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ARTÍCULOS


Por Vicente Adelantado Soriano


HASTÍO

Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?

M. T. Cicerón. Catilinarias

De un tiempo a esta parte, la política, y las noticias sobre los políticos, se ha convertido en algo que causa, cuanto menos, desazón, inquietud y asco. No hay día que no nos desayunemos con un nuevo escándalo de corrupción, espionaje y cinismo. Rara es la mañana en la que no aparecen nuevos datos sobre el inmenso dispendio de políticos autonómicos que se creen la reencarnación de Napoleón o de Alejandro Magno. Raro el día que no se ofrecen nuevas informaciones sobre la inoperancia de un gobierno que sólo lucha por conservar el poder, y de una oposición que hace todo cuanto puede por no ser oposición y no perder prebendas. ¿Hay alguien que se ocupe de gobernar, de controlar el gasto y a los que gastan o de los problemas de los ciudadanos?

Con una enorme cantidad de personas en el paro, con el drama que eso supone, con una enseñanza que no ofrece ninguna garantía de calidad ni de trabajo, con una crisis económica galopante, a los políticos sólo se les ocurre espiarse entre ellos, entregarse a gestos vanos, derrochar el dinero de todos a manos llenas y en beneficio propio, discutir sobre una asignatura, Educación para la ciudadanía, cuando deberían replantearse todo el sistema educativo y hacer juegos de artificio y de vanas palabrerías que conducen a una clara conclusión: la enorme falta de respeto de la clase política hacia los ciudadanos. Por si esto fuera poco, sólo faltaba la famosa pastilla postcoital.
Visto con un poco de distanciamiento, este parece un país de orates que, con todas las matizaciones del caso, representa lo mismo que la locura de D. Quijote: la decadencia, la corrupción, el egoísmo y la pérdida de la más elemental de las éticas. Es Juan Haldudo zurrando al chico, o la corte de los Duques sin más oficio que reírse de un pobre loco.

Se discute, a estas alturas, sobre si un crucifijo debe estar o no en un aula, sobre si las siglas de Radio Nacional deben ser estas u otras, sobre si la familia debe de ser así o asá, sobre la publicidad atea de los autobuses, sobre si darse de baja en la Iglesia, y sobre una y mil zarandajas. Y mientras el país se va a deriva... El barco se hunde y el capitán de la nave le plantea a su segundo si el decorado del camarote es el adecuado.

Es probable, como se sostiene en tertulias y mentideros, que todo sea un montaje de periodistas y jueces. Tal vez aquéllos, tratando de vender periódicos, agrandan las noticias y defienden sus intereses, como todos. Es posible, tal vez, que toda la trama de espías sea una pura invención. Es probable. No hace mucho hemos asistido a un esperpento, en vivo y en directo, entre dos cadenas televisivas: una grabando insultos como cebo, y la otra difundiéndolos como una primicia o exclusiva. Lo cual ha puesto al descubierto las entrañas de todo este entramado: ¿A quién le importan sus odios y sus rencillas? Aunque también cabe plantear la pregunta desde otro punto de vista: ¿Qué se está ventilando con esta pugna y estos insultos en público? La primera y principal es la falta de respeto hacia el espectador. La segunda es la falta de ética de muchos periodistas, tan enorme como la de muchos de los políticos que tenemos que sufrir. Al parecer ni unos contrastan noticias, ni otros saben que el dinero que manejan no es suyo.

Evidentemente, y por muchos que nos empeñemos, no estamos en una democracia. No sé qué nombre se le podría dar al sistema político que tenemos. Pero no es una democracia. Aquí nadie da cuentas del dinero que administra, en qué lo gasta y cómo lo invierte. Todo es opaco cuando no negro e impenetrable. Y no deja de llamar la atención que, conforme los poderes públicos se olvidan de sus funciones, se meten más y más en la vida privada de los ciudadanos. Hasta la propia Iglesia ha perdido el norte: parece ser que no hay más ética que la defensa de una pretendida vida y la utilización o no de los preservativos. Fuera de eso, la Iglesia es capaz de estar y mantener relaciones con el ladrón más grande, el peor de los depredadores y hasta con torturadores y asesinos. ¿Estamos ante una nueva ética? No deja de ser curioso que mientras una persona se gane la vida con las manos o los pies, la puedan explotar durante veinticuatro horas al día sin que nadie diga nada, pero si se la gana con otra parte del cuerpo, todos ponemos en grito en el cielo. No deja de ser curioso que sepan qué es lo que piensa Dios, y que Dios ha determinado esto o lo otro. Como decía David Hume, nada tiene que decir la Iglesia si se desvía el curso de un río, pero se escandalizan y mueven Roma con Santiago si una persona decide desviar el curso de unos gramos de su propia sangre. Ni en los terribles casos de vida vegetativa lo consienten. ¿Estaba en los planes divinos la invención de la aspirina o de la cirugía? Quizás deberíamos volver a la Edad Media y pensar que si estamos enfermos es porque hemos cometido un pecado y el Señor nos está castigando.

Pero no: los castigos que estamos sufriendo, por parte de unos y de otros, se tienen que poder solucionar sin mezclar ni a Dios ni a Mahoma en ello. Está claro que la clase política se dedica a sus cosas ignorando al ciudadano normal y corriente. Gastan y se enriquecen sin tener en cuenta el número de parados y de personas que lo están pasando mal. Crean ministerios y trabajos para parientes y amigos, y se inventan una ley de educación que no tiene más misión que crear idiotas a fin de eternizarse ellos en el poder. Y así no podemos continuar.
El cáncer ha penetrado de tal forma en la sociedad que no es extraño que en clase, alumnos de 1º y 2º de la ESO, digan públicamente que quieren ser funcionarios como sus padres, que “no pegan ni golpe”. Es más raro oír decir que quieren ser políticos o unos buenos profesionales de lo que sea.

Ya no hay ética ni valores. Los únicos han quedado encerrados en la absurda defensa de la vida a ultranza, y en la utilización o no de preservativos. ¿Cómo hemos llegado a semejante perversión? Parece que la explicación es muy sencilla: se ha olvidado la función pública, convertida en un muladar, y se quiere controlar, ahora, el espacio privado. Llegando hasta límites insospechados.
Por supuesto que no es novedosa esa actuación. Lo novedoso es que antes los escándalos quedaban encerrados entre los muros, y ahora, cada vez más, se airean con facilidad. Sí, en todas partes se cuecen habas. Pero hay que limpiar antes la casa propia para pedir ética en la ajena. De lo contrario todo, como así ha sido, se convierte en un muladar, en la expresión de la máxima hipocresía.
Este es el país de los asesores, de los cargos públicos, del nepotismo y de la partitocracia. No es nuevo. Ya advirtió Quevedo de cuán poderoso caballero es don dinero. Y por éste se pierde todo. Hasta una nación.
Mientras las cuentas no estén claras, no estaremos en una verdadera democracia. Eso lo conseguiremos tal vez algún 31 de febrero, o cuando las ranas críen pelo...
Decía Pier Paolo Pasolini que un estado, como lo son los actuales, no necesitan del ejército: con las televisiones se puede controlar perfectamente a toda una nación. Tenía razón. Pero cabría añadir a ello que con la tele y con una educación inexistente, y unos libros de texto tan reiterativos que son capaces de aburrir al mismo aburrimiento. Un país de idiotas es más fácil de gobernar. En un país de idiotas nadie, por ejemplo, se plantea la dimisión. Se desconoce la existencia de la ética y del servicio público, por supuesto.

¿Qué sucedería si en esta absurda democracia un elevado número de personas decidiera dejar de pasar por las urnas? ¿Qué sucedería si un elevado número de personas dijera que no quiere dar legitimidad, con su voto, a todos los abusos y dejaciones de funciones que están haciendo políticos y demás? ¿Qué sucedería si nadie votara? Porque éticamente parece ser que es la única solución que nos queda a los ciudadanos. Eso y sembrar de sal muchos ministerios y gobiernos que no producen sino corrupciones, hierbajos y abrojos. Vale más hacerse con una buena ética y llevarla a al práctica antes de que alguien comience a convertir en cantinela lo ya sabido: Carthago delenda est... Todo tiene un límite. Hasta la paciencia benedictina.

 

 

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