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LA COMEDIA NUEVA


Por Vicente Adelantado Soriano

A don Leandro Fernández de Moratín el teatro español no sólo le debe dos obras imprescindibles del mismo, El sí de las niñas, y la que nos ocupa, sino también su preocupación constante por el teatro como fuente de cultura y de saber, de progreso en fin. De ahí la importancia de la crítica de don Leandro y de las reformas, que en el mismo intentó llevar a cabo. Y de sus obras, por supuesto.

Como es sabido fue a raíz del reestreno de El sí de las niñas, en junio de 1799, cuando fijó sus condiciones de autor. Hasta entonces el reparto de papeles, en cualquier comedia y compañía, se hacía más de acuerdo con el rango que ocupaba el actor en la jerarquizada compañía, que de su adecuación a él. El abandono y la despreocupación habían llegado a tal extremo que unos meses después, en noviembre de 1799, uno de los requisitos enviados a Juan de Morales Guzmán, el Juez Protector, fue el de que “Los cómicos ensayarían toda la comedia cuantas veces lo juzgara necesario el autor.”

Don Leandro no sólo no se contentó con eso, sino que, como un nuevo don Miguel de Cervantes, escribe una obra, La comedia nueva o el café, en la que el teatro habla del teatro. En La comedia nueva ridiculiza las viejas obras, riéndose de ellas, como Cervantes lo hacía de las novelas de caballerías, para poner bien a las claras su falta de sentido, sus incoherencias, sus grandilocuencias y sus naderías. Así Don Pedro, el personaje de La comedia nueva, se desespera viendo tanto sinsentido en aquellas comedias pseudohistóricas llenas de vacuos gestos, y del peor de los patrioterismos. Su desesperación, sin embargo, llega al máximo oyendo la obra que prepara don Eleuterio, el joven poeta dramaturgo. “¿Y esto se representa en una nación culta?” –se pregunta dolorido y lleno de asombro. “¿Y esto se imprime, para que los extranjeros se burlen de nosotros?”

No menos importante, y cervantina, es la figura de don Hermógenes, el erudito a la violeta, o la erudición vacua y sin sentido, de la que presume el primo, el personaje paralelo, ante don Quijote. El primo, en el capítulo de la Cueva de Montesinos, dice que va a complementar a Virgilio, pues se le olvidó a éste decir quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo, y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico, y más cosas de este jaez. Don Hermógenes en La comedia nueva es el erudito que, para mayor claridad, dice las cosas en griego por si no se entienden en castellano. Con lo cual, al igual que el primo en El ingenioso hidalgo... consigue que hasta Sancho se ría de su necia e inútil erudición.

En alguna parte escribe Kant que el gran problema del hombre es el tiempo. Viendo la representación de La comedia nueva, las palabras de Kant se convirtieron en una certeza dolorosa, pues don Leandro hubiera disfrutado, como sólo él se lo merecía, viendo el impecable y gozoso montaje que la Compañía Nacional de Teatro Clásico ha hecho de su comedia. No cabe en ella más derroche de ingenio, de capacidad interpretativa, y de cariño hacia el teatro. Ni más impecable comicidad en las breves escenas de la toma de Sagunto por Aníbal.

Fueron las de todos los actores unas interpretaciones impecables, rayanas en lo sublime, tal y como por otra parte nos tiene acostumbrados la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Fue un gozo ver a tal plantel de actores interpretando una buena e inteligente obra. No tiene desperdicio nada de cuanto acontece en el escenario, sea el teatro dentro del teatro, sea cuando ellos dejan de ser actores para convertirse en personajes de carne y hueso sobre las tablas.
El ritmo de la obra, por otra parte, es alto y sostenido: no hay ni un momento desperdiciado. Las situaciones, ingeniosas, vivas, se suceden unas a las otras sin pausa ni descanso. Muy divertido, y una ingeniosa forma de hacernos comprender la situación de los teatros en la época de don Leandro, es el añadido, perfectamente encuadrado en La comedia nueva, en el que los dos alguaciles miman las normas para el buen funcionamiento de las comedias y desarrollo de las mismas durante su representación.

Tampoco está de más el guiño, tarareo de La marsellesa, por parte de don Antonio cuando don Pedro se las da de patriota criticando las comedias del momento, que son una vergüenza para el país. Quizás fue el afrancesamiento la única opción que tuvieron las personas cultas e inteligentes como don Pedro, e incluso el mismo don Leandro. Pues, al fin y al cabo, y por desgracia para todos, las reformas de don Leandro quedaron en nada. Como en nada quedaron sus críticas al teatro del momento, dado que años después José Echegaray, el mayor productor de llantos nacionales, sería premio Nobel de literatura, pasando por encima de don Benito Pérez Galdós. Y aquí reside uno de los digamos olvidos de Moratín, el no hablar del público de aquellos años, tan necio, manejable y sensiblero, aunque algo nos da entender don Serapio al acusar a “uno de capa, que tiene un chirlo en las narices” de reventar una obra representada en el otro teatro, en el de los enemigos. Sabido es lo que hacían los polacos y los chorizos, de ahí las normas de los alguaciles. También don Leandro temía a los chorizos y a los polacos, y a las broncas que podían montar durante cualquier representación.

Sí, Moratín fracasó, y siguió triunfando la comedia pseudohistórica, con Echegaray a la cabeza. Pero la antorcha de don Leandro, encendida, la recogería ni más ni menos que don Ramón María del Valle-Inclán.
Nos hemos quedado sin saber qué hubiera sucedido si hubiesen triunfado los afrancesados sobre los de “vivan las caenas”. Triunfaron ellos y perdió Moratín, pero nos ha dejado dos magníficas obras y un dolorido sentir. Que se ha convertido, en manos de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en una maravilla, en un efímero monumento a la inteligencia, a la sensibilidad y al buen hacer. No cabe, por todo ello, sino darles las gracias a Vicente Colomar, que borda a don Hermógenes y a Aníbal; a David Lorente, como don Serapio y pregonero, genial; a Yara Capa por una doña Agustina, una mujer sabia perdida y encantadora; a Natalia Hernández que construye una doña Mariquita que es un encanto, y que domina a la perfección, por cierto, el beber en bota y afeitarse las piernas con navaja; al serio don Pedro de Aguilar, encarnado por José Luis Esteban, sobrio y soberbio tanto en sus enfados como en sus generosidades; a Carles Moreu por don Antonio, el antagonista de don Pedro; a Iñaki Rikarte por Pipí; y a Jorge Martín, don Eleuterio, el pobre don Quijote de esta tan brillante comedia. Todos ellos han sido magistralmente dirigidos por Ernesto Caballero. El vestuario, perfecto, es de Javier Artiñano.

Con todo ello, con ingenio y arte, mucho arte y mucho ingenio, se ha construido un montaje que no tiene desperdicio, de los que deberían hacer época, si fuéramos el país que Moratín demandaba.
No se lo pierdan si tienen ocasión de verlo. Y aun si pueden, véanlo dos o tres veces seguidas. Y lleven a sus hijos a fin de crear afición al buen teatro y a los buenos montajes. El día de mañana se lo agradecerán.

 


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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