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  Guías culturales

La Amada Del Romanticismo Alemán

Valmore Muñoz Arteaga

vajomar@cantv.net
LA AMADA DEL ROMANTICISMO ALEMÁN
Un breve acercamiento a las obras poéticas de Novalis y Hölderlin

La eternidad reposaba en sus ojos
cogí sus manos y las lágrimas se transformaron en una
cadena inquebrantable y luminosa.
Los Himnos a la Noche.
Novalis.

Tu sol, el sol del hermoso tiempo, se ha puesto,
y en la noche glacial el huracán ruge.
Diótima.
Hölderlin.

Si vais con la mujer, no olvidéis el látigo.
Así habló Zarathustra.
Nietzsche.

I.- El amor es un puente que parece comunicar al poeta a un estado supremo de la conciencia. Hace advertir en medio de la noche la presencia sublime de la eternidad. El amor abre los espacios misterioso que comunican al hombre -en este caso el poeta- con la esencia misma del universo que lo habita desde edades antiguas. Sueño y poesía convergen bajo la presencia inaudita de un cielo romántico donde suelen evocarse los rostros familiares que lo han acompañado cobrando, desde un extraño ritual, un realidad precisa. En esos ámbitos del amor, el sueño y la poesía se encuentran Novalis y Hölderlin, pináculos de la poesía romántica alemana que cambió definitivamente las letras universales.

Entre los dos no alcanzan ni siquiera las veinte publicaciones; sin embargo, sus obras fermentan un diálogo entre el hombre terrenal y la nocturnidad en cuyo vientre se localizan los sagrados vestigios de la inmortalidad, del secreto que se esconde en las manos ciclópeas del tiempo. Así como el forje de una nueva concepción del mundo que se vuelve ahora producto de la conciencia poética. Ambos poetas desconocen la medida y el límite. Tanto Novalis como Hölderlin emprenden un juego infantil al borde de la oscuridad intentando descubrir en su fuente la luz infinita donde se desbordan las palabras.

II.- Los Himnos a la Noche es, sin dudas, el libro más importante de Novalis. Fue publicado después de la muerte de su joven amada. Es justamente ella la inspiradora de los himnos. La sombra de la muerta, Sophie von Kühn, seduce continuamente a Novalis, quien absorto por el dolor asume la idea de unirse a ella. Desde la obsesión por Sophie, el poeta construye un canto a la noche, un espacio místico donde confluyen sus ideas estéticas, filosóficas y religiosas. El libro constituye una de las obras fundamentales del romanticismo universal que conforma una colección de poemas en donde a la diurna fe de la Antigüedad se contrapone la idea de la noche como misterio creador de la vida y de la muerte, del milagro y de la redención cristiana.

En sus páginas se convocan la eternidad y la infinitud sin tiempo ni espacio. Allí abre sus brazos la gran madre, la dueña del amor creador, que no es otra sino su Sophie, quien, a partir de ahora, será el símbolo de lo eterno femenino. Ella es la síntesis entre la luz y la sombra, entre la vida y la muerte, entre el fuego y el agua; aquella que guiará al poeta por los túneles de la noche que no es más que la propia vida, la vida que reina sobre la muerte y lejos de la luz terrestre. Sophie es la gran mediadora entre los mundos antagónicos. Desde el corazón de la muerte, la madre extiende su mano salvadora al hijo para dar pie a una nueva cadena que sustituye las cadenas rotas de la luz. Todo es ahora otro mundo. Escribe Novalis en el canto número tres del libro:

Un día que derramaba yo amargo llanto, que se desvanecía mi esperanza resuelta en dolor, cuando estaba solitario ante la yerma colina que en estrecho y oscuro recinto encerraba la forma misma de mi vida - solo como nunca ningún solitario lo estuvo - acosado por indecible angustia - ya sin fuerzas, una imagen del desamparo y nada más. - Mientras dejaba vagar la mirada en busca de auxilio, sin poder avanzar, sin poder volver atrás y me aferraba con ansias infinitas a la vida fugaz, evanescente: - entonces, de las azules lejanías - de las alturas de mi antigua dicha me vino un estremecimiento vesperal - que rompió de golpe el lazo del nacimiento, las cadenas de la luz. Desvanecióse la pompa de la tierra, se disipó con ella mi dolor - mi melancolía se fundió en un mundo insondable y nuevo - y tú, entusiasmo nocturno, sueño del cielo, caíste sobre mí - todo el paraje se elevó lentamente; sobre el paraje flotaba, liberado y renacido, mi espíritu. La colina se transformó en una nube de polvo - a través de la nube distinguí el rostro transfigurado de mi amada. La eternidad reposaba en sus ojos - cogí sus manos y las lágrimas se transformaron en una cadena inquebrantable y luminosa. Volaban ahuyentados los milenios hacia horizontes lejanos, como tempestades. Abrazado a su cuello lloré lágrimas arrobadoras en el umbral de la vida nueva - Fue el primero, el único ensueño - y desde entonces tengo una fe eterna, inalterable en el cielo de la noche y en su luz que es mi amada.

III.- Si en Novalis la representación de la amada inmortal es encarnada por Sophie von Kühn, en Hölderlin será su terrible Diótima. El poeta estaba residenciado en Frankfurt, como instructor en casa de un banquero apellidado Gontard. La dueña de la casa era una mujer bella, cautivadora y culta, se llamaba Susette Bronkenstein. Hölderlin la llama 'una ateniense', en vista, por su puesto, esta designación no pasará de ser una ocurrencia extraída por su fuerte inclinación hacia el mundo clásico helénico. Afirma Federico Gorbea: Ahora, en cambio, esa forma de nombrar a Susette es reveladora de la fina obra de la fatalidad. Al simbolizar a esta mujer, modifica sin proponérselo la función simbólica de su deseo. Esta fijación no llega a consolidarse, transformando así el poeta un valor cultural indirecto en un impulso fisiológico por demás directo para su estado.

A diferencia de Novalis, el vínculo amoroso entre Hölderlin y Susette-Diótima era dolorosamente platónico, naturalmente esto carece de importancia efectiva. Pues al ver coartado su amor, el conoce la curva sensual de su viaje: el dolor como expresión del arte. El amor en Hölderlin es, entonces, desgarramiento, agotamiento y desorganización. Sacrificio, como apunta Gorbea, en el altar de un optimismo mesiánico y, en tal instancia, lo distingue con talante: "[...] Solamente en el dolor cobramos conciencia de nuestra libertad interior [...] Dolor o alegría son parejamente buenos, y quizás también irreales". Se conjuga así el dolor con la tinta que desnuda palabras sobre el papel vacío y profundo. Palabras que han coqueteado con el Ideal que intenta quebrar la magnificencia del propio dolor.

A pesar de que Hölderlin, así como sus contemporáneos, recurría al sueño, a las oscuridad nocturnal que se fragmentaba en los recuerdos de la infancia, el amor de Diótima llega para restituir la luz del paraíso primitivo y poner fin a las disonancias que se abrazaban al demonio de la dualidad, con el cual disputaban los románticos. La presencia de Diótima, de la amada era ya presentida desde la niñez, su imagen beatífica aparecía en la noche para disipar las tinieblas. Los sueños de la noche permanecen, por la mañana como huella perenne de un beso en la mejilla de la amada. Diótima permite a Hölderlin, lo mismo que Lotte a Werther, mantenerse alejado para siempre de la existencia trivial, y como Margarita a Fausto, lo salva de su propia humanidad, lo invita desde su boca sideral a beberse la penumbra inhóspita de la inmortalidad.

Le escribe Hölderlin a Diótima:

Cuando, envuelto por los sueños de la infancia
apacible como el azul del día,
yo descansaba sobre el suelo entibiado
bajo los árboles de mi jardín,
cuando empezaba la primavera de mi vida
con suaves acordes de gozo y belleza,
el alma de Diótima, como un céfiro
pasaba entre las ramas, sobre mí.
...........................................................................
Ahora he vuelto a encontrarte,
más hermosa que como te había soñado
en las horas solemnes del amor.
¡Noble y buena, allí estás!
¡Oh pobreza de la fantasía,
sólo tú, Naturaleza, puedes crear este modelo único,
en medio de eternas armonías,
feliz en tu perfección!

IV.- Novalis y Hölderlin fraguaron desde la palabra una nueva y mística concepción del amor, un amor que trituró la sonrisa macabra de la muerte. Hicieron, a través de sus experiencias dolorosas y fatídicas, un concierto cósmico en donde la palabra, siempre la palabra, brindara una renovación espiritual. Devolvieron al amor su infatigable esencia misteriosa. Desde las fauces de la desesperación construyeron un puente que los comunicaba con la felicidad celestial, esa que se descubre detrás del manto sagrado de la noche, justo donde se bifurcan los corredores famélicos de la soledad. Novalis y Hölderlin ofrecieron con la bendición de la poesía, la vía mágica para la expiación del dolor: el amor, cuya sola presencia posibilita vivir la vida humanamente y permite que el alma de un hombre se vuelva el grito de un pueblo entero.

Valmore Muñoz Arteaga
Universidad Católica Cecilio Acosta
Colegio Alemán de Maracaibo
Venezuela.
vajomar@cantv.net

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