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LA AMADA DEL ROMANTICISMO ALEMÁN
Un breve acercamiento a las obras poéticas de
Novalis y Hölderlin
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La eternidad reposaba en sus ojos
cogí sus manos y las lágrimas se transformaron
en una
cadena inquebrantable y luminosa.
Los Himnos a la Noche.
Novalis.
Tu sol, el sol del hermoso tiempo, se ha
puesto,
y en la noche glacial el huracán ruge.
Diótima.
Hölderlin.
Si vais con la mujer, no olvidéis
el látigo.
Así habló Zarathustra.
Nietzsche.
I.- El amor es un puente que parece comunicar al poeta a
un estado supremo de la conciencia. Hace advertir en medio
de la noche la presencia sublime de la eternidad. El amor
abre los espacios misterioso que comunican al hombre -en este
caso el poeta- con la esencia misma del universo que lo habita
desde edades antiguas. Sueño y poesía convergen
bajo la presencia inaudita de un cielo romántico donde
suelen evocarse los rostros familiares que lo han acompañado
cobrando, desde un extraño ritual, un realidad precisa.
En esos ámbitos del amor, el sueño y la poesía
se encuentran Novalis y Hölderlin, pináculos de
la poesía romántica alemana que cambió
definitivamente las letras universales.
Entre los dos no alcanzan ni siquiera las veinte publicaciones;
sin embargo, sus obras fermentan un diálogo entre el
hombre terrenal y la nocturnidad en cuyo vientre se localizan
los sagrados vestigios de la inmortalidad, del secreto que
se esconde en las manos ciclópeas del tiempo. Así
como el forje de una nueva concepción del mundo que
se vuelve ahora producto de la conciencia poética.
Ambos poetas desconocen la medida y el límite. Tanto
Novalis como Hölderlin emprenden un juego infantil al
borde de la oscuridad intentando descubrir en su fuente la
luz infinita donde se desbordan las palabras.
II.- Los Himnos a la Noche es, sin dudas, el libro más
importante de Novalis. Fue publicado después de la
muerte de su joven amada. Es justamente ella la inspiradora
de los himnos. La sombra de la muerta, Sophie von Kühn,
seduce continuamente a Novalis, quien absorto por el dolor
asume la idea de unirse a ella. Desde la obsesión por
Sophie, el poeta construye un canto a la noche, un espacio
místico donde confluyen sus ideas estéticas,
filosóficas y religiosas. El libro constituye una de
las obras fundamentales del romanticismo universal que conforma
una colección de poemas en donde a la diurna fe de
la Antigüedad se contrapone la idea de la noche como
misterio creador de la vida y de la muerte, del milagro y
de la redención cristiana.
En sus páginas se convocan la eternidad y la infinitud
sin tiempo ni espacio. Allí abre sus brazos la gran
madre, la dueña del amor creador, que no es otra sino
su Sophie, quien, a partir de ahora, será el símbolo
de lo eterno femenino. Ella es la síntesis entre la
luz y la sombra, entre la vida y la muerte, entre el fuego
y el agua; aquella que guiará al poeta por los túneles
de la noche que no es más que la propia vida, la vida
que reina sobre la muerte y lejos de la luz terrestre. Sophie
es la gran mediadora entre los mundos antagónicos.
Desde el corazón de la muerte, la madre extiende su
mano salvadora al hijo para dar pie a una nueva cadena que
sustituye las cadenas rotas de la luz. Todo es ahora otro
mundo. Escribe Novalis en el canto número tres del
libro:
Un día que derramaba yo amargo llanto, que se desvanecía
mi esperanza resuelta en dolor, cuando estaba solitario ante
la yerma colina que en estrecho y oscuro recinto encerraba
la forma misma de mi vida - solo como nunca ningún
solitario lo estuvo - acosado por indecible angustia - ya
sin fuerzas, una imagen del desamparo y nada más. -
Mientras dejaba vagar la mirada en busca de auxilio, sin poder
avanzar, sin poder volver atrás y me aferraba con ansias
infinitas a la vida fugaz, evanescente: - entonces, de las
azules lejanías - de las alturas de mi antigua dicha
me vino un estremecimiento vesperal - que rompió de
golpe el lazo del nacimiento, las cadenas de la luz. Desvanecióse
la pompa de la tierra, se disipó con ella mi dolor
- mi melancolía se fundió en un mundo insondable
y nuevo - y tú, entusiasmo nocturno, sueño del
cielo, caíste sobre mí - todo el paraje se elevó
lentamente; sobre el paraje flotaba, liberado y renacido,
mi espíritu. La colina se transformó en una
nube de polvo - a través de la nube distinguí
el rostro transfigurado de mi amada. La eternidad reposaba
en sus ojos - cogí sus manos y las lágrimas
se transformaron en una cadena inquebrantable y luminosa.
Volaban ahuyentados los milenios hacia horizontes lejanos,
como tempestades. Abrazado a su cuello lloré lágrimas
arrobadoras en el umbral de la vida nueva - Fue el primero,
el único ensueño - y desde entonces tengo una
fe eterna, inalterable en el cielo de la noche y en su luz
que es mi amada.
III.- Si en Novalis la representación de la amada
inmortal es encarnada por Sophie von Kühn, en Hölderlin
será su terrible Diótima. El poeta estaba residenciado
en Frankfurt, como instructor en casa de un banquero apellidado
Gontard. La dueña de la casa era una mujer bella, cautivadora
y culta, se llamaba Susette Bronkenstein. Hölderlin la
llama 'una ateniense', en vista, por su puesto, esta designación
no pasará de ser una ocurrencia extraída por
su fuerte inclinación hacia el mundo clásico
helénico. Afirma Federico Gorbea: Ahora, en cambio,
esa forma de nombrar a Susette es reveladora de la fina obra
de la fatalidad. Al simbolizar a esta mujer, modifica sin
proponérselo la función simbólica de
su deseo. Esta fijación no llega a consolidarse, transformando
así el poeta un valor cultural indirecto en un impulso
fisiológico por demás directo para su estado.
A diferencia de Novalis, el vínculo amoroso entre
Hölderlin y Susette-Diótima era dolorosamente
platónico, naturalmente esto carece de importancia
efectiva. Pues al ver coartado su amor, el conoce la curva
sensual de su viaje: el dolor como expresión del arte.
El amor en Hölderlin es, entonces, desgarramiento, agotamiento
y desorganización. Sacrificio, como apunta Gorbea,
en el altar de un optimismo mesiánico y, en tal instancia,
lo distingue con talante: "[...] Solamente en el dolor
cobramos conciencia de nuestra libertad interior [...] Dolor
o alegría son parejamente buenos, y quizás también
irreales". Se conjuga así el dolor con la tinta
que desnuda palabras sobre el papel vacío y profundo.
Palabras que han coqueteado con el Ideal que intenta quebrar
la magnificencia del propio dolor.
A pesar de que Hölderlin, así como sus contemporáneos,
recurría al sueño, a las oscuridad nocturnal
que se fragmentaba en los recuerdos de la infancia, el amor
de Diótima llega para restituir la luz del paraíso
primitivo y poner fin a las disonancias que se abrazaban al
demonio de la dualidad, con el cual disputaban los románticos.
La presencia de Diótima, de la amada era ya presentida
desde la niñez, su imagen beatífica aparecía
en la noche para disipar las tinieblas. Los sueños
de la noche permanecen, por la mañana como huella perenne
de un beso en la mejilla de la amada. Diótima permite
a Hölderlin, lo mismo que Lotte a Werther, mantenerse
alejado para siempre de la existencia trivial, y como Margarita
a Fausto, lo salva de su propia humanidad, lo invita desde
su boca sideral a beberse la penumbra inhóspita de
la inmortalidad.
Le escribe Hölderlin a Diótima:
Cuando, envuelto por los sueños de la infancia
apacible como el azul del día,
yo descansaba sobre el suelo entibiado
bajo los árboles de mi jardín,
cuando empezaba la primavera de mi vida
con suaves acordes de gozo y belleza,
el alma de Diótima, como un céfiro
pasaba entre las ramas, sobre mí.
...........................................................................
Ahora he vuelto a encontrarte,
más hermosa que como te había soñado
en las horas solemnes del amor.
¡Noble y buena, allí estás!
¡Oh pobreza de la fantasía,
sólo tú, Naturaleza, puedes crear este modelo
único,
en medio de eternas armonías,
feliz en tu perfección!
IV.- Novalis y Hölderlin fraguaron desde la palabra
una nueva y mística concepción del amor, un
amor que trituró la sonrisa macabra de la muerte. Hicieron,
a través de sus experiencias dolorosas y fatídicas,
un concierto cósmico en donde la palabra, siempre la
palabra, brindara una renovación espiritual. Devolvieron
al amor su infatigable esencia misteriosa. Desde las fauces
de la desesperación construyeron un puente que los
comunicaba con la felicidad celestial, esa que se descubre
detrás del manto sagrado de la noche, justo donde se
bifurcan los corredores famélicos de la soledad. Novalis
y Hölderlin ofrecieron con la bendición de la
poesía, la vía mágica para la expiación
del dolor: el amor, cuya sola presencia posibilita vivir la
vida humanamente y permite que el alma de un hombre se vuelva
el grito de un pueblo entero.
Valmore Muñoz Arteaga
Universidad Católica Cecilio Acosta
Colegio Alemán de Maracaibo
Venezuela.
vajomar@cantv.net
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