EL HOMBRE SE
SUICIDA O NO SE SUICIDA
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El problema, o cuestionamiento, del suicidio
ha sido ampliamente tratado y ejecutado por diversos poetas,
filósofos, científicos y teólogos.
Pero yo sólo quiero dilucidar, dibujar, un pensamiento
y posibilidad romántica en lo que dice Emil Michel
Cioran, autor de Adiós a la filosofía y otros
textos: El suicidio es la única libertad auténtica
que tenemos en la vida. ¡Valor! ¿Valor se tiene
o no se tiene cuando se enclava el inocente cuerpo en el
cuchillo criptológico? Muchos dirán: ¡cobardía!
¡Miedo a la vida! Me pregunto si eso, si siquiera
lo pensó Thomas Chatterton cuando se esfumó
de, mágicas, posibilidades vidas. Sólo hace
falta contemplar el cuadro de Henry Wals que reproduce,
de la manera más elevada, la "decisión
del muy joven poeta". La tragedia, el juego que nos
hace espectar el suicidio es la misma potencialidad de saber
que uno se va a morir, que va a ser mi decisión y
no la de otro (de la misma seductora muerte, quizás,
para toda respuesta).
El mismo E. M. Cioran recomendaba a sus, ingenuos, prosélitos
suicidas que desistieran porque suicidarse lo pueden hacer
en cualquier momento. Si lo quieres hacer hoy, por que no
seguir viviendo para hacerlo, si todavía lo quieres,
mañana o pasado mañana. Es ésta eufónica
carnicería la que persiguió al gran y mitológico
(en el plano de Claude Levi-Strauss) escritor y antropólogo
José María Arguedas por muchos años
(Hoy tengo miedo, no a la muerte misma sino a la manera
de encontrarla. El revólver es seguro y rápido,
pero no es fácil conseguirlo. Me resulta inaceptable
el doloroso veneno que usan los pobres en Lima para suicidarse;
no me acuerdo del nombre de ese insecticida en este momento.
Soy cobarde para el dolor físico y seguramente para
sentir la muerte. Las píldoras -que me dijeron que
mataban con toda seguridad- producen una muerte macanuda
cuando matan. Y si no, causan lo que yo tengo, en gentes
como yo, una pegazón de la muerte en un cuerpo aún
fornido. Y ésta es una sensación indescriptible:
se pelean en uno, sensualmente, poéticamente, el
anhelo de vivir y el de morir. Porque quien está
como yo, mejor es que muera. De El zorro de arriba y el
zorro de abajo); hasta que, parece que el poeta, por fin
"se decidió". Y estamos hablando de dos
casos totalmente antagónicos porque, mientras que
el primero era aún un niño inocente de vida
que llamamos concreta, el segundo es un hombre lleno de
experiencia y aterradora realidad. Pero al final los dos
"se decidieron" y se suicidaron.
En la misma críptica balanza se contraponen María
Emilia Cornejo y Alejandra Pizarnik. Las dos tan mujeres,
tan distintas, tan niñas y malditas criaturas, benditas
artistas que sufren por eso que Nietzsche llama espíritu
dionisíaco. La muchacha mala de la historia, una
cabal desconocida que se nutre del amor que jamás
se encontró a sí misma hasta que por fin no
hubo flor para un solitario camino, hermoso y desgarrado
cuerpo que se fue o no pudo irse en el suicidio (sola,/
descubro que mi vida transcurrió perfectamente/ como
tú lo estableciste/ ahora/ cuando la sensación
de algo inacabado,/ inacabado y ajeno/ invade de escrúpulo
mis buenas intenciones,/ sólo ahora/ cuando me siento
en la mitad de todos mis caminos/ atada a frases hechas/
a cosas que se hacen por haberlas aprendido/ como se aprende
una lección de historia,/ puedo pensar/ que de nada
sirvieron los consejos/ ni las interminables conversaciones
con tu madre,/ y esas largas horas de mi vida/ perdidas/
en aprendizajes extraños sobre pesas y medidas,/
colores/ y/ sabores / y/ en el vano intento de ir tras el
sol/ tras el vuelo de los pájaros,/ de repente quiero
acabar/ con mi baño de todas las mañanas,/
con el café pasado,/ con mi agenda cuidadosamente
estructurada/ de citas y visitas/ a las que asisto puntualmente;/
pero es tarde/ hace frío/ y estoy sola. De En la
mitad del camino recorrido). La aventurera perdida que angustiada
está, porque trabajó duro, muy duro para llegar
a alguna cima o sima, a alguna maravillosa vida, a ese místico
y malhadado lugar donde nadie llega o sólo ella o
todos lo hacen para verla y, por eso, ninguno se puede ver.
Lo homogéneo en lo absoluto de la igualdad (mimetismo
de todos contra todos, igual, de ninguno contra ninguno).
Aquella ascendente bajadora, qué no se sabe si se
suicidó o se echó a dormir en la muralla de
su cama, siempre, interrogante (La luz es demasiado grande/
para mi infancia./ Pero ¿quién me dará
la respuesta jamás usada?/ Alguna palabra que me
ampare del viento,/ alguna verdad pequeña en que
sentarme/ y desde la cual vivirme,/ alguna frase solamente
mía/ que yo abrace cada noche,/ en la que me reconozca,/
en la que me exista./ Pero no. Mi infancia/ sólo
comprende al viento feroz/ que me aventó al frío/
cuando campanas muertas/ me anunciaron./ Sólo una
melodía vieja,/ algo con niños de oro, con
alas de piel verde,/ caliente, sabio como el mar,/ que tirita
desde mi sangre,/ que renueva mi cansancio de otras edades.
De Las aventuras perdidas).
Creo que no hay ser humano que alguna vez no haya pensado
en el suicidio (¡pensado no planeado su.) Justamente
como una libertad, para salir, escapar de éste mundo
travilario de palabras, códigos e imágenes
que nos enseñan a temer y a sentir el sufrimiento
de una vida que no es sino la grosera guerra de todo lo
que encontramos cuando llegamos: inocentes, límpidos,
inmaculados. Simples piedras del verdadero desierto, lo
desconocido. ¡Pero no es verdad! Hemos dicho que la
naturaleza controla al hombre, que el hombre destruye al
hombre, que la naturaleza se destruye a sí misma:
cambia, se modifica, se reorganiza o juega en su todo con
su todo. Entonces ¡es imposible que el hombre determine
o decida su muerte con el suicidio! Porque él no
controla nada.
Porque la muerte es aquello que se define en el juego,
el cambio que te inventa hacerte la naturaleza (Universo
= biotopo = hombre = cerdo = virus = árbol = tierra
= energía.) El suicidio o la muerte es ineluctable
y simplemente es algo que entorca la inevitable razón
de ser parte del juego. Será por eso que en la sociedad
se habla de: ¡no era hora de su muerte! ¡Milagro!
(porque el avión se precipitó y de los 343
pasajeros sólo él vivió.) ¡De
la muerte jamás nos escapamos! ¿Porqué
se murió si sólo tenía 18 años?
(puesto que el tren bala se descarriló y de los 279
viajeros sólo él murió, y era el más
joven.) Como hay hombres que se intentan suicidar y no lo
logran. Por la misma razón por la que Herbert George
Wells inspiró la película La Máquina
del Tiempo (2002; apartándonos de una postura de
"cientificismo" de cinéfilo) y en ella,
ni aun en ella se puede volver a vivir.
¿Qué extrañeza se piensa y se escribe
aquí para afirmar esto? Será que ella me deja
pensar y escribir estas huesudas ideas o tal vez soy como
el rey sofista (sofista = hombre = Universo = Naturaleza.)
que vive trucando palabras y viviendo de ello; pero curioso
porque estoy a punto de morirme de hambre y seguro que con
este artículo tampoco logro o cobro, nada, como tangentes
a la magistral poética de Rafael de la Fuente Benavides
(Poesía, mano vacía.../ Poesía, mano
empuñada/ Por furor para con su nada/ Ante atroz
tesoro del día../ Poesía, la casa umbría/
La defuera de mi pisada.../ Poesía la aún
no hallada/ Casa que asaz busco en la mía.../ Poesía
se está defuera:/ Poesía es una quimera.../
¡A la vez a la voz y al dios!../ Poesía, no
dice nada:/ Poesía se está, callada,/ Escuchando
su propia voz. De Diario de poeta).
Además está el drástico pintor Jean-Michel
Basquiat que vive, ejecuta y corrobora la "acción
del suicidio" y la polifonía vital o diversidad,
consolida el enfoque del arte de Oscar Wilde, en lo que
refiere a su valor o entendimiento, al final, coquetamente
semejante a Charles Blanc: El dibujo es el sexo masculino
del arte, el color es el sexo femenino. La pintura corre
hacia la ruina. Se perderá por el color, como la
humanidad se perdió por Eva. Lo que podría
llamar medición del arte, diferenciación o
marginación de uno respecto a otro, por así
decirlo. Artista con vida de artista, artista con vida común
o un común que hace arte. Sin dejar de mencionar
el espejo negativo u otras posibilidades; la propuesta de
la película alemana Corre Lola corre (1998), en la
que el hombre imagina el posible de evitar la muerte. Cómo
será esto. las propuestas están aún
para tirar los dados de Mallarmé. En el vasto campo
de la genética se está trazando que en los
planos biológicos ya "está todo definido",
incluso el momento en que uno empieza a morir: el punto
equidistante entre lo que se sube y se baja, "se desarrolla
y se envejece" (velocidad cero de la vida). Pero hay
que recordar que existen o existieron personas que mueren
o murieron, fortuitamente, (estaciones inefables) a los
3 u 8 años y otras a los 46 o 52. Cómo concebimos
la escala de subir o bajar en estas vidas.
Citando exposiciones que hacen ver infinitas lunas en los
mismos ojos. Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock,
donde se entiende que la muerte es un portal que evidencia
otras verdades y que es probable el nexo, la comunicación,
el reconocimiento entre los vivos y los muertos. Bueno,
no hay mejor manera de cerrar este dialogo, atemporal, que
evidenciando la capacidad infinita del arte y del artista,
que con César Abraham Vallejo Mendoza y su, insuperable,
poema Masa: Al fin de la batalla,/ y muerto el combatiente,
vino hacia él un hombre/ y le dijo: «No mueras,
te amo tanto!»/ Pero el cadáver ¡ay!
siguió muriendo./ Se le acercaron dos y repitiéronle:/
«No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»/
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo./
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,/
clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!»/
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo./
Le rodearon millones de individuos,/ con un ruego común:
«¡Quédate hermano!»/ Pero el cadáver
¡ay! siguió muriendo./ Entonces, todos los
hombres de la tierra/ le rodearon; les vio el cadáver
triste, emocionado;/ incorporose lentamente,/ abrazó
al primer hombre; echose a andar. (de España aparta
de mí este cáliz.) Sin olvidar que toda posibilidad
de libertad de suicidio finiquita en el momento en que es
hora de morir. De rotar.
*Tercera, pequeña, estación de La función
o transformación de los poetas.
Diagnosis poética :
Salomón Valderrama Cruz nace en abril de 1979 en
Chilia, departamento de La Libertad (Perú). Realiza
estudios en la Universidad Nacional Federico Villarreal
y Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Aparece su primer
libro de poemas Encrucijada el año 2002 y, en el
2003, Anemómetro. Ha sido publicado en revistas de
Perú, Argentina, Chile, Brasil, Venezuela, Colombia,
Estados Unidos, México, El Salvador, España,
Puerto Rico y Alemania.
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