Nuestra casa, en la que hubo un tiempo en la que se oían tus risas, se ha ensombrecido, parece como si hasta el mismísimo sol le diese reparo acercarse; solo son mis pasos los que oigo arrastrándose por la cerámica en la oscuridad.
Al mirarme al espejo me doy cuenta de que estoy vacío, apenas reconozco la mirada perdida de ese personaje que se encuentra frente a mi, que llora en silencio, pues ya no quedan làgrimas que puedan mitigar este horrible dolor; aquel que lo perdió todo, incluidas la ganas de vivir, todo se fue contigo.
Cada día es una nueva batalla, cada amanecer se convierte en una nueva pesadilla. Nada a mi alrededor tiene sentido, me encuentro solo en este agujero que es mi vida. Solo me reconfortan las noches que paso en soledad recordando esa sensación que provocabas en mí, la sensación de vivir. Sueño con tus cálidos besos y tu dulce voz, pero pronto viene la luz que me devuelve a la angustiosa realidad, de vuelta a mi infierno particular.
Ya no tengo fuerzas para seguir, mi corazón no soporta tanto sufrimiento. No sé que es sonreír desde Dios sabe cuánto tiempo.
No me importa morir si ese es el precio a pagar por volver a tenerte frente a mí. De qué me sirve seguir si no es contigo; liberaré mi alma para que así, regrese junto a la tuya, el dolor que pueda padecer será el preámbulo de una nueva vida, una vida en al que tu estarás y en la que la muerte no consiga volvernos a separar.
Y todos los días allí estaba yo, entre más muertos que vivos, con el ingenuo pensamiento de que algún día todo acabara y él volviera desde su escondrijo de cemento y tierra, junto a mí. Bien sabía que eso no iba a ser posible, pero era mi único salvavidas en aquel dolor demencial que tanto oscurecía a mi corazón.
Muerta en vida, así me decían los que me conocían, en realidad así era como estaba, pero ellos lo desconocían.
Es extraño que se suela decir que el dolor de amor es el más bello que existe, pero eso cambia cuando eres tú el animal que le arrebató la vida al ser mas preciado que el mundo alberga para ti. Es por eso que no existe humano en el mundo que pueda saber la angustia que marchita mi alma cada vez que junto a su lápida, cada noche, mi soledad me devora y me hundo en un océano de lágrimas al recordar que quien le robó el último suspiro a mi amor, fui yo.
Solo la luna fue testigo mudo de aquel sufrimiento, solo ella la miraba desde el oscuro y estrellado techo, su luz tenue y fría entraba a través de los duros y regios barrotes de la única ventana que había en su celda, afortunadamente esta daba al cielo, lo que hacía que las angustiosas y mugrientas paredes de aquella estancia se vistieran de plata en las noches en las que la luna más brillaba.
En su interior lo sabía, sabía que era su última noche. Gruesas lágrimas se desparramaban por sus blancas mejillas, en parte por alivio y a la vez llenas de angustia y miedo. En el fondo quería que ese martirio acabara ya de una vez por todas, su cuerpo poco mas podía ya aguantar, tenía profundas heridas en su espalda, aún le escocían, ya que aquel que empuño el látigo se aseguro de que así fuera; tenía amoratadas las manos por el frío de aquella cárcel, los ojos hinchados de no dormir y de sus llantos nocturnos, la habían insultado y torturado por razones que no entendía, le habían marcado a fuego unas letras ,que no sabía ni pronunciar, en su mano.
Pronto la luna dejó paso al sol y con él vinieron los alaridos de personas que fuera la estaban esperando. El día por fin había llegado, las torturas cesarían, ya no tenía miedo, mucho dolor había sufrido ya.
Se la llevaron sin que opusiera ningún tipo de resistencia, aunque hubiese querido no tenía ya fuerzas para luchar.
Los gritos de las personas que había fuera se hacían cada vez más audibles a medida que cruzaba el largo pasillo de piedra, eran voces llenas de ira y rabia, no entendía el significado de auquellas palabras que con tanta furia repetían:
-¡Bruja, bruja!
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