- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus
 
  Guías culturales

LA CLASE


Por Vicente Adelantado Soriano

Me avergüenzo del género humano cada vez que entro en la escuela.
Séneca, Epístolas morales a Lucilio.

Son muchas las películas que se han rodado sobre profesores, alumnos, y las relaciones, en el aula, entre ambos. De vez en cuando la problemática también se centra en los padres de los adolescentes. Casi todas estas películas sufren del mismo defecto: falsos planteamientos, aparentemente crudos por el lenguaje empleado por los alumnos, y soluciones que siempre se basan en lo más fácil y absurdo: la buena voluntad del profesor, y sus pacientes maneras. Raro es que una película que aborde estas cuestiones se adentre en el mundo del adolescente y nos explique el porqué de su comportamiento, de su falta de educación, de interés por todo; de sus maneras airadas, etc. No hay, pues, profundización en el problema, ni seriedad en las soluciones. A tal efecto baste con recordar películas como Rebelión en las aulas, de James Clavell; El sustituto, de Robert Mendel; y Mentes peligrosas, de John N. Smith. Dejando de lado la primera, el mensaje de las otras es que el profesor tiene que haber sido marines o combatiente para que lo respeten. Es bueno, por lo tanto, que haya alguna que otra guerra, escuela de maestros y profesores.
La solución al problema es pues o semejante despropósito, o toneladas de buena voluntad, como las de Rebelión... o la más moderna de El club de los poetas muertos, de P. Weir con sus edulcoradas y necias conclusiones.
Afortunadamente no todas las películas son así. En 1962 se rodó La calumnia, de William Wyler, donde se muestra hasta dónde puede llegar la maldad de una adolescente despechada que encuentra, no lo olvidemos, una maravillosa caja de resonancia en los prejuicios, puritanismos y necedades de sus mayores.
Pero, tal vez, donde mejor se estudian los conflictos de los adolescentes sea no en una película sino en una obra de teatro, El enemigo de la clase, de Nigel Williams.
A todo ello cabría añadir la reciente película, La ola, de Dennis Gansel, sin olvidar Hoy empieza todo, de Bertrand Tavernier, una de las mejores obras sobre el tema.
Sin pretender ser exhaustivos se puede ver, por la relación anterior, que el tema es candente cuanto menos. Y que reconoce, y ya es bastante, un grave problema en las aulas. A la lista de esas preocupaciones se une la reciente película de Lauren Cantent, La clase.
No es La clase una gran película. Es más bien un poco superficial, y muy en a línea del cine americano, pese a ser francesa. Cuenta los conflictos de un grupo de alumnos en un instituto de las afueras de París. Confluyen en la clase adolescentes de diversas y variadas procedencias, casi todos con una característica común: su desarraigo y su total falta de educación, de respeto y de saber estar. En el aula, cuando no por unos por otros, jamás se puede impartir una clase. Explicando el profesor el presente de subjuntivo de un verbo, se le rebotan los alumnos porque según ellos, nadie habla así. Lo curioso es que el profesor les da la razón, y termina, cómo no, por perder la partida. A nadie, en su sano juicio, se le ocurre ir a un instituto a que le enseñen a hablar como él habla. No obstante, no les falta razón a los alumnos: muchas cosas de las que se imparten en colegios e institutos no tienen ningún valor para ellos. Quizás sería hora de comenzar a revisar lo que se enseña y cómo se enseña y para qué se enseña.
La mayor parte del tiempo de la película transcurre en el aula. Allí se van a decantar todos los problemas de los adolescentes, quedando la sala de profesores como el lugar donde un profesor va a lamentarse, a llorar su impotencia y el no poder seguir durante más tiempo dando clases: está harto de la indiferencia, de las faltas de respeto y de educación de los alumnos. No tiene, desde luego, la enorme paciencia del protagonista de la película, el profesor de lengua, al que nada parece afectarle. Pese a que, al final, la inusitada violencia de un alumno lo obligará a tomar cartas en el asunto. Se lamentan luego, algunos profesores, de la expulsión de dicho alumno.
En los colegios e institutos se está siendo excesivamente permisivo. Ni siquiera se debiera tolerar que un alumno se sentara mal o mascara chicle. No sirve el que se justifique el profesor diciendo que transige con los móviles en el aula porque no le causan molestias, su uso no es un problema para él. Y ahí está el error: si se hace una ley es para todos. Nos guste o no nos guste. ¿Podrá hacer el alumno algo fuera de la clase cuando él crea que no molesta a nadie aun cuando esté prohibido? Pero con tales planteamientos, tal vez el problema salga de las aulas, pues la educación, al fin y al cabo, es tarea de toda la sociedad. Y ahí es donde estas películas fallan. Muy poco, o nada, sabemos de los alumnos fuera de las paredes del aula. Pese a que algunos de ellos son hijos de emigrantes, ni el problema de la emigración, y la posible integración o no, se aborda.
Tal vez algo así sería excesivo para este tipo de films. Pero los problemas no se generan en las aulas. Allí se sufren porque el poder, o la sociedad, o ambos, han convertido la educación en la válvula de escape de los adolescentes. Quizás porque es mejor que se revuelvan contra un pobre profesor a que vayan por ahí quemando coches y rompiendo escaparates.
Como no podía dejar de suceder, a raíz de plantearse el claustro de profesores la expulsión de este alumno, será cuando surja la autoinculpación: los profesores, algunos, entonarán un mea culpa por pequeñas cosas que no han ido haciendo a lo largo del curso, y que han llevado a la expulsión de dicho chico. Desde luego está muy bien que una persona sea crítica con sus actuaciones; pero hay una gran diferencia entre eso y echarse a las espaldas todos los problemas de todos los alumnos, quienes, por el contrario, no admiten ninguna cortapisa, ninguna línea de conducta, ni entienden nada que no sea su propio egoísmo. ¿Por qué sucede esto?
Las raras veces en las que la película se abre al exterior es para mostrar una sesión de tutoría: el profesor recibe a los padres, chinos, antillanos... que no entienden casi nada de cuanto dice dicho profesor. Ahora bien, muy arteramente la película nos hurta las relaciones con los padres franceses, quienes no deben de tener ningún problema idiomático con el tutor de sus hijos. Y no olvidemos que las dos niñas conflictivas son francesas. Inverosímil totalmente que una de ellas haya pasado todo el curso molestando, incordiando, diciendo tonterías, riéndose, mascando chicle, etc., y confiese, al final del film y del curso, que se ha leído, ni más ni menos, que La república, de Platón. ¿Quiere decir esta apostilla final que todo cuanto ha hecho a lo largo del curso ha sido una pose, algo para no ser marginada por la clase? De la forma en que se desarrolla la acción más bien parece una concesión del guionista para que el respetable no se vaya con mal gusto de boca, el que producen, por ejemplo, La calumnia o El enemigo de la clase. Se ha leído La república quien no tiene interés por nada que no sea su propio ombligo, ¿quién se cree eso?
Igualmente resulta difícil de creer que los alumnos, tal y como se desarrollan las clases, hayan logrado aprender nada. Así lo dice una de las chicas, a la que en toda la película apenas si se le ha prestado atención. Pues toda ella se basa en el intento de salvación de uno de los alumnos, el que acaba siendo expulsado. Y esta actuación, presente en los sistemas educativos, no deja de llamar la atención, dado que todos los métodos educativos están presentes más para recuperar a un alumno apático cuando no perdonavidas, que para atender a quienes sí tienen ganas de estudiar y aprender. Estos parece que no tengan interés ni que sean dignos de atención. Es lamentable. Y es un engaño. ¿O en mundo del trabajo serán pacientes con ellos también hasta que les dé por ponerse a hacer sus tareas?
La película, y es una pena, plantea algunas cosas que no soluciona: en una reunión de profesores se está hablando de los alumnos cuando, de repente, la conversación deriva hacia la subida de los precios en la máquina del café. ¿Se produce este cambio en la conversación porque los profesores están mal pagados, porque no tienen interés por nada o por veleidades? La película no lo aclara. Y el asunto no es baladí.
Llama mucho la atención el que las alumnas, delegadas del curso, asistan a una sesión de evaluación. Su conducta allí, como en todos los lugares, es inadecuada: risitas, falta de atención, el eterno chicle en la boca... Llama también la atención que nadie les eche en cara su conducta, y que ellas asistan a todo cuanto los profesores dicen de sus alumnos. Por supuesto que es echar leña al fuego: les falta tiempo para comunicarlo a la clase y enfrentar, todavía más, a los alumnos con el profesor.
No cabe en cabeza humana que haya un sistema educativo que permita semejante despropósito. Entre unas cosas y otras no es de extrañar, desde luego, que haya tanto profesor con depresión, y tanto y tanto maestro intentado cambiar de profesión. Vista la película, que no profundiza mucho, y los resultados que se pueden obtener de semejantes comportamientos, no es de extrañar que los niveles de educación y de saberes estén por los suelos tanto en Francia como en el resto de Europa. La crisis no solamente es económica. Ni cesa la violencia porque se diga todas y todos. El problema es más profundo que todo eso. No querer verlo, en nada va a favorecer a los adolescentes. Esperemos que no sea, como en La calumnia, ante la muerte cuando nos arrepintamos de tanta vana condescendencia.

 


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

Volver a Trabajos de Investigación...

 



        
Universidad de Alcalá Confía learning confianza online