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LA FUNDAMENTACIÓN RACIONAL DEL CRISTIANISMO


Santiago Sánchez-Migallón Jiménez
circumdatus@yahoo.es

 

I 

Si entendemos el Cristianismo no sólo como una forma de vida o modo de estar en el mundo, sino también como una teoría o conjunto de ellas en la que está basada dicha forma de vida, el Cristianismo ha de poder fundarse racionalmente.

Si entendemos las teorías científicas como las más verdaderas posibles (o al menos disponibles), cualquier teoría acerca del mundo en la que queramos fundar nuestros actos ha de estar en total acuerdo con ellas o, como mínimo, no contradecirla ni en sus contenidos ni en su forma metodológica. ¿Por qué las teorías científicas son las más verdaderas posibles o disponibles? Debido a que tienen en una medida o grado mayor que cualquier otra teoría las siguientes virtudes o valores epistemológicos:

a) Completud y consistencia: a pesar de que Gödel demostrara la incompletud y la indecibilidad de la aritmética, las teorías científicas son las más completas y consistentes que conocemos debido al aparato matemático del que disponen. Están más libres de ambigüedades lingüísticas que cualquier otra teoría no matemática.

b) Potencia explicativa: con una cantidad de recursos reducida explican gran cantidad de fenómenos. Tienen entonces las virtudes de elegancia matemática y de economía intelectual o, dicho de otra manera, superan el test de la navaja de Ockham.

c) Predicción: son capaces de predecir hechos futuros con gran precisión. Aunque otras teorías pudieran predecir el futuro, las científicas lo hacen con mayor precisión que ninguna. Según Popper, una teoría será más científica cuantos más falsadores posibles tenga, es decir, cuando, aún teniendo muchas probabilidades de fallar, acierta.

d) Universalidad: sus teorías son válidas para todos los lugares del universo. No existe una ciencia nacional, distinta en cada país (como ocurre con las distintas filosofías), sino que se puede hacer buena ciencia en cualquier lugar del mundo. A esto se le puede añadir la intersubjetividad: la ciencia es plenamente comunicable y cualquier sujeto podría ponerse de acuerdo con otro con lo que es válido en ella y lo que no.

e) Contacto directo con la realidad: la ciencia ha de relacionarse directamente con los hechos. Ninguna hipótesis se considera válida si no hay experimentos que la respalden. Es más, una teoría se considera tanto más científica cuanto más esté respaldada por los hechos.

Que la ciencia contenga todas estas virtudes o valores cognoscitivos no implica que sea verdadera, pero si implica que si aceptamos estos valores, la ciencia es la mejor teoría disponible acerca de la realidad. Teorías filosóficas o teológicas pueden tener también muchas de estas virtudes pero las poseen en una menor medida.

II

Aceptando todo lo dicho anteriormente vamos a suponer el caso hipotético y ficticio de un hombre que llega a Occidente sin creencia alguna. Dicho sujeto debe estar en el mundo de una determinada forma y no de otras, así que necesariamente habrá de elegir entre todas las teorías acerca del mundo la que más le convenga para vivir conforme a ella. Estableceremos tres formas de conversión a una religión dada:

a) Conversión tradicional: el individuo ha nacido en una comunidad que profesa una serie de creencias. Sus padres y educadores le han inculcado tales creencias desde su infancia y el sujeto desconoce o no concibe otras formas de creencia. Por hábito o costumbre y sin serio análisis, el sujeto mantiene su creencia. Esta conversión no tendría entonces fundamentación racional. Cada nación, pueblo o comunidad podría mantener la verdad de su creencia. Esta forma de conversión es la preponderante en todas las religiones y credos.

b) Conversión directa: el individuo es, de algún modo, puesto en contacto directo con la divinidad. Ya sea mediante una aparición, un milagro o, algo de similares características sobrenaturales, se convierte a la creencia al tener pruebas directas. Sin embargo este tipo de conversión tampoco sería racional debido a las siguientes razones:

1. La creencia en que se puede establecer un contacto directo con la divinidad no ha sido probada racionalmente.

2. El testimonio de un sujeto que ha establecido contacto con la divinidad no es demostrable. Como no podemos entrar en la subjetividad del individuo, nunca podremos saber si dice la verdad o miente. Y, como dice Hume: “Si la falsedad de su testimonio fuera más milagrosa que el acontecimiento que relata, entonces, y no antes, podré obtener para sí mi creencia y opinión”.

c) Conversión racional: el individuo analiza y sopesa todos los sistemas de creencias posibles, sin prejuicio o interés alguno, y elige el que considera más verdadero. Ésta es la única forma de conversión racional, la única válida si queremos que nuestra creencia este avalada por la razón.

Si nuestro individuo es racional, elegirá la teoría más verdadera posible de entre las que se disponen. Es absurdo vivir pretendidamente en una teoría ponderada como falsa o sabiendo que existen teorías más verdaderas. Por lo tanto, elegirá una teoría que forme un todo consistente con la ciencia o que, como mínimo, no la contradiga en sus contenidos. ¿Qué elementos hay en la doctrina cristiana que vayan en contra de la ciencia y que, por ende, harían que nuestro individuo no la escogiera?

1. El Cristianismo afirma como la verdad última lo comprendido en las Sagradas Escrituras. Según Santo Tomás cualquier descubrimiento obtenido a partir de un método racional que contradiga explícitamente las verdades reveladas es erróneo. La verdad revelada opera como límite epistemológico a todo descubrimiento racional. La Biblia se constituye como un criterio de verdad basado en la autoridad. Del mismo modo, un cierto grado de infalibilidad que tiene la Biblia lo tienen los doctores de la Iglesia y el Papa, el cual no puede equivocarse sobre cuestiones de fe. Lo que no se explica satisfactoriamente es por qué existe esa superioridad última de las Sagradas Escrituras, del Papa y de sus doctores sobre los descubrimientos racionales. Da la impresión de que se utiliza un criterio de verdad basado en la autoridad o en la tradición. Se utilizan falacias lógicas del tipo ad verecumdiamy petitio principii o, incluso, ad antiquitatem.

2. San Agustín desarrolló la famosa máxima de “creer para conocer”. Según él la creencia es previa al conocimiento, es decir, que existen unos conocimientos que sólo son accesibles al creyente, no teniendo papel alguno el conocimiento a la hora de la conversión. Esto parece ir contra toda lógica: nuestro individuo sin credo alguno no puede comenzar a creer directamente. Lo coherente es que la creencia sea posterior al conocimiento: yo me creo algo cuando, previo análisis, lo he ponderado como cierto.

3. El Cristianismo subraya la existencia de hechos sobrenaturales (milagros, resurrecciones, etc.) que son directamente contrarios a contenidos de teorías científicas. Según la medicina lo hombres no pueden resucitar y según la neurofisiología el alma no existe. Gran parte de los conceptos que operan con normalidad en el Cristianismo son anticientíficos. Si aceptamos las teorías científicas como las más verdaderas o mejores disponibles, no podremos aceptar nada que las contradiga directamente.

4. El Credo quia absurdum de Tertuliano y Kierkegaard no es válido. Precisamente, una de las definiciones más aceptadas de la ciencia es que con ella reducimos la incertidumbre. Así que cuanta más incertidumbre nos produzca una teoría, más razones tendremos para rechazarla. Todas las formas de protestantismo seguirían en mayor o menor medida esta máxima, con lo que todas ellas son pretendidamente irracionales o arracionales. El fideísmo no sería aceptable como mejor teoría posible.

5. Siguiendo el “Creer para conocer” de San Agustín, es sólo una vez que el creyente ya es creyente cuando viene el trabajo racional de elaborar argumentos para defender la creencia. Para el Cristianismo, los periodos de duda o de crítica respecto a la creencia son siempre pasajeros y, en muchos casos, causados por elementos ajenos a los puramente teóricos. A esto se lo denomina elaborar hipótesis ad hoc, es decir, querer defender la propia creencia a ultranza, fabricando todo tipo de argumentos para que nuestra creencia sobreviva. Esta actitud es plenamente contraria al espíritu científico, pretendidamente crítico con sus propios conocimientos. No es de extrañar que Unamuno denominara a la teología como el arte de la abogacía por excelencia.

6. A nivel práctico, el Cristianismo no permite un criterio de verdad preciso para distinguir hechos verdaderos de falsos. Si aceptamos los milagros de Lourdes no tenemos razones para no aceptar la existencia de Ovnis, del monstruo del lago Ness o del abominable hombre de las nieves. Operando del mismo modo que el Cristianismo podríamos afirmar que en el abominable hombre de las nieves, primero creo y luego esgrimo argumentos en la defensa de su existencia.

Es por ello que, dado el estatuto teórico que mantiene el Cristianismo en la actualidad, no sería racional que un individuo sin creencia previa lo eligiera entre todas las doctrinas teóricas que tratan de dar una visión del mundo.

III 

Aceptando todo lo dicho, no afirmamos que el Cristianismo no sea una doctrina válida o sea falsa, sólo que si pretende ser la mejor teoría disponible, ha de someterse a un profundo cambio:

1. Revisión crítica de sus fuentes mediante técnicas historiográficas ausentes de prejuicio o valoración previa. Estudio comparativo con las demás religiones o sistemas de pensamiento.

2. Reconocimiento del carácter mítico de gran parte de su doctrina. Reconocimiento de la contingencia y particularidad histórica del mensaje revelado, así como de los factores históricos, sociales y culturales que intervinieron en el devenir temporal de la creencia.

3. Inversión de sus principios metodológicos. Negación de los principios de autoridad eclesiástica y de autoridad de la revelación. Aceptación de su posible refutación, aceptación de la provisionalidad o falibilidad de los dogmas, o, en definitiva, tener constancia de la posibilidad de que el Cristianismo sea refutable y, por lo tanto, falso. Aceptación de la provisionalidad del conocimiento ya que un dogma no es otra cosa que un prejuicio inamovible.

4. Negación del principio de fe como “creer sin ver” o, en general, de todo criterio de creencia no basado en la ponderación racional o, como mínimo, elaboración de una explicación racional de la irracionalidad de la creencia.

5. Establecer de manera clara las relaciones entre ciencia y religión, sus contradicciones y puntos de encuentro.

6. Aceptación de la superioridad del criterio científico a la hora de determinar la verdad o falsedad de las proposiciones, lo que supone una negación de todo lo que niegue explícitamente afirmaciones consolidadas en las teorías científicas disponibles y la adopción del método científico para afrontar los problemas teóricos.

7. Establecer diferencias precisas entre la auténtica religión y pseudoreligiones o pseudoteorías acerca de la realidad. Establecer criterios de verdad y elección sobre hechos o teorías.

8. Apertura a otros modos de pensamiento no neotomistas (en el caso del catolicismo). Reconocimiento de la posibilidad de otros modos de entender y ser en el mundo que puedan ser mejores o superiores al cristiano. Elaboración de una refutación pormenorizada de los demás credos o sistemas de pensamiento, así como de todos los sistemas que han negado abiertamente la religión cristiana y fundamentación racional del Cristianismo como mejor sistema posible.

9. En definitiva, petición de honestidad intelectual por parte de los pensadores eclesiásticos. Exigencia de la no defensa a ultranza de la doctrina propia por el mero hecho de ser en la que uno ha creído siempre. O dicho de otro modo, retomar el ideal ilustrado del sapere aude kantiano entendido como pensar intentando alejar toda autoridad o prejuicio, con una actitud crítica.

No se puede analizar una teoría con el a priori de que esa teoría es verdadera. Parece una evidencia el espíritu acrítico con el que la teología católica ha tratado su propia doctrina mientras que no ha tratado en condiciones de paridad a teorías rivales. Es notorio el ejemplo de la polémica del evolucionismo en Estados Unidos. Los teólogos protestantes han mantenido un agudo sentido crítico con el darwinismo encontrando de modo magistral cualquier punto oscuro o dogmático en las teorías de los sucesores de Darwin (del mismo modo en el catolicismo, las tesis evolucionistas han tardado casi un siglo en darse por válidas y todavía con algunas reservas). Esa labor, en ese sentido, parece ejemplar. Sin embargo, ese sutil espíritu crítico se vuelve ciego a la hora de contemplar su propia teoría. Del mismo modo, la crítica que el positivismo ha mantenido con la religión ha suscitado una poderosa reacción que, por la estrechez de miras de ambos bandos, ha dejado la situación en un o todo o nada que deja muy socavadas las posibilidades del pensamiento racional. A partir de la crítica a la ciencia de autores como Hanson o Feyerabend y, en general, de la sociología del conocimiento, la ciencia se iguala a la poesía, pero, del mismo modo, todo conocimiento se hace literatura. Es por ello que Vattimo sólo viera la posibilidad de un “pensamiento débil” o que Lyotard hablara de “pequeños relatos”. Parece que dada la situación sólo nos quedaron dos caminos:

1. O aceptamos la única posibilidad del pensamiento científico y eliminamos todo lo que no sea ciencia.

2. O negamos la posibilidad de la ciencia y con ello toda posibilidad de pensamiento racional, quedándonos con el sólo nos queda la poesía.

Esto se dio así debido a una mala comprensión de lo que significa el pensamiento científico y por la obsesión de un positivismo cerrado por establecer un criterio excluyente de verdad. El positivismo acertaba en la necesidad de establecer un cierto criterio de verdad, un criterio de elección entre teorías, pero pecó de excesiva exclusividad y no supo entender el funcionamiento de la ciencia. El otro bando acabó por entender la ciencia como se la pintaron sus rivales y la atacó a conciencia. A nuestro parecer, el método científico es algo más amplio y flexible que como lo veía Carnap, pero existe y tiene unas particularidades propias al contrario que creía Feyerabend. Por ello, sí que es verdad que un cierto modo de entender y hacer filosofía ha muerto, pero no ella en su totalidad. Y esta muerte parcial de la filosofía afecta en gran medida a la doctrina cristiana a la que, como hemos visto, sí que sólo le quedan dos caminos:

1. O “suelta lastre” y abandona cierta parte de su doctrina.

2. O se las ingenia de algún modo para seguir manteniéndola.

La segunda opción no es aceptable ya que seguiremos entonces con el arte de la abogacía, las hipótesis ad hoc y el seguir manteniendo a ultranza algo porque lo hayamos creído siempre así. Sin embargo, abandonar parte de su teoría no quiere decir que hay que dejar un vacío insalvable. El gran reto del teólogo en este siglo es la reconstrucción de ese vacío. El camino correcto no es abandonar la religión, sino reconstruirla, pero eso sí, hacerlo desde los mismos cimientos. Un pensamiento honesto no puede, hoy en día, ignorar deliberadamente todos los avances de la ciencia. Unpensamiento honesto no puede negar la comunicación con otros sectores del saber y quedarse encerrado en una torre de Babel, sino que ha de moverse, ha de salir de la solemnidad totémica de sus dogmas y prejuicios. El difícil reto para el teólogo del siglo XXI es salir de su minoría de edad y dar un estatuto de conocimiento al saber religioso.

Popper, Karl R. La lógica de la investigación científica. Tecnos. Madrid, 2004.

Mosterín, Jesús. Ciencia viva. Reflexiones sobre la aventura intelectual de nuestro tiempo. Edhasa. Madrid, 2001.

Hume, David. Investigación sobre el conocimiento humano. Alianza Editorial. Madrid, 1995. pp. 140-141.

Feyerabend, P. Tratado contra el método. Tecnos. Madrid, 1997.

Lyotard, J. F. La condición postmoderna. Madrid. Cátedra, 1998.

 

 

 


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