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NOTAS SOBRE DOS MAESTROS: Rachmaninoff y Debussy

Valmore Muñoz Arteaga
vajomar@cantv.net
NOTAS SOBRE DOS MAESTROS: Rachmaninoff y Debussy

Hace poco tuve la oportunidad de volver a ver una película que, en mi experiencia, es una de las más impactantes que yo he visto. Y fue impactante por dos razones fundamentales; la actuación de Geoffrey Rush como David Helfgott y la música de la película que, en gran medida, pertenece al compositor ruso Sergei Rachmaninoff. Por ambos motivos, he preparadoeste artículo, para que tú también puedas ir conociéndolo mejor. Dedicaré estosespacios de reflexión, o al menos, parte de ella este importante y fundamental compositor, poseedor de las más poderosas manos de la música.

Si las piezas en general de Rachmaninoff causan en mí una experiencia hipnótica, la circunstancia se duplica si hablamos de sus composiciones para piano. No creo que exista una pianista en la historia de la música, muchos pensarán también en Arthur Rubistein. La figura de Rachmaninoff es terriblemente fantasmagórica: "(...) La enorme figura enjuta, austera, severa, sin un mínimo hálito de sonrisa, con su arrugada cara y pelo casi rapado (como si estuviera afeitado), trae a la memoria del público la imagen de un convicto en las últimas"( Harold C. Schönberg). Una fantasmagoría que la traduce perfectamente en su música, una música terrible, poderosa, asfixiante. Musicalmente, Rachmaninoff no pertenece ni al romanticismo ni al clasicismo ni al post-romanticismo. Siempre se ha tachado a Rachmaninoff de conservador, de anti-novedoso. Todo lo contrario de lo que se piensa. Hay que ser valiente para componer en ese estilo, mientras que hacían ya sus pinitos músicas en lenguajes completamente nuevos. Y es que la dificultad de clasificación de la música de Rachmaninoff dentro de un periodo es totalmente lógica al ser su música tan personal, tan nacida del corazón, que no necesita la utilización de nuevos recursos ni persigue una originalidad en el lenguaje. Aunque podemos decir que su música es típicamente rusa, él siempre argumentaba que nunca se proponía hacer música rusa, sino que su música es así porque él es así. Una música que Templaba sonidos fascinantes nacidos e interpretados desde el alma alucinante de un hombre que estuvo más allá de la imaginación.

La fuente de su inspiración permanecía escondida al otro lado del arco iris, quizás pendiendo de la punta de un cielo gris, con esa seductora tonalidad que asume cuando está a punto de desprenderse un aguacero intemperante. Sobre su proceso creativo, decía estas palabras: "Oigo la música en mi cabeza. Cuando la música para, yo paro de escribir". Una vez contó a un periodista que su inspiración en muchos casos provenía de fuentes literarias o pictóricas. “Se sabe que "The isle of Dead" fue compuesta después de observar unas pinturas de Arnold Böcklin con el mismo título. En este mismo pintor se inspiran sus Estudios-Tableau. Pero Rachmaninoff insistía mucho en que sus fuentes de inspiración no eran más que inspiraciones, y no programas previos para desarrollar las piezas, excepto en una pieza: El "diabólico" estudio en La menor Op.39 n.6, uno de los tres que grabó, y que como él mismo le comentó a Respighi en una carta, es la expresión musical del cuento popular de hadas "Little Red Riding Hood", del que también es partícipe la "Sugestión Diabólica" Prokoffiana” (Daniel M. Moreno). Pero tras un primer análisis, es evidente deducir que son dos los leit-motiv que aparecen y reaparecen en la música de Rachmaninoff: Por una parte el sonido de las campanas de sus primeros años en St. Petersburgo, teniendo su máxima expresión en "The bells", la favorita para él de entre sus composiciones. También podemos citar el preludio Op.32 N.3 en Mi Mayor. Por otra parte debemos hablar de la música coral rusa ortodoxa, la cual le causó gran impresión, al igual que la música de Norteamérica, de lo que podemos encontrar rastros en numerosas piezas, en especial en la Rapsodia sobre un Tema de Paganini, que conjuga una música norteamericana con su estilo personal ruso; y por supuesto, en su cuarto concierto, del cual el segundo movimiento se inspira en un espiritual negro.

El método de estudio de Rachmaninoff consiste en trabajar una pieza musical como si tú mismo fueras el compositor, dividiendo el estudio en diferentes fases. Expresándolo en sus propias palabras: "Se debe desmontar, asomarse en cada rincón, antes de ensamblarlo todo". Para Rachmaninoff sólo dos o tres directores de orquesta comprendían verdaderamente su obra: Eugene Ormandy (New York Philarmonic), Leopold Stokowsky (Philadelphia P.), y Dimitri Mitropoulos.

La figura de Rachmaninoff se está popularizando cada vez más, una prueba de ello y que resulta simpática, es el hecho de que las páginas Web en Internet que contienen el nombre "Rachmaninoff" son las más visitadas de entre todas las de música clásica, según reflejan los contadores de visitas: "Rachmaninoff estaba hecho de acero y oro. Acero en sus brazos, oro en su corazón. No puedo pensar nunca en esta existencia majestuosa sin lágrimas en mis ojos, pues no sólo lo admiro como artista supremo, sino como ser humano" (Josef Hoffmann).

Algo nuevo en la música empezó con Debussy. La característica fundamental del clasicismo fue la firmeza tonal, del romanticismo fue el sentimiento humano, Debussy busca más aire para la música, desea, lo mismo que en la poesía y las artes, encontrar un sentimiento simbólico de las cosas, irradiar sensaciones, transformarse en red para las impresiones. De allí su cercanía a los intelectuales parisinos que se reunían en la librería del Arte Independiente en la Rue de la Chausée d´Antin. Allí trabó amistad con algunos simbolistas y jóvenes de la nueva literatura francesa como Mallarmé, André Gide y Paul Claudel. También encontraría a Satie quien, a la postre, alejaría a Debussy de su vena wagneriana. Gracias a esas tertulias y a la metamorfosis de su espíritu, Debussy se aferra a la idea de construir una música pura, limpia, enaltecida con armonías y timbres, con colores distintos. Su música sugiere, apunta más no se recrea en detalles copiados. Música de luz que se refleja en la piel de un manantial, con una tersidad que acaricia la brisa que sobrepone. Su música emula los acordes del viento entrelazado con las hojas de los árboles. Compone con ojos de poeta, compone con pluma de pintor de emociones, fijándose detenidamente en lo más sutil. Refinamiento mayor.

Debussy piensa y decide: “no; no ha de sonar todo a la vez; es mejor que cada instrumento se individualice, hable cuando le llegue el turno, con lo que cada timbre sostiene su color original” (Antonio Fernández-Cid). Calidad por cantidad esa es la norma debussyana. “Un arpegio cristalino, un juego de pedales, la delicadeza de un ataque adquieren la máxima importancia; como la bruma descrita por la cuerda grave, o el grito lejano, misterioso, de una trompeta con sordina” (Fernández-Cid) El propio Debussy confirma: “Por regla general, siempre que en arte se piensa complicar una forma o un sentimiento, es que no se sabe lo que se quiere decir” Por ello, emprende a soñar, a imaginar, guarda silencio. El silencio también esconde en su vientre algo de música. Sus armonías nos rodean como en una suerte de embrujo que no aprisiona con su dureza. Recoge en sus notas la inagotable existencia de la naturaleza. Es el artista que nos dice lo que a él le suscita la contemplación del paisaje. Contemplar para captar impresiones y ofrecerlas transformadas en música.

Debussy huye de las formas rígidas del clasicismo, pero tampoco se somete a la crudeza del romanticismo exacerbado. Es pintor de cuadros, de paisajes dignos de la poesía. Podríamos decir que sueña frente al piano y a sus composiciones. Vive dentro de un proceso de ensoñación constante. Otros sonidos lo envuelven. La recreación de otros mundos más allá del construido por los hombres para los hombres. Más allá del mundo, sueña con el mundo original, el primigenio. Aquel que se fundó desde la voz eterna de Dios. Un proceso de ensoñación que no escabulle a la razón, al poder de la razón. No se deja embriagar aunque embriague. Su música dibuja, traza, describe, intenta recoger de los poemas su acento más hondo y profundo. Para ello entra en contacto con la obra de figuras como Baudelaire yVerlaine, de quienes hará Cinq Poéme y Arietes Oubliées, respectivamente; también La demoiselle élue de Rossetti, pero también se hace sensible a los postulados de Maeterlinck y Monet. No pudo realizar una obre basada en la tragedia de Pierre Corneille Le Cid, que llevaría libreto de Catulle Méndes. También se dejó seducir por poetas del renacimiento como Villón y de Orleáns, así como del personalísimo acento de Gabriel D´Annunzio.

Debussy es guía para un norte que alborea. Herrero de una estética difícil de continuar, por la madurez demostrada desde el comienzo. Representa principio y plenitud de un ideal. “Y fidelísimo a los propios afanes. No ya con radicales cambios que conducen a la verdad, sino con firmes conceptos que un día lejano producen incomodidad a sus más vetustos mentores” (Fernández-Cid) Y a él mismo se la originan a veces ante el embotamiento de quienes buscan más cómodos lisonjas a la tradición, pero que en todo caso demuestran su razón de ser y usurpan el lugar de excepción reservado a todo innovador con genio.

 

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