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RELATOS


Por Silvia Elida Pinto

 

ÁNGEL Y LAS CUATRO ESTACIONES

La primavera se fundió en los primeros años de su vida, ingresando al verano rápidamente, no dormía la siesta porque era perder su tan valioso tiempo, a pesar de que el calor era agobiante. Los sueños e ilusiones de buena vida se fueron cumpliendo. Había sido un verano intenso, lleno de aventuras, de viajes, de sorpresas lindas y también de desilusiones. El otoño empezó suavemente, entre compañías y nuevas esperanzas, pero ya no era época de flores y frutos. A pesar de ello, siguió soñando con rosas rojas y manzanas jugosas.
El invierno llegó. Afuera la nieve, el frío y la noche oscura que canta entre los árboles. Adentro, un licor, un sillón y una chimenea ardiendo.
Se acerca a la chimenea para atizar el fuego. Sus verdes y profundos ojos transparentan su pasado incansable. Sus manos tal como hojas secas, pues el verano ha transcurrido, muestran que el invierno ingresó en él, lentamente pero sin pausas.
Se sienta en su sillón y cubre sus piernas cansadas, a su lado humea una taza de café que disfruta mientras mira quemarse los leños.
Sus sueños de flores y frutas se desvanecen en la chimenea, cree que está solo, que no tuvo frutos y que no florecerán las rosas, pero no está solo, a su lado corren y saltan los frutos que no pudo ver porque siempre estaba de viaje….y florece el amor que siempre supo dar…

TU PAISAJE, MI PAISAJE

Caminar una ciudad como deambulando por ella, conocerla y reconocerla nuevamente. Entré por primera vez a ella, por una ruta desconocida, larga, monótona y cubierta de nieve.
Entre las mesetas asomaba un cielo grisáceo, amenazante, que reflejado en el interminable mar parecía gritarnos: - vete de aquí, no es tu tierra! – si no te vas, puedo ser malvada, te voy a torturar todos los días con mi viento, con la nieve y, miles de tempestades más! – vete ahora que puedes!
Pero también veía reflejos de un brillo especial que acompañaba nuestra llegada y así, nos adentramos en el mundo de la ciudad tan lejana y esperada.
No es mi ciudad natal, pero sí es aquella que hospedó los mejores años de mi vida.
Ciudad construida sobre la Pachamama que hace fluir tesoros para los reyes más importantes del mundo.
Ciudad del oro negro, todos llegan a ella por su brillo deslumbrante desde la cuenca marina hacia el inmensurable mundo. Yo llegué porque quería estar ahí.
Sentí desde el principio que ofrece a todos mucho de su tierra, recibe a cambio, nada o casi nada; las valijas siempre están dispuestas para irse de esa ciudad lejana y, olvidarla. Yo no quiero irme, quiero seguir descansando en su lecho.

Recorro sus calles, encuentro monumentos y murales dedicados a un hombre que identifica la ciudad del oro negro.
Hombres con mamelucos anaranjados manchados de restos del oro más preciado.
Hombres que dieron miles de horas en el intenso calor de las pampas, aparentemente estériles, o en las gélidas noches de invierno, tratando de extraer lo más puro de la tierra…hoy puedo decir - de nuestra tierra!
Hombres de 30 años que parecen tener 60 y que nunca verán devueltas sus vidas de juventud perdida.
Hombres que durante sus pocos espacios libres, alimentaban la ciudad con el beneficio por dar sus vidas en la inmensidad de la Patagonia que dejó de ser rebelde y, se entregó a la dulce melodía global y tecnológica, que deben reeditar cada tanto, porque no son tan fuertes como ellos.
Hombres que riegan fertilidad de escenas extravagantes en la pomposidad del diario caminar de los paseantes distantes de su mundo y, que acompaña el viento que no deja de rugir entre los palacios de los reyes que tienen el material preciado.
Ciudad de pocas calles céntricas, que arrasa con su viento fuerte y rugiente a los humanos en las laderas chenquenianas, mostrando la ingratitud del país hermano con su propia gente.
Hombres que llegaron esperando ser deslumbrados por su brillo y allí se quedaron, esperando… sin que ese brillo los toque siquiera.
Hombres que hoy se vuelven caminantes amenazantes de la ciudad que los alberga, inquietando y acercándonos a las miserias de las grandes ciudades.
Ciudad provista de algunos pocos manantiales que no dan suficiente agua fresca a los que estábamos ni a los que llegaron. Ciudad que día a día opaca su brillo.
Ciudad no elegible, cuando conocés a otras que brillan.
Ciudad pequeña, pero dura y fuerte como un roble, que da saltos gigantes por el motor que acompasa su crecimiento.
Rincón de tehuelches y etnias europeas que intentan conquistarla y no dejarla ser ella misma.
Ciudad de espacios vacíos de sentido y significados que intenta llenarlos con los hombres de mamelucos anaranjados y manchados como si no existieran otros paseantes en ella.
Ciudad de silencios que se rompen con el viento que estremece el alma y los endebles techos.
Ciudad donde puede ser posible tu sueño y el mío pero también inalcanzable el preciado tesoro.

Ciudad y hombre. Hombre y ciudad. ¿Podrán ser uno alguna vez? Hombres que volverán a la ciudad que les vio nacer sus hijos, porque son ellos los que construyen y ponen el cimiento sobre la Pachamama ya casi vaciada de su leche materna.
Hombres nuevos que apuestan a un nuevo brillo, aprovechando el viento rugiente y desplegando las alas de la ciudad.

¿Qué estamos haciendo con ella? ¿Qué le estamos dejando a la Pachamama?

 

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