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DON GIL DE LAS CALZAS VERDES


Por Vicente Adelantado Soriano

La obra de Tirso de Molina, Don Gil de las calzas verdes, es un modelo perfecto, acabado, del teatro del barroco español. Siguiendo las líneas del fundador del teatro nacional, Lope de Vega, Tirso escribe una obra de intrigas y enredos en la que nada parece lo que es, y en la que el engaño y el equívoco son llevados a sus últimas consecuencias para que luzca la verdad. Todo con un tono de comedia, con un fino humor muy cercano al de D. Quijote, y que sería muy interesante analizar.
Tirso de Molina es uno de los grandes representantes del teatro español en un momento en que la escena está ocupada, sin dejar resquicio alguno, por Lope de Vega, situación de la que se queja hasta el mismísimo Miguel de Cervantes. Sin embargo, en nada tienen que envidiar las obras de estos a la del otro: la construcción de Don Gil... sin ir más lejos, es ejemplar, como también lo es la de El convidado de piedra, comedias que de por sí ya son más que suficientes para considerar a Tirso como un gran dramaturgo. Otra cosa es la mala suerte que lo ha acompañado: fracaso en el estreno de Don Gil... debido a las malas condiciones de la actriz principal para encarnar el papel de doña Juana, y la mojigatería de un país que ha preferido, y prefiere, tal vez por ignorancia, los ripios de Zorrilla a la perfecta construcción de fray Gabriel Téllez. Quizás debería disfrazarse éste de verde juglar para advertir del engaño y del equívoco. Sería una buena solución.
Don Gil... es una comedia un tanto complicada de seguir. Requiere de toda la atención del espectador, y de una buena dramaturgia que haga inteligible el enredo y la intriga. Lo mismo que exige en su otra obra, El convidado de piedra. Pues sólo a través de su puesta en escena se puede percibir lo que hay, de forma un tanto velada, en muchas obras del barroco: la denuncia a una monarquía absolutista y a la deriva, y la denuncia a una situación dada de corrupción en la que se practica aquello de tanto tienes tanto vales, o como dirá otro gran representante del momento:

Poderoso caballero
es don dinero.

Y así, doña Juana, la dama abandonada por mor de otra de mejor dote, que no partes, recurre a la solución típica del teatro del barroco: disfrazarse de hombre para seguir a quien la abandonó y demandar aquello que es suyo y le pertenece. Con este argumento, Tirso riza el rizo y está a un paso de desembocar en el teatro del absurdo. No tiene desperdicio, por ejemplo, la escena en la que don Martín, el seductor de doña Juana, confunde a don Juan, pretendiente de doña Inés, con aquélla, a quien cree muerta y enterrada, pero que, alma en pena, lo sigue para impedir su casamiento con doña Inés. Don Juan, disfrazado de don Gil, como don Martín, no da crédito a nada de cuanto oye, que no es sino disparate sobre disparate.
El fingimiento de un personaje lleva al fingimiento de todos contra todos. Y sólo cuando se llegue al absurdo será posible tener un destello de luz, razón y verdad. No deja de ser sintomático este cambio de perspectivas si se compara con el don Quijote.
Por otra parte, y como es habitual en la comedia de capa y espada, toda la iniciativa erótica está en manos de la mujer, doña Juana, aun cuando el hombre, don Martín, cree ser el protagonista. Es, por el contrario, un juguete de una mujer que le gana en coraje, en inteligencia y en sustentar máquinas y enredos con una meta clara: su honor, su derecho y su libertad.
La obra, como puede entenderse por lo poco y breve apuntado más arriba, ofrece múltiples dificultades para ser llevada a escena. Es una de esas obras que, leída, incita a verla representada por todos los retos que encierra y supone. Y sabido es que siendo este país rico en teatro y aceite de oliva, nos tenemos que conformar con insustanciales películas y sucedáneos de la aceituna. No obstante, no nos podemos quejar: de un tiempo a esta parte está apareciendo por la ciudad de Valencia la Compañía nacional de teatro clásico. Gracias a ello hemos podido disfrutar de obras tan importantes como Viaje del Parnaso, El curioso impertinente, Las bizarrías de Belisa, La noche de san Juan y Don Gil de las calzas verdes. Es poco para tres años, pero hay que saber dónde se está y en que mundo se vive. O como dice don Martín:

Para su cólera loca
no ha sido mala mi flema.

El montaje de Don Gil... por parte de la Compañía nacional de teatro clásico ha sido ejemplar. Dirigidos por Eduardo Vasco, todos los actores cumplen más que a la perfección con su cometido, aunque, a veces, de puro frágil, fallaba la voz de Montse Díez en el papel de doña Juana. Tal vez porque pesaba el recuerdo de Jerónima de Burgos, actriz que la encarnó en los años de Tirso, y a la que se le atribuye el fracaso inicial de la obra. En el montaje actual, por el contrario, nadie podrá achacar a Montse Díez los defectos de Jerónima, arropada, además, por un excelente grupo de actores: Toni Minso como don Juan, Joaquín Notario como Caramanchel, Pepa Pedroche como doña Inés, etc. Todos sin excepción realizan una notable labor interpretativa.
Cabe destacar también un precioso vestuario, de Lorenzo Caprile, y una acertada música de arpa tocada por Sara Águeda. Son, por otra parte, los mismos actores quienes cantan interpretando al grupo de músicos. Y muy acertado el decorado con sus encuadres que van creando una perspectiva, al fondo de la cual, al final, surgirá la verdad.
Un montaje francamente bueno, muy a tener en cuenta. Y una de esas obras que vale la pena ver. Un trabajo muy serio y muy bien ejecutado por todos y cada uno de los miembros de la Compañía. Ojalá podamos seguir disfrutando, durante muchos años, de la Compañía nacional de teatro clásico a la que sólo cabe reprocharle que no venga por la ciudad cada quince días como mínimo. Fue un lujo verlos interpretar la comedia de Tirso de Molina. Un verdadero placer.

 

 

 


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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