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UN DIOS SALVAJE


Por Vicente Adelantado Soriano

Aplicando un famoso principio gramático al teatro se puede decir que, así como un verbo selecciona a su sujeto, y no puede escoger otro, salvo que rompa la regla de la relación, también las obras de teatro seleccionan a su público, siendo extraño que acuda otro tipo de personas que las requeridas por la propia obra. La selección en el drama, o comedia, de Yasmina Reza, viene dada no por la obra en sí sino por los actores que le dan vida. Todos ellos conocidos, de sobras, por el cine o por series televisivas. La expectación en la sala estaba puesta, por lo tanto, en ver en vivo y en directo, a actores y actrices que sólo hasta ese momento habían sido vistos en la televisión. No sé si defraudaron al respetable. Pero la actuación fue buena, excelente en el caso de Maribel Verdú. No le fue a la zaga Aitana Sánchez-Gijón, aunque, a veces, le fallara la voz.

Es este un problema a tener en cuenta, y que nos llama la atención por su reiteración: tal vez debido a que los actores trabajan mucho en cine, o en televisión, donde se cuenta con los micrófonos, a la hora de hacer teatro, éstos, los actores, siguen hablando como si tuvieran delante uno de estos artilugios. No es así. Y a partir de la octava fila resulta difícil oír y entender lo que están diciendo por la manía, encima, de ese naturalismo que recorre teatros y cines últimamente, y que, a menudo, los hace hablar en susurros. Imaginamos que entre ellos, en el escenario, se oirán.

Tal vez porque no se oye el mensaje, porque ciertas personas van al teatro solamente a ver a sus actores y actrices preferidos, o por curiosidad malsana, la verdad es que acudir al teatro cuando se utilizan estos reclamos resulta un poco decepcionante. Y no sólo por la obra en sí. El drama de Yasmina Reza es un drama, o una comedia, muy bien construido, muy hábil, aunque no aporte nada nuevo a un viejo tema: el considerar que la educación y las buenas maneras son una máscara, quitada la cual aparece el hombre primitivo de Atapuerca. No llega la sangre al río, desde luego. Pero también falta la chispa que convierta en personajes a quienes no son sino hábiles interlocutores.

Un pequeño incidente entre dos niños provoca que se reúnan sus respectivos padres. Y en ese diálogo tan amable, tan educado, al principio, irán saliendo las frustraciones de unos y otros. A lo largo de su desarrollo se enfrentarán todos contra todos. También irán variando las alianzas: matrimonios enfrentados entre sí. Hombres contra mujeres, mujeres contra maridos, la mujer de la pareja A contra el marido de la pareja B, etc. Todo lo cual irá desvelando la complejidad de las relaciones humanas, buscando, siempre, la afirmación de cada uno individualmente o por parejas. Y no llegando a ningún tipo de solución. Tal vez porque no la hay, o no se sabe ver. Pues de tratarse de una tragedia, la obra hubiera terminado con los correspondientes asesinatos y la consiguiente catarsis; pero ya que se trata de una comedia, la sangre queda reemplazada por la otra solución posible: vuelta a empezar siendo capaces de utilizar la educación, las buenas maneras. Y percatándose de que donde caben tantas alianzas y puntos de vista, nada es absoluto. Eso quiere decir que también a la otra persona le asiste su parte de razón. Lo difícil es aceptarlo y querer verlo.
El mensaje, si lo hay, no es este. Los personajes, por el contrario, rotos, deshechos, despeinados, borrachos, sucios por los vómitos y el sudor, no saben qué hacer salvo irse cada uno a su casa. Parece que son incapaces hasta de responder a una pregunta tan sencilla como la de ¿qué ha pasado? ¿Cómo hemos llegado a esta lamentable situación?

Aunque parezca mentira la respuesta la dio una persona del público. Entró en la sala con un bote de bebida. Se bebió la bebida y cuando abandonó la sala, al terminar la obra, allí, a sus pies, olvidado, se quedó el bote de bebida.
Por último, y como siempre, terminaremos la crítica repitiendo la famosa cantinela sobre Cartago: siendo el nuestro un país tan rico en obras teatrales no se comprende muy bien porqué se adaptan y traducen obras que, hábiles y todo, poco aportan al panorama teatral. Está claro que montar sainetes y pasos del siglo XVII, nuestros, no hubiera llenado el teatro tal vez ni con el reclamo de estos buenos actores vestidos de época. Paciencia. Visto lo visto, trataremos de defendernos de la peste porcina, que está muy extendida, y de ser educados. ¿Hay otra solución?

 


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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