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EL INTERCAMBIO


Por Vicente Adelantado Soriano

La película de Clint Eastwood produce no poca inquietud, tanto por lo que sucedió en la realidad, magníficamente narrado, como por lo que podía haber sucedido. Y trae a colación, como mínimo, un par de reflexiones de tipo político:
Sabido es que Sócrates fue condenado a beberse la cicuta por corromper a la juventud. Con semejante ambigüedad no se sabe muy bien si los jueces querían decir con ello que enseñaba cosas contrarias a las de los ancestros, o atacaba la base misma de la democracia, dada su escasa simpatía por la masa, por el grupo. Antipatía, por supuesto, de la que hacía partícipes a sus alumnos.
No deja de ser curioso que otro pensador, Kant, algunos siglos después, también tilde a la democracia del mayor de los despotismos posibles.

Con toda la experiencia que llevamos sobre nuestras espaldas, sabemos ya, y no podía ser de otra manera dado que es una creación humana, que no existe ninguna forma de gobierno plenamente bondadosa, o que garantice al cien por cien el cumplimiento de las leyes. Por cualquier resquicio, y en cualquier momento, se puede introducir la corrupción, el engaño, el fraude y la mentira. Quizás porque este conjunto de virtudes negativas esté en lo más interior y enraizado del hombre; y la bondad, como la paz, no sea lo natural sino lo logrado con buena voluntad, tesón y esfuerzo. Es probable.

La película de Eastwood muestra, por una parte, la cara corrupta de una democracia, de una forma de gobierno en la que se entrega el poder a la policía, y la policía sólo rinde cuentas a un alcalde tan corrupto como ella misma. Pero no es menos cierto que también muestra el poder de la libertad de expresión, de poseer una cadena de radio desde donde difundir y airear los males de esa sociedad. ¿Qué hubiera pasado, sin embargo, de no existir la cadena de radio o una prensa más o menos independiente? Aquí es donde al espectador, por si la historia en sí no fuera ya lo suficientemente dura, se le ponen los pelos de punta.

No menos interesante hubiera sido narrar la vida de cualquiera de los personajes que están bajo la férula de la policía, sobre todo la de los dos médicos o las enfermeras del psiquiátrico donde encierran a la madre que sabe, desde un principio, que el niño que le entrega la policía no es su hijo. ¿Qué causas llevan a mentir de una forma tan descarada, a torturar a una persona de esa manera tan atroz sabiendo lo que se está haciendo? Evidentemente hemos avanzado mucho también en el camino del mal: es probable que un inquisidor, contra más zafio mejor, creyera estar haciendo un gran bien quemando herejes. Pero con un médico, evidentemente, no estamos hablando de problemas de fe, de distintas interpretaciones de Dios o de obcecación y ceguera. Hay, en la película, en el problema, pruebas objetivas: el informe de otro médico, el dentista, y el de la maestra del niño. Tienen medios para saber que la madre no está loca ni miente. ¿Qué es lo que puede llevar, pues, a un grupo de personas a tanta perversión? O, mejor dicho, ¿cómo se puede llegar a esa perversión en una democracia? Es ese uno de los grandes interrogantes de la película.

Cabe preguntarse, también, qué lleva a una persona a recoger niños de los pueblos, encerrarlos en una granja y matarlos a hachazos. ¿Qué sucede para que se engendren semejantes seres?
Es posible, ya que hablamos de una película, que parte de las respuestas vengan dadas por lo sucedido hace dos días en un cine de Estados Unidos: durante la proyección de una película, un padre, en voz alta le comenta el film a su hijo; un espectador pide silencio, y en vista de que aquellos siguen hablando como si estuvieran en el salón de su casa, el espectador saca una pistola y le dispara al padre.

No tienen desperdicio los comentarios que algunos lectores han hecho de la noticia aquí en España en algún periódico. Todavía le añaden más dramatismo, si cabe, a la inquietante película de Eastwood. Quien, por otra parte, es un buen director de actores, pues todos están magníficos. La película, si ustedes quieren, no es una gran película, pero sí una buena película. No en vano remueve muchas cosas y hace pensar en otras muchas que no dice pero que va sembrando a lo largo de la proyección. Son pequeñas bombas de relojería que estallan conforme se piensa en la historia y en sus protagonistas. O se leen ciertos comentarios en la prensa actual. Evidentemente, y como dice el mismo Clint Eastwood, hay que estar muy alerta.

 


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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