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LLUVIA DE METEORITOS. REFLEXIONES POLITICO-RELIGIOSAS


Por Vicente Adelantado Soriano

En todas las campañas electorales cuando el tedio y el aburrimiento, dimanados de la falta de imaginación de los políticos, y de la vaciedad de sus propuestas, llegan al máximo, éstos, como nuevos magos, se sacan a un inesperado candidato de la chistera. También, cómo no, se lo pueden sacar de la manga nada más iniciarse la campaña electoral. Sea como fuere, al principio o al final, lo saquen de la manga o de la chistera, el mensaje siempre es el mismo: la nueva persona, reconocido y probo ciudadano, representa aquellos valores que ha perdido la asendereada clase política: la capacidad de gestión, la rectitud moral y la honestidad.

Con todo ello se quiere volver a ilusionar al electorado para que vaya éste tras el nuevo personaje como el asno tras la zanahoria. Y así sigue rodando la noria.

Poco tiempo después, la nueva sorpresa salida del sombrero comienza a tomar la palabra: aparece en mítines, entrevistas y programas televisivos. De forma paralela se va desgranando su vida, que se pretende ejemplar: es creyente, suponemos que en Dios, contraria, por lo tanto, al aborto y, además, creacionista que no darwinista. Estamos hablando, sabido es, de la señora Palin. Tomémosla como ejemplo. Su vida es tan recta, y sus virtudes son tales, que aún sabiendo que el niño que le iba a nacer tenía el síndrome de Down, no quiso abortar. La palabra del Señor por encima de sus propios intereses. Pura abnegación. Aun cuando el aborto, ahora, estaba más que justificado. Y nada se dice de él en la Biblia. Claro, eran otros tiempos.

La pregunta surge enseguida de forma espontánea: ¿Hubiera parido a esa criatura de ser ella y su marido pobres, de no tener gente a su alrededor que se hiciera cargo del niño mientras la dulce madre se va de mitin en mitin, de ciudad en ciudad? Hay un castizo refrán castellano, seguramente desconocido por aquellos pagos, el cual dice que madre no es la que pare sino la que cría.

Por otra parte, por muy honesta y eficiente que sea la sorpresa salida de la chistera del político pronto comprende que, ahora, pertenece a un partido político, y que éste tiene su propia dinámica y sus consignas: cuando el barco comienza a hundirse todo es válido con tal de salvarlo, y de agarrar al poder como sea y al precio que sea. El fin justifica los medios.

En esos dramáticos momentos es cuando la campaña electoral se calienta, cuando comienzan los ataques personales en los que, aparentemente, la honesta sorpresa no tiene nada que temer, pues su vida es ejemplar y transparente como el vidrio. Con la tranquilidad de quien está más limpio que lo estuviere el sol, acusa al rival de aquello que más le puede dañar. El mal del otro es beneficio propio. Pero eso es ir en contra de lo predicado por el Señor. Si lo que se dice es mentira, es calumniar a una persona, cosa prohibida en los Diez Mandamientos: “No levantarás falsos testimonios.” Y si es verdad, la mayoría de las veces debería ser motivo de una denuncia y de un juicio. ¿A qué juega entonces esta persona que se definía como creyente? Esa persona capaz de tener una criatura deficiente por esa sandez de la vida por encima de todo. ¿También la calumnia?

Si creemos lo que ella dice de su rival, también tendremos que concederle el mismo crédito a aquél. Y no hay nadie tan virtuoso como lo pretendía Sócrates en su República; nadie tan sabio como lo deseaba Séneca en su escuela; ni nadie tan bueno, hasta el mismo Jesús se enfada de lo que califiquen así, que no tenga algo de que arrepentirse. Presentarse como paradigma es olvidarse de que somos humanos. Aunque claro, un creyente se cree enseguida aquel famoso evangelio en el que Jesús impide la lapidación de la prostituta con una sentencia: “quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra”.

Sabido es que la historia la escribe quien gana, que es parcial. Y los evangelios siempre dejan a Jesús en buen lugar: al pronunciar esa frase, cuentan, la gente, avergonzada, se retiró reconociendo sus propios errores. No contamos con más testimonios del evento. De haber otro, seguramente, nos hubiera dicho que aquel día llovieron tantas piedras sobre la pobre prostituta que el sol se oscureció. Y que murieron lapidados ella, el profeta, sus amigos y hasta un gato que pasaba por allí.

El rival reacciona en contra de la sorpresa: se ventila la vida de quien se pretendía ejemplar, y resulta que tampoco ésta estaba libre de pecado aunque lanzó la primera piedra. Cuestiona, así, sus propias creencias. No podía ser de otra forma.

Al fin y al cabo ¿Quién hay tan ingenuo en el mundo, sea humano o divino, que pretenda que reconozcamos nuestros errores y más en público? ¡Claro que estamos libres de pecado! ¡Faltaría más! Es el otro el malo. Siempre... Ante desafíos y situaciones así, no hay suficientes piedras en la tierra toda: de aquí, y no de donde dicen los científicos, surgen las lluvias de meteoritos. Que el señor nos coja confesados.


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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