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  Guías culturales

DOS MUERTES


Por Vicente Adelantado Soriano

Hay dos películas españolas, recientes, con la muerte como argumento central. La más moderna, Todos estamos invitados, de Manuel Gutiérrez Aragón, trata el terrible problema de un profesor universitario del País Vasco al que los etarras amenazan de muerte por decir lo que piensa. Y lo que piensa, lógicamente, no les hace gracia a los intransigentes del tiro en la nuca. Públicamente, durante una cena, le anuncian su ejecución, aunque nadie, salvo el interesado, oye nada.

La otra película, Las alas de la vida, de Toni Canet, narra fragmentos de la vida de Carlos Cristos, un médico de Mallorca aquejado de una rara enfermedad degenerativa que lo va matando poco a poco, y haciendo que dependa, cada vez más, de sus familiares y cuidadores. Tanto el profesor, interpretado por José Coronado, como Carlos Cristos, en su propio papel, aceptan la muerte con total entereza. Ambos son conscientes del poco tiempo que les queda.

Y en ambos casos sale lo mejor y lo peor del ser humano. El tópico. Lo peor, en el norte de España, es mirar hacia otro lado, no ver, no oír, no rebelarse contra una situación a todas luces injusta; no plantar cara a quienes, careciendo de razones, utilizan el atentando, las balas y las bombas, para imponer el pensamiento único, que, por supuesto, es el suyo. Y encima, con una ignorancia supina, o con una enorme desfachatez, llaman a los otros lo que ellos son: fascistas, puros fascistas. Ya lo decía Baltasar Gracián: quien se burla, tal vez se confiesa.

Lo mejor, en Las alas de la vida, es la solidaridad y ayuda que recibe Carlos por parte de familiares y amigos. Estar con él en una situación tan angustiosa. Ahora bien, ayudar a Carlos no supone enfrentarse a ninguna amenaza, ni de muerte ni de contagio. Todo hay que decirlo: al ser humano no hay que exigirle nada que vaya más allá de lo razonable.

Si el cine se define por la imagen, hay que felicitar al responsable del reparto de Todos estamos invitados. No cabe mejor elección en los actores que interpretan a los etarras. Sin olvidar, por supuesto, el guión. Es patético oír las razones que esgrimen tan característicos personajes para matar o poner bombas. Y triste, verdaderamente triste, escena en la cual el protagonista llega a su trabajo, que gente llamada universitaria tome partido, sin análisis ni crítica de ninguna parte, por unos elementos absurdos, necios y asesinos. La universidad no tiene que ser eso. ¿Desde cuándo es fascista denunciar una situación de miedo y señalar a quienes oprimen a toda una sociedad? Seguramente es muy revolucionario, por el contrario, pegar tiros por la nuca o llevar mensajes de muerte.

No cabe duda de que hay mucha gente amenazada en el País Vasco. Muchos que se han tenido que ir porque no son vascos, y otros para que no los maten por sus ideas. ¿No es eso una limpieza étnica?

No sé qué diferencia hay entre Sabino Arana y Adolf Hitler. Quizás nos las deberían explicar los chicos de ETA. Así como la diferencia que hay entre ellos y algunos soldados de las SS. ¿Quizás radica la diferencia en los uniformes? ¿O en que unos tenían campos de concentración y otros no? Tal vez sea cuestión de matices. Pero los métodos son los mismos. Y dudo mucho de que tengan algún proyecto político. Asustan por la simpleza de sus ideas y aterrorizan por la contundencia de sus explosivos argumentos. A nadie le puede extrañar que la gente tenga miedo, calle y mire hacia otro sitio. Y que todos desconfíen de todos.

Las alas de la vida, la otra película, también plantea el problema de un condenado a muerte. Pero por una enfermedad en este caso. Su protagonista, Carlos Cristos, la acepta con total entereza. Y sus amigos lo rodean, lo cuidan y le ayudan en todo cuanto pueden. Y quienes no están, según su mujer, es porque no son capaces de soportar el estado en que se halla Carlos, cada vez peor. Lo comprende y lo disculpa. Y no pasa nada. Ante Carlos, un hombre de una entereza envidiable, sale lo mejor de cada uno porque tampoco, no lo olvidemos, se exige mucho. Las alas... es un canto a la vida, pero también a la solidaridad humana. Es una pena que no ejercitemos una solidaridad como esta, o parecida, en todos los momentos de nuestra vida cotidiana. Y es penoso ese afán de esta sociedad, absurdamente hedonista, por ocultar la muerte, por ignorarla. Carlos convive con ella, nota sus avances. Pero eso no le impide vivir. Por en contrario, nos invita a sacarle a esta todo el provecho que podamos.

A veces la vida por sí misma es un desastre, y otras, las más, nos empeñamos nosotros en que lo sea. A menudo es el hombre quien se fabrica sus propias desgracias. Con espejismos y falsas ilusiones. Sencillamente para acabar muriendo. Y desapareciendo. Es el final del todo. Pero no es eso lo importante, sino la degradación que se produce, el enorme vacío que crea una amenaza o una enfermedad incurable.

Hay que tener mucho valor para hablar como lo hace Carlos. Y más para decir lo que se piensa en determinados ámbitos, como lo hace el profesor. Contra una enfermedad tan minoritaria no hay nada que hacer. Ni se investiga sobre ella. Pero tal vez se puedan hacer muchas cosas para terminar con la intolerancia. Quizás dando una buena y saludable educación, haciendo ver lo relativo de las situaciones, enseñando educación y respeto, y haciendo que la gente lea buenos libros. Es posible.

 


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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