Nada más conocerlo ella decidió que no debía enamorarse de él. No allí, no en esas circunstancias. Porque el amor te vuelve vulnerable y eso era un lujo que ella no podía permitirse.
Creyó que el recién llegado seguramente tendría demasiadas cosas en las que pensar a partir de entonces y además, era muy difícil que estuviera solo. Por lo tanto, se limitó a darle la mano e intercambiar con él las típicas palabras de cortesía. Se olvidó de su nombre tan pronto como se lo dijeron y se limitó a observarlo desde la distancia.
No quería que nadie supiera que le gustaba su forma de moverse, sus ojos oscuros y su piel morena. Parecía una persona amable y cordial cuando se relacionaba con los demás, pero sensato y prudente cuando la situación lo requería. Sólo con saber que él estaba ahí ella se sentía con fuerzas para afrontar un nuevo día.
Por fin llegó la fecha fijada para el adiós y lo único que ella sabía a ciencia cierta era que quería despedirse de él a solas, sin ojos que escudriñaran cada uno de sus gestos, de sus palabras. Así que se dirigió hacia el sitio que él solía ocupar, le dijo que se tenía que ir, puso la mano sobre su hombro y se despidieron.
Y entonces ocurrió,…ella no quería, no podía soltarlo…si tan sólo le pidiese el número de teléfono…sólo quería apoyar la cabeza un poquito más en su hombro… Él se aproximó un poco más y pudo casi abrazarlo…y en ese abrazo ella descargó todo lo que había estado guardando durante aquellos meses. Parecía un abrazo familiar, pero distinto, era como si por fin estuviera en casa. Le daba la impresión de que él era alguien que sabía, que podía, que quería escucharla en el silencio.
Él se agachó un poco más y le contó como se sentía: él también estaba solo y necesitaba a alguien que le apoyase y le escuchase. Pero no descargó todos sus problemas de vez, no la utilizó como su paño de lágrimas, él necesitaba una compañera que estuviera a su lado, no una madre ni una niñera.
Y ella se olvidó del mundo…no sabía que era lo próximo que iba a hacer, que debía hacer…sólo sabía que quería quedarse allí con él, y por primera vez en su vida comprendió lo que significaba fundirse en un abrazo con otra persona hasta convertirse en una sola.
Pero de repente despertó, y una vocecita desde el fondo de su cabeza le hizo recordar dónde estaba, quién era él y quién era ella misma, el tipo de relación que les unía y lo que había ido a hacer. Entonces, corrió el velo del autocontrol…, en esas circunstancias no podía pensar con claridad,…él ni siquiera le había pedido su número de teléfono, ni una cita…y ella sin embargo sólo quería asegurase de que él estaría bien, de que aguantaría lo que le deparase la vida…
Quizá sólo fueran imaginaciones suyas que él la quisiera y la necesitara…, pero en ese momento no podía mostrar ningún sentimiento más y no tenía mucho más tiempo. En cualquier instante podría entrar alguien y entonces empezarían a murmurar de algo que no le atañía a nadie salvo a ellos dos. Así que se alejó de él y siguió con su vida, esperando que el azar los volviera a reunir por casualidad, y recordándose a sí misma cada cierto tiempo que existen hombres especiales capaces de escuchar y contar secretos en silencio. |