Aquel señor, que tranquilamente ha salido de su casa con el propósito –propio de cualquier anciano incapaz de sentirse mínimamente útil- de contemplar una vez más la puesta de sol en el extremo –por supuesto más apartado- de la línea de costa de su pueblo ahora ya prácticamente desabitado, se encuentra ahora sentado sobre una fría roca, que al parecer y por motivos que escapan a su capacidad y control a conseguido permanecer inalterable al tórrido sol que un día más ha tostado y cuarteado el terreno completamente estéril propio de un pueblo de 11 habitantes de mas de 100 años cada uno que se enfrenta a un estado de sequía teóricamente evitable y fácticamente irreversible achacado por algunosal desinterés que ciertas personalidades relevantes antipáticas al numero 11 muestran por aquel pequeño pueblo.
Sentado como está, ese mismo señor fija sus ojos en un extraño fluido, a los pies del acantilado de 110 metros, que se extiende hasta donde su vista –a causa de su avanzada edad, unos 111 meros- alcanza y se pregunta que ha sido del sol agonizante que ha venido a contemplar. Le invade la angustia, la tristeza y la desolación, sus ojos que no han llorado en 101 años rebosan ahora frías lagrimas. Aquel señor, esta cansado, 1 paso y su decrépito cuerpo cae 110 metros hasta el agua donde no se hunde, si no que flota a la deriva amortajado por la noche, alejándose lentamente de un pueblo que cuenta ahora con 10 habitantes.
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