EL HOMBRE
QUE NO PODÍA VOLAR
|
Se encontraba sobre la barandilla del puente
hipnotizado por el caudal del río. No había
subido allí para extasiarse contemplándolo;
pero en esos momentos el rugido del agua le tenía
cautivado. No eran momentos para desperdiciar, si iban a
ser los últimos.
Siempre fue un niño feliz. Despreocupado, como suelen
ser los niños. Hasta que fue consciente de que no
podía volar. ¡ No podía volar ! Y este
despertar a la realidad le había conducido a la desesperación.
Él, quería sentir lo que debería ser
una inmensa sensación de libertad. Peinarse con el
viento más allá de las copas de los árboles.
Atravesar las nubes. Eliminar cualquier barrera. Perder
los límites.
Pero no podía volar. No sabía el origen de
su mal. Pero lo cierto es que no podía.
Realmente sí había volado alguna vez. Utilizando
artefactos para ello, que él mismo había diseñado.
Pero no podía ser lo mismo. La sensación
no debería ser ni si quiera parecida.
Los que le querían trataban de consolarse. Le decían
que el mundo no se terminaba allí por esa limitación.
Le recordaban todo aquello que sí tenía: una
familia que le adoraba, un buen empleo, un hermoso hogar
y todas las necesidades básicas cubiertas. Todas;
menos la de poder volar.
Estaba obsesionado con aquello que le faltaba. Hubiera
preferido haber nacido con un brazo menos, cualquier enfermedad,
sentir dolor,… Cualquier cosa menos aquello que le mantenía
pegado al suelo de por vida.
Crecía su certeza de que el mundo era un infierno.
Que nacíamos para venir a sufrir. Su abatimiento
crecía y parecía no tener límites.
Intentó aprender a convivir con ello. Así
que buscó ayuda. Psicólogos, meditación,
reiki,… Y el resultado siempre fue igualmente estéril.
Reía cínicamente cuando aquellos que se llamaban
a sí mismos, maestros del crecimiento personal, le
decían que el sufrimiento sólo existe en nuestro
interior, pues somos nosotros quienes lo creamos. Que el
sufrimiento, por tanto, no es real.
Hipócritas. Para ellos era fácil decir aquello.
Ellos no estaban condenados a reptar. Ellos no sabían
hasta que punto se podía perder la dignidad.
Ellos sí podían volar. Y su propia familia
también podía. Sus vecinos bienintencionados
que trataban de darle consuelo, también podían
hacerlo. Todos aquellos a los que conocía, podían
despegar del suelo siempre que quisiesen; y pasar allá
arriba el tiempo que se les antojara. No tenían límites
al moverse, pues ninguna barrera podía ser un obstáculo
para ellos. Podían acudir con premura a sus puestos
de trabajo y aunque su destino fuera la última planta
del edificio, no necesitaban arrastrar sus pies por las
escaleras o utilizar aquellas cabinas que se empleaban para
subir mediante poleas las cosas. Las "cosas";
no las personas. Todos ellos eran… normales. Pero él…
¿Cómo ser dichoso?. ¿Cómo convivir
con semejante límite?. ¿Cómo no sufrir,
si no podía volar?.
|