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POEMAS


Por Santiago Sevilla
sevillagloor@yahoo.com




Balada del rey Don Enrique
Balada de la Muerte de Juan de Borja
Soneto
Letra para un tango
La Tradición Romancera de María de Padilla, Esposa de Pedro el Cruel
¿Qué es la poesía?
Sicut nubis quasi navis velut umbra
Tu mirada
Resaca
Expañoles
La amante desconocida
La araña del otoño
La balada de Don Juan Tenorio
La Batalla de Muhlberg
Cabalgata de un fantasma por España
El romance del virrey loco
El romance del viejo verde
Romance de montería
Romance de los reflejos
La leyenda de Dorian Grey
La leyenda del holandés errante
La leyenda de Guillermo Tell
Romance del Rey Don Pedro
Numancia
Siempre Vivir
Azul, Rojo y Amarillo
Malú
Miedo Marinero

Fernando III El Santo
Soneto en el avión

 

BALADA DEL REY DON ENRIQUE


Se casan las hijas del rey
y Francia se viste de gala;
en blanca seda y carey
se adorna la adusta sala:
La bella doña Isabel
con Felipe, Rey de España;
con Margarita, Emmanuel,
de la Saboya lontana.
Catalina en la ventana,
cuelga reales pendones,
arrebata la campana,
flor de lis en los blasones.
Nobles corceles de guerra
piafan en sus armaduras,
admira toda la tierra
las nobles cabalgaduras.
De Francia, el Rey Don Enrique,
monta su caballo bayo
que vuela sin que lo pique,
ni lo asusten trueno o rayo.
A sus contendores vence
con la punta de su lanza
y en sus ojos tristes vense
resplandores de añoranza,
añoranza por la muerte,
su secreta enamorada,
de la que la buena suerte,
le ha amparado la emboscada.
La reina le ruega pare
la peligrosa contienda,
pero él exclama: -“¡Me ampare
Dios!” - y da suelta rienda.
Le enfrenta el conde Gabriel
de Montgomery, escocés,
de su guardia el jefe fiel,
muy temerario talvez.
Cargan los dos palafrenes,
raudo el galope tendido,
a la altura de las sienes,
surca el acero bruñido.
Reza reina Catalina
de Médicis por su señor,
mas ya la lanza asesina
traspásale por el visor.
Cayó el rey, del ojo tuerto
sangre su rostro bañó.
Mas cuando estuvo ya muerto,
prima vez, que sonrió.

BALADA DE LA MUERTE DE JUAN DE BORJA

Suenan alegres tambores,
cantan canoros clarines,
los corceles braceadores
sacuden sus albas crines,
retornan los vencedores
triunfantes de siete lides.
¡Que vivan los españoles,
invencibles paladines!
Han adornado las torres
con guirnaldas de jazmines;
siete colinas de flores,
Roma, son siete jardines.
De las banderas, colores:
siete oros, siete carmines.
Desde San Ángel, el Papa
les aplaude complacido.
Arrebato de campanas
celebra lo acontecido:
Han ganado la batalla
Borja y el Duque de Urbino.
-“¡Por el Papa y por España!”-
truena el belicoso grito.
Desenvainada la espada,
descubierto el morrioncillo,
Don Juan de Borja cabalga
en su brioso tordillo,
hijo del Papa, proclama:
“¡A los Orsini he vencido:
El castillo de Anguilara
en mis manos ha caído.
Nuestra es toda la Romaña,
muertos muchos enemigos!”
Lucrecia un beso le manda
desde su balcón florido,
aunque se le oprime el alma,
por el sueño que ha tenido,
pues yacía en muerta calma,
el hermano malherido.
Con una rosa de plata,
el Papa premia a su hijo,
mientras gruñen en Italia,
los príncipes ofendidos.
Don Juan se lleva la rosa
y con ella, la amenaza,
pues en las calles de Roma,
ya se fragua la venganza.
Alegre Don Juan de Borja
prosigue su cabalgata,
ignora que ya la hora
de su muerte está cercana.
Al caer la noche oscura,
del Tíber se oye un clamor,
y un alba cabalgadura,
al lomo va cargando a dos,
dos fantasmales figuras,
escudero y su señor:
Va Don Juan a una aventura
de las que llaman de amor,
su guardaespaldas procura
cubrirle de una traición,
aunque en su pecho ya incuba
un crimen aún peor.
A Juan de Borja, hermosura
le ha ofrecido el corazón,
y el acude con premura
a gozar la reunión.
Mas como es noche sin luna,
necesita protección:
-“Ve a traerme mi armadura.”-
Manda al sicario traidor.
Sube a donde la dulzura
ha de darle prima flor.
El escudero se apura,
vende a su benefactor,
monedas de plata pura,
por una nefanda acción.
Los Orsini se conjuran,
que hoy don Juan va a ver a Dios...
Cuando muy de madrugada,
su paraíso dejó,
y su caballo en la arcada,
con gesto altivo montó,
la estribera era cortada
y Borja al suelo cayó.
Entonces, de cinco espadas,
las estocadas sufrió.
Cinco heridas que manaban,
hasta que se desangró,
cinco puertas desclavadas,
por donde la muerte entró.
Ya se aclara noche oscura,
gana el Tíber su rubor,
la rucia cabalgadura,
carga muerto al gran señor.
Al río desde la altura,
el sicario le arrojó
y el agua, su sepultura,
de un sorbo, se lo tragó.

SONETO

No me he muerto, vivo todavía
y tus labios rutilantes son mi pan,
mas tus ojos de miel, melancolía,
como oleaje de mar, batiendo van.

No he vivido bastante, amada mía,
aunque muchas décadas ya pasado han.
Dime si mi amor te da apatía,
por lo muy repetitivo de su afán.

Vivo todavía, aunque ya muerto
encuentres mi fragor de juventud;
yermo y deshojado nuestro huerto,

despojado de su antigua plenitud.
Naveguemos, amándonos, al puerto
del desierto que llaman senectud.

LETRA PARA UN TANGO

¡Cómo quisiera verme en el espejo
el rato de morir!
Mirarme en el reflejo:
Una lágrima postrera ver lucir
cuando el alma de mi rostro va a partir...
Quisiera ante el espejo balbucir,
decirle al anciano: -¡Chao Viejo!
y al espejo con beso despedir...

Ese yo con sus costillas, mi caballo
brioso entonces fue,
mi paso raudo, el pié,
mis manos contra las que aún batallo,
el tacto, con que ciego el sol toqué
y ese penis marchito que ya no hallo,
el báculo con que el cielo visité.

¡Cómo quisiera verme en el espejo
el rato de morir!
Mirarme en el reflejo:
Cuando el alma de mi rostro va a partir,
una lágrima postrera ver lucir...
Quisiera ante el espejo balbucir,
decirle al anciano: -¡Chao viejo!
y al espejo con beso despedir...

LA TRADICIÓN ROMANCERA DE MARÍA DE PADILLA

Al idioma castellano no le merma el paso del tiempo. Mientras otras lenguas sufren una metamorfosis destructiva, como el inglés o el alemán, la nuestra sobrevive intacta. Entendemos perfectamente los romances del tiempo del Rey Don Pedro el Cruel. porque la gran mayoría de las palabras aún están en uso hoy día. La fonética del español ha permanecido imperturbable, por la identidad entre las vocales escritas y habladas. Desde el año 1350 hasta ahora, ha prevalecido un sinnúmero de romances que rememoran los hechos del reinado de aquel rey que murió a manos de Don Enrique de Trastamara, su hermano de padre,. tras la batalla de Montiel.

Al investigar la vida y los tiempos del rey Pedro I de Castilla, para yo poder escribir para el teatro su tragedia, me encontré con muchos romances que en múltiples variantes trataban sobre la Muerte del Maestre de Santiago Don Fadrique de Trastámara, gemelo de don Enrique, por capricho de Doña María de Padilla que dominaba a Pedro el Cruel por vía de la pasión que los unía como amantes. Casi sin tocar esos romances, los copilé en uno sólo, que reproduzco a continuación:

Hoy es víspera de Reyes,
primera fiesta del año.
Caballeros y doncellas
al rey piden aguinaldo,
no siendo Doña María,
que a la puerta se ha quedado.

-“Entre usted Doña María
a pedirme su aguinaldo.”

-“El aguinaldo que pido
non ha de serme otorgado.”

-“¡Si será Doña María,
aunque ‘O pierda mi reinado!”

-“Yo querría la cabeza
del Maestre de Santiago”

Cartas y billetes mandan
al Maestre de Santiago,
que viniera ver las fiestas
que en Sevilla se han armado,
y él por distinguirse en ellas
vistiose de colorado.

-“Yo me estaba allá en Coimbra
que me la hube ganado,
cuando me vinieron cartas
del rey Don Pedro mi hermano,
que fuese a ver los torneos,
que en Sevilla se han armado.
Yo Maestre sin ventura,
yo Maestre desdichado,
tomara trece de mula,
veinte y cinco de a caballo,
todos con cadenas de oro
y jubones de brocado;
jornada de quince días,
en ocho la había andado;
a la pasada de un río,
cruzándolo por el vado,
cayó mi mula conmigo,
perdí mi puñal dorado,
ahogáraseme un paje,
de los míos más privado,
criado era en mi sala
y de mi muy regalado,
conmigo comía a la mesa,
conmigo duerme a mi lado,
hermanos fuimos de leche,
nos crió mi madre a entrambos.

Con todas estas desdichas
a Sevilla hube llegado.
Di espuelas a mi mula,
en Sevilla me hube entrado;
de que no vi tela puesta,
ni vi caballero armado,
fuíme para los palacios,
del rey Don Pedro mi hermano.

En entrando por las puertas,
esas puertas han cerrado,
quitáronme la mi espada,
la que traía a mi lado,
quitáromme mi compañía,
que me había acompañado.
Los míos desque esto vieron,
de traición me han avisado,
que me saliese yo fuera
y me pondrían en salvo.
Yo como estaba sin culpa,
de nada hube curado,
fuíme para el aposento
del rey Don Pedro mi hermano.”

-“Manténgate Dios, el rey,
y a todos de cabo a rabo,
obedeciendo tu ley,
aquí estoy a tu mandado”

-“¡Mal hora vengáis, Maestre!
¡Maestre sois mal llegado!:
Nunca nos venís a ver,
sino una vez al año,
y ésta que venís, Maestre,
es por fuerza o por mandado.
Vuestra cabeza Maestre,
pedida está en aguinaldo.”

-“¿Porqué es aqueso, buen rey?
Nunca híceos desaguisado,
ni os dejé yo en la lid,
contra los moros peleando.
Quien mi cabeza pidiese,
ponga la suya a recaudo,
que cabeza de hombres vivos,
no se mandan de aguinaldo.
Villas y ciudades tengo,
para darlas de regalo,
no me las dio rey ni reina,
ganélas yo por mi mano.”

-“¡Venid acá mis porteros,
hágase lo que he mandado!”

Aún no lo hubo bien dicho
Maestre han decapitado
y a María de Padilla,
la cabeza han enviado,
cuando María tal vio,
mucho se ha maravillado,
la agarra de los cabellos
de bofetadas le ha dado,
y así hablara con él,
como si estuviera sano:

-“Aquí me las pagas, perro,
lo de aguaño y lo de antaño,
cuando me llamaste puta,
del rey Don Pedro, tu hermano,
y aquí pagarás Maestre,
y aquí pagarás villano,
para mi no tenías nombre,
sino puta de tu hermano!”

mesándolo por las barbas
se la ha tirado a un alano.

El alano es del Maestro
y bien conoció a su amo,
la prende entre sus dientes
y se la lleva al sagrado;
con las patas le hizo fosa,
con las fauces la ha enterrado
el día de los tres reyes,
primera fiesta del año,
y saliéndose a la puerta,
fuertes alaridos daba.

Oyéralos el buen rey,
del palacio donde estaba:
-“¿Quién hace mal a mis perros,
quién mal hace a mis alanos?”
-“Nin hacen mal a sus perros,
nin tampoco a sus alanos,
que ese es el can del Maestre,
que da voces por su amo.”

-“Cuando el perro hace aquello
¿Qué haré yo que soy su hermano?”

Y a los aullidos del perro,
mucha gente se ha juntado,
unos vestían de luto
y otros de seda y morado,
sólo María Padilla
se viste de colorado.

Aquí se acaba la historia,
aquí se acaba el reinado,
de María de Padilla
y del triste degollado.

¿QUÉ ES LA POESÍA?

Si preguntas, qué es la poesía,
yo diría que es la esencia de las cosas
o el nombre que el hombre les daría,
antes que las rosas fueran rosas.

Poesía es el agua que corría,
la nieve que revuela y que reposa,
el trueno que a los cielos sacudía,
la fiera que te acecha y que te acosa;

en el gozo, en el miedo, en la agonía,
en el éxtasis, el llanto y en la muerte,
la voz los describía y repetía

y así la poesía aparecía,
siguiendo las venturas de la suerte.
¡Tanto, al vivir, ella revierte!

SICUT NUBIS QUASI NAVIS VELUT UMBRA

Era como las nubes,
umbría bajo el sol, fresco su aliento...
Las albercas azules,
los verdes abedules
remedan su gracia en mi recuerdo.

Era cual las naves:
caminaba llevada por el viento.
Del vuelo de las aves
y ondearse de trigales
se había contagiado el movimiento.

Igualándose a las sombras,
habitaba las cosas desde adentro:
Anidaba en las olas,
ensoñaba amapolas
y volaba con las aves por el cielo....

TU MIRADA

El viento trae en la lluvia
la vida de los trigales,
verdes, ondulantes mares,
tus ojos, en la garúa.

Verde, la caña de azúcar
ondeando en los vendavales.
Tus ojos, verdes raudales
de esmeraldina dulzura.

Son tus ojos vegetales,
selvas densas y profundas,
son soleados cafetales,
arrozales que se inundan,

primaverales pinares,
lejanas, silentes tundras,
un oasis de palmares,
un vuelo de verdes plumas....

RESACA

Te me vas cual marea,
te marchas silenciosa de mi orilla;
tu mirar se ausenta,
te sumerges en nieblas
y tus manos, gaviotas, me retiras.

mas vuelves, cual marea,
reviertes en oleaje, embravecida
y tus labios de seda,
amapolas y perlas
me traen en resaca florecida.

Tienes, del mar, la esencia;
es profundo el ignoto que te habita,
mas la luna se ingenia
a que huelles mi arena
ora a tu llegada, ora a tu partida....

EXPAÑOLES

Quinientos años de ausencia,
cien años de soledad,
buscando la quintaesencia
de lo que es hispanidad.

No somos los de Valencia,
ni es en Burgos, la heredad.
Tan larga ha sido la ausencia,
que no tenemos ciudad.

Somos esos españoles
procedentes de otra edad,
quemados por siete soles,
los de la Santa Hermandad,

los de la negra leyenda,
los de la espada y la cruz;
nuestra senda es la sangrienta,
nuestra paz, el ataúd...

LA AMANTE DESCONOCIDA

En el vórtice azul, donde juegan los cometas,
su flamante melena, León del Universo
sacude airoso y de Dios, dados y almonedas,
fijan la suerte humana al anverso y al reverso,

surcó el halcón, golondrina hizo piruetas
y en el hálito del viento, voz y aroma inmerso,
luz celestial, latido de aguas quietas,
escribo, conjurándote, este gongorino verso:

Huiste del pasado, fugaste hacia el futuro,
ausente del presente, eres misterio puro.
¿Te hallaré amada, como abeja en el Nastuerzo

o en la mosca, que conmigo comparte este almuerzo?
Zarpaste, misteriosa, al mar de los sargazos...
¡Yo, en el ganso, pluma, rastrearé tus pasos!

LA ARAÑA DE OTOÑO

La araña del otoño pulsa el arpa
y me llega tu queja, levemente,
traspasando el espeso tiempo ausente,
reiterándome tus últimas palabras...

La hiedra nos contempla sonrojada,
miríada de estrellas vegetales
y planetas, las uvas celestiales,
nos invitan a su pérgola lejana

Y maduran tus senos, dos manzanas;
me suspiras en la próxima alameda
y percibo tus ósculos de seda
en las rosas que mueren escarchadas.

Hechizado, revivo tu recuerdo
en las hojas que aletean y se posan,
en las hierbas y zarzas que me rozan,
en el humo y en la niebla y en el cierzo...

LA BALADA DE DON JUAN TENORIO

Don Juan seduce señoras
y las sirvientes también;
amando vanse sus horas,
tal fluyen ríos de miel.
Mas Don Juan no se enamora,
para él cuenta el placer:
A la una encuentra en todas,
todas en una a la vez.
¿Mujeres? Iguales rosas,
de la cabeza a los pies,
pétalos labios, mariposas,
las manitas son para él,
los ojos, lucientes joyas,
esmeraldas por doquier,
los dientes, perlas preciosas
y cada beso, un buñuel;
ostras celestes, las bocas,
que dan un mar que beber;
los pechos, frutas lirondas,
undosa pampa su piel,
sobre que presto galopa
su muy brioso corcel.
Ellas en él admiran
el buen porte y donosura,
el garbo con que camina,
su mirada muy segura,
con que de pronto domina
a la más casta y más pura.
Su espada es mucho temida
por certera y por aguda
y en las calles de Sevilla
pocos son que no la huyan,
que en sangre deja su firma
al cabo de cada burla
y empieza, donde termina
una nueva burla suya.
Pero Dios que todo mira
y que toda queja escucha,
en cuya corte termina
zanjándose toda disputa,
a Don Juan, heraldo envía
con ultimísima consulta:
-“¿Aceptas la gracia mía,
que ora te salva y te indulta
o terco sigues tu vida
ciega, cruel y disoluta?”
Este misterioso heraldo
va a conminar a Don Juan,
es la estatua de un hidalgo
tallada en piedra sillar,
que a prueba de gran milagro,
de pronto echa a caminar:
-“Don Juan -le dice- si os valgo,
invitadme a merendar.”
-“¡Sed, señor, mi convidado,
buena cena os he de dar,
aunque tenga mi criado,
guijarros que cocinar!”
Rubio el sol, ya se ha ahogado,
del mar, en la inmensidad,
en Sevilla se han callado
las voces de la ciudad
y el Guadalquivir, esclavo,
sus pies lava con bondad.
De pronto se oyen los pasos
rocosos, tardos, marchar
y ante el solero palacio,
el aldabón golpear.
Don Juan le sienta en su mesa,
sin un gesto de temor,
con buen vino le celebra
al pedregoso señor.
Cosas amenas conversan,
de la llama al resplandor,
hasta que tan sólo restan
rescoldos en el fogón.
El Convidado se apresta
a salir por el portón,
pero de pronto se arresta
y plantea la cuestión:
-“¿Aceptas gracia divina,
que ora te salva y te indulta,
o piensas seguir tu vida
ciega, cruel y disoluta?”
Don Juan Tenorio adivina
que esta es última consulta,
que su suerte se termina,
si es que a Dios ahora insulta.
Sin decir una palabra,
retrocede un paso atrás,
tira del cinto la espada
y provoca, contumaz.
El de piedra desenvaina
con destreza sin igual
y se baten por la sala
en combate singular,
hasta que se quiebra el arma
del temerario Don Juan.
El de piedra le demanda
ante Dios se encomendar,
con la espada le traspasa
y le deja desangrar.
¿Mujeres? Iguales rosas
de la cabeza a los pies;
pétalos labios, mariposas,
sus manos eran para él,
los ojos lucientes joyas,
esmeraldas por doquier;
los dientes, perlas preciosas
y cada beso, un buñuel;
ostras sabrosas, las bocas
dábanle un mar de beber;
sus pechos, frutas lirondas,
undosa pampa su piel,
sobre la que galopaba
su tan brioso corcel...

LA BATALLA DE MUHLBERG

¿Carlos V a dónde vas?
Por entre el verde vergel
bebiendo el viento voraz,
raudo vuela tu corcel.

¿Hablas rey contigo mismo?
¿Cuerdo o loco el gran señor?
Cual parlando a un espejismo,
les increpas con furor:

-“Hijos sois del mismo Dios,
como nosotros, cristianos.
¡Contra el aguijón, la coz,
dais vosotros, Luteranos!”

Amanece sobre el Elba,
ecuestre, el Emperador,
sale el sol entre la selva,
rojo y gualda, su esplendor.

Al otro lado del río,
envuelto en gélidas nieblas,
ya el enemigo impío
emerge de las tinieblas.

Junto al rey, el Duque de Alba
en su blanco palafrén,
del Elba el vado ya salva,
con ellos, señores cien...

Sus plateadas armaduras,
sus penachos emplumados,
sus raudas cabalgaduras,
por el sol iluminados.

Surca la lanza aguzada,
la espada raja y asola,
cual de arcángeles mesnada,
ataca furia española.

Su galope se lo escucha
tamborillando sin fin.
La Muerte en una casucha
se disfraza de arlequín,

Tala y corta, mientras ríe,
punza y taja en tanto danza.
El corazón se deslíe
cuando lo alcanza su lanza.

Los más grandes alemanes
caen muertos o vencidos.
Prinz Phillipp y Prinz Johannes
van presos y malheridos.

Anochece sobre el Elba.
Desmonta el Emperador.
El sol cala en negra selva,
grana y oro su color.

Ha triunfado Carlos V
el veinticuatro de Abril.
Ya envaina su espada al cinto,
fluye el Elba azul añil....

CABALGATA DE UN FANTASMA POR ESPAÑA

Galopo mi caballo por pardos olivares,
los abrasados campos de Mora de Toledo,
do retuerce sediento sarmientos el viñedo
y el Tajo, su sendero azul hacia los mares...

¿Quién vive? – me preguntan – Tú no eres de estos lares;
¿Qué buscas? Di, cuál es tu Dios, tu ley, tu credo?
El Greco te pintó; tu rostro inspira miedo.
¡Detente! que trasuntas en luces estelares...

Provienes de otro mundo, son las sombras tus pares.
No toca tu tordillo la tambor del suelo;
tejieron tu vestido telares nebulares.

No eres del infierno tú, tampoco eres del cielo.
Viniste de antañares, de ancestrales lugares
en un témpano del tiempo errante en su deshielo.

Cabalgo mi caballo por plazas y portales,
se santiguan al verme doncellas y tenderos,
por playas y zarzales me huyen los cuatreros,
los curas me exorcizan desde los ventanales,

Las monjas se flagelan con ramas de rosales,
si huella su cartuja mi lerdo derrotero;
mirando en mi silueta la flor del mal agüero,
las novias se marchitan en sus noches nupciales.

¡Ah! Vasta Extremadura, Andalucías feudales,
Aragonia nevada, los huesos míos quiero
enterrar muy hondo entre estos berrocales.

Cargado de caudales regreso del saqueo,
mi oro es un reguero de sangre y de maldades,
un hueco anhelo bajo esas zarzas de romero...

EL ROMANCE DEL VIRREY LOCO

Un contrabando de mulas
cargadas de fina plata,
como una hilera de truchas
se escaparon por el agua,
y por el agua a la luna,
donde nadie las atrapa;
el virrey, una por una,
cada noche las reclama,
sus truchas de plata pura
en la pecera lejana.
Le relinchan de la altura
mulillas de albas albardas,
con las orejas lanudas,
y las escamas plateadas.
El virrey en su locura,
se ha trepado a la montaña
y en un velero de bruma
se hace al cielo esa mañana:
-“Voy por mis cabalgaduras
que a la luna se espantaran,
llevo una araña nocturna
que me las pesque en su trama”-
Las aguas de la laguna
traen lunas acuñadas
y enjaezadas de espuma,
las mulas enmaromadas.
El virrey una por una
a su nave las rescata,
mientras la taranta pulsa
canoras cuerdas del arpa.

EL ROMANCE DEL VIEJO VERDE

El viejo verde se acerca,
arreando su negra mula,
sus brazos abiertos sueñan
con una maja desnuda
y en la fontana la encuentran,
medio perla y medio luna.
Ella, temerosa, tiembla
sorprendida en la penumbra,
anidando entre las piernas,
un miedo de leves plumas.
El viejo verde recuerda
el mármol de mil columnas,
alientos de hierba buena,
senos de nácar y azúcar.
-“¡Dame tus manos, morena,
para leer tu fortuna!”-
Ella, airada, se las niega,
témpano hasta la cintura.
Tocarla el viejo quisiera,
a la gélida escultura,
de a buenas o por la fuerza,
manos verdes de lujuria.
Pero Fontana se eleva,
ave de escarcha y de bruma.
La luna ya se regresa,
fantasma por la llanura
y el viejo arriero se aleja,
maldiciéndole a la mula.

ROMANCE DE MONTERÍA

Viene brincando las zarzas,
el venado por el monte,
huye de verdes monteros
con corazones de bronce.
Los pinos acongojados
van repitiendo tu nombre:
-“¡Que no te hieran sus balas!
¡Que no te alcancen sus voces!
¡Que vivas cien primaveras,
entre las flores del bosque!”-
Crispan puño las raíces,
en impotente reproche
y rezan por un eclipse
que opaque todos los soles.
Al tiempo, río fantasma,
que fluye junto a las torres,
fingiéndose lunas llenas,
han parado, los relojes.
¡Pero, ¿qué pueden las cosas,
contra designios del hombre?
En una esquina del cielo
se oye un apagado golpe:
¡Han abatido al venado,
los señores cazadores!
La Virgen frente a su espejo
llora una estrella salobre.
El día muere temprano
en el gélido horizonte
y monteros negros vuelven
embozados en la noche.

ROMANCE DE LOS REFLEJOS

¡Qué día para perderse
entre brumas a lo lejos!
La niebla lo envuelve todo,
en su manto de silencio;
palpan el río los sauces,
a hurtadillas del cielo;
gaviotas, en las alturas,
remedan locos pañuelos;
como ciego, marcha a tientas
por el suelo, un cuervo negro
y en un árbol marca el tiempo
un pájaro carpintero....
¡Qué día para perderse,
entre brumas, a lo lejos!
Tus manos azules llaman
la puerta de mi recuerdo;
en la escarcha de las flores
tu llanto veo de nuevo
y en la grana de una rosa
tus labios rojos encuentro...
¡Cómo quisiera cruzarla
claraboya del espejo
y perderme entre las brumas
que reflejan, a lo lejos!

LA LEYENDA DE DORIAN GREY

Mirábase en el espejo
el apuesto Dorian Grey,
temía ponerse viejo,
como es para todos ley.

-“¡Vejez no tiene remedio;
es preciso precaver,
frenarle la marcha al tiempo,
hacerle retroceder!”-

Manda parar relojes,
calendarios, deshacer
y los péndulos veloces,
con ingenios, detener.

Sólo los años bisiestos,
ordena reconocer
y el retorno del invierno,
con fuegos, desvanecer.

Mirábase en el espejo,
el apuesto Dorian Grey:
Gris se tornaría el pelo,
se arrugaría su tez;

se le haría el paso lento,
ciegos los ojos después,
endeble, lo antes tieso,
huesos, pasado el dintel.

-“Vejez no tiene remedio”-
se angustiaba Dorian Grey.
“¡Diera el alma en el empeño,
de esta torpe ley vencer!”

Del espejo, en el reflejo,
aparece Lucifer,
gobernante del infierno,
maestrante en complacer...

-“Lord Dorian, ¿Joven eterno
quisieras permanecer?
Yo profeso justo en eso:
¡Hacer rejuvenecer!”

Lord Dorian, en noble lienzo,
pendía de la pared,
donde los tiempos inciertos,
nunca podrían con él.

-“Pintura, harás de genio,
donde envejezca el doncel.
Tú, Dorian, recibe el premio
de siempre lozana piel,

y cuando llegue el momento,
en que cumplas años cien,
vendréte a llevar al reino,
del que no hay vuelta volver.”-

Dorian Grey: –“¡El trato hecho!”-
jura al tenebroso rey
y se jacta;. –“¡A lo hecho, pecho!
¡Lienzo amigo, envejeced!”-

Y el lienzo, frente al espejo,
lento, envejeciendo fue,
mientras mi lord, jovenzuelo,
se divertía al granel.

Cientos de lunas le vieron,
de sus festines, volver
y mirarse en el espejo,
al apuesto Dorian Grey.

Pero un día en el reflejo,
el fatídico Luzbel,
le dijo: -“Querido viejo,
ya pasaron años cien!”-

Y de pronto, el noble lienzo,
que colgaba en la pared,
con estrépito tremendo
vuelve a rejuvenecer

y se retuerce en el suelo
el anciano Dorian Grey,
lo mete el diablo al espejo
y al fuego eterno fuese él.

LA LEYENDA DEL HOLANDÉS ERRANTE

Navega en la noche negra,
por entre las olas del mar,
cortando la pálida niebla,
sin brújula y al azar.

Un fantasma la maneja,
dice, quien la ve pasar,
nave de bella bandera,
níveas velas de azahar.

En puerto, novias esperan
tus marinos arribar,
pero ya se han vuelto viejas,
el tiempo viendo pasar.

Errante, triste quimera,
que hicieras tantas llorar,
tu secreto ¡anda! revela,
confiésanos tu malabar.

Desde el puente, lúgubremente,
una voz se hace escuchar.
Es el aullido doliente,
de un alma sin Dios, ni paz:

-“Soy el errante holandés,
que pactara con el diablo,
desdichado timonel,
para siempre, desterrado,

que a puerto nunca llegué,
ni nunca seré llegado,
sino siempre vagaré
entre ondas, desgraciado!”-

Viento en popa, se le ve:
Cabo de Buena Esperanza.
La muerte juega con él
los dados, a ver quien gana.

Les arbitra Lucifer,
de la noche, a la mañana.
-“¡Va contra la peste, tu alma!”

Navega la peste negra,
entre África y Gibraltar;
cruza la pálida niebla,
sin brújula y al azar,

nave de bella bandera,
velas albas de azahar,
errante, vana quimera,
sin puerto nunca tocar.

Jugando, su suerte espera,
el aciago capitán.
Los dados siempre postergan
su inevitable final.

El barco triste navega,
mal haya, quien lo encontrar,
que es perdido quien le apega,
muerto, quien le va a abordar.

Recemos que nunca pierda
el maldito capitán.
¡Que quede la peste negra
extraviada en medio mar!

LA LEYENDA DE GUILLERMO TELL

Mildoscientosnoventiuno
es el año del Señor.
Juran Suizos, uno a uno,
sólo obedecerle a Dios.

De aquellos Alpes, virrey,
es Don Gessner, cruel señor,
que a su sombrero, por ley,
manda que se rinda honor.

-“Yo no saludo a un sombrero”
protesta Guillermo Tell,
hombre valiente y certero,
ballestero de ojo fiel.

Gessner lo echa en prisión
y manda traer su crío.
Escarnio quiere y lección,
para este pueblo bravío.

Gessner coge una manzana
del árbol de oro otoñal
y dice: -“A ver quien gana,
tú, o yo, si aciertas mal.”

Y al niño pone la fruta,
como blanco, en la cabeza.
Celebra su burla bruta
bebiéndose una cerveza.

El pueblo triste murmura:
-“¡Matará a su hijo Tell,
la saeta a tal lejura,
traspasarále la piel.”

El niño con grandes ojos
mira al padre colosal.
De llanto, ni fuga, antojos,
dañan su entrega total.

Tell apunta su ballesta
y exclama: -“¡Te mataré,
Gessner, si es que esta apuesta,
la suerte me hace perder!”

Vuela alegre la saeta,
al sol del atardecer.
La mirada no la encuentra,
tan veloz su proceder.

Manzana se parte en dos,
queda mozalbete ileso.
Ríe Gessner viva voz
y manda se libre al preso.

Tell lleva sangre en el ojo,
mientras con su hijo se va.
El cielo se torna rojo
cuando el sol se oculta ya.

Temprano al siguiente día,
soldadesca le echa mano.
Gessner a cárcel le envía,
pues quiere curarse en sano.

Le embarcan en un esquife,
cargando siete cadenas.
Tocan un negro arrecife,
antes que cumpla condenas.

Da un salto Guillermo Tell
y llega franco a la orilla.
La tormenta, al barco aquel,
lo traga con vela y quilla.

El hijo al padre desata
de cadenas y de amarras.
Gessner jura que los mata,
si cayeren en sus garras.

Y anda puesto su chambergo
con pluma de pavo real.
Galopa en caballo negro
seguido de su chalán.

-“Por esta vega sombría,
el tirano pasará”-
La voz de Tell repetía –
“La celada lista está”.

Gessner viene pinturero,
jinete, capa y espada.
-“¡Va el saludo a tu sombrero!”-
le grita Tell y dispara.

Gessner mira la saeta
que le llega entre las cejas.
Da el caballo voltereta
y ¡Gessner! la vida dejas.

Mildoscientosnoventiuno
es el año del Señor.
Juran Suizos, uno a uno,
sólo obedecerle a Dios...

EL ROMANCE DE SANTA MARÍA

Silba el viento entre las velas,
salta espuma entre las olas.
Ya vuelven las carabelas
cargadas de finas joyas.
El pirata las contempla
bellas al sol de la aurora,
cual si danzaran doncellas
al son de música mora;
blancas esclavas las sueña
en un serrallo de conchas.
Señoras, las tres navegan
entre corales y rocas,
no saben que las acecha
el corsario con su flota.
Al ver su bandera negra
de escapados de la horca,
el Gran Al mirante ordena
las proas hacia Mallorca.
La Virgen desde su almena
ha dispuesto ya otra cosa:
Salta espuma entre las velas,
silva el viento entre las olas
y vuelan las carabelas
convertidas en gaviotas...

YO QUIERO PEDIRLE AL REY

Yo quiero pedirle al rey,
que me devuelva mi casa,
que dejé cerrada ayer
en algún pueblo de España.
No han pasado tantos años,
pues son apenas quinientos,
que salimos cinco hermanos
rumbo de los cuatro vientos;
que si somos de Jaén,
o vinimos de Gandía,
Borja, Cabra o Almería,
no supo decirnos quién;
pero traigo a horcajadas,
un duende sobre mis hombros,
por millares de jornadas
y por entre mil escombros
y él me dice que conoce
aquella bella comarca,
de salcedos y de robles,
de trigales y de albahaca.
Acaso entonces desmonte
de la larga cabalgata
y al rey le señale dónde
nos pariera nuestra mata.
En algún pueblo de España,
yo quiero pedirle al rey,
que me devuelva mi casa
que dejé cerrada ayer...

ROMANCE DEL REY DON PEDRO

Cazaba en espeso bosque,
don Pedro, rey de Castilla.
En los árboles se esconde
presa muy apetecida.
Dardo en su ballesta pone,
por si vuele cielo arriba,
quien en su reino dispone,
que alguien fenezca o que viva.
“Avutarda, anidas dónde?
Vuela. Sal de tu guarida…”
La escondida, su voz oye,
de miedo, tiembla transida:
“Si blanca nube me acoje,
la vida salvo en la huida.”
Salta el ave. El rey la corre,
de su ballesta, en la mira;
traspasa el cor de la pobre,
que, muerta, cae abatida.
Un mensajero, a la postre,
interrumpe la partida:
“Tu hermano bastardo viene:
Don Enrique, hacia Montiel.
Un gran ejercito mueve
sus negras ruedas por él.”

Don Pedro no se conmueve.
Manda armarse a su tropel.
Le asisten seismil jinetes
y peones al granel.
En el campo de batalla,
los contrarios bien se ven:
Brillan sus cotas de malla,
sus yelmos, sobre la sien.
Los caballeros de Francia
a Enrique dan su sosten.
Don Pedro, veloz, avanza
con ánimo de vencer.
Bate el rey, valiente, su hacha;
descabeza a más de cien.
Don Enrique, mala cara
pone, su enemigo, al ver
y a los moros descalabra,
que han venido con el rey.
Cae el sol y el campo acalla
la contienda sin cuartel.
Se enroca el rey. Magra Parca
los muertos cuenta fidel.
Su heraldo el fallo proclama:
“Derrotado, Pedro el Cruel”.
Del castillo ya se escapa
don Pedro, con su retén,
pero la guardia le aguarda
y pronto le echa la red.
“Mi rescate en oro y plata,
por mi honor, yo pagare.”
”Hermano, Rey de Castilla,
tu rescate compro yo,
que he de quitarte la vida,
vengando a doña Leonor.
Quién mato a mi madre, quién?
Los infanzones, también?
De doña Blanca, la mano,
quién la pidió y después,
el despiadado tirano
mandola ultimar, infiel?
Quién quiso violar, insano,
a Maria Coronel?
Fuiste tú. Oh, rey cristiano,
discípulo de Luzbel.”

“Enrique, Dios te maldiga,
sacrílega es tu viva voz.
Al regicidio te inspiran,
Satanás y vil Moloch.”

Y mientras esto recita,
va de su puñal en pos
y al bastardo Enrique excita
a la lucha entre los dos.
Los hermanos se acuchillan,
ante el espanto de Dios.
En un ojo, Enrique atina
a acertar a su señor
y el duelo infame termina,
con ese golpe feroz .
La testa del rey, cautiva
en una jaula hasta hoy,
tuerta, contempla a Castilla,
que le negara su amor.

NUMANCIA

Cuna de heroicos Celtíberos que fuiste,
Nunca hubo enemigo que te conquiste.
Roma contra ti se enfureció:
Su Escipión Africano te sitió.

Con fosas, tus salidas impidió,
murallas en tu torno construyó.
Mas Numancia a rendirse se resiste:
Corderos y caballos te comiste!

Centuriones te acosan por millares,
sangre y fuego tus horrendos abatares;
noche y día, Escipión te hace sufrir...

-“¡Encerrados no podemos combatir!
¡Mujeres, incendiad vuestros hogares,
y venid con nosotros a morir!”-

Y este pueblo de valientes se decide
que es morir mejor que esclavitud.
Con ojos de terror la altura mide,
de la altísima muralla, hasta el talud.

Última clemencia a Dios le pide,
contemplando en el abismo, su ataúd,
y aunque el instinto el sacrificio impide,
Numancia salta a muerte, en un alud.

El Duero en su meandro llora,
y Cervantes su pluma moja en él,
escribe con el rojo de la aurora,

su tragedia en un pálido papel.
¡España, esa fue tu mejor hora,
de tu Historia, el prístino dintel!

 

SIERVOS AGRARIOS
Por Alberto Larrea Chiriboga

De las quiebras hondas de la serranía
son ecos perdidos mis rudas canciones,
por eso hay en ellas la melancolía
de valles lejanos y de altos peñones.

La melancolía de blancas montañas
que guardan la estirpe de viejos condores
y en donde se agrupan visiones extrañas
al son dolorido de los rondadores.

En las crestas grises perfila la niebla
-fantasmas o espíritus de época lejana –
la flor de la raza que el tiempo despuebla
en la de otros dueños, tierra americana.

Allí se dibujan zagalas desnudas
de talles flexibles y pechos erectos,
entre los guerreros de pupilas mudas
y fosforescentes, cual áureos insectos.

Allí los monarcas que dejan la vida
llevando en el alma la luz de los ojos
tristes y profundos de la preferida
que ha de sepultarse junto a sus despojos.

Allí las hogueras en la noche bruna;
la indecisa sombra que al guerrero acecha
y entre los discretos claros de la luna,
el arco tendido y el grito y la flecha.

Allí... llega el viento que azota la niebla,
rompe las visiones, y el cuadro diluye,
y surge la sierra que el tiempo despuebla
y la raza triste que el odio destruye.

Abajo van ellos, como enjambre fiero,
sin arcos, ni flechas y desmelenados
sus dorsos broncíneos en curvas de acero
al peso que llevan desmayan cansados.

Ya no son los mismos: sus frentes oscuras
no ostentan el lujo de espesos plumajes;
se acabó la gloria de sus aventuras
dulces y sabrosas, entre los boscajes.

Sus rudas espaldas no adornan las pieles
del puma y el oso; sus manos callosas
ya no darán nunca panales de mieles
a sus adoradas, desnudas y hermosas.

Los que a la luz roja de inmensas hogueras
danzaban la honra del Padre del Día,
llevando en sus picas lacias cabelleras,
trofeos gloriosos de su valentía;

Los que fueron príncipes y viejos monarcas
del bosque y la pampa y el páramo frío,
los que repartían oro de sus arcas
como muestra pálida de su poderío;

Allí van ahora – rebaño de leones,
hambrientos y tristes, y domesticados –
sus dorsos broncíneos, sus férreos tendones,
al peso que llevan, desmayan cansados.

Los dueños del suelo son hordas de parias
que doran de espigas la pampa desierta,
de espigas ajenas... Víctimas agrarias,
últimos despojos de la raza muerta ...

Solo allá en las crestas de la serranía
la niebla revive sus viejas visiones,
por eso hay en ellos la melancolía
de valles lejanos y de altos peñones.

 

SIEMPRE VIVIR

¿Porqué tenemos todos que morir?
Silenciosa, solapadamente,
Nos diezma la guadaña sin sentir.
Vemos ir los amigos y a la gente,

Y creemos, vanamente, subsistir.
El Creador, amargo e inclemente,
Desgrana la granada al devenir.
¡Siempre vivir quiere el demente!

Somos, sin dudar, muy pasajeros.
Pasa apenas la vida, ya se olvida.
Dolor, amor, abrevaderos,

Fuentes son, a que el tiempo nos convida,
Vino fugaz, voraz comida,
Misérrimos dones e ilusorios fueros.

AZUL, ROJO Y AMARILLO

Me preguntas: ¿Porqué es azul el mar?
Es color del cielo, que refleja
y a la nube que, lanuda oveja,
en el prado azul gusta pastar.

-“¿Quién de azul el cielo fue a pintar?”-
De preguntarme tanto, nieto, deja:
Celeste a azul marino se asemeja,
Porque Dios así los fue a crear.

-“Entonces, el diablo inventó el rojo,
cuando quiso el fuego colorear,
y, en la sangre, el rojo fue su antojo.

¿Qué decir del amarillo luego?
¿De Dios o del diablo fue ese juego?
¿Sol de oro fueron juntos a forjar?”-

MALÚ

Pampa nocturna, luz de luna pura,
Va el gaucho galopando en la lejura.
Tanta legua por cruzar le espera,
Los hijos tiernos y su compañera.

Yegua, puente volante sobre tierra,
¡Arre, arre! torrente con montura
Palpitante, viviente arquitectura,
Que me llevas del mar hacia la sierra.

Colinas: olas; nubes: carabelas.
Tengo puestas estrellas por espuelas.
¡Yegua, te daré cebada buena,

Cama de paja y miel de la colmena!
Lumbre que me espera, tanta legua...
¡Qué hiciera yo, mi Dios, sin esta yegua!

MIEDO MARINERO

No quisiera embarcarme esta mañana,
Tan dorada por el sol del trigo.
Prefiero subir a la montaña
Y el cielo azul tocar contigo.

Me dirás que todo lo que digo,
Mentiras son, dulcísima campana,
Con la que engaña tu lázaro mendigo,
A la vana misericordia humana.

Mas repito, no quiero hacerme al mar,
Porque tengo el corazón anclado,
Surto a tu costado, acoderado

Contra tu cuerpo, bello tajamar
Y si me voy, sé yo que embalsamado,
Entre sargazos he de terminar.

 

SONETO EN EL AVIÓN

He visto en el espejo, que estoy viejo,
Los ojos, con pesado cortinaje;
Acaso ya se acerca hora del viaje
Sin regreso, en que este mundo dejo.

¿Qué diré, cuando por fin me alejo?
Antes que a la tumba, el peldaño baje,
¿Cuál el texto del último mensaje?
¿Un adiós? ¿un ósculo? ¿un consejo?

Vano ya, decirte que te quiero,
O que allende el cosmos, yo te espero,
O que ya sin ti, la nada, nada es.

En el recuerdo, encuéntrame, si muero;
Regrésate, en el tiempo, al postrimero
Beso y, te ruego, olvídame después.

 

 

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