en que se vaya a vivir con ella. Pero su vida está en esa casa porque aún huele a Juan, a serrín, a madera. La casa de su hija no es muy grande y pronto vendrá el primer hijo, así que no hay nada que hacer. La llegada del nuevo ser, una niña, alegra la vida de María. Ahora es ella la que visita la otra casa muy a menudo, la que cose ropita para la niña, la que teje para la madre, la que enseña con su experiencia y la soledad es menos soledad porque la nieta ha llenado un poco el vacío que ha dejado Juan.

Cuando la pequeña tiene cuatro años, el padre va a hacer un transporte un poco más largo, a Madrid, y decide llevarse a su mujer con él para que conozca la capital, dejando la niña con la abuela.

La noticia no llega inmediatamente. Solo a las seis horas, una pareja de Guardias Civiles llaman a su puerta y le dan la triste noticia. Fue en Despeñaperros. Nuevamente la soledad llena su vida, pero tiene una nieta a la que sacar adelante. Y por ella vive, por ella hace el esfuerzo diario de levantarse y sobre todo de aparentar felicidad, que los años le han enseñado a hacerlo. Y la nieta a pesar de la pérdida tiene una infancia feliz, y una adolescencia alegre y juguetona, y un novio que la quiere de verdad y que le dice que no quiere vivir en la ciudad, que él tiene en herencia una casa en medio del campo y que le gustaría pasar allí su vida y salir lo menos posible, solo cuando los dos van al pueblo para abastecer la alacena. Y la nieta se hace mayor y María va envejeciendo en medio de aquel páramo al que se ha ido porque ya nada le queda en la que fue su casa, ni siquiera el olor a Juan, ni a serrín, ni a madera. Y en la tranquilidad del campo su mente va olvidando los recuerdos acumulados, y recibiendo lo que siempre supo dar: el amor con que su nieta la viste, la pasea, la alimenta, la sienta al sol o a la sombra, según sea conveniente.

Un mediodía de verano, terminando el curso, con el calor del mes de junio, paso por delante de la casa y veo a la nieta que me hace señas para que entre. Yo hoy no había pensado parar. Solo saludar pues tenía prisa por llegar a casa. Pero me paro y entro, atravieso el campito que bordea la casa desde la cancela y miro a María. La veo como siempre, con su lágrima constante en el ojo derecho, su mirada perdida, y aunque le cojo la mano, no parece conocerme. Su nieta me dice que no está como todos los días. ¿En qué lo notas? Yo la veo igual que siempre. No. Algo es diferente, insiste la nieta. La vuelvo a mirar y entonces, como por milagro, una enorme y tierna sonrisa ilumina el rostro de María mientras nos mira a las dos con esa paz que precede a la muerte.

 

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