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RELATOS


Por Sebastián Bastidas


VERÓNICA

Verónica abrió por completo el grifo del agua fría y una gélida sacudida recorrió en pocos segundos toda su piel. La encantaban las duchas calientes, hasta el punto de que casi la quemaran y en el último instante permitir que un chorro helado la refrescara. Desplazó la puerta de cristal y salió de la bañera al tiempo que una ráfaga de vapor se escapaba junto a ella. Cogió una toalla blanca y se cubrió con ella por encima de su pecho.

Se detuvo durante un momento para comprobar que ningún sonido delatara la presencia de su padre o de su madre en la misma planta en la que ella se encontraba. Escuchó tenuemente como conversaban sus padres y su hermana abajo, en el salón.

Abrió la puerta del baño y procurando no hacer ruido fue hasta su dormitorio. Se miró en un gran espejo ovalado que se alzaba desde el suelo hasta su misma altura aproximadamente. Sus pies descalzos y húmedos podían sentir la frescura marmórea de las baldosas del suelo. Se desprendió de la toalla y contempló el reflejo de su cuerpo desnudo. Aquella imagen la pareció grotesca. Su voluminosa silueta, sus caderas demasiado anchas, su cintura poco marcada, sus senos poco firmes, su cara demasiado redonda, sus orejas demasiado visibles y sus párpados caídos le recordaron que nunca sería como aquellas cantantes o actrices que los muchachos de su edad idolatraban. Escuchó como su madre subía por las escaleras. Recogió la toalla del suelo y corrió de nuevo al baño, dejando tras de sí la marca de sus pisadas.

Lo cierto es que Verónica odiaba su aspecto. Creía con certeza que su rostro era desagradable a la gente hasta que se familiarizaban y se acostumbraran a él, como si las primeras veces que lo contemplaban violentara las pupilas y aún después de apartar la mirada las retinas quedaran irritadas durante algún tiempo.

Con amargura recordaba como siempre que la gente quería eludir llamarla simplemente fea, decían que tenía unos labios bonitos, evitando hacer referencia al resto de sus rasgos. Los labios eran la única parte de su cuerpo que le parecía normal, incluso quizá su tono rosado y dulce los hacia incluso bellos.

Verónica podría haber sido una excelente violinista. Pero pensar en enfrentarse con un auditorio lleno de ojos críticos que la contemplaran fijamente, la asustaba hasta el punto de no soportar la idea. De este modo la voz de su violín vigoroso jamás traspasó los muros de su habitación. A menudo la música era su único consuelo, la única forma de escapar como una fugitiva de un mundo en la que se sentía rechazada. En concreto Johann Sebastián Bach la había ofrecido consuelo en cientos de ocasiones.

Verónica secó su moreno pelo, se vistió con un pijama y salió del baño. Fue nuevamente a su habitación y pulso una tecla del reproductor de cd´s. Al instante el melodioso compás de Mendelssohn perfumaba su dormitorio. Eran las 11:26 de la noche. Se acostó en su cama y se cubrió completamente con el edredón, confiando en que a la mañana siguiente la complicidad de su padre y el destino la ofrecerían una nueva esperanza.
Pertenecía a una familia acomodada que vivía en una urbanización del norte de Madrid y para la que el dinero jamás había sido un impedimento. Tenía una única hermana llamada Alba, muy diferente a ella. Alba era una chica muy delgada, muy alta, de más de 1 metro y 80 centímetros, y que se quejaba de su forma espigada y de su supuesta falta de esbeltez.

Su padre era el presidente de un prestigioso despacho de abogados situado en la Castellana, en el trigésimo séptimo piso de un rascacielos desde el que se divisaba todo el perfil de la ciudad. Precisamente su padre había invitado a comer al día siguiente a un viejo amigo suyo cirujano plástico llamado Adrián. En realidad más que amistad la suya era una relación tan afectiva como comercial. El jurista cuidaba de los asuntos del médico y este a su vez de las arrugas del primero. Verónica estaba convencida de que aquel cirujano la indicaría los cambios que eran precisos para que tras una vida de 19 años, volviera a nacer mucho más hermosa.

Se levanto a las 9:23 tremendamente ansiosa. Deseando que llegara el momento en que el cirujano traspasara el umbral de la puerta. Hasta las 2 el tiempo parecía haberse detenido, pero al fin sonó el timbre. Una sirvienta abrió la puerta y su padre se acercó a los invitados.
- Cuanto me alegro de verte Adrián. Bienvenido.
- Igualmente.
- ¿Y tu mujer?.
- No ha podido venir. Se encontraba algo cansada. ¿Conoces a mi hijo?- el cirujano señaló con la mano a un chico delgaducho que estaba detrás de él.
- No. No le conozco. ¿Es el mayor?.
- Sí. Adrián.
- Vaya. También eres médico ¿no?. Como tu padre. – “Si” contesto el muchacho casi de forma inaudible.

Pasaron todos al salón principal y comenzaron a comer. Verónica sintió una fuerte antipatía por Adrián por que este no era capaz de pronunciar ni una sola palabra. Tan solo contesto “por favor” con una mueca ridícula cuando un camarero le pregunta si deseaba una segunda copa de vino después de apurar la primera. Tras la opípara comida, se sentaron en cómodos sillones a la espera de que alguien trajera el café. Sin encontrar ningún otro tema más serio comenzaron a conversar sobre fútbol y toros. Todos, menos Adrián naturalmente, que continuaba sin encadenar ni una sola frase.

Tras fumar y terminar la taza de café el padre de Verónica rogó a ésta, al cirujano y a su hijo que le acompañaran a otra habitación.

- Adrián, tengo que pedirte algo.- Dijo el padre cuando estaban los cuatro solos.- Mi hija y yo debemos pediros consejo medico. Me alegra que haya venido también tu hijo Adrián. Así tendremos dos opiniones.
- ¿De que se trata?.
- Mi hija quisiera ponerse en tus manos para que perfiles su imagen.- Adrián permanecía en silencio.- ¿ No es así?- Verónica asintió con la cabeza.
- Amigo mío – dijo el cirujano- sabes que no todas las hijas y esposas de algunos ejecutivos y directivos que tu conoces fueron así de bellas siempre. Pero debo advertirte que esto puede ser más caro que los tratamientos que te sueles hacer en mi clínica.
- Lo sé. El dinero no es problema. ¿ Qué cree que debe hacerse mi hija?.
- Quítate el jersey por favor. – Aún a disgusto Verónica obedeció. El cirujano la observó fijamente, mientras su hijo guardaba silencio y se cruzaba de brazos con rostro inexpresivo.- Bueno, en primer lugar deberíamos hacer una liposucción, y tal vez después quitar las costillas, creo que si las dejáramos se marcarían mucho. También una reducción de pecho. Perfilar el mentón y la nariz y también retocar las orejas – Verónica siguió escuchando la interminable lista de intervenciones con cierto miedo, mientras se decía a sí misma que todo aquello pasaría y que después la quedaría un físico precioso para toda la vida- Y bueno, los párpados también deberíamos tocarlos. ¿ Tu que opinas Adrián?.
- Si no les importa me gustaría decir a Verónica lo que pienso a solas.
- ¿Por qué?- preguntó el medico más viejo.
- Es porque entre jóvenes nos entendemos mejor.- aún con recelos los dos padres dejaron solos a sus hijos. Verónica se sentía intimidada por Adrián.- Ponte el jersey por favor. – ella se vistió.- Creo que lo único que deberías cambiar son los labios.- esto encolerizo a Verónica. Su boca era lo único que consideraba adecuado y escuchar que también debería operarla la enojo profundamente. – Permíteme – dijo él. La cogió por los hombros con suavidad y la acercó hasta un espejo y allí acerco dos dedos hasta sus labios y desplazo la comisura de sus labios hasta dibujarla una sonrisa- esto es lo único que deberías cambiar. – Verónica empezó a reír olvidando la antipatía que sentía hacia el muchacho. Este al escuchar su risa femenina la susurró- ¿Ves?, ahora eres preciosa.

LOS CRÍMENES DE LOS ANPOSTURA

Madrid, 21 de agosto de 1883.

Al ilustre magistrado don Benito Garraldez:

Señoría, mi nombre es Agustín Carballo y fui condenado a morir en la horca por los conocidos como crímenes de los duques de Anpostura. No piense que esta misiva va encaminada a solicitar clemencia o a rogar por el indulto, pues sería inútil, ya que en mi primera declaración me confesé como autor único de ambos asesinatos y así lo ratifiqué en el juicio que presidió usted y desde ese momento asumí que mi vida sería breve y estaría irremediablemente ligada a la soga, al garrote vil o un fusilamiento. Sin embargo si que me gustaría dedicarle estas líneas por si en un futuro acontecieran en el entorno de la familia Anpostura sucesos semejantes a los tratados en este caso.

Creo necesario remontarme a ciertos antecedentes de mi historia personal para poder explicar bien lo acaecido, pues hasta el momento solo he podido declararme culpable y asumir la condena.

En los meses anteriores a que se produjese el primer homicidio yo era un conocido y respetado médico en todo Madrid. Mi fortuna personal crecía de la misma forma que lo hacía mi reputación. Los clientes que me reportaban mayores réditos eran con frecuencia aristócratas de alta cuna y personas muy allegadas al rey Alfonso XII, e incluso en una ocasión el monarca mismo. Sin embargo mis atenciones no descuidaban la caridad y por las tardes y noches atendía a los desamparados, aunque estos en rara ocasión llegaran a abonarme los servicios y cuando algo me daban no llegaba ni para cubrir el coste de las medicinas que les suministraba.

El triunfo no se limitaba solo a mi carrera profesional, pues en lo personal tenía la gran dicha de amar a la dulce Maria de los Ángeles Anpostura, hija del tristemente fallecido Duque de Anpostura. Como sabrá es una de las mujeres más bellas de toda la villa. Tenía los cabellos rubios y los ojos claros como el agua cristalina de una riachuelo naciente. Su piel pálida era suave y delicada. Su sonrisa, tenue y eterna, infundía sosiego a quién la observara. Todos esos rasgos los había heredado de la baronesa prusiana Emilia Agberg, quién murió al dar a luz a Maria de los Ángeles.

Maria de los Ángeles no solo era una muchacha preciosa, sino también caritativa y misericordiosa, pues pese a su posición con frecuencia me acompañaba para atender a los menos favorecidos haciendo las labores de enfermería. Cada vez que la veía colocando una gasa humedecida en la frente de un anciano febril, consolar a un enfermo o limpiar la sangre de un herido me enamoraba más de ella.

Una noche fuimos a atender a una mujer que estaba dando a luz. Aquella madrugada Maria acunó en sus brazos durante horas al recién nacido que como ella había quedado huérfano en el mismo momento de nacer. La madre había muerto de una hemorragia que no pude parar. Sin duda porque le recordaba a su propio pasado todo aquel tiempo estuvo intentando contener las lágrimas. Mientras la acompañaba a su casa permaneció callada y sin decir nada. Cabizbaja y alicaída. En ese momento y no sé porque razón, tal vez por ver como nunca antes lo había hecho la sensibilidad de su alma, la propuse matrimonio. Ella accedió inmediatamente. Me abrazó y así permanecimos durante unos minutos mientras ambos, emocionados, sollozábamos silenciosamente. Cuando llegamos a su casa abrimos la puerta y se despidió diciéndome “ pase usted buena noche mi querido prometido”. Poco después me di cuenta de que debido al momento de ensoñación que habíamos vivido me había guardado la llave de su casa en el bolsillo y no se la había devuelto.

Al día siguiente el Duque de Anpostura me pidió que fuera a visitarle. Estaba convencido de que tal invitación era para fijar la fecha de la boda con su hija y pedir su mano formalmente, por lo que me puse mi mejor traje y cogí la llave que la noche anterior me había guardado con intención de devolverla. Al llegar a su despacho el Duque de Anpostura me dijo las siguientes palabras: “ Señor Carballo, mi hija me ha hablado de usted y debe ser sin duda un hombre bondadoso y agradable. Sin embargo debo decirle que debo oponerme firmemente a su proposición de matrimonio, no porque dude de sus valores y de que fuera un buen marido para cualquier otra mujer, pero Maria Ángeles pertenece a una estirpe noble y no debe andar entre andrajosos macilentos y leprosos como hace usted. Ha sido una irresponsabilidad llevarla consigo al lado de enfermos que podrían haberla contagiado una grave dolencia. Mi hija no puede dedicarse a esos menesteres. Lo lamento pero creo que lo más conveniente es que no la vuelva a ver. Márchese ahora mismo de esta casa y no vuelva a molestar a Maria Ángeles”.

Al oír esas palabras me encolericé de tal modo que pude sentir como mi sangre recorría los conductos de mis ojos inyectados de ira y me ocurrió algo que jamás me había sucedido, pero que a partir de ese momento iba marcar mi existencia. De pronto mi vista se sumió en las tinieblas, haciéndose las imágenes cada vez más borrosas y sombrías y durante unos segundos estoy seguro de que perdí el conocimiento, pues nada recuerdo de esos momentos de oscuridad en los que mis sentidos se nublaron por completo. Al volver en mí tenía el cuello del Duque entre mis manos, las cuales apretaban con una fuerza animal cada uno de los músculos del noble, que en vano luchaba por zafarse de la presión. Al ver lo que estaba haciendo cese de inmediato la agresión y me aparté de él sin llegar a comprender muy bien que había sucedido. El aristócrata retrocedió sudoroso, tembloroso, pálido y aterrorizado. Mientras jadeaba recuperando el aliento intentó hablar sin éxito, sin que sus cuerdas vocales se lo permitieran a la primera, como si mi ataque de algún modo las hubiera dañado. “ Salga... salga ahora mismo” pronunció al final. Yo abrí la puerta todo lo rápido que pude y salí de la habitación. Al final del pasillo pude ver a Maria Ángeles de la que huí hasta llegar a la calle. Regresé a mi casa sin dar ningún rodeo.

El resto del día no pude dejar de pensar en aquel terrible incidente que hacía imposible mi matrimonio con Maria Ángeles. Descorazonado intenté una y otra vez explicarme como yo, una persona absolutamente pacífica y que incluso había sido tachada de cobarde por no defender mi honor ante insultos y faltas que rozaban la humillación, había podido acometer tal impía obra, más propia de una bestia sin razón ni cordura que de un hombre.

A primera hora de la noche alguien llamó a la puerta. En un primer momento no contesté ya que no deseaba ver a nadie. En ese momento la voz de un chico joven dijo: “Doctor Carballo, le traigo una carta de Maria Ángeles Anpostura”. Accedí a abrirle y me entregó un sobre que contenía la siguiente nota: “ Amor mío, mi padre me ha contado lo que ha sucedido. No te preocupes por nada, pues mi amor esta contigo y aunque ahora mismo me sea imposible desposarme contigo por este altercado, lo que siento por ti es eterno. Tarde o temprano nos casaremos amor mío pese a todos los impedimentos”.

Abrí una botella de vino y comencé a beber sin pausa hasta que caí borracho. A las siete de la mañana algunos golpes me despertaron. La botella estaba en el suelo vacía y hecha añicos. El familiar de un paciente venía a buscarme. Me vestí y salimos apresuradamente. Cuando llegue el paciente, una mujer de unos 40 años estaba vomitando. Tenía la piel amarillenta y sangraba por la nariz. A su lado había un sacerdote administrándola la extremaunción. Los faldones de su sotana estaban manchados de vomito y en sus manos había varias gotas rojas. El clérigo se levantó, se me acercó y me dijo “no soy médico, pero he creído conveniente prepararla para la muerte”. Un intenso nerviosismo se apoderó de mí. Durante una hora intente hacer todo lo posible por la enferma hasta que tras un ultimó y profundo estertor se desvaneció y murió. Me retiré del cuerpo. Me lavé las manos.

Miré a mi alrededor en busca del párroco sin que pudiera verlo. Al preguntar por él me dijeron “ se ha ido a la casa de los duques de Anpostura, alguien ha muerto allí”. Una amarga angustia se apoderó de la boca de mi estómago. La simple idea de que a Maria Ángeles la hubiera podido ocurrir algo malo me ahogaba de tal modo que apenas si podía aspirar el aire suficiente para no caer desfallecido. Tal vez fuera alguien del servicio el finado, el mayordomo o aquella doncella morena de la que todos se quejaban y tildaban de torpe. Por un momento la grotesca imagen del duque golpeando y matando a Maria Ángeles me llenó de ira.

Rápidamente fui al domicilio de Anpostura. La puerta estaba abierta y en el interior había varias personas examinando el lugar. “¿Qué ha sucedido?”, pregunté. Un hombre alto y robusto solo me contestó “¿quién es usted?”. Me presenté y expliqué que era amigo de la familia. Entonces vi al mayordomo. Sus ojos rojos y amoratados delataban que había estado llorando. Se fijo en mí de inmediato y me dijo: “ Doctor Carballo, menos mal que ha venido. La señorita Maria Ángeles necesita alguien que la consuele, su padre acaba de dejarnos”. Mentiría si negase que al saber que no era mi amada la muerta sentí un profundo alivio. El mayordomo me acompañó a su habitación. Ella estaba en la cama, llorando aún en camisón mientras hablaba con un desconocido. Me acerqué y la abracé. En ese momento me contó que la sirvienta había encontrado el cadáver del duque en su cama, inerte y frío. Durante un rato deje que llorase en mí mientras acariciaba sus cabellos dorados.

El desconocido nos interrumpió y me pidió que hablase con él a solas. Salimos al pasillo. “ Soy el inspector García – dijo – lamento molestarle en unos momentos tan dolorosos pero tenemos razones para pensar que el Duque de Anpostura no ha muerto por causas naturales. Tiene marcas en el cuello como si hubiese sido estrangulado. Además parece que antes de su muerte intentó defenderse con un candelabro que tenía agarrado en la mano izquierda”. En esos momentos sentí cierto pánico al vislumbrar la posibilidad de que mis manos, al quedar señaladas en su cuello, pudieran hacerme sospechoso de su asesinato. Para mi sorpresa el inspector García continuó diciendo “ ¿ sabe usted de alguien que pudiera tener alguna razón para matarlo?”. Enseguida dije que no. “ ¿Sabe si las relaciones con los miembros del servicio eran cordiales?. Le pregunto esto porque la puerta de la casa no está forzada y no hay señales de que el asesino entrara por ninguna ventana, por lo que es muy posible que el asesino fuera alguien que viviera en la propia casa”. Le contesté que en lo que yo conocía el trato con sus criados era absolutamente correcto. El inspector se despidió diciendo “ si recuerda algún dato que nos pueda ser útil por favor comuníquemelo”.

Una vez terminada la conversación me resultó extraño que la policía en ningún momento mencionara el incidente del día anterior que yo había protagonizado con el duque. Volví junto a Maria Ángeles. Pasé la tarde con ella, sin que apenas pudiera balbucear algo. Cuando se calmó la pregunté “¿ no has dicho nada a la policía sobre lo que ocurrió ayer?”. “No – contestó- no hay razón para mencionarlo. Sé que no has matado a mi padre. Serías incapaz. Dedicas tu vida a salvar la de los demás. Si hubiera hablado sobre ello lo único que hubiera conseguido es que te alejaran de mi para someterte a mil pesquisas injustas. Ahora te necesito a mi lado. No te preocupes por eso. No tengas miedo. Mi padre solo me comentó a mí lo de vuestro forcejeo. No tienes nada que temer. Ya he perdido a mi padre y no quiero perderte a ti también. Solo quiero que me abraces”.

Permanecí junto a Maria Ángeles todo el día y parte de la noche hasta que se durmió. A última hora de la noche llegó el hermano mayor de Maria Ángeles, Federico Anpostura, que vivía en un lujoso palacete en el campo a las afueras de Madrid acompañado por su mayordomo y dos doncellas de su propio servicio, a los cuales había pedido que le acompañasen, tal vez porque la policía le había notificado que el mayordomo y la doncella de su padre muerto se encontraban entre los principales sospechosos. Le di el pésame y me fui a mi casa ya que no me parecía apropiado pasar allí la noche.

Al llegar a mi dormitorio me quité la camisa y vi un pequeño rasguño en mi antebrazo derecho. En un primer momento no le di ninguna importancia, pero pasados unos minutos y tras reflexionar detenidamente comprendí que aquella insignificante herida podía ser reveladora. El duque había intentado sin éxito defender su vida esgrimiendo un candelabro en su mano izquierda mientras le asfixiaban en su cama, según me había relatado el inspector García. Si había logrado golpear en algún momento a su asesino no hay duda de que lo habría hecho en el lado derecho de su verdugo, por ejemplo en el antebrazo derecho. No recordaba como, donde o cuando me había hecho aquel arañazo. Entonces a la memoria me vino como cuando ataqué al duque el día anterior tampoco podía recordar el momento en el que me abalancé sobre él, ya que mi juicio y conciencia estaban totalmente nublados. Fue la primera vez que con pavor me pregunté si podría ser yo el asesino.

Intente temblar mi ánimo. Aquella pequeña herida podría habérmela causado con los pedazos rotos de la botella de vino que bebí la noche anterior, y cuyos restos estaban aún en la habitación sin recoger. Además la casa de los Anpostura por las noches era cerrada con llave y ninguna ventana o puerta había sido forzada. Pero entonces, súbitamente y como un latigazo, recordé que la noche en la que propuse matrimonio a Maria Ángeles su llave se había quedado en uno de mis bolsillos, ya que ella no tenía donde llevarla, por lo que si fui yo el homicida podría haber entrado libremente sin necesidad de utilizar la fuerza. Me mareé durante unos minutos, y caí desplomado en mi cama como si no tuviera fuerzas con las que sostener mi peso. Durante toda la noche estuve pensando en que si fui yo el macabro autor de obra tan demoníaca debería recordar aunque con lagunas lo ocurrido, pues no era un acto que ocurriera en tan solo unos segundos como la primera vez. Tuve que ir a la mansión, subir hasta los aposentos, consumar el crimen y volver a mi hogar y en ello debería haber invertido sin duda varias horas. Aunque el alcohol tal vez ayudara a borrar mi memoria.

En toda la noche no pude conciliar el sueño. Con el paso del tiempo, que parecía transcurrir extremadamente lento, pude ver los primeros rayos de sol entrando por las ventanas. Más o menos a las ocho de la mañana alguien llamó a mi puerta. Sin afeitar ni abrocharme los últimos botones de la camisa abrí. El mismo chico joven que en otras ocasiones había sido el encargado de traerme mensajes de la familia Anpostura estaba allí. Me dejó una nota que decía así: “ Doctor Carballo. Creo necesario que incluso en estas lúgubres circunstancias nos reunamos para hablar de su relación con mi hermana Maria Ángeles. Por favor venga cuanto antes a visitarme. Un cordial saludo. Federico Anpostura”. Me aseé un poco y partí.

Cuando llegué a la dirección de los Anpostura el mayordomo del duque, que aún tenía los ojos rojos por el llanto, era sacado de la casa por dos hombres. Me saludo haciendo un casi imperceptible ademán con la cabeza y entró en un carruaje al que perdí de vista al doblar la esquina. Enseguida me recibió Federico sin hacerme esperar mucho. Parecía turbado y contrariado. Cuando me vio me apretó con fuerza la mano y me pidió que le acompañase al despacho de su padre, la misma estancia donde dos días antes yo había perdido los nervios por primera vez.

Me dijo: “ Discúlpeme si en esta conversación me encuentra algo nervioso. Acaban de llevarse al mayordomo de mi padre porque según nos ha contado la doncella el día antes del asesinato, él y mi padre habían discutido acaloradamente por su sueldo. Según el mayordomo mi padre le prometió una gratificación hace tres meses que no se le llegó a pagar. Ese día, al parecer nadie sabe porque, mi padre estaba especialmente irritable y le dijo que no le pagaría la gratificación. La policía ha encontrado en la habitación del mayordomo el dinero que se le debía. Admite haber cogido ese dinero, pero solo cuando vio que mi padre yacía muerto y solo porque consideraba que le pertenecía en justicia. Discúlpeme pero ese hombre nos ha criado a mi hermana y a mí. Ha estado con nuestra familia desde que yo tengo uso de razón. La posibilidad de que él sea el asesino supone una segunda perdida para mí. Antes de irse me ha reprochado acaloradamente que no le defendiera, pero yo no puedo hacer nada. Además las puertas no estaban forzadas, por lo que es muy probable que sea él el criminal. Lo más lamentable es que es una buena persona. Me supongo que entró en el dormitorio de mi padre para coger el dinero y mi padre se despertó. Todo se precipitó y acabó matándolo aunque su primera intención no fuera esa”. Aquellas palabras crearon en mí una profunda duda. ¿Era posible que en realidad yo no hubiera cometido el asesinato y que fuera obra del mayordomo?. Pero una siniestra segunda duda me abordó con más fuerza. ¿ Era posible que el mayordomo estuviera siendo perseguido en mi lugar por un delito que no había cometido?.

Federico continuó hablando: “Olvidemos cuanto antes este desafortunado contratiempo y dejemos a la policía y la justicia que se haga cargo de él y le condene con severidad si es que es merecedor de ello. Le he pedido que venga para hablarle de un tema muy diferente. Mi dulce hermana Maria Ángeles me ha dicho que usted le propuso matrimonio. Bien creo que sería usted un esposo perfecto para ella y pienso además que la elección de mi hermana no podría ser más acertada. Es usted una persona admirada en el campo de las ciencias y goza de una buena posición. Además por lo que sé no descuida a los que más lo necesitan y eso habla en su favor como un hombre piadoso. Por mí no he de poner ningún impedimento a su enlace”. Al oír aquellas palabras una inmensa alegría resurgió en mi interior. “ Sin embargo – continuó – la noche antes de su muerte mi padre redactó una carta que adjuntó a su testamento en la que mostraba su más firme disconformidad con este matrimonio. De hecho me encarga a mí, bajo amenaza de desheredarme, que debo evitar esta unión bajo cualquier circunstancia. Por lo tanto ahora que como hermano mayor y único de Maria Ángeles, soy el responsable de velar por su bienestar en ausencia de nuestro padre, no puedo concederle su mano. Espero que lo entienda. He de seguir sus dictados aunque no los comparta”. En lo más hondo de mi ser maldije al viejo muerto una y otra vez hasta que mi sangre se hizo azufre. No podía creer que incluso desde la tumba aquel conservador rancio pudiera seguir haciéndonos daño. Todo se volvió sombrío como si un gas enlutado reemplazase el aire. Mi vista se cegaba sin pausa y mis músculos se tensaban como si se fueran a partir por la presión. De nuevo, perdí el contacto con la realidad. Perdí la conciencia. Poco a poco me recupere y recobré el sentido. Federico había retrocedido varios metros. Esta vez no había llegado a atacar a nadie. “¿Se encuentra bien?”, dijo él con voz temblorosa y asustada. Mi cara sudorosa parecía estar desencajada. Solo pude contestar “ he de irme”.

Por la tarde atendí a algunos pacientes, pero de forma poco diligente y distraída, pues mis cábalas y preocupaciones impedían que estuviera atento. Ya por la noche regresé a mi casa. Me tomé unos somníferos que usaba frecuentemente con mis pacientes y dormí toda la noche.

Al día siguiente mis peores sueños comenzaron a materializarse cuando desperté. Llamaron a mi puerta. Era el inspector García. Me pidió que le acompañara. Obedecí. Me llevó a la casa de los Anpostura. Por el camino me contó que el mayordomo había escapado esa madrugada cuando era llevado a prisión, acusado solo de robo, ya que no había podido demostrarse que él hubiera cometido el asesinato. Pero la peor noticia sin duda fue la de que Federico también había sido asesinado de la misma forma que su padre, estrangulado en su dormitorio. Aquel nuevo suceso me conmocionó. Las dos personas ante las que había perdido los nervios y la razón ahora estaban muertas. Por supuesto no recordaba nada. No podía explicarme como habiéndome tomado unos somníferos hubiera podido levantarme, ir a aquella mansión y asfixiar a Federico. De nuevo la puerta no estaba forzada. Recordé que yo aún conservaba la llave de Maria Ángeles que no había devuelto, ya que las dos veces que podría haberlo hecho había salido casi corriendo, casi perturbado, de aquella casa.

Nada más llegar fui a ver a Maria Ángeles. Esta vez no lloraba. Solamente miraba al vacío. Tal vez ya no la quedaran lágrimas. Todos los miembros de su familia más próxima habían muerto. Sentí una gran compasión por ella. Permanecí varias horas a su lado, consolándola. No podía dejar de repetirme que tal vez yo era el causante de todo aquel dolor.

Hacia las cuatro de la tarde la policía nos dio más datos del crimen ocurrido la noche anterior. Una ventana del salón estaba abierta y la mayoría de las pertenencias que el mayordomo guardaba en su habitación habían desaparecido, así como todos sus ahorros. La doncella comentó que el mayordomo conocía una forma de abrir esa ventana desde fuera, consistente en empujar las hojas de la ventana y después tirar de ellas con rapidez. Las hojas no encajaban bien y el pequeño pestillo que las mantenía cerradas se desencajaba, abriéndose por tanto la ventana. Ese truco lo descubrió en una ocasión en la que la cerradura de la puerta se rompió y no había nadie que pudiera abrirle, y se lo contó a la doncella por si en algún otro momento debía enfrentarse a una situación parecida. El inspector García parecía tener claro lo que había ocurrido aquella noche. Según él el mayordomo entró por la ventana, fue a su habitación, cogió sus pertenencias y el poco dinero que tuviera, después se fue al dormitorio que Federico solía usar cuando iba a visitar a su padre y su hermana, le estranguló en venganza por no haber intercedido por él ante la policía cuando fue detenido, salió de la casa y huyó.

Por mi parte deseba que las hipótesis planteadas por el inspector García fueran ciertas. Pero temía que la verdad fuera muy diferente. Sentía pavor al pensar que el mayordomo hubiera entrado, hubiera ido a su habitación, recogido sus pertenencias y huido y que yo en otro momento de la noche y convertido en una bestia irracional e incontrolada hubiera abierto la puerta con la llave, hubiera ido a la habitación de Federico y le hubiera quitado la vida para eliminar el único obstáculo que restaba para que pudiera contraer matrimonio con Maria Ángeles.

Durante los días siguientes la policía buscó sin éxito al mayordomo. Lo único que he sabido de él desde entonces es que envió una carta desde La Coruña que decía: “ Admito que en la noche en la que el señor duque murió yo tomé sin su autorización la cuantía de dinero que con anterioridad me había prometido como gratificación por mis servicios, pero aún hoy considero que ese dinero me pertenece legítimamente y que en ningún caso debería ser penado en forma alguna por este acto. He admitido en todo momento estos hechos como ciertos, pero debo negar de cualquier modo posible que yo sea el responsable de la muerte del señor Duque y mucho menos de la de su hijo Federico. Es cierto que esa noche volví a la casa de los Anpostura para recoger mis pobres posesiones, pero de la muerte del joven Federico tuve noticia una vez había emprendido mi huida. Por lo tanto ruego a la policía que investigue correctamente este caso, pues el asesino aún no ha sido acusado”. Se sospecha que en La Coruña se embarcó en un navío con rumbo a América.

Yo por mi parte comencé a visitar con mayor frecuencia a Maria Ángeles y pasados unos días reiteré mi proposición de matrimonio. Ella aceptó. Para que no quedara constancia de la oposición de su padre una noche, cuando mi amada ya estaba durmiendo, me adentré en el despacho de su padre y rebusqué en los cajones la carta en la que se ordenaba a Federico que no permitiese nuestra boda. Me acerqué a la chimenea y en su crepitar arrojé el papel, borrando así cualquier testimonio de la disconformidad de los Anpostura.

Fijamos la fecha del enlace y pese a que yo seguía preocupado por la posibilidad de ser un monstruo, el hecho de que no tuviera la confirmación a tal extremo, alimentaba en mí la duda, que más que duda era esperanza. Esperanza de no ser un ser mezquino capaz de arrebatar el alma de los cuerpos de aquellos que se oponían a mis deseos.

En aquella época hubo muchos días en los que ni siquiera pude ver a Maria Ángeles, puesto que ella estaba muy atareada probándose vestidos de novia y organizando la celebración. En realidad creo que disfrutaba con ello, además de distraer su mente, evitando así pensar en la desgracia que había vivido al quedar como la única superviviente de su familia.

Sin embargo, una noche ocurrió algo que cambió por completo mi perspectiva sobre aquella situación. Volvía andando de atender a un paciente en uno de los barrios más pobres de todo Madrid. Llovía y no se veía a nadie por la calle. Se formaban pequeños riachuelos en el pavimento brillante. De vez en cuando en el cielo el destello de un relámpago se habría paso entre los edificios y segundos después se escuchaba el ronco y grave sonido del trueno. Miré mi reloj de bolsillo y vi que eran las tres de la madrugada. De pronto vi una silueta. Era una niño de unos 6 o 7 años, mal aseado y con las ropas, como las mías, absolutamente mojadas. Iba tosiendo y parecía no encontrarse bien. Al llegar a mi altura tropezó y no cayó al suelo encharcado porque le sujeté. Se apoyó un momento en mi. Se incorporó, dijo “ gracias señor” y continuo andando. Tras dar unos pasos me percaté de que mi reloj había desaparecido. Me di la vuelta y vi al chiquillo lanzarse a la carrera. Le perseguí absolutamente encolerizado ya que aquel objeto me lo entregó mi padre pocos días antes de morir. Le recortaba distancia rápidamente. Cuando casi le había alcanzado sacó una piedra de uno de sus bolsillos y me la lanzó de forma que me golpeó en la cabeza provocándome una pequeña brecha. Entonces ocurrió. Mi sentido de la vista desapareció y la poca luz que alumbraba la escena se apagó por completo. Cuando recobré la comprensión el muchacho yacía en el suelo petrificado por el terror que yo le infundía. Estaba rezando mientras yo le había agarrado con fuerza del cuello de la camisa y tenía el brazo derecho preparado para golpearle con tal fuerza, que de haber llevado a cabo tal movimiento, seguramente le hubiera roto el pómulo o la mandíbula. Jamás había visto aquella expresión en un niño. Es como si hubiera asumido su propio fin. Me detuve. Me quedé inmóvil. El tiempo pareció detenerse y de pronto el niño balbuceó “ por favor señor, no me mate”. Le contesté que me devolviera el reloj y que se fuese. Él contestó “ señor el reloj ya se lo he dado”. Efectivamente el reloj estaba en un bolsillo de mi chaleco. Solté al niño. Éste aún asustado y sin atreverse a darme la espalda se alejó unos metros y por fin echó a correr.

Aquel suceso me hizo caer en la cuenta de que me había convertido en un ser peligroso y posiblemente capaz de asesinar. Ya no me importaba si la policía sospechaba o no de mí. Lo que más me atormentaba es que efectivamente hubiera podido matar a la familia Anpostura y aún más que en un futuro pudiera arremeter contra la propia Maria Ángeles. En aquel momento tomé la decisión, dolorosa pero necesaria, de suspender la boda y alejarme de la mujer a la que quería hasta demostrarme a mí mismo que no era un criminal.

De este modo partí de inmediato a un pueblo de la serranía madrileña que según me habían comentado otros doctores necesitaba un médico. Antes de marchar mandé entregar a Maria Ángeles una nota que decía: “ Querida mía. Por razones que ahora no te puedo revelar he de ausentarme por tiempo indeterminado. Lamento mucho tener que aplazar nuestra boda pero creo estar obrando correctamente. Espero que comprendas que pese a mi conducta, la cual podría insinuar lo contrario, te amo ahora más que en ningún otro momento de mi vida. Tal vez algún día pueda desvelarte las verdaderas causas de este viaje”. Al firmar aquella nota sentí en cada trazo de mi rúbrica como si una daga me apuñalara el corazón.

El viaje trascurrió por caminos bacheados y mal conservados. Al llegar a la aldea, llamada Viaseca, un hombre del lugar me narró con detenimiento como la falta de un médico en el lugar había costado la vida a tres parturientas en los últimos dos meses, y como casi la mitad de los niños morían de fiebres antes de cumplir los cuatro años. Los lugareños, casi todos faltos de aprendizaje y muy pocos capaces de leer y escribir, hablaban de una misteriosa enfermedad que se apoderaba del cuerpo y lo debilitaba, haciendo al enfermo cada vez menos ágil y más torpe. Lo cierto es que a los pocos días de estar allí pude dictaminar que esa enfermedad de la que hablaban era el hambre. Los niños apenas consumían un vaso de leche y una rebanada de pan en todo el día. Los hombres adultos rara vez comían carne y casi nunca pescado, pese a llegar extenuados de la labranza. La alimentación de las mujeres nunca era mejor y al quedarse encinta la mala dieta hacía que los abortos fueran frecuentes y que en el parto la madre normalmente muriera extenuada.

Me sentía impotente, pues pese a mi empeño por mejorar su salud la falta de víveres hacía inútil mi obstinación. Yo mismo adquirí un aspecto delgado y cadavérico. Aún así puedo decir con satisfacción que el número de mujeres fallecidas en el alumbramiento, o a las semanas siguientes del parto por culpa de infecciones y contagios, disminuyo drásticamente gracias a la mejora de la higiene al dar a la luz.

Cuando llevaba ya tres meses en Viaseca, atendí a un hombre distinguido llamado Luis Felipe, que volvía a Soria después de haber cerrado varios negocios en Madrid. Según me describió sentía fuertes dolores en el pecho y en la región lumbar. Le aconseje reposo durante al menos dos días, tiempo suficiente para trabar cierta amistad. En una de nuestras conversaciones Luis Felipe me contó la noticia de que habían asesinado al Marqués de Lucasi, un aristócrata veneciano que había encontrado acomodo en Madrid gracias a las simpatías que suscitaba en la corte de Alfonso XII. Había sido, como el duque de Anpostura, estrangulado en su propio dormitorio. En su historia me aseguró que el asesino dejó una nota en letra de imprenta en la que se podía leer: “Yo verdugo de los Anpostura y Lucasi, aseguro que todos ellos han caído en mis manos por las numerosas deudas que habían contraído conmigo por apuestas, juegos y negocios al margen de la ley. Sirvan estas tres muertes como aviso a mis deudores para hacerles saber que deben liquidar lo debido puntualmente”. Según siguió relatando Luis Felipe la policía había admitido que entre los tres homicidios había numerosas coincidencias y estaban investigando quien era esa misteriosa persona a la que todos los finados debían dinero.

Aquélla noticia me hizo sentir liberado de toda opresión. Ese tercer estrangulamiento se había producido cuando yo ni siquiera estaba en Madrid, por lo que por fin gocé de la satisfacción de saberme inocente. De inmediato hice saber a Maria Ángeles mi intención de regresar a su lado y contraer matrimonio después de tantas penalidades. Ella aceptó de buen grado mi vuelta y pese a no haberla agradado mi huida la perdonó sin condiciones, tal vez porque tras conocer lo realizado en Viaseca atribuyó a mi viaje connotaciones más propias de un espíritu altruista y humanitario que de uno proscrito y fugitivo.

Pero claro es que aquella pesadilla aún no había terminado. Dos días después de mi regreso el inspector García nos comunicó apesadumbrado que el asesino del marqués de Lucasi era su propio hijo. Al parecer Gregorio Lucasi, hijo del marqués, era dado a excesos nocturnos y a confiar su hacienda a apuestas y juegos de azar, perdiendo casi siempre. Sabiendo de este comportamiento el marqués había decidido desheredarle, a fin de que su patrimonio no cayera en manos de rufianes y taberneros. Gregorio conociendo esta pretensión asesinó a su padre antes de que éste cambiara el testamento, imitando en todo lo que pudo los crímenes de los Anpostura para confundir a la policía. Después de todo a raíz de esa tercera muerte se buscaría a alguien con relación tanto con los Anpostura como con los Lucasi, y Gregorio Lucasi jamás tuvo ningún tipo de contacto con los Anpostura, por lo que esperaba no ser considerado sospechoso. Para su desgracia la nota que dejó con caracteres de imprenta, ya que no podía escribirla de su puño y letra, puesto que su caligrafía era conocida, se había impreso en el taller de un conocido suyo, dejando descuidadamente los tipos de las letras sobre la plancha, de modo que el dueño del taller pudo leer el contenido de lo impreso y al tener noticia del suceso fue a la policía de inmediato y denunció a Gregorio. Por lo tanto seguía sin tener la certeza de si fui yo o no el asesino de los Anpostura.

Toda la alegría que había sentido al creerme libre de culpa se había disipado. Los siguientes días estuve extremadamente nervioso sin saber bien como actuar. Seguía atormentado por la incertidumbre. Estaba allí planeando como sería mi vida con Maria Ángeles sin poder asegurarme a mí mismo que nunca la haría daño. Por fin una tarde sombría, nubosa y húmeda todo se precipitó. Me encontraba en el salón principal junto a mi prometida cuando recordé que al repasar la lista de invitados a nuestra boda faltaba el nombre de Miguel Ángel Escombrero, uno de mis más queridos profesores, el cual me animó a seguir estudiando incluso en los momentos en los que mi inclinación era la contraria. Se lo indiqué a ella para que lo incluyeran y ella firmemente repuso: “Cariño, no es que falte, es que no va a ser invitado. El profesor Escombrero es un excéntrico poco educado que en ningún caso sabe guardar la compostura. En mitad de la cena sería capaz de dar una conferencia sobre autopsias y órganos diseccionados. Entiendo que aquellas descripciones te fascinaran en un aula y que por ello le admires, pero fuera de las facultades de medicina es un sujeto repulsivo y asocial, capaz de arruinarnos la velada”.

De nada sirvió que insistiera y que le asegurara que había cenado con él varias veces y que en ninguna ocasión su comportamiento se había diferenciado lo más mínimo del de un perfecto caballero. “Lo siento mucho – respondió ella – pero no puedo concederte este capricho. Además te informo de que a varios de tus amigos que aparecen en la lista de invitados finalmente no se les ha enviado la invitación por razones parecidas a las que te he expuesto respecto al profesor Escombrero”. Aquel comportamiento me llenó de rabia. Tras algunas comprobaciones pude ver que de todos los invitados por mí propuestos solo habían recibido la invitación mis familiares más allegados. Comenzamos a discutir ferozmente, por mi parte alentado por el exceso de nervios que arrastraba desde hacía días. En el trascurso de la discusión empecé a sentirme mareado y de nuevo mi vista se sumió en la oscuridad, perdí el control de mis propios actos y el mundo exterior me fue completamente ajeno durante unos instantes. Cuando recobré mi ser, Maria Ángeles estaba bien, pero asustada, ya que debí ponerme agresivo.

Lo ocurrido me obligó a tomar la última y más grave decisión: confesar ante la policía lo ocurrido a fin de salvar a Maria Ángeles de mí mismo. Ya no era un hombre, era una bestia decapitada de raciocinio. Lo único que me diferenciaba de un animal era que en los momentos de lucidez era consciente de mi propia crueldad y tenía la voluntad de evitarla.

Le expliqué al inspector García como el día antes de cada una de las muertes me había enfrentado a los fallecidos y como incluso arremetí contra el duque. Le describí como en los momentos en los que no podía contenerme perdía el contacto con la realidad y como pude entrar en la casa de los Anpostura sin ocasionar ningún destrozo gracias a la llave que me había guardado.

De lo ocurrido después de delatarme es usted conocedor igual que yo. Me condenó su señoría a morir en la horca.

Sin embargo hace dos días sucedió algo de lo que creo debe tener testimonio. Para mi sorpresa me visitó mi querida Maria Ángeles. Me fue difícil mirar a la persona a la que tanto amo pero a la que a la vez he robado a sus seres más queridos. Se sentó a mi lado. Me cogió la mano y me preguntó “¿ por qué lo has hecho?”. Esa era sin duda una cuestión a la que ni yo mismo tenía respuesta. Solo pude susurrar “no era consciente cuando lo hice". Permanecimos en silencio. Maria Ángeles continuó: “No hacía falta. La policía no sospechaba de mí”. La miré extrañado. No comprendía bien sus palabras. “¿ No hacía falta?” inquirí. “No hacia falta que te inculparas para protegerme. La policía no sospechaba de mí. Sé que lo has hecho porque pensabas que me iban a ajusticiar. No dejé pistas. Lo hice bien. No hacia falta que te sacrificaras por mí”. Aquellas afirmaciones me dejaron perplejo. “¿ Tu asesinaste a tu padre y tu hermano?” pregunté ansioso. Ella sólo contestó “¿no lo sabías?”. A continuación me narró como lo hizo.

Al ver que su padre se oponía a nuestra boda decidió asesinarlo. Al parecer alguna vez se había guardado algunos somníferos de los que administraba a mis pacientes ya que algunas noches no conciliaba el sueño con facilidad. La noche en la que murió el duque, con discreción le echo los calmantes en la copa de vino que solía tomar en las cenas. Por la noche y mientras yo estaba ebrio en mi casa a varios kilómetros de distancia, ella fue hasta el dormitorio de su padre y comenzó a estrangularlo, pero la dosis de somníferos que había bebido sin saberlo era demasiado pequeña, por lo que semiconsciente, pero muy débil, intento defenderse con un candelabro que apenas podía sostener y con el que no llegó a golpear a Maria Ángeles. Al mismo tiempo yo me hacía un pequeño corte al caer sobre los cristales rotos de una botella. Al día siguiente se arrepintió profundamente de lo que había hecho por lo que no podía dejar de llorar y por supuesto no contó a la policía nada del altercado que yo había tenido con su padre el día anterior, puesto que no tenía sentido matarlo para hacer posible nuestra boda y seguidamente ponerla en peligro señalándome como sospechoso. La policía inmediatamente al ver las marcas en el cuello de la víctima y que ésta se había intentado proteger pensó de inmediato en un hombre con la fuerza suficiente como para someter al anciano cuando este aún forcejeaba por salvar su vida, por lo que en ningún momento pensaron en ella como posible autora.

Con Federico actuó del mismo modo, pero incrementando la dosis de somníferos para que no pudiera defenderse. Según me contó lamentó mucho tener que matar a su hermano, pero pensó que no había eliminado a su padre para que de todos modos la boda no se celebrase. La única forma de que la primera muerte no hubiera sido inútil era consumar la segunda. De modo que fue al dormitorio de Federico y lo asfixió. Mientras, yo dormía en mi casa.

Se despidió de mí diciendo “ con todo lo que he hecho, con todo lo que he luchado por nuestro amor... y ahora tú lo destrozas todo”.

Desde entonces he llegado a la conclusión de que mis perdidas de conciencia se deben a bruscos incrementos en mi pulso sanguíneo en momentos de mucha tensión. Aún así no me llego a explicar como en esos efímeros segundos mi comportamiento llega a tal grado de brutalidad. Al menos puedo estar tranquilo al saber que nunca he matado a nadie.

Firmado

Agustín Carballo.

EPÍLOGO:

Agustín Carballo fue ejecutado el 22 de agosto de 1883. Fue enterrado en una fosa común junto a los cuerpos de violadores, sádicos y criminales.

Maria Ángeles Anpostura contrajo matrimonio el 15 de mayo de 1885 con un aristócrata francés. En 1887 el cuerpo de una de sus sirvientas apareció estrangulado en su casa. El magistrado Benito Garraldez, al recordar la carta de Agustín Carballo, investigó a Maria Ángeles y pese a que pudo demostrarse con numerosa correspondencia y a través de testigos que la doncella y su marido mantenían un romance, no se pudo probar que Maria Ángeles cometiera el crimen. Por el asesinato de la criada jamás se condenó a nadie.

FIN.

UNA CARTA DE VÍCTOR

Era cierto que hacía años que Luisa no miraba a Víctor con la misma mirada adolescente y apasionada con la que lo hizo la primera vez. Era cierto que hacía tiempo que Luisa se había dado cuenta de que Víctor tenía defectos y manías que no tenía ese hombre idealizado con el que había soñado en la pubertad. Era cierto que hacía ya mucho que Luisa había aceptado que su matrimonio era como otro cualquiera, uno de tantos. Pero también era cierto que Luisa amaba ahora a Víctor más que en cualquier otro momento.

Los meses antes del accidente de Víctor éste había estado un poco distante. Estaba totalmente entregado a su trabajo y apenas pasaba tiempo con Luisa. Durante toda la semana daba clases en la universidad, los sábados por la mañana siempre impartía alguna conferencia y por la tarde se metía en su despacho a escribir algún artículo sobre derecho mercantil o a releer alguno de sus libros para hacer cambios en la siguiente edición. El domingo se levantaba tarde. Comía con Luisa, casi siempre sin decir nada y por la tarde se iba a casa de algún empresario que estaba pensando en fusionar algunas sociedades y quería consultarle sobre los aspectos jurídicos de la operación. Víctor tenía fama de trabajar el doble que los demás para llegar al mismo resultado. Su método consistía primero en escribir una tesis jurídica con una argumentación y después escribir la antítesis opuesta con argumentos diferentes y a partir de ambas elegir las conclusiones correctas. Según él esa era la mejor forma que tenía para aclarar sus propias ideas.

Sin embargo la semana antes del accidente todo cambió. Fue un hombre mucho más atento, cariñoso y afable. El fin de semana paso todo el sábado con Luisa. Por la mañana pasearon por el parque del Oeste. Compraron un periódico, se sentaron en un banco y juntos lo leyeron comentando de vez en cuando alguna noticia que les llamara la atención. Por la tarde fueron al cine para ver una comedia ligera con un final previsible. Volvieron a casa, hicieron el amor y se durmieron abrazados.

El domingo, al despertarse lo primero que se dijeron es “te quiero”. Desayunaron, se fueron al rastro y pese a no comprar nada les pareció una mañana entretenida. Comieron juntos y conversaron tranquilamente. Por la tarde dieron un paseo por el Retiro. Volvieron pronto porque Víctor tenía que levantarse muy temprano.

Sin embargo al día siguiente su suerte cambió. A las diez y media de la noche Víctor aún no había vuelto. Entonces sonó el teléfono. La voz de una mujer joven informó a Luisa de que Víctor había sido atropellado junto a la oficina de correos de Avenida América por un conductor ebrio. Víctor sobrevivió, pero sufrió graves heridas. Tenía las dos piernas y la pelvis rotas. Una costilla había perforado su pulmón izquierdo. Tenía dos vértebras fracturadas y una clavícula prácticamente triturada. Pero lo más grave eran los daños en el cráneo. Varios huesos de su cabeza se habían quebrado y su cerebro había sido dañado afectando a varias de sus capacidades. Víctor ya no podía hablar, ni controlar sus extremidades. No era dueño de sus funciones corporales. Respondía a ciertos estímulos visuales y sonoros con un leve movimiento de su cabeza pero no parecía entender lo que se le decía cuando se le hablaba. Ni siquiera parecía notar nada cuando Luisa lo abrazaba o le cogía de la mano.

Dado su estado, para los médicos fue una sorpresa que sobreviviera, pero lo hizo. Luisa tuvo que escuchar comentarios como “ para como ha quedado es mejor que hubiera muerto” o “ tal y como está han arruinado dos vidas, la suya y la de su esposa”. Pero Luisa se alegraba de que no hubiera fallecido. Pese a todo, pese a que tal vez era inútil, aún la gustaba dormirse a su lado abrazándole como el sábado anterior al accidente. Pese a su estado la gustaba tenerlo a su lado, tal vez porque aún conservaba la esperanza de una milagrosa recuperación. Todo lo que recordaba de cuando estaba sano eran los buenos momentos y sobre todo la última semana en la que estuvieron tan unidos.

Una tarde cualquiera un amigo de Víctor llamó por teléfono. Era un empresario llamado Lorenzo que tenía en proyecto fundar una sociedad junto con unos inversores franceses. Víctor le había redactado los estatutos de la sociedad pero debido a lo ocurrido nunca se los pudo entregar. Lorenzo, tras preguntar como estaba Víctor y excusarse reiteradamente por molestar en aquellas circunstancias, dijo a Luisa que su marido le había indicado que tenía los estatutos en una carpeta verde en su despacho. Luisa quedó en llamarlo cuando la encontrara.

Luisa nunca entraba en el despacho de Víctor, salvo en alguna ocasión para llevarle café. La dolía entrar allí porque hace años había programado que aquella habitación de la casa sería para su primer hijo. Con el tiempo, y al ver que los niños no llegaban, Víctor empezó a meter allí sus libros y poco a poco se convirtió en su sala de estudio. Sin duda el no haber sido madre era la gran frustración en su vida.

Fue al despacho. En las estanterías había cientos de libros encajados a presión algunos y otros apilados sin concierto. Rebuscó en la mesa la carpeta verde. Todo estaba desordenado, y salvo una pequeña zona donde Víctor había dejado el ordenador portátil, todo estaba cubierto de pilas de papeles sin ningún orden aparente. Abrió los cajones. En el primero solo había una caja de clips, una goma de borrar y una calculadora. En el segundo vio un manual sobre el impuesto de sociedades del año 1996 y un sobre abierto con una dirección: Alicia Berastegui, calle ****** nº , 28***, Madrid.

Luisa no prestó demasiada atención a aquel sobre, ya que aparentemente no tenía nada que ver con la carpeta verde de Lorenzo. Pero medio minuto después pensó que podría contener algún documento que Víctor debería haber enviado. Por eso cogió el sobre, lo abrió y comenzó a leer.

“Querida Alicia. Sabes que desde hace unas semanas he estado meditando detenidamente sobre nuestra relación y creo que este es el mejor momento para tomar una determinación al respecto. He decidido separarme de mi mujer para poder estar contigo. Te ruego que me dejes unos días antes de decirle nada a mi esposa para poder encontrar la mejor forma de comunicárselo. Siempre tuyo. Víctor.”

Luisa sintió como si un gran peso se desplomara sobre ella. Se mareó levemente. Se sentó en la silla con la mirada perdida mientras una terrible angustia parecía recorrer su garganta como una serpiente. Una especie de marea amarga parecía balancearse entre su estomago y su pecho. Tras un rato se levanto con dignidad, con la misiva aun en la mano, salió del despacho, miró a Víctor y entonces comenzó a llorar hasta caer al suelo.

Los siguientes días trató a Víctor como si nada hubiera ocurrido. Lo cuidó, alimentó y aseó como lo había hecho desde que le dieron el alta. Pero ya no le hablaba o le cogía de la mano y por supuesto tampoco lo abrazaba en la cama. No podía quitarse de la cabeza la idea de que entre sus ultimas voluntades previas al accidente estaba la de abandonarla y que de poder elegir no seguiría estando con ella.

Un día como otro cualquiera, llevada no sabía bien si por la audacia, el despecho o la simple curiosidad, decidió ir a la calle ***** , al nº ** y entregar a Alicia Berastegui la carta de Víctor. Por alguna extraña razón deseaba ver a la amante de su esposo.

El día que por fin reunió el valor suficiente para conocer a Alicia se subió al metro nerviosa, sin prestar ninguna atención a la gente que iba en el mismo vagón y con la extraña sensación de que algo la oprimía el cráneo. Durante todo el trayecto observó el suelo sin levantar la mirada. Se apeó en la estación de Banco de España. Al subir las escaleras tropezó y estuvo a punto de caer. Al salir a la calle el cielo se había nublado como en una tarde otoñal y una especie de luz gris iluminaba La Cibeles. Fue andando hasta la plaza de la Lealtad, giró en la esquina del Palacio de la Bolsa y al final de la calle vio el parque de El Retiro. Avanzó por la calle ***** y por fin llegó al portal del nº **. En ese momento dos vecinos bajaron por las escaleras, abrieron la puerta y antes de cerrarla la sostuvieron educadamente para que Luisa pasara. La verdad es que se alegró de que aquella casualidad la hubiera evitado tener que explicar quien era a través del telefonillo.

Subió las escaleras y por fin llegó a su destino. Tocó el timbre y un tintineo de campanas sonó con fuerza. Hubo un momento de silencio y entonces se escucharon unos pasos que avanzaban cadenciosamente hacia la puerta. Ante Luisa apareció una mujer joven, de unos 25 años, rubia, con unos intensos ojos marrones, de piel clara, de poca estatura, entre un metro sesenta y un metro sesenta y cinco, y de un aspecto risueño y tranquilo. La chica preguntó con voz dulce “¿ desea algo?”. Luisa contestó “ soy la esposa de Víctor Hernando”. Entonces la faz calmada de la muchacha se turbó y dejo de esbozar la sonrisa angelical del principio. Sus músculos se tensaron y su cuerpo pasó a ser una rígida silueta. A juzgar por un casi imperceptible movimiento de su mano, se diría que estuvo tentada de cerrar la puerta de inmediato, pero no lo hizo. Tragó saliva y dijo: “Pase por favor”.

Luisa entró al apartamento un poco asustada, temerosa de todo lo que pudiera decir y escuchar. El piso no tenía ni cuadros ni demasiados adornos, tan solo estanterías llenas de libros, una mesa con un televisor con dvd incorporado, un sofá de cuero de tres plazas, un revistero a uno de los lados y una mesita auxiliar de madera con una marca circular seguramente debida a un vaso.

Las dos mujeres se sentaron. En un principio ninguna de las dos dijo nada. “¿Cómo está Víctor?”, preguntó Alicia. “Bien dentro de lo que cabe” contestó Luisa. Tras unos instantes Luisa habló. “ Sé que entre mi marido y usted hubo una relación. ¿ Dónde se conocieron?”. Alicia se sintió sorprendida ante aquella pregunta, más que nada por la tranquilidad con la que fue formulada, más propia de una amiga curiosa que de una esposa engañada. “ Fui alumna suya en la universidad. Me impartió dos cuatrimestres de derecho mercantil. Cuando me licencié empecé a trabajar de pasante en el despacho de un amigo suyo, con el que solía colaborar. Quedábamos los domingos para trabajar en algunos casos. Cuando hacíamos algún descanso hablábamos de cosas corrientes, como el tiempo que hacía o lo caro que estaba todo. Cuando tomamos más confianza empezamos a hablar de otras cosas. Gustos literarios, música o cine y nos dimos cuenta que teníamos muchos gustos en común. Así fue como empezamos a quedar no solo para trabajar, sino para ir al cine, tomar un café o pasear por El Retiro”.

Luisa respiro hondo. “¿Le habló alguna vez de mí?. ¿Sabía que mi marido estaba casado?”. Alicia contesto algo nerviosa. “En muy pocas ocasiones. Sabía que tenía una familia, pero no me daba ningún detalle sobre ella. Lo que sí me dijo es que no tenían hijos. Pero nada más. Procuraba evitar el tema”.

Luisa empezó a sentir que sus nervios no aguantarían mucho más tiempo aquella conversación. Abrió su bolso, sacó la carta que Víctor había escrito y se la dio a Alicia diciendo “ esto lo escribió mi marido para usted antes del accidente”. Después salió del apartamento sin despedirse y agarrada a la barandilla comenzó a bajar las escaleras. Escuchó el sonido de unas bisagras mal engrasadas a sus espaldas. Alicia le pidió que esperase. Al llegar a ella la tendió la mano, donde tenía un sobre. “Tome” dijo Alicia. Luisa lo cogió. “Creo que debería leer esta carta” sentenció Alicia. Después volvió a subir las escaleras, se metió en su casa y cerró la puerta.

La carta era igual a la que Luisa había encontrado en el despacho de su marido. Iba dirigida a Alicia Berastegui, con la misma dirección. Pero después vio un detalle que las diferenciaba. Ésta estaba franqueada y tenía matasellos. La leyó.

“Querida Alicia. Sabes que desde hace unas semanas he estado meditando detenidamente sobre nuestra relación y creo que este es el mejor momento para tomar una determinación al respecto. He decidido continuar al lado de mi esposa, no porque crea que es lo más correcto, o porque el matrimonio constituya una unión inquebrantable. Sino por una razón mucho más sencilla y es que me he dado cuenta de que la amo. Sabes que mi esposa y yo nos hemos distanciado y que incluso he pensado en separarme de ella, pero ha sido entonces, al imaginarme la vida sin ella cuando me he percatado de que la necesito ahora y que la necesitaré siempre. He disfrutado mucho de tu compañía, pero espero que comprendas que debemos romper nuestra relación. Firmado: Víctor”.

Luisa comprendió entonces que Víctor había escrito dos cartas con contenidos opuestos y que solo había enviado una de ellas.

Cuando llegó a casa seguía sintiéndose traicionada, pero al menos ahora sabía que si Víctor estaba a su lado no era solo porque el accidente le hubiera impedido marcharse. Aquella noche tampoco le abrazó, pero comenzó a pensar en que tal vez, con el tiempo, podría perdonarle.

 

 

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