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DISYUNTIVA


Por Vicente Adelantado Soriano

“En los individuos y en ciertos grupos se puede observar a veces cierta preferencia característica por este o aquel signo de puntuación. Los eruditos gustan del punto y coma; sus exigencias lógicas piden un signo de separación más decidido que la coma, pero no tan limitador como el punto. El escéptico Renan señala que nunca se podría utilizar con suficiente frecuencia el signo de interrogación.”
Víctor Klemperer, La lengua del Tercer Reich.

Todos los inicios de curso en la reunión de profesores se suele plantear el mismo dilema: ¿Qué libros hacerles leer a los alumnos? Los profesores que opinan, que no son todos, se suelen dividir en dos grupos claramente diferenciados: los partidarios de los clásicos, y los que buscan los libros que les gustan a los chavales para, dicen, a partir de ese gusto intentar que le encuentren placer a la lectura.

Los partidarios de los clásicos objetan que dejarlos leer los libros que quieren, sin ningún control, les puede pervertir el gusto. Y vale más prevenir que curar. El campo contrario opina que hacerle leer a un alumno de 2º de la ESO Lazarillo de Tormes, Rinconete y Cortadillo, o cualquiera de estas obras, es condenar al aburrimiento al lector primerizo, asustarlo y alejarlo de los libros tal vez definitivamente. Es el toque sentimental que nunca falta en ninguna reunión. Marcar al oponente como culpable.

Por supuesto existe un camino intermedio: como el curso se divide en trimestres, hacer que un trimestre lean un clásico, otro uno moderno, y el último se puede poner el libro que a ellos les ha gustado. Es la solución que se suele adoptar, salvo que algún libro, que nunca es un clásico, les haya llamado la atención a todos, alumnos y profesores, en cuyo caso la discusión no ha lugar. Ahora bien, cabe preguntarse hasta qué punto es conveniente poner un libro de lectura que los chicos ya han leído.

Este año no ha habido discusión posible: todos estaban de acuerdo en el mismo libro. Todos menos un recalcitrante profesor, partidario de la lectura y explicación de los clásicos. Éste al terminar la lectura del libro indiscutible, no pudo por menos de sonreír y darse la razón en lo que venía pensando hacía mucho tiempo: que los partidarios de las novelas actuales, las que les gustan a los alumnos, no han leído a los clásicos. Quienes, por cierto, son los autores menos visitados y conocidos. No de otra forma se explica que ciertas novelas les gusten a los profesores, que ya deberían tener un criterio estético formado, y ser, en consecuencia, un poco más selectivos y exigentes. No es así. Sus pobres estómagos no están hechos a las lecturas de calidad: como un enfermo, necesitan caldos con poca sustancia y escasas o nulas menudencias. En caso contrario pueden enfermar de indigestión. No tolera lo mismo un estómago sano que uno enfermo. Y el éxito de ciertas obras pone bien a las claras hasta qué punto ha llegado la degeneración en los estómagos y en la escuela. Eso dejando de lado que las editoriales saben que anunciando un libro en un periódico, comprando al crítico, tienen asegurada la venta del producto por pésimo que éste sea. Cuando no se tiene criterio propio, se tira mano del crítico de turno, que, muy a menudo, no lo es, y alaba, por el contrario, lo que le dicen o marcan. Gusta lo que se señala.

La novela indiscutible de este curso, la última genialidad de las editoriales, el negocio del año, ha sido la paupérrima y necia El niño del pijama a rayas. Es una obra, justo es decirlo, que ha encandilado a las chicas de 4º de la ESO. Y a una gran parte del profesorado. Que entusiasme a gente que se está iniciando en la lectura no llama mucho la atención: al fin y al cabo son lectores primerizos, con poco o nulo sentido crítico, que se están introduciendo en este maravilloso mundo; pero que encandile a profesores hasta el punto de hacerles caer la baba ya es un poco más serio.

El niño del pijama a rayas es una novela falsa, mala y sentimental. Está llena de trampas y de falsedades, tanto lingüísticas como estructurales, pues el personaje igual aparece como un niño inteligente que como un memo. Cosa que parece más el autor que el propio personaje: estar rodeado del horror, hablar con alguien que lo está viviendo en carne propia, y no enterarse de nada es porque no ve, no oye y no entiende, o porque, y aquí está la gran trampa, no le interese al autor para jugar con el lector a la gran sorpresa final, previsible desde mucho antes de que llegue.

Dice el autor, y en estas declaraciones ya va la confesión implícita de su impotencia, que ha hablado con algunos que sufrieron la persecución nazi, y que éstos lo han apoyado. Me parece muy bien; pero como comprenderá cualquier persona sensata, eso no quiere decir que su novela sea buena, ni un dechado de investigación. No es ni una cosa ni la otra.

No puede ser buena una obra en la cual el autor, de forma burda y evidente, lleva al personaje cogido por el pescuezo y lo va conduciendo a donde le interesa sin dejarlo jamás respirar ni vivir por cuenta propia.

Bruno, el protagonista de la novela, un niño de diez años, es amante de las excursiones, de las investigaciones. Por supuesto que de unas investigaciones muy sui generis: en ningún momento se plantea, cuando a su padre le dan el nuevo destino, por qué toda aquella gente está detrás de unas altas alambradas, por qué van todos vestidos igual, y a qué obedecen los tiros que oye o las caídas que se producen de la gente tras la valla.

Por supuesto que es de novela de ciencia-ficción creer que un niño se puede acercar a la alambrada de un campo de exterminio nazi. Y no sólo eso, sino que lo pueda hacer un niño judío desde el otro lado de la alambrada. Y si Bruno se percata de que su amigo tiene hambre, ¿por qué no le pregunta a qué se debe tan enorme apetito? ¿Nos debemos creer a estas alturas que un judío en un campo nazi se podía hacer con un uniforme, alejarse de los soldados y estar horas y horas hablando con un niño alemán sentado fuera del dominio de las alambradas? ¿Y de qué hablan durante tanto tiempo? Parece, igualmente, que Shmuel, el niño judío, tampoco, pese a estar encerrado en un campo de concentración, se entera de nada. Al parecer no ve a la gente que ejecutan, no se percata de que no come, no se entera de que todos los días hay gente que desaparece, etc. Es decir, al final parece que los dos críos, viviendo en el centro del horror, están pasando unas vacaciones que no son las mejores de su vida, pero son vacaciones al fin y al cabo.

Y ya el colmo de la desfachatez, algo digno, en otro tono, de una película de Keaton: el niño alemán, Bruno, disfrazado de judío, entra en el campo y desaparece con su amigo. Si tan fácil era entrar en el campo, también lo sería salir, al menos de la forma que lo hace Bruno. Y uno se pregunta por qué, entonces, no se escapan los presos. No se sabe. Pero como éstos no lo hacen, los que están libres se meten tras las alambradas. Puro surrealismo.

Se comprenderá que con semejantes planteamientos y juegos, el autor ni de lejos trata de explicar lo que sucedió para que se matara, por cuestiones religiosas o de raza, a tantos y tantos millones de personas. Eso, así como la existencia del teniente Kotler, parece anecdótico, el telón de fondo de una historia que se pretende bonita por cuanto es la historia sentimental de una amistad más que imposible.

Desde luego nada tiene que ver la exitosa novela de John Boyne con la menos conocida de Imre Kertész Sin destino. Sin duda porque esta obra no es apta para adolescentes ni, tal vez, tampoco para profesores de estómagos delicados. No digamos nada sobre los testimonios de la gente que estuvo en los campos de concentración, los libros, por ejemplo, de Primo Levi, o los de Jean Améry, o de quien abre este tedioso artículo, Víctor Klemperer.

No hay en El niño del pijama a rayas ninguna interrogación, ninguna pregunta, ningún intento de análisis. Hay trampas: Bruno se asusta más en su entrevista con el teniente Kotler que cuando éste insulta a Pavel, un médico que ya no es médico. Bruno apenas si se molesta en saber por qué sucede cuánto sucede. Parece inverosímil o de necios estar viviendo en medido del horror y no percatarse. Sí, Bruno ve las chimeneas de los crematorios, de donde sale humo constantemente. ¿Quiere hacernos creer el autor que el olor jamás llegaba a casa de Bruno situada apenas a quinientos metros del campo?

Sería el cuento de nunca acabar: la novela está llena de trampas, de falsedades y de mentiras. Es una obra deshonesta en la cual no hay ni una sola interrogación, ni el más mínimo deseo de explicar las causas de aquel horror. Solo se busca tocar la fibra sentimental del lector, lo mismo que sucedía en la película La vida es bella. Muy bella. Bellísima. Para ello no hay más que ocultar la triste realidad, no pensar, no ver y no escribir.

La sociedad actual, con tal de vender y ganar dinero, hace pasable, simpático y un poco sentimental y bonachón, el más grande de los horrores. Hay que hacer, como lo es esta novela, productos digeribles, fáciles y que, encima, nos haga creer que somos buenos puesto que derramamos lágrimas.

Lástima que algunos profesores no estén de acuerdo con esta aberración. Sabido es que Nietzsche definía la educación de acuerdo a estas tres normas: aprender a ver, aprender a pensar, aprender a hablar y aprender a escribir. En la novela El niño del pijama a rayas no se contempla ninguno de estos presupuestos. ¿Para qué leerla entonces? Como decía con ironía un joven profesor: ¿No es mejor hacerles leer el Lazarillo? Éste sí que se entera de la España de su tiempo. Y no trata de engañar a nadie. Pero, claro, esa obra para que la entiendan los alumnos hay que explicarla en clase. Y a lo mejor nos llevamos una sorpresa muy grande si hacemos una encuesta sobre cuántos profesores de lengua y literatura se lo han leído y lo han disfrutado. Tachemos y pongamos rayas. Contra más mejor. Al fin y al cabo lo que preconizaba Nietzsche siempre ha estado muy mal visto. Pensar y hacer preguntas. Qué horror. Y los clásicos.además, son tan aburridos...



Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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