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RELATOS


Por Tian Ang
natura@leon.es


EL HOMBRE QUE NO PODÍA VOLAR

Se encontraba sobre la barandilla del puente hipnotizado por el caudal del río. No había subido allí para extasiarse contemplándolo; pero en esos momentos el rugido del agua le tenía cautivado. No eran momentos para desperdiciar, si iban a ser los últimos.

Siempre fue un niño feliz. Despreocupado, como suelen ser los niños. Hasta que fue consciente de que no podía volar. ¡ No podía volar ! Y este despertar a la realidad le había conducido a la desesperación.

Él, quería sentir lo que debería ser una inmensa sensación de libertad. Peinarse con el viento más allá de las copas de los árboles. Atravesar las nubes. Eliminar cualquier barrera. Perder los límites.

Pero no podía volar. No sabía el origen de su mal. Pero lo cierto es que no podía.

Realmente sí había volado alguna vez. Utilizando artefactos para ello, que él mismo había diseñado.

Pero no podía ser lo mismo. La sensación no debería ser ni si quiera parecida.

Los que le querían trataban de consolarse. Le decían que el mundo no se terminaba allí por esa limitación. Le recordaban todo aquello que sí tenía: una familia que le adoraba, un buen empleo, un hermoso hogar y todas las necesidades básicas cubiertas. Todas; menos la de poder volar.

Estaba obsesionado con aquello que le faltaba. Hubiera preferido haber nacido con un brazo menos, cualquier enfermedad, sentir dolor,… Cualquier cosa menos aquello que le mantenía pegado al suelo de por vida.

Crecía su certeza de que el mundo era un infierno. Que nacíamos para venir a sufrir. Su abatimiento crecía y parecía no tener límites. Intentó aprender a convivir con ello. Así que buscó ayuda. Psicólogos, meditación, reiki,… Y el resultado siempre fue igualmente estéril. Reía cínicamente cuando aquellos que se llamaban a sí mismos, maestros del crecimiento personal, le decían que el sufrimiento sólo existe en nuestro interior, pues somos nosotros quienes lo creamos. Que el sufrimiento, por tanto, no es real.

Hipócritas. Para ellos era fácil decir aquello. Ellos no estaban condenados a reptar. Ellos no sabían hasta que punto se podía perder la dignidad.

Ellos sí podían volar. Y su propia familia también podía. Sus vecinos bienintencionados que trataban de darle consuelo, también podían hacerlo. Todos aquellos a los que conocía, podían despegar del suelo siempre que quisiesen; y pasar allá arriba el tiempo que se les antojara. No tenían límites al moverse, pues ninguna barrera podía ser un obstáculo para ellos. Podían acudir con premura a sus puestos de trabajo y aunque su destino fuera la última planta del edificio, no necesitaban arrastrar sus pies por las escaleras o utilizar aquellas cabinas que se empleaban para subir mediante poleas las cosas. Las "cosas"; no las personas. Todos ellos eran… normales. Pero él…

¿Cómo ser dichoso?. ¿Cómo convivir con semejante límite?. ¿Cómo no sufrir, si no podía volar?.

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