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EL ENCUENTRO
de Descartes con el joven Pascal


Por Vicente Adelantado Soriano


La obra teatral de Jean-Claude Brisville pone sobre las tablas el encuentro que se produjo entre Descartes y Pascal el 24 de septiembre de 1647. Según el programa de mano, ninguno de los dos filósofos dejó constancia de esa única reunión. Lo cual ha permitido a Brisville dejar correr la imaginación, y montar una obra en la cual aparecen dos posiciones vitales claramente diferenciadas.
Por una parte está la posición de Descartes, mayor, a punto de partir hacia Suecia, tolerante, y nada preocupado por aquellas cosas que la filosofía no puede resolver. Por otra parte tenemos a Pascal, un joven obsesionado por la idea de Dios, de Cristo mejor, del sufrimiento, del desprecio a todo aquello que no sea la religión o la teología, y más bien intolerante.

La discusión entre los dos, de una hora y diez minutos de duración, se va a centrar, sobre todo, en la visión que de la religión tiene cada uno de ellos. En el fondo, la obra trata de la tolerancia y de la intolerancia. Pero centrada en el universo, y ahí es donde pierde toda la fuerza este pequeño drama, de la religión. Estrenada la obra en el siglo XVII no dudamos que hubiera supuesto un revulsivo. Hoy más bien parece una pequeña pieza arqueológica sin más interés, tal vez porque ya no lo tiene la religión, porque esa discusión ya hace tiempo que está superada y olvidada, por la sencilla razón de que la tolerancia o la intolerancia ya no se da en el campo de la religión. No hay más que ver las posiciones últimas que ha tomado la Iglesia con respecto a los problemas actuales: aborto, preservativos, enseñanza... Y la Iglesia, por otra parte, ya no tiene la influencia ni el poder que tuvo antaño, aunque haya gente que la siga considerando un peligro. Que lo es.

A fin de que la discusión entre Descastes y Pascal tuviera algún interés, que no fuera el meramente arqueológico, para el espectador de hoy, se deberían haber centrado en estos temas actuales, cosa imposible en aquel momento. Pero puestos a imaginar, ya que no hay documentos sobre ese encuentro, se podían haber planteado las cosas de forma más sutil, dejándolos entrever. No es así. Y la única conclusión posible es que Pascal era un pobre hombre, más dado a las palabras que a la realidad; y Descartes un humanista con toques griegos. No se olvide el placer que dice sentir al comprobar el funcionamiento de su cerebro. Era el mismo placer que podían sentir Sócrates o Platón ante un razonamiento bien trabado.

A ello el joven Pascal opondrá su intolerancia, sus dolores, el desprecio hacia su cuerpo, y toda una serie de monomanías atormentadas que apenas si interesan al común de los mortales. Un hombre capaz de denunciar a un pobre fraile, tonto y parlanchín, pero con un corazón de oro. Ante una visión tan esquemática, está claro que Descartes, tratado con humanidad, tenía que brillar como un astro en la noche más cerrada de todas las noches. Fuera de esto, en la obra de Brisville no hay hada más. Es pura arqueología, pero sin ningún interés por conocer el pasado, por encajar la obra en un contexto histórico. Así hubiera sido interesante que ambos personajes se centraran en Port Royal, en los jesuitas y las luchas por el poder. Como bien dice Descartes, trazar una línea es crear un partido, y eso supone división. Quizás Descartes pudiera haber hecho un buen análisis de la relación entre la religión y el poder. O la enseñanza y el mismo. Y Pascal hubiera tenido algo que decir. Esa discusión apenas si se plantea. Y no hay nada más.

Evidentemente hacía falta un par de buenos actores para levantar tanta vaciedad o tanto tópico. Esos buenos actores son Josep María Flotats y Albert Triola. Sin ellos, seguramente la obra sería inaguantable. Lo cual conlleva otro tipo de problema: el actor que busca obras para su gloria y disfrute, y cuyas interpretaciones terminan por convertirse en una serie de tics, por muy buenos que sean. De esta forma, el espectador, antes de entrar en la sala, ya sabe lo que va a ver: lo importante no va a ser el texto, la obra en sí, sino lo que haga dicho actor. No parece que sea ésta una buena contribución al teatro. Véase, al respecto, el programa de mano, centrado en la excelente actuación de los dos actores. De la obra, nada se dice. Y ésta es lo importante. El actor tiene que estar a su servicio. Pero como en esta no hay nada, nos quedamos, por supuesto, con la actuación. Es como un poco de aire empaquetado con un papel precioso y atado con una maravillosa cinta. Quitados estos no hay nada. Nada de nada. O si lo prefieren, los famosos tópicos de la religión y sobre la religión. Un poco desfasado todo, más que nada por la forma de plantearlo y resolverlo.

 

 


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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