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MIYÓ VESTRINI: LA ANGUSTIA PERENNE

Valmore Muñoz Arteaga

vajomar@cantv.net
MIYÓ VESTRINI: LA ANGUSTIA PERENNE

De repente han pasado 50 años del nacimiento de Apocalipsis. No muchos están recordando tan importante acontecimiento en el panorama de las letras zulianas. Muchos recordarán otra vez a Hesnor Rivera y a César David Rincón, y con justa razón, son los dos rostros más visibles del grupo. Tras su sombra descansa la obra de otros que, quizás en menor medida, también contribuyeron en la renovación de las artes en el estado. Otros que no tienen una obra tan representativa, pero que marcan el significado de un esfuerzo, privado las más de las veces por controversiales aficiones cósmicas.

De esa oscuridad surge la voz amarga de Miyó Vestrini, la única mujer del grupo. Contaba en ese momento con unos 18 años y un gran entusiasmo que compartía con César David, contemporáneo con ella. Venían de la experiencia de los talleres de expresión artística que se brindaban en el Liceo Baralt a encontrarse con la voz surreal de Hesnor Rivera, quien regresaba de Chile y de La Mandrágora. No se conocen trabajos poéticos de Miyó durante Apocalipsis, pero la semilla plantada en el Piel Roja vio florecer en 1971 su primer libro La historias de Giovanna, al que siguieron El invierno próximo (1975), Pocas virtudes (1986) y Valiente ciudadano (1994), este último publicado tres años después de su trágica desaparición en 1991.

La obra de Miyó Vestrini es sumamente particular. Ella representa la voz urbana de Apocalipsis, una voz que decanta el devenir de la mujer inmersa en la modernidad, en sus posibilidades y limitaciones. Los poemas de Miyó figuran un enlace entre la memoria -acariciada por el ensueño- y la dolorosa verdad que se desnuda en lo cotidiano. Entre sus versos se teje y desteje una tensión, una angustia por vivir desde la muerte. Si bien, en muchos de los poemas de los demás miembros de Apocalipsis, la muerte se presenta como una metáfora penetrante, como una ventana hacia el universo del ensueño, en Miyó se plantea como una posibilidad real, como una vía de expiación, como una caricia salvadora. Miyó Vestrini es una militante de la muerte. Cree en ella con una firmeza inusitada. Si en la poética venezolana se ha llegado a afirmar que la muerte es un camino anhelado (Luis Enrique Mármol, Cruz Salmerón Acosta, José Antonio Ramos Sucre, entre otros) en Miyó Vestrini se vuelve más que una expresión lúdica.

En Las historias de Giovanna escribe:
Hacíamos votos por una muerte dulce
y hoy,
continente de flores claras,
sofocadas por el humo de los hornos,
sabemos que cierta forma de morir más
ruda nos espera.

En su segundo poemario la muerte asume la personificación de un invierno próximo:
Han concluido los paseos,
los silencios amables,
el ruido sobre la grava,
tu cuerpo fatigado.
Cuando llegue el invierno próximo
estaré en el cerro
tendida,
enojada,
estremeciendo el techo de madera.

La muerte no permanece oculta. Miyó nunca la ocultó, mucho menos su angustia de mujer del siglo XX. Las tensiones que se tejen en la mujer que habrá de compartir su tiempo entre tantas contradicciones a las cuales las obligan las normas y la cotidianidad. Entonces se veía forzada a: Apretar los párpados para no ver la luz del mediodía. Se veía obligada a gritar su desesperación en la poesía, ahí era posible, allí se le permitía esa exquisitez de exigir el control remoto para cambiar los canales, ponerse pantalones y largarse o por lo menos escaparse a la perspectiva de los que mean detrás de un árbol. En la poesía podía ironizar con su destino de cocinera pelando papas.

Miyó unía su grito silencioso al de Teresa de la Parra, Enriqueta Arvelo Larriva, María Calcaño, y tantas otras, que se creyeron aquella frase hueca y poco realista de que todos somos iguales. La mujer, desde Miyó, estaba dormida, aletargada entre la mesa de bordar y el rutilante olor a cebolla perdido para siempre en los rincones de una cocina limpia y de vez en cuando ocultarse entre las telarañas del techo justo en el momento en que es desamada. La verdad logró descubrirla, ella siempre estuvo esperando en el fondo de una botella. La verdad estaba desnuda en la angustia, en la desesperación que sudaba desde muy niña, aquellos días tranquilos que pasaron como una ráfaga de viento.

Nuevamente la muerte reaparece entre la poesía y la realidad. La muerte hermosa y larga, respiradero de esperanzas, camino por donde escapar del desorden de la casa:
No en vano
he sido tan cruel,
no en vano
deseo
cada tarde,
que la muerte esa simple y limpia
como un trago de anís caliente
o una palmada cuyo eco se pierde en el monte.

En Valiente ciudadano su último poemario, ya agotada por el vivir desviviendo, pide a Dios poner fin al dolor y que la muerte se reafirme como una esperanza diferente a la vida: Dame, señor, una muerte que enfurezca / Dame, señor, esa muerte de la intemperie que sorprende y tranquiliza. Pide que se le reconozca en su integridad humana: Haz, señor, que aquel hombre con piel inédita reconozca en mí al animal de los olivares. Que su cuerpo pese sobre el mío y haga dulce la entrada al fuego. Su angustia como mujer y poeta aumentaba al darse cuenta de que un hombre había descubierto el mundo por ella y como castigo por su tardía reacción fue dejada en mitad del camino entre el sol y la niebla. La mujer y su vocación de sombra apurada la hería profundamente. La mujer y su condición de prostituta perenne, esa cuyos hijos son blancos y sus hombres negros. La mujer y su herencia anfitriona de la frustración era hereditario:
Vete a la mierda,
me dijo mi madre
cuando le reclamé todo esto.
Se dio vuelta hacia la pared y murió.
Ocupé su sitio
Detrás de la mesa
Y dejé que peinaran mi cabello.

Valiente ciudadano se torna entonces en el texto más duro de cuantos conforman su obra. Una dureza, a veces, implacable, terrible, inicua. Quizás tratando de arrancar de su alma toda la rabia acumulada para partir ligera, suave como lo soñara en su juventud. Una poesía descalza posada sobre un largo camino de vidrios y cristales rotos. La sutileza se vuelve ironía juguetona:
La muchacha aplicada,
escribió debajo:
si ves a un blanco durmiendo, no lo despiertes;
está soñando con un negro que lo viola.

Sus poemas se vuelven espacios para ocultar el rostro detrás de cierto prosaísmo y una vuelta a la narratividad. La estética de sus palabras se entrelazan con aquello que supone hermoso de la urbanidad. La intensidad de los poemas se agolpan tras los supermercados, los bares; entre los, a veces fastidiosos, vecinos. Entre las hortalizas en la cocina, o el jabón de baño. El dilema de las crisis de pareja se vuelve constante en algunos pasajes del poemario, las crisis propias de la modernidad: Cuando le pregunté por qué no había llamado / me explicó que lo habían enterrado vivo / y que no le pusieron teléfono. En otro poema escribe: Nos comprometimos a vivir juntos, / a amarnos, / a honrarnos, / hasta que la muerte nos uniera […] El tiempo nos hizo indolentes y tristes / Comencé a hacerle el amor / vestido / y de prisa. Miyó logra advertir que el amor y la modernidad no pueden andar juntos, por lo menos el amor que ella aprendió, seguramente, en Neruda, en Eluard, o en algún registro perdido de la Generación del 27 española. La modernidad habla de rapidez, de inmediatez, de objetividad. El amor habla de eternidad, de compromiso, del otro.

El cansancio venció a la palabra. Ya no sabía qué ni cómo decir las cosas del corazón. La mujer, al igual que el hombre, es tiempo que se acaba. Miyó quizás asumió que el hombre era su igual al borde de la muerte. La hojilla acarició sus brazos mientras el universo hacía espacio para cantar en otros tonos sus canciones. Quería dejar de temblar detrás de alguien, quería ser el temblor mismo. La poesía nos recuerda a Miyó y sus pocas virtudes, entre ellas ser mujer, demasiado mujer, y vivir desde la angustia su circunstancia. Miyó Vestrini es la otra voz de Apocalipsis que alcanza la inmortalidad de igual a igual.

Valmore Muñoz Arteaga
Universidad Católica Cecilio Acosta
Colegio Alemán de Maracaibo
Venezuela.
vajomar@cantv.net

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